Si ya un poeta o escritor resulta ridículo y, donde quiera que sea, difícilmente soportable para la sociedad humana, ¡cuánto más ridícula e inaceptable resulta toda una horda de escritores y poetas, y de los que se tienen por tales, amontonados! En el fondo, todos esos galardonados llegados a Darmstadt por cuenta del Estado se reúnen para, después de un año impotente de odio recíproco entre colegas, aburrirse otra semana más en Darmstadt. La cháchara de los escritores en las salas del Hotel Kleindeutschland es sin duda de lo más repulsivo que cabe imaginar. Pero apesta de forma más apestosa todavía si está subvencionada por el Estado. ¡Lo mismo que, en general, todo el vaho actual de las subvenciones apesta al cielo! Los poetas y escritores no deben ser subvencionados, y mucho menos por una Academia subvencionada, sino ser abandonados a sus propias fuerzas.
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Deseo a la Academia de Lengua y Poesía, a la que considero de lo más prescindible para Alemania y para todo el resto del mundo, y que sin duda es para los poetas (¡los que lo sean!) y los escritores (¡los que lo sean!) más perjudicial que útil, todo lo mejor con el señor Scheel. La Academia de Darmstadt (¡de Lengua y Poesía!) envía siempre automáticamente, cuando muere uno de sus miembros, una esquela, siempre con el mismo texto (sobre cuyo lenguaje y poesía podría discutirse). Tal vez pueda ver yo un día cómo envía una esquela en la que no recuerde a ninguno de sus dignos miembros, sino a sí misma.
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Decimos que damos una representación teatral, prolongada sin duda hacia el infinito… pero el teatro en que estamos dispuestos a todo y no somos competentes en nada es siempre, desde que podemos pensar, un teatro de velocidad creciente y de palabras clave desperdiciadas… absolutamente un teatro de los cuerpos y en segundo lugar de la angustia mental y por consiguiente de la angustia mortal… no sabemos si se trata de una tragedia sobre la comedia o de una comedia sobre la tragedia… pero todo trata de horror, de mezquindad, de incapacidad mental… pensamos, pero callamos: quien piensa disuelve, deroga, catastrofiza, demuele, desintegra, porque pensar es lógicamente la consecuente disolución de todos los conceptos…
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Aquello de lo que hablamos está por investigar, no vivimos, pero suponemos y existimos como hipócritas, ofendidos, en el malentendido fatal y, en definitiva, letal de la naturaleza en el que hoy estamos perdidos a causa de la ciencia; las apariencias son para nosotros mortales y las palabras con las que, por desolación, nos ocupamos en el cerebro, los miles y cientos de miles de palabras reconocibles por una verdad infame como infame mentira o, a la inversa, por una mentira infame como infame verdad, en todos los idiomas, en todas las relaciones, las palabras que nos atrevemos a decir y escribir y a callar como forma de hablar, las palabras que no están hechas de nada y no sirven de nada ni son para nada, como sabemos aunque lo ocultamos, las palabras a las que nos aferramos porque estamos locos de impotencia y de demencia desesperados, las palabras sólo infectan e ignoran, emborronan y empeoran, avergüenzan y falsean y mutilan y oscurecen y ensombrecen; en los labios y en el papel, maltratadas por sus maltratadores; la característica de las palabras y de sus maltratadores es la desvergüenza; el estado mental de las palabras y sus maltratadores es torpe, feliz,
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No tenemos nada que decir, salvo que somos miserables y que la imaginación nos ha hundido en una monotonía filosófico-económico-mecánica.
Medios orientados a la decadencia, criaturas de la agonía, todo se nos explica y no comprendemos nada. Poblamos un trauma, tememos y tenemos derecho a temer, vemos ya, aunque imprecisamente al fondo, los gigantes del miedo.
Lo que pensamos es repensado, lo que sentimos es caótico, lo que somos no está claro.
No tenemos que avergonzarnos, pero no somos ni nos merecemos más que el caos.
Doy las gracias a este jurado, en mi nombre y en el de los galardonados conmigo, y muy expresamente a todos los presentes.
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Se va por la vida, impresionado, no impresionado, por el escenario, todo es intercambiable, mejor o peor adiestrado en un Estado de atrezo: ¡un error! Se comprende: un pueblo ignorante, un hermoso país… son padres muertos o concienzudamente sin conciencia, seres con la simplicidad y la vileza, con la pobreza de sus necesidades… Todo es una prehistoria sumamente filosófica e insoportable. Las eras históricas son deficientes mentales, lo demoníaco que hay en nosotros, una cárcel patria constante en la que los elementos de la estupidez y de la desconsideración se han convertido en necesidad cotidiana. El Estado es una creación constantemente condenada al fracaso, el pueblo, una creación ininterrumpidamente condenada a la infamia y la debilidad mental. La vida, una desesperanza en la que se apoyan las filosofías, en la que todo, en definitiva, tiene que volverse loco.
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La vida no es más que ciencia. Ciencia de las ciencias. De pronto estamos presos en la naturaleza. Conocemos bien los elementos. Nosotros hemos puesto a prueba la realidad. La realidad nos ha puesto a prueba. Ahora conocemos las altas leyes de la naturaleza y podemos estudiarlas en realidad y en verdad. No dependemos ya de suposiciones. Cuando miramos la naturaleza, no vemos ya espectros. Hemos escrito el capítulo más audaz del libro de la Historia mundial; y concretamente lo ha escrito cada uno de nosotros para sí con espanto y miedo a la muerte y ninguno según su voluntad, ni según su gusto, sino según la ley de la naturaleza, y hemos escrito ese capítulo a espaldas de nuestro padres ciegos y nuestros estúpidos maestros: a espaldas de nosotros mismos; después de tantas cosas interminablemente largas e insulsas, las más breves, las más importantes.
Estamos asustados de la claridad de la que de repente se compone nuestro mundo, nuestro mundo científico: nos helamos en esa claridad; pero hemos querido tener esa claridad, la hemos conjurado y por eso no podemos quejarnos de la claridad que ahora reina. Con la claridad aumenta el frío. Esa claridad y ese frío reinarán en adelante. La ciencia de la naturaleza será para nosotros una claridad más alta y un frío mucho más crudo de lo que hoy podemos imaginar.
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En aquella época, el Burgtheater había puesto en escena mis obras La partida de caza y El Presidente, y La cabalgata sobre el lago de Constanza de Peter Handke, y eso, increíblemente, había motivado que una delegación del llamado Senado de las Artes del Estado, encabezada por su presidente, el escritor Rudolf Henz, presentara en forma de resolución al Ministerio de Cultura la petición de que el ministro interviniera ante la dirección del Burgtheater para que no se volviera a representar a Bernhard ni a Handke, porque Bernhard y Handke, como podía leerse a diario en los periódicos vieneses, oran malos escritores, y él mismo, Henz, y su gente del Senado de Cultura, buenos. ¡Los beneficiarios de la sinecura estatal triunfaron!
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El Estado concede un premio de la cuantía de un sueldo miserable y la Asociación de Industriales hace lo mismo, y los dos se exponen así a la opinión pública, que no se percata de lo infame y perverso que es el proceso. En realidad, con la concesión de un miserable premio de veinticinco mil chelines, la Asociación de Industriales, que tiene millones y hasta miles de millones, se pone a la altura de un mecenas del arte y la cultura absolutamente extraordinario, y es alabada además por ello en todos los periódicos, en lugar de ser denunciada sin la menor consideración por su infamia.
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Luego estalló el caos. Yo no comprendía nada de lo que había ocurrido. Había tenido que soportar allí una humillación tras otra y luego había leído mi texto, según creía inofensivo, y entonces el ministro había abandonado furioso la sala y sus vasallos se dirigían contra mí. Toda la turba de la sala, personas todas que dependían del ministerio y recibían subvenciones y pensiones, y en primer lugar el llamado Senado de las Artes, que probablemente había estado presente en todas las concesiones del Premio Nacional, se precipitaron detrás del ministro, saliendo de la sala de audiencias y bajando por la ancha escalinata. Sin embargo, todas esas personas que se precipitaron detrás del ministro no lo hicieron sin haberme dirigido antes al menos un mirada malévola, porque al parecer yo había sido la causa de aquella penosa escena y del abrupto derrumbamiento de la ceremonia.
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Sin embargo, lo que me hirió profundamente fue la manifestación del ministro de que yo, y lo recuerdo literalmente, era un extranjero nacido en Holanda, que sin embargo llevaba algún tiempo viviendo entre nosotros (es decir, entre los austríacos, en los que el ministro Percevic no me incluía). No se debe reprochar a la gente provinciana su provincianismo, pero, cuando actúa con una arrogancia tan inigualable como la del señor Piffl-Percevic, hay que dejar constancia si la ocasión llega. Ahora tengo esa ocasión y constato el hecho. En el rostro antiartístico, en definitiva estúpido y totalmente insensible del ministro de Cultura se dibujaba una soberbia realmente indescriptible mientras informaba a la asamblea de quién era yo. Pero probablemente tampoco en aquel caso, salvo mis amigos, sabía nadie que el ministro sólo había aireado en la sala una falsificación envuelta en estupidez. Él no sentía nada, sencillamente, con su monótono tono innato, leía una información falsa tras otra, una infamia tras otra.
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Mi tía había tenido siempre una opinión muy alta de nuestro Estado y, en general, del Estado, su marido había sido un alto funcionario público, y ella hizo como si me hubieran concedido un honor cuando apareció en el periódico la noticia de que recibía el premio, también a ella tuve que explicarle que se trataba del Pequeño y no del Gran Premio y, otra vez traté de explicarle exactamente la diferencia entre ambos premios, y al final de mi explicación dije que ni el Pequeño ni el Gran Premio Nacional valían nada, ambos premios eran una infamia y era una vileza aceptar cualquiera de ellos, pero mi falta de carácter bastaba para que aceptara el premio, porque quería recibir los veinticinco mil chelines. Mi tía se sintió decepcionada, hasta entonces había esperado demasiado de mí. No debía aceptar el premio, dijo, si yo pensaba lo que decía.
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Cuando la gente me preguntaba quién había recibido ese llamado Gran Premio Nacional, decía siempre que nada más que imbéciles, y si me preguntaban cómo se llamaban esos imbéciles, citaba una serie de imbéciles que para todos ellos eran desconocidos, sólo yo conocía a aquellos imbéciles. Y ese Senado de las Artes se componía por consiguiente nada más que de imbéciles, decían, porque calificas de imbéciles a todos los que componen el Senado de las Artes. Sí, decía yo, en el Senado de las Artes no hay más que imbéciles, y concretamente imbéciles católicos e imbéciles nacionalsocialistas, y además algunos judíos como coartada. A mí me asqueaban esas preguntas y esas respuestas. Y esos imbéciles, decía la gente, eligen cada año nuevos imbéciles para su Senado, al concederles el Gran Premio Nacional. Sí, decía yo, cada año se elige a nuevos imbéciles para el Senado que se llama Senado de las Artes, y es un mal imposible de extirpar y un absurdo perverso en nuestro Estado. Se trata de una asamblea de los mayores inútiles y cabrones, decía cada vez. Y entonces, ¿qué es el Pequeño Premio Nacional? Y yo respondía, el Pequeño Premio Nacional es lo que se llama un estímulo al talento, y lo han recibido ya tantos que no pueden enumerarse, entre ellos yo ahora, porque, como castigo, me han dado el Pequeño Premio Nacional. ¿Como castigo por qué?, me preguntaban, y yo no sabía qué responder. El Pequeño Premio Nacional, decía, es después de los treinta una infamia, y, como tengo ya casi cuarenta, es una infamia monstruosa
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Pero no quería exponerme a rechazarlo, porque entonces habrían vuelto a calificarme de arrogante y megalómano, como acostumbran, porque todavía hoy me califican de arrogante y megalómano, y quizá tengan razón y realmente sea megalómano y arrogante, no soy capaz de autojuzgarme de una forma total. Pero por mucho que me ahogara la idea de tener que entrar en el ministerio y recoger el Pequeño Premio Nacional, me salvaba sin embargo el hecho de que también aquel Pequeño Premio Nacional estaba dotado con una suma de dinero, con veinticinco mil chelines de entonces, que yo, endeudado hasta las cejas, necesitaba con urgencia.En esas deudas había pensado mi hermano al permitirse la monstruosidad de entregar mi Helada en la portería del ministerio.
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Allí donde la gran pared escarpada de Opatija resplandecía cegadoramente al sol de la tarde, un coche invadió desde la izquierda mi carril, chocó de frente con la parte delantera del mío y la aplastó por completo. A mí me arrojó fuera del coche, pero en seguida me puse en pie, sin sentir dolor alguno. También el coche del yugoslavo había quedado completamente destrozado. De la chatarra había saltado el conductor, que huyó gritando, con una mujer detrás que le chillaba sin cesar: Idiot! Idiot! Idiot! Yo tenía ante mí un montón de hojalata en medio de la carretera, y todo el tráfico que venía de los astilleros se había interrumpido. Los Idiot! Idiot! Idiot! cesaron y me quedé solo allí. De pronto vi a personas que venían corriendo hacia mí y me miré y vi que tenía todo el cuerpo cubierto de sangre. Había resultado herido en la cabeza y el derramamiento de sangre había sido tan violento que creí que me había roto el cráneo, pero seguía sin sentir ningún dolor. Entonces me agarró alguien que había salido de un pequeño Fiat 500 y me metió en su coche. Hizo rugir el motor y me llevó a toda velocidad al hospital por la carretera de la costa, a una velocidad tan increíble que creí que se produciría entonces un accidente importante de verdad. Durante aquella carrera desenfrenada yo me agarraba continuamente la cabeza, porque creía que se me estaba vaciando. Además, tenía la sensación de que tenía que escribir al menos mi nombre en un papel, porque si no nadie sabría de quién se trataba cuando me hubiera desangrado por completo. Naturalmente tampoco quería mancharle el coche al hombre con mi sangre, y trataba de dirigir el chorro siempre hacia mí mismo y entre mis rodillas. Pronto me desmayaré, pensé, y todo habrá acabado.
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Yo era partidario de dar el premio a Canetti por su Auto de fe, su genial obra de juventud que, un año antes de aquella reunión del jurado, se había reeditado. Varias veces dije la palabra Canetti, y cada vez los rostros sentados a la larga mesa se habían contraído dolorosamente. Muchos de los que se sentaban a la mesa no sabían quién era Canetti, pero entre los pocos que lo conocían había uno que, de pronto, después de haber vuelto a decir yo Canetti, dijo: es que también es judío. Entonces hubo aún un murmullo y el nombre de Canetti dejó de ser tomado en consideración. Todavía hoy tengo esa frase en los oídos, ¡es que también es judío!, aunque no puedo decir quién la pronunció en la mesa. Pero todavía hoy oigo muy a menudo esa frase, que vino de algún rincón sumamente siniestro, aunque no sé quién la dijo.
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Estaba feliz con mi libro, que apareció en la primavera del 63, al mismo tiempo que una recensión de una página en Die Zeit, de Zuckmayer. Sin embargo, cuando pasó la tormenta general de críticas, insólitamente violenta y totalmente controvertida, desde los elogios más embarazosos hasta las críticas más malévolas, me sentí de repente con el ánimo por los suelos y como si hubiera caído en una fosa espantosamente desesperada. Creí que iba a asfixiarme por haber pensado erróneamente que la literatura era mi esperanza. No quería saber ya nada de la literatura.
La literatura no me había hecho feliz sino que me había arrojado a aquella fosa apestosa y sofocante de donde, según creía, no había escapatoria. Maldije la literatura y mi deshonesta relación con ella, y fui a unas obras y me contraté como chófer de camión en la empresa Christophorus, de la Klosterneuburgerstraße. Durante meses fui repartidor de cerveza de la famosa Gósser-Brauerei.
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¡… y así entrego el premio de 1967 de la Asociación Federal de la Industria Alemana a la señora Bernhard y al señor Borchers! Mi vecina se estremeció, lo noté. Tuvo un segundo de pánico. Le apreté la mano y le dije que pensara sólo en el cheque, se tratara del señor Borchers y la señora Bernhard o del señor Bernhard y la señora Borchers, como era en realidad, daba igual. La señora Borchers y yo subimos al estrado del ayuntamiento de Ratisbona, en donde nadie más que los interesados y quizá el señor De le Roi y el señor Bender se habían dado cuenta del error del señor Von Bohlen und Halbach, y recogimos cada uno un cheque de ocho mil marcos. Pasamos todavía un día hermoso en aquella horrible ciudad y volví a Viena, donde estaba bien alojado con mi tía. Hace un año recibí un, así llamado, volumen conmemorativo de la Cámara de Cultura de la Asociación Federal de la Industria Alemana, el, así llamado, Jahresring (Círculo Anual), en el que se menciona con orgullo a todos sus galardonados. Sólo faltaba mi nombre. ¿Me habría borrado de la lista de honor el doctor De le Roi, un señor, como recuerdo, muy amable, a causa de mi vida posterior, de la que no me arrepiento en nada?
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El señor De le Roi nos recogió a la señora Borchers y a mí y fuimos al ayuntamiento, que pasa por ser uno de los más preciosos del gótico alemán. A mí amenazó aplastarme y asfixiarme cuando entré, pero me dije, ánimo, ánimo, siempre ánimo, colabora en todo lo que te va a pasar, y coge el cheque de ocho mil marcos y desaparece.
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Todos se habían puesto de pie en la sala, precipitándose hacia el estrado, naturalmente hacia la ministra y el presidente Hunger, que hablaba con la ministra. Yo estaba a un lado con mi tía como atontado y cada vez más perplejo, escuchando el torrente de palabras cada vez más excitadas de aquellas mil personas. Al cabo de un rato, la ministra miró a su alrededor y preguntó con voz de arrogancia y estupidez inimitables: Bueno, ¿dónde está el escritorzuelo? Yo estaba justo al lado de ella, pero no me atreví a darme a conocer. Agarré a mi tía y abandonamos la sala. Sin que nadie lo impidiera ni nadie nos hiciera caso, dejamos hacia la una de la tarde la Academia de Ciencias.
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Entonces se produjo un gran revuelo en la sala, que sólo por los ensayos de los músicos de la Filarmónica con sus instrumentos no se convirtió en algo horrible, y vi cómo el presidente Hunger se abría paso hacia mí. Ahora hay que ser firme, pensé, demostrar intransigencia, el valor, la consecuencia. No iré hacia ellos, pensé, lo mismo que ellos no han venido hacia mí en el sentido más exacto de la palabra. Cuando el presidente Hunger llegó a mi lado, dijo que lo lamentaba, pero no dijo qué era lo que lamentaba. Me pidió que fuera con mi tía hacia delante, a la primera fila, porque mi puesto y el de mi tía estaban entre la señora ministra y él.De modo que mi tía y yo seguimos al presidente Hunger a la primera fila. Cuando nos hubimos sentado y un murmullo indefinido había recorrido la sala entera, la ceremonia pudo comenzar. Creo que la Filarmónica tocó una pieza de Mozart. Luego se pronunciaron conferencias más largas o más breves sobre Grillparzer. Cuando la miré una vez, vi que la señora ministra Firnberg, así se llamaba, se había dormido, lo que tampoco se le había escapado al presidente Hunger, porque la ministra roncaba, aunque muy suavemente, roncaba, roncaba con el suave ronquido de los ministros, conocido en el mundo entero.
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Yo, durante años, no había llevado hasta aquel momento un traje, en efecto, hasta entonces me había dejado ver siempre sólo con pantalones y jersey, incluso en el teatro, cuando iba, llevaba únicamente, como mucho, pantalones y jersey, sobre todo unos pantalones grises de lana y un jersey de oveja de punto grueso y un rojo estallante que me regaló un americano bondadoso inmediatamente después de la guerra. Con ese atuendo, recuerdo, había ido varias veces a Venecia y al famoso teatro La Fenice, una de ellas a una representación del Tancredi de Monteverdi que dirigió Vittorio Gui, y con esos pantalones y ese jersey había estado en Roma, en Palermo, en Taormina y en Florencia y en casi todas las demás capitales europeas, por no hablar de que en casa había llevado casi siempre esas prendas, cuanto más raídas estaban tanto más las quería, durante años me habían conocido sólo con esos pantalones y ese jersey, y todavía hoy me preguntan los amigos de entonces por esos pantalones y ese jersey, he llevado esas prendas durante más de un cuarto de siglo.
Mis premios - Thomas Bernhard
miércoles, 28 de noviembre de 2018
lunes, 26 de noviembre de 2018
Tú, que te dices amigo de Frankenstein, pareces conocer mis crímenes y sus desventuras. Pero los detalles que él te haya contado no pueden resumir las horas y meses de desdicha que he sufrido consumiéndome en pasiones impotentes. Pues aunque destruía sus esperanzas, no satisfacía mis propios deseos, siempre ardientes y devoradores; anhelaba el amor y la compañía, y sin embargo era despreciado. ¿No es injusticia eso? ¿Debo ser considerado el único criminal, cuando toda la humanidad ha pecado contra mí? ¿Por qué no odias a Félix, que arrojó injustamente de su puerta al amigo? ¿Por qué no maldices al rústico que trató de matar al que había salvado a su hijita? ¡No, esos son seres virtuosos e inmaculados! ¡Yo, el miserable, el abandonado, soy un aborto al que hay que despreciar y arrojar y pisotear!
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—¿Acaso sueñas? —dijo el demonio—. ¿Crees que he sido insensible a la agonía y al remordimiento? Él —prosiguió, señalando el cadáver— no sufrió cuando llevó a cabo su hazaña. ¡Ah! Durante los morosos detalles de su ejecución no sufrió ni la diezmilésima parte de la angustia que he sufrido yo. Un egoísmo espantoso me empujaba, mientras el remordimiento me envenenaba el corazón. ¿Crees que los gemidos de Clerval fueron música para mis oídos? Mi corazón estaba hecho para el amor y la simpatía; y cuando la desdicha lo empujó hacia la maldad y el odio, no pude soportar la violencia del cambio sin una tortura como nadie puede siquiera imaginar.
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Una tremenda carcajada me respondió en el silencio de la noche. Resonó en mis oídos larga y pesadamente; las montañas devolvieron su eco y sentí como si el infierno entero me envolviese con risas y burlas. En aquel instante me habría dejado dominar por el frenesí, y habría puesto fin a mi desdichada existencia; pero mi juramento había sido escuchado, y mi vida estaba reservada para la venganza. Se desvaneció la risa, y una voz que yo conocía y odiaba dijo en audible susurro cerca de mí:
—¡Me alegro, miserable desdichado! Has decidido vivir, y me alegro.
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A vosotros apelo, espíritus de los muertos, y a vosotros, ministros errabundos de la venganza, para que me ayudéis y me guiéis en esta empresa. Que ese monstruo infernal y maldito apure hasta las heces el cáliz de la agonía, y sienta la desesperación que a mí me atormenta ahora.
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Llegué a Ginebra. Mi padre y Ernest aún vivían, pero el primero no pudo soportar la noticia que yo le llevaba. ¡Aún veo al excelente y venerable anciano! Sus ojos vagaron ausentes, pues había perdido a la que había sido su alegría y su encanto, a Elizabeth, su más que hija, a quien había mimado con todo el cariño del hombre que, en el ocaso de la vida, y teniendo pocos afectos, se aferra más firmemente a los que le quedan. ¡Maldito, maldito sea el demonio que precipitó la desdicha sobre sus cabellos grises colmándole de sufrimientos! No pudo soportar los horrores que se acumulaban a su alrededor; los resortes de la existencia no tardaron en ceder; fue incapaz de levantarse de la cama, y a los pocos días murió en mis brazos.
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Yo tuve sentimientos de afecto, y fueron correspondidos con el odio y el desprecio. ¡Tú podrás odiarme, hombre, pero ten cuidado! Pasarás tus horas sumido en el terror y la desdicha; y no tardará en caer el rayo que ha de arrebatarte para siempre la felicidad. ¿Pretendes ser dichoso, mientras yo me arrastro en la intensidad de mi desventura? Podrás aplastar mis otras pasiones, pero me queda aún la venganza… ¡la venganza, en adelante, será para mí más querida que la luz y el alimento! Puede que yo muera; pero antes, tú, mi tirano y verdugo, maldecirás el sol que alumbra tu miseria. Ten cuidado; porque soy atrevido, y por tanto poderoso. Vigilaré con la astucia de una serpiente, a fin de morder con su veneno. Te arrepentirás de las injurias que me infliges.
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Cuando llegó la noche, abandoné el refugio y vagué por el bosque; y ahora que no me contenía el temor de que me descubriesen, di rienda suelta a mi congoja con espantosos alaridos. Era como una fiera salvaje que hubiera roto la red de la trampa y recorría el bosque con la agilidad del ciervo, destruyendo los objetos que encontraba a mi paso. ¡Ah! ¡Qué noche más desdichada pasé! Las frías estrellas brillaban de forma burlesca, y los árboles pelados balanceaban sus ramas por encima de mí; de cuando en cuando, el dulce canto de un pájaro irrumpía en medio de la universal quietud. Todos los seres, salvo yo, descansaban o eran felices; yo, como el demonio, llevaba el infierno dentro; y puesto que nadie me compadecía, deseaba arrancar árboles, sembrar el estrago y la destrucción a mi alrededor, y luego sentarme a gozar en aquella ruina.
Pero esto era un lujo de sensaciones que no podía durar; el exceso de esfuerzo corporal me agotó, y me tumbé en la hierba húmeda, impotente de desesperación. No había entre los miles y miles de hombres existentes ninguno que me ayudase o se apiadase de mí; ¿y debía sentir yo amabilidad hacia mis enemigos? No; desde aquel instante declaré la guerra eterna a la especie; y sobre todo, a aquél que me había formado para hundirme en esta insoportable desventura.
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Cuentan todo lo referente a mi desdichado origen, las repugnantes circunstancias que lo hicieron posible, con la más minuciosa descripción de mi abominable figura, en un lenguaje que refleja tu propio horror, y que grabó el mío de forma imborrable. ¡Sentí náuseas al leerlo! ¡Maldito sea el día en que recibí la vida! —exclamé con agonía. ¡Maldito mi creador! ¿Por qué fabricaste un monstruo tan espantoso que incluso tú mismo te apartaste horrorizado de mí?
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De las manos de Dios había salido una criatura perfecta, próspera y feliz, protegida por el especial cuidado de su Creador; se le había permitido conversar con seres de naturaleza superior y adquirir de ellos su saber; en cambio, yo era desdichado, estaba desamparado y solo. Muchas veces consideré a Satanás el símbolo más acorde con mi condición, pues con frecuencia, como él, cuando presenciaba la dicha de mis protectores, sentía removerse en mi interior la hiel amarga de la envidia.
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Mientras leía, sin embargo, analizaba con atención mis propios sentimientos y situación. Encontraba mi caso parecido, aunque al mismo tiempo extrañamente distinto al de los seres cuyas historias leía y cuyas conversaciones escuchaba. Simpatizaba con ellos y les comprendía, pero yo no estaba intelectualmente formado; no dependía de nadie ni me relacionaba con nadie. «El sendero de mi partida estaba libre», y nadie iba a lamentar mi desaparición. Mi figura era espantosa y mi estatura gigantesca. ¿Qué significaba esto? ¿Quién era yo? ¿De dónde había venido? ¿Cuál era mi destino? Tales eran las preguntas que me repetía continuamente, aunque era incapaz de resolver.
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Estos maravillosos relatos me inspiraron extraños sentimientos. ¿Era el hombre, efectivamente, tan poderoso, tan virtuoso y magnífico, y no obstante tan depravado y tan bajo? Unas veces parecía un mero vástago del principio del mal; otras, lo más noble y divino que cabe imaginar. Ser un hombre grande y virtuoso me parecía el más alto honor que podía caberle a un ser sensible; ser bajo y ruin, como hay testimonio de que han sido muchos, era la más baja depravación, una condición más abyecta que la del topo ciego o del gusano inofensivo. Durante mucho tiempo fui incapaz de concebir cómo un hombre podía llegar a matar a un semejante, ni por qué había leyes y gobiernos; pero al enterarme con detalle de las matanzas y los vicios, cesó mi asombro, y rechacé todo aquello con repugnancia y aversión.
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La niña estaba ordenando la casa; luego sacó algo de un cajón —con lo que ocupó después sus manos— y se sentó junto al anciano, el cual, tomando un instrumento, comenzó a tocar y producir unos sonidos más dulces que la voz de los tordos y los ruiseñores. Era una escena encantadora incluso para mí, ¡pobre desdichado!, que jamás había visto nada tan hermoso hasta ahora. El cabello plateado y el semblante benévolo del viej o campesino conquistaron mi respeto, mientras que los dulces modales de la niña cautivaron mi amor. El viejo tocaba una tonada dulce y triste que, según descubrí, arrancaba lágrimas de los ojos de su amable compañera; cosa de la que el viejo no se dio cuenta, hasta que ella sollozó de manera audible; entonces él pronunció unos cuantos sonidos, y la rubia criatura, dejando la labor, se arrodilló a sus pies. Él la levantó y sonrió con tal ternura y afecto que yo mismo experimentó una emoción extraña e irresistible; era una mezcla de dolor y de placer, tal como no me habían hecho sentir jamás ni el hambre y el frío; ni el calor y el alimento; me retiré de la ventana, incapaz de soportarlo.
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Todos los hombres odian a los desventurados; así que ¡cuánto no me deben odiar a mí, que soy el más desdichado de los seres vivientes! Sin embargo, tú, mi creador, detestas y desprecias a tu criatura, a la que tu arte te ligó con lazos que sólo disolverá la desaparición de uno de los dos. Pretendes matarme. ¿Cómo te atreves a jugar de este modo con la vida? Cumple tu deber para conmigo, y yo cumpliré el mío respecto a ti y al resto de los hombres. Si accedes a cumplir mis condiciones, os dejaré en paz; pero si rehúsas, cebaré el buche de la muerte hasta saciarla con la sangre de los amigos que aún te quedan.
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¡Ay! ¿Por qué se jacta el hombre de sensibilidades superiores a las del bruto? Ello no hace sino someterle más a la necesidad. Si nuestros impulsos se redujesen al hambre, a la sed y al deseo, casi seríamos libres; en cambio, así nos mueve cualquier soplo de viento, cualquier palabra casual, o la idea que esa palabra puede transmitir.
Descansamos, y un sueño puede envenenar nuestro descanso.
Despertamos, y un pensamiento fugaz corrompe el día.
Sentimos, concebimos, razonamos; reímos o lloramos,
abrazamos con pasión el dolor; desechamos los cuidados;
da igual: pues ya sea el gozo o el dolor;
el sendero de su marcha aún está libre.
El ayer del hombre jamás será como el mañana;
¡nada dura salvo la propia mutabilidad!
(...)
La tormenta, como ocurre con frecuencia en Suiza, había surgido a la vez desde distintos sectores del cielo. Su mayor violencia se concentraba exactamente en el norte de la ciudad, sobre la parte del lago situada entre el promontorio de Belrive y el pueblo de Còpet. Entretanto, otra tormenta iluminaba el Jura con débiles relámpagos, y otra entenebrecía y desvelaba a intervalos la Mòle, montaña puntiaguda al este del lago.
Mientras contemplaba la tempestad, hermosa pero terrible, seguí andando con paso rápido. Esta noble guerra que se desarrollaba en el cielo me elevaba el ánimo; junté las manos y exclamé:
—¡William, mi querido ángel! ¡Este es tu funeral, éste es tu réquiem!
(...)
—¡Pobre William! —dijo—. ¡Pobre criatura encantadora, ahora duerme junto a su angelical madre! ¡Que tenga que llorar su muerte prematura quien le ha visto radiante y lleno de gracia y juventud! ¡Morir de forma tan desventurada; sentir la garra del homicida! ¡Qué entrañas tendrá ese asesino, que ha sido capaz de destruir tan luminosa inocencia! ¡Pobre, pobre niño! Sólo nos queda un consuelo: que mientras sus amigos lloran su muerte, él descansa. El suplicio ha terminado; sus sufrimientos han concluido para siempre. Un velo de tierra cubre su dulce cuerpo, y no conoce el dolor. No puede ser ya objeto de compasión; debemos reservar eso para los desdichados que le sobreviven.
(...)
Ven, Victor; no alimentes pensamientos de venganza contra el asesino, sino de paz y de amor, para que, en vez de enconar las heridas de nuestro espíritu, las hagan cicatrizar. Entra en la casa del dolor, amigo mío, pero con amabilidad y afecto hacia los que te aman, y no con odio a tus enemigos.
Tu afectuoso y afligido padre,
Alphonse Frankenstein
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No tardó en observar que el tema me desagradaba; pero no adivinando el verdadero motivo, atribuyó estos sentimientos a mi modestia, y pasó a hablar de la ciencia misma con la intención, según vi con toda claridad, de tirarme de la lengua. ¿Qué podía hacer yo? Trataba de agradarme, y me estaba atormentando. Para mí era como si hubiera colocado cuidadosamente ante mi vista, uno a uno, aquellos instrumentos que más tarde iban a infligirme una muerte lenta y cruel. Yo me retorcía bajo sus palabras, aunque sin atreverme a manifestar el dolor que sentía. Clerval, cuyos ojos y sentimientos eran agudos y penetrantes para descubrir las emociones de los demás, cambió de tema, alegando como excusa su total ignorancia; y la conversación tomó un derrotero más general. Di las gracias a mi amigo en lo más hondo de mi corazón, pero no dije nada. Me daba cuenta claramente de que él estaba sorprendido; pero no trató de arrancarme el secreto; y aunque yo le quería con una mezcla de afecto y respeto ilimitados, sin embargo jamás me decidí a confiarle aquel acontecimiento que tan a menudo estaba presente en mi memoria, pero cuya descripción no habría hecho sino grabármelo de manera más indeleble.
(...)
Los distintos accidentes de la vida no son tan mudables como los sentimientos de la naturaleza humana. Yo había trabajado denodadamente durante casi dos años, con el único objetivo de infundir vida a un cuerpo inanimado. Para ello me había privado del descanso y de la salud. Lo había deseado con un ardor que excedía con mucho a la moderación; pero ahora que había terminado, se había desvanecido la belleza del sueño, y un intenso horror y repugnancia me invadieron el corazón. Incapaz de soportar el aspecto del ser que había creado, salí precipitadamente de la habitación, y estuve paseando por mi dormitorio durante mucho tiempo, sin poder sosegar mi espíritu ni dormir.
(...)
Un ser humano perfecto debe conservar siempre una mente tranquila y serena, y no permitir jamás que la pasión, o un deseo transitorio, turben su tranquilidad. No creo que la persecución del saber sea una excepción a esta regla. Si el estudio al que nos dedicamos tiende a debilitar nuestros afectos y a destruir nuestro gusto por los placeres sencillos en los que no puede haber mezcla ninguna, entonces ese estudio es indefectiblemente malo y en modo alguno conveniente para la mente humana.
(...)
Murió serenamente, y su semblante expresó afecto incluso en la muerte. No hace falta describir los sentimientos de aquellos cuyos lazos más queridos rompe el más irreparable de los males, el vacío que provoca en su alma, y la desesperación que asoma al rostro de todos. Ha de pasar mucho tiempo antes de que la mente se convenza de que quizá aquella a quien veíamos a diario, y cuya existencia parecía formar parte de la nuestra se ha ido para siempre… que quizá se ha apagado la luz de los ojos amados, y que quizá ha enmudecido la voz familiar y querida para no volver a oírse nunca más. Estas son las reflexiones de los primeros días; pero cuando el tiempo demuestra la realidad de ese mal, entonces comienza la verdadera amargura del dolor. Pero ¿a quién no ha arrancado esa mano rigurosa algún ser querido? ¿Para qué voy a describir un dolor que todos hemos sufrido y debemos sufrir? Llega al fin la hora en que la aflicción es más un alivio que una necesidad; y no es desterrada la sonrisa que aflora a los labios, aunque pueda juzgarse un sacrilegio.Mi madre había muerto, pero nosotros teníamos deberes que cumplir; debíamos seguir nuestro camino con los demás y aprender a consideramos afortunados, mientras no nos alcanzase la Parca.
(...)
Así de extrañamente están hechas nuestras almas, y así de sutiles son los ligamentos que nos atan a la prosperidad o a la ruina. Al mirar hacia atrás, me parece como si este cambio casi milagroso de inclinación y voluntad fuese sugerencia inmediata de mi ángel de la guarda: el último esfuerzo realizado por el espíritu de la conversación para evitar la tormenta que ya entonces se cernía en las estrellas, dispuesta a envolverme. Su victoria se anunciaba por una inusitada tranquilidad y alegría del alma que siguieron al abandono de mis antiguos y últimamente atormentadores estudios. Así fue como aprendí a asociar el mal con su prosecución, y la felicidad con su desprecio.
Aquél fue un esfuerzo enorme del espíritu del bien, aunque resultó inútil. El destino era demasiado poderoso, y sus leyes inmutables habían decretado mi absoluta y terrible destrucción.
(...)
Siento un inmenso placer al demorarme en estos recuerdos de mi infancia, antes de que la desventura infectase mi espíritu, y cambiase las luminosas visiones de ilimitada utilidad en estrechas y tenebrosas reflexiones sobre la persona. Además, al trazar el cuadro de mis primeros años, incluyo también aquellos acontecimientos que condujeron, de manera imperceptible, a mi posterior desventura, pues cuando trato de explicarme el nacimiento de esa pasión que después dominó mi destino, la veo surgir como un río de montaña de fuente innoble y casi ignorada; pero, creciendo a medida que avanza, se convirtió en un torrente que fue arrasando a su paso todas mis esperanzas y alegrías.
(...)
Todo el mundo aprendió a querer a Elizabeth. El apasionado y casi reverente afecto con que todos la miraban, y yo también, se convirtió en mi orgullo y satisfacción. La noche antes de que la trajeran a casa, mi madre me había dicho en broma:
—Tengo un precioso regalo para ti, Victor; mañana te lo traerán.
Y cuando, a la mañana siguiente, me presentó a Elizabeth diciendo que era el regalo prometido, yo, con infantil seriedad, interpreté sus palabras en sentido literal y consideré a Elizabeth mía: mía para protegerla, quererla y cuidarla. Todas las alabanzas que le dedicaban las acogía yo como dirigidas a algo de mi propiedad. Nos llamamos el uno al otro con el título familiar de primos. Ninguna palabra, ninguna expresión podría materializar la clase de vínculo que la unía a mí: era más que hermana, puesto que hasta la muerte fue únicamente mía.
Frankenstein, o el moderno Prometeo - Mary Shelley
(...)
—¿Acaso sueñas? —dijo el demonio—. ¿Crees que he sido insensible a la agonía y al remordimiento? Él —prosiguió, señalando el cadáver— no sufrió cuando llevó a cabo su hazaña. ¡Ah! Durante los morosos detalles de su ejecución no sufrió ni la diezmilésima parte de la angustia que he sufrido yo. Un egoísmo espantoso me empujaba, mientras el remordimiento me envenenaba el corazón. ¿Crees que los gemidos de Clerval fueron música para mis oídos? Mi corazón estaba hecho para el amor y la simpatía; y cuando la desdicha lo empujó hacia la maldad y el odio, no pude soportar la violencia del cambio sin una tortura como nadie puede siquiera imaginar.
(...)
Una tremenda carcajada me respondió en el silencio de la noche. Resonó en mis oídos larga y pesadamente; las montañas devolvieron su eco y sentí como si el infierno entero me envolviese con risas y burlas. En aquel instante me habría dejado dominar por el frenesí, y habría puesto fin a mi desdichada existencia; pero mi juramento había sido escuchado, y mi vida estaba reservada para la venganza. Se desvaneció la risa, y una voz que yo conocía y odiaba dijo en audible susurro cerca de mí:
—¡Me alegro, miserable desdichado! Has decidido vivir, y me alegro.
(...)
A vosotros apelo, espíritus de los muertos, y a vosotros, ministros errabundos de la venganza, para que me ayudéis y me guiéis en esta empresa. Que ese monstruo infernal y maldito apure hasta las heces el cáliz de la agonía, y sienta la desesperación que a mí me atormenta ahora.
(...)
Llegué a Ginebra. Mi padre y Ernest aún vivían, pero el primero no pudo soportar la noticia que yo le llevaba. ¡Aún veo al excelente y venerable anciano! Sus ojos vagaron ausentes, pues había perdido a la que había sido su alegría y su encanto, a Elizabeth, su más que hija, a quien había mimado con todo el cariño del hombre que, en el ocaso de la vida, y teniendo pocos afectos, se aferra más firmemente a los que le quedan. ¡Maldito, maldito sea el demonio que precipitó la desdicha sobre sus cabellos grises colmándole de sufrimientos! No pudo soportar los horrores que se acumulaban a su alrededor; los resortes de la existencia no tardaron en ceder; fue incapaz de levantarse de la cama, y a los pocos días murió en mis brazos.
(...)
Yo tuve sentimientos de afecto, y fueron correspondidos con el odio y el desprecio. ¡Tú podrás odiarme, hombre, pero ten cuidado! Pasarás tus horas sumido en el terror y la desdicha; y no tardará en caer el rayo que ha de arrebatarte para siempre la felicidad. ¿Pretendes ser dichoso, mientras yo me arrastro en la intensidad de mi desventura? Podrás aplastar mis otras pasiones, pero me queda aún la venganza… ¡la venganza, en adelante, será para mí más querida que la luz y el alimento! Puede que yo muera; pero antes, tú, mi tirano y verdugo, maldecirás el sol que alumbra tu miseria. Ten cuidado; porque soy atrevido, y por tanto poderoso. Vigilaré con la astucia de una serpiente, a fin de morder con su veneno. Te arrepentirás de las injurias que me infliges.
(...)
Cuando llegó la noche, abandoné el refugio y vagué por el bosque; y ahora que no me contenía el temor de que me descubriesen, di rienda suelta a mi congoja con espantosos alaridos. Era como una fiera salvaje que hubiera roto la red de la trampa y recorría el bosque con la agilidad del ciervo, destruyendo los objetos que encontraba a mi paso. ¡Ah! ¡Qué noche más desdichada pasé! Las frías estrellas brillaban de forma burlesca, y los árboles pelados balanceaban sus ramas por encima de mí; de cuando en cuando, el dulce canto de un pájaro irrumpía en medio de la universal quietud. Todos los seres, salvo yo, descansaban o eran felices; yo, como el demonio, llevaba el infierno dentro; y puesto que nadie me compadecía, deseaba arrancar árboles, sembrar el estrago y la destrucción a mi alrededor, y luego sentarme a gozar en aquella ruina.
Pero esto era un lujo de sensaciones que no podía durar; el exceso de esfuerzo corporal me agotó, y me tumbé en la hierba húmeda, impotente de desesperación. No había entre los miles y miles de hombres existentes ninguno que me ayudase o se apiadase de mí; ¿y debía sentir yo amabilidad hacia mis enemigos? No; desde aquel instante declaré la guerra eterna a la especie; y sobre todo, a aquél que me había formado para hundirme en esta insoportable desventura.
(...)
Cuentan todo lo referente a mi desdichado origen, las repugnantes circunstancias que lo hicieron posible, con la más minuciosa descripción de mi abominable figura, en un lenguaje que refleja tu propio horror, y que grabó el mío de forma imborrable. ¡Sentí náuseas al leerlo! ¡Maldito sea el día en que recibí la vida! —exclamé con agonía. ¡Maldito mi creador! ¿Por qué fabricaste un monstruo tan espantoso que incluso tú mismo te apartaste horrorizado de mí?
(...)
De las manos de Dios había salido una criatura perfecta, próspera y feliz, protegida por el especial cuidado de su Creador; se le había permitido conversar con seres de naturaleza superior y adquirir de ellos su saber; en cambio, yo era desdichado, estaba desamparado y solo. Muchas veces consideré a Satanás el símbolo más acorde con mi condición, pues con frecuencia, como él, cuando presenciaba la dicha de mis protectores, sentía removerse en mi interior la hiel amarga de la envidia.
(...)
Mientras leía, sin embargo, analizaba con atención mis propios sentimientos y situación. Encontraba mi caso parecido, aunque al mismo tiempo extrañamente distinto al de los seres cuyas historias leía y cuyas conversaciones escuchaba. Simpatizaba con ellos y les comprendía, pero yo no estaba intelectualmente formado; no dependía de nadie ni me relacionaba con nadie. «El sendero de mi partida estaba libre», y nadie iba a lamentar mi desaparición. Mi figura era espantosa y mi estatura gigantesca. ¿Qué significaba esto? ¿Quién era yo? ¿De dónde había venido? ¿Cuál era mi destino? Tales eran las preguntas que me repetía continuamente, aunque era incapaz de resolver.
(...)
Estos maravillosos relatos me inspiraron extraños sentimientos. ¿Era el hombre, efectivamente, tan poderoso, tan virtuoso y magnífico, y no obstante tan depravado y tan bajo? Unas veces parecía un mero vástago del principio del mal; otras, lo más noble y divino que cabe imaginar. Ser un hombre grande y virtuoso me parecía el más alto honor que podía caberle a un ser sensible; ser bajo y ruin, como hay testimonio de que han sido muchos, era la más baja depravación, una condición más abyecta que la del topo ciego o del gusano inofensivo. Durante mucho tiempo fui incapaz de concebir cómo un hombre podía llegar a matar a un semejante, ni por qué había leyes y gobiernos; pero al enterarme con detalle de las matanzas y los vicios, cesó mi asombro, y rechacé todo aquello con repugnancia y aversión.
(...)
La niña estaba ordenando la casa; luego sacó algo de un cajón —con lo que ocupó después sus manos— y se sentó junto al anciano, el cual, tomando un instrumento, comenzó a tocar y producir unos sonidos más dulces que la voz de los tordos y los ruiseñores. Era una escena encantadora incluso para mí, ¡pobre desdichado!, que jamás había visto nada tan hermoso hasta ahora. El cabello plateado y el semblante benévolo del viej o campesino conquistaron mi respeto, mientras que los dulces modales de la niña cautivaron mi amor. El viejo tocaba una tonada dulce y triste que, según descubrí, arrancaba lágrimas de los ojos de su amable compañera; cosa de la que el viejo no se dio cuenta, hasta que ella sollozó de manera audible; entonces él pronunció unos cuantos sonidos, y la rubia criatura, dejando la labor, se arrodilló a sus pies. Él la levantó y sonrió con tal ternura y afecto que yo mismo experimentó una emoción extraña e irresistible; era una mezcla de dolor y de placer, tal como no me habían hecho sentir jamás ni el hambre y el frío; ni el calor y el alimento; me retiré de la ventana, incapaz de soportarlo.
(...)
Todos los hombres odian a los desventurados; así que ¡cuánto no me deben odiar a mí, que soy el más desdichado de los seres vivientes! Sin embargo, tú, mi creador, detestas y desprecias a tu criatura, a la que tu arte te ligó con lazos que sólo disolverá la desaparición de uno de los dos. Pretendes matarme. ¿Cómo te atreves a jugar de este modo con la vida? Cumple tu deber para conmigo, y yo cumpliré el mío respecto a ti y al resto de los hombres. Si accedes a cumplir mis condiciones, os dejaré en paz; pero si rehúsas, cebaré el buche de la muerte hasta saciarla con la sangre de los amigos que aún te quedan.
(...)
¡Ay! ¿Por qué se jacta el hombre de sensibilidades superiores a las del bruto? Ello no hace sino someterle más a la necesidad. Si nuestros impulsos se redujesen al hambre, a la sed y al deseo, casi seríamos libres; en cambio, así nos mueve cualquier soplo de viento, cualquier palabra casual, o la idea que esa palabra puede transmitir.
Descansamos, y un sueño puede envenenar nuestro descanso.
Despertamos, y un pensamiento fugaz corrompe el día.
Sentimos, concebimos, razonamos; reímos o lloramos,
abrazamos con pasión el dolor; desechamos los cuidados;
da igual: pues ya sea el gozo o el dolor;
el sendero de su marcha aún está libre.
El ayer del hombre jamás será como el mañana;
¡nada dura salvo la propia mutabilidad!
(...)
La tormenta, como ocurre con frecuencia en Suiza, había surgido a la vez desde distintos sectores del cielo. Su mayor violencia se concentraba exactamente en el norte de la ciudad, sobre la parte del lago situada entre el promontorio de Belrive y el pueblo de Còpet. Entretanto, otra tormenta iluminaba el Jura con débiles relámpagos, y otra entenebrecía y desvelaba a intervalos la Mòle, montaña puntiaguda al este del lago.
Mientras contemplaba la tempestad, hermosa pero terrible, seguí andando con paso rápido. Esta noble guerra que se desarrollaba en el cielo me elevaba el ánimo; junté las manos y exclamé:
—¡William, mi querido ángel! ¡Este es tu funeral, éste es tu réquiem!
(...)
—¡Pobre William! —dijo—. ¡Pobre criatura encantadora, ahora duerme junto a su angelical madre! ¡Que tenga que llorar su muerte prematura quien le ha visto radiante y lleno de gracia y juventud! ¡Morir de forma tan desventurada; sentir la garra del homicida! ¡Qué entrañas tendrá ese asesino, que ha sido capaz de destruir tan luminosa inocencia! ¡Pobre, pobre niño! Sólo nos queda un consuelo: que mientras sus amigos lloran su muerte, él descansa. El suplicio ha terminado; sus sufrimientos han concluido para siempre. Un velo de tierra cubre su dulce cuerpo, y no conoce el dolor. No puede ser ya objeto de compasión; debemos reservar eso para los desdichados que le sobreviven.
(...)
Ven, Victor; no alimentes pensamientos de venganza contra el asesino, sino de paz y de amor, para que, en vez de enconar las heridas de nuestro espíritu, las hagan cicatrizar. Entra en la casa del dolor, amigo mío, pero con amabilidad y afecto hacia los que te aman, y no con odio a tus enemigos.
Tu afectuoso y afligido padre,
Alphonse Frankenstein
(...)
No tardó en observar que el tema me desagradaba; pero no adivinando el verdadero motivo, atribuyó estos sentimientos a mi modestia, y pasó a hablar de la ciencia misma con la intención, según vi con toda claridad, de tirarme de la lengua. ¿Qué podía hacer yo? Trataba de agradarme, y me estaba atormentando. Para mí era como si hubiera colocado cuidadosamente ante mi vista, uno a uno, aquellos instrumentos que más tarde iban a infligirme una muerte lenta y cruel. Yo me retorcía bajo sus palabras, aunque sin atreverme a manifestar el dolor que sentía. Clerval, cuyos ojos y sentimientos eran agudos y penetrantes para descubrir las emociones de los demás, cambió de tema, alegando como excusa su total ignorancia; y la conversación tomó un derrotero más general. Di las gracias a mi amigo en lo más hondo de mi corazón, pero no dije nada. Me daba cuenta claramente de que él estaba sorprendido; pero no trató de arrancarme el secreto; y aunque yo le quería con una mezcla de afecto y respeto ilimitados, sin embargo jamás me decidí a confiarle aquel acontecimiento que tan a menudo estaba presente en mi memoria, pero cuya descripción no habría hecho sino grabármelo de manera más indeleble.
(...)
Los distintos accidentes de la vida no son tan mudables como los sentimientos de la naturaleza humana. Yo había trabajado denodadamente durante casi dos años, con el único objetivo de infundir vida a un cuerpo inanimado. Para ello me había privado del descanso y de la salud. Lo había deseado con un ardor que excedía con mucho a la moderación; pero ahora que había terminado, se había desvanecido la belleza del sueño, y un intenso horror y repugnancia me invadieron el corazón. Incapaz de soportar el aspecto del ser que había creado, salí precipitadamente de la habitación, y estuve paseando por mi dormitorio durante mucho tiempo, sin poder sosegar mi espíritu ni dormir.
(...)
Un ser humano perfecto debe conservar siempre una mente tranquila y serena, y no permitir jamás que la pasión, o un deseo transitorio, turben su tranquilidad. No creo que la persecución del saber sea una excepción a esta regla. Si el estudio al que nos dedicamos tiende a debilitar nuestros afectos y a destruir nuestro gusto por los placeres sencillos en los que no puede haber mezcla ninguna, entonces ese estudio es indefectiblemente malo y en modo alguno conveniente para la mente humana.
(...)
Murió serenamente, y su semblante expresó afecto incluso en la muerte. No hace falta describir los sentimientos de aquellos cuyos lazos más queridos rompe el más irreparable de los males, el vacío que provoca en su alma, y la desesperación que asoma al rostro de todos. Ha de pasar mucho tiempo antes de que la mente se convenza de que quizá aquella a quien veíamos a diario, y cuya existencia parecía formar parte de la nuestra se ha ido para siempre… que quizá se ha apagado la luz de los ojos amados, y que quizá ha enmudecido la voz familiar y querida para no volver a oírse nunca más. Estas son las reflexiones de los primeros días; pero cuando el tiempo demuestra la realidad de ese mal, entonces comienza la verdadera amargura del dolor. Pero ¿a quién no ha arrancado esa mano rigurosa algún ser querido? ¿Para qué voy a describir un dolor que todos hemos sufrido y debemos sufrir? Llega al fin la hora en que la aflicción es más un alivio que una necesidad; y no es desterrada la sonrisa que aflora a los labios, aunque pueda juzgarse un sacrilegio.Mi madre había muerto, pero nosotros teníamos deberes que cumplir; debíamos seguir nuestro camino con los demás y aprender a consideramos afortunados, mientras no nos alcanzase la Parca.
(...)
Así de extrañamente están hechas nuestras almas, y así de sutiles son los ligamentos que nos atan a la prosperidad o a la ruina. Al mirar hacia atrás, me parece como si este cambio casi milagroso de inclinación y voluntad fuese sugerencia inmediata de mi ángel de la guarda: el último esfuerzo realizado por el espíritu de la conversación para evitar la tormenta que ya entonces se cernía en las estrellas, dispuesta a envolverme. Su victoria se anunciaba por una inusitada tranquilidad y alegría del alma que siguieron al abandono de mis antiguos y últimamente atormentadores estudios. Así fue como aprendí a asociar el mal con su prosecución, y la felicidad con su desprecio.
Aquél fue un esfuerzo enorme del espíritu del bien, aunque resultó inútil. El destino era demasiado poderoso, y sus leyes inmutables habían decretado mi absoluta y terrible destrucción.
(...)
Siento un inmenso placer al demorarme en estos recuerdos de mi infancia, antes de que la desventura infectase mi espíritu, y cambiase las luminosas visiones de ilimitada utilidad en estrechas y tenebrosas reflexiones sobre la persona. Además, al trazar el cuadro de mis primeros años, incluyo también aquellos acontecimientos que condujeron, de manera imperceptible, a mi posterior desventura, pues cuando trato de explicarme el nacimiento de esa pasión que después dominó mi destino, la veo surgir como un río de montaña de fuente innoble y casi ignorada; pero, creciendo a medida que avanza, se convirtió en un torrente que fue arrasando a su paso todas mis esperanzas y alegrías.
(...)
Todo el mundo aprendió a querer a Elizabeth. El apasionado y casi reverente afecto con que todos la miraban, y yo también, se convirtió en mi orgullo y satisfacción. La noche antes de que la trajeran a casa, mi madre me había dicho en broma:
—Tengo un precioso regalo para ti, Victor; mañana te lo traerán.
Y cuando, a la mañana siguiente, me presentó a Elizabeth diciendo que era el regalo prometido, yo, con infantil seriedad, interpreté sus palabras en sentido literal y consideré a Elizabeth mía: mía para protegerla, quererla y cuidarla. Todas las alabanzas que le dedicaban las acogía yo como dirigidas a algo de mi propiedad. Nos llamamos el uno al otro con el título familiar de primos. Ninguna palabra, ninguna expresión podría materializar la clase de vínculo que la unía a mí: era más que hermana, puesto que hasta la muerte fue únicamente mía.
Frankenstein, o el moderno Prometeo - Mary Shelley
lunes, 19 de noviembre de 2018
Bueno, yo podría irme. Podría irme ahora mismo a las montañas y buscar una cueva, si no me quisieras tener contigo.
George se estremeció otra vez.
No. Quiero que te quedes conmigo.
Lennie dijo mañosamente:
Háblame como antes.
¿Qué quieres que te diga?
Cuéntame eso de los otros hombres y de nosotros.
Los hombres como nosotros empezó George no tienen familia. Ganan un poco de dinero y lo gastan. No tienen en el mundo nadie a quien le importe un bledo lo que les ocurra...
Pero nosotros no gritó Lennie con felicidad. Habla de nosotros, ahora.
George permaneció callado un momento.
Pero nosotros no repitió.
Porque...
Porque yo te tengo a ti y...
Y yo te tengo a ti. Nos tenemos el uno al otro, por eso, y hay alguien a quien le importa un bledo lo que nos pase exclamó Lennie triunfalmente.
(...)
Sí, eso es lo que dices siempre exclamó bruscamente la viejecilla. No haces más que decir eso, y bien sabes, condenado, que jamás lo vas a hacer. Te vas a quedar junto a él y vas a seguir haciendo de su vida un infierno, siempre, siempre.
También podría irme susurró Lennie. George no me dejará cuidar los conejos ahora.
Desapareció la tía Clara, y de la cabeza de Lennie surgió un conejo gigantesco. Se sentó frente a él, y agitó las orejas y encogió el hocico. Y habló también con la voz de Lennie.
Cuidar los conejos dijo burlonamente. Eres tan chiflado que no sirves ni para lustrar las botas de un conejo. Los olvidarías y les dejarías pasar hambre. Eso es lo que harías. Y entonces, ¿qué pensaría George?
Yo no me olvidaría repuso Lennie enérgicamente.
Diablos que no insistió el conejo. No vales ni siquiera el asador con que te tostarán en el infierno. Bien sabe Dios que George ha hecho lo posible para sacarte del pantano; pero no le ha servido de nada. Si crees que George va a dejarte cuidar los conejos, estás más loco que antes. No te va a dejar. Te va a moler los huesos con un palo, eso es lo que va a hacer.
Ahora respondió agresivamente Lennie:
No, no va a hacer nada de eso. George no va a hacer eso. Conozco a George desde..., ya he olvidado desde cuándo..., y jamás me ha alzado la mano con un palo. Es bueno conmigo. No va a ser malo ahora.
Bueno, pero está harto de ti. Te va a moler a palos, y después te va a dejar solo.
No gritó frenéticamente Lennie. No va a hacer nada de eso. Yo conozco a George. Yo y él trabajamos juntos.
Pero el conejo repitió con suavidad, una y otra vez:
Te va a dejar solo, chiflado. Te va a dejar solo. Te va a dejar, chiflado.
Lennie se tapó las orejas con las manos.
No. Te digo que no gritó. Y luego: ¡Oh, George! George... ¡George!
George salió silenciosamente de los matorrales y el conejo corrió a meterse otra vez en el cerebro de Lennie.
(...)
No me olvidé, no señor dijo suavemente Lennie. Diablos. Esconderme en el matorral y esperar a George. Tiró del ala del sombrero para bajarlo más sobre los ojos. George me va a reñir. George va a decir que le gustaría estar solo, sin que yo le molestara tanto. Volvió la cabeza y miró las encendidas cumbres de las montañas. Puedo irme para allí y encontrar una cueva. Y continuó tristemente: Y no tendré nunca salsa de tomate... pero no me importa. Si George no me quiere..., me iré. Me iré.
(...)
Como a veces ocurre, en un momento dado el tiempo se detuvo y ese momento duró más que cualquier otro. Y el sonido se detuvo, y el momento se detuvo durante mucho tiempo, mucho más tiempo que un momento.
Luego, gradualmente, despertó otra vez el tiempo y prosiguió perezosamente su marcha. Los caballos golpearon los cascos del otro lado de los pesebres e hicieron sonar las cadenas de los ronzales. Fuera, las voces de los hombres se hicieron más fuertes y más claras.
(...)
Ya basta cortó fríamente. Usted no tiene derecho a entrar en el cuarto de un hombre de color. No tiene derecho a acercarse siquiera aquí. Ahora váyase, y váyase pronto. Si no, voy a pedir al patrón que no la deje entrar más en este granero.
Ella se volvió hacia el peón negro, llena de desprecio.
Escucha, negro dijo. ¿Sabes lo que soy capaz de hacer si vuelves a abrir la boca?
Crooks la miró con expresión desamparada; luego se sentó en su camastro y se replegó dentro de sí mismo.
La mujer se le acercó.
¿Sabes lo que podría hacer yo?
Crooks pareció empequeñecerse y se apretó contra la pared.
Sí, señora.
Bueno, guarda las distancias entonces, negro. Me sería tan fácil, tan condenadamente fácil hacerte colgar de un árbol que ya no sería ni divertido.
Crooks se había reducido a la nada. No había personalidad, no había un yo: nada que despertase gusto o disgusto. Repitió:
Sí, señora.
Y su voz no tenía tono.
(...)
Está loco volvió a decir desdeñosamente Crooks. He visto más de cien hombres venir por los caminos a trabajar en los ranchos, con sus hatillos de ropa al hombro, y esa misma idea en la cabeza. Cientos de ellos. Llegan y trabajan y se van; y cada uno de ellos tiene un terrenito en la cabeza. Y ni uno solo de esos condenados lo ha logrado jamás. Es como el cielo. Todos quieren su terrenito. He leído muchos libros aquí. Nadie llega al cielo, y nadie consigue su tierra. La tienen en la cabeza, nada más. No hacen más que hablar de eso, siempre, siempre, pero sólo lo tienen en la cabeza.
(...)
Es curioso siguió George. Yo solía divertirme como un condenado a costa de él. Solía jugarle malas pasadas, porque era demasiado tonto para darse cuenta. Pero era tan tonto que ni siquiera sabía que le habían hecho una broma. Demonios, cómo me divertía. Junto a él me parecía que yo era el tipo más inteligente del mundo. ¿Y cómo no si hacía cualquier cosa que yo le dijera? Si le decía que saltara a un abismo, al abismo se tiraba. Pero al poco tiempo ya no era tan divertido. Y nunca se enfadaba conmigo. Le he pegado hasta cansarme, y él podría romperme todos los huesos del cuerpo con una sola mano, pero jamás alzó un dedo contra mí. La voz de George iba tomando un tono de confesión. Te contaré qué fue lo que me hizo cambiar. Un día estábamos con unos cuantos tipos junto al río Sacramento. Yo me creía muy listo. Me dirijo a Lennie y le digo: «Salta al río». Y él se tiró. No sabía nadar en absoluto. Estuvo a punto de ahogarse antes de que lo sacáramos del agua. ¡Y me estaba tan agradecido por haberlo salvado! Se olvidó de que era yo quien le había dicho que se tirara al agua. Bueno, desde entonces no he vuelto a hacer cosas así.
Es un buen tipo admitió Slim. No se necesitan sesos para ser bueno. A veces me parece que es más bien al contrario. Casi nunca un tipo muy listo es un hombre bueno.
(...)
Claro repuso George. Nos cuidamos el uno del otro. Indicó a Lennie con el pulgar. Él no es muy inteligente. Sin embargo, trabaja como un diablo. Es un buen tipo, pero no tiene sesos. Hace tiempo que lo conozco.
Slim miró a George, a través de él, más allá de él.
No hay muchos hombres que viajen juntos musitó. No sé por qué. Quizás todos tienen miedo de todos los demás en este condenado mundo.
Es mucho mejor viajar con un amigo opinó George.
De ratones y hombres - John Steinbeck
George se estremeció otra vez.
No. Quiero que te quedes conmigo.
Lennie dijo mañosamente:
Háblame como antes.
¿Qué quieres que te diga?
Cuéntame eso de los otros hombres y de nosotros.
Los hombres como nosotros empezó George no tienen familia. Ganan un poco de dinero y lo gastan. No tienen en el mundo nadie a quien le importe un bledo lo que les ocurra...
Pero nosotros no gritó Lennie con felicidad. Habla de nosotros, ahora.
George permaneció callado un momento.
Pero nosotros no repitió.
Porque...
Porque yo te tengo a ti y...
Y yo te tengo a ti. Nos tenemos el uno al otro, por eso, y hay alguien a quien le importa un bledo lo que nos pase exclamó Lennie triunfalmente.
(...)
Sí, eso es lo que dices siempre exclamó bruscamente la viejecilla. No haces más que decir eso, y bien sabes, condenado, que jamás lo vas a hacer. Te vas a quedar junto a él y vas a seguir haciendo de su vida un infierno, siempre, siempre.
También podría irme susurró Lennie. George no me dejará cuidar los conejos ahora.
Desapareció la tía Clara, y de la cabeza de Lennie surgió un conejo gigantesco. Se sentó frente a él, y agitó las orejas y encogió el hocico. Y habló también con la voz de Lennie.
Cuidar los conejos dijo burlonamente. Eres tan chiflado que no sirves ni para lustrar las botas de un conejo. Los olvidarías y les dejarías pasar hambre. Eso es lo que harías. Y entonces, ¿qué pensaría George?
Yo no me olvidaría repuso Lennie enérgicamente.
Diablos que no insistió el conejo. No vales ni siquiera el asador con que te tostarán en el infierno. Bien sabe Dios que George ha hecho lo posible para sacarte del pantano; pero no le ha servido de nada. Si crees que George va a dejarte cuidar los conejos, estás más loco que antes. No te va a dejar. Te va a moler los huesos con un palo, eso es lo que va a hacer.
Ahora respondió agresivamente Lennie:
No, no va a hacer nada de eso. George no va a hacer eso. Conozco a George desde..., ya he olvidado desde cuándo..., y jamás me ha alzado la mano con un palo. Es bueno conmigo. No va a ser malo ahora.
Bueno, pero está harto de ti. Te va a moler a palos, y después te va a dejar solo.
No gritó frenéticamente Lennie. No va a hacer nada de eso. Yo conozco a George. Yo y él trabajamos juntos.
Pero el conejo repitió con suavidad, una y otra vez:
Te va a dejar solo, chiflado. Te va a dejar solo. Te va a dejar, chiflado.
Lennie se tapó las orejas con las manos.
No. Te digo que no gritó. Y luego: ¡Oh, George! George... ¡George!
George salió silenciosamente de los matorrales y el conejo corrió a meterse otra vez en el cerebro de Lennie.
(...)
No me olvidé, no señor dijo suavemente Lennie. Diablos. Esconderme en el matorral y esperar a George. Tiró del ala del sombrero para bajarlo más sobre los ojos. George me va a reñir. George va a decir que le gustaría estar solo, sin que yo le molestara tanto. Volvió la cabeza y miró las encendidas cumbres de las montañas. Puedo irme para allí y encontrar una cueva. Y continuó tristemente: Y no tendré nunca salsa de tomate... pero no me importa. Si George no me quiere..., me iré. Me iré.
(...)
Como a veces ocurre, en un momento dado el tiempo se detuvo y ese momento duró más que cualquier otro. Y el sonido se detuvo, y el momento se detuvo durante mucho tiempo, mucho más tiempo que un momento.
Luego, gradualmente, despertó otra vez el tiempo y prosiguió perezosamente su marcha. Los caballos golpearon los cascos del otro lado de los pesebres e hicieron sonar las cadenas de los ronzales. Fuera, las voces de los hombres se hicieron más fuertes y más claras.
(...)
Ya basta cortó fríamente. Usted no tiene derecho a entrar en el cuarto de un hombre de color. No tiene derecho a acercarse siquiera aquí. Ahora váyase, y váyase pronto. Si no, voy a pedir al patrón que no la deje entrar más en este granero.
Ella se volvió hacia el peón negro, llena de desprecio.
Escucha, negro dijo. ¿Sabes lo que soy capaz de hacer si vuelves a abrir la boca?
Crooks la miró con expresión desamparada; luego se sentó en su camastro y se replegó dentro de sí mismo.
La mujer se le acercó.
¿Sabes lo que podría hacer yo?
Crooks pareció empequeñecerse y se apretó contra la pared.
Sí, señora.
Bueno, guarda las distancias entonces, negro. Me sería tan fácil, tan condenadamente fácil hacerte colgar de un árbol que ya no sería ni divertido.
Crooks se había reducido a la nada. No había personalidad, no había un yo: nada que despertase gusto o disgusto. Repitió:
Sí, señora.
Y su voz no tenía tono.
(...)
Está loco volvió a decir desdeñosamente Crooks. He visto más de cien hombres venir por los caminos a trabajar en los ranchos, con sus hatillos de ropa al hombro, y esa misma idea en la cabeza. Cientos de ellos. Llegan y trabajan y se van; y cada uno de ellos tiene un terrenito en la cabeza. Y ni uno solo de esos condenados lo ha logrado jamás. Es como el cielo. Todos quieren su terrenito. He leído muchos libros aquí. Nadie llega al cielo, y nadie consigue su tierra. La tienen en la cabeza, nada más. No hacen más que hablar de eso, siempre, siempre, pero sólo lo tienen en la cabeza.
(...)
Es curioso siguió George. Yo solía divertirme como un condenado a costa de él. Solía jugarle malas pasadas, porque era demasiado tonto para darse cuenta. Pero era tan tonto que ni siquiera sabía que le habían hecho una broma. Demonios, cómo me divertía. Junto a él me parecía que yo era el tipo más inteligente del mundo. ¿Y cómo no si hacía cualquier cosa que yo le dijera? Si le decía que saltara a un abismo, al abismo se tiraba. Pero al poco tiempo ya no era tan divertido. Y nunca se enfadaba conmigo. Le he pegado hasta cansarme, y él podría romperme todos los huesos del cuerpo con una sola mano, pero jamás alzó un dedo contra mí. La voz de George iba tomando un tono de confesión. Te contaré qué fue lo que me hizo cambiar. Un día estábamos con unos cuantos tipos junto al río Sacramento. Yo me creía muy listo. Me dirijo a Lennie y le digo: «Salta al río». Y él se tiró. No sabía nadar en absoluto. Estuvo a punto de ahogarse antes de que lo sacáramos del agua. ¡Y me estaba tan agradecido por haberlo salvado! Se olvidó de que era yo quien le había dicho que se tirara al agua. Bueno, desde entonces no he vuelto a hacer cosas así.
Es un buen tipo admitió Slim. No se necesitan sesos para ser bueno. A veces me parece que es más bien al contrario. Casi nunca un tipo muy listo es un hombre bueno.
(...)
Claro repuso George. Nos cuidamos el uno del otro. Indicó a Lennie con el pulgar. Él no es muy inteligente. Sin embargo, trabaja como un diablo. Es un buen tipo, pero no tiene sesos. Hace tiempo que lo conozco.
Slim miró a George, a través de él, más allá de él.
No hay muchos hombres que viajen juntos musitó. No sé por qué. Quizás todos tienen miedo de todos los demás en este condenado mundo.
Es mucho mejor viajar con un amigo opinó George.
De ratones y hombres - John Steinbeck
jueves, 15 de noviembre de 2018
En la luz gris de la aurora el tío John caminó alrededor del extremo del furgón, más allá del camión de los Joad; y trepó por el resbaladizo terraplén de la carretera. Fue por esta, más allá de la explanada de los furgones, hasta llegar a un lugar donde el arroyo hirviente corría cercano al camino, bordeado por los sauces. Dejó la pala en el suelo y, llevando la caja delante de él, rodeó los arbustos hasta llegar a la orilla del veloz arroyo. Estuvo un rato viendo cómo se arremolinaba, dejando la espuma amarilla entre los troncos de los sauces. Sujetó la caja contra su pecho. Y entonces se agachó y puso la caja en el arroyo y la equilibró con la mano. Dijo fieramente: ve río abajo y díselo. Ve hasta la calle y púdrete y díselo de ese modo. Ésa es tu manera de hablar. Ni siquiera sabemos si eras niño o niña. No lo averiguaremos. Baja ahora y yace en la calle. Quizá entonces se den cuenta giró la caja con suavidad hacia la corriente y la soltó.
(...)
¿Cómo voy a saber de ti? Podrían matarte y yo no me enteraría. Podrían herirte. ¿Cómo lo voy a saber?
Tom se echó a reír incómodo.
Bueno, quizá es como dice Casy, uno no tiene un alma suya, sino un trozo de la gran alma y entonces
¿Entonces qué, Tom?
Entonces no importa. Entonces estaré en la oscuridad. Estaré en todas partes donde quiera que mires. En donde haya una pelea para que los hambrientos puedan comer, allí estaré. Donde haya un policía pegándole a uno, allí estaré. Si Casy sabía, por qué no, pues estaré en los gritos de la gente enfurecida y estaré en la risa de los niños cuando están hambrientos y saben que la cena está preparada. Y cuando nuestra gente coma los productos que ha cultivado y viva en las casas que ha construido, allí estaré, ¿entiendes? Dios, estoy hablando como Casy. Es por pensar tanto en él. A veces me parece verlo.
(...)
Tom dijo ella con severidad. Coge este dinero, ¿has entendido? No tienes derecho a causar dolor.
No juegas limpio dijo Tom.
He pensado que quizá podrías ir a una ciudad grande. Los Ángeles, tal vez. Nunca te buscarán allí.
Hmm dijo él. Mira, Madre. He estado todo el día y toda la noche escondido solo. Adivina en quién he estado pensando. ¡En Casy! Él hablaba mucho. Antes me molestaba. Pero ahora he estado pensando en lo que decía y puedo recordarlo todo. Decía que una vez se fue al desierto a encontrar su propia alma y descubrió que no tenía un alma que fuese suya. Que descubrió que él solo tenía un pedacito de una enorme alma. Decía que el desierto no servía de nada porque su pedacito de alma no servía, a menos que estuviera con el resto, y estuviera entera. Es curioso lo que recuerdo. Ni siquiera me daba cuenta de que estuviera escuchando. Pero ahora sé que un hombre no sirve para nada si está solo.
(...)
Por lo que sea, señora la miró suplicante. Y entonces su rostro perdió el miedo. Tomó diez centavos de su bolsillo y los metió en la caja. Así dijo con alivio. Sacó una bolsita de debajo del mostrador, la sacudió para abrirla y metió algo de azúcar, pesó la bolsa y añadió un poco más de azúcar. Aquí tiene dijo. Ahora está bien. Usted traiga el vale y yo recuperaré mis diez centavos.
Madre le miró estudiándole. Alargó ciegamente la mano y puso la bolsita de azúcar en el montón de paquetes que llevaba en el brazo.
Le doy las gracias dijo quedamente. Fue hacia la puerta y al llegar se volvió. Estoy aprendiendo una cosa nueva dijo. Continuamente, todos los días. Si tienes problemas o estás herido o necesitado acude a la gente pobre. Son los únicos que te van a ayudar los únicos la puerta se cerró con un golpe detrás de ella.
(...)
La podredumbre se extiende por el Estado y el dulce olor es una desgracia para el campo. Hombres que pueden hacer injertos en los árboles y hacer la semilla fértil y grande, no saben cómo hacer para dejar que gente hambrienta coma los productos. Hombres que han creado nuevos frutos en el mundo no pueden crear un sistema para que sus frutos se coman. Y el fracaso se cierne sobre el Estado como una enorme desgracia.
Los frutos de las raíces de las vides, de los árboles, deben destruirse para mantener los precios y esto es lo más triste y lo más amargo de todo. Cargamentos de naranjas arrojados en el suelo. La gente vino de muy lejos para coger la fruta, pero no podía ser. ¿Cómo iban a comprar naranjas a veinte centavos la docena si podían salir y recogerlas? Y hombres con mangueras arrojan chorros de queroseno en las naranjas y se enfurecen ante semejante crimen y se enfadan con la gente que ha venido a por la fruta. Un millón de personas hambrientas, que necesitan la fruta y el queroseno rociado sobre las montañas doradas.
Y el olor a podrido llena el campo.
Quemar café como combustible en los barcos. Quemar maíz para calentarse, hace un cálido fuego. Tirar patatas a los ríos y poner vigilantes a lo largo de las orillas para evitar que la gente hambrienta las pesque. Matar a los cerdos y enterrarlos y dejar que la putrefacción se filtre en la tierra.
Eso es un crimen que va más allá de la denuncia. Es una desgracia que el llanto no puede simbolizar. Es un fracaso que supera todos nuestros éxitos. La tierra fértil, las rectas hileras de árboles, los rubustos troncos y la fruta madura. Y niños agonizando de pelagra deben morir por no poderse obtener un beneficio de una naranja. Y los forenses tienen que rellenar los certificados murió de desnutrición porque la comida debe pudrirse, a la fuerza debe pudrirse.
La gente viene con redes para pescar en el río y los vigilantes se lo impiden; vienen en coches destartalados para coger las naranjas arrojadas, pero han sido rociadas con queroseno. Y se quedan inmóviles y ven las patatas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar podredumbre; y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, cogiendo peso, listas para la vendimia.
(...)
Había un bravo en un risco, contra el sol. Sabía que sobresalía. Extendió los brazos y permaneció de pie, inmóvil. Desnudo como la mañana, y perfilado contra el sol. Tal vez estaba loco. No lo sé. Allí quieto, con los brazos extendidos, parecía una cruz. Cuatrocientos metros. Y los hombres bueno, subieron sus miras y sintieron el viento con los dedos; pero se quedaron quietos, sin poder disparar. Tal vez aquel indio sabía algo. Sabía que no podíamos disparar. Allí tumbados, con los rifles amartillados y ni siquiera los subimos al hombro. Mirándole. Una banda en la cabeza con una pluma. Podíamos verle, y tan desnudo como el sol. Durante largo rato estuvimos mirando y no se movió en absoluto. Y entonces el capitán se puso furioso. ¡Disparad, cabrones chiflados, disparad!, gritó. Y nosotros quietos. Contaré hasta cinco y entonces veremos, dijo el capitán. Pues bien, levantamos despacio los rifles y todos esperábamos que alguien disparara primero. Nunca he estado tan triste en mi vida. Y puse el punto de mira en su vientre y entonces. Cayó con un golpe seco y rodó. Nosotros subimos. No era grande había parecido tan enorme allá arriba. Todo destrozado y pequeño. ¿Alguna vez has visto un faisán, rígido y hermoso, cada pluma dibujada y pintada e incluso los ojos pintados, tan bonitos? Y ¡bang! Lo recoges ensangrentado y retorcido y has echado a perder algo mejor que tú; comértelo no llega a compensarte, porque has echado a perder algo en ti mismo y ya no tiene arreglo.
(...)
A mí me parece que son gente amable dijo secamente.
Los ojos de la señora Sandry se clavaron en ella.
¡Amable! gritó. ¿Cree usted que son buenos cuando hay baile agarrado? Se lo digo yo, su alma inmortal no tiene ni una posibilidad en este campamento. Anoche salí a un servicio en Weedpatch. ¿Sabe lo que dijo el predicador? Dijo: Hay maldad en este campamento. Los pobres intentan ser ricos. Hay bailes y abrazos donde debería haber llanto y gemir en pecado. Eso es lo que dijo. Todos los que no están aquí son negros pecadores, dijo. Le aseguro que oírle le deja a uno sintiéndose muy bien. Y sabíamos que estábamos salvados. Nosotros no hemos bailado.
El rostro de Madre estaba rojo. Se puso en pie lentamente y se encaró con la señora Sandry.
¡Fuera! dijo. Váyase ahora, antes de que yo peque al decir dónde debe irse. Váyase a su llanto y su gemir.
(...)
Hay muchos que quisieran saber lo que son rojos rio. Uno de nuestros chicos lo averiguó aplanó suavemente con la pala la tierra amontonada. Un tipo llamado Hines tiene unos treinta mil acres, melocotones y uvas, una conservera y un lagar. Estaba todo el tiempo hablando de «esos condenados rojos». «Esos rojos de mierda están llevando el país a la ruina» decía, y «tenemos que echar a estos rojos cabrones de aquí». Un día le estaba oyendo un joven recién llegado al oeste. Se rascó la cabeza y le dijo: «Señor Hines, yo llevo por aquí poco tiempo. ¿Qué son los malditos rojos?» Pues bien, Hines le contestó: «¡Un rojo es un hijo de puta que pide treinta centavos por hora cuando lo que pagamos son veinticinco!» El joven se lo pensó, se rascó la cabeza y dijo: «Bueno, señor Hines, yo no soy un hijo de puta, pero si eso es lo que es un rojo pues yo quiero treinta centavos por hora. Todo el mundo lo quiere. Diablos, señor Hines, todos somos rojos»
(...)
Y las compañías, los bancos fueron forjando su propia perdición sin saberlo. Los campos eran fértiles y los hombres muertos de hambre avanzaban por los caminos. Los graneros estaban repletos y los niños de los pobres crecían raquíticos, mientras en sus costados se hinchaban las pústulas de la pelagra. Las compañías poderosas no sabían que la línea entre el hambre y la ira es muy delgada. Y el dinero que podía haberse empleado en jornales se destinó a gases venenosos, armas, agentes y espías, a listas negras e instrucción militar. En las carreteras la gente se movía como hormigas en busca de trabajo, de comida. Y la ira comenzó a fermentar.
(...)
Yo escucho continuamente. Por eso he estado pensando. Oigo hablar a la gente y al poco puedo oír lo que sienten. Incesantemente. Los oigo y los siento; y están aleteando como un pájaro en un desván. Se van a quebrar las alas contra una ventana polvorienta intentando salir.
Tom le miró con los ojos muy abiertos y luego se volvió a mirar la tienda gris, unos siete metros más allá. Los vaqueros y camisas y un vestido lavados colgaban secándose de las cuerdas de la tienda. Dijo quedamente:
De eso era de lo que quería hablar con usted. Y usted ya lo ha visto.
Lo he visto asintió Casy. Somos un ejército sin mandos inclinó la cabeza y se pasó la mano extendida por la frente y el pelo, lentamente. Lo llevo viendo desde el principio dijo. En cada lugar en que hemos hecho un alto. Gente con hambre de tocino, y luego, cuando se lo comen, no se quedan satisfechos. Y cuando tenían tanta hambre que no lo podían soportar, me pedían que rezara por ellos y alguna vez lo he hecho juntó las manos alrededor de las rodillas encogidas y recogió las piernas. Yo solía pensar que así arreglaba algo continuó. Yo soltaba una plegaria y los problemas se pegaban a ella como las moscas al papel pringoso. La plegaria se iba navegando y se llevaba con ella las preocupaciones. Pero ya no funciona.
(...)
Y los grandes propietarios, los que deben ser desposeídos de su tierra por un cataclismo, los grandes propietarios con acceso a la historia, con ojos para leer la historia y conocer el gran hecho: cuando la propiedad se acumula en unas pocas manos, acaba por serles arrebatada. Y el hecho que siempre acompaña: cuando hay una mayoría de gente que tiene hambre y frío, tomará por la fuerza lo que necesita. Y el pequeño hecho evidente que se repite a lo largo de la historia: el único resultado de la represión es el fortalecimiento y la unión de los reprimidos. Los grandes propietarios hicieron caso omiso de los tres gritos de la historia. La tierra fue quedando en menos manos, aumentó el número de los desposeídos y los propietarios dirigieron todos sus esfuerzos a la represión. El dinero se gastó en armas, y en gasolina para mantener la vigilancia en las enormes propiedades y se enviaron espías que recogieran las instrucciones susurradas para la revuelta, de forma que esta pudiera ser sofocada. La economía en proceso de cambio fue ignorada, al igual que los planes del cambio; y solo se consideraron los medios para extinguir la revuelta, mientras persistían las causas de la misma.
(...)
¿Qué si en algún momento marchan como un ejército igual que los lombardos lo hicieron sobre Italia, los germanos sobre la Galia y los turcos en Bizancio? Aquéllas también eran hordas mal armadas y ansiosas de territorio, y las legiones no pudieron detenerlas. Ni las matanzas ni el terror pusieron fin a su avance. ¿Cómo se puede asustar a un hombre que carga con el hambre de los vientres estragados de sus hijos además de la que siente en su propio estómago acalambrado? No se le puede atemorizar, porque este hombre ha conocido un miedo superior a cualquier otro.
(...)
Pero la policía tenía razón. Cultivar una cosecha da la propiedad. Tierra abierta con la azada y las zanahorias comidas un hombre puede luchar por la tierra de la que ha sacado alimento. Hay que echarle con rapidez o se creerá que es suya. Podría llegar a morir luchando por su pequeño claro entre el estramonio.
¿Viste su cara cuando arrancamos los nabos? Esa mirada era de las que matan. Hay que mantener a esta gente a raya o se apoderarán de la tierra. Se harán dueños de la región.
Forasteros, extraños.
Sí, claro que hablan el mismo idioma, pero son distintos. Mira qué forma de vivir. ¿Te imaginas a alguno de nosotros viviendo así? ¡Ni hablar!
(...)
Y llegó el día en que los propietarios dejaron de trabajar sus fincas; cultivaron sobre el papel, olvidaron la tierra, su olor y su tacto, y solo recordaron que era de su propiedad, solo recordaron lo que les suponía en ganancias y pérdidas. Algunas de las fincas llegaron a ser tan extensas que no cabían en la imaginación, tan enormes que se hizo necesaria una compañía de contables para poder llevar la cuenta de intereses, ganancias y pérdidas; químicos que analizaran el suelo, que repusieran las sustancias que se habían agotado; jefes de paja para asegurar que los hombres encorvados se movieran a lo largo de las hileras tan rápidamente como la materia de sus cuerpos pudiera resistir. Entonces, un granjero tal se convertía en tendero y se ocupaba de una tienda. Pagaba a los hombres y les vendía comida y recuperaba el dinero. Y después dejó de pagarles en absoluto y se ahorró contabilidad. En las fincas se daba la comida a crédito. Un hombre podía trabajar y alimentarse; y se daba el caso de que, al acabar el trabajo, este hombre debía dinero a la compañía. Y los propietarios no solo no trabajaban las fincas, sino que muchos de ellos ni siquiera las habían visto.
(...)
La noche entera y ella estaba sola y continuó: John, esa mujer está tan llena de amor que me asusta. Me asusta y me hace sentirme vil.
(...)
Ojalá pudiera esperar y no tuviera que decíroslo. Ojalá todo pudiera ser hermoso, la felicidad pudiera ser completa.
Padre dijo:
Entonces es que la abuela está mal.
Madre levantó la vista y contempló el valle.
La abuela está muerta.
Todos la miraron, y Padre preguntó:
¿Cuándo?
Antes de que nos hicieran parar anoche.
Así que por eso no querías que registraran.
Temía que no pudiéramos llegar al otro lado dijo ella. Le dije a la abuela que no podíamos hacer nada por ella, que la familia tenía que atravesar el desierto. Se lo dije, se lo dije cuando se moría. No podíamos detenernos en el desierto. Estaban los pequeños y el hijo de Rosasharn. Se lo dije se tapó la cara con las manos un momento. Podemos enterrarla en algún sitio hermoso y verde dijo Madre quedamente. Un lugar bonito con árboles alrededor. Tiene que descansar en California.
La familia miró a Madre, un poco asustados de su fuerza.
(...)
Yo sé que un hombre debe hacer lo que tenga que hacer. Yo no le puedo responder, no puedo. No creo que haya buena suerte o mala suerte. De lo único que estoy seguro en este mundo es de que nadie tiene derecho a inmiscuirse en la vida de otro. Cada uno tiene que decidir por sí mismo. Se le puede ayudar, quizá, pero no decirle lo que debe hacer.
Entonces, ¿no lo sabe? preguntó el tío John decepcionado.
No lo sé.
¿Cree que fue un pecado dejar morir de aquella forma a mi mujer?
Bueno consideró Casy, para los demás fue un error, pero si usted piensa que fue un pecado entonces es un pecado. Cada uno levanta sus propios pecados desde la misma tierra.
He de pensar despacio en eso replicó el tío John, y rodó para ponerse de espaldas con las rodillas encogidas.
(...)
Es que mire yo estuve casado con una buena chica. Una noche le dio un dolor en el estómago. Y dijo: «Es mejor que me traigas un médico.» Y yo le contesté: «Qué dices, es que has comido demasiado» el tío John puso una mano en la rodilla de Casy y le miró en la oscuridad. Me miró de una manera Estuvo gimiendo toda la noche y murió a la tarde siguiente el predicador musitó algo. Entiende continuó John, yo la maté. Desde entonces intento compensarlo, con los niños más que nada. Y he intentado portarme bien, pero no puedo. Me emborracho y me descontrolo.
Todo el mundo se descontrola dijo Casy. Yo también lo hago.
Sí, pero usted no lleva un pecado en su alma como yo.
(...)
¿Qué sucede, Madre? preguntó él.
Tenía miedo contestó ella. Vino un policía a decir que no podíamos quedarnos. Temía que hubiera hablado contigo, que le pegaras si se dirigía a ti.
Tom dijo:
¿Para qué iba yo a pegarle a un policía?
Bueno sonrió Madre, tenía muy malos modos; yo misma estuve a punto de pegarle
Tom la agarró del brazo y la sacudió con fuerza, como a un pelele, mientras se reía. Se sentó en el suelo, riendo todavía.
Por Dios, Madre. Yo te conocía como una persona apacible. ¿Qué es lo que te ha pasado?
La expresión de ella se tornó seria.
No lo sé, Tom.
Primero nos mantienes a raya, con una barra de hierro y ahora intentas atizarle a un poli él se rió por lo bajo y alargó una mano y palmeó con ternura los pies descalzos de su madre. Menudo genio sacas dijo.
Tom.
¿Sí?
Ella vaciló largamente.
Tom, ese policia que vino nos llamó okies. Dijo: «No queremos que os quedéis aquí, malditos okies.»
(...)
Llegó de no muy lejos el sonido del inicio de un servicio, el canto monótono de la exhortación. Las palabras no se distinguían, pero el tono era claro. La voz subía y bajaba y a cada subida alcanzaba un tono más agudo. Ahora la respuesta llenaba la pausa y la exhortación se elevó triunfal y la reverberación del poder inundó la voz. Se hinchó e hizo una pausa y un bramido llegó en respuesta. Entonces, gradualmente, las frases de la exhortación se acortaron y adquirieron presteza, como órdenes; y en las respuestas apareció una nota de queja. El ritmo se aceleró. Las voces masculinas y femeninas habían estado todas en el mismo tono, pero ahora, en el medio de una respuesta, la voz de una mujer se elevó en un grito quejumbroso, salvaje y fiero, como el grito de una bestia; y una voz más grave de mujer se elevó al lado de la otra, como un ladrido, mientras una voz de hombre trepaba una escala con un aullido de lobo. La exhortación llegó a su fin y de la tienda salió solo el aullido salvaje acompañado de un golpeteo sobre la tierra. Madre se estremeció. La respiración de Rose of Sharon era corta y jadeante, y el coro de aullidos se prolongó tanto que pareció que los pulmones fueran a estallar.
Madre dijo:
Me pone nerviosa. Me ha pasado algo.
Ahora la voz aguda alcanzó el histerismo, los gritos atropellados de una hiena, y el golpeteo en intensidad. Las voces se quebraban y cascaban y entonces todo el coro se disolvió en su sonido suave rezongón y sollozante, y la carne golpeada y el golpeteo en la tierra; los sollozos se transformaron en un gimoteo como el de una camada de cachorros frente a un plato de comida.
(...)
Cuando eres joven, Rosasharn, todo lo que pasa es una cosa en sí misma. Es un hecho aislado. Lo sé, lo recuerdo, Rosasharn su boca pronunció con amor el nombre de su hija. Vas a tener un hijo, Rosasharn, y para ti es algo aislado y lejano, te dolerá y el dolor será un dolor aislado y esta tienda está sola en el mundo, Rosasharn golpeó un momento el aire para impulsar un moscardón zumbante, y la gran mosca brillante dibujó dos círculos alrededor de la tienda y salió zumbando a la luz cegadora del sol. Madre continuó: Hay un tiempo de cambio, y cuando llega, una muerte se convierte en un trozo del morir, y un parto en un trozo de todos los nacimientos, y dar a luz y morir son dos partes de la misma cosa. Entonces los hechos dejan de estar aislados. Entonces un dolor ya no duele tanto, porque ya no es un dolor aislado, Rosasharn. Ojalá pudiera explicártelo para que lo supieras, pero no puedo y su voz era tan suave, estaba tan llena de amor, que los ojos de Rose of Sharon se inundaron de lágrimas que fluyeron y la cegaron.
(...)
Parece que así es la cosa dijo Casy. A uno que se lo está pasando bien le importa un comino; pero un tipo retorcido, solitario y viejo y decepcionado ese sí que tiene miedo de morir.
¿Qué es lo que le decepciona teniendo un millón de acres? preguntó Padre.
El predicador sonrió y pareció confuso. Empujó salpicando con la mano un insecto de agua que iba flotando.
Si necesita un millón de acres para sentirse rico, me parece que es porque en su interior se encuentra muy pobre, y si es pobre en sí mismo, no hay acres suficientes que le vayan a hacer sentirse rico, y quizá esté decepcionado de que no hay nada que él pueda hacer que le haga sentirse rico rico como lo fue la señora Wilson al ofrecer su tienda cuando murió el abuelo. No estoy intentando predicar un sermón, pero nunca he visto a nadie que se dedicara a juntar cosas, tan ocupado como un perro de la pradera, que no estuviera desilusionado sonrió con picardía. Parece un sermón, ¿verdad?
(...)
Sí, señor. Buena tierra sin trabajar. Bueno, pues eso le cabreará un poco, pero aún no ha visto nada. La gente tiene una mirada en los ojos, le miran y sus rostros dicen: «No me gustas, hijo de puta.» Hay ayudantes del sheriff que le avasallan a uno. Si acampas al borde de la carretera te dicen que sigas adelante. Se ve en las caras de la gente el odio que nos tienen. Déjenme que les diga, nos odian porque nos tienen miedo. Saben que un hombre hambriento va a conseguir comida aunque la tenga que robar. Saben que una tierra en barbecho es un pecado y que alguien la va a coger. ¡Qué diablos! A ustedes nadie les ha llamado todavía okie.
¿Okie? preguntó Tom. ¿Qué es eso?
Antes significaba que eras de Oklahoma. Ahora quiere decir que eres un cerdo hijo de perra, que eres una mierda. En sí no significa nada, es el tono con que lo dicen. Pero yo no les puedo explicar nada, tienen que ir allí. He oído que hay trescientas mil personas como nosotros, que viven como cerdos porque en California todo tiene propietario. No queda nada libre. Y los propietarios se van a agarrar a sus posesiones aunque tengan que matar hasta el último hombre para conservarlas. Tienen miedo y eso les pone furiosos. Ya lo verán. Ya lo oirán. Es la puñetera tierra más hermosa que hayan visto, pero su gente no les tratará bien. Tienen tanto miedo y están tan preocupados que ni siquiera se tratan bien entre ellos.
(...)
Se desarrolló en los mundos un gobierno, con líderes, con ancianos respetados por todos. Un hombre sabio se dio cuenta de que su sabiduría era necesaria en todos los campamentos; la estupidez de un tonto era la misma en todos los mundos. Y una especie de seguro surgió en estas noches. Uno que tenía comida alimentaba a un hambriento y así se aseguraba contra el hambre. Y cuando un bebé moría un montón de monedas crecía a la puerta de la tienda, porque un niño debe tener un buen entierro, ya que no ha tenido nada más de la vida. A un viejo se le puede enterrar en la fosa común, pero a un bebé no.
(...)
Los coches de los emigrantes que salían de las carreteras secundarias fueron desembocando en la gran carretera que atravesaba el país y tomaron la ruta migratoria hacia el oeste. Durante el día corrían como insectos en dirección oeste; y cuando la oscuridad les alcanzaba, se reunían como insectos, refugiándose junto al agua. Se arrimaban juntos porque todos estaban solos y confusos, porque todos provenían de un lugar de tristeza y preocupación y derrota y porque todos se dirigían a un sitio nuevo y misterioso; hablaban juntos; compartían sus vidas, su comida y las esperanzas que tenían puestas en su destino. Así, se daba el caso de que una familia acampaba a la orilla de un arroyo, y otra acampaba allí por el arroyo y por la compañía, y una tercera lo hacía porque dos familias habían sido pioneras en la acampada y habían encontrado que era un buen lugar. Y al ponerse el sol, quizá se hubieran reunido allí veinte familias con sus veinte coches.
Al atardecer ocurría algo extraño: las veinte familias se convertían en una sola, los niños acababan siendo hijos de todos. La pérdida del hogar se transformaba en una única pérdida y el sueño dorado del oeste era un solo sueño. Y podía ser que la enfermedad de un niño llenara de desesperanza los corazones de veinte familias, de un centenar de personas; que un parto en una tienda tuviera aturdidas y calladas a cien personas a lo largo de la noche y les invadiera por la mañana la dicha del nacimiento. Una familia que la noche anterior se sentía perdida y atemorizada rebuscaría entre sus pertenencias para encontrar un regalo para el recién nacido. A la caída de la tarde, sentadas alrededor de las hogueras, las veinte llegaban a ser una.
(...)
No, hasta que vea al tipo que hizo circular este papel. Le verá a él o a alguien que trabaje para él. Acampará en una cuneta con otras cincuenta familias. Él se asomará a su tienda para ver si le queda algo de comida. Si no le queda a usted nada, le dice: «¿quiere trabajar?». Y usted responderá: «Claro que sí. Le agradezco que me dé la oportunidad de trabajar.» Entonces él dirá: «Me sirves», y usted: «¿Cuándo empiezo?» Le dirá a dónde ir, a qué hora, y seguirá su camino. Quizá necesite doscientos hombres, así que habla con quinientos, que se lo dirán a otra gente y cuando llega al sitio del trabajo, hay allí unos mil hombres. El jefe dice. «Pago veinte centavos por hora.» Más o menos la mitad de los hombres se marcharán. Pero aún quedan quinientos y están tan muertos de hambre que trabajan aun por unas galletas. Bueno, este tipo tiene un contrato para recoger los melocotones, o cortar el algodón. ¿Lo entienden ahora? Cuanta más gente haya y más hambrienta esté, menos tendrá que pagar. Si puede, se queda con uno que tenga hijos, porque mierda, había dicho que no les iba a inquietar el circulo le miró fríamente. Los ojos calibraron sus palabras. El hombre se sintió cohibido. Dije que no iba a inquietarles y, ¿qué es lo que estoy haciendo si no? Ustedes van a seguir adelante. No piensan regresar el silencio colgó sobre el porche. Y la luz siseó y un halo de polillas osciló dentro dando vueltas alrededor del farol. El hombre harapiento continuó, nervioso: Déjenme que les diga lo que han de hacer cuando encuentren al que ofrece trabajo. Pregunten cuánto piensa pagar y pídanle que lo ponga por escrito. Que haga eso. Si no me hacen caso, les estafarán.
El propietario se inclinó en la silla para ver mejor al hombre sucio y andrajoso. Se rascó entre los pelos grises del pecho. Dijo con frialdad:
¿No será usted uno de esos agitadores? ¿De esos charlatanes que rodean a los jornaleros?
Y el hombre gritó:
Le juro por Dios que no.
Hay muchos de esos dijo el propietario. Van de un sitio a otro montando bronca. Soliviantando a la gente. Metiéndoles mentiras en la cabeza. Son muchos los que hay. Llegará el día en que los atemos, a todos esos agitadores, y los echemos del país. Si uno quiere trabajar, bien. Si no, que se vaya al cuerno. Pero no le vamos a consentir que vaya mareando y causando problemas.
El hombre roto recuperó su sobriedad.
He intentado advertirles dijo. De algo que tardé un año en comprender. Dos hijos y mi mujer tuvieron que morir para que me diera cuenta. Pero no se lo puedo contar a ustedes. Debí haberlo sabido. Nadie me pudo convencer a mí tampoco. No les puedo hablar de mis pequeños, acostados en la tienda con los vientres hinchados y nada más que piel cubriendo sus huesos; temblaban y gimoteaban como cachorrillos y yo corriendo como loco de aquí para allá, buscando trabajo, no por dinero, ¡no por salario! gritó. Dios mío, solo por una taza de harina y una cucharada de manteca. Y luego vino el forense. «Estos niños han muerto de un fallo cardíaco», dijo. Lo escribió en el papel. Ellos tiritaban con los vientres hinchados como la vejiga de un gorrino.
(...)
Ya lo sé, Al. Quizá yo esté desquiciado. Puede que alguna vez te hable de todo aquello. Date cuenta, no es más que algo que te gustaría saber, que parece interesante. Pero yo tengo la curiosa noción de que lo mejor para mí sería olvidarlo todo durante una temporada. Quizá cuando pase algo de tiempo lo veré de otra manera. Ahora mismo, si pienso en ello se me revuelven las tripas. Mira, Al, te voy a decir una cosa la cárcel no es más que una forma de volverle a uno loco lentamente. ¿Entiendes? Se vuelven locos, los ves y los oyes y al poco ya no sabes si tú estás chalado o no. Cuando les da por ponerse a chillar por la noche a veces te parece que eres tú el que chilla y a veces es así.
Al dijo:
No volveré a hablar de ello, Tom.
Treinta días se aguantan prosiguió Tom. Y ciento ochenta también. Pero más de un año, no sé. Tiene algo único en el mundo, es retorcido, es una perversión la idea de encerrar a la gente. Bueno ¡al cuerno todo! No quiero hablar de ello. Mira cómo reluce el sol en esas ventanas.
(...)
Padre dijo, si te la cogieras rápidamente por un lado y yo por el otro y todos los demás se le tiraran encima y la abuela saltara en lo alto del montón, quizá podríamos reducir a Madre sin que matara a más de dos o tres de nosotros con esa barra. Pero si no estás dispuesto a que te aplaste la cabeza, creo que Madre nos tiene cogidos. ¡Dios, una persona decidida puede hacer lo que quiera con un montón de gente! Tú ganas, Madre. Suelta ya esa barra antes de que le hagas daño a alguien.
Madre miró sorprendida la barra de hierro. Su mano tembló. Dejó caer su arma al suelo y Tom, con un cuidado exagerado, la recogió y la metió de nuevo en el coche.
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A su lado, hombrecillos panzones con trajes claros y sombreros panamá; hombres limpios, rosados, de ojos confusos y preocupados, ojos inquietos. Preocupados porque las fórmulas no dan resultado; ansiosos de seguridad y, sin embargo, sintiendo que esta está desapareciendo de la tierra. En sus solapas, insignias de lugares donde se alojan y de clubs, sitios donde pueden ir y, mediante la suma de un número de hombrecillos preocupados, asegurarse a sí mismos que los negocios son algo noble y no el curioso robo ritual que saben que es; que los hombres de negocios son inteligentes a pesar de las pruebas patentes de su estupidez; que son amables y caritativos a pesar de los principios por los que se rigen los negocios rentables, que sus vidas son ricas en lugar de las aburridas y sosas rutinas que conocen; y que llegará el tiempo en el que dejarán de tener miedo.
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Los estados del oeste, nerviosos ante el cambio que comienza. Tejas y Oklahoma, Kansas y Arkansas, Nuevo Méjico, Arizona, California. Una familia expulsada de su tierra. Padre pidió el dinero prestado al banco y ahora el banco reclama la tierra. La compañía de tierras es decir, el banco cuando posee tierra no quiere familias para trabajarlas, quiere tractores. ¿Es algo malo un tractor? ¿No es buena la energía que abre los largos surcos? Si el tractor fuera nuestro, sería algo bueno, no mío, sino nuestro. Si nuestro tractor abriera los surcos de nuestra tierra, sería bueno. No de mi tierra, sino de nuestra tierra. Entonces podríamos amar ese tractor igual que amamos esta tierra cuando era nuestra. Pero el tractor hace dos cosas: remueve la tierra y nos expulsa de ella. Apenas hay diferencia entre el tractor y un tanque. Los dos empujan a la gente, la intimidan y la hieren. Hemos de pensar en esto.
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Es evidente cuando las bombas caen de los negros aviones en medio de la plaza del mercado, cuando se ensarta a los prisioneros como si se tratara de cerdos, cuando los cuerpos aplastados se desangran entre la suciedad y el polvo. De esta forma se puede uno dar cuenta. Si no se diera ese paso, si el dolor de avanzar a trompicones no fuera algo vivo, las bombas dejarían de caer estando vivos los que las arrojan, porque cada una de las bombas es la prueba de que el espíritu no ha muerto. Y teme el momento en que las huelgas dejen de producirse mientras los grandes propietarios siguen vivos, porque cada pequeña huelga aplastada es la prueba de que se ha dado el paso. Puedes saber esto: teme el momento en que el hombre deje de sufrir y morir por un concepto, porque esta cualidad es la base de la esencia humana, esta cualidad es el hombre mismo, y lo que le diferencia en el conjunto del universo.
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Siempre nos hemos comportado dijo Padre. Nadie nos puede culpar de nada. Nunca cogimos nada que no pudiésemos pagar; nunca tuvimos que depender de la caridad de nadie. Cuando Tom se metió en aquel lío pudimos ir con la cabeza bien alta. Sólo había hecho lo que cualquier hombre habría hecho.
Entonces ¿qué vamos a hacer? preguntó el tío John.
Si vamos a dar parte como dice la ley vendrán aquí a buscarlo. Sólo tenemos ciento cincuenta dólares. Si se llevan cuarenta para enterrar al abuelo nosotros no llegamos a California; pero si no, lo entierran como a un pobre.
Los hombres se agitaron intranquilos, estudiando la tierra que iba oscureciéndose delante de sus rodillas.
Padre dijo quedamente:
El abuelo enterró a su padre con sus propias manos, dignamente, y vació una buena tumba con su propia pala. Eso fue cuando un hombre tenía derecho a ser enterrado por su propio hijo y un hijo tenía derecho a enterrar a su propio padre.
Ahora la ley manda otra cosa dijo el tío John.
A veces no se puede hacer caso a la ley replicó Padre. Sin perder la decencia, en cualquier caso. Hay montones de veces en que resulta imposible. Cuando Floyd andaba por ahí suelto, haciendo locuras, la ley decía que debíamos entregarlo nadie lo hizo. A veces uno tiene que matizar la ley. Estoy diciendo que enterrar a mi propio padre es mi derecho. ¿Alguien quiere decir algo?
(...)
¿Cómo lo ha sabido? preguntó desamparado. ¿Cómo ha sabido que ya hemos estado hablando de liar el petate y marcharnos al oeste?
Somos todos le respondió Casy. Yo, por ejemplo, que solía luchar con todas mis fuerzas contra el diablo porque pensaba que él era el enemigo. Pero algo peor que el diablo se ha apoderado del país y no lo va a soltar hasta que lo arranquen a hachazos. ¿Ha visto alguna vez agarrarse a una de esas salamandras venenosas? Se agarra, y aunque se la corte en dos, la cabeza sigue enganchada. Se le corta el cuello y la cabeza no suelta lo que tenga apresado. Hay que coger un destornillador y abrirle la cabeza haciendo palanca para conseguir que suelte. Y mientras está enganchada, el veneno se introduce gota a gota, sin pausa, por el agujero que ha abierto con los dientes calló y miró de lado a Tom.
(...)
¡Eso es lo que usted se cree! ¿Ha oído hablar alguna vez de la patrulla fronteriza de California? Es de la policía de Los Angeles. Les detendrán, desgraciados, les harán volver. Mire, si no puede comprar tierras no le queremos aquí. Por cierto, ¿tiene carnet de conducir?, déjeme verlo. Se ha roto. No se puede entrar sin carnet de conducir.
Es un país libre.
Bueno, intente comprar la libertad. Por aquí decimos que un tipo tiene tanta libertad como su dinero le permite comprar.
(...)
Aquí hay una carta que escribió mi hermano el día antes de morir. Aquí un sombrero antiguo. Estas plumas nunca llegué a usarlas. No, no hay sitio. ¿Cómo podremos vivir sin nuestras vidas? ¿Cómo sabremos que somos nosotros si no tenemos pasado? No. Déjalo. Quémalo.
Sentadas miraron las cosas y se las grabaron a fuego en la memoria. ¿Cómo será no saber qué tierra hay tras la puerta? ¿Cómo será despertar por la noche y saber saber que el sauce no está allí? ¿puedes vivir sin el sauce? No, no puedes. El sauce eres tú. El dolor de ese colchón ese dolor espantoso eso eres tú.
(...)
¿Cuánto? ¿Diez dólares? ¿Por los dos? Y el carro ¡Por Dios santo! Antes los mato y que sean comida para perros. ¡Bueno, cójalos! Quédeselos deprisa. Está comprando una niñita trenzando guedejas, quitándose la cinta del pelo para hacer lazos, de pie, con la cabeza ladeada, frotando los suaves belfos con la mejilla. Está comprando años de trabajo, de esfuerzo bajo el sol; está comprando una pena que no puede hablar. Pero espere y verá. Con este montón de chatarra y estos bayos, tan bonitos, va una prima, un paquete de amargura que crecerá en su casa y florecerá algún día. Le podíamos haber salvado, pero usted nos ha derribado, y pronto usted será derribado y no quedará ninguno de nosotros para salvarle.
(...)
Tras ellos, con paso lento y regular pero sostenido, venían Padre y Noah. Éste era el primogénito, alto y extraño, que caminaba siempre con una expresión de sorpresa en el rostro, de calma y perplejidad. No se había enfadado en toda su vida. Miraba con extrañeza e inquietud a la gente enfurecida, de la misma manera que la gente normal mira a los locos. Noah se movía despacio, hablaba pocas veces y, cuando hablaba, lo hacía tan lentamente que la gente que no le conocía pensaba con frecuencia que era estúpido. No lo era, pero sí extraño. Tenía poco orgullo y ningún deseo sexual. Trabajaba y dormía con un ritmo curioso que, sin embargo, le bastaba. Apreciaba a su familia, pero nunca lo demostraba de ninguna forma. Aunque un observador no habría podido decir por qué, Noah producía la impresión de ser deforme, la cabeza o el cuerpo, las piernas o la mente; pero no se podía recordar ningún miembro deforme. Padre creía saber la razón de que Noah fuera raro, pero estaba avergonzado y nunca lo dijo. Pues la noche que Noah nació, Padre, atemorizado frente a los muslos abiertos, solo en la casa y horrorizado por el despojo estridente en que se había convertido su mujer, se volvió loco de preocupación. Usando las manos, los fuertes dedos como fórceps, había tirado del niño retorciéndolo. La comadrona, que llegaba tarde, encontró al niño con la cabeza deformada, el cuello estirado y el cuerpo torcido; ella había vuelto a colocar la cabeza en su lugar y había moldeado el cuerpo con sus manos. Pero Padre siempre se acordó y avergonzó de ello. Y se mostró más amable con Noah que con los demás. En la cara ancha de Noah, con los ojos demasiado separados, y en su mandíbula larga y frágil, Padre creía ver el cráneo torcido y deforme del bebé. Noah podía hacer todo lo que se le pedía, podía leer y escribir, trabajar y pensar, pero parecía que nada le importaba; no sentía más que indiferencia con respecto a cosas que la gente deseaba y necesitaba. Vivía en una extraña casa silenciosa desde la que miraba hacia afuera con ojos tranquilos. Era un extraño para el mundo, pero no se sentía solo.
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Miró fuera a la luz del sol. Su rostro lleno no era blando; era un rostro controlado, bondadoso. Sus ojos de avellana parecían haber sufrido todas las tragedias posibles y haber remontado el dolor y el sufrimiento como si se tratara de peldaños, hasta alcanzar una calma superior y una comprensión sobrehumana. Parecía conocer, aceptar y agradecer su posición, la ciudadela de la familia, el lugar fuerte que no podría ser tomado. Y puesto que el viejo Tom y los niños no sabían del dolor o el miedo a menos que ella los reconociese, había intentado negar en ella misma el dolor y el miedo. Y ya que ellos la miraban, cuando pasaba algo jubiloso, para ver si mostraba alegría, se había acostumbrado a poder reír sin tener las condiciones adecuadas. Pero la calma era mejor que la alegría. En la imperturbabilidad se podía confiar. Y desde su posición importante y humilde en la familia había obtenido dignidad y una belleza clara y serena. De su posición de sanadora sus manos habían adquirido seguridad, firmeza y calma; desde su posición de árbitro, había llegado a ser tan remota e infalible en sus decisiones como una diosa. Parecía ser consciente de que si ella titubeara, la familia temblaría, y si ella alguna vez verdaderamente vacilara o desesperara, la familia se vendría abajo, privada de la voluntad de funcionar.
(...)
Lo que es yo no es que les tenga demasiado respeto ahora mismo dijo Muley. El único gobierno que tenemos y que nos afecta es el «margen de beneficios seguros». Hay algo que me dejó perplejo: Willy Feeley conducía el tractor y va a ser el hombre de paja que supervise la tierra que su propia familia trabajaba. Eso me preocupa. Lo comprendería si fuera alguien que viene de fuera y que no sabe nada de nosotros, pero Willy es de aquí. Me preocupó tanto que fui a verle y le pregunté. Inmediatamente se puso furioso. «Tengo dos niños pequeños», dijo. «Están mi mujer y mi suegra. Todos tienen que comer.» Se puso como loco, «Lo primero y lo único que tengo que pensar es en mi familia propia», explicó. «Lo que le pase a otra gente no es mi problema.» Me parece que estaba avergonzado y por eso se enfureció.
(...)
Deja que se haga bien, que se tueste, que se ponga casi negra dijo Muley irritado. Quiero hablar. No he hablado con nadie. Si estoy chalado, estoy chalado y en paz. Igual que un fantasma de cementerio que recorre las casas de los vecinos por la noche. Las de Peters, Jacobs, Ranee, Joad; todas las casas están oscuras, se alzan como cajas llenas de ratas, pero en ellas solía haber buenas fiestas y bailes. Se celebraban servicios y se oía gritar ¡Gloria! También había bodas, en todas las casas. Y entonces me daban ganas de ir a la ciudad y matar a algunos. Pero ¿qué consiguieron cuando el tractor empujó a la gente fuera de las tierras? ¿Qué se llevaron para asegurar su margen de beneficios? Se llevaron a Padre muriendo sobre la tierra, a Joe gritando al empezar a respirar, a mí agitándome como un macho cabrío, por la noche, bajo un arbusto. ¿Qué han conseguido? Dios sabe que la tierra no vale nada. Nadie ha tenido una buena cosecha en años. Pero esos hijos de puta, sentados en sus escritorios, han partido en dos a la gente por su margen de beneficios. Simplemente los han cortado al medio. Una parte de la gente es el lugar donde vive. Nadie está completo, allí solo en la carretera, en un camión atestado. Ya no están vivos. Esos hijos de puta los han matado.
Quedó en silencio; sus finos labios seguían moviéndose y su pecho aún jadeaba. Se sentó y se miró las manos a la luz de la lumbre.
He estado mucho tiempo sin hablar con nadie se disculpó suavemente. He estado entrando y saliendo a hurtadillas, como un viejo fantasma de cementerio.
(...)
Esos hijos de puta dijo. Esos asquerosos hijos de puta. Pero lo que es yo, me quedo. No se librarán de mí. Si me echan a patadas, volveré, y si se figuran que bajo tierra me estaré quieto, me voy a llevar dos o tres hijos de puta conmigo para que me hagan compañía dio unas palmadas a un objeto pesado que llevaba en un bolsillo lateral de la chaqueta. Yo no me largo. Mi padre vino hace cincuenta años y yo no pienso irme.
¿Pero qué pretenden echando a la gente? preguntó Joad.
Bah, ellos hablan más que valen. Ya sabéis los años que hemos tenido: el polvo se levantaba y echaba todo a perder, y la cosecha era tan poca que no daba ni para atascar el culo de una hormiga. Todo el mundo debía dinero en la tienda. Ya veis lo que pasa. Pues bien, los propietarios de la tierra dijeron: «No nos podemos permitir el lujo de tener arrendatarios. Lo que gana el arrendatario es precisamente el margen de beneficios que no nos podemos permitir perder. La tierra solo resulta rentable si la dejamos sin dividir.» Así que el tractor fue echando de las tierras a todos los arrendatarios. A todos menos a mí, y juro que yo no me voy. Tommy, tú me conoces. Me conoces de toda la vida.
(...)
No sentía más cariño por la tierra que el que pudiera sentir el banco. Podía admirar el tractor: sus superficies de máquina, sus oleadas de potencia, el rugido de sus cilindros detonantes; pero el tractor no era suyo. Tras el tractor rodaban los discos brillantes que cortaban la tierra con las cuchillas; aquello no era arar, sino una especie de cirugía: la tierra extraída era empujada hacia la derecha, donde la segunda fila de discos la deshacía y la volvía a empujar a la izquierda; cuchillas cortantes que brillaban pulidas por la tierra lacerada. Y, arrastrados tras los discos, llegaban las gradas con sus peines de hierro, deshaciendo los terrones hasta que la tierra quedaba nivelada. Después de las gradas entraban en escena las grandes sembradoras, doce penes curvos de hierro, erectos en la fundición, cuyos orgasmos los producían los engranajes, que iban violando la tierra metódicamente, sin pasión. El conductor sentado en su silla de hierro se enorgullecía de la rectitud de las líneas que no se hacían por disposición suya, del tractor que ni poseía ni amaba, de ese poder que no estaba bajo su control. Y cuando aquella cosecha crecía y luego se segaba ningún hombre había desmigajado un terrón caliente con sus manos dejando la tierra cribarse entre las puntas de los dedos; ninguno había palpado la semilla ni anhelado que esta germinase.Los hombres comían algo que no habían cultivado y no había conexión entre ellos y el pan. La tierra daba frutos sometidos al hierro y bajo el hierro moría gradualmente; porque no había para ella ni amor ni odio, y no se le ofrecían oraciones si se le echaban maldiciones.
(...)
Sí, claro, gritaban los arrendatarios, pero es nuestra tierra. Nosotros la medimos y la dividimos. Nacimos en ella, nos mataron aquí, morimos aquí. Aunque no sea buena sigue siendo nuestra. Esto es lo que la hace nuestra: nacer, trabajar, morir en ella. Esto es lo que da la propiedad, no un papel con números.
Lo sentimos. No somos nosotros, es el monstruo. El banco no es como un hombre.
Sí, pero el banco no está hecho más que de hombres.
No, estás equivocado, estás muy equivocado. El banco es algo más que hombres. Fíjate que todos los hombres del banco detestan lo que el banco hace, pero aún así el banco lo hace. El banco es algo más que hombres, créeme. Es el monstruo. Los hombres lo crearon, pero no lo pueden controlar.
(...)
Pero, entiendes, un banco o una compañía, no lo pueden hacer porque esos bichos no respiran aire, no comen carne. Respiran beneficios, se alimentan de los intereses del dinero. Si no tienen esto mueren, igual que tú mueres sin aire, sin carne. Es triste pero es así. Sencillamente es así.
Los hombres acuclillados levantaban los ojos intentando comprender. ¿No podemos quedarnos? Quizá el año próximo sea un buen año. Dios sabe cuánto algodón habrá el año que viene. Y con todas las guerras, Dios sabe qué precio alcanzará el algodón. ¿No fabrican explosivos con el algodón? ¿No hacen uniformes? Con las guerras suficientes, el algodón irá por las nubes. El año próximo, tal vez. Miraban hacia arriba interrogantes.
(...)
Algunos portavoces eran amables porque detestaban lo que tenían que hacer, otros estaban enfadados porque no querían ser crueles, y aun otros se mostraban fríos, porque habían descubierto hacía ya mucho tiempo que no se puede ser propietario si no se es frío. Y todos se sentían atrapados en algo que les sobrepasaba. Unos despreciaban las matemáticas a las que debían obedecer, otros tenían miedo, y aun otros adoraban a las matemáticas porque podían refugiarse en ellas de las ideas y los sentimientos. Si un banco o una compañía financiera eran dueños de las tierras, el enviado decía: el Banco, o la Compañía, necesita, quiere, insiste, debe recibir, como si el banco o la compañía fueran un monstruo con capacidad para pensar y sentir, que les hubiera atrapado. Ellos no asumían la responsabilidad por los bancos o las compañías porque eran hombres y esclavos, mientras que los bancos eran máquinas y amos, todo al mismo tiempo. Algunos de los enviados estaban algo orgullosos de ser los esclavos de señores tan fríos y poderosos. Se quedaban sentados en los coches y daban explicaciones. Sabes que la tierra es pobre. Ya has escarbado en ella lo suficiente, Dios lo sabe.
(...)
Me digo a mí mismo: ¿Qué es lo que te está royendo? ¿Joder? Y me contesto: no, el pecado. Y sigo: ¿Cómo es que precisamente cuando un hombre debería estar protegido a toda prueba contra el pecado, cuando está todo lleno de Jesucristo, es cuando no puede dejar quietos los botones del pantalón? posó dos dedos en la palma de la mano siguiendo el ritmo como si pusiera allí con suavidad cada palabra una al lado de otra. Yo pienso: Quizá no sea un pecado. Puede que sea solamente que los hombres son así. A lo mejor nos hemos estado castigando como locos por nada. Pensé cómo algunas hermanas se azotaban a sí mismas con un trozo de alambre. Y pensé que a lo mejor les gustaba hacerse daño y a lo mejor a mí también me gustaba hacerme daño. Pues bien, estaba tumbado bajo un árbol cuando llegué a esa conclusión y me quedé dormido. Se hizo de noche, estaba oscuro cuando desperté. Cerca aullaba un coyote. Antes de que me diera cuenta estaba diciendo en voz alta: ¡Y una mierda! No existe el pecado y no existe la virtud. Sólo hay lo que la gente hace. Todo es parte de lo mismo. Algunas cosas que los hombres hacen son bonitas y otras no, pero eso es todo lo que un hombre tiene derecho a decir hizo una pausa y levantó la mirada de la palma de la mano, donde había ido poniendo las palabras.
Joad le sonreía, pero sus agudos ojos también mostraban interés.
Le dio una buena reflexión dijo. Llegó a una conclusión.
Casy habló de nuevo y su voz expresaba dolor y confusión.
Yo me digo: ¿Qué es esta llamada, este espíritu? Es amor. Amo tanto a la gente que a veces estoy a punto de estallar. Y pienso: ¿No amas a Jesucristo? Le di vueltas y más vueltas y al final me dije: No, no conozco a nadie llamado Jesús. Sé un puñado de historias, pero solo amo a la gente. A veces tanto que casi estallo y quiero hacerles felices, así que predico algo que pienso que les hará felices. Y entonces he hablado muchísimo. Quizá te asombres de que diga tacos. Bueno, para mí ya no son malos. No son más que palabras que la gente usa y no significan nada malo. Bueno, sea como sea, te diré una cosa más que se me ocurrió; y viniendo de un predicador es la cosa menos religiosa posible y ya no puedo ser predicador porque llegué a esa conclusión y creo en ella.
¿De qué se trata? preguntó Joad.
Casy le miró tímidamente.
Si te parece mal, no te ofendas, ¿de acuerdo?
Yo no me ofendo más que cuando me dan un puñetazo en la nariz dijo Joad. ¿Qué fue lo que pensó?
Pensé en esa historia del Espíritu Santo y Jesucristo. Me dije: ¿Por qué tenemos que atribuirlo a Dios o a Jesús? Quizá, pensé, quizá son los hombres y las mujeres a los que amamos; quizá eso es el Espíritu Santo, el espíritu humano, esa es toda la historia. Tal vez hay una gran alma de la que todo el mundo forma parte. Estaba allí sentado pensándolo y de pronto lo supe. Sabía desde lo más hondo que era verdad y aún lo sé.
(...)
Yo nunca fui predicador dijo. Nunca dejé escapar nada que estuviera a mi alcance. Y nunca se me ocurrió pensar nada, excepto la maldita suerte que tenía cuando conseguía algo.
Pero tú no eras predicador insistió Casy. Una chica no era más que una chica para ti. No eran nada tuyo. Pero para mí eran vasos sagrados. Yo salvaba sus almas. Y con toda esa responsabilidad, las tenía ya tan llenas del Espíritu Santo que echaban espuma y entonces me las llevaba al prado.
(...)
Joad le miró con los párpados entrecerrados y luego se rió.
Claro, es el predicador. El predicador. No hace ni una hora que le hablé a un tipo de usted.
Fui predicador dijo el hombre con seriedad. Reverendo Jim Casy, ejercí de pastor. Solía aullar el nombre de Jesús hasta el cielo. Y solía haber tantos pecadores arrepentidos en la acequia que casi se me ahogaban la mitad. Pero ya no más suspiró. Ahora solo soy Jim Casy. Ya no tengo vocación. Tengo un montón de ideas pecaminosas, que, sin embargo, parecen inteligentes.
Joad dijo:
Es inevitable que se le ocurran ideas a uno si se dedica a pensar en cosas. Claro que me acuerdo de usted. Solía celebrar buenos servicios. Recuerdo una vez que pronunció un sermón entero andando sobre las manos, de un lado para otro, gritando como un desaforado. Madre le apreciaba más que nadie. Y la abuela dice que usted estaba literalmente lleno del Espíritu Santo.
Las uvas de la ira - John Steinbeck
(...)
¿Cómo voy a saber de ti? Podrían matarte y yo no me enteraría. Podrían herirte. ¿Cómo lo voy a saber?
Tom se echó a reír incómodo.
Bueno, quizá es como dice Casy, uno no tiene un alma suya, sino un trozo de la gran alma y entonces
¿Entonces qué, Tom?
Entonces no importa. Entonces estaré en la oscuridad. Estaré en todas partes donde quiera que mires. En donde haya una pelea para que los hambrientos puedan comer, allí estaré. Donde haya un policía pegándole a uno, allí estaré. Si Casy sabía, por qué no, pues estaré en los gritos de la gente enfurecida y estaré en la risa de los niños cuando están hambrientos y saben que la cena está preparada. Y cuando nuestra gente coma los productos que ha cultivado y viva en las casas que ha construido, allí estaré, ¿entiendes? Dios, estoy hablando como Casy. Es por pensar tanto en él. A veces me parece verlo.
(...)
Tom dijo ella con severidad. Coge este dinero, ¿has entendido? No tienes derecho a causar dolor.
No juegas limpio dijo Tom.
He pensado que quizá podrías ir a una ciudad grande. Los Ángeles, tal vez. Nunca te buscarán allí.
Hmm dijo él. Mira, Madre. He estado todo el día y toda la noche escondido solo. Adivina en quién he estado pensando. ¡En Casy! Él hablaba mucho. Antes me molestaba. Pero ahora he estado pensando en lo que decía y puedo recordarlo todo. Decía que una vez se fue al desierto a encontrar su propia alma y descubrió que no tenía un alma que fuese suya. Que descubrió que él solo tenía un pedacito de una enorme alma. Decía que el desierto no servía de nada porque su pedacito de alma no servía, a menos que estuviera con el resto, y estuviera entera. Es curioso lo que recuerdo. Ni siquiera me daba cuenta de que estuviera escuchando. Pero ahora sé que un hombre no sirve para nada si está solo.
(...)
Por lo que sea, señora la miró suplicante. Y entonces su rostro perdió el miedo. Tomó diez centavos de su bolsillo y los metió en la caja. Así dijo con alivio. Sacó una bolsita de debajo del mostrador, la sacudió para abrirla y metió algo de azúcar, pesó la bolsa y añadió un poco más de azúcar. Aquí tiene dijo. Ahora está bien. Usted traiga el vale y yo recuperaré mis diez centavos.
Madre le miró estudiándole. Alargó ciegamente la mano y puso la bolsita de azúcar en el montón de paquetes que llevaba en el brazo.
Le doy las gracias dijo quedamente. Fue hacia la puerta y al llegar se volvió. Estoy aprendiendo una cosa nueva dijo. Continuamente, todos los días. Si tienes problemas o estás herido o necesitado acude a la gente pobre. Son los únicos que te van a ayudar los únicos la puerta se cerró con un golpe detrás de ella.
(...)
La podredumbre se extiende por el Estado y el dulce olor es una desgracia para el campo. Hombres que pueden hacer injertos en los árboles y hacer la semilla fértil y grande, no saben cómo hacer para dejar que gente hambrienta coma los productos. Hombres que han creado nuevos frutos en el mundo no pueden crear un sistema para que sus frutos se coman. Y el fracaso se cierne sobre el Estado como una enorme desgracia.
Los frutos de las raíces de las vides, de los árboles, deben destruirse para mantener los precios y esto es lo más triste y lo más amargo de todo. Cargamentos de naranjas arrojados en el suelo. La gente vino de muy lejos para coger la fruta, pero no podía ser. ¿Cómo iban a comprar naranjas a veinte centavos la docena si podían salir y recogerlas? Y hombres con mangueras arrojan chorros de queroseno en las naranjas y se enfurecen ante semejante crimen y se enfadan con la gente que ha venido a por la fruta. Un millón de personas hambrientas, que necesitan la fruta y el queroseno rociado sobre las montañas doradas.
Y el olor a podrido llena el campo.
Quemar café como combustible en los barcos. Quemar maíz para calentarse, hace un cálido fuego. Tirar patatas a los ríos y poner vigilantes a lo largo de las orillas para evitar que la gente hambrienta las pesque. Matar a los cerdos y enterrarlos y dejar que la putrefacción se filtre en la tierra.
Eso es un crimen que va más allá de la denuncia. Es una desgracia que el llanto no puede simbolizar. Es un fracaso que supera todos nuestros éxitos. La tierra fértil, las rectas hileras de árboles, los rubustos troncos y la fruta madura. Y niños agonizando de pelagra deben morir por no poderse obtener un beneficio de una naranja. Y los forenses tienen que rellenar los certificados murió de desnutrición porque la comida debe pudrirse, a la fuerza debe pudrirse.
La gente viene con redes para pescar en el río y los vigilantes se lo impiden; vienen en coches destartalados para coger las naranjas arrojadas, pero han sido rociadas con queroseno. Y se quedan inmóviles y ven las patatas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar podredumbre; y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, cogiendo peso, listas para la vendimia.
(...)
Había un bravo en un risco, contra el sol. Sabía que sobresalía. Extendió los brazos y permaneció de pie, inmóvil. Desnudo como la mañana, y perfilado contra el sol. Tal vez estaba loco. No lo sé. Allí quieto, con los brazos extendidos, parecía una cruz. Cuatrocientos metros. Y los hombres bueno, subieron sus miras y sintieron el viento con los dedos; pero se quedaron quietos, sin poder disparar. Tal vez aquel indio sabía algo. Sabía que no podíamos disparar. Allí tumbados, con los rifles amartillados y ni siquiera los subimos al hombro. Mirándole. Una banda en la cabeza con una pluma. Podíamos verle, y tan desnudo como el sol. Durante largo rato estuvimos mirando y no se movió en absoluto. Y entonces el capitán se puso furioso. ¡Disparad, cabrones chiflados, disparad!, gritó. Y nosotros quietos. Contaré hasta cinco y entonces veremos, dijo el capitán. Pues bien, levantamos despacio los rifles y todos esperábamos que alguien disparara primero. Nunca he estado tan triste en mi vida. Y puse el punto de mira en su vientre y entonces. Cayó con un golpe seco y rodó. Nosotros subimos. No era grande había parecido tan enorme allá arriba. Todo destrozado y pequeño. ¿Alguna vez has visto un faisán, rígido y hermoso, cada pluma dibujada y pintada e incluso los ojos pintados, tan bonitos? Y ¡bang! Lo recoges ensangrentado y retorcido y has echado a perder algo mejor que tú; comértelo no llega a compensarte, porque has echado a perder algo en ti mismo y ya no tiene arreglo.
(...)
A mí me parece que son gente amable dijo secamente.
Los ojos de la señora Sandry se clavaron en ella.
¡Amable! gritó. ¿Cree usted que son buenos cuando hay baile agarrado? Se lo digo yo, su alma inmortal no tiene ni una posibilidad en este campamento. Anoche salí a un servicio en Weedpatch. ¿Sabe lo que dijo el predicador? Dijo: Hay maldad en este campamento. Los pobres intentan ser ricos. Hay bailes y abrazos donde debería haber llanto y gemir en pecado. Eso es lo que dijo. Todos los que no están aquí son negros pecadores, dijo. Le aseguro que oírle le deja a uno sintiéndose muy bien. Y sabíamos que estábamos salvados. Nosotros no hemos bailado.
El rostro de Madre estaba rojo. Se puso en pie lentamente y se encaró con la señora Sandry.
¡Fuera! dijo. Váyase ahora, antes de que yo peque al decir dónde debe irse. Váyase a su llanto y su gemir.
(...)
Hay muchos que quisieran saber lo que son rojos rio. Uno de nuestros chicos lo averiguó aplanó suavemente con la pala la tierra amontonada. Un tipo llamado Hines tiene unos treinta mil acres, melocotones y uvas, una conservera y un lagar. Estaba todo el tiempo hablando de «esos condenados rojos». «Esos rojos de mierda están llevando el país a la ruina» decía, y «tenemos que echar a estos rojos cabrones de aquí». Un día le estaba oyendo un joven recién llegado al oeste. Se rascó la cabeza y le dijo: «Señor Hines, yo llevo por aquí poco tiempo. ¿Qué son los malditos rojos?» Pues bien, Hines le contestó: «¡Un rojo es un hijo de puta que pide treinta centavos por hora cuando lo que pagamos son veinticinco!» El joven se lo pensó, se rascó la cabeza y dijo: «Bueno, señor Hines, yo no soy un hijo de puta, pero si eso es lo que es un rojo pues yo quiero treinta centavos por hora. Todo el mundo lo quiere. Diablos, señor Hines, todos somos rojos»
(...)
Y las compañías, los bancos fueron forjando su propia perdición sin saberlo. Los campos eran fértiles y los hombres muertos de hambre avanzaban por los caminos. Los graneros estaban repletos y los niños de los pobres crecían raquíticos, mientras en sus costados se hinchaban las pústulas de la pelagra. Las compañías poderosas no sabían que la línea entre el hambre y la ira es muy delgada. Y el dinero que podía haberse empleado en jornales se destinó a gases venenosos, armas, agentes y espías, a listas negras e instrucción militar. En las carreteras la gente se movía como hormigas en busca de trabajo, de comida. Y la ira comenzó a fermentar.
(...)
Yo escucho continuamente. Por eso he estado pensando. Oigo hablar a la gente y al poco puedo oír lo que sienten. Incesantemente. Los oigo y los siento; y están aleteando como un pájaro en un desván. Se van a quebrar las alas contra una ventana polvorienta intentando salir.
Tom le miró con los ojos muy abiertos y luego se volvió a mirar la tienda gris, unos siete metros más allá. Los vaqueros y camisas y un vestido lavados colgaban secándose de las cuerdas de la tienda. Dijo quedamente:
De eso era de lo que quería hablar con usted. Y usted ya lo ha visto.
Lo he visto asintió Casy. Somos un ejército sin mandos inclinó la cabeza y se pasó la mano extendida por la frente y el pelo, lentamente. Lo llevo viendo desde el principio dijo. En cada lugar en que hemos hecho un alto. Gente con hambre de tocino, y luego, cuando se lo comen, no se quedan satisfechos. Y cuando tenían tanta hambre que no lo podían soportar, me pedían que rezara por ellos y alguna vez lo he hecho juntó las manos alrededor de las rodillas encogidas y recogió las piernas. Yo solía pensar que así arreglaba algo continuó. Yo soltaba una plegaria y los problemas se pegaban a ella como las moscas al papel pringoso. La plegaria se iba navegando y se llevaba con ella las preocupaciones. Pero ya no funciona.
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Y los grandes propietarios, los que deben ser desposeídos de su tierra por un cataclismo, los grandes propietarios con acceso a la historia, con ojos para leer la historia y conocer el gran hecho: cuando la propiedad se acumula en unas pocas manos, acaba por serles arrebatada. Y el hecho que siempre acompaña: cuando hay una mayoría de gente que tiene hambre y frío, tomará por la fuerza lo que necesita. Y el pequeño hecho evidente que se repite a lo largo de la historia: el único resultado de la represión es el fortalecimiento y la unión de los reprimidos. Los grandes propietarios hicieron caso omiso de los tres gritos de la historia. La tierra fue quedando en menos manos, aumentó el número de los desposeídos y los propietarios dirigieron todos sus esfuerzos a la represión. El dinero se gastó en armas, y en gasolina para mantener la vigilancia en las enormes propiedades y se enviaron espías que recogieran las instrucciones susurradas para la revuelta, de forma que esta pudiera ser sofocada. La economía en proceso de cambio fue ignorada, al igual que los planes del cambio; y solo se consideraron los medios para extinguir la revuelta, mientras persistían las causas de la misma.
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¿Qué si en algún momento marchan como un ejército igual que los lombardos lo hicieron sobre Italia, los germanos sobre la Galia y los turcos en Bizancio? Aquéllas también eran hordas mal armadas y ansiosas de territorio, y las legiones no pudieron detenerlas. Ni las matanzas ni el terror pusieron fin a su avance. ¿Cómo se puede asustar a un hombre que carga con el hambre de los vientres estragados de sus hijos además de la que siente en su propio estómago acalambrado? No se le puede atemorizar, porque este hombre ha conocido un miedo superior a cualquier otro.
(...)
Pero la policía tenía razón. Cultivar una cosecha da la propiedad. Tierra abierta con la azada y las zanahorias comidas un hombre puede luchar por la tierra de la que ha sacado alimento. Hay que echarle con rapidez o se creerá que es suya. Podría llegar a morir luchando por su pequeño claro entre el estramonio.
¿Viste su cara cuando arrancamos los nabos? Esa mirada era de las que matan. Hay que mantener a esta gente a raya o se apoderarán de la tierra. Se harán dueños de la región.
Forasteros, extraños.
Sí, claro que hablan el mismo idioma, pero son distintos. Mira qué forma de vivir. ¿Te imaginas a alguno de nosotros viviendo así? ¡Ni hablar!
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Y llegó el día en que los propietarios dejaron de trabajar sus fincas; cultivaron sobre el papel, olvidaron la tierra, su olor y su tacto, y solo recordaron que era de su propiedad, solo recordaron lo que les suponía en ganancias y pérdidas. Algunas de las fincas llegaron a ser tan extensas que no cabían en la imaginación, tan enormes que se hizo necesaria una compañía de contables para poder llevar la cuenta de intereses, ganancias y pérdidas; químicos que analizaran el suelo, que repusieran las sustancias que se habían agotado; jefes de paja para asegurar que los hombres encorvados se movieran a lo largo de las hileras tan rápidamente como la materia de sus cuerpos pudiera resistir. Entonces, un granjero tal se convertía en tendero y se ocupaba de una tienda. Pagaba a los hombres y les vendía comida y recuperaba el dinero. Y después dejó de pagarles en absoluto y se ahorró contabilidad. En las fincas se daba la comida a crédito. Un hombre podía trabajar y alimentarse; y se daba el caso de que, al acabar el trabajo, este hombre debía dinero a la compañía. Y los propietarios no solo no trabajaban las fincas, sino que muchos de ellos ni siquiera las habían visto.
(...)
La noche entera y ella estaba sola y continuó: John, esa mujer está tan llena de amor que me asusta. Me asusta y me hace sentirme vil.
(...)
Ojalá pudiera esperar y no tuviera que decíroslo. Ojalá todo pudiera ser hermoso, la felicidad pudiera ser completa.
Padre dijo:
Entonces es que la abuela está mal.
Madre levantó la vista y contempló el valle.
La abuela está muerta.
Todos la miraron, y Padre preguntó:
¿Cuándo?
Antes de que nos hicieran parar anoche.
Así que por eso no querías que registraran.
Temía que no pudiéramos llegar al otro lado dijo ella. Le dije a la abuela que no podíamos hacer nada por ella, que la familia tenía que atravesar el desierto. Se lo dije, se lo dije cuando se moría. No podíamos detenernos en el desierto. Estaban los pequeños y el hijo de Rosasharn. Se lo dije se tapó la cara con las manos un momento. Podemos enterrarla en algún sitio hermoso y verde dijo Madre quedamente. Un lugar bonito con árboles alrededor. Tiene que descansar en California.
La familia miró a Madre, un poco asustados de su fuerza.
(...)
Yo sé que un hombre debe hacer lo que tenga que hacer. Yo no le puedo responder, no puedo. No creo que haya buena suerte o mala suerte. De lo único que estoy seguro en este mundo es de que nadie tiene derecho a inmiscuirse en la vida de otro. Cada uno tiene que decidir por sí mismo. Se le puede ayudar, quizá, pero no decirle lo que debe hacer.
Entonces, ¿no lo sabe? preguntó el tío John decepcionado.
No lo sé.
¿Cree que fue un pecado dejar morir de aquella forma a mi mujer?
Bueno consideró Casy, para los demás fue un error, pero si usted piensa que fue un pecado entonces es un pecado. Cada uno levanta sus propios pecados desde la misma tierra.
He de pensar despacio en eso replicó el tío John, y rodó para ponerse de espaldas con las rodillas encogidas.
(...)
Es que mire yo estuve casado con una buena chica. Una noche le dio un dolor en el estómago. Y dijo: «Es mejor que me traigas un médico.» Y yo le contesté: «Qué dices, es que has comido demasiado» el tío John puso una mano en la rodilla de Casy y le miró en la oscuridad. Me miró de una manera Estuvo gimiendo toda la noche y murió a la tarde siguiente el predicador musitó algo. Entiende continuó John, yo la maté. Desde entonces intento compensarlo, con los niños más que nada. Y he intentado portarme bien, pero no puedo. Me emborracho y me descontrolo.
Todo el mundo se descontrola dijo Casy. Yo también lo hago.
Sí, pero usted no lleva un pecado en su alma como yo.
(...)
¿Qué sucede, Madre? preguntó él.
Tenía miedo contestó ella. Vino un policía a decir que no podíamos quedarnos. Temía que hubiera hablado contigo, que le pegaras si se dirigía a ti.
Tom dijo:
¿Para qué iba yo a pegarle a un policía?
Bueno sonrió Madre, tenía muy malos modos; yo misma estuve a punto de pegarle
Tom la agarró del brazo y la sacudió con fuerza, como a un pelele, mientras se reía. Se sentó en el suelo, riendo todavía.
Por Dios, Madre. Yo te conocía como una persona apacible. ¿Qué es lo que te ha pasado?
La expresión de ella se tornó seria.
No lo sé, Tom.
Primero nos mantienes a raya, con una barra de hierro y ahora intentas atizarle a un poli él se rió por lo bajo y alargó una mano y palmeó con ternura los pies descalzos de su madre. Menudo genio sacas dijo.
Tom.
¿Sí?
Ella vaciló largamente.
Tom, ese policia que vino nos llamó okies. Dijo: «No queremos que os quedéis aquí, malditos okies.»
(...)
Llegó de no muy lejos el sonido del inicio de un servicio, el canto monótono de la exhortación. Las palabras no se distinguían, pero el tono era claro. La voz subía y bajaba y a cada subida alcanzaba un tono más agudo. Ahora la respuesta llenaba la pausa y la exhortación se elevó triunfal y la reverberación del poder inundó la voz. Se hinchó e hizo una pausa y un bramido llegó en respuesta. Entonces, gradualmente, las frases de la exhortación se acortaron y adquirieron presteza, como órdenes; y en las respuestas apareció una nota de queja. El ritmo se aceleró. Las voces masculinas y femeninas habían estado todas en el mismo tono, pero ahora, en el medio de una respuesta, la voz de una mujer se elevó en un grito quejumbroso, salvaje y fiero, como el grito de una bestia; y una voz más grave de mujer se elevó al lado de la otra, como un ladrido, mientras una voz de hombre trepaba una escala con un aullido de lobo. La exhortación llegó a su fin y de la tienda salió solo el aullido salvaje acompañado de un golpeteo sobre la tierra. Madre se estremeció. La respiración de Rose of Sharon era corta y jadeante, y el coro de aullidos se prolongó tanto que pareció que los pulmones fueran a estallar.
Madre dijo:
Me pone nerviosa. Me ha pasado algo.
Ahora la voz aguda alcanzó el histerismo, los gritos atropellados de una hiena, y el golpeteo en intensidad. Las voces se quebraban y cascaban y entonces todo el coro se disolvió en su sonido suave rezongón y sollozante, y la carne golpeada y el golpeteo en la tierra; los sollozos se transformaron en un gimoteo como el de una camada de cachorros frente a un plato de comida.
(...)
Cuando eres joven, Rosasharn, todo lo que pasa es una cosa en sí misma. Es un hecho aislado. Lo sé, lo recuerdo, Rosasharn su boca pronunció con amor el nombre de su hija. Vas a tener un hijo, Rosasharn, y para ti es algo aislado y lejano, te dolerá y el dolor será un dolor aislado y esta tienda está sola en el mundo, Rosasharn golpeó un momento el aire para impulsar un moscardón zumbante, y la gran mosca brillante dibujó dos círculos alrededor de la tienda y salió zumbando a la luz cegadora del sol. Madre continuó: Hay un tiempo de cambio, y cuando llega, una muerte se convierte en un trozo del morir, y un parto en un trozo de todos los nacimientos, y dar a luz y morir son dos partes de la misma cosa. Entonces los hechos dejan de estar aislados. Entonces un dolor ya no duele tanto, porque ya no es un dolor aislado, Rosasharn. Ojalá pudiera explicártelo para que lo supieras, pero no puedo y su voz era tan suave, estaba tan llena de amor, que los ojos de Rose of Sharon se inundaron de lágrimas que fluyeron y la cegaron.
(...)
Parece que así es la cosa dijo Casy. A uno que se lo está pasando bien le importa un comino; pero un tipo retorcido, solitario y viejo y decepcionado ese sí que tiene miedo de morir.
¿Qué es lo que le decepciona teniendo un millón de acres? preguntó Padre.
El predicador sonrió y pareció confuso. Empujó salpicando con la mano un insecto de agua que iba flotando.
Si necesita un millón de acres para sentirse rico, me parece que es porque en su interior se encuentra muy pobre, y si es pobre en sí mismo, no hay acres suficientes que le vayan a hacer sentirse rico, y quizá esté decepcionado de que no hay nada que él pueda hacer que le haga sentirse rico rico como lo fue la señora Wilson al ofrecer su tienda cuando murió el abuelo. No estoy intentando predicar un sermón, pero nunca he visto a nadie que se dedicara a juntar cosas, tan ocupado como un perro de la pradera, que no estuviera desilusionado sonrió con picardía. Parece un sermón, ¿verdad?
(...)
Sí, señor. Buena tierra sin trabajar. Bueno, pues eso le cabreará un poco, pero aún no ha visto nada. La gente tiene una mirada en los ojos, le miran y sus rostros dicen: «No me gustas, hijo de puta.» Hay ayudantes del sheriff que le avasallan a uno. Si acampas al borde de la carretera te dicen que sigas adelante. Se ve en las caras de la gente el odio que nos tienen. Déjenme que les diga, nos odian porque nos tienen miedo. Saben que un hombre hambriento va a conseguir comida aunque la tenga que robar. Saben que una tierra en barbecho es un pecado y que alguien la va a coger. ¡Qué diablos! A ustedes nadie les ha llamado todavía okie.
¿Okie? preguntó Tom. ¿Qué es eso?
Antes significaba que eras de Oklahoma. Ahora quiere decir que eres un cerdo hijo de perra, que eres una mierda. En sí no significa nada, es el tono con que lo dicen. Pero yo no les puedo explicar nada, tienen que ir allí. He oído que hay trescientas mil personas como nosotros, que viven como cerdos porque en California todo tiene propietario. No queda nada libre. Y los propietarios se van a agarrar a sus posesiones aunque tengan que matar hasta el último hombre para conservarlas. Tienen miedo y eso les pone furiosos. Ya lo verán. Ya lo oirán. Es la puñetera tierra más hermosa que hayan visto, pero su gente no les tratará bien. Tienen tanto miedo y están tan preocupados que ni siquiera se tratan bien entre ellos.
(...)
Se desarrolló en los mundos un gobierno, con líderes, con ancianos respetados por todos. Un hombre sabio se dio cuenta de que su sabiduría era necesaria en todos los campamentos; la estupidez de un tonto era la misma en todos los mundos. Y una especie de seguro surgió en estas noches. Uno que tenía comida alimentaba a un hambriento y así se aseguraba contra el hambre. Y cuando un bebé moría un montón de monedas crecía a la puerta de la tienda, porque un niño debe tener un buen entierro, ya que no ha tenido nada más de la vida. A un viejo se le puede enterrar en la fosa común, pero a un bebé no.
(...)
Los coches de los emigrantes que salían de las carreteras secundarias fueron desembocando en la gran carretera que atravesaba el país y tomaron la ruta migratoria hacia el oeste. Durante el día corrían como insectos en dirección oeste; y cuando la oscuridad les alcanzaba, se reunían como insectos, refugiándose junto al agua. Se arrimaban juntos porque todos estaban solos y confusos, porque todos provenían de un lugar de tristeza y preocupación y derrota y porque todos se dirigían a un sitio nuevo y misterioso; hablaban juntos; compartían sus vidas, su comida y las esperanzas que tenían puestas en su destino. Así, se daba el caso de que una familia acampaba a la orilla de un arroyo, y otra acampaba allí por el arroyo y por la compañía, y una tercera lo hacía porque dos familias habían sido pioneras en la acampada y habían encontrado que era un buen lugar. Y al ponerse el sol, quizá se hubieran reunido allí veinte familias con sus veinte coches.
Al atardecer ocurría algo extraño: las veinte familias se convertían en una sola, los niños acababan siendo hijos de todos. La pérdida del hogar se transformaba en una única pérdida y el sueño dorado del oeste era un solo sueño. Y podía ser que la enfermedad de un niño llenara de desesperanza los corazones de veinte familias, de un centenar de personas; que un parto en una tienda tuviera aturdidas y calladas a cien personas a lo largo de la noche y les invadiera por la mañana la dicha del nacimiento. Una familia que la noche anterior se sentía perdida y atemorizada rebuscaría entre sus pertenencias para encontrar un regalo para el recién nacido. A la caída de la tarde, sentadas alrededor de las hogueras, las veinte llegaban a ser una.
(...)
No, hasta que vea al tipo que hizo circular este papel. Le verá a él o a alguien que trabaje para él. Acampará en una cuneta con otras cincuenta familias. Él se asomará a su tienda para ver si le queda algo de comida. Si no le queda a usted nada, le dice: «¿quiere trabajar?». Y usted responderá: «Claro que sí. Le agradezco que me dé la oportunidad de trabajar.» Entonces él dirá: «Me sirves», y usted: «¿Cuándo empiezo?» Le dirá a dónde ir, a qué hora, y seguirá su camino. Quizá necesite doscientos hombres, así que habla con quinientos, que se lo dirán a otra gente y cuando llega al sitio del trabajo, hay allí unos mil hombres. El jefe dice. «Pago veinte centavos por hora.» Más o menos la mitad de los hombres se marcharán. Pero aún quedan quinientos y están tan muertos de hambre que trabajan aun por unas galletas. Bueno, este tipo tiene un contrato para recoger los melocotones, o cortar el algodón. ¿Lo entienden ahora? Cuanta más gente haya y más hambrienta esté, menos tendrá que pagar. Si puede, se queda con uno que tenga hijos, porque mierda, había dicho que no les iba a inquietar el circulo le miró fríamente. Los ojos calibraron sus palabras. El hombre se sintió cohibido. Dije que no iba a inquietarles y, ¿qué es lo que estoy haciendo si no? Ustedes van a seguir adelante. No piensan regresar el silencio colgó sobre el porche. Y la luz siseó y un halo de polillas osciló dentro dando vueltas alrededor del farol. El hombre harapiento continuó, nervioso: Déjenme que les diga lo que han de hacer cuando encuentren al que ofrece trabajo. Pregunten cuánto piensa pagar y pídanle que lo ponga por escrito. Que haga eso. Si no me hacen caso, les estafarán.
El propietario se inclinó en la silla para ver mejor al hombre sucio y andrajoso. Se rascó entre los pelos grises del pecho. Dijo con frialdad:
¿No será usted uno de esos agitadores? ¿De esos charlatanes que rodean a los jornaleros?
Y el hombre gritó:
Le juro por Dios que no.
Hay muchos de esos dijo el propietario. Van de un sitio a otro montando bronca. Soliviantando a la gente. Metiéndoles mentiras en la cabeza. Son muchos los que hay. Llegará el día en que los atemos, a todos esos agitadores, y los echemos del país. Si uno quiere trabajar, bien. Si no, que se vaya al cuerno. Pero no le vamos a consentir que vaya mareando y causando problemas.
El hombre roto recuperó su sobriedad.
He intentado advertirles dijo. De algo que tardé un año en comprender. Dos hijos y mi mujer tuvieron que morir para que me diera cuenta. Pero no se lo puedo contar a ustedes. Debí haberlo sabido. Nadie me pudo convencer a mí tampoco. No les puedo hablar de mis pequeños, acostados en la tienda con los vientres hinchados y nada más que piel cubriendo sus huesos; temblaban y gimoteaban como cachorrillos y yo corriendo como loco de aquí para allá, buscando trabajo, no por dinero, ¡no por salario! gritó. Dios mío, solo por una taza de harina y una cucharada de manteca. Y luego vino el forense. «Estos niños han muerto de un fallo cardíaco», dijo. Lo escribió en el papel. Ellos tiritaban con los vientres hinchados como la vejiga de un gorrino.
(...)
Ya lo sé, Al. Quizá yo esté desquiciado. Puede que alguna vez te hable de todo aquello. Date cuenta, no es más que algo que te gustaría saber, que parece interesante. Pero yo tengo la curiosa noción de que lo mejor para mí sería olvidarlo todo durante una temporada. Quizá cuando pase algo de tiempo lo veré de otra manera. Ahora mismo, si pienso en ello se me revuelven las tripas. Mira, Al, te voy a decir una cosa la cárcel no es más que una forma de volverle a uno loco lentamente. ¿Entiendes? Se vuelven locos, los ves y los oyes y al poco ya no sabes si tú estás chalado o no. Cuando les da por ponerse a chillar por la noche a veces te parece que eres tú el que chilla y a veces es así.
Al dijo:
No volveré a hablar de ello, Tom.
Treinta días se aguantan prosiguió Tom. Y ciento ochenta también. Pero más de un año, no sé. Tiene algo único en el mundo, es retorcido, es una perversión la idea de encerrar a la gente. Bueno ¡al cuerno todo! No quiero hablar de ello. Mira cómo reluce el sol en esas ventanas.
(...)
Padre dijo, si te la cogieras rápidamente por un lado y yo por el otro y todos los demás se le tiraran encima y la abuela saltara en lo alto del montón, quizá podríamos reducir a Madre sin que matara a más de dos o tres de nosotros con esa barra. Pero si no estás dispuesto a que te aplaste la cabeza, creo que Madre nos tiene cogidos. ¡Dios, una persona decidida puede hacer lo que quiera con un montón de gente! Tú ganas, Madre. Suelta ya esa barra antes de que le hagas daño a alguien.
Madre miró sorprendida la barra de hierro. Su mano tembló. Dejó caer su arma al suelo y Tom, con un cuidado exagerado, la recogió y la metió de nuevo en el coche.
(...)
A su lado, hombrecillos panzones con trajes claros y sombreros panamá; hombres limpios, rosados, de ojos confusos y preocupados, ojos inquietos. Preocupados porque las fórmulas no dan resultado; ansiosos de seguridad y, sin embargo, sintiendo que esta está desapareciendo de la tierra. En sus solapas, insignias de lugares donde se alojan y de clubs, sitios donde pueden ir y, mediante la suma de un número de hombrecillos preocupados, asegurarse a sí mismos que los negocios son algo noble y no el curioso robo ritual que saben que es; que los hombres de negocios son inteligentes a pesar de las pruebas patentes de su estupidez; que son amables y caritativos a pesar de los principios por los que se rigen los negocios rentables, que sus vidas son ricas en lugar de las aburridas y sosas rutinas que conocen; y que llegará el tiempo en el que dejarán de tener miedo.
(...)
Los estados del oeste, nerviosos ante el cambio que comienza. Tejas y Oklahoma, Kansas y Arkansas, Nuevo Méjico, Arizona, California. Una familia expulsada de su tierra. Padre pidió el dinero prestado al banco y ahora el banco reclama la tierra. La compañía de tierras es decir, el banco cuando posee tierra no quiere familias para trabajarlas, quiere tractores. ¿Es algo malo un tractor? ¿No es buena la energía que abre los largos surcos? Si el tractor fuera nuestro, sería algo bueno, no mío, sino nuestro. Si nuestro tractor abriera los surcos de nuestra tierra, sería bueno. No de mi tierra, sino de nuestra tierra. Entonces podríamos amar ese tractor igual que amamos esta tierra cuando era nuestra. Pero el tractor hace dos cosas: remueve la tierra y nos expulsa de ella. Apenas hay diferencia entre el tractor y un tanque. Los dos empujan a la gente, la intimidan y la hieren. Hemos de pensar en esto.
(...)
Es evidente cuando las bombas caen de los negros aviones en medio de la plaza del mercado, cuando se ensarta a los prisioneros como si se tratara de cerdos, cuando los cuerpos aplastados se desangran entre la suciedad y el polvo. De esta forma se puede uno dar cuenta. Si no se diera ese paso, si el dolor de avanzar a trompicones no fuera algo vivo, las bombas dejarían de caer estando vivos los que las arrojan, porque cada una de las bombas es la prueba de que el espíritu no ha muerto. Y teme el momento en que las huelgas dejen de producirse mientras los grandes propietarios siguen vivos, porque cada pequeña huelga aplastada es la prueba de que se ha dado el paso. Puedes saber esto: teme el momento en que el hombre deje de sufrir y morir por un concepto, porque esta cualidad es la base de la esencia humana, esta cualidad es el hombre mismo, y lo que le diferencia en el conjunto del universo.
(...)
Siempre nos hemos comportado dijo Padre. Nadie nos puede culpar de nada. Nunca cogimos nada que no pudiésemos pagar; nunca tuvimos que depender de la caridad de nadie. Cuando Tom se metió en aquel lío pudimos ir con la cabeza bien alta. Sólo había hecho lo que cualquier hombre habría hecho.
Entonces ¿qué vamos a hacer? preguntó el tío John.
Si vamos a dar parte como dice la ley vendrán aquí a buscarlo. Sólo tenemos ciento cincuenta dólares. Si se llevan cuarenta para enterrar al abuelo nosotros no llegamos a California; pero si no, lo entierran como a un pobre.
Los hombres se agitaron intranquilos, estudiando la tierra que iba oscureciéndose delante de sus rodillas.
Padre dijo quedamente:
El abuelo enterró a su padre con sus propias manos, dignamente, y vació una buena tumba con su propia pala. Eso fue cuando un hombre tenía derecho a ser enterrado por su propio hijo y un hijo tenía derecho a enterrar a su propio padre.
Ahora la ley manda otra cosa dijo el tío John.
A veces no se puede hacer caso a la ley replicó Padre. Sin perder la decencia, en cualquier caso. Hay montones de veces en que resulta imposible. Cuando Floyd andaba por ahí suelto, haciendo locuras, la ley decía que debíamos entregarlo nadie lo hizo. A veces uno tiene que matizar la ley. Estoy diciendo que enterrar a mi propio padre es mi derecho. ¿Alguien quiere decir algo?
(...)
¿Cómo lo ha sabido? preguntó desamparado. ¿Cómo ha sabido que ya hemos estado hablando de liar el petate y marcharnos al oeste?
Somos todos le respondió Casy. Yo, por ejemplo, que solía luchar con todas mis fuerzas contra el diablo porque pensaba que él era el enemigo. Pero algo peor que el diablo se ha apoderado del país y no lo va a soltar hasta que lo arranquen a hachazos. ¿Ha visto alguna vez agarrarse a una de esas salamandras venenosas? Se agarra, y aunque se la corte en dos, la cabeza sigue enganchada. Se le corta el cuello y la cabeza no suelta lo que tenga apresado. Hay que coger un destornillador y abrirle la cabeza haciendo palanca para conseguir que suelte. Y mientras está enganchada, el veneno se introduce gota a gota, sin pausa, por el agujero que ha abierto con los dientes calló y miró de lado a Tom.
(...)
¡Eso es lo que usted se cree! ¿Ha oído hablar alguna vez de la patrulla fronteriza de California? Es de la policía de Los Angeles. Les detendrán, desgraciados, les harán volver. Mire, si no puede comprar tierras no le queremos aquí. Por cierto, ¿tiene carnet de conducir?, déjeme verlo. Se ha roto. No se puede entrar sin carnet de conducir.
Es un país libre.
Bueno, intente comprar la libertad. Por aquí decimos que un tipo tiene tanta libertad como su dinero le permite comprar.
(...)
Aquí hay una carta que escribió mi hermano el día antes de morir. Aquí un sombrero antiguo. Estas plumas nunca llegué a usarlas. No, no hay sitio. ¿Cómo podremos vivir sin nuestras vidas? ¿Cómo sabremos que somos nosotros si no tenemos pasado? No. Déjalo. Quémalo.
Sentadas miraron las cosas y se las grabaron a fuego en la memoria. ¿Cómo será no saber qué tierra hay tras la puerta? ¿Cómo será despertar por la noche y saber saber que el sauce no está allí? ¿puedes vivir sin el sauce? No, no puedes. El sauce eres tú. El dolor de ese colchón ese dolor espantoso eso eres tú.
(...)
¿Cuánto? ¿Diez dólares? ¿Por los dos? Y el carro ¡Por Dios santo! Antes los mato y que sean comida para perros. ¡Bueno, cójalos! Quédeselos deprisa. Está comprando una niñita trenzando guedejas, quitándose la cinta del pelo para hacer lazos, de pie, con la cabeza ladeada, frotando los suaves belfos con la mejilla. Está comprando años de trabajo, de esfuerzo bajo el sol; está comprando una pena que no puede hablar. Pero espere y verá. Con este montón de chatarra y estos bayos, tan bonitos, va una prima, un paquete de amargura que crecerá en su casa y florecerá algún día. Le podíamos haber salvado, pero usted nos ha derribado, y pronto usted será derribado y no quedará ninguno de nosotros para salvarle.
(...)
Tras ellos, con paso lento y regular pero sostenido, venían Padre y Noah. Éste era el primogénito, alto y extraño, que caminaba siempre con una expresión de sorpresa en el rostro, de calma y perplejidad. No se había enfadado en toda su vida. Miraba con extrañeza e inquietud a la gente enfurecida, de la misma manera que la gente normal mira a los locos. Noah se movía despacio, hablaba pocas veces y, cuando hablaba, lo hacía tan lentamente que la gente que no le conocía pensaba con frecuencia que era estúpido. No lo era, pero sí extraño. Tenía poco orgullo y ningún deseo sexual. Trabajaba y dormía con un ritmo curioso que, sin embargo, le bastaba. Apreciaba a su familia, pero nunca lo demostraba de ninguna forma. Aunque un observador no habría podido decir por qué, Noah producía la impresión de ser deforme, la cabeza o el cuerpo, las piernas o la mente; pero no se podía recordar ningún miembro deforme. Padre creía saber la razón de que Noah fuera raro, pero estaba avergonzado y nunca lo dijo. Pues la noche que Noah nació, Padre, atemorizado frente a los muslos abiertos, solo en la casa y horrorizado por el despojo estridente en que se había convertido su mujer, se volvió loco de preocupación. Usando las manos, los fuertes dedos como fórceps, había tirado del niño retorciéndolo. La comadrona, que llegaba tarde, encontró al niño con la cabeza deformada, el cuello estirado y el cuerpo torcido; ella había vuelto a colocar la cabeza en su lugar y había moldeado el cuerpo con sus manos. Pero Padre siempre se acordó y avergonzó de ello. Y se mostró más amable con Noah que con los demás. En la cara ancha de Noah, con los ojos demasiado separados, y en su mandíbula larga y frágil, Padre creía ver el cráneo torcido y deforme del bebé. Noah podía hacer todo lo que se le pedía, podía leer y escribir, trabajar y pensar, pero parecía que nada le importaba; no sentía más que indiferencia con respecto a cosas que la gente deseaba y necesitaba. Vivía en una extraña casa silenciosa desde la que miraba hacia afuera con ojos tranquilos. Era un extraño para el mundo, pero no se sentía solo.
(...)
Miró fuera a la luz del sol. Su rostro lleno no era blando; era un rostro controlado, bondadoso. Sus ojos de avellana parecían haber sufrido todas las tragedias posibles y haber remontado el dolor y el sufrimiento como si se tratara de peldaños, hasta alcanzar una calma superior y una comprensión sobrehumana. Parecía conocer, aceptar y agradecer su posición, la ciudadela de la familia, el lugar fuerte que no podría ser tomado. Y puesto que el viejo Tom y los niños no sabían del dolor o el miedo a menos que ella los reconociese, había intentado negar en ella misma el dolor y el miedo. Y ya que ellos la miraban, cuando pasaba algo jubiloso, para ver si mostraba alegría, se había acostumbrado a poder reír sin tener las condiciones adecuadas. Pero la calma era mejor que la alegría. En la imperturbabilidad se podía confiar. Y desde su posición importante y humilde en la familia había obtenido dignidad y una belleza clara y serena. De su posición de sanadora sus manos habían adquirido seguridad, firmeza y calma; desde su posición de árbitro, había llegado a ser tan remota e infalible en sus decisiones como una diosa. Parecía ser consciente de que si ella titubeara, la familia temblaría, y si ella alguna vez verdaderamente vacilara o desesperara, la familia se vendría abajo, privada de la voluntad de funcionar.
(...)
Lo que es yo no es que les tenga demasiado respeto ahora mismo dijo Muley. El único gobierno que tenemos y que nos afecta es el «margen de beneficios seguros». Hay algo que me dejó perplejo: Willy Feeley conducía el tractor y va a ser el hombre de paja que supervise la tierra que su propia familia trabajaba. Eso me preocupa. Lo comprendería si fuera alguien que viene de fuera y que no sabe nada de nosotros, pero Willy es de aquí. Me preocupó tanto que fui a verle y le pregunté. Inmediatamente se puso furioso. «Tengo dos niños pequeños», dijo. «Están mi mujer y mi suegra. Todos tienen que comer.» Se puso como loco, «Lo primero y lo único que tengo que pensar es en mi familia propia», explicó. «Lo que le pase a otra gente no es mi problema.» Me parece que estaba avergonzado y por eso se enfureció.
(...)
Deja que se haga bien, que se tueste, que se ponga casi negra dijo Muley irritado. Quiero hablar. No he hablado con nadie. Si estoy chalado, estoy chalado y en paz. Igual que un fantasma de cementerio que recorre las casas de los vecinos por la noche. Las de Peters, Jacobs, Ranee, Joad; todas las casas están oscuras, se alzan como cajas llenas de ratas, pero en ellas solía haber buenas fiestas y bailes. Se celebraban servicios y se oía gritar ¡Gloria! También había bodas, en todas las casas. Y entonces me daban ganas de ir a la ciudad y matar a algunos. Pero ¿qué consiguieron cuando el tractor empujó a la gente fuera de las tierras? ¿Qué se llevaron para asegurar su margen de beneficios? Se llevaron a Padre muriendo sobre la tierra, a Joe gritando al empezar a respirar, a mí agitándome como un macho cabrío, por la noche, bajo un arbusto. ¿Qué han conseguido? Dios sabe que la tierra no vale nada. Nadie ha tenido una buena cosecha en años. Pero esos hijos de puta, sentados en sus escritorios, han partido en dos a la gente por su margen de beneficios. Simplemente los han cortado al medio. Una parte de la gente es el lugar donde vive. Nadie está completo, allí solo en la carretera, en un camión atestado. Ya no están vivos. Esos hijos de puta los han matado.
Quedó en silencio; sus finos labios seguían moviéndose y su pecho aún jadeaba. Se sentó y se miró las manos a la luz de la lumbre.
He estado mucho tiempo sin hablar con nadie se disculpó suavemente. He estado entrando y saliendo a hurtadillas, como un viejo fantasma de cementerio.
(...)
Esos hijos de puta dijo. Esos asquerosos hijos de puta. Pero lo que es yo, me quedo. No se librarán de mí. Si me echan a patadas, volveré, y si se figuran que bajo tierra me estaré quieto, me voy a llevar dos o tres hijos de puta conmigo para que me hagan compañía dio unas palmadas a un objeto pesado que llevaba en un bolsillo lateral de la chaqueta. Yo no me largo. Mi padre vino hace cincuenta años y yo no pienso irme.
¿Pero qué pretenden echando a la gente? preguntó Joad.
Bah, ellos hablan más que valen. Ya sabéis los años que hemos tenido: el polvo se levantaba y echaba todo a perder, y la cosecha era tan poca que no daba ni para atascar el culo de una hormiga. Todo el mundo debía dinero en la tienda. Ya veis lo que pasa. Pues bien, los propietarios de la tierra dijeron: «No nos podemos permitir el lujo de tener arrendatarios. Lo que gana el arrendatario es precisamente el margen de beneficios que no nos podemos permitir perder. La tierra solo resulta rentable si la dejamos sin dividir.» Así que el tractor fue echando de las tierras a todos los arrendatarios. A todos menos a mí, y juro que yo no me voy. Tommy, tú me conoces. Me conoces de toda la vida.
(...)
No sentía más cariño por la tierra que el que pudiera sentir el banco. Podía admirar el tractor: sus superficies de máquina, sus oleadas de potencia, el rugido de sus cilindros detonantes; pero el tractor no era suyo. Tras el tractor rodaban los discos brillantes que cortaban la tierra con las cuchillas; aquello no era arar, sino una especie de cirugía: la tierra extraída era empujada hacia la derecha, donde la segunda fila de discos la deshacía y la volvía a empujar a la izquierda; cuchillas cortantes que brillaban pulidas por la tierra lacerada. Y, arrastrados tras los discos, llegaban las gradas con sus peines de hierro, deshaciendo los terrones hasta que la tierra quedaba nivelada. Después de las gradas entraban en escena las grandes sembradoras, doce penes curvos de hierro, erectos en la fundición, cuyos orgasmos los producían los engranajes, que iban violando la tierra metódicamente, sin pasión. El conductor sentado en su silla de hierro se enorgullecía de la rectitud de las líneas que no se hacían por disposición suya, del tractor que ni poseía ni amaba, de ese poder que no estaba bajo su control. Y cuando aquella cosecha crecía y luego se segaba ningún hombre había desmigajado un terrón caliente con sus manos dejando la tierra cribarse entre las puntas de los dedos; ninguno había palpado la semilla ni anhelado que esta germinase.Los hombres comían algo que no habían cultivado y no había conexión entre ellos y el pan. La tierra daba frutos sometidos al hierro y bajo el hierro moría gradualmente; porque no había para ella ni amor ni odio, y no se le ofrecían oraciones si se le echaban maldiciones.
(...)
Sí, claro, gritaban los arrendatarios, pero es nuestra tierra. Nosotros la medimos y la dividimos. Nacimos en ella, nos mataron aquí, morimos aquí. Aunque no sea buena sigue siendo nuestra. Esto es lo que la hace nuestra: nacer, trabajar, morir en ella. Esto es lo que da la propiedad, no un papel con números.
Lo sentimos. No somos nosotros, es el monstruo. El banco no es como un hombre.
Sí, pero el banco no está hecho más que de hombres.
No, estás equivocado, estás muy equivocado. El banco es algo más que hombres. Fíjate que todos los hombres del banco detestan lo que el banco hace, pero aún así el banco lo hace. El banco es algo más que hombres, créeme. Es el monstruo. Los hombres lo crearon, pero no lo pueden controlar.
(...)
Pero, entiendes, un banco o una compañía, no lo pueden hacer porque esos bichos no respiran aire, no comen carne. Respiran beneficios, se alimentan de los intereses del dinero. Si no tienen esto mueren, igual que tú mueres sin aire, sin carne. Es triste pero es así. Sencillamente es así.
Los hombres acuclillados levantaban los ojos intentando comprender. ¿No podemos quedarnos? Quizá el año próximo sea un buen año. Dios sabe cuánto algodón habrá el año que viene. Y con todas las guerras, Dios sabe qué precio alcanzará el algodón. ¿No fabrican explosivos con el algodón? ¿No hacen uniformes? Con las guerras suficientes, el algodón irá por las nubes. El año próximo, tal vez. Miraban hacia arriba interrogantes.
(...)
Algunos portavoces eran amables porque detestaban lo que tenían que hacer, otros estaban enfadados porque no querían ser crueles, y aun otros se mostraban fríos, porque habían descubierto hacía ya mucho tiempo que no se puede ser propietario si no se es frío. Y todos se sentían atrapados en algo que les sobrepasaba. Unos despreciaban las matemáticas a las que debían obedecer, otros tenían miedo, y aun otros adoraban a las matemáticas porque podían refugiarse en ellas de las ideas y los sentimientos. Si un banco o una compañía financiera eran dueños de las tierras, el enviado decía: el Banco, o la Compañía, necesita, quiere, insiste, debe recibir, como si el banco o la compañía fueran un monstruo con capacidad para pensar y sentir, que les hubiera atrapado. Ellos no asumían la responsabilidad por los bancos o las compañías porque eran hombres y esclavos, mientras que los bancos eran máquinas y amos, todo al mismo tiempo. Algunos de los enviados estaban algo orgullosos de ser los esclavos de señores tan fríos y poderosos. Se quedaban sentados en los coches y daban explicaciones. Sabes que la tierra es pobre. Ya has escarbado en ella lo suficiente, Dios lo sabe.
(...)
Me digo a mí mismo: ¿Qué es lo que te está royendo? ¿Joder? Y me contesto: no, el pecado. Y sigo: ¿Cómo es que precisamente cuando un hombre debería estar protegido a toda prueba contra el pecado, cuando está todo lleno de Jesucristo, es cuando no puede dejar quietos los botones del pantalón? posó dos dedos en la palma de la mano siguiendo el ritmo como si pusiera allí con suavidad cada palabra una al lado de otra. Yo pienso: Quizá no sea un pecado. Puede que sea solamente que los hombres son así. A lo mejor nos hemos estado castigando como locos por nada. Pensé cómo algunas hermanas se azotaban a sí mismas con un trozo de alambre. Y pensé que a lo mejor les gustaba hacerse daño y a lo mejor a mí también me gustaba hacerme daño. Pues bien, estaba tumbado bajo un árbol cuando llegué a esa conclusión y me quedé dormido. Se hizo de noche, estaba oscuro cuando desperté. Cerca aullaba un coyote. Antes de que me diera cuenta estaba diciendo en voz alta: ¡Y una mierda! No existe el pecado y no existe la virtud. Sólo hay lo que la gente hace. Todo es parte de lo mismo. Algunas cosas que los hombres hacen son bonitas y otras no, pero eso es todo lo que un hombre tiene derecho a decir hizo una pausa y levantó la mirada de la palma de la mano, donde había ido poniendo las palabras.
Joad le sonreía, pero sus agudos ojos también mostraban interés.
Le dio una buena reflexión dijo. Llegó a una conclusión.
Casy habló de nuevo y su voz expresaba dolor y confusión.
Yo me digo: ¿Qué es esta llamada, este espíritu? Es amor. Amo tanto a la gente que a veces estoy a punto de estallar. Y pienso: ¿No amas a Jesucristo? Le di vueltas y más vueltas y al final me dije: No, no conozco a nadie llamado Jesús. Sé un puñado de historias, pero solo amo a la gente. A veces tanto que casi estallo y quiero hacerles felices, así que predico algo que pienso que les hará felices. Y entonces he hablado muchísimo. Quizá te asombres de que diga tacos. Bueno, para mí ya no son malos. No son más que palabras que la gente usa y no significan nada malo. Bueno, sea como sea, te diré una cosa más que se me ocurrió; y viniendo de un predicador es la cosa menos religiosa posible y ya no puedo ser predicador porque llegué a esa conclusión y creo en ella.
¿De qué se trata? preguntó Joad.
Casy le miró tímidamente.
Si te parece mal, no te ofendas, ¿de acuerdo?
Yo no me ofendo más que cuando me dan un puñetazo en la nariz dijo Joad. ¿Qué fue lo que pensó?
Pensé en esa historia del Espíritu Santo y Jesucristo. Me dije: ¿Por qué tenemos que atribuirlo a Dios o a Jesús? Quizá, pensé, quizá son los hombres y las mujeres a los que amamos; quizá eso es el Espíritu Santo, el espíritu humano, esa es toda la historia. Tal vez hay una gran alma de la que todo el mundo forma parte. Estaba allí sentado pensándolo y de pronto lo supe. Sabía desde lo más hondo que era verdad y aún lo sé.
(...)
Yo nunca fui predicador dijo. Nunca dejé escapar nada que estuviera a mi alcance. Y nunca se me ocurrió pensar nada, excepto la maldita suerte que tenía cuando conseguía algo.
Pero tú no eras predicador insistió Casy. Una chica no era más que una chica para ti. No eran nada tuyo. Pero para mí eran vasos sagrados. Yo salvaba sus almas. Y con toda esa responsabilidad, las tenía ya tan llenas del Espíritu Santo que echaban espuma y entonces me las llevaba al prado.
(...)
Joad le miró con los párpados entrecerrados y luego se rió.
Claro, es el predicador. El predicador. No hace ni una hora que le hablé a un tipo de usted.
Fui predicador dijo el hombre con seriedad. Reverendo Jim Casy, ejercí de pastor. Solía aullar el nombre de Jesús hasta el cielo. Y solía haber tantos pecadores arrepentidos en la acequia que casi se me ahogaban la mitad. Pero ya no más suspiró. Ahora solo soy Jim Casy. Ya no tengo vocación. Tengo un montón de ideas pecaminosas, que, sin embargo, parecen inteligentes.
Joad dijo:
Es inevitable que se le ocurran ideas a uno si se dedica a pensar en cosas. Claro que me acuerdo de usted. Solía celebrar buenos servicios. Recuerdo una vez que pronunció un sermón entero andando sobre las manos, de un lado para otro, gritando como un desaforado. Madre le apreciaba más que nadie. Y la abuela dice que usted estaba literalmente lleno del Espíritu Santo.
Las uvas de la ira - John Steinbeck
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