En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuesta. De esta manera el ciudadano alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía suficiente justificación de su adhesión al nazismo: cerrando el pico, los ojos y las orejas, se construía la ilusión de no estar al corriente de nada, y por consiguiente de no ser cómplice, de todo lo que ocurría ante su puerta.
(...)
Cuando quedó reparada la ventana desvencijada y la estufa empezó a calentar, pareció como si algo se ensanchase en cada uno de nosotros, y fue entonces cuando Towarowski (un franco-polaco de veintitrés años, con tifus) propuso a los otros enfermos que cada uno de ellos nos diese una rebanada de pan a los tres que trabajábamos, y su proposición fue aceptada.
Sólo un día antes un acontecimiento semejante habría sido inconcebible. La ley del Lager decía: «Come tu pan y, si puedes, el de tu vecino», y no dejaba lugar a la gratitud. Quería decir que el Lager había muerto.
Fue aquél el primer gesto humano que se produjo entre nosotros. Creo que se podría fijar en aquel momento el principio del proceso mediante el cual, nosotros, los que no estábamos muertos, de Häftlinge empezamos lentamente a volver a ser hombres.
(...)
La memoria es un instrumento curioso: desde que estoy en el campo me han bailado en la cabeza dos versos que ha escrito un amigo mío hace mucho tiempo:
hasta que un día
no tenga sentido decir mañana.
Aquí es así. ¿Sabéis cómo se dice «nunca» en la jerga del campo? Morgen früh, mañana por la mañana.
(...)
Los personajes de estas páginas no son hombres. Su humanidad está sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa súbita o infligida a los demás. Los SS malvados y estúpidos, los Kapos, los políticos, los criminales, los prominentes grandes y pequeños, hasta los Häftlinge indiferenciados y esclavos, todos los escalones de la demente jerarquía querida por los alemanes, están paradójicamente emparentados por una unitaria desolación interna.
Pero Lorenzo era un hombre; su humanidad era pura e incontaminada, se encontraba fuera de este mundo de negación. Gracias a Lorenzo no me olvidé yo mismo de que era un hombre.
(...)
Cuando la tierra empezaba a temblar, nos arrastrábamos, aturdidos y renqueantes, a través de los humos corrosivos de las cortinas de humo, hasta las vastas áreas incultas, sórdidas y estériles, comprendidas en el recinto de la Buna; allí yacíamos inertes, amontonados los unos contra los otros como muertos, sensibles, sin embargo, a la momentánea dulzura de los miembros en reposo. Mirábamos con ojos atónitos las columnas de humo surgir en torno a nosotros: en los momentos de tregua, llenos del leve zumbido amenazante que todos los europeos conocen, arrancábamos del suelo cien veces pisoteado las achicorias y las escasas camomilas, y las masticábamos en silencio.
Una vez terminada la alarma, volvíamos desde todas partes a nuestros puestos, rebaño mudo innumerable, acostumbrado a la ira de los hombres y de las cosas; y reanudábamos aquel trabajo nuestro de siempre, odiado como siempre, y además claramente inútil e insensato en aquellos momentos.
(...)
De esto, estamos contentos. Cuando se espera, el tiempo pasa solo, sin que haya que empujarlo, pero, en cambio, cuando se trabaja, cada minuto nos atraviesa fatigosamente y debe ser expulsado laboriosamente. Siempre estamos contentos de esperar, somos capaces de esperar durante horas con la completa y obtusa inercia de las arañas en las viejas telas.
(...)
Hay algo de verdad en las tres suposiciones. Elías ha sobrevivido a la destrucción de afuera porque es físicamente indestructible; ha resistido a la aniquilación interior porque es un demente. Es, pues, en primer lugar, un superviviente: es el más adaptado, el ejemplar humano más idóneo para este modo de vivir.
Si Elías recobra la libertad se verá confinado al margen del consorcio humano, en una cárcel o en un manicomio. Pero aquí, en el Lager, no hay criminales ni locos: no hay criminales porque no hay una ley moral que infringir; no hay locos porque estamos programados y toda acción nuestra es, en cuanto a tiempo y lugar, sensiblemente la única posible.
(...)
