miércoles, 3 de junio de 2020

—Estoy aquí por mi apellido. Pero en los salones franceses aborrecen el pensamiento. No debe ir más allá de la agudeza que remata una estrofa de vodevil, y entonces lo premian. Pero al hombre que piensa, si tiene energía y salidas nuevas, lo llaman aquí cínico. ¿No fue así como uno de sus jueces llamó a Courier[43]? Lo metieron ustedes en la cárcel, igual que a Béranger[44]. Todo lo que vale algo aquí por inteligente, la Congregación se lo echa a la policía correccional; y la buena sociedad aplaude.
»Y es que esta sociedad suya envejecida valora por encima de todo las conveniencias… Nunca irán más allá de la valentía militar; tendrán hombres como Murat, pero nunca hombres como Washington. No veo en Francia sino vanidad. Un hombre que inventa según habla llega con facilidad a un arranque imprudente y el dueño de la casa piensa que lo ha deshonrado.

Rojo y negro - Stendhal

martes, 2 de junio de 2020

—¡Es usted muy joven! —contestaba Altamira—. Le estaba diciendo que tengo una hermana casada en Provenza; todavía es bonita, y es buena, dulce, una excelente madre de familia que cumple con todos sus deberes, piadosa, pero no beata.
«¿Dónde quiere ir a parar?», pensaba la señorita de La Mole.
—Es feliz —siguió diciendo el conde Altamira—; lo era en 1815. Estaba yo entonces escondido en su casa, en su finca próxima a Antibes; bien, pues, cuando se enteró de la ejecución del mariscal Ney, ¡se puso a bailar!
—¿Será posible? —dijo Julien, aterrado.
—Es el espíritu de partido —siguió diciendo Altamira—. Ya no quedan pasiones auténticas en el siglo XIX; por eso la gente se aburre tanto en Francia. Se cometen las mayores crueldades, pero sin crueldad.
—Peor me lo pone —dijo Julien—; cuando se cometen crímenes al menos hay que disfrutar al cometerlos; solo tienen eso de bueno e incluso solo es posible justificarlos por esa razón.
La señorita de La Mole, olvidada por completo de sus obligaciones para consigo misma, se había situado casi por completo entre Altamira y Julien. Su hermano, que le daba el brazo, acostumbrado a obedecerla, miraba hacia otro lado del salón y, para guardar las formas, fingía que no lo dejaba pasar el gentío.
—Tiene razón —decía Altamira—; lo hacemos todo sin disfrutar de ello y sin recordarlo, incluso los crímenes. Puedo señalarle en este baile hasta diez hombres que se condenarán, por asesinos. Ya no se acuerdan ni el mundo tampoco

Rojo y negro - Stendhal

lunes, 1 de junio de 2020

—Usted, caballero, que lleva aquí todo el invierno —le dijo ella—, ¿no es cierto que este baile es el más bonito de la temporada?
Él no contestaba.
—Esta cuadrilla de Coulon me parece admirable, y esas señoras la bailan de forma perfecta.
Los jóvenes se volvieron para ver quién era el feliz mortal a quien se le quería sacar a toda costa una respuesta. No fue alentadora la tal respuesta.
—No puedo ser buen juez, señorita; me paso la vida escribiendo; es el primer baile así de magnífico que he visto.
Los jóvenes de bigote se quedaron escandalizados.
—Es usted un sabio, señor Sorel —prosiguió ella con un interés más marcado—; ve todos estos bailes, todas estas fiestas, como un filósofo, como J.-J. Rousseau. Estas locuras le asombran sin seducirlo.

Rojo y negro - Stendhal