martes, 31 de mayo de 2022

—¿Tiene usted un interés especial por esa muchacha? —preguntó el fiscal. —En cierto modo, sí —contestó Geissler—. O quizá sobre todo por el hombre. —¿Ha servido también en su casa la muchacha? —No, él no ha servido en mi casa. —Bueno, usted se refiere al hombre. Pero ¿y la joven? Ella es la que atrae la compasión del tribunal. —No, ella no ha servido en mi casa. —El hombre es más sospechoso —dijo el fiscal—. El que vaya completamente solo a enterrar el cuerpo del niño en el bosque resulta, como digo, sospechoso. —Supongo que simplemente quería enterrarlo —señaló Geissler—, ya que no se había hecho. —Bueno, ella era una mujer y no tenía las fuerzas de un hombre para cavar. Y en su estado mental no logró hacer nada más. En general —dijo el fiscal—, hemos desarrollado unos criterios más humanos sobre esta clase de infanticidios. Si fuera jurado, no me atrevería a condenar a esa joven, y teniendo en cuenta su situación, no me atreveré a pedir su condena. —¡Cuánto me alegra oírlo! —dijo Geissler con una inclinación de la cabeza. El fiscal prosiguió: —Como ser humano y persona particular iría aún más lejos: no condenaría a una sola madre soltera que hubiera matado a su hijo. —Es interesante —comentó Geissler— que el señor fiscal y la señora que ha prestado hoy su testimonio estén tan de acuerdo. —¡Ah, ella! Por cierto, habló bien. Pero ¿para qué sirven las condenas? Las madres solteras han sufrido por anticipado tantos tormentos, encontrándose en unas condiciones tan inhumanas por culpa de la dureza y la brutalidad del mundo, que ya han recibido bastante castigo. Geissler se levantó y dijo para concluir: —Pero también están los niños. —Sí —contestó el fiscal—. Lo de los niños es muy triste. Pero al fin y al cabo tal vez sea una bendición de Dios. A esos niños ilegítimos… ¿cómo les va en la vida? Tal vez Geissler quería tomar un poco el pelo a ese hombre rechoncho, o a lo mejor quería mostrarse misterioso y profundo, pues dijo: —Erasmo era hijo ilegítimo. —¿Erasmo? —Erasmo de Rotterdam. —Ah, sí. —Leonardo era hijo ilegítimo. —¿Leonardo da Vinci? Ah, sí, bueno, siempre hay excepciones que confirman la regla. ¡Pero por lo general…! —Protegemos a los pájaros y a los animales —prosiguió Geissler—. Por eso me parece un poco extraño que no se proteja a los recién nacidos. El fiscal cogió muy dignamente unos papeles del escritorio, señal de que tenía que interrumpir la conversación. —Pues sí —dijo, distraído. Geissler le dio las gracias por una conversación tan instructiva, y se marchó.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

lunes, 30 de mayo de 2022

Todo se nubló ante los ojos de Leopoldine, veía algo rojo y extraño, y el suelo desapareció bajo sus pies, mientras el dependiente Andresen hablaba como desde lejos: —¿No tienes tiempo? —No —contestó ella. Solo Dios sabe cómo la muchacha consiguió arrastrarse hasta la cocina. Su madre la miró y preguntó: —¿Qué te pasa? —Nada.
Conque nada. Pero ya le había llegado el turno a Leopoldine de alterarse, de iniciar su ciclo. Era apta para ello, de piernas largas, guapa y recién confirmada. Sería una buena víctima. En su joven pecho vibra un pájaro, sus largas manos son como las de su madre, llenas de ternura, llenas de sexo femenino. ¿No sabía bailar? Sí, sabía bailar. Era un milagro que hubiese aprendido, pero también aprendían en Sellanrå. Sivert sabía bailar, Leopoldine sabía bailar, un baile creado en aquellas tierras solitarias, una danza local con muchas influencias de bailes populares noruegos y escoceses, mazurca y vals. Y ¿por qué no iba Leopoldine a acicalarse, enamorarse y soñar despierta?

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
¡Qué cosa, ese devocionario! ¡Como una guía! ¡Como un brazo sobre los hombros! Cuando Inger se había perdido cogiendo bayas en el bosque, encontró el camino a casa gracias al recuerdo de la alcoba y el devocionario. Ahora estaba de nuevo sumisa y devota. Recuerda aquellos tiempos lejanos en que al pincharse el dedo cosiendo decía: ¡Diablos! Lo había aprendido de sus compañeras en la gran mesa de costura. Ahora, cuando se pincha el dedo y sangra, se lo chupa en silencio. Se requiere un gran afán de superación para llegar a tal conversión. E Inger fue aún más lejos en ese sentido. Cuando todos los obreros se habían marchado, el establo de piedra estaba terminado y Sellanrå estaba de nuevo silenciosa y tranquila, Inger tuvo una crisis, lloró mucho y lo pasó muy mal. No echaba a nadie más que a ella misma la culpa de su desesperación, dando muestras de una profunda humildad. Ojalá hubiera podido hablar con Isak para aliviar su pena, pero eso no lo hacía nadie en Sellanrå, no se hablaba de sentimientos y no se confesaba nada. Así pues, se esmeraba mucho al avisarlo para las comidas, se acercaba hasta él en lugar de llamarlo desde la puerta, y por las noches repasaba la ropa de su marido, cosiendo los botones que faltaban. Pero Inger fue aún más lejos. Una noche se incorporó en la cama y le dijo a su marido: —¡Isak! —¿Qué pasa? —pregunta él. —¿Estás despierto? —¿Sí? —No es nada —dice Inger—. Pero no me he portado bien. —¿Qué? —pregunta Isak sin querer, incorporándose él también. Continuaron charlando en la cama, ella es, al fin y al cabo, una mujer sin par, con un gran corazón: —No me he comportado contigo como debía —dice ella—. ¡Me duele tanto! Esas sencillas palabras emocionan a Isak, emocionan al cavernícola, que quiere consolarla, no sabe de qué se trata, solo sabe que no hay nadie como ella: —No llores por eso —dice Isak—. Nadie es perfecto. —Bueno —contesta ella, agradecida. Ay, este Isak tenía siempre una visión muy sana de las cosas, las enderezaba cuando se torcían. ¿Quién de nosotros es perfecto? Tenía razón ese Dios del corazón, el que sigue siendo Dios y se lanza a la aventura, el indómito, un día lo vemos meciéndose en un montón de rosas relamiéndose los labios y al día siguiente se ha clavado una espina en el pie y se la saca con desesperación en el semblante. Y ¿se muere por eso? En absoluto, sigue tan sano como antes. ¡Faltaría más que se muriera por eso!

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
—Esperábamos encontrarlo en la granja —dijo uno de los señores. —Los señores no me habían avisado —contestó Geissler—. De haberlo sabido, habría estado aquí. —Está bien, ¿y nuestro trato? —preguntaron. ¿Estaría Geissler dispuesto a aceptar una oferta razonable? No le ofrecerían todos los días quince o veinte mil coronas, ¿no? Esta nueva alusión ofendió profundamente a Geissler. ¡Vaya maneras! Ahora bien, seguramente los señores no hablarían de esa manera de no estar tan irritados, y Geissler no se habría puesto instantáneamente blanco si antes no hubiera estado en algún lugar poniéndose rojo. En ese momento palideció y contestó con frialdad: —No quiero insinuar lo que podrían pagar a los señores, pero sí sé lo que yo deseo recibir. No quiero escuchar más tonterías sobre el monte. Mi precio sigue siendo el mismo de ayer. —¿Un cuarto de millón de coronas? —Eso es.
Los señores subieron a sus caballos.
—Le diré una cosa, Geissler —anunció uno de ellos—: ¡subiremos a veinticinco mil! —Sigue usted bromeando —contestó Geissler—. Yo, en cambio, le propongo algo completamente en serio: ¿Quieren ustedes vender su pequeña parcela de mina? —Sí —contestaron los señores, pillados por sorpresa. —Pues yo se la compro —señaló Geissler.
¡Ay, ese Geissler! La granja al completo estaba escuchándolo, toda la gente de Sellanrå, los albañiles, los señores y los mensajeros, tal vez no lograra reunir el dinero para el trato, pero eso solo Dios lo sabía, ¿quién podía entender a Geissler? Con sus escuetas palabras consiguió al menos crear cierta revolución entre los señores. ¿Era una artimaña? ¿Pretendía aumentar el valor de su monte con esa maniobra?
Los señores se quedaron meditando unos instantes, luego susurraron algo entre ellos y volvieron a bajarse de los caballos. Entonces intervino el ingeniero, aquello estaba tomando un rumbo muy lamentable, al parecer él tenía poder, tal vez también autoridad. Toda la gente de la granja lo estaba escuchando. —¡No vendemos! —dijo. —¿Ah, no? —preguntaron los señores. —No.
Susurraron otro poco, y esta vez subieron en serio a los caballos. —¡Veinticinco mil! —gritó uno de ellos. Geissler no contestó, se alejó y se fue otra vez a charlar con los albañiles.
Así transcurrió la última reunión.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
¡Desde luego, Geissler no iba a ser menos que un ingeniero en el monte! —Me han dicho que tienes una segadora, y ahora te traigo una rastrilladora —dice, señalando la carga que trae en el carro. Allí estaba, roja y azul, un inmenso peine, un rastrillo para enganchar al caballo. La descargaron del carro y se pusieron a estudiarla. Isak se enganchó a ella para probarla en el prado. No era de extrañar que se quedara boquiabierto. ¡Últimamente se acumulaban los milagros en Sellanrå!
Hablaron del monte de cobre y de la compañía minera. —Preguntaron mucho por usted —dijo Isak. —¿Quién? —El ingeniero y todos los señores. Decían que tenían que encontrarlo. ¿Acaso Isak exageraba? Geissler hizo un gesto arrogante con la cabeza y dijo: —¡Si quieren algo de mí, aquí estoy!

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

domingo, 29 de mayo de 2022

A Aksel le quedan ya muy pocas fuerzas, las piernas empiezan a fallarle. Resulta extraño, pues hasta entonces su movilidad iba mejorando, conforme el calor volvía a sus articulaciones, pero curiosamente ahora necesita a Brede para mantenerse en pie. Al parecer, empezó a flaquear cuando Oline se puso a hablar del jornal y, como volvió a salvarle la vida, se encontró de repente muy mal. ¿Quería de nuevo Aksel menoscabar la hazaña de la mujer? Solo Dios lo sabe, pero al parecer el cerebro de Aksel se había puesto en marcha de nuevo. Cuando se encontraban ya muy cerca de la casa, Aksel se detiene y dice: —¡Ay, creo que no voy a poder llegar! Brede se lo carga a la espalda. Así prosiguen, Oline llena de veneno, Aksel a la espalda de Brede. —¿Qué pasó? —pregunta Oline—. ¿No estaba encinta Barbro? —¿Encinta? —jadea Brede bajo el peso. Forman una comitiva muy extraña, pero Aksel se deja llevar hasta que Brede lo suelta en el poyo delante de la puerta de entrada.
Brede no para de jadear. —¿No tuvo ningún hijo? —insiste Oline. Aksel interrumpe con las siguientes palabras dirigidas a Brede: —¡No sé cómo habría vuelto hoy a casa de no haber sido por ti! Y tampoco se olvida de Oline: —¡Gracias a ti, Oline, tú me encontraste primero! ¡Gracias a los dos!
Así fue la noche en la que Aksel se salvó…

