París. Fue de una frialdad absoluta con la señorita de La Mole. Parecía que no conservase recuerdo alguno de la época en que ella le preguntaba con tan buen humor por su forma de caerse del caballo.
La señorita de La Mole lo vio más maduro y más pálido. No tenía ya ni en el porte ni en el talante nada provinciano; no le sucedía lo mismo con la conversación; todavía se le notaba demasiada seriedad, un tono demasiado positivo. Pese a esas prendas de sensatez, no había en ellas nada subalterno merced a su orgullo; solo se notaba que consideraba aún importantes demasiadas cosas. Pero se veía que era hombre que podía sostener lo que decía.
—Le falta facilidad, pero no ingenio —le dijo la señorita de La Mole a su padre mientras bromeaban acerca de la condecoración que le había dado este a Julien—. Mi hermano estuvo ocho meses pidiéndosela ¡y es un La Mole!
—Sí, pero Julien es sorprendente, que es algo que nunca le ha sucedido a ese La Mole de quien me habla.
Rojo y negro - Stendhal