De lo que se trata es de que tenemos que salvar a nuestra patria, de que nuestra patria desfallece por culpa de nosotros mismos; de que al margen del Gobierno legítimo se ha formado un Gobierno incomparablemente más fuerte que cualquier Gobierno legítimo. Ha establecido sus condiciones, a todo se le ha puesto precio y hasta esos precios han sido pregonados en público. Y ningún gobernante, aunque fuera el más sabio de todos los estadistas y legisladores, puede reparar el daño por más restricciones que ponga a los actos de los malos funcionarios, poniéndolos bajo la vigilancia de otros. Todo resultará inútil mientras cada uno de nosotros no llegue a comprender que, al igual que en los tiempos del alzamiento de los pueblos empuñó las armas contra los enemigos, tiene ahora que rebelarse contra la injusticia.
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Por tres veces volví a empezar; lo había perdido todo y acudía de nuevo a la brecha con sólo un kopec en el bolsillo, cuando, en mi situación, cualquier otro se habría lanzado a la bebida y habría acabado por pudrirse en las tabernas. ¡Cuánto he luchado, cuánto he tenido que sufrir! Hasta el último kopec lo gané, por así decirlo, poniendo en juego todas las potencias del alma… A otros les fue fácil, forzoso es reconocerlo, pero cada kopec mío estaba clavado, como dice el proverbio, con un clavo de tres kopecs, y ese kopec clavado con un clavo de kopecs lo adquirí, Dios es testigo, con un tesón de hierro…
Sin concluir la frase, arrastrado por la insoportable angustia que oprimía su corazón, se puso a sollozar estrepitosamente, se dejó caer sobre una silla, se arrancó un faldón del frac, que pendía desgarrado, y lo lanzó lejos de sí; llevándose las manos a los cabellos, se los arrancó sin compasión, recreándose en el dolor con que pretendía silenciar el dolor de su corazón, al que nada lograría calmar.
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Mientras tanto, en la ciudad iba a tener lugar una nueva feria, la destinada a la nobleza. La anterior había sido más bien una feria de caballos, de ganado, de materias primas y de artículos fabricados por los mujiks y que iban a comprar tratantes y mayoristas. Ahora le tocaba el turno a las mercancías compradas para los señores en la feria de Nizhni Novgorod. Se presentaba allí el azote de los bolsillos rusos; los franceses con sus tarros de pomadas y las francesas con sus sombreros, que se apoderaban de un dinero logrado con trabajo y con sangre; era, según expresión de Kostanzhoglo, una langosta que, al igual que las de las plagas de Egipto, no satisfecha con devorarlo todo, dejaba sus huevos enterrados.
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—En este caso, ¿usted piensa que lo más provechoso es dedicarse a la labranza? —quiso saber Chichikov.
—No es lo más provechoso, sino lo más legítimo. Ya lo sabe: ganarás el pan con el sudor de tu frente. Es absurdo darle vueltas. La experiencia de los siglos demuestra claramente que el labrador es más moral, más noble, más puro. Yo no digo que no deba nadie ocuparse en otros menesteres, pero la base de todo debe ser la agricultura. De eso es de lo que se trata. Las fábricas surgirán por sí mismas, pero tan sólo las que tengan alguna razón de ser, las que el hombre precisa aquí, en el sitio que ocupa, y no fábricas destinadas a dar satisfacción a esas necesidades que arrastran a la holgazanería. No serán como esas fábricas que después, para sostenerse y vender sus mercancías, pervierten y corrompen al infortunado pueblo. Por muchos que sean los beneficios que rinden, yo jamás tendré esas fábricas que acrecientan y estimulan las necesidades superiores. ¡Nada de azúcar ni de tabaco, aunque pierda un millón! ¡Si el mundo cae en poder de la depravación, que yo no haya tomado parte en ello! Quiero presentarme limpio ante Dios… Llevo veinte años viviendo con la gente y sé muy bien cuáles son las consecuencias.
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—¿Y en qué estado —prosiguió en voz alta— se halla la hacienda de su padre?
—Está hipotecada —contestó el padre mismo, volviendo a entrar en el salón—, hipotecada.
«Malo —pensó Chichikov—. Si las cosas continúan así, a no tardar no habrá ni una sola hacienda que no esté hipotecada. ¡Es preciso darse prisa!».
—No obstante —dijo con cara de circunstancias—, no tenía que haberse dado prisa en hipotecarla.
—Da igual —repuso Petuj—. Dicen que es ventajoso. Todos lo hacen. ¿Cómo voy yo a quedarme atrás? Por otra parte, siempre he vivido aquí. Ahora me gustaría probar la vida de Moscú. Mis hijos también me animan, quieren gozar de la cultura de la capital.
«Es un necio, un necio —se dijo Chichikov—. Malgastará su fortuna y convertirá a sus hijos en unos derrochadores. A primera vista, a los mujiks les interesa y a ellos también. Pero en seguida que hayan comenzado a ilustrarse en restaurantes y teatros, todo se irá al diablo. Más te valdría, pedazo de animal, quedarte a vivir en el campo».
—Ya sé qué es lo que está usted pensando —dijo Petuj.
—¿Qué?
—Está pensando: «Este imbécil de Petuj me invita a comer y la comida no aparece por ninguna parte». Ya llegará, querido. En menos tiempo que una moza rapada necesita para hacerse las trenzas, estará dispuesta.
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En más de una ocasión, en el transcurso de sus paseos, tuvo la idea de hacerse con el tiempo —no entonces, por supuesto, sino más adelante, cuando su principal empresa hubiera llegado a buen fin y él gozara de los recursos necesarios— el pacífico propietario de una hacienda como aquélla. Es fácil comprender que estos pensamientos aparecían unidos a otros en los cuales se representaba a una mujercita joven, lozana y de piel blanca, hija de comerciantes o de una familia adinerada, que incluso tuviera conocimientos de música. Se figuraba asimismo a la joven generación que se encargaría de perpetuar el apellido de los Chichikov: un muchacho revoltoso y una bonita hijita, o dos chiquillos, o tres niñas incluso, para que todos se enteraran bien de que él había vivido, efectivamente, y no se había limitado a deslizarse como un fantasma o una sombra por la tierra, para no tener que avergonzarse ante la patria.
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Desde el momento en que aparecieron, Tentetnikov tuvo la sensación de que el general se comportaba con él con más frialdad, de que no advertía su presencia o lo trataba como a persona de inferior condición. Le decía con desdén: «amigo» y «escucha, hermano», llegando incluso a tutearle. Esto terminó por hacerle estallar. Conteniéndose, no obstante, apretando los dientes y dominándose, tuvo la presencia de ánimo suficiente como para decirle cortésmente y con voz suave, mientras su rostro se encendía y todo él hervía por dentro:
—Le doy las gracias, general, por su benevolencia. Al tutearme me invita a una íntima amistad y me fuerza a que yo le tutee a usted. Pero la diferencia de edad se opone a una relación tan familiar entre nosotros.
El general se mostró turbado. Buscando bien palabras o ideas, repuso, aunque un tanto deslavazadamente, que le había tuteado teniendo en cuenta que, en algunas ocasiones, el viejo puede hacerlo cuando conversa con un joven. (A su grado no hizo la menor alusión). Es fácil comprender que sus relaciones concluyeron ahí.
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A partir de entonces nadie acudió ya a visitarle. Él celebró esto y se dedicó a meditar acerca de una gran obra sobre Rusia. El lector ha tenido ya ocasión de ver en qué forma transcurrían sus meditaciones. Se estableció un extraño y desordenado orden. No puede afirmarse que no hubiera momento en que pareciera despertar de su sueño. Cuando el correo llegaba trayéndole revistas y periódicos y hallaba el nombre de un condiscípulo de viejos tiempos que ya había hecho notables progresos en la Administración pública o había contribuido ya en la medida de lo posible al avance de las ciencias y a la causa de la Humanidad, una secreta y suave melancolía se apoderaba de su corazón; una queja sorda y dolorosa se escapaba sin que él fuera capaz de dominarla. En aquellos momentos su existencia le parecía algo repugnante y deleznable. Con sorprendente vigor recordaba los tiempos del colegio, y Alexandr Petrovich se le aparecía como si aún viviera… Las lágrimas se deslizaban entonces abundantemente de sus ojos y sus sollozos se prolongaban a lo largo de casi todo el día.
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¿Qué parte será la que se halle desprovista de placeres? Los hay en San Petersburgo, a pesar de su tosco y sombrío aspecto. En las calles reina un frío de treinta grados; un frío de pocos amigos; aúlla el viento, la bruja de las tormentas barre las aceras, ciega los ojos, llena de nieve los cuellos de piel, los bigotes de la gente y los peludos hocicos de las bestias; pero a través de los copos que danzan en todas direcciones, se ve brillar una ventana del tercer piso: en una acogedora estancia, a la luz de unas modestas velas de estearina, se mantiene una charla que reanima el corazón y el alma, a la vez que el samovar ronronea, o alguien lee unas hermosas páginas de uno de los inspirados poetas con que Dios ha distinguido a Rusia. Y el juvenil corazón del muchacho arde con el fervoroso entusiasmo con que ardería bajo el cielo del mediodía.
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Al mismo tiempo que animaba a los caballos, daba pequeños saltos en el pescante, mientras que el cochecillo ora subía, ora bajaba con rapidez las pendientes de que aparecía cubierto el camino real, aunque todo él en realidad no era más que cuesta abajo. Nuestro héroe sonreía, dando suaves saltitos sobre el cojín de cuero, ya que le agradaba la marcha rápida. ¿A qué ruso no le encanta la velocidad? ¿No le va a gustar a su alma, esa alma que anhela girar como un remolino y divertirse en el frenesí, que exclama a veces: «¡Que se vaya todo al diablo!»? ¿No la ha de amar cuando en ella se percibe algo entusiasta y prodigioso?
Es como si una desconocida fuerza le arrastrara a uno con sus alas, como si uno mismo volara, como si volara todo: vuelan los postes militares, vuelan al encuentro de uno de los comerciantes sentados en la vara de su tartana, pasa volando a los dos lados del camino el bosque con sus oscuras formaciones de pinos y abetos, con el estruendo del hacha y el graznido de los cuervos, vuela todo el camino, nadie sabe hacia dónde, hasta que se pierde en la lejanía, y hay algo de extraño en ese veloz desfile, en el que uno no tiene tiempo de contemplar las cosas antes de que éstas desaparezcan. Lo único que parece inmóvil es el cielo sobre su cabeza, las nubes y la luna que se va abriendo camino entre ellas.
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—Sí, es travieso, muy travieso —acostumbraba a responder el padre—, pero ¿qué le voy a hacer yo? Para pegarle es ya demasiado tarde, y en caso de que lo hiciera, todos me llamarían cruel. Tiene mucho amor propio, y si yo le riñera delante de los demás se pondría en razón. Pero me niego a dar un cuarto al pregonero, la ciudad entera lo sabría y lo creerían un perro. Y me duele lo que puedan pensar. ¿Acaso no soy su padre? A pesar de que mis meditaciones filosóficas en ocasiones no me dejan tiempo para preocuparme por él, ¿acaso no soy su padre? ¡Sí que lo soy! ¡Soy su padre, diablos, su padre! ¡A Moki Kifovich lo llevo aquí, en el corazón! —y Kifa Mokievich se golpeaba el pecho y se enfurecía cada vez más—. Si es un perro, cuando menos que no se enteren por mí, que no sea yo quien lo descubra.
Y manifestando de esta forma sus paternales sentimientos, dejaba que Moki Kifovich prosiguiera sus proezas de bogatir, mientras que él volvía a entregarse a su materia predilecta, preguntándose de súbito algo como esto: «¿Qué sucedería si el elefante naciera de un huevo? Pues la cáscara debería ser muy gruesa, no podría romperla ni un cañón. Sería preciso inventar una nueva arma de fuego».
Así pasaban su existencia los dos habitantes del tranquilo lugar, que, cuando menos lo esperaban, como si se asomaran por un ventanuco, aparecen al final de nuestro poema, y aparecen para dar una modesta respuesta a las acusaciones de ciertos impetuosos patriotas, que hasta este momento se dedicaban tranquilamente a alguna cuestión filosófica o se ocupaban de incrementar su hacienda a costa de esa patria a la que con tanta ternura aman; no piensan en no hacer nada malo, sino sólo en que nadie diga que hacen nada malo.
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No tardó en ofrecérsele a Chichikov un campo de acción bastante más amplio: se formó una comisión que se encargaría de dirigir las obras de un importante edificio público. Logró tomar parte en esa comisión y se convirtió en uno de sus miembros más activos. Esta comisión empezó a actuar inmediatamente, y sus esfuerzos se prolongaron por espacio de seis años. Pero ya se debiera al clima, ya a los materiales utilizados, la cosa es que el edificio oficial no avanzaba más allá de los cimientos, mientras que en otros lugares de la ciudad cada uno de los miembros de la comisión se vio dueño de una hermosa casa: sin duda allí era mejor el suelo. Los miembros de la comisión empezaron a vivir con todo desahogo y a pensar en el matrimonio.
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En medio de tales funcionarios resultaba imposible que no destacara Chichikov, que era el polo opuesto en todos los sentidos, no sólo por su figura agraciada sino también por su agradable voz, aparte de que era un enemigo declarado de toda clase de bebidas fuertes. Pero a pesar de todo, los principios fueron difíciles. Su jefe era un viejo covachuelista, ejemplo de insensibilidad y que jamás se conmovía por nada: se mostraba en todo momento inabordable, nunca, a lo largo de toda su vida, había sonreído ni había dado los buenos días a nadie; ni siquiera se había interesado por su salud. Ni por una vez había visto nadie que se mostrara en la oficina tal como era en la calle o en casa. Jamás había demostrado simpatía alguna hacia nadie ni se había emborrachado con intención de reírse. Jamás se había entregado a la desenfrenada alegría a que se entrega el bandido en los momentos de embriaguez. Ni el menor indicio de todo esto se podía encontrar en él.
En él no había nada ni de bueno ni de malo, y la carencia de todo dejaba un espantoso vacío. Su rostro duro como el mármol, sin ninguna imperfección notable, no se semejaba a nada; sus rasgos mantenían entre sí una fría proporción. Sólo las diminutas picaduras de viruela y las arrugas que surcaban aquel rostro lo incluían entre esa categoría de personas a las que, como dice la expresión popular, el diablo acude por la noche a fin de moler guisantes en su cara. Producía la impresión de que en el mundo no existía fuerza humana capaz de abrirse camino hasta aquel individuo y de granjearse su buena disposición, pero Chichikov lo intentó.
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En aquella casa vivía una parienta suya, una anciana arrugada, pero que aún acudía a diario al mercado y después ponía a secar las medias en el samovar. La anciana dio al pequeño unas palmadas en la mejilla y miró sorprendida sus rollizas carnes. Éste era el lugar donde tenía que permanecer para asistir todos los días a la escuela de la ciudad. El padre se quedó allí aquella noche y al otro día emprendió el camino de regreso.
Cuando se separaron, los ojos del progenitor no derramaron ni una sola lágrima; el niño recibió algunas monedas de cobre para gastos y golosinas y, lo que era más importante, una serie de buenos consejos:
—Mira, Pavluska, estudia, no cometas tonterías ni hagas travesuras, y, ante todo, haz lo posible por agradar a tus maestros y superiores. Si agradas a los superiores, aunque no destaques en el estudio, seguirás tu camino y pasarás delante de todos. No entables amistad con tus compañeros, que no te enseñarán nada bueno. Todo lo más, hazte amigo de los ricos, pues sólo ellos te podrán ser de alguna utilidad. No obsequies ni convides a nadie, y haz de manera que te inviten a ti. Y sobre todo, cuida y guarda cada kopec. El dinero es lo más seguro que existe en el mundo. El amigo o el compañero te engañarán y te traicionarán cuando te halles en un caso apurado, pero el dinero jamás te hará traición. El dinero te permitirá poseer y lograr todo lo que quieras.
En cuanto le hubo dado estos consejos, el padre dejó al hijo, regresó a casa con su caballejo y ya nunca más volvieron a verse, aunque sus palabras y consejos quedaron hondamente grabadas en la memoria del niño.
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Pero ¿a qué fin adelantarnos a los acontecimientos? No cuadra al autor, hombre ya de cierta edad, educado por la rígida vida interior y por la lozana serenidad que la soledad procura, aturdirse como un muchacho. ¡Cada cosa a su tiempo y en su correspondiente lugar! El hombre que hemos tomado como héroe no es un ser virtuoso. Hasta podemos decir por qué razón no hemos querido hacerlo así. Porque comienza ya a ser hora de dejar descansar al hombre virtuoso, porque las palabras «hombre virtuoso», sin cesar en los labios de todos, nada significan; porque el ser virtuoso ha sido transformado en un caballo en el que no existe escritor que no haya montado, arreándolo con la fusta y con todo cuanto halla a mano; porque se ha hecho sudar al hombre virtuoso hasta tal punto que en él no queda ya ni una pizca de virtud, el cuerpo ha desaparecido y no conserva más que las costillas y el pellejo; porque con toda hipocresía invocan al ser virtuoso; porque al ser virtuoso ya no se le respeta. No, hora es de que también el miserable sea uncido al yugo. Así pues, unciremos al miserable.
El origen de nuestro héroe era modesto y oscuro. Sus padres eran nobles, aunque se desconoce si lo eran por su linaje o fueron nombrados por sus servicios personales. En su físico no se parecía a ellos. Al menos, una parienta que había asistido a su nacimiento, una mujer pequeña y delgada, dijo cuando cogió al niño en brazos:
—No ha salido como yo imaginaba. Tenía que parecerse a la abuela materna, cosa que habría sido preferible, y ha nacido como dice el refrán: «No se parece ni al padre ni a la madre, sino a un muchacho que pasó por el camino».
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A los lectores les es muy fácil juzgar desde su tranquilo rincón, desde una altura que les deja ver todo el horizonte y otearlo todo cuando las cosas suceden allá abajo, desde donde únicamente se pueden distinguir los objetos más cercanos. En los anales de la historia de la Humanidad muchos son los siglos que el hombre tacharía y destruiría completamente por creerlos inútiles. En el mundo se han cometido muchos errores en los que parece que ahora no incurriría un niño. ¡Qué alejados, estrechos, tortuosos, desviados e infranqueables caminos eligió la Humanidad en su afán de llegar a la verdad eterna, siendo así que delante de ella se le ofrecía abierto un camino recto, parecido al camino que lleva al soberbio edificio destinado a residencia del zar!
Era un camino más ancho y majestuoso que todos los demás, iluminado por el sol, y en él brillaban las luces por la noche, pero las gentes se alejaban de él y se encaminaban hacia las tinieblas. Y en cuantas ocasiones, aunque les orientara el pensamiento venido del cielo, retrocedieron y se desviaron, fueron a parar, en pleno día, a lugares infranqueables, se arrojaron unos a otros una niebla que les cegaba y, siguiendo unos fuegos fatuos, alcanzaron el borde de un abismo para después preguntarse aterrorizados: ¿Dónde está la salida? ¿Dónde está el camino?
Nuestra generación lo ve todo con claridad, le sorprenden los errores, le causa risa la insensatez de sus mayores, sin advertir que esos anales han sido escritos con fuego celestial, que en ellos clama cada letra, que un dedo imperioso le señala por doquier a ella, a la generación actual. Pero nuestra generación se ríe, y arrastrada por el orgullo y la vanidad, empieza una serie de nuevos errores, de los que con el tiempo se reirán asimismo nuestros descendientes.
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Los funcionarios se encontraron en una situación peor que al principio, y llegaron a la conclusión de que no habían logrado averiguar nada respecto a Chichikov. Quedó claramente de manifiesto cómo es el ser humano: es inteligente, sabio, sensato en todo cuanto se relaciona con los demás, pero no en lo que atañe a su propia persona. ¡Qué firmeza y prudencia hay en los consejos que da en los momentos difíciles! «¡Qué mente más lúcida! —exclama la gente—. ¡Qué carácter tan firme!». Pero si, a esa mente lúcida le sucede una desgracia y se encuentra en un caso apurado, desaparece el carácter, el firme varón se turba y se transforma en un infeliz cobarde, en una nulidad, en un débil ser, en un fetiuk, para valernos de la expresión de Nozdriov.
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De súbito, cuando nos viene en gana, fundamos sociedades benéficas, de fomento y yo qué sé de qué clase. El fin será magnífico, pero de todo ello no resultará nada. Quizá sea debido a que desde el principio nos mostramos satisfechos y consideramos que ya está todo realizado. Por ejemplo, se nos ocurre crear una sociedad benéfica para ayudar a los pobres, entregamos respetables sumas y en seguida, para celebrar una acción tan meritoria y digna de encomio, ofrecemos un almuerzo a las primeras autoridades de la ciudad, en el cual se invierte, claro está, la mitad de lo que se ha recaudado. Con lo que queda del dinero se alquila un espléndido piso para el comité, dotado de calefacción y portero. Al final de todo sólo quedan para los pobres cinco rublos y medio, y aun a la hora de distribuirlos surgen discrepancias entre los miembros, ya que cada uno intenta beneficiar a un conocido o recomendado.
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No tiene nada de extraño que ambas damas acabaran quedando convencidas de lo que al principio imaginaban como una simple sospecha. Nosotros, los que nos consideramos inteligentes, actuamos de modo casi idéntico y la prueba de ello la encontramos en nuestros razonamientos científicos. Primero, el sabio se aproxima al asunto como un pillo de siete suelas, comienza tímidamente, con moderación, sigue haciendo la más inocente pregunta: ¿Acaso procede de ahí? Tal país, ¿no habrá recibido su nombre de ese rincón?, o bien: ¿No será este documento de una época más tardía? O bien: ¿No será preciso entender que al hablar de este pueblo en realidad se refieren a tal otro? Cita a éstos y aquéllos escritores antiguos, y en seguida que advierte el más pequeño atisbo, o se imagina advertir un detalle, recobra ánimos, se engalla, comienza a conversar con los escritores antiguos en un plan de confianza, les hace preguntas y él mismo responde por ellos, no acordándose ya de que todo tenía su origen en una débil suposición. Cree verlo así, le parece que todo se ha aclarado, y el razonamiento concluye con estas palabras: «Así es cómo sucedió, es necesario entender que se trata de tal pueblo, desde este punto de vista se debe enfocar el asunto». Después lo grita a todos los vientos desde la cátedra y la verdad acabada de descubrir empieza a circular por el mundo, conquistando adeptos y partidarios.
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En esta casa vivía una íntima amiga de la dama recién llegada. El autor se encuentra con notables inconvenientes para dar nombre a ambas damas sin que después se enojen con él como ya lo hicieron en otros tiempos. Darles un apellido imaginario puede ser peligroso. Cualquier nombre que a uno se le ocurra; por fuerza tiene que aparecer en algún rincón de nuestro imperio —pues no en vano es tan vasto—, y quien lo lleve se enojará en extremo y dirá que el autor se personó allí en secreto a fin de saberlo todo: cómo es, que prefiere comer, que ropas viste y qué casa de Agrafena Ivanovna frecuenta. Y Dios nos libre de nombrarlos por sus títulos, todavía resulta más peligroso. Todos nuestros títulos y estamentos se sienten hoy en día tan enojados que todo lo que leen en un libro impreso cada uno lo interpreta como refiriéndose a su propia persona: se diría que es algo que se masca en el aire. Es suficiente observar que en tal ciudad hay un imbécil para que todo el mundo se dé por aludido. De repente sale un caballero respetable por su apariencia y exclama: «¡Yo también soy una persona, entonces también soy imbécil!». En resumen, que inmediatamente adivina de qué se trata.
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En cierta ocasión, al volver a la posada, halló una carta encima de la mesa. No fue posible averiguar de dónde procedía ni quién la había traído; el mozo de la posada le contó que quien la trajo había dicho que no quería que se supiera nombre.
La carta comenzaba con una categórica afirmación: «¡Tengo que escribirte!». Después decía que una misteriosa afinidad existía entre sus almas; esta verdad aparecía respaldada por una serie de puntos que llenaban casi medio renglón. A continuación seguían unas reflexiones, tan notables como justas, y creemos de obligación exponerlas: «¿Qué es la vida? Un valle en el que el sufrimiento encuentra cobijo. ¿Qué es este mundo? Una multitud de personas que no sienten». La autora de la carta recordaba seguidamente que sus lágrimas mojaban las líneas escritas por su amante madre, quien hacía ya veinticinco años que había marchado de este mundo para siempre. Chichikov era invitado a retirarse al desierto, a abandonar definitivamente la ciudad, donde las gentes viven en medio de asfixiantes vallas que no permiten el paso del aire. El final de la carta era de una espantosa desesperación y acababa con los versos que siguen:
Dos tórtolas te enseñarán
mis cenizas heladas,
y con triste arrullo te dirán:
ella murió bañada en lágrimas.
A pesar de que el último verso no estaba bien medido, eso carecía de importancia. La carta se ajustaba por entero al espíritu de su tiempo. En ella no se veía ninguna firma: ni nombre, ni apellido, ni tan siquiera se indicaba mes o fecha. En el post scriptum se agregaba solamente que su propio corazón debía adivinar quién era la autora y que en el baile ofrecido por el gobernador, que se celebraría al día siguiente, podría encontrar el original. Todo esto le intrigó sobremanera. En el anónimo había tantas cosas que excitaban su curiosidad, que volvió a leer la carta, nuevamente la leyó por tercera vez y por último dijo:
—¡Querría saber quién la ha escrito!
(...)
Hasta entonces las damas no habían hablado mucho de Chichikov, aunque, eso sí, le hacían plena justicia por lo que respecta a su agradable trato social. Pero en seguida que comenzaron a circular rumores sobre sus millones, hallaron en él otras cualidades. Sin embargo, no es que las damas fueran interesadas; la culpa la tenía la palabra «millonario» y no el propio millonario, sino precisamente la palabra, en la que, además del talego de oro, suena algo que tiene tanto poder sobre los miserables, como sobre los que no son ni carne ni pescado, como sobre los hombres buenos: en resumen, que tiene poder sobre todos. El millonario posee la ventaja de que puede contemplar la vileza totalmente desinteresada, la vileza pura, que no está basada en el cálculo: son numerosísimos los que saben muy bien que nada recibirán de él y que no tienen derecho alguno a recibirlo, pero forzosamente saldrán a su encuentro, sonreirán, se descubrirán, harán que se les invite a una comida a la que saben que acudirá el millonario. No se puede afirmar que las damas experimentaran esa tierna disposición hacia la ruindad. Sin embargo, en más de un salón se dijo que Chichikov, claro, aun no siendo guapo, era como un hombre tiene que ser, ni muy delgado ni muy gordo, lo cual no quedaría bien. Se aprovechó la ocasión para pronunciar unas cuantas palabras ofensivas sobre los flacos, de los que se aseguró que guardaban mucho parecido con un mondadientes y que no tenían nada de hombres.
(...)
Otra suerte, otro destino espera al escritor que se atreve a sacar a la superficie todo cuanto a cada instante se nos presenta ante nuestros ojos y que, llenos de indiferencia no ven todo el horrible y espantoso cúmulo de pequeñeces que rodean nuestra vida, todo el abismo de los caracteres fríos y desgarrados que vemos diariamente, que tan abundantes son en esta tierra nuestra, nuestro camino en ocasiones aburrido y amargo, y que con la ruda fuerza del inexorable cincel los presenta vivamente, con todo relieve, a la contemplación de los humanos. No llevará tras sí los aplausos de la muchedumbre, no verá lágrimas de gratitud ni el unánime entusiasmo de las almas a las que haya logrado conmover. No se precipitará a su encuentro la jovencita de dieciséis años, movida por un impulso heroico. No se adormecerá en el plácido encanto de los sones que él mismo ha arrancado. No eludirá, por último, el juicio frío e hipócrita de sus contemporáneos, que llamarán mezquinas y ruines las obras que él creó con tanto cariño, le arrinconarán en el detestable zaguán destinado a los escritores que ofenden a la Humanidad, le atribuirán las cualidades que caracterizan a los personajes modelados por él mismo, y negarán el corazón, el alma y el fuego divino del talento.
Pues el tribunal de los contemporáneos se niega a admitir como igualmente prodigiosas las lentes que se utilizan para la contemplación de los soles y las que nos muestran los movimientos de apenas perceptibles insectos. Asimismo se niega a admitir que se necesita un alma muy elevada para transformar en una perla de la creación el cuadro tomado de la vida miserable. También se niega a admitir que la risa entusiasta y fuerte merece figurar a idéntica altura que el impulso lírico, y que media un tremendo abismo entre esa risa y las muecas del histrión de las barracas de feria. Igualmente se resiste a admitir todo esto; lo transformará todo en insultos y reproches para el escritor incomprendido. Sin nadie que sienta como él ni se haga eco de su voz, sin un solo ademán de simpatía, como el viajero que carece de familia, se encontrará solo en medio del camino. Ardua es su empresa y experimentará con amargura el peso de su soledad.
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¡A qué grado de mezquindades, a qué minucias y bajezas puede llegar a caer el hombre! ¡Hasta qué punto puede transformarse! ¿Tiene esto visos de verdad? Sí que lo tiene, todo le puede suceder al hombre. El que hoy es un impetuoso joven se quedaría horrorizado si contemplara el retrato de lo que será en su vejez. Llevaos con vosotros todos los impulsos humanos cuando salgáis de los fáciles años de la juventud para entrar en la severa virilidad que todo lo endurece. Lleváoslo, no los abandonéis en el camino. ¡Después no os será posible recuperarlos! ¡La vejez que os aguarda, horrible y temible, jamás devuelve nada! Más compasiva que la vejez es la sepultura, en ella se escribirá: «Aquí han enterrado a un hombre», pero nada se puede leer en los insensibles y fríos rasgos de la inhumana vejez.
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Pero la hacendosa ama de casa murió. Una parte de las llaves pasaron a sus manos, y junto con ellas una serie de pequeñas preocupaciones. Plushkin se volvió más inquieto y, como les ocurre a todos los que se han quedado viudos, sus recelos y su avaricia fueron en aumento. En su hija mayor, Alexandra Stepanovna, no podía confiar por completo, y no le faltaba razón, pues no tardó mucho en fugarse con un subcapitán de cierto regimiento de Caballería, casándose con él a toda prisa en una iglesia de pueblo, ya que sabía muy bien que su padre detestaba a los oficiales. Tenía la peregrina idea de que todos los militares eran derrochadores y amantes del juego. El padre la maldijo, pero no se preocupó de ir en su busca. La casa se quedó entonces todavía más vacía. El propietario acusó una tendencia más clara a la avaricia y entre sus ásperos cabellos comenzaron a surgir canas, fieles compañeras de la tacañería. Despidió al profesor francés, ya que el hijo llegó a la edad de ingresar en el servicio público. También despidió a la institutriz, pues resultó que estaba complicada en el rapto de Alexandra Stepanovna. El hijo, enviado a la capital de la provincia para que se adiestrara en la Cámara, según el decir del padre, a una tarea importante, en lugar de esto se alistó en un regimiento y después le escribió, cuando todo estaba consumado, pidiéndole dinero para el equipo. No es nada de extrañar que en lugar de dinero recibiera lo que entre las gentes de pueblo se suele llamar una higa.
Por último murió la hija menor, que se había quedado con él en casa, y el viejo se convirtió a partir de entonces en el único guardián, custodio y dueño de sus riquezas. La soledad en que habitaba ofreció pasto en abundancia a su avaricia, la cual, como todo el mundo sabe, tiene un hambre de lobo, y a medida que devora más va creciendo. Los sentimientos humanos, que ya por naturaleza no eran en él demasiado profundos, decrecían constantemente, y cada día que pasaba se perdía algo en aquella ruina
(...)
En resumen, todo resultaba grato como cuando la Naturaleza y el Arte se hallan unidos; como cuando sobre el trabajo del hombre, en ocasiones acumulado sin sentido, se desliza para dar el último toque la cuchilla de la Naturaleza y aligera las pesadas masas, echa por tierra la burda simetría y los míseros vacíos, a cuyo través asoma el plan desnudo, que nada calla, confiriendo un maravilloso color a todo lo que había sido creado en el frío de la exagerada perfección.
(...)
Al término remendado le agregó otro muy acertado, pero que no se emplea en sociedad, y debido a ello lo omitimos. No obstante, debemos suponer que esa palabra venía muy a propósito, pues Chichikov continuó riendo cuando el campesino había desaparecido de su vista y llevaban recorrido un gran trecho. ¡Al pueblo ruso le gustan las expresiones fuertes! Y si le imponen a uno un mote, lo heredarán sus descendientes, le acompañará a la oficina, continuará con él una vez se haya retirado, cargará con él en San Petersburgo e incluso en el fin del mundo. Y por más que se las ingenie intentando ennoblecer ese epíteto, a pesar de que pague a escritorzuelos para que lo hagan proceder de una antigua casta de príncipes, da igual: su apodo proclamará gritando a los cuatro vientos, con su garganta de cuervo, cuál es la procedencia del pájaro. La palabra que da en el blanco, aunque pronunciada de viva voz, nadie puede borrarla, igual que la palabra escrita. Y siempre es acertado lo que salió de las entrañas de Rusia, donde no se encuentran gentes alemanas, ni finlandesas, ni de ninguna otra procedencia, sino que vive el elemento nativo, lo genuinamente ruso, que no va buscando palabras, que no las empolla como la clueca a sus huevos, sino que las suelta igual que las piensa, como un documento de identidad, sin que sea menester añadir nada más, ni describir cómo tiene uno la nariz o la boca. ¡Basta una pincelada para que quede uno dibujado de arriba abajo!
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Pero nuestro protagonista era hombre de alguna edad, y estaba dotado de un carácter prudente y frío. También él permaneció meditabundo, pero sus pensamientos fueron muy positivos, no había en ellos nada de vaguedad, y hasta en cierto modo eran unas ideas sólidamente fundadas.
«¡Qué maravillosa mujercita! —se decía para sus adentros mientras abría la tabaquera y tomaba una pulgada de rapé—. Sin embargo, ¿qué es lo mejor que posee? Por lo que parece, ha salido recientemente de un pensionado o instituto; no tiene nada de mujer, es decir, nada de eso que precisamente resulta en las mujeres más grato. Ahora es como una niña, en ella nada es complicado, dice lo que piensa y ríe cuando le apetece. Con ella es posible hacer todo cuanto se quiera, puede llegar a convertirse en una maravilla, o puede resultar un guiñapo, ¡y resultará un guiñapo! Será suficiente que la cojan por su cuenta la mamaíta y las tiítas. En escasamente un año la llenarán de toda clase de ideas de mujer hasta el extremo de que ni su propio padre logrará conocerla. Así surgirán en ella la presunción y la altivez, comenzará a moverse de acuerdo con instrucciones aprendidas de memoria; la atormentarán los quebraderos de cabeza, preguntándose con quién, cuándo y cómo se debe hablar, y cómo se debe mirar a cada cual; constantemente estará temiendo hablar más de la cuenta; llegará a hacerse una confusión con todo y acabará mintiendo siempre. ¡El diablo sabe cómo terminará!».
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No obstante, aquel barullo atrajo a los campesinos de una aldea felizmente cercana. Como un espectáculo de tal categoría es para el campesino una bendición de Dios, algo semejante a lo que para el alemán representa el periódico o el club, poco después se habían concentrado en gran número en torno a los carruajes, hasta el punto de que en la aldea únicamente quedaron las viejas y los niños pequeños.
Al fin soltaron los tirantes. Varios golpes que recibió el blanco en el morro le obligaron a retroceder. En resumen, los separaron. Pero sea por la indignación que experimentaban los demás caballos al ver que los separaban de sus amigos, sea por simple estupidez, la cuestión es que por más que el cochero les arreara con el látigo, permanecían como clavados, sin avanzar un solo paso.
El interés de los campesinos aumentó hasta extremos inconcebibles. Los consejos se sucedían, todos intentaban meter baza
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«De no haber aparecido muy oportunamente el capitán de policía —pensaba—, tal vez allí mi existencia habría llegado a su fin. Habría desaparecido de igual modo que desaparece una burbuja en el agua, sin dejar huella de su paso, ni descendencia, sin ver a mis futuros hijos, ni a mi fortuna ni un apellido decente». Pues nuestro protagonista sentía gran preocupación por su descendencia y porvenir.
«¡Qué señor tan repugnante! —se decía Selifán—. Es el primero que veo como él. Se merece que le escupiera en la cara. A la persona no le des comida si no quieres, pero al caballo tienes la obligación de alimentarlo, puesto que a él le gusta la avena. Es su alimento. La avena representa para él lo que la comida para nosotros: es su sustento».
Los caballos parecían asimismo haber sacado no muy buena impresión de Nozdriov. No sólo «Asesor» y el bayo estaban de mal humor, sino también el blanco. A pesar de que a él le tocaba la peor ración de avena y Selifán se la arrojaba al pesebre exclamando: «¡Come, miserable!», lo que le echaba era avena, y no simple heno: la comía con sumo agrado y muchas veces introducía su largo morro en el pesebre de sus compañeros para probar lo que les habían dado a ellos, especialmente cuando Selifán se había ausentado de la cuadra. Pero en esta ocasión no les habían dado más que heno… Eso no estaba nada bien. Se veía claramente lo descontentos que estaban todos.
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—¿Y para qué quiere usted la relación? —preguntó Manilov después que el administrador hubo salido.
Esta pregunta pareció confundir al invitado. En su rostro apareció una expresión de violencia e incluso se le subieron los colores a la cara. Era la violencia de quien ofrece resistencia a decir algo. Y efectivamente, Manilov pudo escuchar unas cosas tan raras y extraordinarias como jamás habían escuchado sin duda oídos humanos.
—¿Desea usted saber el motivo? Pues bien, el motivo es que me gustaría comprar campesinos… —dijo Chichikov, quien, hecho un lío, dejó la frase sin terminar.
—Permítame —prosiguió Manilov—, ¿en qué forma quiere comprar los campesinos, con sus tierras o sencillamente las personas, o sea sin cultivos?
—No. No se trata precisamente de campesinos —replicó Chichikov—. Lo que yo pretendo son sólo los muertos.
—¿Cómo? Perdóneme, no tengo el oído muy fino y he creído oírle decir algo muy extraño.
—Mi intención —explicó Chichikov— es comprar muertos, pero que en la relación del censo consten como vivos todavía.
Manilov dejó caer la pipa y así, boquiabierto, permaneció durante un buen rato. Ambos amigos, que anteriormente habían charlado acerca de los placeres de una vida presidida por los lazos de la amistad, se quedaron inmóviles, mirándose fijamente el uno al otro, de igual modo que esos retratos que en otros tiempos se ponían frente a frente a ambos lados del espejo. Por último Manilov volvió a coger su pipa, y miró al invitado de la cabeza a los pies, esperando ver en sus labios una sonrisa irónica, con la convicción de que se trataba de una broma. Pero no vio nada de esto, por el contrario, le pareció que el rostro de Chichikov estaba aún más serio de lo que solía. Después pensó si su invitado habría perdido el juicio, y con cierto temor le miró con atención. Pero los ojos y el aspecto del invitado eran totalmente normales. No se advertían en él ese brillo inquieto y salvaje que tiene la mirada de un loco. En él todo era correcto y normal. Por más que Manilov reflexionara acerca de lo que debía hacer, no se le ocurrió otra cosa que lanzar en fino chorrito el humo que le quedaba aún en la boca.
—Así pues, me gustaría saber si usted ve algún inconveniente en cederme, entregarme o como usted quiera, los campesinos que en realidad están muertos pero que a efectos fiscales se consideran todavía como vivos.
Sin embargo, Manilov se hallaba tan confuso, tan turbado, que sólo era capaz de mirarle fijamente.
—Creo que hay para ello algún inconveniente… —observó Chichikov.
—¡Oh, no, no, no veo dificultad alguna! —replicó Manilov—. Lo que pasa es que no alcanzo a comprender… Perdóneme… Por supuesto que a mí no me dieron una instrucción tan brillante como la que se advierte claramente en todos sus gestos. Carezco del elevado arte de expresarme… Tal vez en este momento… en lo que acaba usted de decir… hay algo que no llego a entender. ¿No escogió usted las palabras adecuadas para que la frase resultara más bella?
—No —contestó Chichikov—. No, yo hablo de las cosas tal como son, es decir, me refiero a las almas que realmente han muerto.
Manilov llegó al colmo de la confusión. Se daba cuenta de que debía hacer algo, preguntar algo, pero el diablo sabía qué era lo que debía preguntar. Acabó por lanzar otro chorrito de humo, pero esta vez no por la boca, sino por la nariz.
—Así, pues, si no encuentra usted inconveniente, podríamos proceder ahora mismo a redactar la escritura de compra —dijo Chichikov.
—¡Cómo! ¿Una escritura de compra de almas muertas?
—¡Oh, no! —contestó Chichikov—. En ella figurará que están vivos, tal como consta en la relación del Registro. Estoy acostumbrado a no salirme nunca de lo que mandan las leyes, a pesar de que esto me representó graves quebrantos en el ejercicio de mi cargo. Pero tiene que perdonarme, el deber es sagrado para mí. Ante la ley enmudezco
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Llevaban ya más de ocho años de matrimonio, pero continuaban ofreciéndose un pedazo de manzana, una almendra, un dulce, diciendo con voz enamorada y conmovedora que denotaba el más perfecto amor:
—Abre la boquita, corazón mío, cómete este pedacito.
Se entiende que la boquita se abría, y además de una manera muy graciosa. En los cumpleaños se preparaban sorpresas el uno al otro, por ejemplo, una pequeña fundita bordada con abalorios que servía para guardar el mondadientes. Y con mucha frecuencia, en momentos en que estaban sentados en el sofá, de pronto, el uno abandonaba su pipa y la otra su labor, suponiendo que entonces la tuviera en la mano, y se daban un beso tan dulce e interminable que durante el tiempo en que permanecían besándose, cualquiera habría podido fumarse sobradamente un cigarrillo. En resumen, eran realmente felices. Bien es cierto que se podía advertir que en una casa hay muchos otros quehaceres aparte de los prolongados besos y de las sorpresas, y que cabía la posibilidad de hacer numerosas preguntas. Así por ejemplo, ¿por qué se cocinaba tan sin ton ni son? ¿Por qué la despensa se hallaba medio vacía? ¿Por qué el ama de llaves era una ladrona? ¿Por qué todos los criados eran borrachos y extraordinariamente sucios? ¿Por qué la servidumbre entera se pasaba durmiendo todo el santo día, y si estaban despiertos, permanecían sin dar golpe?
Pero estas pequeñeces eran cosas mezquinas, y la dueña de la casa había recibido una especial educación. Bien sabemos que la buena educación se recibe en los pensionados. Y en todos, ellos por lo regular, se enseñan tres asignaturas que son la base de las virtudes del ser humano: un idioma, imprescindible para la felicidad de la vida de sociedad; el piano, gracias al cual el marido podía disfrutar de algunos momentos muy gratos, y, por último, la parte que se relaciona directamente con la economía del hogar, es decir, las labores de punto, que permiten confeccionar bolsitas y otras sorpresas.
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Petrushka no respondía ni media palabra y en seguida procuraba hacer cualquier cosa, se dirigía con el cepillo en la mano hacia el frac de su señor, colgado en la percha, o recogía lo primero que encontraba. Se ignora lo que pensaba en esas ocasiones; tal vez se dijera para sus adentros: «¡Pues tú sí que estás bueno! Jamás te cansas de repetir cincuenta veces lo mismo». Dios sabrá; es harto difícil indagar lo que un criado está pensando mientras su señor le reprende. Así, pues, esto es todo lo que por ahora podemos decir sobre Petrushka.
Selifán, el cochero, era el polo opuesto… Pero al autor le ruboriza su empeño en distraer a los lectores por tanto tiempo con personas de tan baja condición, sabiendo sobradamente por experiencia cuán reacios son a conocer nada de las clases inferiores. El ruso es así: en él prevalece la pasión por aproximarse a todo el que ocupe aunque sólo sea un peldaño más arriba en la escala social, y prefiere conocer superficialmente a un conde o a un príncipe que entablar cualquier íntima amistad. El autor hasta llega a tener sus temores por lo que respecta a nuestro héroe, que no es más que un consejero colegiado. Quizá los consejeros palatinos no opongan resistencia a entablar conocimiento con él, pero los que han llegado al grado de general, quién sabe, acaso le dediquen una de esas miradas de desprecio que se dirigen con altivez a todo cuanto se arrastra a nuestros pies, o lo que es más grave todavía, quizá pasen de largo con una indiferencia que sería fatal para el autor.
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Al delgado, antes de tres años no le queda ya ni un solo siervo a quien no haya llevado al Monte de Piedad. El obeso, con toda tranquilidad, cuando uno lo advierte, ha adquirido en las afueras de la ciudad una casa, la cual pone a nombre de su esposa, después compra otra en otro extremo de la ciudad, a continuación una pequeña finca y finalmente una espaciosa granja con todos sus campos y bosques.
Por último, tras servir a Dios y al azar, merecedor del aprecio general, el obeso pide el retiro, se marcha al campo y se convierte en propietario, en uno de esos terratenientes rusos, tan hospitalarios, y vive, vive muy bien, por añadidura. Más tarde, sus delgados herederos, de acuerdo con la costumbre rusa, derrochan rápidamente la completa totalidad de los bienes paternos.
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Cuando penetró en la sala, Chichikov se vio obligado a entornar los ojos por un momento, deslumbrado por el resplandor de las lámparas, las bujías y los vestidos de las damas. La luz lo inundaba todo. Los fraques negros pasaban y repasaban solos o en grupos, aquí y allá, de igual modo que las moscas revolotean sobre un blanco pilón de azúcar en los calurosos días de julio, cuando la vieja ama de llaves lo corta en perfilados terrones frente a la ventana abierta, cuando todos los chiquillos, agrupados en torno a ella, siguen con curiosidad los movimientos de sus ligeras manos que sujetan el aparato, y los aéreos escuadrones de moscas, alzados por el viento, penetran osadamente, como dueñas y señoras, y aprovechándose de la ceguera de la vieja, a resultas de los años y del sol que la deslumbra, se precipitan sobre los deliciosos terrones, bien por separado, bien en nutridos grupos. Saturadas tras el exuberante verano, que por sí solo les ofrece deliciosos platos, no entran con objeto de comer, sino sólo para dejarse ver, para ir y venir por el pilón de azúcar, para restregarse una contra otra sus patas delanteras o traseras, o para frotarse las alas entre ellas, o para, estirando las patas delanteras, restregárselas sobre la cabeza, dar la vuelta y emprender el vuelo para regresar de nuevo formando otros enojosos escuadrones.
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Nuestro paseante se dejó caer también por el jardín público, formado por unos raquíticos arbolitos que no habían prendido bien, sostenidos por unos rodrigones triangulares bellamente pintados de verde al aceite. Sin embargo, a pesar de que dichos arbolitos no eran más altos que un bastón, de ellos se había hablado en los periódicos, con motivo de unas iluminaciones, diciendo que «nuestra ciudad ha sido embellecida, gracias a los desvelos de las autoridades, con un jardín de gruesos y tupidos árboles, que dan sombra en los días de mucho calor», y que «era conmovedor contemplar cómo los corazones de los ciudadanos palpitaban llenos de agradecimiento y cómo manaban de sus ojos lágrimas a raudales, como muestra de gratitud al señor alcalde».
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En resumen, igual que en todas las fondas, con la sola diferencia de que en uno de aquellos cuadros figuraba una ninfa con unos senos como no cabe duda jamás vio el lector. Por lo demás, tal capricho de la naturaleza se puede contemplar en diversos cuadros acerca de temas históricos traídos a Rusia nadie sabe cuándo, de dónde ni por quién, a veces incluso por nuestros próceres, entusiastas de las artes, que los compraron atendiendo el consejo de los cocheros que los acompañaban.
Almas muertas - Nikolái Gógol