Era, el mundo, un gigantesco desierto desolado. Sisí no estaba ya. Y al mundo enloquecido, nada le importaba. Nada se trastornaría con su ausencia más que su corazón. Sisí no estaba ya. No pensó como el general López y otros muchos padres inconscientes: «Mi consuelo es que mi hijo ha muerto por una gran causa». A Cecilio Rubes todas las causas que provocaban la muerte le parecían malsanas. (...) Unos días después estalló la guerra. La guerra alteró la vida y la tranquilidad de Sisí. Aquellas bombas que, de vez en cuando, caían sobre la ciudad abrían un estrépito como si la tierra toda se desgarrase. Eran como truenos horrísonos, que metían su estruendo a través de la carne. Luis Sendín y los muchachos como él andaban de aquí para allá con el fusil presto y las cartucheras a la cintura. Eran tan jóvenes que parecían niños jugando a la guerra. Salían de la ciudad en camiones, voceando al viento. Sisí no sabía dónde, y muchos no volvían; quedaban tendidos sobre los surcos o sobre las crestas grises de las montañas. Había una vibración extraña poseyendo la ciudad, poseyendo la tierra, poseyéndolo todo. (...) Salía cada tarde con la muchacha y la llevaba al cine o de paseo. Isabel no era ñoña para bordear el peligro, porque el peligro era su arma decisiva. No ponía reparo alguno cuando Sisí le pedía salir al campo o sentarse, de noche, en un oscuro banco del parque. Ella sabía que podía estar allí tranquilamente y hasta que el estar allí era un paso más para alcanzar sus calculadas previsiones. No ignoraba que su destino dependía inmediatamente de su resistencia. Sabía igualmente que al levantar la cabeza de un golpe y mostrar su desnuda garganta, o al cruzar las piernas bajo la falda, o al entornar los ojos y sonreír de determinada manera, Sisí se excitaba y ella no vacilaba en poner en juego todos estos recursos. Todo era lícito, puesto que el fin era lícito. Le gustaba Sisí, y le gustaba su automóvil, y le gustaba el negocio de su futuro suegro. Le gustaba, también, que Sisí oliese a tabaco rubio —Sisí fumaba «Bisonte»— y que llevase las americanas bien cortadas. Algunas veces, Sisí, encendido por las insinuaciones de la muchacha, trataba de abrazarla. Ella se incorporaba bruscamente, trascendiendo un fúnebre desconsuelo: —¡No, no, Sisí! —Decía—. De seguir así no volveremos a salir juntos. Para mí será la muerte, pero lo dejaré, ¡te lo aseguro! Sisí se humillaba, entonces. Ella añadía: —Prométeme que no volverás a hacerlo. ¡Anda, prométemelo! (...) En la especial manera de entender la vida del joven Rubes figuraba la teoría de que el hombre se casa con aquella mujer bonita que se le resiste. Antes no; de no resistírsele ninguna mujer bonita, tampoco. Por eso, él pensó que no podría soportar la vida privado de los muslos firmes y el busto erguido de Isabel Gutiérrez. Sisí Rubes se dijo, al fallar el tercer intento: «Estoy enamorado como un cabrito». (...) Al comenzar a hablar Gloria se hizo un comprometido silencio y Adela pensó: «El ambiente está cargado. Señor, no nos abandones». Y Gloria decía: «¿Puede aspirarse a algo más grande que a tener Dios, Patria, familia, orden y trabajo? Esto es lo que os ofrece la CEDA. Esto y la redención de los campesinos y una cristiana hermandad entre todos los hombres». Estornudó una vieja y algunas mujeres aplaudieron. Gloria, al hablar, se inflamaba y se volvía extraordinariamente bonita. Hablaba despacio y con firme serenidad. Adela pensaba: «¡Oh, tiene un acento que conmueve a las piedras!». Al concluir, chilló una mujer de pelo lacio y piel amarillenta: «¡Y el auto para vosotras, pedazos de zorras!». Adela se sofocó, pero no dijo nada. Otras mujeres se excitaban y coreaban a la mujer de la tez amarillenta. Se armó un pequeño alboroto y Gloria le hizo una seña para que saliera. El mecánico tenía ya el motor en marcha y partieron. Adela se decía: «Un día la matarán en uno de estos pueblos de Dios y nadie sabrá quién ha sido». (...) Al entrar en casa, Sisí Rubes tuvo conciencia de que para los hombres había dos vidas y la puerta de la calle era la frontera divisoria. De puerta para dentro era el reinado de los buenos modales, la contención y la hipocresía. La auténtica vida, la única verdad, estaba en la calle. Sisí Rubes se preguntó qué es lo que su padre y su madre hacían en la calle. Pulsó el timbre con un incipiente aire de indiferencia. Se sorprendió de ver a su madre llorando. Le abrazó con una violencia inusitada y Sisí se preguntó qué es lo que había ocurrido allí durante su ausencia. Dijo Adela: —Hijo, hijo, ¿por qué has hecho esto conmigo? ¿Dónde has andado? (...) Sisí Rubes fue cuidadosamente preparado durante meses en relación con su proyectado cambio de vida. En el colegio había flores y pájaros y confites y niños simpáticos con quienes jugar. El colegio era una especie de paraíso anticipado, que Dios tenía dispuesto en la Tierra para los pequeños que eran buenos. Pero a Sisí Rubes le ocultaron que los niños del colegio no estaban allí para procurarle a él una complacencia, y que también había allí monjas oscuras y siniestras parecidas a los fantasmas que poblaban sus noches, y que también había allí un abecedario implacable y una numeración cardinal, ordinal y romana contra la que su cabecita rubia y alborotada chocaba como contra un muro. Sisí Rubes receló, tan pronto se vio en el colegio, que el medio mundo que habitualmente giraba en torno suyo trataba de desglosarse ahora y, entonces, cogió una rabieta y pidió que le llevaran a casa. (...) «Si los hambrientos no se recreasen tanto pensando en un menú imposible habría menos descontentos por el mundo. Y también menos revoluciones». Cecilio Rubes pensaba así, y por ello siempre procuraba despertarse un recuerdo casto de Paulina, aunque muy pocas veces lo consiguiera. (...) Fue como la llegada de una tibia primavera después de un invierno excesivamente riguroso. En la ciudad se advertía, por todas partes, como un renacimiento, un anhelo apresurado de vivir, de gozar, de estirarse voluptuosamente al sol y olvidar la tétrica pesadilla que quedaba a las espaldas. Era un deseo perfectamente legítimo, aunque desordenado, de constatar que, contra todas las adversidades y asechanzas, aún se seguía firme y vivo sobre la costra de la Tierra. (...) A raíz de la conversación con su madre, Cecilio experimentaba un morboso placer fomentándose su dolor y su desasosiego. Era agradable pensar que estaba triste y deprimido en medio de su felicidad. El hecho de no tener motivos notorios de descontento desarrollaba en Cecilio Rubes el afán de inventarlos. Últimamente, cada noche, antes de dormirse, pasaba cinco minutos fomentándose su desazón. Quería estar triste; deseaba sentirse atribulado y solo en medio de una humanidad enloquecida por sus apetitos y su egoísmo. En esos momentos de recogimiento, Cecilio Rubes se esforzaba en arrancar de sus ojos una lágrima para poderse decir a sí mismo: «Mira, Cecilio, estás llorando. Eres el hombre más desgraciado de la Tierra». (...) Por la tarde fueron juntos a la Agencia. La Agencia estaba instalada en un edificio destartalado, con las paredes húmedas y un enorme y sombrío patio interior. En él paseaban las muchachas, tristes y deprimidas, o armaban tertulias en los rincones. «Bien —pensó Rubes—. Estas mujeres no tienen fuerza ni para sostenerse solas». El hombrecillo nervioso y vehemente que les atendía dijo: «Esto es lo que queda. No es mucho, es cierto. Yo les recomiendo que aguarden a mañana. Espero un nuevo envío del Norte». Al día siguiente, con el nuevo envío, llegó Jacoba. Era una mujer opulenta y maciza, de bondadosa sonrisa y pocas palabras. Hizo una breve demostración en el patio, apuntando a la cara de una de sus compañeras y dibujando en el suelo, con el chorrito de leche, unos jeroglíficos indescifrables. Ella dijo: «Dice: ¡Viva Santiago Apóstol!». El hombrecillo nervioso, dijo: «¿Qué les parece?». Añadió Adela: «¿La hacen treinta duros y mantenida?». Jacoba se levantó y se puso a su lado sonriente, sin decir palabra. Cecilín agradeció la abundancia de la nueva fuente. Ante aquel pecho inmenso, inagotable, se quedaba dormido, ahíto, sin fuerzas siquiera para eructar. (...) A Cecilio Rubes le poseía el convencimiento de que la frivolidad estaba en razón directa con el progreso. Los pueblos más adelantados eran los que mayor número de cabarets, revistas picantes y casas alegres podían ofrecer a sus ciudadanos. «¿Tendrá razón Unamuno —pensó— cuando dice que el Cristianismo ensombrece la vida y veda los placeres?». Estuvo a punto de cortarse al denegar nuevamente con la cabeza. Cecilio Rubes no era hombre de arraigada fe; era hombre de misa de una los domingos y tres ayunos anuales a regañadientes, pero en el último plano de su alma guardaba un asomo de respeto por las instituciones religiosas. Un inconcreto temor hacia las penas del infierno alicortaba sus ligerezas, sus más audaces determinaciones. (...) Si a Cecilio Rubes se le preguntase cualquier mañana, al despertar: «¿Qué prefiere usted, que perezcan tres mil japoneses en un terremoto o que le brote un grano insignificante en el interior de la nariz?», respondería sin vacilar: «Lo de los japoneses, claro». Suponía Cecilio Rubes que ni los italianos, ni los alemanes, ni los japoneses, ni los rusos, ni los operarios de las fábricas Krupp, ni el propio señor Krupp, ni aun el mismísimo zar, se preocupaban por Cecilio Rubes y que sería idiota y desproporcionado que Cecilio Rubes se fuese a preocupar por ellos. Su posición era, según él, la consecuente y la justa. Cecilio Rubes no gustaba de engañar ni de ser engañado. (...) Ni por un momento admitía que la presencia de Adela allí y su noble deseo de entablar conversación entrase en un normal y equilibrado curso de las cosas. Él era lo primero y la voluntad de él debería respetarse a costa de lo que fuese. No obstante, le faltaba valor para plantear sus exigencias al desnudo y decirle a su mujer: «¡Vete!, quiero estar solo». En el fondo, Cecilio Rubes era un pusilánime y temía despertar enojos, trastornos y convulsiones. Prefería que los demás adivinaran sus pensamientos y obrasen en consecuencia. Era la cerril incomprensión de los que le rodeaban lo que le ponía fuera de sí. (...) Cecilio Rubes dibujó un gesto ambiguo con su mano ancha, blanda y bien cuidada. Tal vez su ademán expresara un secreto fondo de hastío. Cecilio Rubes dijo: —¿Cree usted que un hombre puede estar cansado de la vida a los treinta y cinco años hasta el extremo de no desear seguir viviendo? El contable se incorporó. En su rostro monótono había un poco de susto; sus barbitas temblaban levemente. Respondió: —… Seguir viviendo. Puede, ya lo creo. Pero éste no es su caso, señor Rubes. Usted maneja uno de los más asentados negocios de la ciudad y tiene una hermosa mujer y una hermosa casa, y la vida le sonríe. Cecilio Rubes vacilaba: —¡Ah! —dijo, al fin—. Vivimos una época difícil, Valentín. En el mundo no hay más que odio y mala voluntad. Guerra en Francia, guerra en Portugal, revolución en Rusia. ¿Es posible que alguna vez lleguemos todos a entendernos? —… Todos a entendernos —dijo el contable—. ¿Quién lo sabe, señor Rubes? El mundo es muy obstinado. Tal vez ganemos más limitando nuestro mundo a las paredes de nuestra casa: ello es un poco egoísta, pero es mejor. Estamos mal, ciertamente, pero peor lo pasarán esta noche los soldados en las trincheras, entre la nieve, y el zar en Rusia. Mi idolatrado hijo Sisí - Miguel Delibes
viernes, 29 de enero de 2016
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