miércoles, 31 de julio de 2019

Al ser yo el hombre de amura del salvaje, es decir, la persona que batía el remo de amura en su lancha (el segundo a partir de la proa), era mi festiva obligación atenderle mientras se daba ese paseo de pisar huevos por el lomo de la ballena. Habréis visto a los chicos italianos de los organillos que llevan un mono danzarín sujeto con una larga cuerda. Justo así, desde el empinado costado del Pequod, sujetaba yo a Queequeg allí abajo en el mar, mediante lo que técnicamente se llama en la pesquería un cabo de mono, unido a una recia tira de lienzo arrollada a su cintura.
Para nosotros dos era una humorísticamente arriesgada tarea. Pues, antes de que continuemos, debe decirse que el cabo de mono estaba atado en ambos extremos; atado al ancho cinturón de lienzo de Queequeg, y atado al mío estrecho de cuero. De manera que para mejor o para peor, los dos, durante ese tiempo, estábamos casados; y si el pobre Queequeg se hundía para no volver a emerger, entonces tanto la costumbre como el honor requerían que, en lugar de cortar el cabo, éste debía arrastrarme al fondo, tras su estela. Así, por tanto, nos unía una prolongada ligatura siamesa. Queequeg era mi propio inseparable hermano gemelo; y en modo alguno podía yo librarme de los arriesgados compromisos que el vínculo de cáñamo implicaba.

Moby Dick - Herman Melville

Tampoco es éste el final. Profanado como está el cuerpo, un fantasma vengativo sobrevive y planea sobre él para atemorizar. Observado desde lejos por algún tímido buque de guerra o patoso navío de exploración, cuando la distancia que oscurece las revoloteantes aves todavía muestra, sin embargo, la masa blanca flotando al sol, y los blancos rompientes alzándose bien arriba contra ella; inmediatamente el inofensivo cadáver de la ballena es apuntado en el cuaderno de bitácora con dedos temblorosos… Bajíos, rocas y rompientes aquí cerca: ¡cuidado! Y durante años después los barcos evitan el lugar; saltando sobre él como estúpidas ovejas sobre la nada, porque la primera del rebaño inicialmente saltó allí cuando se sujetó un palo. Ahí tenéis vuestra ley de los precedentes; ahí vuestra utilidad de las tradiciones; ¡ahí la historia de vuestra obstinada supervivencia de viejas creencias, que nunca pusieron pie en tierra y que ahora ni siquiera rondan en el aire! ¡Ahí vuestra ortodoxia!
Así, aunque en vida el gran cuerpo de la ballena puede haber sido un auténtico terror para sus enemigos, en su muerte, su fantasma se convierte en un estéril pánico para un mundo.

Moby Dick - Herman Melville

martes, 30 de julio de 2019

Sin duda, el primer hombre que mató un buey fue considerado un asesino; quizá lo colgaron; y si los bueyes le hubieran sometido a juicio, qué duda cabe que lo hubieran hecho; y ciertamente que lo merecía si es que un asesino lo merece. Id a un mercado de carne una noche de sábado y mirad las multitudes de bípedos vivos que observan las largas filas de cuadrúpedos muertos. ¿No quita esa imagen un diente a la mandíbula del caníbal? ¿Caníbales? ¿Quién no es un caníbal? Os digo que será más propicio para el nativo de las Fiji que preparó en salazón a un enjuto misionero en su bodega, en previsión de la inminente hambruna… será más propicio, digo, para ese previsor nativo de las Fiji, el día del Juicio, que para vos, civilizado e ilustrado gourmet, que claváis ocas al suelo y os dais un festín con sus abotargados hígados en vuestro paté-de-foie-gras.
Mas Stubb, se come la ballena a la propia luz de ella, ¿no?, y eso es añadir afrenta al daño, ¿o no? Mirad el mango de vuestro cuchillo, mi civilizado e ilustrado gourmet que cenáis ese rosbiff, ¿de qué está hecho ese mango?… ¿de qué, sino de los huesos del hermano del mismo buey que estáis comiendo? ¿Y con qué os limpiáis los dientes después de devorar esa hermosa oca? Con una pluma del mismo ave. ¿Y con qué pluma compuso antiguamente sus circulares el secretario de la Sociedad para la Supresión de la Crueldad hacia los Gansos? Sólo hace uno o dos meses que esa sociedad aprobó una resolución para no utilizar pluma alguna que no fuera de acero.

Moby Dick - Herman Melville

lunes, 29 de julio de 2019

Ocurrencias más simpáticas, más alegre alborozo, mejores chistes y más brillantes réplicas nunca escuchasteis sobre vuestra caoba, que las que escucharéis sobre el cedro blanco de media pulgada de la ballenera, mientras estáis así colgado en los nudos de ahorcado; y podríais decir que, como los seis burgueses de Calais ante el rey Eduardo, los seis hombres que componen la tripulación bogan hacia las mandíbulas de la muerte con una soga alrededor de cada uno de sus pescuezos.

Moby Dick - Herman Melville

domingo, 28 de julio de 2019

Considerad todo esto; y volved entonces a esta verde, gentil y muy dócil tierra; consideradlas a ambas, la tierra y la mar; ¿y no encontráis una extraña analogía con algo en vosotros mismos? Pues lo mismo que este pavoroso océano rodea la verde tierra, así en el alma del hombre hay una insular Tahití llena de paz y alegría, aunque circundada por todos los horrores de la vida a medio conocer. ¡Dios os guarde! ¡No os alejéis de esa isla, jamás podríais regresar!