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
Oline tiene muy desarrollado el sentido del olfato, recuerda al chacal, aparece cuando hay algo siniestro, tan buen olfato tiene. ¿Cómo iba a haber sobrevivido si no hubiera aprovechado las ocasiones y tenido un agudo olfato? Había recibido el mensaje de Aksel, y con sus setenta años a cuestas había cruzado la montaña con el fin de quedarse con él. Durante la tormenta se había visto obligada a permanecer en Sellanrå, y ese mismo día había llegado a Tierra de Luna. Al no encontrar a nadie, da de comer al ganado, sale a escuchar, ordeña las vacas por la noche, vuelve a salir, no entiende nada…
Entonces, Oline oye gritos y piensa: se trata de Aksel o de un ser de otro mundo, en ambos casos merece la pena husmear, buscar la eterna sabiduría del Todopoderoso en esos ruidos del bosque, a mí no me hará nada, pues no soy digna ni de besar la suela de su zapato.
Allí está la mujer.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
Conque Barbro se había marchado a Bergen. Era lo que Aksel suponía. No se apenó por ello. ¿Apenarse, él? Nada más lejos de eso, esa mujer era un monstruo. Pero hasta entonces no había perdido del todo la esperanza de que volviera. ¡Que el diablo lo entendiera! Al parecer, se había atado demasiado a esa muchacha, a esa bestia, ella le había proporcionado momentos dulces, momentos inolvidables, y precisamente con el fin de evitar que se fugara a Bergen, él había sido tan poco generoso con el dinero para su viaje. Y, sin embargo, ahora había huido. Todavía quedaba en la casa alguna prenda suya, y un sombrero de paja con una pluma seguía envuelto en el desván. Pero ella no volvió a por sus cosas. Pues sí, tal vez estuviera algo apenado. Como una cruel burla, el periódico le seguía llegando, y así sería hasta Año Nuevo.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
La pobre Oline algo podría haber heredado. ¡Habría sido el único momento dorado en toda su vida, ya que esta no la había tratado nada bien! Entrenada en maldades, acostumbrada a buscarse la vida mediante trucos y pequeños engaños de día en día, fuerte por su habilidad para divulgar cotilleos y rumores, temida por su lengua. Nada podría haberla empeorado ya, y mucho menos una herencia. Había trabajado durante toda su vida, parido hijos a los que había enseñado sus propios trucos, había mendigado por ellos, tal vez también robado, pero los había salvado, había sido una madre pobre en recursos. Sus habilidades no eran menores que las de algunos políticos, trabajaba para ella misma y para los suyos, actuaba según le interesaba y subsistía ganándose un queso por esto y un puñado de lana por aquello. Era capaz de vivir y morir de su banal e insincera facilidad de palabra. El viejo tío Sivert quizá la había recordado por un instante como joven, guapa y sonrosada, pero ahora está vieja y deforme, un vivo retrato de la destrucción, debería haber estado muerta. ¿Dónde será enterrada? No tiene un lugar de familia en el cementerio, la bajarán junto a un montón de huesos de desconocidos, ahí es donde acabará. Oline, nacida y muerta. Una vez fue joven. ¿Una herencia ahora, al final de su vida? Pues sí, un único momento dorado en su existencia, y las manos de una esclava se habrían entrelazado un instante para rezar. La justicia habría llegado a ella con ese premio tardío porque mendigó por sus hijos, quizá incluso robó por ellos, pero consiguió salvarlos. Un instante, y volvería a reinar en ella la oscuridad, los ojos mirarían de reojo, los dedos buscarían: —¿Cuánto es? —preguntaría—. ¿Nada más? Volvería a tener razón. Fue madre muchas veces y puso en práctica la vida, lo que merecía una gran recompensa.
Todo falló. La liquidación de los bienes del viejo Sivert ya estaba hecha, y tras el repaso de Eleseus todo había quedado bastante claro, pero la granja y la vaca, el cobertizo de la barca y la red apenas cubrieron el déficit de la caja.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

viernes, 27 de mayo de 2022

Pero cuando detiene la máquina por tercera vez para engrasarla, las gafas se le caen del bolsillo. Lo peor fue que lo vieron los chicos. ¿Había intervenido en aquello un poder superior, como aconsejando un poco menos de arrogancia? La verdad era que se había puesto muchas veces las gafas para estudiar las instrucciones subiendo del pueblo. Pero no había entendido nada. Eleseus tuvo que ayudarle. ¡Santo Dios, la destreza era una buena cosa! Y con el fin de humillarse a sí mismo, Isak dejará de intentar hacer de Eleseus un agricultor, no volverá a mencionarlo. Por otra parte, los chicos no formaron ningún escándalo con lo de las gafas; al contrario, el payaso de Sivert no pudo reprimirse, claro, cogió a Eleseus de la manga y dijo: —¡Ven, vamos a casa a quemar nuestras guadañas! ¡Padre hará la siega en nuestro lugar!
Esa broma resultó muy oportuna.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
Actuaba con tanto misterio y se sentía tan orgulloso que las rodillas le flojeaban a cada paso que daba, tal era el ímpetu con el que avanzaba. Si es que iba hacia la muerte y el ocaso, era un hombre valiente, porque no llevaba nada en las manos con que defenderse.
Llegaron los muchachos con el caballo, vieron la máquina y se detuvieron en seco. Era la primera segadora de la comarca, la primera del pueblo, roja y azul, espléndida ante los ojos de los seres humanos. El padre, el cabeza de familia, dijo con indiferencia, como si de cualquier cosa se tratara: —¡Venid a uncir el caballo a la segadora! Y así lo hicieron.
Se pusieron en marcha, el padre dirigía la operación. —¡Brr! —decía la máquina al segar la hierba. Los muchachos iban detrás sin nada en las manos, sin tarea, sonrientes.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
Isak traía una noticia más del pueblo: la esposa del comisario había tenido un niño. La noticia despertó de inmediato el interés de Inger: —¿Niño o niña? —No me enteré de eso —contestó Isak.
La esposa del comisario había tenido un niño, ella, que en la asociación de mujeres siempre había hablado en contra del gran número de partos en las familias pobres. ¡Dejen que la mujer tenga derecho al sufragio universal y que decida sobre su propio destino!, decía. Ahora estaba atrapada. Bueno, bueno, había dicho la esposa del párroco, lo habrá intentado, pero no habrá podido escapar a su destino. Esas divertidas palabras sobre la señora Heyerdahl se extendieron por todo el pueblo y mucha gente las entendió; tal vez Inger también, el único que no entendía nada era Isak.
Isak de lo único que entendía era de trabajar, de trabajar en lo suyo. Ahora se había convertido en un hombre rico, propietario de una extensa granja, aunque de todo ese dinero contante y sonante que la suerte le había concedido hacía poco uso: se limitaba a guardarlo. La tierra lo salvó. Si Isak hubiera vivido en el pueblo, el gran mundo tal vez hubiera influido algo en él. Era un mundo más distinguido, con mejores condiciones habría comprado cosas innecesarias y a diario habría vestido una camisa roja de domingo. En el campo estaba a salvo de toda clase de exageraciones, vivía en un aire puro y limpio, se lavaba los domingos por la mañana y se daba un baño cuando subía hasta el lago. ¿Mil táleros? Bueno, un regalo del cielo, ¿para guardar cada céntimo? ¿Para qué si no? Isak se las apañaba de sobra para cubrir sus gastos ordinarios exclusivamente con lo que sacaba del ganado y de la tierra.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
Inger acabó sumida en la melancolía, el campo la oprimía, se volvió religiosa. ¿Podía evitarlo? Nadie en el campo puede evitarlo, allí no solo hay fatiga terrenal y mundana, allí hay piedad y respeto a la muerte, además de una honda superstición. Seguro que Inger pensaba que tenía más motivos que otras personas para esperar el castigo del cielo, sería inevitable, pues ella sabía que por las noches Dios escudriñaba sus páramos con sus ojos fabulosos, y acabaría por encontrarla. No había ya muchas cosas en su vida diaria que pudiera rectificar, aunque sí, podía esconder el anillo de oro en el fondo del baúl y podía escribir a Eleseus y decirle que también se hiciera creyente. Pero en realidad no quedaba más que hacer que realizar bien el trabajo y no escatimar esfuerzos. Podía hacer una cosa más: vestir ropa humilde y simplemente atarse una cinta de seda azul alrededor del cuello para señalar los domingos. Esa pobreza falsa e innecesaria era la expresión de una suerte de filosofía, de autohumillación, de estoicismo. La cinta de seda azul era usada, provenía de un gorro que se le había quedado pequeño a Leopoldine, y estaba algo descolorida, por no decir manchada. Ahora, Inger se la ponía como un humilde adorno los domingos. Bueno, exageraba y copiaba la pobreza de las chozas, se hacía pasar por pobre sin serlo. ¿Habría sido mayor su mérito si realmente se hubiera visto obligada a ponerse un adorno tan pobre? ¡Déjala en paz, tiene derecho a un poco de tranquilidad!
Exageraba estupendamente y hacía mucho más de lo necesario. Había dos hombres en la granja, pero cuando ellos se ausentaban, Inger procuraba cortar leña. ¿De qué le serviría tanto tormento y castigo? Era una persona insignificante, humilde, de aptitudes corrientes, su vida, como su muerte, pasarían inadvertidas en el país, excepto allí, en el campo, donde ella era casi grande, al menos la más grande, y al parecer opinaba que se merecía todo ese autocastigo que se imponía. Su marido dijo: —Sivert y yo lo hemos hablado, no queremos que te agotes haciendo leña. —Lo hago por mi conciencia —contestó Inger.
—¿Conciencia? Isak se quedó de nuevo pensativo, era un hombre algo entrado en años, un poco lento de reacciones, pero profundo cuando por fin se ponía en marcha. La conciencia debía de ser algo muy poderoso si de nuevo podía cambiar a Inger de arriba abajo.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
En el campo cada estación trae sus milagros, pero lo que siempre está presente e inalterable es ese grave e inmenso sonido del cielo y de la tierra, ese sentirse rodeado por todas partes, la oscuridad del bosque, la amabilidad de los árboles. Todo es pesado y blando, no cabe ningún pensamiento. Al norte de Sellanrå había una pequeña laguna, una charca, no más grande que un acuario. En ella nadaban unos minúsculos peces que nunca crecían, allí vivían y allí morían, sin llegar a nada, Dios santo, a nada. Una noche, Inger estaba intentando escuchar los cencerros de las vacas, pero no oía nada porque todo estaba muerto, pero escuchó un cántico procedente del acuario. Era un cántico breve y casi inexistente. Era la canción de los pececillos.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
La pequeña Leopoldine pidió comida. ¡Esa criatura tan linda, una mariquita sobre el carro! Hablaba como cantando, en la lengua de Trondhjem, a veces Inger tenía que traducir para el padre. La niña tenía las facciones de los chicos, los ojos negros y las mejillas ovaladas que los tres habían heredado de su madre; los niños eran como la madre ¡y menos mal! Isak se sentía un poco tímido ante su niña, tímido ante sus zapatitos y largas piernas con medias de lana y vestido corto; cuando saludó a su padre, al que no conocía, hizo una reverencia y le dio una minúscula mano.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
De vuelta a Vergy, Julien no bajó al jardín hasta que fue noche cerrada. Tenía el alma cansada de las emociones, tantas y tan fuertes, que lo habían desasosegado el día aquel. «¿Qué les voy a decir?», pensaba, intranquilo, al acordarse de las señoras. Distaba mucho de percatarse de que tenía el alma precisamente al nivel de esas circunstancias menudas de las que suele estar pendiente por completo el interés de las mujeres. Julien le resultaba con frecuencia ininteligible a la señora Derville, e incluso a su amiga; y, a su vez, no entendía sino a medias todo cuanto le decían ellas. Tales eran las consecuencias de la fuerza y me atreveré a decir que de la grandeza de los arrebatos de pasión que le trastornaban el alma a este joven ambicioso. En este ser peculiar había tormenta casi a diario.

