—Bogad, bogad, mis buenos devotos; bogad, niños míos; bogad, mis pequeños —Stubb susurraba gráfica y dulcemente a su tripulación, parte de la cual todavía mostraba signos de inquietud—. ¿Por qué no os rompéis el espinazo, muchachos? ¿Qué estáis mirando? ¿A aquellos tipos en la lancha de allá? ¡Bah! Sólo son cinco tripulantes más que han venido a ayudarnos… no importa de dónde… cuantos más, más divertido. Bogad, venga, bogad; no os preocupéis del azufre… los diablos son bastante buena gente. Así, así; ahí estáis ahora, ése es el golpe de las mil libras, ¡ése es el golpe para quebrar la banca! ¡Hurra por la copa de oro del aceite de esperma, héroes míos! ¡Tres hurras, muchachos… arriba el ánimo! Tranquilos, tranquilos; no os apresuréis… no os apresuréis. ¿Por qué no dais una dentellada a los remos, granujas? ¡Morded algo, perros! Así, así, así, entonces… ¡suavemente, suavemente! Eso es… ¡eso es!, largo y fuerte. Avante ahí, ¡avante! Que el Diablo os lleve, pillos, bribones; estáis todos dormidos. Dejad de roncar, durmientes, y bogad. Bogad, venga. Bogad, ¿es que no podéis? En nombre de los gobios y las tartas de jengibre, ¿por qué no bogáis?… ¡Bogad y romped algo! ¡Bogad y sacaros los ojos! ¡Aquí! —sacando su cuchillo del cinturón—. Que todo hijo de madre de entre vosotros saque su cuchillo y bogue con la hoja entre los dientes. Eso es… eso es. Ahora hacéis algo; eso parece que es, mis bocados de acero. ¡Hacedla brincar… hacedla brincar, mis cucharas de plata! ¡Hacedla brincar, pasadores míos!
Se da aquí con amplitud el exordio de Stubb a su tripulación porque en general tenía una manera más bien peculiar de hablarles, en especial al inculcarles la religión de remar. Pero de este espécimen de su sermonear no habéis de suponer que alguna vez se dejara llevar por auténticas emociones ante su congregación. En modo alguno; y en eso consistía su principal peculiaridad. Decía a su tripulación las más terribles cosas con un tono tan extrañamente compuesto de diversión e irritación, y la irritación parecía de tal modo calculada meramente como condimento de la diversión, que ningún remero podía escuchar tan insólitos requerimientos sin bogar por su vida y, aun así, bogaba por la mera guasa de ello. Además, él mismo parecía siempre tan tranquilo e indolente, manejaba su remo de gobierno con aire tan holgazán, y miraba con semejante alelamiento —a veces con la boca abierta—, que la sola visión de un patrón que tanto bostezaba, por la mera fuerza del contraste, actuaba como un sortilegio sobre la tripulación. Y, además, Stubb era de esa extraña clase de humoristas cuya jocosidad es a veces tan curiosamente ambigua, que pone en guardia a todos los inferiores en lo que respecta a obedecerlos.
Moby Dick - Herman Melville