Moby Dick - Herman Melville

viernes, 26 de julio de 2019

El aspecto bandidesco que el canallero luce con tanto orgullo; su sombrero, gacho y alegremente engalanado de cinta, revela sus rasgos primordiales. Un terror para la sonriente inocencia de los pueblos por los que navega; su semblante oscuro y paso arrogante no pasan inadvertidos en las ciudades. Yo, que una vez fui vagabundo en su propio canal, recibí buenos oficios de uno de estos canalleros; le estoy reconocido de todo corazón, no quisiera ser desagradecido; pero una de las sobresalientes cualidades redentoras del hombre violento suele ser que en ocasiones tiene brazo tan duro para secundar a un pobre desconocido en apuros, como para saquear a uno rico.

Moby Dick - Herman Melville

jueves, 25 de julio de 2019

Aquí entonces tenía, de tres testigos imparciales, una meditada declaración de todo el caso. Considerando, por tanto, que los turbiones, como el volcar en el agua y las consecuentes acampadas en el piélago, eran asuntos de normal contingencia en este tipo de vida; considerando que en el superlativamente crítico instante de avanzar hacia la ballena debía poner mi vida en manos de aquel que gobernaba la lancha… a menudo un tipo que en ese mismo momento, en su impetuosidad, está a punto de perforar la embarcación con sus frenéticos pisotones; considerando que el particular desastre de nuestra propia particular lancha debía ser principalmente imputado a que Starbuck se había lanzado sobre su ballena casi en los dientes de un turbión, y considerando que Starbuck, no obstante, era famoso en esta pesquería por su gran prudencia; considerando que yo pertenecía a la lancha de este singularmente juicioso Starbuck; y, finalmente, considerando en qué endiablada cacería estaba inmerso, refiriéndome a la ballena blanca; tomando todo esto conjuntamente, digo, pensé que bien podría ir abajo y hacer un borrador de mi testamento.
—Queequeg —dije yo—, ven conmigo, serás mi abogado, mi fiduciario y mi legatario.

Moby Dick - Herman Melville

En este extraño y agitado asunto que llamamos vida, hay ciertos raros momentos y ocasiones en los que un hombre toma este entero universo por una enorme broma, aunque la gracia de la misma apenas la discierne débilmente, y más que sospecha que la broma no se hace sino a expensas de él mismo. Nada deprime, sin embargo, y nada parece que merezca la pena discutirse. El hombre engulle todos los acontecimientos, todos los credos y creencias y convicciones, todas las cuestiones difíciles, visibles e invisibles, no importa lo nudosas que sean, al igual que una ostra de poderosa digestión deglute balas y pedernales de fusil. Y por lo que respecta a las pequeñas dificultades y preocupaciones, eventualidades de desastres repentinos, riesgos de vida y de mutilación, todos ellos, y la propia muerte, le parecen sólo astutos y bien intencionados golpes, jocosos puñetes en el costado impartidos por el oculto e inefable viejo bromista. Esa singular clase de inopinado estado de ánimo de que estoy hablando le embarga a un hombre sólo en algunos momentos de extrema tribulación; le llega en el mismo cogollo de su severidad, de manera que lo que justamente antes le podría haber parecido algo harto inmenso, ahora sólo parece una parte de la broma general. Nada hay como los riesgos de la pesca de la ballena para nutrir este despreocupado género de filosofía, desesperado y genial; y desde él ahora consideré esta entera expedición del Pequod, y la gran ballena blanca, su objetivo.

Moby Dick - Herman Melville

El viento aumentó hasta un fragor; las olas chocaban sus frentes; la borrasca entera bramaba, se bifurcaba y crepitaba a nuestro alrededor, como un fuego blanco en la pradera en el que nosotros ardíamos sin consumirnos; ¡inmortales en estas fauces de muerte! En vano llamamos a las otras lanchas; lo mismo hubiera dado rugir chimenea abajo de un horno ardiente a los incandescentes rescoldos que llamar a las lanchas en aquella tormenta. Mientras tanto, la fuerte cellisca, las desgarradas nubes y la neblina, se oscurecían con las sombras de la noche; ninguna señal del barco era visible. La mar brava impedía todo intento de achicar la lancha. Los remos, al hacer ahora la función de salvavidas, eran inútiles como medios de propulsión. Así que, cortando las correas de la barrica estanca de las cerillas, Starbuck, tras muchos intentos fallidos, logró encender la lámpara de la linterna; colgándola entonces de una pértiga de descarrío, se la pasó a Queequeg como portador del estandarte de esta desamparada esperanza. Allí, entonces, se sentó alzando aquella estúpida candela en el corazón de esa omnipotente desesperanza. Allí, entonces, se sentó el signo y símbolo de un hombre sin fe, alzando desesperadamente la esperanza en medio de la desolación.

Moby Dick - Herman Melville

Pero la visión del pequeño Flask montado sobre el gigantesco Daggoo era todavía más chocante; pues sosteniéndose con una majestad distante, indiferente, sosegada, irreflexiva y bárbara, el noble negro oscilaba armoniosamente su magnífica figura con cada oscilación del mar. Sobre sus anchas espaldas, el rubio pajizo Flask parecía un copo de nieve. El portador parecía más noble que el jinete. A pesar de que el vivaz, tumultuoso y ostentoso pequeño Flask de vez en cuando literalmente pateaba de impaciencia, ni siquiera así obligó a hacer un esfuerzo adicional al señorial torso del negro. De esa manera yo he visto la pasión y la vanidad patear la magnánima tierra viviente, mas no por ello alteró la tierra sus estaciones y sus mareas.

Moby Dick - Herman Melville

—Bogad, bogad, mis buenos devotos; bogad, niños míos; bogad, mis pequeños —Stubb susurraba gráfica y dulcemente a su tripulación, parte de la cual todavía mostraba signos de inquietud—. ¿Por qué no os rompéis el espinazo, muchachos? ¿Qué estáis mirando? ¿A aquellos tipos en la lancha de allá? ¡Bah! Sólo son cinco tripulantes más que han venido a ayudarnos… no importa de dónde… cuantos más, más divertido. Bogad, venga, bogad; no os preocupéis del azufre… los diablos son bastante buena gente. Así, así; ahí estáis ahora, ése es el golpe de las mil libras, ¡ése es el golpe para quebrar la banca! ¡Hurra por la copa de oro del aceite de esperma, héroes míos! ¡Tres hurras, muchachos… arriba el ánimo! Tranquilos, tranquilos; no os apresuréis… no os apresuréis. ¿Por qué no dais una dentellada a los remos, granujas? ¡Morded algo, perros! Así, así, así, entonces… ¡suavemente, suavemente! Eso es… ¡eso es!, largo y fuerte. Avante ahí, ¡avante! Que el Diablo os lleve, pillos, bribones; estáis todos dormidos. Dejad de roncar, durmientes, y bogad. Bogad, venga. Bogad, ¿es que no podéis? En nombre de los gobios y las tartas de jengibre, ¿por qué no bogáis?… ¡Bogad y romped algo! ¡Bogad y sacaros los ojos! ¡Aquí! —sacando su cuchillo del cinturón—. Que todo hijo de madre de entre vosotros saque su cuchillo y bogue con la hoja entre los dientes. Eso es… eso es. Ahora hacéis algo; eso parece que es, mis bocados de acero. ¡Hacedla brincar… hacedla brincar, mis cucharas de plata! ¡Hacedla brincar, pasadores míos!
Se da aquí con amplitud el exordio de Stubb a su tripulación porque en general tenía una manera más bien peculiar de hablarles, en especial al inculcarles la religión de remar. Pero de este espécimen de su sermonear no habéis de suponer que alguna vez se dejara llevar por auténticas emociones ante su congregación. En modo alguno; y en eso consistía su principal peculiaridad. Decía a su tripulación las más terribles cosas con un tono tan extrañamente compuesto de diversión e irritación, y la irritación parecía de tal modo calculada meramente como condimento de la diversión, que ningún remero podía escuchar tan insólitos requerimientos sin bogar por su vida y, aun así, bogaba por la mera guasa de ello. Además, él mismo parecía siempre tan tranquilo e indolente, manejaba su remo de gobierno con aire tan holgazán, y miraba con semejante alelamiento —a veces con la boca abierta—, que la sola visión de un patrón que tanto bostezaba, por la mera fuerza del contraste, actuaba como un sortilegio sobre la tripulación. Y, además, Stubb era de esa extraña clase de humoristas cuya jocosidad es a veces tan curiosamente ambigua, que pone en guardia a todos los inferiores en lo que respecta a obedecerlos.

Moby Dick - Herman Melville

martes, 23 de julio de 2019

Sus tres lanchas desfondadas a su alrededor, y remos y hombres girando ambos en los remolinos, un capitán, tomando el cuchillo de la estacha de su quebrada proa, se había abalanzado sobre la ballena como un duelista de Arkansas sobre su enemigo, buscando ciegamente, con una hoja de seis pulgadas, alcanzar la vida profunda de brazas de la ballena. Ese capitán había sido Ajab. Y entonces había sido cuando, barriendo súbitamente bajo él su mandíbula inferior de forma de hoz, Moby Dick había cercenado la pierna de Ajab lo mismo que un segador una hoja de hierba en el césped. Ningún turco de turbante, ningún sicario veneciano o malayo podría haberle herido con mayor malevolencia aparente. Poca razón había entonces para dudar de que desde aquel encuentro casi fatal, Ajab hubiera albergado una fiera vindicación contra la ballena; caído por ello hasta tal punto en su frenética morbidez, finalmente había llegado a identificar con ella no sólo todas sus desgracias corporales, sino también sus agravios intelectuales y espirituales. La ballena blanca nadaba ante él como la monomaníaca encarnación de todas las malévolas potencias que algunos hombres de naturaleza profunda sienten roer en su interior, hasta que quedan viviendo con medio corazón y medio pulmón.

Moby Dick - Herman Melville

lunes, 22 de julio de 2019

Al recibir de Starbuck la mandarria, avanzó hacia el palo mayor con la herramienta alzada en una mano, exhibiendo el oro con la otra, y exclamando con voz potente:
—Quienquiera de vosotros que me divise una ballena de cabeza blanca, con frente arrugada y mandíbula torcida; quienquiera de vosotros que me divise esa ballena de cabeza blanca, con tres orificios perforados en la palma de estribor de su cola… Fijaos, quienquiera de vosotros que me divise esa misma ballena blanca, ¡ése tendrá esta onza de oro, muchachos!
—¡Hurra! ¡Hurra! —gritaron los marineros, mientras, agitando al aire sus gorros, celebraban el acto de clavar el oro al mástil.

Moby Dick - Herman Melville

Era digno de verse a Queequeg sentado frente a Tashtego, oponiendo sus dientes afilados a los del indio; Daggoo, perpendicular a ellos, se sentaba en el suelo, pues un banco habría llevado su emplumada cabeza de carroza fúnebre hasta los bajos barrotines; con cada movimiento de sus colosales extremidades hacía temblar la achaparrada estructura de la cabina, como cuando un elefante africano va de pasajero en un barco. Pero a cambio de todo esto, el gran negro era magníficamente frugal, por no decir melindroso. Difícilmente parecía posible que con bocados comparativamente tan pequeños pudiera mantener la vitalidad esparcida a lo largo de una persona tan extensa, señorial y soberbia. Aunque sin duda este noble salvaje se alimentaba con abundancia y bebía en profundidad del abundante elemento del aire; y a través de sus dilatadas aletas nasales inhalaba la sublime vida de los mundos. No es con buey o con pan que se hacen o se nutren los gigantes. Y Queequeg hacía un mortal, bárbaro chasquido de labios al comer —un sonido bastante feo—, tanto así que el tembloroso Dough-Boy casi se miraba a ver si en sus propios enjutos brazos había alguna marca de dientes. Y cuando escuchaba a Tashtego llamarle para que se presentara, que se recogieran los huesos, el mozo de mente simple, por culpa de sus repentinos temblores, estaba a punto de hacer añicos la vajilla que colgaba a su alrededor en la despensa. Tampoco las piedras de afilar que los arponeros llevaban en sus bolsillos, para sus lanzas y otras armas (piedras de afilar con las cuales, en la comida, ostentosamente afilaban los cuchillos), ese sonido de raspado en modo alguno tendía a tranquilizar al pobre Dough-Boy. Cómo podía olvidar que Queequeg, por ejemplo, en sus días en la isla, ciertamente debía haber sido culpable de algunas homicidas indiscreciones sociables. ¡Ah, Dough-Boy! Duro le va al camarero blanco que sirve a caníbales. No es una servilleta lo que debe llevar en el brazo, sino un escudo.

Moby Dick - Herman Melville

viernes, 19 de julio de 2019

La ballena asesina no es cazada nunca. Nunca he oído decir qué aceite tiene. Podría hacerse objeción al nombre otorgado a esta ballena en base a su indistinción. Pues todos somos asesinos, en tierra y en la mar; Bonapartes y tiburones incluidos.

Moby Dick - Herman Melville

miércoles, 17 de julio de 2019

—¿Soy una bala de cañón, Stubb, que vos me retacaríais de ese modo? –dijo Ajab–. Mas seguid vuestro camino; lo he olvidado. Abajo, a vuestra tumba nocturna, donde los que sois como vos dormís entre mortajas, para acostumbraros a la del remate final… ¡Abajo, perro, meteos a la perrera!
Sobresaltado ante la imprevista exclamación conclusiva del tan repentinamente despectivo viejo, Stubb quedó sin habla un instante; entonces dijo con excitación:
—No estoy acostumbrado a que me hablen de esa manera, señor; no me agrada en modo alguno, señor.
—¡Deteneos! –gritó Ajab entre sus apretados dientes, y apartándose violentamente, como si quisiera evitar una pasional tentación.
—No, señor; aún no –dijo Stubb, envalentonado–, no dejaré dócilmente que me llamen perro, señor.
—Entonces sed llamado diez veces burro, y mulo, y asno, y retiraos, ¡o le libraré al mundo de vos!
Mientras decía esto, Ajab avanzó sobre él con tal imponente terror en su aspecto que Stubb retrocedió involuntariamente.

Moby Dick - Herman Melville

La vejez siempre es desvelada; como si el hombre, cuanto más enlazado a la vida, menos tenga que ver con nada que se asemeje a la muerte. De entre los capitanes de barco, son los viejos de barbas grises los que con mayor frecuencia dejan sus literas para visitar la cubierta arropada de la noche. Así sucedía con Ajab; únicamente que ahora, recientemente, tanto parecía vivir al aire libre que, hablando sinceramente, sus visitas eran más bien a la cabina que de la cabina a las planchas.
—Parece como bajar a la tumba de uno –murmuraba para sí–, que un viejo capitán como yo esté descendiendo por este estrecho escotillón, para ir a mi litera de fosa excavada.

Moby Dick - Herman Melville

Digo yo que este continuo fumar debe haber sido al menos una causa de su peculiar disposición; pues todo el mundo sabe que este aire terrestre, ya sea en tierra o a flote, está terriblemente infectado por las innominadas miserias de los innumerables mortales que han muerto exhalándolo; y al igual que en época de cólera algunas personas se desplazan de un lado a otro con un pañuelo alcanforado en la boca, así, de igual manera, contra todas las mortales tribulaciones, el humo de tabaco de Stubb podría haber actuado como una especie de agente desinfectante.

Moby Dick - Herman Melville

Aparte, quizá pensaba que en esta empresa de la pesca de la ballena el valor era uno de los productos básicos del equipamiento del barco, como la carne de buey y el pan, y que no debía desperdiciarse tontamente. Debido a lo cual, no le agradaba arriar por ballenas tras la puesta del sol; y tampoco persistir en combatir un pez que insistía demasiado en combatirle a él. Pues, pensaba Starbuck, estoy aquí, en este comprometido océano, para matar ballenas y ganarme la vida, y no para que ellas me maten y se ganen la suya; y bien sabía Starbuck que cientos de hombres habían muerto así. ¿Qué fatalidad había sido la de su propio padre? ¿Dónde, en las insondadas profundidades, podría encontrar los miembros arrancados de su hermano?