Rojo y negro - Stendhal
Sivert no parecía muy emocionado, pues, en el fondo, el documento no le había desvelado nada que no supiera, ya que desde que era un niño siempre había oído decir que algún día heredaría de su tío materno. No obstante, ver los tesoros de la caja sí que sería una novedad. —Supongo que esa caja contiene muchas cosas —dijo. —¡Más de las que te imaginas! —contestó el viejo en tono contundente.
Se sentía tan decepcionado con el hijo de su hermana que cerró la caja con llave y volvió a meterse en la cama. Desde el lecho no paraba de emitir mensajes: —Este pueblo me ha tenido de apoderado y custodio de su dinero durante treinta años, no tengo la intención de suplicar la ayuda de nadie. ¿Por quién se enteró Oline de que me estaba muriendo? ¿No puedo yo, si así lo deseo, enviar a tres hombres a por el médico? No debéis burlaros de mí. Y tú, Sivert, ¿no puedes esperar hasta que haya expirado? Solo te digo que has leído el documento y que se encuentra en mi caja de caudales. Eso es todo. Pero como ahora me abandones, le dirás a Eleseus que venga él. No lleva mi nombre de pila, pero ¡que venga!
A pesar del tono amenazador de estas palabras, Sivert las meditó y dijo: —¡Le llevaré el mensaje a Eleseus!

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

miércoles, 25 de mayo de 2022

Se levantó y de repente no sabía muy bien dónde estaba. Hum. ¿Qué había pasado? Nada, simplemente se había sentado un rato. De pronto hay algo delante de él, un ser, un espíritu como de seda gris…, no, no era nada. Se sintió extraño, dio un paso corto e inseguro hacia delante y se encontró directamente con una mirada, una gran mirada, dos ojos. Al mismo tiempo, los álamos blancos se pusieron a susurrar. Todo el mundo sabe que un álamo blanco puede susurrar de un modo desagradable y animal, Isak jamás había oído un susurro tan horrible, y un aire helado lo recorrió de arriba abajo. Alargó una mano, tal vez fuera el gesto más desamparado que había hecho jamás con esa mano.
Pero ¿qué era aquello que aparecía ante sus ojos? ¿Tenía crin o no? Durante toda su vida Isak había jurado que existía un poder superior, en una ocasión incluso lo había visto, pero lo que ahora tenía delante no se parecía a Dios. ¿Acaso era ese el aspecto del Espíritu Santo? ¿Qué era aquello? ¿Dos ojos, una mirada y nada más? Si pretendía atraparlo, llevarse su alma, bueno, de todos modos algún día tendría que ocurrir, y él conseguiría la salvación y se iría al cielo.
Isak estaba expectante, seguía estremeciéndose, la figura que tenía delante emanaba frío, hielo, tendría que ser el diablo. Isak ya no se sentía tan perplejo, no era imposible que se tratara del diablo. Pero ¿a qué había venido? ¿En qué había pillado a Isak? Simplemente estaba cultivando la tierra en su mente, eso no podría haberlo escandalizado, ¿no? Isak no sabía qué otro pecado podía haber cometido, volvía a casa del bosque, un trabajador cansado y hambriento, volvía a Sellanrå, todo con la mejor intención…
Dio un paso hacia delante y otro hacia atrás. Como la visión no se desvanecía, Isak frunció el entrecejo, como si empezara a sospechar algo. Si era el diablo, que lo fuera, pero no era todopoderoso; Lutero había estado a punto de matarlo en una ocasión, más de uno lo había hecho desaparecer con ayuda de una cruz y en el nombre de Jesús. No es que Isak desafiara el peligro y se riera de él, pero renunció a morir y a la salvación, contrariamente a su primera intención. Dio dos pasos hacia la visión, se santiguó y gritó: —¡En el nombre de Jesús!
¿Hum? Al oírse gritar, fue como si de repente volviera en sí, y de nuevo avistó Sellanrå en la ladera. Los álamos blancos ya no susurraban. Los dos ojos habían desaparecido.
Se fue derecho a casa, sin desafiar el peligro, y cuando se encontró delante de la puerta, carraspeó ruidosamente, ya a salvo. Entró en la sala con la cabeza bien erguida, como un hombre, incluso como un hombre de mundo.
Inger le preguntó asombrada por qué estaba tan pálido como un muerto.
Isak no negó que hubiera visto al mismísimo diablo.
—¿Dónde? —preguntó ella.
—Allí, justo enfrente de nosotros.
Inger no sintió envidia alguna. No es que lo alabara, pero tampoco había en ella nada semejante a un reproche. Al contrario, por la razón que fuera, los últimos días parecía más alegre y más amable. Se limitó a decir:
—¿Era el diablo en persona?
Isak asintió y dijo que a él se lo había parecido.
—¿Y cómo te libraste de él?
—Fui a su encuentro en el nombre de Jesús —contestó Isak.
Inger sacudió sobrecogida la cabeza y tardó en conseguir servir la comida. —¡A partir de ahora ya no irás solo al bosque! —dijo.
Se estaba ocupando de él, a Isak eso le hacía sentirse bien. Fingió seguir siendo tan osado como antes y que no le importaba ir solo al bosque, pero lo hizo con el único propósito de no asustar a Inger más de lo necesario con su terrible vivencia. Pues él era el hombre de la casa, el jefe y protector de todos.
Inger se dio cuenta y dijo: —Sé que no quieres asustarme, pero te llevarás a Sivert. Isak se limitó a resoplar. —Podrías ponerte enfermo en el bosque, me parece que últimamente no te encuentras muy bien —prosiguió Inger. Isak volvió a resoplar. —¿Enfermo? Cansado y agotado, sí, pero ¿enfermo? No admitía que Inger lo pusiera en ridículo, él estaba y seguiría estando sano, comía, dormía, trabajaba, estaba incurablemente sano. En una ocasión, un árbol se le cayó encima y le arrancó una oreja. No se alteró más de lo necesario, colocó la oreja en su sitio y la mantuvo sujeta con la gorra día y noche, hasta que estuvo de nuevo pegada. Cuando el intestino le funcionaba mal, tomaba regaliz en leche hirviendo para sudar, regaliz que compraba al tendero, un antiguo remedio. Si se hacía un corte en la mano con el hacha, orinaba sobre la herida y a continuación echaba sal encima, y a los pocos días la veía sanar. El médico jamás había sido llamado a Sellanrå.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

domingo, 22 de mayo de 2022

Volvieron a casa y el heno seguía seco en el campo. Habían confiado en la Providencia y esta no les había defraudado. Entonces Sivert señaló y dijo: —¡Madre ha estado recogiendo el heno! Su padre miró el campo y dijo: —Bueno. Pues él ya se había fijado en que una buena parte del heno ya no estaba allí; ahora Inger estaría en casa comiendo. Era verdaderamente digno de elogio, sobre todo después de cómo la había tratado el día anterior. Era una tarea pesada y laboriosa.
Inger había tenido que trabajar duramente, y encima había ordeñado todas las vacas y cabras. —¡Entra en casa y come! —dijo a Sivert. —¿Y tú? —Yo no.
Cuando Sivert llevaba ya un rato dentro de la casa, Inger salió y dijo con humildad: —¿Por qué no te haces el favor a ti mismo de entrar a comer tú también? Isak gruñó, pero la humildad de Inger era un acontecimiento tan raro en los últimos tiempos que lo desconcertó. —Si pudieras poner los dientes que faltan en mi rastrillo, podría hacer algo más —dijo ella, dirigiéndose al dueño de la granja, al jefe supremo, y agradeciéndole que no se lo negara con ironía. —Ya has trabajado suficiente —dijo él. —No, no es suficiente. —Ahora no tengo tiempo de arreglarte el rastrillo, ¿no ves que va a llover?
Con estas palabras, Isak se fue a su tarea.
Quería ahorrarle fatigas a Inger; los pocos minutos que le hubiera costado arreglar el rastrillo habrían sido diez veces recompensados con el trabajo de la mujer, pero a pesar de eso ella fue tras él, usando el rastrillo como estaba y trabajando con energía. Sivert acudió con el caballo y el carro, todos arrimaron el hombro, trabajando y sudando, y el heno se metió en el granero. Fue una hazaña. Y de nuevo Isak pensó en la Providencia, que dirige todos nuestros pasos, desde robar un tálero hasta poner a salvo una gran cantidad de heno. Además, ya tenía la barca; después de pasarse media vida pensando en ello, allí estaba, en el lago de la montaña. —¡Ay, Dios santo! —exclamó

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

jueves, 19 de mayo de 2022

Cada día que pasa trae algún nuevo conocimiento: se les explica que cuando salten desde piedras altas deben mantener la lengua bien dentro de la boca y no entre los dientes. Cuando se hagan mayores, tendrán que oler bien para ir a misa, deberán untarse con un poco de hierba lombriguera, esa planta que crece arriba, en la ladera. El padre estaba lleno de sabiduría. Enseñó a los niños cosas de las piedras, del sílex, que la piedra blanca es más dura que la gris; pero cuando encontró un trozo de sílex, también se vio obligado a buscar pedernal, que coció en lejía para hacer yesca. Luego les enseñó a hacer fuego con piedras. De la luna les enseñó que cuando podían cogerla con la mano izquierda, era creciente y cuando podían cogerla con la derecha, era menguante. ¡Recordadlo, chicos! Alguna que otra vez Isak exageraba y decía cosas raras. Una vez, dijo que era más difícil para un camello entrar en el cielo que para un ser humano enhebrar una aguja. Otro día, hablándoles del resplandor de los ángeles dijo, que llevaban estrellas clavadas bajo los tacones de los zapatos en lugar de clavos. Era una enseñanza buena y fiable, muy apropiada para la granja de colonos. El maestro de la escuela del pueblo habría sonreído si la hubiera oído, los hijos de Isak adaptaron sus sueños a las enseñanzas de su padre. Fueron enseñados y educados para su pequeño mundo, ¿qué podía ser mejor que eso? En el otoño, cuando se mataba al ganado, los chicos sentían mucha curiosidad y miedo, y se entristecían por los animales que iban a ser sacrificados. En esos casos, Isak tenía que cogerles una mano y matar con la otra, y Oline removía la sangre. Sacaron al viejo macho cabrío, sabio y barbudo, mientras los niños miraban a hurtadillas desde un rincón. —Este año sopla un viento muy frío —dijo Eleseus, y se dio la vuelta para secarse los ojos. El pequeño Sivert lloraba sin intentar ocultarlo, y sin poder remediarlo, gritó: —¡No, no, pobre macho cabrío! Cuando hubo matado al macho cabrío, Isak se acercó a sus pequeños y les proporcionó la siguiente enseñanza: —Nunca debéis compadeceros ni decir «pobre» a un animal que va a ser sacrificado, porque si lo hacéis, tardará más en morir. ¡Recordadlo!

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

martes, 17 de mayo de 2022

Y ¿qué otra cosa podía hacer Isak que reaccionar con sensatez? Ahora comprendió por qué Inger todas las veces había procurado estar sola durante el parto, soportando sola el gran temor de que el feto naciera con su misma deformidad, esperando sola el peligro. Tres veces había pasado por ese trance. Isak sacudió la cabeza y sintió gran compasión por ella, por su mala fortuna, pobre Inger. Se enteró del episodio de la liebre y la absolvió. Eso creó un gran amor entre los dos, un amor exaltado, se deleitaban el uno al otro en el peligro, ella estaba llena de una salvaje dulzura hacia él, y él, ese leño, ese cavernícola, se volvía loco y la deseaba hasta el infinito. Inger usaba botas de lapón, pero por lo demás no tenía nada de lapona, no era menuda y marchita, sino hermosa y grande. Ahora, en el verano, andaba descalza y llevaba las piernas descubiertas hasta muy arriba. Isak era incapaz de quitar ojo a esas piernas desnudas.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

lunes, 16 de mayo de 2022

El gran dolor, el terrible suceso estaba presente, las consecuencias del acto cometido tendrían que llegar. Lo bueno suele andar por los caminos sin dejar huellas, lo malo siempre trae consecuencias. Isak reaccionó con sensatez desde el principio. Se limitó a decir a su mujer: —¿Cómo has podido hacerlo? Inger no contestó. Al cabo de un rato, Isak volvió a preguntar: —¿Es verdad que la estrangulaste? —Sí —contestó Inger. —No deberías haberlo hecho. —No, seguro que no —asintió ella. —No entiendo cómo pudiste hacerlo. —La niña era igual que yo —contestó Inger. —¿Cómo? —Tenía la boca como yo. Isak se quedó pensando. —Bueno, bueno —dijo.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
Inger llora y se seca los ojos sin parar de hablar. Oline no quiere insistir, si no la quieren puede quedarse en casa de su hijo Nils, donde ha estado hasta ahora. Pero cuando Inger tenga que ir al presidio, Isak y los inocentes pequeños no van a tener quien los cuide, y ella, Oline, podría echarles una mano. Hace que la propuesta parezca atractiva, no estaría nada mal. —Piénsatelo —dice.
Inger está derrotada. Llora, niega con la cabeza y baja la mirada. Se dirige como sonámbula a la despensa y prepara algo de comida a Oline para el camino. —¡No me des nada! —dice Oline. —No cruzarás la montaña sin comida —contesta Inger.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

domingo, 15 de mayo de 2022

El comisario no era severo, sino superficial y poco escrupuloso. Ignoró a su tasador, Brede Olsen, y zanjó el importante negocio al tuntún, un asunto de gran envergadura para Isak y su mujer, decisivo incluso para sus descendientes tal vez durante innumerables generaciones. Y él lo escrituró al azar. Ahora bien, fue muy amable con los colonos, sacó del bolsillo una moneda resplandeciente y se la dio al pequeño Sivert. Luego hizo un gesto de despedida y se encaminó al trineo.
De repente preguntó: —¿Cómo se llama este lugar? —¿Que cómo se llama?
—Sí, qué nombre tiene. Hemos de ponerle un nombre.
En eso no habían pensado los habitantes de la granja. Inger e Isak se miraron el uno al otro.
—¿Sellanrå? —preguntó el comisario. Se lo habría inventado, puede que ni siquiera fuera un nombre, pero repitió: —¡Sellanrå! Acto seguido dijo adiós y se marchó.
Todo al azar, los límites, el precio, el nombre…

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

sábado, 14 de mayo de 2022

Pero, por otro lado, surgieron nuevos asuntos que le preocupaban. ¿Qué fue lo que en el verano le había dicho a Inger aquel lapón? ¿Que él, Isak, no había comprado las tierras? ¿Y por qué iba a comprarlas? El campo estaba ahí, el bosque también, él llegó, cultivó la tierra y construyó un hogar en medio de la naturaleza virgen, alimentaba a su familia y a sus animales, no debía nada a nadie, trabajaba sin descanso. En varias ocasiones había pensado en hablar con el comisario rural cuando bajara al pueblo, pero lo había ido aplazando; el comisario no tenía buena fama, e Isak era un hombre parco en palabras. ¿Qué le diría y con qué pretexto?

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

viernes, 13 de mayo de 2022

¿Qué tenía la patata? ¿Acaso no era más que una especie de café de países lejanos, de la que podían prescindir? Ah, no, la patata es un fruto único, aguanta la sequía y la humedad, y siempre crece, desafía los rigores del tiempo y soporta lo indecible; cuando los humanos le dan un trato razonable, la patata se lo devuelve multiplicado por quince. La patata no tiene la sangre de la uva, pero sí la carne de la castaña, se puede freír, cocer y emplearse para todo. Un hombre puede estar sin pan, pero si tiene una patata, no carece de alimento. La patata puede asarse en las cenizas calientes y servir de cena, o cocerse y servir de desayuno. ¿Qué acompañamiento requiere? Poco, la patata es modesta, le basta con una jarra de leche o un arenque. Los ricos la toman con mantequilla, los pobres la untan con una pizca de sal en un platillo, Isak se podía permitir comerla los domingos mojada en la nata agria de la leche de Cuerno de Oro. ¡Esa patata tan apreciada y tan bendita!

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
Entró, y lo primero que vio fue la caja, aquella famosa caja que él había llevado a casa, colgada del cuello, colgaba ahora de dos cuerdas de las vigas del techo, haciendo de cuna para un niño. Inger vagaba por la sala a medio vestir, incluso había ordeñado la vaca y las cabras.
Cuando el niño se calló, Isak preguntó: —¿Ya está? —Sí, ya está. —Bueno. —Vino la misma noche que te fuiste. —Bueno. —Estaba empinándome para colgar la caja, ya tenía todo preparado, pero no pude soportarlo, me vinieron los dolores. —¿Por qué no me avisaste? —¿Cómo iba yo a saber cuando iba a llegar? Es un niño. —Bueno, así que es un niño. —¡Ojalá supiera qué nombre ponerle! —exclamó Inger.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
Y pudieron permitírselo. Isak ensambló y construyó la casa. También construyó una chimenea de piedra, pero con menos acierto, y a veces se mostraba descontento consigo mismo. Al llegar la época de la siega, Isak tuvo que dejar la construcción y dedicarse a segar las laderas, llevando el heno a casa en inmensas cargas. Un día de lluvia, dijo que tenía que bajar al pueblo. —¿Qué vas a hacer allí? —No lo sé muy bien.
Se marchó y estuvo ausente dos días y dos noches. Volvió cargado con una cocina de leña. Esa gabarra de hombre vino andando por el bosque con la cocina a la espalda. —¡No te tratas como a una persona! —dijo Inger. Isak tiró la chimenea, que no encajaba en la nueva casa, y en su lugar colocó la cocina—. No todo el mundo tiene una cocina de leña —dijo Inger—. ¡Qué afortunados somos!

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
La quinta noche se acostó con una pequeña sospecha en el corazón, pero bueno, ahí seguían la rueca, las cardas y las cuentas de vidrio. En la choza reinaba la misma soledad y no se oía ni un ruido, las horas se le hacían muy largas, y cuando por fin oyó fuera algo semejante a pasos, le pareció que solo eran imaginaciones suyas. ¡Ay, Dios mío!, exclamó en su soledad, palabras como esas no eran pronunciadas por Isak sin que le llegasen del fondo del corazón. Volvió a oír pasos, y al instante vio que algo se deslizaba por delante de las ventanas. Fuera lo que fuera tenía cuernos y era un ser vivo. Se levantó de un salto, salió y se topó con una visión. ¡Dios o Satanás!, murmuró Isak, que no decía tales cosas si no era estrictamente necesario. Vio una vaca, vio a Inger y a una vaca, que desaparecieron dentro del establo.
Si no fuera porque veía y oía a Inger charlar con la vaca, no habría dado crédito a sus ojos ni a sus oídos, pero allí estaba ella. En ese instante tuvo un mal pensamiento: Dios la bendiga, claro, era una mujer maravillosa y sin par, pero todo tenía un límite. La rueca y las cardas todavía, las cuentas eran sospechosamente nobles aunque, bueno…, pero una vaca hallada tal vez en un sendero o en un pasto tendría un dueño que la estaría buscando.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

miércoles, 11 de mayo de 2022

Cada vez que bajaba al pueblo con una carga de corteza, intentaba buscar una mujer que lo ayudara, pero no encontraba ninguna. Una viuda y un par de mozas entradas en años le habían echado el ojo, pero sin atreverse a prometerle nada por alguna razón. Isak no entendía por qué. ¿No lo entendía? ¿Quién iba a querer servir a un hombre en los páramos, a millas de distancia del resto del mundo, a un día de viaje de la morada más próxima? Y encima el hombre no tenía encanto alguno, más bien al contrario, y cuando hablaba no era precisamente un tenor con los ojos alzados al cielo, sino que su voz era tosca y tenía algo de animal.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
Lo más difícil había sido encontrar el lugar, ese lugar de nadie pero suyo; luego los días se colmaron de faena. Arrancaba la corteza de los abedules lejanos mientras la savia aún corría por ellos, luego la apilaba, le colocaba peso encima y la dejaba secar. Cuando tenía preparada una buena carga, la acarreaba hasta el pueblo, que distaba de allí unas cuantas millas, y la vendía como material de construcción. Luego volvía a casa con sacos de víveres y herramientas, harina, tocino, una olla, una pala; no paraba de ir y venir por el sendero, transportando una carga tras otra. Un cargador nato, una gabarra recorriendo los bosques, era como si amara su destino, andar y cargar sin cesar, como si lo de no llevar una carga a la espalda equivaliera a una existencia de pereza y vacío.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun