viernes, 29 de noviembre de 2019

—Déjeme en paz, Ivan Fedorovich —exclamó Lisaveta Prokofievna—. ¿A santo de qué se le ocurre ofrecerme el brazo ahora? Usted es marido y cabeza de familia: su deber era haberme sacado de aquí aunque fuese arrastrándome por los pelos si yo cometía la necedad de negarme a marchar. Al menos, pudo usted pensar en sus hijas… Pero ahora sabremos volver solas; no se preocupe. ¡Tengo bastante vergüenza encima para todo un año! Esperen: quiero dar las gracias al príncipe. Sí, príncipe, muchas gracias por el placer que nos has procurado. Me has permitido escuchar a esos jóvenes. ¡Oh, qué infinita bajeza! ¡Qué escándalo y qué caos! ¡Parece una pesadilla! ¿Es posible que haya otros tipos como éstos? ¡Silencio, Aglaya! ¡A callar, Alejandra! Esto no es cosa vuestra. No dé vueltas a mi alrededor, Eugenio Pavlovich; me es usted insoportable… Y tú, querido —y ahora se dirigía a Michkin—, ¿vas a pedirles perdón, verdad? ¡Claro! ¿Qué menos puedes hacer sino rogarles que te perdonen después de que les has hecho la ofensa de ofrecerles una fortuna? —Y mirando al sobrino de Lebediev, vociferó—: ¿Puede saberse de qué te ríes, charlatán? «Nosotros no solicitamos: exigimos; nosotros rechazamos los diez mil rublos…». ¡Cómo si no supieses muy bien que mañana este idiota irá en busca vuestra para ofreceros otra vez su amistad y su dinero! ¿Verdad que irás, príncipe? ¿Verdad que sí? Vamos, habla: ¿irás o no?
—Iré —repuso Michkin, con dulzura y humildad, pero firmemente.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

jueves, 28 de noviembre de 2019

Su mirada captó en el acto los mismos ojos de antes. El hombre oculto adelantó un paso fuera del nicho. Por un segundo ambos permanecieron frente a frente, tan próximos que casi se tocaban. De improviso Michkin asió a Rogochin por los hombros y le empujó hacia la escalera, para examinar mejor sus facciones.
En los ojos de Rogochin se encendió una luz siniestra, mientras una rabia contenida se exteriorizaba en su rostro desfigurado por una espantosa sonrisa. Su mano derecha se alzó blandiendo un objeto que brillaba en la oscuridad. Michkin no pensó siquiera en detener la mano que le acometía. Más tarde sólo creyó recordar haber exclamado:
—Nunca hubiese podido creer esto en ti, Parfen Semenovich.
Luego le pareció ver abrirse ante él una perspectiva indefinible y una intensa luz interior alumbró su alma.
Aquello no duró acaso ni medio segundo, pero, sin embargo, Michkin conservó después la memoria, muy nítida, del comienzo del ataque, de los primeros gritos que se escaparon, espontáneos, de su boca, y que todos sus esfuerzos mentales no lograron reprimir. Y en seguida la conciencia de sí mismo se desvaneció, sucediéndola una completa tiniebla.
Era un acceso epiléptico, el primero que sufría desde hacía mucho. Sabido es lo súbitamente que se producen los ataques de esa enfermedad. En un abrir y cerrar de ojos el rostro se descompone de un modo horrible, y la alteración de la mirada resulta espantosa. Las convulsiones que agitan el cuerpo del enfermo crispan todos los músculos de su cara. De su pecho brotan gritos terribles, inimaginables, sin comparación con cosa alguna, gritos que no parecen humanos. Al oírlos parece increíble que los profiera el paciente, más bien se creería que hay en su interior otro ser que es el verdadero vociferante. Tal es, al menos, la impresión que han descrito numerosas personas testigos de crisis epilépticas. En resumen, hay mucha gente que siente un terror indecible, insoportable, casi supersticioso, ante un atacado de epilepsia.
Fue sin duda aquella impresión de espanto, unida a la otra sensación del momento, la que detuvo en seco el brazo de Rogochin, ya alzado sobre el príncipe, este se desplomó de espaldas y rodó a la largo de la escalera, golpeándose la nuca al caer contra los peldaños pétreos. Rogochin, sin comprender todavía lo que acababa de ocurrir, bajó los escalones de cuatro en cuatro y, una vez abajo, pasando al lado de la postrada figura, salió del hotel como loco, inconsciente de lo que hacía.

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Pero cuando salió de casa de la Filisova no era el mismo que había llamado a la puerta. Se había operado en él un cambio extraordinario e instantáneo. Otra vez andaba lento, pálido, débil, agitado, pleno de congoja. Sus rodillas temblaban y una vaga sonrisa contraía sus labios lívidos. Su «idea súbita» se había confirmado y justificado de repente. Michkin volvía a creer en su demonio.
Aunque, ¿por qué, después de todo, estaba confirmada y justificada? ¿De qué provenían aquel temblor, aquel sudor frío y aquella glacial oscuridad de su alma? ¿De que poco antes había vuelto a ver aquellos «ojos»? ¡Pero si había salido del Jardín de Verano exclusivamente para verlos! Ésa había sido su «idea súbita». Sí: estaba absolutamente seguro de que allí, cerca de esta casa, encontraría los «ojos de antes». Ése era el deseo febril que le había llevado a realizar aquella marcha, y, puesto que esperaba ver los ojos, ¿por qué su presencia le había trastornado hasta ese punto? Sí: ahora no cabía dudar de que eran los mismos que por la mañana, entre la multitud, le habían dirigido una mirada llameante en el momento en que se apeaba del tren en Moscú, los mismos, sin duda los mismos que, horas más tarde, en casa de Rogochin, sorprendiera fijos en él a espaldas suyas. Cierto que Rogochin había negado, preguntando a la vez que crispaba el rostro en una forzada sonrisa: «¿A quién pertenecían esos ojos?». Y hacía poco, en la estación de Tzarskoie Selo, cuando Michkin estaba a punto de subir al tren y dirigirse en busca de Aglaya, había vuelto a ver de repente aquellos ojos, por tercera vez en el curso del día, y entonces había sentido vivos deseos de acercarse a Rogochin y decirle a quién pertenecían los ojos en realidad. Pero había huido, confuso y turbado, de la estación, sin lograr recobrar el ánimo hasta delante del escaparate de una cuchillería, donde había valorado mentalmente en sesenta kopecs el coste de un cuchillo con mango de cuerno de ciervo. Un demonio extraño, espantable, se había asido a él definitivamente y no abandonaba su ánimo. Mientras el príncipe meditaba, sentado a la sombra de un tilo en el Jardín de Verano, aquel demonio, le había insinuado, muy quedo: «Puesto que Rogochin se obstina en seguirte desde la mañana, espiando cada uno de tus pasos, es seguro que, al ver que no tomas el tren de Pavlovsk (lo que habrá sido un golpe terrible para él) no dejará de dirigirse allí, a esa casa de la Petersburgskaya, y vigilará si llegas tú, tú que esta mañana misma le has dado palabra de honor de no ver más a Nastasia Filipovna, y le has dicho que no habías venido a San Petersburgo por eso». Luego Michkin se había dirigido a casa de la Filisova. ¿Qué de extraño, pues, que hubiese encontrado allí a Rogochin? No había visto sino a un hombre desgraciado, muy sombrío, sí, pero cuyo estado de ánimo era fácil de comprender. Además, aquel desgraciado no se ocultaba ya. Cierto que antes había mentido, pero en la estación de Tzarskoie Selo apenas se había preocupado de ocultar su presencia. Si alguno de los dos trató de esquivarse, fue más bien Michkin que Rogochin. Y ahora, junto a la casa, el último permanecía cerca de ésta, en pie en la acera de enfrente, con los brazos cruzados. Era imposible no verle y parecía haberse colocado adrede así. Estaba allí como un acusador, como un juez, y no como…

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—¿Por qué no terminas la frase? ¿Quieres que te diga la idea que te acomete en este momento? Es la siguiente: «¿Cómo tú, entonces, te casas con ella? ¿Cómo consientes en ese matrimonio?». Eso es lo que piensas.
—No he venido aquí para hablar de tal cosa, Parfen Semenovich, te lo repito. No es eso lo que yo encerraba en el cerebro.
—Puede que no vinieras para eso ni lo tuvieses en el cerebro; pero ahora es, con toda seguridad, en lo único en que piensas. Vamos, ¿por qué te trastornas de ese modo? ¿Acaso lo que te he dicho ha sido una revelación nueva para ti? ¡Me dejas asombrado!
—Estás celoso, Parfen Semenovich. Lo exageras todo desmesuradamente; es una cosa morbosa —balbució el príncipe, presa de extraordinaria agitación—. ¿Qué te pasa?
—¡Deja eso! —dijo Rogochin.
Y arrancando vivamente de manos de Michkin un cuchillo que el joven había tomado de sobre la mesa, lo puso junto al libro, en el mismo lugar donde había estado antes.
—Yo dudaba si visitarte o no cuando llegué a San Petersburgo. Tenía, por decirlo así, el presentimiento… —empezó el príncipe—. No, no quería venir aquí; quería olvidar todo eso y arrancarlo de mi corazón. En fin, adiós… Pero ¿qué tienes?
Michkin, mientras hablaba, había vuelto a coger el cuchillo con un movimiento maquinal y de nuevo Rogochin se había apresurado a arrebatárselo de las manos y ponerlo en la mesa. Aquel cuchillo no ofrecía nada de extraordinario. Tenía un mango de cuerno y su longitud alcanzaba poco más de dieciséis centímetros, con una anchura en proporción.
Viendo que la persistencia en quitar el arma de las manos de su amigo había atraído la atención de Michkin, Rogochin, excitado y nervioso, guardó el cuchillo entre dos de las páginas del libro y puso éste en otra mesa.
—Lo empleas para cortar las páginas, ¿verdad? —preguntó Michkin, que no lograba sacudirse el peso de una preocupación obsesionante.
—Sí; para cortar las páginas…

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—Sí. Su amor por ti comenzó el día de su cumpleaños. Pero ella considera imposible casarse contigo, porque eso te cubriría de vergüenza y amargaría tu vida. «A todos les consta quién soy», suele decir. Y en ese sentido, su lenguaje no ha cambiado hasta ahora. Ella misma me lo ha dicho en la misma cara, sin rodeos. Teme perderte y deshonrarte; pero respecto a mí no la detiene ningún escrúpulo de ese género. Conmigo puede casarse cualquiera… ¡Ese es el honor que me hace, fíjate en ello…!
—Pero ¿cómo pudo ser que ella te abandonara para refugiarse conmigo y luego…?
—¿Haya vuelto a mí? Hay que tener en cuenta las fantasías que le acuden de pronto al espíritu. Ahora se halla en una especie de estado febril. Un día me gritó: «¡Me caso contigo como quien se suicida! ¡Casémonos cuanto antes!». Ella misma apresuró los preparativos, fijó la fecha de la ceremonia, y luego, al acercarse el momento, se espantó o se le llenó la cabeza de otras ideas. ¡Bien lo sabe Dios! Y tú mismo lo has visto. Unas veces llora, otras ríe, otras se agita como febril… ¿Por qué te extraña que huyera de ti? Te abandonó porque sabía lo mucho que te amaba. No se sentía capaz de resistir a su pasión. Antes has dicho que yo la busqué en Moscú, y eso es un error, porque fue ella quien, para huir de ti, se refugió a mi lado y me dijo: «Señala la fecha; estoy preparada. Encarga champaña. ¡Y ahora vayamos con los gitanos!». Puedes tener la certeza de que, de no ser por mí, hace tiempo que se habría suicidado. Si no se tira al río, es porque yo ofrezco menos peligros que el agua. Y si se casa conmigo, será por despecho.

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«Pues mira, voy a enseñarte una cosa. Habiéndose enojado justamente un Papa contra un emperador, éste, antes de obtener su perdón, hubo de pasar tres días sin comer ni beber, arrodillado y con los pies desnudos ante el palacio del Papa. Durante los tres días que aquel emperador pasó de rodillas, ¿cuáles crees que fueron sus pensamientos? ¿Qué juramentos formuló en el fondo de su alma? Pero espera —agregó Nastasia Filipovna—; voy a leértelo yo misma». Y corrió a buscar un libro. «Es poesía», me dijo. Y comenzó a leerme un monólogo en verso en el que aquel emperador, colmado de humillaciones, juraba vengarse del Papa. «¿Es posible que esto no te agrade, Parfen Semenovich?». «Lo que acabas de leer es muy justo», respondí. «¡Ah! ¿Te parece muy justo?» Entonces es natural que ahora pienses: «Cuando ésa sea mi mujer le haré pagar esto caro». «No sé —dije—; puede que tal sea mi idea, en efecto». «¿No lo sabes?». «No, porque ahora no pienso en eso». «¿Y en qué piensas entonces?». «Pues mira: si te levantas de tu asiento y pasas a mi lado, te contemplo y te sigo con la vista; si oigo el rumor de tu vestido, siento desfallecer mi corazón; si sales del cuarto, recuerdo todas tus palabras y la entonación de cada una de ellas; y durante toda esta noche no he pensado en nada y no he dejado de escuchar el ruido de tu respiración. Hasta te he sentido dar vueltas dos veces en el lecho». Ella se rio. «Y los golpes que me has asestado, ¿los olvidas? ¿No piensas en ellos?». «No sé: bien puede ser que no piense en ellos». «¿Y si no te perdono y me niego a casarme?». «Ya te he dicho que me tiraré al río». «O acaso me asesines antes», repuso ella, pensativa. Luego se enojó y se fue. Una hora más tarde la vi reaparecer, muy sombría. «Parfen Semenovich —me dijo—, voy a casarme contigo, no porque te tenga miedo, sino porque no me importa arruinar mi vida. Además, tanto vale eso como cualquier otra cosa. Siéntate; te van a traer la comida. Y quiero que sepas que cuando nos casemos te seré fiel. Estate, pues, tranquilo». Calló un instante y luego continuó: «Al fin y al cabo, no eres un lacayo como yo lo había creído hasta ahora». Entonces señaló ella misma el día de nuestra boda. Y a la semana siguiente huyó y se fue a pedir refugio a Lebediev. Cuando volví a encontrarla en San Petersburgo, me dijo: «No renuncio en absoluto a casarme contigo, pero quiero esperar cuanto se me antoje, porque yo sigo siendo dueña de mí misma. Puedes hacer lo mismo, si te parece». Tales son ahora nuestras relaciones… ¿Qué opinas de todo eso, León Nicolaievich?

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—Yo no soy enemigo tuyo, Parfen Semenovich, y no quiero estorbarte en nada. Te lo digo ahora, como te lo dije otra vez, en una circunstancia análoga a la de ahora. Ya sabes que no fui yo quien estorbó tu casamiento cuando éste iba a efectuarse en Moscú. La primera vez fue la misma Nastasia Filipovna quien sacó, por decirlo así, la cabeza de debajo de la corona nupcial y quien fue en mi busca rogándome que la «salvara» de ti. Cito sus propias palabras. Más tarde me abandonó también; la encontraste y cuando ibas a conducirla al altar, te dejó plantado y huyó, refugiándose aquí, según dicen. ¿Es verdad? Lebediev me escribió manifestándomelo y por eso he venido. Respecto a la reconciliación que ha habido ahora entre vosotros dos, no tuve la primera noticia hasta ayer, en el tren, y me la transmitió uno de tus antiguos amigos: Zaliochev. Al venir a San Petersburgo, yo tenía el fin de proponer a Nastasia Filipovna marchar al extranjero, en interés de su salud. Está enferma de cuerpo y de alma y, sobre todo, de la mente, y necesita muchos cuidados. Mi intención no era llevarla conmigo al extranjero: la habría hecho marchar, pero no la hubiese acompañado. Te digo la pura verdad. Pero si, en efecto, os habéis reconciliado, no me presentaré ante ella jamás ni volveré a hacerte visita alguna. Tú sabes que no pretendo engañarte y que he sido siempre sincero contigo. Nunca te he ocultado mi opinión sobre este asunto y te he dicho siempre que vuestro casamiento causará infaliblemente la desgracia de ella. También a ti te será fatal… y acaso más que a Nastasia Filipovna. Celebraría que volvierais a romper vuestro compromiso, pero nada haré para procurarlo. Estate tranquilo, pues, y no sospeches de mí. Además, no ignoras que yo no he sido jamás un rival en el sentido verdadero de la palabra, ni aun cuando Nastasia Filipovna se refugió junto a mí. Ya veo que te ríes: sabía que esto te iba a hacer reír. Pero así es: ella y yo vivíamos allí separados, cada uno en un sitio diferente, y tú no lo ignoras. Ya te he explicado que no la quiero por amor, sino por compasión. Juzgo exacta la definición. Tú me dijiste entonces que comprendías estas palabras. ¿Es cierto? ¿Las comprendes? ¡Oh, qué expresión de odio hay en tu mirada! Pero he venido para tranquilizarte, porque también a ti te quiero mucho, Parfen Semenovich. En fin: me voy y no volveré más. Adiós.

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—Hace un momento, estando a cien pasos de esta casa, adiviné que era la tuya —dijo el príncipe.
—¿Por qué?
—No puedo decírtelo. Tu casa tiene la fisonomía de tu familia. Los Rogochin, después de residir largo tiempo en ella, parecen haberla marcado con su sello. Pero si me preguntas cómo he llegado a esa conclusión, no podré explicártelo. Sin duda fue en virtud de una especie de delirio. Incluso me asusta ver lo que ello me agitó. Antes no se me hubiera ocurrido pensar que tú vivías en una casa semejante, y, sin embargo, en cuanto la distinguí, me dije: «Ésa debe de ser su residencia».

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—La prueba de su violencia es que la última vez casi estuvo a punto de asirme del cabello sólo por una sencilla palabra que le dije. Yo quise tranquilizarla leyéndole el Apocalipsis…
—¿Cómo? —preguntó Michkin, creyendo no haberle entendido bien.
—Leyéndole el Apocalipsis. Esa señorita tiene la imaginación inquieta… ¡Je, je! Además, he observado en ella un gusto muy acusado por los temas serios de conversación, por indiferentes que puedan parecer a su persona. Le gustan mucho, y hasta casi la lisonjea que se le hable de ellos. Sí. Y yo, por mi parte, estoy muy interesado en la explicación del Apocalipsis y hace quince años que trabajo en esa tarea. Nastasia Filipovna ha convenido conmigo en que estamos en la época simbolizada por el caballo negro, es decir, el tercero, y por el jinete que lleva en la mano una balanza, ya que en nuestro siglo todo reposa sobre la balanza y los contratos, y todos los hombres se esfuerzan en buscar únicamente su derecho: «una medida de trigo por un dinero y tres medidas de cebada por un dinero»… Y, con todo esto, quieren conservar un espíritu libre, un corazón puro, un cuerpo sano y los demás dones de Dios… Pero fundándose sólo en el derecho nunca los conservarán y a continuación vendrá el caballo pálido, y aquel que se llama la Muerte, y después el infierno. Tal es el tema de nuestras conversaciones cuando nos vernos… y por cierto que la han impresionado mucho.
—¿Cree usted en esas cosas? —preguntó el príncipe, dirigiendo a su interlocutor una mirada de extrañeza.
—Las creo y las explico. Yo soy un pobre hombre, un mendigo, un átomo en la circulación humana. ¿Quién aprecia a Lebediev? Sirve de irrisión a todos y puede decirse que no hay quien no le abrume a puntapiés. Pero en esta explicación me igualó a cualquier gran personalidad. ¡Tan grande es el poder del espíritu! Yo he hecho temblar a un alto funcionario, muy arrellanado en su sillón, impresionándole al hacerle sentir el poder del espíritu.
Hace dos años, la víspera de Pascuas, Su Ilustrísima Excelencia Nilo Alexievich, a cuyas órdenes trabajaba yo, quiso oírme y me hizo llamar adrede a su despacho por Pedro Zaharich. «¿Es verdad —me dijo cuando estuvimos a solas— que tú explicas la profecía relativa al Anticristo?». Yo no vacilé en contestar que sí, y empecé a comentar la visión alegórica del apóstol. Él principió por sonreír, pero los cálculos numéricos y las similitudes le hicieron temblar. Me rogó que cerrase el libro, me despidió y puso mi nombre en la lista de recompensas. Esto pasaba en el momento de las fiestas de Pascuas. Ocho días más tarde, Nilo Alexievich entregaba su alma a Dios.
—¿Qué dice usted, Lebediev?
—La verdad. Se cayó de su coche después de comer, dio con la sien contra un guardacantón y murió en el acto. Era un hombre de setenta y tres años, de rostro muy encarnado y cabellos blancos. Se inundaba literalmente de agua perfumada y sonreía siempre como un niñito. Pedro Zaharich recordó después mi conversación con el difunto. «Tú profetizaste esto», me dijo.

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miércoles, 27 de noviembre de 2019

En cuanto al general Ivolguin, sucedióle por entonces una cosa totalmente imprevista. Su amiga, la señora Terentiev, a quien había entregado en diversas ocasiones pagarés por valor de dos mil rublos, le hizo encerrar en la cárcel por deudas. Semejante modo de obrar impresionó dolorosamente al infeliz Ardalion Alejandrovich, «víctima de su infundada fe en la generosidad del corazón humano, hablando en términos generales». Al adoptar la amable costumbre de firmar pagarés y letras de cambio, nunca había imaginado que pudiesen conducirle a complicación alguna y siempre supuso que todo marcharía bien. Pero ahora resultó que no era así. «Después de esto, ¿quién puede confiar en el género humano? ¿Cómo va uno a mostrar noble confianza hacia los hombres?», solía explicar Ivolguin con amargura cuando se sentaba ante una botella de vino con los compañeros de prisión, sus nuevos amigos, relatándoles anécdotas sobre el sitio de Kars y la resurrección de cierto soldado. Por lo demás, se amoldó muy bien en seguida a su nueva situación. Ptitzin y Varia afirmaban que aquél era su lugar adecuado y Gania compartía esta creencia. Pero la infeliz Nina Alejandrovna lloraba en secreto, lo que asombraba a toda su familia y, aunque delicada de salud, iba a visitar a su esposo siempre que podía.

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—¡No se acerquen! —volvió a gritar Rogochin.
—¿Cómo que no? —dijo Nastasia Filipovna, riendo—. ¡Yo soy todavía dueña de mi casa! Si quiero puedo arrojarte por la escalera. Además, no he tomado tu dinero aún; está en la mesa. Tráelo y dámelo. ¿Y este paquete contiene cien mil rublos? ¡Qué barbaridad! ¿Qué te parece, Daría Alexievna? ¿Crees que sería capaz de hacerle desgraciado? —preguntó señalando a Michkin—. ¿Casarse el príncipe? Lo que necesita es una niñera… Pero ya veo que el general se prepara a encargarse de serlo: mírenle cómo anda alrededor de él… ¿Ves, príncipe? Tu prometida ha cogido el dinero, porque no es una mujer honrada. ¡Y tú querías casarte con ella! ¿Por qué lloras? ¿Estás disgustado? ¡Ríete, hombre, haz como yo! —mientras hablaba así, Nastasia Filipovna tenía dos gruesas lágrimas en las mejillas—. Confía en el tiempo: ya verás como todo pasa. Más vale prevenir que lamentar. Pero ¿por qué lloran todos ustedes? ¿Por qué lloras tú también, Katia? ¿Qué tienes, querida? No creas que os dejaré sin nada a Pacha y a ti; ya he tomado disposiciones… Y ahora, adiós. ¡Cuándo pienso que una mala mujer como yo te ha obligado a servirme, a ti, que eres una muchacha honrada! Créelo, príncipe: es preferible esto. Si no, más adelante me habrías despreciado y no hubiéramos vivido felices. Nada de protestas; no te creo. ¡Qué estúpido hubiera sido…! Sí: es preferible que nos digamos adiós en definitiva. ¿Para qué soñar en quimeras? ¡Aunque también yo he soñado en ellas! ¿Imaginas que no he soñado contigo? Tenías razón antes: hace mucho tiempo que estos sucesos acudían a mi espíritu. Muchas veces, durante los cinco años transcurridos en la aldea de Totsky, he esperado que un hombre como tú, bondadoso, honrado, simpático, un poco necio incluso, me buscara de pronto para decirme: «La culpa no es de usted, Nastasia Filipovna. ¡Y la adoro!». Pero el despertar de tales sueños casi me hacía enloquecer. Cada verano este hombre llegaba para pasar dos meses conmigo, llevándome la vergüenza, la deshonra, la corrupción, la degradación… Y luego se iba. Mil veces he pensado en arrojarme al agua, pero he sido cobarde y nunca me he decidido. Y ahora… ¿Estás listo, Rogochin?
—¡Sí! ¡No se acerquen!
—¡Listos! —gritaron varias voces.
Nastasia Filipovna cogió el fajo de billetes.
—Se me ocurre una idea, Gania. Quiero indemnizarte. ¿Por qué has de perderlo todo? ¿Es cierto, Rogochin, que Gania andaría en cuatro pies por el bulevar Vassilievsky a cambio de tres rublos?
—Sí.
—Escucha, pues, Gania. Quiero darme una vez más la satisfacción de asistir a una muestra de tu grandeza de alma. Tú me has atormentado durante tres meses; ahora llega mi momento. Mira este paquete: contiene cien mil rublos. Voy a tirarlo al fuego delante de todos. Cuando esté rodeado de llamas tú puedes recogerlo en la chimenea. Pero sin guantes y con las mangas recogidas. Si así lo haces, el dinero es tuyo: todos los billetes te pertenecen. Cierto que te quemarás algo los dedos, pero se trata de cien mil rublos. ¡Hazte cargo!… ¡Es cosa de un momento! Y yo admiraré tu valor viéndote sacar mi dinero de entre las llamas. Pongo por testigos a todos de que el dinero será para ti. Si tú no lo retiras, el dinero arderá, porque no he de consentir que nadie más lo toque. Retírense. ¡Quítense de en medio! Este dinero me pertenece. Rogochin me lo da a cambio de acceder por una vez a sus pretensiones… ¿Es mío ese dinero, Rogochin?
—¡Es tuyo, encanto mío; es tuyo, reina!
—Muy bien. Retírense. Puedo hacer con esto lo que se me antoje. Déjenme obrar como me parezca. Atice la lumbre, Ferdychenko.
—No me siento con fuerzas para ello, Nastasia Filipovna —repuso Ferdychenko, estupefacto.
—¡Bah! —exclamó Nastasia Filipovna.
Cogió las tenazas de la chimenea, empujó dos leños que se calcinaban sin arder y cuando hubo conseguido hacer brotar una viva llamarada arrojó el paquete al fuego.

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Rogochin iba acompañado casi por los mismos secuaces que cuando hizo su visita a Gania. No obstante, se había agregado dos nuevos reclutas: uno, un viejo desacreditado, antiguo editor de un periódico libelístico y de mala fama. Se atribuía a este hombre la anécdota de haber empeñado en cierta ocasión su dentadura postiza para poder embriagarse. El otro era un subteniente retirado, rival del señor de los puños sólidos, y absolutamente desconocido a la partida de Rogochin, que se lo había incorporado en la acera soleada de la Perspectiva Nevsky, donde solía dirigirse a los transeúntes para solicitarles, con frases a lo Marlinsky, ayudas pecuniarias, añadiendo ladino, que cuando a él, en sus tiempos, le hacían demandas semejantes siempre daba quince rublos cada vez.
Desde el principio, los dos competidores, el forzudo y el subteniente, habían sentido antipatía y hostilidad uno hacia otro. El primero consideraba afrentoso que se juzgase preciso añadir un matón más a la banda. Taciturno por naturaleza, se limitaba a emitir de cuando en cuando sordos gruñidos de oso y a mirar de arriba abajo, con supremo desdén, al pedigüeño siempre que éste, que alardeaba de hombre de mundo y fino diplomático, trataba de congraciarse con el forzudo. A primera vista el subteniente producía la impresión de ser uno de aquellos hombres que suplen la falta de fuerza con su destreza y pericia. Era, desde luego, menos corpulento que el señor forzudo. Varias veces, y sin entrar en franca disputa, hizo delicadas alusiones a la eficacia del boxeo inglés, mostrándose de este modo un paladín convencido de la cultura occidental. El señor forzudo sonrió y bufó, sin dignarse conceder a su adversario una refutación en regla, y ciñéndose a mostrarle a ratos, como por casualidad, un argumento característicamente ruso: un puño enorme, nervudo, cubierto de vello rojizo. Era evidente para todos que si aquel argumento, tan típicamente nacional, se abatía sobre un objeto cualquiera había de dejarlo reducido a gelatina.

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—No le comprendo, Atanasio Ivanovich. Realmente no sabe usted lo que se dice. En primer lugar, ¿qué significan las palabras «ante todos»? ¿Acaso no estamos en una reunión selecta e íntima? Además, ¿qué es eso de petit-jeu? Yo quería hacerles conocer un episodio de mi vida y ya lo conocen. ¿No lo encuentra agradable? Y ¿a qué viene el decir que esto no es serio? ¿Por qué no lo es? Usted me ha oído decir bien claramente al príncipe: «Haré lo que usted me aconseje». De haber dicho «sí», me habría casado; ha dicho «no» y no me casaré. ¿No es serio esto? Toda mi vida pendía de un cabello. ¡Dígame si puede existir mayor seriedad!
—Pero ¿a qué hacer intervenir al príncipe? ¿Quién es el príncipe al fin y al cabo? —dijo el general, reprimiendo a duras penas la indignación que le producía el ver atribuir tanto valor a la opinión de Michkin.
—Yo le diré lo que es el príncipe para mí: el primer hombre cuya sincera adhesión me ha inspirado confianza. He creído en él desde el primer instante y sigo creyendo.
Gania, pálido y con los labios crispados, tomó la palabra.
—Sólo me queda agradecer a Nastasia Filipovna la extrema delicadeza de que ha dado pruebas respecto a mí. Sin duda lo que ha resuelto es lo más conveniente… —Y añadió, con voz temblorosa—: Pero el príncipe… su intervención en este asunto…
—Echa a rodar un negocio de setenta y cinco mil rublos, ¿no? —interrumpió bruscamente Nastasia Filipovna—. ¡Eso es lo que quiere usted decir! No lo niegue: sus palabras no significan otra cosa. Atanasio Ivanovich: tengo algo más que agregar. Y es que se guarde sus setenta y cinco mil rublos. Sepa que le devuelvo su libertad gratuitamente. ¡Ya era hora! ¡También tiene usted derecho a respirar al fin! ¡Nueve años y tres meses! Mañana iniciaré una vida nueva. Pero hoy es el día de mi cumpleaños y esta es la primera vez que soy dueña de mí misma desde que existo. General: tome sus perlas y déselas a su esposa. Se han acabado estas veladas, señores. Desde mañana dejo este piso.
Y después de hablar así se levantó, como para marcharse.
—¡Nastasia Filipovna, Nastasia Filipovna! —se oyó exclamar por doquier.
Reinaba una agitación febril general. Todos los visitantes, abandonando sus asientos, rodeaban a la joven escuchando con inquietud sus palabras impetuosas, febriles, delirantes. Ninguno comprendía nada de lo que ocurría y el desconcierto era absoluto. En medio de la confusión resonó, un campanillazo tan violento como el que horas antes había sembrado la extrañeza en casa de Gania.
—¡A… já! ¡El desenlace! ¡Por fin! —dijo Nastasia Filipovna—. Son las once y media. Siéntense, señores. ¡El desenlace!
Y, mientras hablaba, se sentó a su vez. Una extraña sonrisa tembló en sus labios. Miraba hacia la puerta con silenciosa ansiedad.
—Rogochin y sus cien mil rublos —murmuró Ptitzin para

El idiota - Fiodor Dostoyevski
—Sea lo que fuere, no tengo por qué entrar en ello. Lo importante para mí es saber que no va usted allí por el mero placer de pasar el rato en una fascinadora reunión de mujeres fáciles, generales y usureros. De ser así, permítame que le diga, príncipe, que me parecería usted ridículo y comenzaría a despreciarle. Aquí las personas honradas escasean terriblemente. Incluso no hay una que merezca absoluta estimación. Uno no puede prescindir de mirar a todos con desdén, aunque todos exigen el mayor respeto, empezando por Varia. ¿Ha notado usted, príncipe, que en nuestra época no se encuentran más que aventureros? Y sobre todo en Rusia, nuestra querida patria. Cómo se haya organizado todo esto, no lo sé. Los cimientos de las cosas parecen firmes, pero ¿qué sucede? Se descorren todos los velos, se pone el dedo sobre todas las llagas, asistimos a una orgía de relaciones escandalosas. Los padres son los primeros en rectificar sus principios, sintiéndose avergonzados de su moral a la antigua. En Moscú ha habido un padre que exhortaba a su hijo a no retroceder ante nada para ganar dinero. La Prensa lo ha hecho público. Fíjese en mi padre, y vea en lo que se ha convertido. Aunque, por otra parte, le tengo por un hombre honrado. Se lo digo de verdad. No se le puede reprochar más que su afición al vino y a las irregularidades. ¡Sí; es como le digo! Papá incluso me da lástima, aunque no me atrevo a decirlo, porque todos se burlan de mí; pero me da lástima. ¿Y qué son los demás, los que se juzgan inteligentes? ¡Todos usureros, del primero al último! Hipólito elogia la usura, afirmando que es necesaria, hablando de movimiento económico, de afluencia y reflujo de capitales y del diablo sabe qué más. Me duele mucho oírle decir esas cosas, pero como sé lo amargado que está… ¡Imagine que su madre obtiene dinero para papá y luego se lo presta a intereses semanales exorbitantes! ¿No es una vergüenza? ¿Y sabe usted que mamá proporciona a Hipólito toda clase de auxilios, dinero, ropa blanca, vestidos? También a través de Hipólito ayuda a los pequeños, en vista de que su madre los desatiende en absoluto. Varia hace lo mismo.
—Usted decía que no existen más que usureros. Vea, sin embargo, que hay también personas de carácter vigoroso: su madre y Varia. Socorrer al prójimo en tales condiciones, ¿no es acaso una prueba de fuerza moral?
—Varia obra así por amor propio, por ostentación, por no ser menos que mi madre. En cuanto a mamá… sí, realmente, mamá merece respeto por ello. La apruebo y estimo su conducta en lo que vale. El mismo Hipólito lo reconoce por muy endurecido que tenga el corazón. Al principio se burlaba diciendo que eso era una bajeza por parte de mamá, pero ahora hay veces en que se siente realmente enternecido. ¡Hum! ¿Llama usted a eso fuerza moral? Lo tendré en cuenta. Gania no cree lo que usted. Diría que eso es favorecer el vicio.

El idiota - Fiodor Dostoyevski
—Me alegro mucho de haberle encontrado, Kolia —dijo el príncipe—. ¿Podía prestarme un servicio? Necesito a toda costa ver a Nastasia Filipovna. Había pedido a su padre que me llevara, pero ya ve que se ha dormido. ¿Quiere servirme de guía? No conozco el camino; sólo sé que Nastasia Filipovna habita cerca del Gran Teatro, en la casa Mitovtzov.
—¡Pero si Nastasia Filipovna no ha vivido nunca ahí! Además, papá no ha estado jamás en su casa. Me extraña que se haya confiado usted a él. Nastasia Filipovna habita cerca de la calle Vladimirsky, en Cinco Esquinas, que es un sitio mucho más cercano. Ahora son las nueve y media. Si quiere, le acompañaré.

El idiota - Fiodor Dostoyevski
—¿Quiere usted creer —interrumpió la señora Terentiev dirigiéndose al príncipe— que este hombre sin pudor no ha respetado siquiera la orfandad de mis hijos? Todo me lo ha robado, se lo ha llevado todo, lo ha vendido todo, hipotecado todo, sin dejar nada. ¿Y qué voy a hacer ahora con tus pagarés, hombre sin conciencia, pérfido? Responde, embustero; responde, monstruo insaciable. ¿Con qué voy a dar ahora de comer a mis hijos huérfanos? Ahora llega borracho como una cuba, y no puede ni sostenerse sobre las piernas… ¡Oh! ¿Por qué habré incurrido por culpa tuya en la ira divina? Contesta, malvado, hipócrita.
El general no acertó a ponerse a la altura de la situación.
—Marfa Borisovna, ahí van veinticinco rublos. Es todo lo que puedo. Y aun esos los debo a la generosidad de mi noble amigo, el príncipe. Me he equivocado dolorosamente… ¡Así es la vida! Y ahora… dispénsenme, pero… me siento débil —dijo Ardalion Alejandrovich mientras, en pie en medio de la sala, saludaba en todas direcciones—. Me siento débil, sí… Dispénsenme… Lenotchka, hijita, un almohadón.
Lenotchka, una niñita de unos ocho años, corrió a buscar una almohada y la puso sobre un duro sofá de desgarrado cuero. El general se proponía decir muchas cosas, pero, apenas instalado en el sofá, volvió la cara a la pared y se durmió con el sueño de los justos.

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martes, 26 de noviembre de 2019

—La historia es estúpida y puede ser contada en dos palabras —empezó el general, con aire de suficiencia—. Hace dos años, poco más o menos, se acababa de inaugurar la línea férrea de… Teniendo que hacer un viaje de mucha importancia relacionado con mi retiro, me puse un traje civil y fui a la estación. Tomo allí un billete de primera clase, subo al tren, me siento y empiezo a fumar. O mejor dicho, continúo fumando, porque tenía el cigarro encendido antes de subir al coche. Yo iba solo en el departamento. No está permitido fumar, pero tampoco prohibido, así que es una cosa sentida a medias. Además, estaba abierta la ventanilla. De pronto, en el momento de ir a salir el convoy, dos señoras que llevan un falderillo suben al departamento y se instalan frente a mí. La una ostenta un lujoso vestido azul celeste. La otra, de apariencia más modesta, viste un traje de seda negra, con esclavina. Las viajeras tienen un aspecto importante, miran en torno con altivez y hablan en lengua inglesa. Yo, naturalmente, continúo fumando como si tal cosa. Para ser más exacto, debo decir que vacilé un momento, pero en seguida me dije: «Puesto que la ventanilla va abierta, el humo no puede molestarlas». El faldero va sobre las rodillas de la señora de azul. Es muy pequeño, no mayor que mi puño, negro, con las patas blancas y muy raro. Luce un collar de plata con una inscripción. Yo prosigo fumando sin preocuparme de mis compañeras de viaje, aunque noto que parecen desazonadas. Sin duda es mi cigarro el que las pone de mal humor. Una de ellas me mira a través de sus impertinentes de carey. Pero yo sigo impasible. ¡Cómo no dicen nada! Si me hubiesen indicado algo, hecho una alusión, cualquier cosa… ¡Para algo se tiene lengua! Pero no; callan. De improviso, sin la menor advertencia previa, como si se volviese loca repentinamente, la dama del vestido azul me arranca el cigarro de las manos y lo tira por la ventanilla. El tren vuela. Yo la miro asombrado. Es una mujer estrafalaria, realmente estrafalaria, gruesa, de saludable aspecto, corpulenta, rubia, de mejillas rosadas (y hasta demasiado rosadas ¿saben?). Sus ojos, fijos en mí, exhalan relámpagos. Sin pronunciar una palabra, con perfecta cortesía, una cortesía casi refinada, me adelanto hacia el faldero, lo cojo por el cuello y, ¡zas!, lo envío a hacer compañía al cigarro. No tuvo tiempo más que de lanzar un ligero ladrido. Y el tren continuó su carrera…
—¡Es usted un monstruo! —exclamó Nastasia Filipovna, riendo y palmoteando como una niña.
—¡Bravo, bravo! —gritó Ferdychenko.
Ptitzin no pudo reprimir una sonrisa, aunque le había disgustado también la aparición del general. El propio Kolia, que tan intranquilo parecía antes, acogió con aplausos y risas el relato de su padre.

El idiota - Fiodor Dostoyevski
La aparición de Ardalion Alejandrovich infirió un golpe terrible a Gania. El vanidoso joven, cuyo amor propio alcanzaba extremos hipersensibles y morbosos, había pasado los últimos dos meses esforzándose por todos los medios en alcanzar un modo de vida mejor y más distinguido. Pero se reconocía inexperto y casi admitía la verdad de que era erróneo el camino elegido. En su casa, donde mandaba como déspota, había asumido, en su desesperación, la actitud de un cínico completo; pero no osaba mantener esta posición ante Nastasia Filipovna, que le había sabido hacer permanecer en la incertidumbre hasta el último momento. «El pordiosero impaciente», como Nastasia Filipovna le llamara una vez, según le habían dicho, tenía jurado hacer pagar muy caras aquellas palabras a quien las pronunció, tan pronto como ella fuera su mujer. Al mismo tiempo soñaba puerilmente en la posibilidad de conciliar todas aquellas incongruencias. Y he aquí que ahora debía beber hasta las heces su amargo cáliz, sufriendo una nueva e imprevista tortura —la más terrible de todas para un vanidoso—: la de avergonzarse de su propia familia y en su propia casa.
Un pensamiento relampagueó en la mente de Gania: «¿Acaso la recompensa equivale a este tormento?».

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Cuando más adelante cambiaron las cosas, todo resultó admirable, porque la persecución había contribuido a estrechar mi amistad con los pequeños. Durante el último año casi me reconcilié con Thibaut y con el Pastor; pero entre Schneider y yo se provocaban frecuentes discusiones. Él me reprochaba lo que definía de sistema «pernicioso para los niños». ¡Cómo si yo tuviese un sistema!
Finalmente, la misma víspera de mi marcha el doctor me confió una extraña opinión que había formado sobre mí.
«He adquirido la absoluta convicción —me dijo— de que usted mismo es un verdadero niño. Quiero decir un niño en todo el sentido de la palabra. Tiene usted el rostro y la estatura de un adulto; pero nada más. Respecto al desarrollo moral, al alma, al carácter, acaso a la inteligencia, usted no es un hombre maduro, y así quedará aunque viva sesenta años».
Aquello me hizo reír mucho. Indudablemente se engaña. ¿Acaso tengo el aspecto de un niño? Sin embargo, una cosa hay verdadera y es que no me agrada tratar con los hombres, con los adultos, con las personas mayores, y —he hecho tal observación mucho tiempo atrás— no me agrada porque no soy como ellos.

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En aquel pueblo había muchos niños y yo estaba siempre con ellos, solo con ellos. Eran los niños de la aldea, toda una bandada de colegiales. No pretenderé haberlos instruido yo. No; para eso estaba Julio Thibaut, el maestro de escuela. Si se quiere, admito que les enseñaba algo; pero lo que hacía sobre todo era convivir con ellos.
Y así han transcurrido mis cuatro años en Suiza. No me hacía falta otra cosa. Les hablaba de todo, sin ocultarles nada. Esto acabó atrayéndome el descontento de sus familias, porque los niños terminaron no pudiendo prescindir de mí. Me rodeaban sin cesar, al punto de que el maestro de escuela llegó a convertirse en mi mayor enemigo. Otras muchas personas de la aldea me cobraron antipatía, todas a causa de los niños. El mismo doctor Schneider me hizo reproches sobre ello. Pero ¿qué temían de mí? A un niño se le puede decir todo, absolutamente todo. Siempre me ha sorprendido la falsa idea que los adultos se forman sobre los niños. Éstos no son comprendidos jamás, ni siquiera por sus padres… ¡Y qué bien se dan cuenta los niños de que su familia los toma por pequeñuelos incapaces de comprender nada cuando lo comprenden tan bien todo! Las personas mayores ignoran que, incluso en asuntos difíciles, los niños pueden dar consejos de la mayor importancia. ¿Cómo no sentir vergüenza de engañar a esos lindos pajaritos que fijan en vosotros sus miradas confiadas y felices?

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lunes, 25 de noviembre de 2019

—Respecto a la vida en una prisión —contestó Michkin— puede existir diversidad de criterio. He conocido a un hombre que había pasado doce años en una cárcel y a la sazón era uno de los pacientes del doctor. Sufría ataques; a veces se agitaba, rompía a llorar, y en una ocasión incluso quiso suicidarse. Su vida en la cárcel había sido triste, se lo aseguro; pero, con todo, valía más de un kopec. Todas sus relaciones de prisionero se reducían a una araña y un arbusto que cuidaba al pie de su ventana… Pero prefiero hablarles de otro hombre a quien he conocido el año último. En su caso hay una circunstancia rara, en el sentido de que pocas veces se produce. Este hombre había sido conducido al cadalso y se le había leído la sentencia que le condenaba a ser fusilado por un crimen político. Veinte minutos después llegó el indulto. Pero entre la lectura de la sentencia de muerte y la noticia de que le había sido conmutada la pena por la inferior, pasaron veinte minutos, o, al menos, un cuarto de hora durante el cual aquel desgraciado vivió en la convicción de que iba a morir al cabo de unos instantes. Yo deseaba saber cuáles habían sido sus impresiones y le pregunté sobre ellas. Lo recordaba todo con extraordinaria claridad y decía que nada de lo sucedido en aquellos minutos se borraría jamás de su memoria. Y pensaba: «¡Si no muriese! ¡Si me perdonaran la vida! ¡Qué eternidad! ¡Y toda mía! Entonces cada minuto sería para mí como una existencia entera, no perdería uno sólo y vigilaría cada instante para no malgastarlo»…

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Grande y desagradable (el corazón humano es así) fue la sorpresa que experimentó cuando tuvo la convicción de que incluso si él hiciese una oferta de matrimonio a su protegida, no le sería aceptada. Pasó largo tiempo antes de que pudiese comprender el motivo. Sólo cabía una explicación: la de que aquella mujer, «ofendida y fantástica» hubiese extremado su orgullo hasta el punto de expresarle su desprecio definitivo negándose a casarse con él, prefiriendo esta venganza al hecho de asegurar su futura posición y elevarse a casi inaccesibles alturas de grandeza. Para colmo, Nastasia Filipovna mostrábase superior a él de un modo muy molesto. No influían en ella consideraciones venales, por importantes que fuesen, y, aunque aceptando el lujo que él le ofrecía, vivía muy modestamente y apenas se preocupó de guardar dinero en aquellos cinco años. Totsky inició sutiles tácticas para romper sus cadenas, procurando tentar a la joven con los más idealísticos métodos de tentación. Pero los ideales en forma de príncipes, húsares, secretarios de embajada, novelistas, poetas y hasta socialistas no ejercieron la menor influencia sobre Nastasia Filipovna. Dijérase que escondía una piedra en lugar de corazón y que todos sus sentimientos se habían agotado.

El idiota - Fiodor Dostoyevski
Ante todo, esta nueva mujer mostraba saber y entender muchas cosas, tantas, que él se preguntaba, asombrado, dónde podía haber adquirido tal conocimiento y llegado a tan definidas ideas. Seguramente no en su biblioteca de muchacha. Además, ella enfocaba también las cosas desde el punto de vista legal y mostraba, si no conocimiento del mundo, sí de cómo ciertas cosas se hacen en el mundo. Tampoco su carácter era el mismo de antes. No quedaba nada de su timidez, de su inseguridad de colegiala, de esos sentimientos tan fascinadores en su original naturalidad, de sus melancolías y sus sueños, de sus asombros, sus desconfianzas, sus lágrimas, sus inquietudes…
Sí: era una nueva y desconcertante criatura la que Totsky veía ante sí riéndose de él en su cara y abrumándole con malignos sarcasmos mientras le aseveraba rotundamente no haber albergado jamás por él otro sentimiento que el del asco y desprecio más profundos, desprecio y asco que la habían invadido tan pronto como pasó el momento de la primera sorpresa. Esta nueva mujer anunció en seguida que la tenía completamente sin cuidado que Totsky se casase cuando y con quien quisiera, pero que había venido para impedirle aquel matrimonio, no por maldad, sino simplemente porque se le antojaba hacerlo así, y así lo haría. «Tengo ganas —dijo— de reírme de ti a mi vez, y me ha llegado la hora».

El idiota - Fiodor Dostoyevski
—Desde luego que no… Recuerdo que el criminal era un hombre inteligente, maduro, fuerte y resuelto, llamado Legros. Pero le aseguro a usted, aunque no me crea, que cuando subió al cadalso iba llorando y blanco como el papel. ¿No le parece increíble y tremendo? ¿Cómo cabe que haya quien llore de miedo? Yo no creía que el terror pudiese arrancar lágrimas a un adulto, a un hombre de cuarenta y cinco años que no había llorado jamás. ¿Qué pasa, pues, en el alma en este momento? ¿Qué terrores la dominan?
El príncipe se animaba a hablar. Un ligero matiz rosado coloreaba su pálido rostro. Sin embargo, no elevaba la voz más que de costumbre. El criado le escuchaba con vivo interés.
—Al menos, con ese género de suplicio no se sufre mucho —comentó.
—Lo que acaba usted de decir es precisamente lo que todo el mundo dice —contestó Michkin, excitándose— y para eso se inventó la guillotina. Pero yo, mientras asistía a la ejecución, me decía: «¿Quién sabe si la rapidez de la muerte no la hace más cruel aún?».

El idiota - Fiodor Dostoyevski
—¡No, no, nada! —se apresuró a contestar Lebediev—. Él le ofrecía sumas enormes, pero no pudo conseguir absolutamente nada… No es como Amancia. Su único amigo íntimo es Totsky. Por las noches puede vérsela siempre en su palco en el Gran Teatro o en el Teatro Francés. Y la gente hablará de ella lo que quiera, pero nadie puede probarle nada. Se la señala y se dice: «Mirad a Nastasia Filipovna»; pero nada más, porque nada hay que decir.
—Así es, en efecto —convino Rogochin, con aire sombrío—; eso concuerda con lo que me contó hace tiempo Zaliochev. Un día, príncipe, yo cruzaba la Perspectiva Nevsky vestido con un gabán viejo que mi padre había retirado hacía tres temporadas. Ella salía de un comercio y subió al coche. En el acto sentí que me atravesaba el alma un dardo de fuego. A poco encontré a Zaliochev. No vestía como yo, sino con elegancia, y llevaba un monóculo aplicado al ojo. En cambio yo, en casa de mi padre, usaba botas enceradas y comía potaje de vigilia. «Esa no es de tu clase —me dijo mi amigo—: es una princesa. Se llama Nastasia Filipovna Barachkov y vive con Totsky. Él ahora, quisiera desembarazarse de ella a toda costa, porque, a pesar de sus cincuenta y cinco años, tiene entre ceja y ceja el propósito de casarse con la beldad más célebre de San Petersburgo». Zaliochev añadió que si yo iba aquella noche a los bailes del Gran Teatro podría ver en un palco a Nastasia Filipovna. Entre nosotros, le diré que ir a ver una sesión de baile significaba para mí correr el riesgo de ser molido a golpes por mi padre. No obstante, burlando su vigilancia, pasé una hora en el teatro, volví a ver a Nastasia Filipovna y no pude dormir en toda la noche. Por la mañana, mi difunto padre me entregó dos títulos al cinco por ciento de cinco mil rublos cada uno. «Vete a venderlos —dijo—, pasa por casa de los Andreiev, liquídales una cuenta de siete mil quinientos rublos que tengo con ellos y tráeme el resto del dinero. No te entretengas en el camino, que te aguardo». Negocié los títulos, pero en vez de ir a casa de Andreiev entré en el Bazar Inglés y compré unos pendientes de diamantes, cada uno casi tan grueso como ruta avellana. Como el precio excedía en cuatrocientos rublos el dinero que yo llevaba, di mi nombre y el comerciante me abrió, crédito por la diferencia. Tras esto, fui a ver a Zaliochev. «Acompáñame a casa de Nastasia Filipovna», le dije. Y fuimos. No sé, ni recuerdo, lo que había ante mí, ni a mi lado, ni bajo mis pies. Entrarnos en una sala y ella salió a recibirnos. Yo no di mi nombre: fue Zaliochev quien tomó la palabra. «Sírvase aceptarlos en nombre de Parfen Rogochin, en recuerdo del encuentro de ayer tarde», dijo. Ella abrió el estuche, miró los pendientes y sonrió: «Agradezca a su amigo Rogochin su amable atención», repuso. Y, haciéndonos una reverencia, se apartó. ¿Por qué no caería yo muerto en aquel instante? Si me había decidido a hacer la visita, era porque, en verdad, no esperaba volver vivo de ella. Lo que más me mortificaba de todo era ver que aquel animal de Zaliochev se había arreglado para atribuirse el mérito a sí mismo, en cierto modo. Yo, bajo de estatura como soy y mal vestido como iba, guardaba un silencio lleno de turbación, y me limitaba a contemplar a aquella mujer abriendo mucho los ojos, mientras él, ataviado con elegancia, los cabellos rizados y llenos de cosmético, muy sonrosada la cara, el lazo de la corbata impecable, mostraba una desenvoltura de hombre de mundo, y todo se volvía inclinaciones y gracias. ¡Estoy seguro de que ella le tomó por mí! Cuando salimos le dije: «Ahora no vaya a ocurrírsete cualquier insolencia respecto a Nastasia Filipovna. ¿Comprendes?». Él, riendo, repuso: «¿Cómo te las compondrás para arreglar tus cuentas con Semen Parfenovich?». Yo sentía tanto deseo de volver a casa como de tirarme al agua, pero me dije: «Sea lo que quiera. ¿Qué me importa?». Y regresé a casa como un alma en pena.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

domingo, 24 de noviembre de 2019

—¿No ha oído usted hablar de los Rogochin? —interrogó con viveza el joven de los cabellos negros.
—No; no conozco a casi nadie en Rusia. ¿Se llama usted Rogochin?
—Sí; Parfen Semenovich Rogochin.
—¿Parfen Semenovich? ¿No será usted uno de esos Rogochin que…? —preguntó el empleado con súbita gravedad.
—Sí; uno de esos —interrumpió impacientemente el joven moreno quien, desde el principio, no se había dirigido al hombre granujiento ni una sola vez, limitándose a hablar únicamente con Michkin.
El empleado, estupefacto, abrió mucho los ojos y todo su semblante adquirió una expresión de respeto servil, casi temeroso.
—¡Cómo! —prosiguió—. ¿Es posible que sea usted hijo de Semen Parfenovich Rogochin, burgués notable por derecho de herencia y que murió hace un mes dejando un capital de dos millones y medio de rublos?
—¿Y cómo puedes tú saber que ha dejado dos millones y medio? —preguntó rudamente el hombre moreno sin dignarse mirar al empleado. Luego añadió, haciendo un guiño a Michkin para referirse al otro—: Mírele: apenas se ha enterado de quién soy, ya empieza a hacerme la rosca. Pero ha dicho la verdad. Mi padre ha muerto y yo, después de pasar un mes en Pskov, vuelvo a casa como un pordiosero. Ni mi madre ni el bribón de mi hermano me han avisado ni me han enviado dinero. ¡Cómo si fuera un perro! Durante todo el mes he estado enfermo de fiebres en Pskov y…
—¡Pero ahora va usted a recibir un rico milloncejo, si no más! ¡Oh, Dios mío! —exclamó el señor granujiento alzando las manos al cielo.
—Dígame, príncipe —exclamó Rogochin, irritado, señalando al funcionario con un movimiento de cabeza—, ¿qué podrá importarle eso? Porque no voy a darte ni un kopec aunque bailes de coronilla delante de mí. ¿Oyes?
—Lo haré, lo haré.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

viernes, 22 de noviembre de 2019

Esta clase de caballeros que lo saben todo suelen encontrarse con bastante frecuencia en cierta capa social. No hay nada que ignoren: toda su curiosidad espiritual, todas sus facultades de investigación se dirigen sin cesar en igual sentido, sin duda por carencia de ideas e intereses vitales más importantes, como diría un pensador moderno. Añadamos que esa omnisciencia que poseen está circunscrita a un campo harto restringido: les consta en qué departamento sirve Fulano, qué amistades tiene, qué fortuna posee, de dónde ha sido gobernador, con quién está casado, qué dote le aportó su mujer, quiénes son sus primos en primero y segundo grado, y otras cosas por el estilo. Por regla general, estos caballeros que lo saben todo llevan los codos rotos y ganan diecisiete rublos al mes. Las personas de quienes conocen tantos detalles se quedarían muy confusas si lograran saber cómo y por qué estos señores omniscientes están tan bien informados de sus existencias. Sin duda los interesados encuentran algún consuelo positivo en poseer semejantes conocimientos, que consideran una completa ciencia de la que derivan una alta estima de sí mismos y una elevada satisfacción espiritual. Y es, en efecto, una ciencia subyugadora. Yo he conocido literatos, intelectuales, poetas y políticos, que parecían hallar en semejante disciplina científica su mayor deleite y su meta final habiendo hecho, además, su carrera gracias a ella.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

jueves, 21 de noviembre de 2019

¡Adiós, Hans Castorp, ingenuo niño mimado por la vida! Tu historia ha terminado. Hemos terminado de contarla. No ha sido breve ni larga; ha sido una historia hermética. La hemos narrado por ella misma, porque era digna de ser contada, no por ti, que eras un muchacho sencillo. Aunque, después de todo, es tu historia, tu peripecia; y si te ocurrió será porque algo había en ti, y no negamos la simpatía pedagógica que te hemos tomado mientras la contábamos… la misma que ahora nos mueve a secarnos muy suavemente el lagrimal con la puntita del dedo al pensar que nunca volveremos a verte ni a saber de ti en el futuro.
¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivirás o te quedarás en el camino! Tienes pocas perspectivas; esa danza terrible a la que te has visto arrastrado durará todavía unos cuantos años, y no queremos apostar muy alto por que logres escapar. Francamente, no nos importa demasiado dejar abierta esta pregunta. Las aventuras del cuerpo y del espíritu que te elevaron por encima de tu naturaleza simple permitieron que tu espíritu sobreviviese lo que no habrá de sobrevivir tu cuerpo. Hubo momentos en que la muerte y el desenfreno del cuerpo, entre presentimientos y reflexiones, hicieron brotar en ti un sueño de amor. ¿Será posible que de esta bacanal de la muerte, que también de esta abominable fiebre sin medida que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, surja alguna vez el amor?

La montaña mágica - Thomas Mann
¡Ay, todos esos jóvenes con sus mochilas y sus bayonetas, con sus abrigos y botas cubiertos de barro! Tal vez una mente humanista quisiera evocar otras imágenes más bellas de la juventud: cabalgando y jugando con caballos en una playa, paseando por la arena con la amada, musitando palabras tiernas en su oído, o enseñando a disparar el arco a otro amigo… En lugar de eso, ahí están: tirados con la cara en el barro. El hecho de que se presten a ello con entusiasmo, a pesar del miedo infinito y de la indecible nostalgia de la madre, es algo sublime y vergonzoso al mismo tiempo, y nunca debería constituir un motivo para ponerles en tal situación.

La montaña mágica - Thomas Mann
Durante los últimos días de espera, en los que los nervios de toda Europa permanecieron en una tensión verdaderamente insufrible, Hans Castorp no vio a Settembrini. Las atroces noticias de los periódicos llegaron entonces directamente desde el mundo de allá abajo hasta su terraza, recorriendo el sanatorio entero, inundando el comedor e incluso las habitaciones de los enfermos y moribundos con el angustioso olor a azufre que desprendían. Y ése es justo el instante en que el feliz durmiente se incorpora en la hierba lentamente, sin saber qué le ha sucedido, y se frota los ojos… Pero vamos a desarrollar en detalle esta imagen para hacer justicia al proceso interior que sufrió. Se vio liberado del hechizo, desencantado, libre…, no por nada que él mismo hubiese hecho —como hubo de reconocer avergonzado—, sino por el poder de una serie de fuerzas elementales que se liberaron en el mundo y que, secundariamente, le liberaron también a él. No obstante, aunque su insignificante destino individual se perdiese en la inmensidad del destino del mundo, ¿acaso esta liberación no era muestra de una bondad y una justicia de los dioses para con él, para con su persona concreta? ¿No parecía que la vida volvía a acoger en su seno a su «niño mimado» y perdido? Cierto es que no lo hacía abriéndole un camino de rosas, sino de esta forma tan drástica y tan terrible que, dado el caso, tal vez no significaría la vida misma, sino tres salvas de honor en su memoria, en la del joven pecador. Y así cayó de rodillas, con el rostro y las manos elevados hacia el cielo, un cielo sombrío y cargado de vapores de azufre, pero que había dejado de ser la bóveda cavernosa de la montaña del pecado.

La montaña mágica - Thomas Mann
Así vivía, echado en su excelente tumbona, y así llegó el momento, en pleno verano, en que el ciclo del año se cerró sobre sí mismo por séptima vez (él ya había perdido la cuenta).
Entonces estalló…
Pero el pudor y el recelo nos instan a no explayarnos sobre todo lo que estalló y sucedió. ¡Nada de farragosas explicaciones y exageradas hazañas! Nos limitaremos a decir en tono moderado que estalló la tempestad que todos conocemos; esa ensordecedora explosión de la fatídica amalgama entre la anestesia de los sentidos y la hipersensibilidad; una tempestad histórica —dicho con moderado respeto— que hizo tambalearse los cimientos de la tierra y que, para nosotros, sin embargo, es la tempestad que hace saltar por los aires la montaña mágica y despierta de golpe a nuestro bello durmiente. Totalmente desconcertado, se encuentra en el mundo de los despiertos y se frota los ojos como quien, a pesar de las muchas advertencias, ha pasado muchísimo tiempo sin leer los periódicos.
Su amigo y mentor oriundo de tierras mediterráneas había intentado compensarlo, esforzándose en informar a su díscolo pupilo de los acontecimientos a grandes rasgos, si bien nunca había encontrado gran interés por parte de éste, que se complacía en soñar y en «gobernar» las sombras espirituales de las cosas pero no prestaba ninguna atención a las cosas mismas…, concretamente, por una soberbia tendencia a confundir las sombras con las cosas y no ver en las cosas más que sombras, confusión por la cual tampoco se le puede reprender con demasiada severidad, puesto que se trata de una relación que sigue sin estar nada clara.

La montaña mágica - Thomas Mann
La detonación produjo un eco múltiple. Las montañas se transmitían la reverberación unas a otras, el eco invadió el valle entero, y Hans Castorp pensó que habría sembrado el terror ente sus habitantes.
—¡Ha disparado al aire! —dijo Naphta, intentando dominarse y bajando el arma.
Settembrini contestó:
—Yo disparo adonde quiero.
—¡Tiene que disparar otra vez!
—No pienso hacerlo. Ahora le corresponde a usted.
Settembrini miraba hacia el cielo y se había puesto ligeramente de perfil. Era conmovedor verle. Se notaba que había oído decir que no convenía ofrecer directamente el pecho al adversario y estaba siguiendo este consejo.
—¡Cobarde! —gritó Naphta, y con aquel grito tan humano reconocía que hace falta más valor para disparar que para exponerse a morir de un disparo; levantó la pistola en una posición que ya no guardaba relación alguna con el duelo y se pegó un tiro en la cabeza.
¡Qué espectáculo tan lamentable! Inolvidable. Se tambaleó y, al tiempo que el eco de la aberración que acababa de cometer resonaba y retumbaba de montaña en montaña, retrocedió unos pocos pasos, con el cuerpo muy inclinado hacia atrás, se giró por completo hacia el lado derecho y cayó de bruces sobre la nieve.
Todos quedaron petrificados durante unos segundos. Settembrini arrojó su arma lejos de sí y fue el primero en inclinarse sobre su adversario.
—Infelice! —exclamó—. Che cosa fai, per l’amor di Dio!
Hans Castorp le ayudó a volver el cuerpo. Vieron el agujero negro y rojo en la sien, y vieron el rostro de Naphta, que fue cubierto inmediatamente con un pañuelo de seda que asomaba del bolsillo de su chaqueta.

La montaña mágica - Thomas Mann
—Se equivoca, amigo mío —contestó Settembrini con los ojos cerrados—. Se equivoca en primer lugar al sostener que el pensamiento no puede entenderse con carácter personal. No debería pensar eso. —Y sonrió con un gesto tan refinado como doliente—. Pero se equivoca fundamentalmente en la apreciación de que el espíritu, en general, no es lo bastante importante para provocar conflictos y pasiones tan fuertes como esas otras que trae consigo la vida misma y que no pueden solucionarse sino mediante las armas. All’ incontro! Lo abstracto, lo depurado, lo ideal es, al mismo tiempo, lo absoluto y, por lo tanto, lo realmente importante e intocable; y por eso alberga muchas más posibilidades de despertar el odio y la enemistad irreconciliable que la vida social. ¿Y aún le extraña que pueda llevar al enfrentamiento físico, al duelo, a la situación realmente radical: la lucha a muerte, mucho más directa e implacablemente que cualquier conflicto de ese otro ámbito? El duelo no es una «institución» como cualquier otra. Es lo último, es la vuelta al estado originario de la naturaleza, apenas atenuado por un código caballeresco muy superficial. Lo esencial de esta situación sigue siendo su elemento netamente primitivo: el cuerpo a cuerpo; y todos debemos estar dispuestos para esa situación, por alejados que nos sintamos de la naturaleza. Puede verse en ella en cualquier momento. Quien no es capaz de defender un ideal con su vida y con su sangre, no es digno de llamarse hombre, y hay que ser un hombre por espiritualista que se sea.
Hans Castorp había recibido una buena respuesta. ¿Qué podía contestar? Permaneció callado, meditabundo. Las palabras de Settembrini parecían serenas y lógicas; sin embargo, un poco extrañas y poco naturales en su boca. Sus pensamientos ya no eran sus pensamientos, como tampoco había sido él quien había tenido la idea del singular enfrentamiento, era una idea del «terrorista», del pequeño Naphta. Sus pensamientos eran la expresión de aquella fatídica epidemia, de aquel demonio que había convertido el sano juicio de Settembrini en su esclavo y su instrumento. ¿Cómo iba a ser posible que lo espiritual, porque era intangible, condujera de manera irrevocable a lo animal, a un desenlace por medio de la lucha física? Hans Castorp se resistía a creerlo; o lo intentaba… para darse cuenta —con honor— de que no era capaz. Aún se estremecía al recordar la escena entre Wiedemann y Sonnenschein, enzarzados en una lucha bestial y desesperada, y comprendía que al final de todas las cosas sólo quedaba el cuerpo, las uñas y los dientes. Sí, sí, había que batirse, pues así al menos se podía atenuar aquel estado originario de la naturaleza por medio de un código caballeresco. Hans Castorp se ofreció como padrino de Settembrini.

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Fueron horas, más de dos —lo decimos de entrada—, incluyendo un breve descanso en la «búsqueda» de Holger —o mejor dicho, de la joven Elly—, que fue tan larga y laboriosa que faltó poco para que el grupo renunciase a obtener un resultado; al margen de que, en más de una ocasión, estuvieran tentados de interrumpirla sin más por pura compasión hacia la médium, pues era obvio que le resultaba terriblemente dura y casi superior a sus delicadas fuerzas. Los hombres, cuando no huimos de la vida, de lo humano, conocemos este desazonante sentimiento de compasión —que, por otra parte, nadie quiere reconocer y sin duda está totalmente fuera de lugar—, estas horribles ganas de gritar «¡Basta!» aun cuando sabemos que es imposible y que se ha de llegar al final como sea, por una situación muy concreta: el lector habrá comprendido que hablamos de nuestra condición de esposos y padres, del parto, al que la lucha de Elly se parecía de una manera tan sorprendente e indiscutible que lo reconocieron incluso aquellos que nunca habían visto nada semejante, como era el caso del joven Hans Castorp, quien, como tampoco había huido de la vida, conoció allí aquel acto tan místico y tan físico al mismo tiempo. ¡Y qué parto fue a conocer! ¡Con qué fines y en qué circunstancias! Porque las características y detalles de aquel paritorio en la penumbra rojiza no podían calificarse sino de escandalosas, tanto por lo que respectaba a la joven parturienta, con su ligero camisón y sus bracitos desnudos, como por cuanto la rodeaba, la constante música de gramófono, siempre de tono desenfadado y alegre, la charla artificial de los presentes en el semicírculo y las voces dándole ánimos: «¡Vamos, Holger! ¡Valor! ¡Un pequeño esfuerzo y lo conseguirás!».

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martes, 19 de noviembre de 2019

Pues lo que sentía, vivía y disfrutaba, en última instancia, mientras —con las manos juntas— miraba cómo brotaba todo aquel universo sonoro por entre la rejilla del altavoz del cofrecillo mágico, era el triunfo del ideal que representaba la música, el arte, el espíritu humano, la suma e irrevocable sublimación que la música operaba sobre la vulgar fealdad de lo real.
Bastaba con imaginar la escena: dos amantes, enterrados en vida, iban a morir allí juntos, o lo que es mucho peor, uno después del otro, con los pulmones llenos del aire viciado de la tumba, de hambre… y luego sus cuerpos se descompondrían y no quedarían bajo la losa de su sepulcro más que dos esqueletos a los que les sería totalmente indiferente yacer juntos o en soledad. Ésa era la cruda realidad de la situación… Una realidad propia que no contaba en absoluto para el idealismo del corazón y que el espíritu de la belleza y de la música relegaba a la sombra con el más excelso triunfo. Para las almas musicales de Aída y Radamés no existía la realidad objetiva. Sus voces al unísono se elevaban por encima de ella hacia aquella maravillosa disonancia en espera de la armonía de la octava, convencidos de que, en ese momento, se les abría el cielo y la luz de la eternidad se derramaba sobre sus anhelos. La fuerza y el consuelo de aquella sublimación hacía un bien infinito a nuestro joven melómano y contribuía no poco a que esta escena fuese una de las predilectas de su programa personal de conciertos en el salón.

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lunes, 18 de noviembre de 2019

Luego el mecanismo se detuvo automáticamente. Todos aplaudieron entusiasmados.
Reclamaron más y así les fue concedido: del cofrecillo mágico surgió entonces una voz humana, una voz masculina, dulce y potente, con acompañamiento de orquesta. Era un célebre barítono italiano, y ahora no podía hablarse ya de perspectivas alteradas y sensación de lejanía. El magnífico órgano resonaba en todo su alcance natural, con toda su fuerza, y si uno se iba a alguna de las habitaciones vecinas y dejaba de ver el aparato, habría creído que el artista estaba cantando allí mismo, en el salón, partitura en mano. Cantaba un aria de ópera en su lengua: «Eh, il barbiere. Di qualità, di qualità! Figaro qua, Figaro là, Figaro, Figaro, Figaro!». El público se echó a reír a carcajadas al escuchar el parlando en falsete, por el contraste entre aquel vozarrón tan potente y aquella prodigiosa destreza en la articulación. Los más entendidos aun pudieron seguir y admirar su dominio del fraseo y su técnica respiratoria. Maestro de la irresistible seducción de la ópera, gran virtuoso educado en el estilo italiano, el barítono mantuvo la penúltima nota con un imponente alarde de bravura, y los allí presentes le imaginaron perfectamente: adelantándose hacia el patio de butacas, con una mano en alto, creando tal tensión que todos prorrumpieron en «¡Vivas!» y «¡Bravos!» antes de que llegase a la tónica y terminase el aria. ¡Qué maravilla! 
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—Joven, he escuchado sus palabras y ahora estoy al corriente de todo. Permítame que le ofrezca yo ahora mis leales explicaciones. Si mis cabellos no fuesen blancos y no me hallase presa de una fiebre maligna, estaría dispuesto a batirme en duelo con usted, de hombre a hombre, arma en mano, para resarcirle del daño que le he causado sin saberlo y al mismo tiempo por el que le ha causado mi compañera de viaje, del cual también me hago cargo. Perfecto, caballero. Usted me vería dispuesto a ello. Ahora bien, dada la situación, permítame que le haga otra proposición. Es la siguiente: recuerdo que, en un momento de exaltación, al comienzo de nuestras relaciones…, y lo recuerdo a pesar de que entonces había hecho buen honor a la botella…, en un instante en que quedé agradablemente impresionado por su carácter, estuve a punto de proponerle que nos tuteásemos fraternalmente, pero comprendí de inmediato que era un tanto prematuro. Pues bien, hoy me remito a aquel momento y declaro que el plazo que habíamos calculado se ha cumplido. Joven, somos hermanos. Usted ha hablado de un tuteo «en todo su sentido». El nuestro también ha de tener todo el sentido, el sentido de una fraternidad en los sentimientos. Le ofrezco la satisfacción que la enfermedad y la edad me impiden darle con las armas bajo otra forma, se la ofrezco bajo la forma de un pacto fraternal, de una alianza, como se hace a veces contra alguien, contra el mundo o contra una tercera persona, pero que nosotros cerraremos en aras de un sentimiento común hacia alguien. Tome su copa, joven, yo me serviré de mi vaso de agua, que al fin y al cabo tampoco hace de menos a este vinillo…
Con su mano de capitán, ligeramente temblorosa, llenó el vaso y la copa, ayudado por un Hans Castorp tan respetuoso como conmovido.
—Tenga. Cruce el brazo conmigo y bebamos así —propuso Peeperkorn—. Apura esa copa. Perfecto, joven. ¡Punto redondo! Aquí tienes mi mano. ¿Estás contento?
—Naturalmente, esa palabra es poco para expresar cómo me siento, Mynheer Peeperkorn —dijo Hans Castorp, a quien le había costado apurar la copa de un solo trago, mientras se limpiaba las rodillas con el pañuelo, pues había derramado un poco de vino—. Me siento infinitamente feliz y no comprendo cómo he podido ser honrado con tal favor. Francamente, es como un sueño. Es un inmenso honor para mí, no sé cómo puedo haberlo merecido…, a lo sumo, de una manera pasiva…, si yo no he hecho nada… No ha de extrañarle que, al principio, me parezca un poco osado servirme de esa nueva fórmula; me resultará violento, sobre todo en presencia de Clavdia, que, como mujer, quizá no esté de acuerdo con estas resoluciones nuestras.
—Déjalo en mis manos —contestó Peeperkorn—. ¡No es más que cuestión de práctica y costumbre. Y ahora, joven, vete! ¡Márchate, hijo mío! Ya es de noche, nuestra amiga puede regresar de un momento a otro y tal vez vale más que no nos vea juntos ahora.
—Te saludo, Mynheer Peeperkorn —dijo Hans Castorp, y se puso de pie—. Ve usted que venzo mi justificado reparo y ya empiezo a practicar con tan osada forma de tratamiento. Es cierto, se ha hecho de noche. Imagino que, si Settembrini entrase en este momento, encendería la luz para que la razón y los sanos valores de la sociedad entrasen con él; es su punto débil. Hasta mañana. Me voy de aquí feliz y orgulloso como nunca hubiera imaginado. Ahora pasarás al menos tres días sin fiebre, durante los cuales podrá usted estar a la altura de cualquier circunstancia. Me alegro como si fuese tú. ¡Buenas noches!

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Entonces ella le besó en la boca. Fue un beso ruso, de los que se dan en ese país, tan vasto como apasionado, en las festividades cristianas más solemnes, como signo de consagración del amor. Claro que, como quienes se lo dieron fueron un joven «muy listo» y una encantadora mujer de andares felinos, al tiempo que lo narramos nos viene inevitablemente a la cabeza el modo tan inspirado —si bien bastante cuestionable— en que el doctor Krokovski hablaba del amor en términos ligeramente ambiguos, con lo cual nadie estaba del todo seguro de si era un sentimiento piadoso o más bien carnal y pasional. ¿Somos ambiguos nosotros al hablar ahora del beso ruso, o lo son Hans Castorp y Clavdia Chauchat al dárselo? Ahora bien, ¿qué diría el lector si nos negásemos a llegar al fondo de la cuestión? En nuestra opinión, merecería entrar en el análisis, pero —repitiendo las palabras del propio Hans Castorp— sería «la mayor torpeza imaginable» e incluso un acto casi insultante hacia la vida intentar diferenciar «rigurosamente» entre lo piadoso y lo pasional al hablar del amor. ¿Qué significa «rigurosamente»? ¿Qué es «ambiguo», «equívoco»? No ocultamos que nos reímos de estas diferenciaciones. ¿No es algo grande y bueno que la lengua no posea más que una única palabra para todo lo que puede comprender ese «amor», desde el sentimiento más piadoso hasta el más carnal y visceral? Es la perfecta univocidad dentro de la ambigüedad, pues el amor no puede dejar de ser material aun en su máximo grado de piedad, como tampoco puede dejar de ser una forma de piedad aun en su carnalidad más extrema; el amor siempre es amor, ya se manifieste como amor por la vida misma o como pasión desenfrenada, el amor es sinónimo de simpatía por cuanto tiene vida orgánica, el conmovedor y voluptuoso abrazo de lo que nace abocado a convertirse en polvo; la caridad está, sin duda, tanto en la pasión más admirable como en la más desaforada. ¿Ambigüedad? ¡Dejemos que sea ambiguo el significado del amor, por Dios! Esa ambigüedad es vida y es humanidad, y sería muestra de una falta de inteligencia terrible preocuparse por esa ambigüedad.

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—¡Sí, sí, sí! Cerebrum, cerebral, ya me entienden… Perfecto. Por otra parte, es evidente…
Y eso bastaba para provocar el «apagón». Entonces buscaban otro tema más apasionante. La emprendían con el «problema aristocrático», el pueblo y la nobleza… Nada. La chispa no saltaba. Como por arte de magia, la conversación adquiría un carácter personal. Hans Castorp veía al compañero de viaje de Clavdia tendido en su cama, bajo la colcha de seda roja, con aquel camisón de punto sin cuello que le daba un aspecto de proletario y a la vez casi de emperador romano… y, con un desganado temblor, se apagaba la fuerza de la disputa. Negación y culto a la nada por una parte, afirmación eterna y amor del espíritu hacia la vida, por la otra. ¿Dónde quedaban todo el nervio, las chispas y la corriente eléctrica cuando miraban a Peeperkorn, lo cual era inevitable a causa de una especie de atracción secreta? No se sabe. Desaparecían y, como decía el propio Hans Castorp, aquello era sencillamente un misterio. Para su colección de aforismos podía anotar, pues, que un misterio es algo que se define con las palabras más sencillas… o que no se llega a definir.

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viernes, 15 de noviembre de 2019

Tras beberse el café procedía del siguiente modo: con un movimiento de la mano, interrumpía la conversación y obtenía el silencio, igual que el director de orquesta pone fin al caos de instrumentos mientras los músicos afinan y pide concentración a toda la orquesta antes de atacar la obertura. Como su cabezota aureolada de mechones blancos, sus ojos descoloridos, las formidables arrugas de su frente, su larga barba y su boca doliente acompañaban a sus gestos, el efecto era irresistible: todos callaban, le miraban sonriendo, esperaban y algunos le sonreían asintiendo con la cabeza alentándole a seguir. Entonces, decía en voz baja:
—Señores y señoras… Bien. Todo va bien… ¡Punto redondo! Tengan ustedes a bien, sin embargo, considerar y no perder de vista un solo momento que… Pero sobre este asunto, ¡chitón…! Lo que me incumbe manifestar es, al menos, eso: ante todo y en primer lugar que tenemos el deber… el deber inexorable… repito y recalco esta expresión… que el deber inviolable que aquí se nos plantea… No, no, señoras y señores, ¡no es así! No es así… qué error sería por parte de ustedes pensar que yo… ¡Punto redondo, señoras y señores! Todo listo y zanjado. Ya veo que estamos de acuerdo en ello, así que: ¡vayamos al grano!
Y en realidad no había dicho nada. Pero su cabeza parecía tan imponente, el juego de su fisonomía y sus gestos era tan resuelto, tan impresionante y tan expresivo que todos, incluso Hans Castorp —que le escuchaba con disimulo—, creían haber oído cosas infinitamente importantes o, en la medida en que se daban cuenta de que aquellas palabras carecían de contenido y no iban a ninguna parte, al menos no lo echaban en falta. Cabe preguntarse cuál hubiera sido la impresión de un sordo. Tal vez se habría sentido desolado al juzgar equivocadamente el contenido de lo expresado en función de la espléndida expresividad del orador, y se habría imaginado que su afección le impedía disfrutar de algo precioso. Estas personas suelen tender a la desconfianza y la amargura. En cambio, un joven chino que estaba sentado en el otro extremo de la mesa, que sabía muy poco alemán y no había entendido nada pero sí visto todo aquel teatro, dio muestra de una enorme satisfacción, exclamando: «Very well», e incluso llegó a aplaudir.

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Existen en el mundo unas circunstancias, una serie de condiciones del paisaje (si es que puede hablarse de «paisaje» en el caso que vamos a tratar) bajo las cuales resultaría natural y justificada —al menos estando ocioso— dicha confusión y neutralización de las distancias espaciotemporales, dicha tentación de caer en su peligroso hechizo. Nos referimos a un paseo a la orilla del mar, una situación que Hans Castorp siempre rememoraba con el más profundo cariño, pues, como ya sabemos, la vida entre la nieve le recordaba a menudo y muy gratamente los paisajes de dunas de su tierra. Esperamos que la experiencia y los recuerdos del lector nos sirvan de base para evocar ahora esa maravillosa sensación de estar perdido del mundo. Caminas y caminas… y por ese camino nunca llegarás a casa a tiempo, porque habrás perdido el tiempo, como te habrás perdido en el tiempo.
¡Oh, mar! Estamos lejos de ti mientras narramos, pero te dedicamos nuestros pensamientos y nuestro amor al evocarte y en voz alta para que estés presente en nuestra historia, como lo has estado siempre y como lo estarás siempre, en secreto. ¡Desierto arrullado por el mar, bajo el gris pálido del cielo, lleno de áspera humedad, cuyo sabor a sal perdura en nuestros labios! Caminamos sobre un suelo que se hunde ligeramente, salpicado de algas y pequeñas conchas, los oídos ensordecidos por el viento, ese viento grandioso, generoso y suave que recorre el espacio libremente, sin trabas ni rodeos, y que aturde dulcemente nuestra mente; caminamos, caminamos y vemos las lenguas de espuma del mar que avanza y se retira de nuevo y nos moja los pies. El oleaje hierve, luminoso y brusco, las olas se atropellan entre murmullos al romper en la orilla, aquí y allá y en los bancos de arena de alta mar; y ese fragor del mar confuso y cadencioso y omnipresente cierra nuestros oídos a cualquier voz que venga de este mundo.

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jueves, 14 de noviembre de 2019

A las siete murió. Alfreda Schildknecht se encontraba en el comedor, y únicamente estaban con él su madre y su primo. Joachim se había hundido en la cama y ordenó escuetamente que le alzasen. Mientras la señora Ziemssen cumplía dicha orden pasando el brazo por la espalda de su hijo, éste dijo atropelladamente que tenía que redactar y enviar de inmediato una solicitud de prolongación de su permiso, y al tiempo que lo decía se produjo el «fugaz tránsito», observado por Hans Castorp con recogimiento, a la luz de la lamparilla de la cabecera, velada con un paño rojo. Sus ojos se quedaron en blanco, la inconsciente tensión de sus facciones desapareció, la penosa hinchazón de los labios remitió al instante, y el mudo rostro de nuestro Joachim recobró la belleza de su viril juventud. Y así terminó todo.

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Qué extraño es ese pudor ante la vida que siente la criatura que se refugia en un rincón para morir, convencida de que no puede esperar de la naturaleza que le rodea ningún respeto ni ninguna piedad hacia su dolor y su muerte; y convencida con razón, puesto que las alegres bandadas de pájaros no sólo no respetan a sus compañeros enfermos, sino que los expulsan a picotazos de entre los sanos con gran rabia y desprecio. Pero eso es lo que sucede en el cruel mundo de la naturaleza, y el corazón de Hans Castorp se llenaba de un amor y una compasión tremendamente humanos cuando veía aquel pudor instintivo en los ojos del pobre Joachim. Caminaba siempre a su izquierda, lo hacía adrede, y, como Joachim comenzaba a andar con inseguridad, le sostenía un poco, por ejemplo, para subir la pequeña cuesta de algún prado; es más, luego olvidaba retirar su brazo del hombro de su primo hasta que éste se sacudía con cierta irritación y decía:
—¡Pero bueno! ¿Quieres dejarme? ¡Se diría que somos dos borrachos, al andar de esta manera!

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Y es más amargo y más incomprensible para un Hans Castorp que lo sabe y que camina a su lado en silencio que para el propio hombre que ya pertenece a la tierra, cuya discreta conciencia, en el fondo, es de índole académica, no posee para él ningún carácter de realidad y, en último término, no es tanto asunto suyo como de los demás. En efecto, nuestra muerte es más un asunto de los que habrán de sobrevivirnos que propiamente nuestro; pues un ingenioso sabio formuló una vez un pensamiento que tal vez no citemos con exactitud pero que es, en cualquier caso, absolutamente acertado y válido desde un punto de vista espiritual: «Mientras existimos nosotros, no existe la muerte, y, cuando existe la muerte, no existimos nosotros»; por consiguiente, no hay ninguna relación real entre la muerte y nosotros; la muerte es algo que no nos atañe absolutamente en nada, que todo lo más atañe al mundo y a la naturaleza, y por eso todos los seres la contemplan con gran tranquilidad, con indiferencia, con una inocencia egoísta y sin ninguna responsabilidad.

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Paseaban juntos, recorrían tres veces al día la distancia prescrita, dentro de los límites que el doctor había marcado a Joachim para que no se fatigase en exceso. Hans Castorp iba a la izquierda de su primo. Antes daba igual cómo se colocasen, pero ahora Hans Castorp prefería mantenerse a su izquierda. No hablaban mucho, pronunciaban las palabras que la vida cotidiana del Berghof llevaba a sus labios y nada más. No hay nada que decir sobre el tema que ambos callaban, sobre todo entre personas educadas en una cortesía tan rígida y adusta, que sólo se llamaban por su nombre de pila en contadas ocasiones. Sin embargo, a veces Hans Castorp sentía que una imperiosa necesidad de desahogarse y compartir lo que sentía hervía e iba a hacer estallar su pecho de civil. Pero era imposible. Aquella ola de angustia que con tanto ímpetu se había levantado en su interior se amansaba de nuevo… y no decía nada.
Joachim iba a su lado, con la cabeza baja. Miraba al suelo, como si quisiera contemplar la tierra. Era muy extraño: paseaba por allí, tan digno y correcto, saludaba con su gesto caballeresco de siempre a los que pasaban, mantenía el porte y la corrección de siempre… y, sin embargo, pertenecía a la tierra. Al fin y al cabo, todos pertenecemos a ella tarde o temprano.

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Cabe observar aquí que estas conversaciones sobre la masonería que se habían desarrollado entre el discípulo y cada uno de los dos mentores por separado habían tenido lugar antes del regreso de Joachim. La discusión a la que llegamos ahora se desarrolló ya a su regreso y en su presencia; para ser exactos, nueve semanas después de su llegada, a principios de octubre, y Hans Castorp conservó el recuerdo de aquella reunión bajo un sol de otoño, tomando un refresco delante del casino de Davos Platz, porque aquel día Joachim despertó en él una preocupación que no confesó a nadie, por una serie de detalles y síntomas que generalmente no son objeto de preocupación —a saber, dolores de garganta y afonía—, molestias inofensivas que, sin embargo, Hans Castorp interpretó de un modo muy especial: a la luz que, por así decirlo, creyó percibir en el fondo de la mirada de Joachim, de aquellos ojos que siempre habían sido dulces y grandes, pero que justo aquel día, aquel mismo día y no antes, se habían tornado aún más grandes y más profundos y, por alguna razón, presentaban una expresión soñadora y —es necesario añadir la palabra clave— amenazadora, además de esa luz interior tan especial que no estaría bien caracterizada si dijésemos de ella que no gustó a Hans Castorp; al contrario, le gustó incluso mucho, lo cual no quita que le inspirase preocupación. En resumen, no es posible hablar de tales sensaciones sino de una manera confusa, como corresponde a su carácter igualmente confuso.

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Estaba claro —lo cual tampoco sorprendió a Hans Castorp— que ella no comprendía e incluso reprobaba la excitación de Joachim, su respiración acelerada y su palabra precipitada, fenómenos que probablemente se contradecían con su manera de ser y su comportamiento durante el viaje y, de hecho, estaban reñidos con su situación. Aquella vuelta a la alta montaña le parecía triste y ella creía que su comportamiento debía ser consecuente con ello. No podía compartir, no concebía las emociones de Joachim, aquel torbellino de emociones del regreso que, en un momento así, barría con cuanto encontraba a su paso y que, al reencontrarse también con el aire de allá arriba —aquel aire tan ligero, tan vacío y tan embriagador—, crecía todavía más.
«Mi pobre muchacho», pensaba al ver cómo su pobre muchacho, junto con su primo, se abandonaba a una alegría exultante, evocaba mil recuerdos, hacía mil preguntas y se reía a carcajadas de las respuestas, echándose hacia atrás en la silla. Más de una vez dijo: «¡Pero, hijos míos!». Y lo que luego añadió pretendía expresar su contento, pero se oyó en un tono de extrañeza y casi de censura: «Joachim, hace mucho tiempo que no te veía así. Se diría que teníamos que venir aquí para que volvieras a ser el mismo del día de tu nombramiento». Obviamente, la algazara de Joachim remitió de inmediato. Su buen humor cambió por completo, recobró la conciencia de su estado, enmudeció, ni siquiera probó el postre, a pesar de que era un souflé de chocolate con nata montada realmente exquisito —al contrario que Hans Castorp, quien le hizo los honores sin importarle haber cenado opíparamente una hora antes— y terminó por no levantar los ojos, sin duda porque los tenía llenos de lágrimas.
Por supuesto, no había sido ésa la intención de la señora Ziemssen. Había querido poner un poco de seriedad y moderación por respeto a las conveniencias, ignorando que todo lo moderado y comedido era ajeno a aquel lugar, y que allí sólo cabía elegir entre los dos extremos. Cuando vio a su hijo tan abatido, también ella estuvo a punto de echarse a llorar y agradeció a su sobrino los esfuerzos que hizo para animar de nuevo a aquella alma en pena en que se había convertido Joachim.

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La muerte es un gran poder. En su presencia, uno se descubre y camina sigilosamente, de puntillas. La muerte viste la golilla almidonada del pasado, y nosotros nos vestimos de negro riguroso en su honor. La razón se ve ridícula ante la muerte, pues no es nada más que virtud, mientras que la muerte es libertad, excentricidad, ausencia de forma y placer. Placer, dice mi sueño, no amor… La muerte y el amor no casan bien… es una mala asociación, una asociación de mal gusto, equivocada. El amor es lo único que hace frente a la muerte; sólo el amor, no la virtud, es más fuerte que ella. Sólo el amor, no la virtud, inspira buenos pensamientos. También la forma está hecha únicamente de amor y de bondad, la forma y la moral de una comunidad inteligente y amable, y de un bello Estado humano (a la vista del trasfondo de la escena sangrienta). ¡Oh, así es como se explica con claridad lo soñado, así está bien “gobernado”! Pensaré en ello. Quiero conservar en mi corazón la fidelidad a la muerte, pero quiero acordarme bien de que la fidelidad a la muerte y al pasado no es más que maldad, oscura lascivia y rechazo de lo humano cuando determina nuestro pensamiento y nuestra conducta. En nombre de la bondad y del amor el hombre no debe dejar que la muerte reine sobre sus pensamientos. Y pensando esto, yo, Hans Castorp, el hijo mimado de la vida, me despierto…

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Por algún oscuro motivo, la pesadumbre, la angustia y los peores presentimientos se hicieron todavía más fuertes en el corazón de Hans Castorp. Apenas se atrevía y, sin embargo, no tenía más remedio que rodear aquellas figuras para franquear, tras ellas, la segunda doble hilera de columnas; la puerta de bronce del santuario estaba abierta, y al pobre muchacho casi se le quebraron las rodillas ante el espectáculo que descubrió: dos mujeres de cabellos grises, desgreñadas, medio desnudas, de colgantes senos de bruja y pezones largos como dedos, se entregaban a las más horripilantes acciones ante las llamas del brasero. Sobre una crátera descuartizaban a un niño; en medio de un silencio salvaje, lo descuartizaban con sus propias manos —Hans Castorp veía los finos cabellos rubios manchados de sangre— y devoraban los pedazos haciendo crujir los frágiles huesecitos dentro de sus bocas, mientras la sangre rezumaba entre sus crueles labios. Un escalofrío de terror paralizó a Hans Castorp. Quiso taparse los ojos con las manos y no pudo. Quiso huir y no pudo. Ellas ya le habían visto mientras cometían su abominable acto, y agitaron sus puños ensangrentados tras él y le insultaron, sin voz pero con la mayor obscenidad imaginable, y además en el dialecto de la tierra de Hans Castorp. Sintió asco, el asco más terrible que había sentido jamás. Quiso huir desesperadamente de aquel lugar, pero cayó de lado junto a una columna, y justo en esa postura, con aquellas espeluznantes palabras aún resonando en sus oídos, se encontró apretado contra la cabaña, caído en la nieve, con la cabeza apoyada y las piernas, con los esquíes puestos, estiradas delante de él.

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miércoles, 13 de noviembre de 2019

El tenor había mantenido largo rato una nota aguda, muy bella desde el principio. Aun así, paulatinamente, muy poco a poco, aquel sonido apasionado se había abierto como el cáliz de una flor, cada vez más envolvente y más brillante. Uno por uno fueron cayendo todos los velos que, sin que nadie los percibiese, lo envolvían… hasta el último de todos… no, aún había otro más, y cuando ya se creía desvelada la luz más pura y suprema, aún se desprendía otro último velo, que tampoco habría de ser el último… hasta llegar a tal culminación del esplendor y la luminosidad que de entre el público salieron a su encuentro otros tonos, como un peculiar contrapunto: las voces ahogadas de quienes se estremecían de entusiasmo, y la suya propia, pues el joven Hans Castorp no pudo evitar prorrumpir en sollozos. Eso mismo sucedía ahora con el paisaje, que se transformaba, se abría a la luz en la más bella transfiguración. El azul lo invadía todo… Iban cayendo uno tras otro los límpidos velos de lluvia y aparecía el mar, un mar del sur: azul, de un azul infinitamente profundo, salpicado de infinitos destellos de plata; una bahía maravillosa, abierta por un lado que se perdía de vista y, hasta la mitad, rodeada de montañas azuladas que se difuminaban progresivamente, con numerosas islas en las que se veían palmeras o casitas blancas entre bosques de cipreses. ¡Oh, oh, basta! No merecía todo aquello. ¡Qué bendición, aquella luz, aquella profunda pureza del cielo, aquella frescura del agua bajo los rayos del sol! Hans Castorp no había visto jamás aquel paisaje ni nada semejante. Apenas había viajado al sur durante sus vacaciones. Conocía el mar salvaje, el pálido mar del Norte, al que se sentía ligado por una especie de sentimentalismo infantil, pero nunca había llegado hasta el Mediterráneo, hasta Nápoles, Sicilia o Grecia, por ejemplo. Sin embargo, se acordaba. Sí, por extraño que pueda parecer, se regocijaba en «reconocer» todo aquello. «¡Sí, sí, así es!», exclamó una voz en él, como si desde siempre hubiese llevado en su corazón aquella imagen de la felicidad, del sol y del azul —en secreto, negándosela incluso a sí mismo—: y aquel «siempre» quedaba lejos, infinitamente lejos, tanto como el mar abierto a su izquierda, allí donde se fundía con el cielo en un suavísimo violeta.

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Todavía le faltaba una subida agotadora con el viento en contra, y, una vez allí, constató con indignación, sorpresa, espanto y sensación de vértigo que era la cabaña ya conocida, aquel cobertizo con el tejado sujeto con piedras que, después de un sinfín de vueltas y a costa de los más ímprobos esfuerzos, había vuelto a encontrar.
¡Qué diablo! Terribles juramentos salieron de los labios paralizados de Hans Castorp —sin consonantes labiales, obviamente—. Para orientarse dio la vuelta a la cabaña, ayudándose de su bastón, y comprobó que había llegado a ella por detrás y que, por consiguiente, había pasado una hora larga —según sus cálculos— haciendo el imbécil de la manera más rematada. Pero así era como caía uno, así lo describían los libros. Uno no hacía más que dar vueltas, se agotaba en el intento convencido de que servía de algún provecho, y en realidad describía un enorme círculo totalmente absurdo que se cerraba sobre sí mismo, igual que el ciclo del año con sus engañosas estaciones. Y así sucedía que uno caminaba y caminaba y no encontraba el camino de regreso jamás. Hans Castorp tomó conciencia de aquel fenómeno al que —valga la expresión— tantas vueltas le había dado él en su cabeza, y se dio una palmada en el muslo, de rabia y de asombro, al comprobar con qué exactitud se revelaba lo general, lo abstracto, en su caso concreto, individual y presente.

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Se detuvo y miró a su alrededor. No se veía nada por ninguna parte, excepto algunos minúsculos copos de nieve que caían desde la blancura del cielo hacia la blancura de la tierra; reinaba un silencio absolutamente grandioso y absolutamente vacío. Mientras su mirada chocaba constantemente contra aquel vacío blanco que le cegaba, sintió cómo la subida hacía palpitar su corazón, ese músculo cuya forma animal y cuyo mecanismo había visto una vez —quizá pecando de audaz— entre los crepitantes relámpagos del gabinete de radioscopia. Y se sintió poseído por una emoción, por una simpatía inmediata y ferviente hacia su corazón, hacia el corazón del hombre que latía en medio de ninguna parte, en medio del vacío blanco, a solas con sus interrogantes y sus enigmas.

La montaña mágica - Thomas Mann
También en Sylt había permanecido al borde del imponente acantilado —el civilizado Hans Castorp, con su pantalón blanco, elegante, seguro de sí mismo y lleno de respeto— igual que ante la jaula de un león que, con las fauces abiertas, mostrara sus terribles colmillos tras los barrotes. Luego se había bañado bajo la atenta mirada del guardacostas, que tocaba el silbato para advertir del peligro en cuanto algún imprudente bañista osaba adentrarse más allá de la primera ola o acercarse demasiado al monstruo de agua que allí acechaba, pues incluso el último coletazo de la espuma de sus olas hubiese sido como un feroz zarpazo. Allí había conocido el joven la fascinación de acariciar —sólo con la punta de los dedos— ciertas fuerzas cuyo abrazo le hubiese arrastrado a la muerte. Lo que, sin embargo, no había conocido entonces era la tendencia a acercarse tanto al abismo de esa naturaleza mortífera que dicho abrazo llegara a convertirse en una amenaza real; él, que era un débil hijo de la civilización —por bien equipado que estuviese—, no se había aventurado nunca a mirar al monstruo tan de cerca o, cuando menos, a no huir de él hasta que tal cercanía no rozaba el límite crítico y el peligro ya no era recibir un simple zarpazo de una ola moribunda, sino la furia de la ola entera y ser engullido por las fauces del mar.

La montaña mágica - Thomas Mann
Se alegraba enormemente por aquella adquisición que le había permitido el acceso a tantos lugares antes inaccesibles y con lo cual vencía casi todos los obstáculos. Ahora podía sumirse en la soledad que tanto había deseado, la soledad más profunda que nadie pudiera imaginar, una soledad que hacía nacer en su corazón unos sentimientos totalmente desconocidos y nuevos para el hombre. Por ejemplo, a un lado, tras una hilera de abetos, se abría un precipicio de neblina y vapor de nieve; al otro, se alzaba una pared de roca, toda cubierta por formidables masas de nieve —ciclópeas, curvas y gibosas— que formaban múltiples cavernas y saledizos. Cuando se detenía para no oírse a sí mismo, el silencio era absoluto y perfecto: una ausencia total de sonidos como jamás había existido y jamás podría existir en ningún otro sitio. Ni un solo soplo de aire rozaba los árboles, ni siquiera el más sutil del mundo; no había ni un solo murmullo, ni un solo canto de pájaro. Era el silencio puro, el silencio eterno lo que escuchaba Hans Castorp cuando permanecía de pie muy quieto, apoyado en su bastón, con la boca abierta y la cabeza ladeada sobre el hombro; y, dulcemente, la nieve seguía cayendo y cayendo, sin el menor ruido.
No, aquel mundo, en su silencio insondable no tenía nada de hospitalario; acogía al visitante a su propia cuenta y riesgo; en realidad no le acogía, sencillamente toleraba su intromisión, su presencia, de una manera un tanto inquietante, como si no respondiera de nada; y lo que de él se desprendía era una atmósfera de amenaza ante lo absoluto, ante lo más elemental, ante algo que no llegaba a ser hostil sino que era la pura imagen de la indiferencia, de una indiferencia mortal.

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