Moby Dick - Herman Melville

lunes, 15 de julio de 2019

Digo yo que nosotros, buenos cristianos presbiterianos, deberíamos ser caritativos en estas cosas, y no creernos tan enormemente superiores a otros mortales, paganos o no paganos, a causa de sus extravagantes pareceres en estos asuntos. Ahí estaba ahora Queequeg, ciertamente sosteniendo las nociones más absurdas sobre Yojo y su Ramadán… pero ¿y qué? Queequeg pensaba que sabía lo que hacía, supongo; parecía estar contento; y que ahí quede en paz. Todo lo que discutamos con él no servirá para nada; dejadle en paz, digo: y que el Cielo tenga piedad de todos nosotros —tanto presbiterianos como paganos—, pues todos en cierto modo estamos terriblemente mal de la cabeza, y lamentablemente necesitamos arreglo.

Moby Dick - Herman Melville

jueves, 11 de julio de 2019

¿Hubo alguna vez tanta llaneza? Él no pareció pensar que en modo alguno mereciera una medalla de las humanas y magnánimas sociedades. Sólo pidió agua… agua dulce… algo con lo que enjuagarse la salmuera; hecho lo cual, se puso ropa seca, encendió su pipa y, reclinándose contra la amurada y observando apaciblemente a los que le rodeaban, parecía estar diciéndose a sí mismo… «Es un mundo de mutua sociedad anónima en todos los meridianos. Nosotros caníbales debemos ayudar a estos cristianos.»

Moby Dick - Herman Melville

Pues en el fondo —eso me dijo— le movía un profundo deseo de aprender entre los cristianos las artes con las que hacer a su gente todavía más feliz de lo que era y, más que eso, todavía mejor de lo que era. Pero, ¡ay!, las prácticas de los balleneros pronto le convencieron de que incluso los cristianos pueden ser miserables, y también perversos; infinitamente más que todos los paganos de su padre. Llegado finalmente al viejo Sag-harbor y viendo lo que los marineros hacían allí; yendo entonces a Nantucket, y viendo cómo gastaban sus pagas también en aquel lugar, el pobre Queequeg se dio por vencido. Es un mundo perverso en todos los meridianos, pensó: moriré pagano.

Moby Dick - Herman Melville

miércoles, 10 de julio de 2019

Si en el pecho del pagano todavía acechaba algo del hielo de la indiferencia hacia mí, esta agradable y afectuosa pipa que nos fumamos pronto lo derritió, y nos hizo compadres. Él pareció aceptarme con la misma naturalidad y espontaneidad que yo a él; y cuando terminamos de fumar apretó su frente contra la mía, me agarró alrededor de la cintura, y dijo que a partir de entonces estábamos casados; queriendo decir, a la manera de su país, que éramos amigos del alma: gustosamente moriría por mí si era necesario. En alguien del país, esta repentina llama de amistad hubiera parecido excesivamente prematura, algo de lo que desconfiar en alto grado; pero en este simple salvaje esas antiguas reglas no se aplicaban.

Moby Dick - Herman Melville

Con gran interés estuve sentado observándole. Aun salvaje como era, y horriblemente desfigurado en el rostro —al menos para mi gusto—, su semblante tenía, no obstante, un algo en sí, que no era en modo alguno desagradable. El alma no la puedes ocultar. A través de todos sus antinaturales tatuajes creí ver las trazas de un corazón sencillo y honesto; y en sus grandes y profundos ojos, de un negro encendido y audaz, aparecían muestras de un espíritu capaz de desafiar a mil diablos. Y aparte de todo esto, había en el pagano un cierto porte noble, que ni siquiera su rudeza podía enteramente invalidar. Parecía un hombre que nunca se hubiera amedrentado y nunca hubiera tenido un acreedor.

Moby Dick - Herman Melville

martes, 9 de julio de 2019

Sí, hay muerte en este negocio de la pesca de la ballena… un rápido, mudo y caótico empaquetado de un hombre a la eternidad. Pero ¿entonces qué? Me parece a mí que hemos malinterpretado enormemente esta cuestión de la vida y la muerte. Me parece a mí que lo que llaman mi sombra aquí en la tierra es mi verdadera sustancia. Me parece a mí que al observar asuntos espirituales, nos parecemos demasiado a ostras que observan el sol a través del agua, y que creen ese agua espesa el aire más sutil. Me parece a mí que mi cuerpo sólo son los posos de mi mejor ser. De hecho, que coja mi cuerpo quienquiera, que lo coja, digo: no soy yo. Y, por tanto, tres hurras por Nantucket; y que vengan una lancha desfondada y un cuerpo desfondado cuando venir quieran, pues desfondar mi alma ni el propio Jove puede.

Moby Dick - Herman Melville

por qué las compañías de seguros de vida pagan indemnizaciones de muerte sobre inmortales; en qué eterna, inmovilizante parálisis y mortal desahuciado trance yace todavía el vetusto Adán, que murió hace sesenta siglos cumplidos; cómo es que aún nos negamos a ser confortados por esos que no obstante mantenemos que habitan en inexpresable dicha; por qué todo lo vivo se esfuerza en acallar todo lo muerto; de dónde que el rumor de unos golpes en una tumba aterrorice a una ciudad entera. Todas estas cosas no carecen de su significado.
Pero la fe, como un chacal, se alimenta entre las tumbas, e incluso en esas dudas muertas recolecta su más vital esperanza.

Moby Dick - Herman Melville

Yo estaba mirando a ver dónde guardaba su navaja, cuando hete aquí que coge el arpón de la esquina de la cama, retira el largo mango de madera, desenfunda la punta, la afila un poco en su bota y, dando unos pasos hasta el trozo de espejo de la pared, comienza un vigoroso raspado, o más bien arponeado, de sus mejillas. Pensé yo, Queequeg, esto es lo que se dice emplear al límite la mejor cubertería de la marca Roger. Esta operación dejó de sorprenderme posteriormente, cuando me enteré del buen acero de que está hecha la punta de un arpón, y de lo extremadamente afilados que se mantienen siempre los largos filos rectos.
El resto de su aseo se concluyó pronto, y él salió orgullosamente de la habitación, envuelto en su gran cazadora de piloto, y manejando su arpón como el bastón de mando de un mariscal.

Moby Dick - Herman Melville

Pero en ese momento dio en girar la cabeza hacia la luz de tal manera que vi claramente que esos cuadrados negros de sus mejillas en modo alguno podían ser apósitos. Eran manchas de alguna clase. Inicialmente no supe qué pensar sobre aquello; aunque pronto me vino una presuposición de la verdad. Recordé una historia de un hombre blanco —pescador de ballenas también— que, habiendo caído entre caníbales, había sido tatuado por ellos. Llegué a la conclusión de que este arponero, en el curso de sus distantes expediciones, se había topado con una aventura similar. Y al fin y al cabo, pensé yo, ¡qué! Sólo es su exterior; un hombre puede ser honesto en cualquier clase de piel.

Moby Dick - Herman Melville

lunes, 8 de julio de 2019

Llamadme Ismael. Hace unos años —no importa exactamente cuántos—, teniendo poco o ningún dinero en mi bolsa y nada especial que me interesara en tierra, pensé navegar un poco y ver la parte acuática del mundo. Es una manera que tengo de ahuyentar el hastío y regular la circulación. Siempre que se me empieza a mal torcer la boca; siempre que en mi alma es un desolado y lloviznoso noviembre; siempre que me descubro a mí mismo deteniéndome involuntariamente ante las funerarias y yendo a la cola de todos los entierros con los que me tropiezo; y, en especial, siempre que mi neurastenia me ataca de tal modo que se requiere un fuerte principio moral para evitar que intencionadamente salte a la calle y metódicamente le quite a la gente el sombrero de la cabeza… entonces es cuando considero que ha llegado el momento apropiado para hacerme a la mar lo antes posible. Éste es mi sustitutivo de la bala y la pistola. Con filosófica floritura, Catón se deja caer sobre su espada; yo, tranquilamente, me embarco.

Moby Dick - Herman Melville

viernes, 5 de julio de 2019

—¡Cómo! —exclamó—. En el bosque hay mucha. ¿Por qué en vano dinero da?
Riñó al empresario, le llamó «mala gente» y trató por todos los medios de convencerme de que me habían engañado. Intenté explicarle que se pagaba dinero no tanto por la leña como por el trabajo. Pero fue en vano. Dersú no pudo tranquilizarse durante un buen rato y aquella noche no encendió la estufa. Al día siguiente, para no incurrir en gastos, él mismo marchó al bosque a por leña. Lo detuvieron y levantaron acta. Dersú protestó a su manera y armó alboroto. Entonces lo llevaron a la Dirección de Policía. Cuando me informaron de lo sucedido por teléfono, traté de arreglar las cosas.
Por mucho que le expliqué después por qué no se podía cortar los árboles de alrededor de la ciudad, Dersú siguió sin entenderlo.
Aquel suceso le produjo una fuerte impresión. Entendía que en la ciudad había que vivir no como él quisiera, sino como querían los demás. Los extraños lo rodeaban por todas partes, cohibiéndolo a cada paso. El viejo comenzó a quedarse pensativo, a aislarse. Enflaqueció y se acecinó. Incluso parecía mayor.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

El sitio favorito de Dersú era un rincón cerca de la estufa. Se sentaba sobre la leña y pasaba horas enteras contemplando el fuego. Todo le resultaba ajeno en la habitación y únicamente la leña que ardía le recordaba a la taiga. Cuando ardía mal, se enfadaba con la estufa y le decía:
—Mala gente, arde no quiere.
A veces me sentaba a su lado y recordábamos todo lo vivido durante nuestros viajes, conversaciones que nos reportaban a ambos un gran placer.
En una ocasión se me ocurrió grabar el habla de Dersú con un fonógrafo. Enseguida entendió qué quería de él y pronunció ante el auricular un largo cuento que ocupó casi todo el rodillo. Luego cambié la membrana por otra reproductora y volví a encender el aparato. Dersú, al escuchar su voz reproducida por la máquina, no se asombró ni una pizca y no movió ni un músculo de la cara. Escuchó atentamente el final y luego dijo:
—Él habla seguro, no pierde ni una palabra —dijo, señalando al fonógrafo.
Dersú resultó ser un animista incorregible: también humanizaba al aparato.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

Me pareció extraño y absolutamente incomprensible por qué el tigre no se había comido el perro, sino que lo arrastraba consigo. Como en respuesta a mis pensamientos, Dersú dijo que no se trataba de un tigre, sino de una tigresa que tenía cachorros. El perro se lo llevaba a ellos. La tigresa no iba a conducirnos a su guarida, sino que nos llevaría por los cerros hasta que nos quedáramos rezagados. No podía discrepar de tales conclusiones.
Cuando decidimos regresar al campamento, Dersú se giró en la dirección por la que se había ido el tigre y gritó:
—¡Amba! Tuya no tiene cara. Eres un ladrón peor que un perro. Mía no te tiene miedo. Te veo otra vez, disparo.
Después se fumó una pipa y regresó siguiendo las huellas dejadas por los esquís.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

La hoguera estaba casi extinguida; tan sólo dos tizones ardían débilmente. El viento atizaba las brasas y hacía volar chispas por la nieve. Dersú estaba sentado en el suelo, con las piernas extendidas sobre la nieve. Tenía la mano izquierda apoyada contra el pecho, como si quisiera detener la palpitación de su corazón. El viejo tazá estaba echado boca abajo sobre la nieve y no se meneaba.
Durante unos instantes no pude comprender qué estaba pasando y qué tenía que hacer. Me quité el perro de encima con dificultad, salí del saco y me acerqué a Dersú.
—¿Qué pasa? —le pregunté, sacudiéndolo por el hombro.
—¡Amba, amba! —exclamó asustado—. ¡Amba anda todo rato por vivac! ¡Un perro lleva!
Entonces me di cuenta de que faltaba el perro del tazá. Dersú se incorporó y se puso a remover el fuego.
En cuanto surgieron las llamas, el tazá también volvió en sí. Miraba asustado a todos lados y tenía el aspecto de un loco. En otro momento hubiera resultado divertido.

En esta ocasión fui yo el que mostró más dominio de sí mismo. Y fue así porque me hallaba durmiendo y no había visto lo que ocurría. Sin embargo, pronto cambiamos los papeles. Cuando Dersú se tranquilizó, yo me asusté. ¿Quién podía garantizar que el tigre no volviera a aparecer por el vivac y que no se lanzara contra un hombre? ¿Cómo había ocurrido todo aquello y cómo fue que nadie disparó?
Resultó que el primero en despertarse fue Dersú; lo despertaron los perros, que saltaban todo el tiempo de un lado a otro de la hoguera. Al ponerse a salvo del tigre, Alpa se lanzó directamente a la cabeza de Dersú. Éste, medio dormido, se la quitó de un empujón. Fue en ese momento cuando vio al tigre muy cerca de él. La terrible fiera atrapó al perro del tazá y lentamente, sin prisa, como comprendiendo que nadie podía impedírselo, se lo llevó al bosque. Asustada por el empujón, Alpa saltó sobre la hoguera y me cayó en el pecho. Entonces fue cuando oí el grito de Dersú.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

Un pequeño abeto crecía cerca de nuestra tienda. Lo decoramos con bomboneras y carámbanos de hielo.
Por el día organizamos unos juegos en el río. Atamos dos cuerdas a una estaca incrustada en el hielo y fijamos sus cabos a los cinturones de dos hombres, a los que vendamos los ojos. A uno le pusimos en la mano una campanilla y al otro un cordón de paño. La esencia del juego consistía en que uno debía llamar con la campanilla y marcharse, mientras que el otro tenía que acercarse adonde provenía el sonido y arrear al campanero con el cordón. El juego entusiasmó a todos. Los nativos se partían de risa y se revolcaban por el suelo de tal manera que empecé a temer de veras por su salud.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

jueves, 4 de julio de 2019

Cosa extraña: los fusileros creían en la existencia de sus demonios, pero al mismo tiempo se referían a los de los udejéis con incredulidad y burlas. Lo mismo ocurría con la religión. En más de una ocasión advertí que los udejéis trataban a una religión ajena con mucha más tolerancia que los europeos a la suya. La desconsideración de los primeros hacia una religión ajena nunca va más allá de la indiferencia, cosa que también se podía advertir en Dersú. Cuando los fusileros contaban alguna curiosidad, el gold atendía al relato fumando tranquilamente su pipa, sin que en su rostro se pudiera advertir sonrisa, credulidad o duda alguna.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

martes, 2 de julio de 2019

Vestía zamarra y pantalones de piel de ciervo y calzaba untis de piel de alce. En la cabeza tenía una capucha blanca y un gorro con cola de marta cebellina. Sus cabellos habían escarchecido y su espalda también se hallaba cubierta por un poso blanco. Empecé a sacudirlo reiteradamente por el hombro. Se incorporó y se puso a quitarse la escarcha de las pestañas. Dado que no temblaba y no contraía los hombros, me quedó claro que no se había congelado.
—¿No tienes frío? —le pregunté con asombro.
—No —respondió.
Y preguntó enseguida:
—¿Qué pasa?
Los udejéis le dijeron que estaba preocupado por él y que llevaba un rato buscándolo en la oscuridad. Logada respondió que el barracón estaba atestado de gente y que no había sitio, por lo que había decidido dormir fuera. A continuación se envolvió un poco más compactamente en su zamarra, se echó sobre la hierba y de nuevo quedó dormido. Regresé al barracón y le conté a Dersú lo que sucedía.
—No pasa nada, capitán —me dijo el gold—. Esta gente no teme al frío. Él todo el rato vive en cerro, caza martas. Donde sorprende la noche, allá duerme. Su espalda todo el rato se calienta a la luna.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

Después siguió contándome su vida. Dijo que, todavía siendo joven, aprendió de un viejo chino a buscar gingseng y estudió sus supersticiones. Nunca vendía las raíces, las llevaba frescas al curso alto del río Lefu y allí las plantaba en la tierra. La última vez que había estado en unas plantaciones de gingseng había sido quince años atrás. Todas las raíces habían crecido bien. En total había 22 plantas, aunque Dersú no sabía si se habían conservado o no. Probablemente sí, porque las había plantado en un sitio apartado en el que no observó huellas humanas cerca.
—¡Esto es todo para ti! —dijo, poniendo fin a su largo discurso.
Aquello me sorprendió. Me puse a convencerlo de que vendiera las raíces a los chinos y que tomara el dinero, pero Dersú seguía en sus trece.
—Mía no necesita —dijo—. Me queda vida pequeña, pronto muere. Mía mucho quiere regalarte el pantsui.
En sus ojos había una expresión tan rogativa, que no pude oponerme.
Mi negativa podía ofenderlo. Accedí, pero le tomé la palabra de que, después de que acabara la expedición, se vendría conmigo a Jabarovsk. Dersú también estuvo de acuerdo.
Decidimos ir en primavera al río Lefu a por las preciadas raíces.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

—Antes ninguna gente puede encontrar fiera primero. Todo el rato mía primero ve. Mía dispara y siempre hace agujero en su camisa. Mi bala nunca no fue a nada. Ahora mía cincuenta y ocho años. Ojo malo, ve no puedo. Dispara al almizclero, no di. Dispara al árbol, tampoco di. No quiero ir con los chinos. Su trabajo mía no entiende. ¿Cómo ahora mía va a vivir?
Sólo en ese momento comprendí la inconveniencia de mis bromas. Para él, que lograba su medio de subsistencia gracias a la caza, el debilitamiento de la vista equivalía a la muerte. El carácter trágico de la situación aumentaba además con la circunstancia de que Dersú estaba completamente solo. ¿Dónde ir? ¿Qué hacer? ¿Dónde inclinar en la vejez su cabeza de cabellos canos?
Sentí una insoportable pena por el viejo.
—No pasa nada —le dije—. No temas. Me has ayudado mucho; me has sacado de apuros muchas veces. Estoy en deuda contigo. Siempre encontrarás en mi casa un techo y un trozo de pan. Viviremos juntos.
Dersú comenzó a ajetrearse y a recoger sus cosas. Alzó el rifle y lo miró como si fuera una cosa que ya no necesitara para nada.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

lunes, 1 de julio de 2019

Al juntar leña vi cómo dormía el solon, completamente apartado del fuego. No tenía manta ni ropa de abrigo; yacía sobre unas ramas de abeto, tapado únicamente con su caftán[118] de género. Temiendo que se fuera a resfriar, empecé a zarandearlo por el hombro, pero el solon dormía tan profundamente que me costó despertarlo. Da Parl se incorporó, se atusó los cabellos, bostezó, se echó de nuevo en el mismo sitio y se puso a roncar sonoramente.
Los udejéis soportan el frío con sorprendente estoicismo. Es una cosa a la que se acostumbran desde la infancia, desde la primera vez que aspiran el aire.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

Más adelante, una ardilla se dejó ver entre las ramas caídas. Estaba sentada sobre sus patas traseras, tenía el rabo escondido en el lomo y estaba royendo una piña de cedro. Al aproximarnos, la ardilla agarró su captura y corrió hacia un árbol, donde desde lo alto observó con curiosidad a las personas. El solon se acercó al cedro con cautela, a hurtadillas. Dio un grito y golpeó con todas sus fuerzas el tronco con un palo. La ardilla se asustó, dejó caer su piña y se encaramó aún más arriba. Era lo único que quería el solon, que recogió la piña y, sin prestar en absoluto atención al ofendido animalito, continuó su camino. La ardilla saltó de rama en rama y expresó con pequeños resuellos su descontento por el robo a plena luz del día. Nos reímos con ganas. Dersú desconocía este método y también decidió aplicar estas técnicas de los solones para recolectar frutos secos.
—Ahora no te enfades —dijo, dirigiéndose a la ardilla con palabras de consuelo—. Nuestra va abajo, ¿cómo piñones encuentra? Tú mira allí, hay muchos piñones —dijo, mostrando con la mano un gran cedro.
La ardilla pareció entender a Dersú y se dirigió en aquella dirección.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

Al ver que quería arrojarlo todo al agua, Dersú corrió hacia mí, agitando las manos. Su expresión era de alarma. Comprendí que me estaba deteniendo.
—¡No, capitán! ¡No! —dijo él enseguida con temor.
Le di el tizón y el pescado seco. Arrojó lo primero al fuego y lo segundo al bosque. Después se puso el morral y proseguimos nuestra ruta. Por el camino le pregunté por qué no había querido que tirase al agua el fuego y el pescado. Dersú me lo explicó enseguida: al agua se arroja sólo lo que ésta no tiene y al bosque se lanza sólo lo que no hay en la tierra. El tabaco podía tirarse al agua y el pescado a la tierra. Al agua podía tirarse un poco de fuego, sólo una pequeña brasa, pero no se podía echar agua al fuego ni tampoco lanzar un gran tizón al agua, pues de otro modo el fuego y el agua se enojarían. Entonces decidí firmemente no inmiscuirme más en asuntos de esa clase para que a ninguno de los dos, tal como él se expresaba, nos hiciera mal.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev