Esch o la anarquía - Hermann Broch
viernes, 26 de agosto de 2022
Unas ruedas de acero le separan de la espléndida tierra firme, y el viajero, de pie en el pasillo, piensa en barcos con largos corredores donde se alinean camarote tras camarote, flotando sobre una montaña de agua, muy por encima del fondo del mar, que es la tierra. ¡Dulce esperanza nunca cumplida! De qué sirve arrastrarse dentro de la panza de un barco, si únicamente puede proporcionar libertad el homicidio… Ah, el barco nunca arribará al castillo donde vive la amada. El viajero deja de caminar por el pasillo y, mientras finge contemplar el paisaje y los lejanos villorrios, aplasta la nariz contra el cristal de la ventanilla como lo hacía de niño. ¡Libertad y homicidio, tan estrechamente emparentados como procreación y muerte! Y aquel que es arrojado al seno de la libertad está tan huérfano como el asesino que, camino del patíbulo, llama a su madre a gritos. En el tren que se precipita rugiendo hacia la lejanía todo es futuro, porque a cada segundo corresponde ya otro lugar, y las gentes de los vagones están contentas, como si supieran que escaparán a la expiación. Aquellos que se han quedado en el andén hicieron un último intento, gritando y agitando pañuelos, para conmover las conciencias de los que huyen y hacerlos regresar a sus obligaciones, pero los viajeros ya no renuncian a la responsabilidad, cierran la ventanilla alegando que temen coger tortícolis por la corriente de aire, y sacan las provisiones que ya no necesitan compartir con nadie.
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