miércoles, 13 de noviembre de 2019

Todavía le faltaba una subida agotadora con el viento en contra, y, una vez allí, constató con indignación, sorpresa, espanto y sensación de vértigo que era la cabaña ya conocida, aquel cobertizo con el tejado sujeto con piedras que, después de un sinfín de vueltas y a costa de los más ímprobos esfuerzos, había vuelto a encontrar.
¡Qué diablo! Terribles juramentos salieron de los labios paralizados de Hans Castorp —sin consonantes labiales, obviamente—. Para orientarse dio la vuelta a la cabaña, ayudándose de su bastón, y comprobó que había llegado a ella por detrás y que, por consiguiente, había pasado una hora larga —según sus cálculos— haciendo el imbécil de la manera más rematada. Pero así era como caía uno, así lo describían los libros. Uno no hacía más que dar vueltas, se agotaba en el intento convencido de que servía de algún provecho, y en realidad describía un enorme círculo totalmente absurdo que se cerraba sobre sí mismo, igual que el ciclo del año con sus engañosas estaciones. Y así sucedía que uno caminaba y caminaba y no encontraba el camino de regreso jamás. Hans Castorp tomó conciencia de aquel fenómeno al que —valga la expresión— tantas vueltas le había dado él en su cabeza, y se dio una palmada en el muslo, de rabia y de asombro, al comprobar con qué exactitud se revelaba lo general, lo abstracto, en su caso concreto, individual y presente.

La montaña mágica - Thomas Mann

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