No habla más que polaco y el yiddish torvo y deforme de Varsovia; además, es imposible conversar con él de manera coherente. Podría tener veinte o cuarenta años; generalmente dice que tiene treinta y tres y que ha tenido diecisiete hijos; lo que no es inverosímil. Habla continuamente de los temas más distintos; siempre con voz tonante, con acento oratorio, con violenta mímica de esquizofrénico. Como si siempre se dirigiese a un público muy nutrido: y, como es natural, el público no le falta nunca. Los que entienden su lenguaje se beben sus palabras declamatorias retorciéndose de risa, le golpean los hombros duros entusiasmados, lo estimulan a proseguir; mientras él, feroz y enfurruñado, se revuelve como una fiera entre el corro de espectadores, apostrofando ora a éste ora a aquél; de repente coge a uno por el pecho con su pequeña garra ganchuda, lo atrae hacia sí irresistiblemente, le vomita en la cara atónita una incomprensible invectiva, después lo arroja hacia atrás como si fuese una gavilla y, entre aplausos y risas, con los brazos alzados hacia el cielo como un pequeño y monstruoso profeta, continúa su discurso furibundo y enloquecido.
(...)
Son el típico producto de la estructura del Lager alemán: ofrézcase a algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndoles a cambio la traición a la solidaridad natural con sus compañeros, y seguro que habrá quien acepte. Éste será sustraído a la ley común y se convertirá en intangible; será por ello tanto más odiado cuanto mayor poder le haya sido conferido. Cuando le sea confiado el mando de una cuadrilla de desgraciados, con derecho de vida y muerte sobre ellos, será cruel y tiránico porque entenderá que si no lo fuese bastante, otro, considerado más idóneo, ocuparía su puesto. Sucederá además que su capacidad de odiar, que se mantenía viva en dirección a sus opresores, se volverá, irracionalmente, contra los oprimidos, y él se sentirá satisfecho cuando haya descargado en sus subordinados la ofensa recibida de los de arriba.
(...)
Entiende todo al vuelo: sólo sabe un poco de francés, y entiende todo lo que dicen los alemanes y los polacos. Contesta en italiano y con gestos, se hace entender y en seguida resulta simpático. Lucha por su vida y, sin embargo, es amigo de todos. «Sabe» a quién necesita corromper, a quién necesita evitar, de quién se puede compadecer y a quién debe resistir.
Y sin embargo (y por esta casualidad suya todavía hoy su recuerdo es para mí querido y cercano), no se ha convertido en una persona triste. Siempre vi, y todavía veo en él, la rara figura del hombre fuerte y apacible contra quien se rompen las armas de la noche.
(...)
En este Ka-Be, paréntesis de relativa paz, hemos aprendido que nuestra personalidad es frágil, que está mucho más en peligro que nuestra vida; y que los sabios antiguos, en lugar de advertirnos «acordáos de que tenéis que morir» mejor habrían hecho en recordarnos este peligro mayor que nos amenaza. Si desde el interior del campo algún mensaje hubiese podido dirigirse a los hombres libres, habría sido éste: no hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí.
(...)
A nuestro alrededor todo nos es enemigo. Encima de nosotros se agrupan las nubes malignas, para separarnos del sol; por todas partes nos oprime la amenaza de las alambradas. Sus confines no los hemos visto nunca pero sentimos, todo alrededor, la presencia maléfica del hilo erizado que nos segrega del mundo
Y en los andamios, en los trenes en maniobra, en las carreteras, en las excavaciones, en las oficinas, hombres y más hombres, esclavos y amos, y amos que son esclavos de ellos mismos; el miedo mueve a uno y el odio a los otros, toda otra fuerza calla. Todos son aquí enemigos o rivales.
(...)
He olvidado hoy, y lo siento, sus palabras directas y claras, las palabras del que fue el sargento Steinlauf del Ejército austro-húngaro, cruz de hierro en la guerra de 1914-1918. Lo siento porque tendré que traducir su italiano inseguro y su razonamiento sencillo de buen soldado a mi lenguaje de incrédulo. Pero éste era el sentido, que no he olvidado después ni olvidé entonces: que precisamente porque el Lager es una gran máquina para convertirnos en animales, nosotros no debemos convertirnos en animales; que aun en este sitio se puede sobrevivir, y por ello se debe querer sobrevivir, para contarlo, para dar testimonio; y que para vivir es importante esforzarse por salvar al menos el esqueleto, la armazón, la forma de la civilización. Que somos esclavos, sin ningún derecho, expuestos a cualquier ataque, abocados a una muerte segura, pero que nos ha quedado una facultad y debemos defenderla con todo nuestro vigor porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento.
(...)
Aquí estaba, ante nuestros ojos, bajo nuestros pies, uno de los famosos trenes de guerra alemanes, los que no vuelven, aquéllos de los cuales, temblando y siempre un poco incrédulos, habíamos oído hablar con tanta frecuencia. Exactamente así, punto por punto: vagones de mercancías, cerrados desde el exterior, y dentro hombres, mujeres, niños, comprimidos sin piedad, como mercancías en docenas, en un viaje hacia la nada, en un viaje hacia allá abajo, hacia el fondo. Esta vez, dentro íbamos nosotros.
(...)
Y llegó la noche, y fue una noche tal que se sabía que los ojos humanos no habrían podido contemplarla y sobrevivir. Todos se dieron cuenta de ello, ninguno de los guardianes, ni italianos ni alemanes, tuvo el ánimo de venir a ver lo que hacen los hombres cuando saben que tienen que morir.
(...)
Si esto es un hombre
Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.
Si esto es un hombre - Primo Levi
miércoles, 24 de abril de 2019
lunes, 15 de abril de 2019
Cuando los dos enterradores echaron unas cuantas paletadas de tierra encima de la caja para taparla, se incorporaron y uno de los dos, dirigiéndose a Rastignac, le pidió la propina de ambos. Eugène se hurgó en los bolsillos, no le quedaba nada y no tuvo más remedio que pedirle prestado un franco a Christophe. Este hecho, tan inane en sí, provocó en Rastignac un ataque tremendo de tristeza. Caía la noche, no quedaba ya más que un crepúsculo que irritaba los nervios; miró la tumba, enterró en ella su última lágrima de muchacho, aquella lágrima que le habían arrancado las emociones santas de un corazón puro, una de esas lágrimas que, desde el suelo en que caen, brotan luego casi hasta los cielos.
(...)
Llegaron los dos sacerdotes, el monaguillo y el sacristán y dieron cuanto puede darse por setenta francos en una época en que la religión no es lo bastante rica para rezar gratis. Los clérigos cantaron un salmo, el Libera, y el De profundis. El servicio duró veinte minutos. Sólo había un coche de duelo, para un sacerdote y un monaguillo, que consintieron en llevar a Eugène y a Christophe.
Como no hay comitiva dijo el sacerdote, podremos ir deprisa y no entretenernos. Ya son las cinco y media.
(...)
Tras haber tomado todas las disposiciones, Eugène volvió a eso de las tres a la casa de huéspedes y no pudo contener una lágrima cuando vio en aquella puerta, que no era ni principal ni de servicio, el ataúd apenas tapado con un paño negro y colocado encima de dos sillas en aquella calle desierta. Un mal hisopo, que nadie había tocado aún, estaba a remojo en una fuente de cobre plateado llena de agua bendita. La puerta ni siquiera tenía colgaduras negras. Era la muerte de los pobres, que no tiene ni fastos, ni acompañantes, ni amigos, ni parientes.
(...)
Ya no volverá a oler el pan así dijo un huésped, imitando la mueca del pobre hombre.
Cuerpo de Cristo, señores dijo el profesor pasante, dejen ya al Goriot ese y no nos lo traigan más a la mesa. Llevamos una hora sirviéndolo con el aderezo de todas las salsas. Uno de los privilegios de esta buena villa de París es que se puede nacer, vivir y morir en ella sin que nadie se fije en uno. Disfrutemos de las ventajas de la civilización. Hoy ha habido trescientas muertes, ¿es que quieren compadecerse de las hecatombes parisinas? ¡Si Goriot la ha espichado, mejor para él! Si usted lo adora, vaya a velarlo y déjenos cenar en paz a los demás.
¡Huy, sí dijo la viuda, más le ha valido morirse! Por lo visto al pobre hombre le pasaron muchas desdichas en la vida.
Fue ésta toda la oración fúnebre que correspondió a un hombre que, para Rastignac, representaba la paternidad entera. Los quince huéspedes se pusieron a charlar como solían. Cuando Eugène y Bianchon hubieron acabado de comer, el ruido de los tenedores y de las cucharas, las risas de la conversación, las expresiones varias de aquellas caras glotonas e indiferentes, su despreocupación, todo ello, los colmó de espanto.
(...)
Nada le falta a mi desdicha dijo, mirando a Eugène. El señor de Trailles se ha ido, dejando unas deudas gigantescas, y me he enterado de que me engañaba. Mi marido no me perdonará nunca, y lo he dejado que se apodere de mi fortuna. He perdido todas mis ilusiones. ¡Ay! ¿Por quiénes traicioné al único corazón señaló a su padre que me adoraba? ¡No le hice caso, lo rechacé, le di mil disgustos, porque soy una infame!
Estaba al tanto dijo Rastignac.
En aquel momento Goriot abrió los ojos, pero fue efecto de una convulsión. El gesto revelador de esperanza de la condesa no fue menos espantoso que verle la mirada al moribundo.
¿Me estará oyendo acaso? exclamó la condesa. No se dijo, sentándose junto a la cama.
(...)
¿Que no viene ninguna de sus hijas? exclamó Rastignac. Voy a escribirles a las dos.
Ninguna exclamó el anciano sentándose en la cama. Están ocupadas, están durmiendo, no vendrán. Ya lo sabía. Hay que morirse para saber cómo son los hijos. ¡Ay, amigo mío, no se case, no tenga hijos! Les damos la vida y ellos nos matan. Los metemos en el mundo y ellos nos echan. ¡No, no vendrán! Hace diez años que lo sé. Me lo decía a veces a mí mismo, pero no me atrevía a creérmelo.
Le asomaron unas lágrimas y le corrieron por el filo encarnado de ambos ojos, sin caer.
(...)
Fue a vestirse mientras se hacía las reflexiones más tristes y desalentadoras. Veía la buena sociedad como un océano de barro donde, si un hombre metía los pies, se hundía hasta el cuello. «¡Sólo se cometen ahí crímenes mezquinos! se dijo. Vautrin es más grande». Había visto las tres magnas manifestaciones de la sociedad: la Obediencia, la Lucha y la Rebelión; la Familia, el Mundo y Vautrin. Y no se atrevía a tomar partido. La Obediencia era aburrida; la Rebelión, imposible; y la Lucha, incierta. El pensamiento lo llevó al seno de su familia. Recordó las puras emociones de aquella vida sosegada, le volvieron a la memoria los días pasados entre personas que lo querían. Haciéndose a la medida de las leyes naturales del hogar doméstico, aquellos seres queridos hallaban en él una dicha plena, continua y sin angustias. Pese aquellos buenos pensamientos, no se sintió con valor para ir a confesar a Delphine la fe de las almas puras, ordenándole virtud en nombre del Amor. Ya había dado sus frutos la educación iniciada. Ya amaba de forma egoísta.
(...)
La señora Vauquer no tuvo valor para decir ni una palabra al ver sólo diez personas alrededor de la mesa, en vez de dieciocho; pero todos intentaron consolarla y animarla. Aunque los mediopensionistas charlaron al principio de Vautrin y de los acontecimientos del día, no tardaron en ceder al serpenteo de la conversación y empezaron a hablar de los duelos, del presidio, de la justicia, de las leyes que había que volver a hacer, de las cárceles. Luego se fueron a mil leguas de Jacques Collin, de Victorine y de su hermano. Aunque sólo eran diez, chillaron como veinte y parecían ser más que de costumbre; ésa fue la única diferencia que hubo entre aquella cena y la de la víspera. La despreocupación habitual de este mundo egoísta que, al día siguiente tendría otra presa por devorar en los sucesos cotidianos de París, se impuso; e incluso la señora Vauquer dejó que la tranquilizase la esperanza, que le tomó prestada la voz a la oronda Sylvie.
(...)
Un poco de filosofía, mamá siguió diciendo Collin. ¿Es una desgracia haber ido ayer a mi palco de La Gaîté? exclamó. ¿Es usted mejor que nosotros? Llevamos menos infamia en el hombro que vosotros en el corazón, miembros fláccidos de una sociedad gangrenada: el mejor de vosotros no se me resistía.
(...)
Es usted un joven guapo, delicado, valiente como un león y dulce como una muchacha. Sería buena presa para el demonio.
(...)
Sí dijo Eugène. Pero, señor Goriot, ¿cómo es posible que teniendo unas hijas tan acomodadas como las suyas viva en un tugurio como éste?
La verdad dijo Goriot con expresión de despreocupación aparente, ¿de qué iba a valerme estar mejor? No puedo explicarle algo así, no sé hilvanar como es debido dos palabras. Todo está aquí añadió dándose golpes en el corazón. Mi vida propia está en mis dos hijas. Si se lo pasan bien, si son felices, si van bien arregladas, si van pisando alfombras, ¿qué más me da con qué paño voy vestido yo y cómo es el sitio en que duermo? No tengo frío si ellas no lo pasan, no me aburro nunca si ellas se ríen. No tengo más penas que las suyas. Cuando sea padre, cuando se diga al oír gorjear a sus hijos: «¡Han salido de mí!», cuando note que esas criaturitas son inseparables de todas y cada una de las gotas de su sangre, cuya flor y nata son, ¡porque eso es lo que pasa!, pensará que va pegado a la piel de sus hijos, pensará que se mueve cuando ellos andan.
(...)
Aquel paseo le fue fatal al estudiante. Unas cuantas mujeres se fijaron en él. ¡Era tan guapo y tan joven y vestía con una elegancia de tan buen gusto! Al verse blanco de una atención casi admirativa, no volvió a acordarse ni de sus hermanas ni de su tía, expoliadas, ni de la virtuosa repugnancia anterior. Había visto cómo le pasaba por encima de la cabeza ese demonio que es tan fácil tomar por un ángel, ese Satanás de alas jaspeadas que va sembrando rubíes, que dispara sus flechas de oro al frontispicio de los palacios, ruboriza a las mujeres, envuelve en un necio resplandor los tronos, tan sencillos en sus orígenes; había atendido al dios de la vanidad crepitante cuyo relumbrón nos parece símbolo de poder
(...)
En París, el hombre honrado es quien calla y se niega a compartir. No le estoy hablando de esos infelices ilotas que hacen el trabajo en todas partes sin recibir nunca compensación, y a quienes llamo la cofradía de los torpes del Señor. Ahí sí que está la virtud, desde luego, en toda la flor de su necedad, pero ahí está la miseria. Estoy viendo la cara que pondrían esas pobres gentes si Dios nos gastase la broma de no presentarse al juicio final.
(...)
¿Cómo nos las vamos a apañar para llenar la olla? Para empezar, tenemos que zamparnos el Código, no es ameno y no enseña nada, pero no queda más remedio. Bien está. Nos hacemos abogado para llegar a presidente de un tribunal de lo criminal y para mandar a los pobres diablos que valen más que nosotros, con una T y una F en el hombro, para demostrarles así a los ricos que pueden dormir en paz. No resulta nada divertido y además se tarda mucho. De entrada, dos años de tabarra en París, mirando, sin tocarlas, las golosinas que nos apetecen. Cansa mucho eso de desear siempre sin poder satisfacerse nunca. Si fuera pálido y con naturaleza de molusco, no tendría nada que temer; pero tenemos la sangre febril de los leones y un apetito que basta para hacernos cometer mil tonterías diarias.
(...)
Le voy a dejar claro en qué posición está, pero lo haré con la superioridad de un hombre que, tras haber examinado mucho las cosas de aquí abajo, vio que sólo podían tomarse dos partidos: o una obediencia estúpida o la rebelión. Yo no obedezco a nada, ¿está claro? ¿Sabe usted lo que necesita, al paso que va? Un millón, y enseguida. Si no, con esa carita que tenemos podríamos acabar dando una vuelta por las redes de Saint-Cloud para enterarnos de si existe un Ser Supremo. Y ese millón se lo voy a dar yo hizo una pausa mirando a Eugène. ¡Ajajá! Ya le va poniendo mejor cara a su papaíto Vautrin.
(...)
No le perdonamos en mayor grado a un sentimiento que se nos muestre por entero que a un hombre que no tenga ni un céntimo. Ese padre lo había dado todo. Se había pasado veinte años dando las entrañas y su amor; dio su fortuna en un día. Cuando el limón estuvo exprimido del todo, las hijas dejaron la cáscara por las esquinas.
(...)
¿Por qué azar aquel desprecio rencoroso a medias, aquella persecución mezclada con compasión, aquella falta de respeto a la desgracia habían recaído en el huésped más antiguo? ¿Había dado motivo con alguno de esos rasgos ridículos o de esas rarezas que se perdonan menos de lo que se perdonan los vicios? Estas preguntas tienen mucho que ver con buen número de injusticias sociales. Quizá es propio de la naturaleza humana cargar con todo a quien lo soporta todo por auténtica humildad, por debilidad o por indiferencia. ¿Acaso no nos gusta a todos dar prueba de nuestra fuerza a costa de alguien o de algo? El ser más débil, el arrapiezo, llama a todas las puertas cuando está helando o se pone de puntillas para escribir su nombre en un monumento virgen.
(...)
No obstante, en el fondo es una buena mujer, dicen los huéspedes, que la tienen por pobre al oírla quejarse y toser como ellos. ¿A qué se había dedicado el señor Vauquer? Su viuda nunca hablaba del difunto. ¿Cómo había perdido su fortuna? No le fue bien, contestaba ella. Se había portado mal con su mujer y no le había dejado más que los ojos para llorar, aquella casa para vivir y el derecho a no compadecerse de infortunio alguno porque, a lo que decía, había padecido cuanto es posible padecer. Al oír el trotecillo de su ama, Sylvie, la gruesa cocinera, se apresuraba a dar de almorzar a los huéspedes fijos.
(...)
La calle Neuve-Sainte-Geneviève sobre todo es como un marco de bronce, el único que entona con este relato, en que no hay que escatimar, para aprontar la inteligencia, los tonos pardos y las ideas adustas; de la misma forma que, de peldaño en peldaño, la luz disminuye y la cantilena del guía suena a hueco cuando el viajero baja a las Catacumbas. ¡Comparación atinada! ¿Quién decidirá qué es más espantoso ver
El pobre Goriot - Honoré de Balzac
(...)
Llegaron los dos sacerdotes, el monaguillo y el sacristán y dieron cuanto puede darse por setenta francos en una época en que la religión no es lo bastante rica para rezar gratis. Los clérigos cantaron un salmo, el Libera, y el De profundis. El servicio duró veinte minutos. Sólo había un coche de duelo, para un sacerdote y un monaguillo, que consintieron en llevar a Eugène y a Christophe.
Como no hay comitiva dijo el sacerdote, podremos ir deprisa y no entretenernos. Ya son las cinco y media.
(...)
Tras haber tomado todas las disposiciones, Eugène volvió a eso de las tres a la casa de huéspedes y no pudo contener una lágrima cuando vio en aquella puerta, que no era ni principal ni de servicio, el ataúd apenas tapado con un paño negro y colocado encima de dos sillas en aquella calle desierta. Un mal hisopo, que nadie había tocado aún, estaba a remojo en una fuente de cobre plateado llena de agua bendita. La puerta ni siquiera tenía colgaduras negras. Era la muerte de los pobres, que no tiene ni fastos, ni acompañantes, ni amigos, ni parientes.
(...)
Ya no volverá a oler el pan así dijo un huésped, imitando la mueca del pobre hombre.
Cuerpo de Cristo, señores dijo el profesor pasante, dejen ya al Goriot ese y no nos lo traigan más a la mesa. Llevamos una hora sirviéndolo con el aderezo de todas las salsas. Uno de los privilegios de esta buena villa de París es que se puede nacer, vivir y morir en ella sin que nadie se fije en uno. Disfrutemos de las ventajas de la civilización. Hoy ha habido trescientas muertes, ¿es que quieren compadecerse de las hecatombes parisinas? ¡Si Goriot la ha espichado, mejor para él! Si usted lo adora, vaya a velarlo y déjenos cenar en paz a los demás.
¡Huy, sí dijo la viuda, más le ha valido morirse! Por lo visto al pobre hombre le pasaron muchas desdichas en la vida.
Fue ésta toda la oración fúnebre que correspondió a un hombre que, para Rastignac, representaba la paternidad entera. Los quince huéspedes se pusieron a charlar como solían. Cuando Eugène y Bianchon hubieron acabado de comer, el ruido de los tenedores y de las cucharas, las risas de la conversación, las expresiones varias de aquellas caras glotonas e indiferentes, su despreocupación, todo ello, los colmó de espanto.
(...)
Nada le falta a mi desdicha dijo, mirando a Eugène. El señor de Trailles se ha ido, dejando unas deudas gigantescas, y me he enterado de que me engañaba. Mi marido no me perdonará nunca, y lo he dejado que se apodere de mi fortuna. He perdido todas mis ilusiones. ¡Ay! ¿Por quiénes traicioné al único corazón señaló a su padre que me adoraba? ¡No le hice caso, lo rechacé, le di mil disgustos, porque soy una infame!
Estaba al tanto dijo Rastignac.
En aquel momento Goriot abrió los ojos, pero fue efecto de una convulsión. El gesto revelador de esperanza de la condesa no fue menos espantoso que verle la mirada al moribundo.
¿Me estará oyendo acaso? exclamó la condesa. No se dijo, sentándose junto a la cama.
(...)
¿Que no viene ninguna de sus hijas? exclamó Rastignac. Voy a escribirles a las dos.
Ninguna exclamó el anciano sentándose en la cama. Están ocupadas, están durmiendo, no vendrán. Ya lo sabía. Hay que morirse para saber cómo son los hijos. ¡Ay, amigo mío, no se case, no tenga hijos! Les damos la vida y ellos nos matan. Los metemos en el mundo y ellos nos echan. ¡No, no vendrán! Hace diez años que lo sé. Me lo decía a veces a mí mismo, pero no me atrevía a creérmelo.
Le asomaron unas lágrimas y le corrieron por el filo encarnado de ambos ojos, sin caer.
(...)
Fue a vestirse mientras se hacía las reflexiones más tristes y desalentadoras. Veía la buena sociedad como un océano de barro donde, si un hombre metía los pies, se hundía hasta el cuello. «¡Sólo se cometen ahí crímenes mezquinos! se dijo. Vautrin es más grande». Había visto las tres magnas manifestaciones de la sociedad: la Obediencia, la Lucha y la Rebelión; la Familia, el Mundo y Vautrin. Y no se atrevía a tomar partido. La Obediencia era aburrida; la Rebelión, imposible; y la Lucha, incierta. El pensamiento lo llevó al seno de su familia. Recordó las puras emociones de aquella vida sosegada, le volvieron a la memoria los días pasados entre personas que lo querían. Haciéndose a la medida de las leyes naturales del hogar doméstico, aquellos seres queridos hallaban en él una dicha plena, continua y sin angustias. Pese aquellos buenos pensamientos, no se sintió con valor para ir a confesar a Delphine la fe de las almas puras, ordenándole virtud en nombre del Amor. Ya había dado sus frutos la educación iniciada. Ya amaba de forma egoísta.
(...)
La señora Vauquer no tuvo valor para decir ni una palabra al ver sólo diez personas alrededor de la mesa, en vez de dieciocho; pero todos intentaron consolarla y animarla. Aunque los mediopensionistas charlaron al principio de Vautrin y de los acontecimientos del día, no tardaron en ceder al serpenteo de la conversación y empezaron a hablar de los duelos, del presidio, de la justicia, de las leyes que había que volver a hacer, de las cárceles. Luego se fueron a mil leguas de Jacques Collin, de Victorine y de su hermano. Aunque sólo eran diez, chillaron como veinte y parecían ser más que de costumbre; ésa fue la única diferencia que hubo entre aquella cena y la de la víspera. La despreocupación habitual de este mundo egoísta que, al día siguiente tendría otra presa por devorar en los sucesos cotidianos de París, se impuso; e incluso la señora Vauquer dejó que la tranquilizase la esperanza, que le tomó prestada la voz a la oronda Sylvie.
(...)
Un poco de filosofía, mamá siguió diciendo Collin. ¿Es una desgracia haber ido ayer a mi palco de La Gaîté? exclamó. ¿Es usted mejor que nosotros? Llevamos menos infamia en el hombro que vosotros en el corazón, miembros fláccidos de una sociedad gangrenada: el mejor de vosotros no se me resistía.
(...)
Es usted un joven guapo, delicado, valiente como un león y dulce como una muchacha. Sería buena presa para el demonio.
(...)
Sí dijo Eugène. Pero, señor Goriot, ¿cómo es posible que teniendo unas hijas tan acomodadas como las suyas viva en un tugurio como éste?
La verdad dijo Goriot con expresión de despreocupación aparente, ¿de qué iba a valerme estar mejor? No puedo explicarle algo así, no sé hilvanar como es debido dos palabras. Todo está aquí añadió dándose golpes en el corazón. Mi vida propia está en mis dos hijas. Si se lo pasan bien, si son felices, si van bien arregladas, si van pisando alfombras, ¿qué más me da con qué paño voy vestido yo y cómo es el sitio en que duermo? No tengo frío si ellas no lo pasan, no me aburro nunca si ellas se ríen. No tengo más penas que las suyas. Cuando sea padre, cuando se diga al oír gorjear a sus hijos: «¡Han salido de mí!», cuando note que esas criaturitas son inseparables de todas y cada una de las gotas de su sangre, cuya flor y nata son, ¡porque eso es lo que pasa!, pensará que va pegado a la piel de sus hijos, pensará que se mueve cuando ellos andan.
(...)
Aquel paseo le fue fatal al estudiante. Unas cuantas mujeres se fijaron en él. ¡Era tan guapo y tan joven y vestía con una elegancia de tan buen gusto! Al verse blanco de una atención casi admirativa, no volvió a acordarse ni de sus hermanas ni de su tía, expoliadas, ni de la virtuosa repugnancia anterior. Había visto cómo le pasaba por encima de la cabeza ese demonio que es tan fácil tomar por un ángel, ese Satanás de alas jaspeadas que va sembrando rubíes, que dispara sus flechas de oro al frontispicio de los palacios, ruboriza a las mujeres, envuelve en un necio resplandor los tronos, tan sencillos en sus orígenes; había atendido al dios de la vanidad crepitante cuyo relumbrón nos parece símbolo de poder
(...)
En París, el hombre honrado es quien calla y se niega a compartir. No le estoy hablando de esos infelices ilotas que hacen el trabajo en todas partes sin recibir nunca compensación, y a quienes llamo la cofradía de los torpes del Señor. Ahí sí que está la virtud, desde luego, en toda la flor de su necedad, pero ahí está la miseria. Estoy viendo la cara que pondrían esas pobres gentes si Dios nos gastase la broma de no presentarse al juicio final.
(...)
¿Cómo nos las vamos a apañar para llenar la olla? Para empezar, tenemos que zamparnos el Código, no es ameno y no enseña nada, pero no queda más remedio. Bien está. Nos hacemos abogado para llegar a presidente de un tribunal de lo criminal y para mandar a los pobres diablos que valen más que nosotros, con una T y una F en el hombro, para demostrarles así a los ricos que pueden dormir en paz. No resulta nada divertido y además se tarda mucho. De entrada, dos años de tabarra en París, mirando, sin tocarlas, las golosinas que nos apetecen. Cansa mucho eso de desear siempre sin poder satisfacerse nunca. Si fuera pálido y con naturaleza de molusco, no tendría nada que temer; pero tenemos la sangre febril de los leones y un apetito que basta para hacernos cometer mil tonterías diarias.
(...)
Le voy a dejar claro en qué posición está, pero lo haré con la superioridad de un hombre que, tras haber examinado mucho las cosas de aquí abajo, vio que sólo podían tomarse dos partidos: o una obediencia estúpida o la rebelión. Yo no obedezco a nada, ¿está claro? ¿Sabe usted lo que necesita, al paso que va? Un millón, y enseguida. Si no, con esa carita que tenemos podríamos acabar dando una vuelta por las redes de Saint-Cloud para enterarnos de si existe un Ser Supremo. Y ese millón se lo voy a dar yo hizo una pausa mirando a Eugène. ¡Ajajá! Ya le va poniendo mejor cara a su papaíto Vautrin.
(...)
No le perdonamos en mayor grado a un sentimiento que se nos muestre por entero que a un hombre que no tenga ni un céntimo. Ese padre lo había dado todo. Se había pasado veinte años dando las entrañas y su amor; dio su fortuna en un día. Cuando el limón estuvo exprimido del todo, las hijas dejaron la cáscara por las esquinas.
(...)
¿Por qué azar aquel desprecio rencoroso a medias, aquella persecución mezclada con compasión, aquella falta de respeto a la desgracia habían recaído en el huésped más antiguo? ¿Había dado motivo con alguno de esos rasgos ridículos o de esas rarezas que se perdonan menos de lo que se perdonan los vicios? Estas preguntas tienen mucho que ver con buen número de injusticias sociales. Quizá es propio de la naturaleza humana cargar con todo a quien lo soporta todo por auténtica humildad, por debilidad o por indiferencia. ¿Acaso no nos gusta a todos dar prueba de nuestra fuerza a costa de alguien o de algo? El ser más débil, el arrapiezo, llama a todas las puertas cuando está helando o se pone de puntillas para escribir su nombre en un monumento virgen.
(...)
No obstante, en el fondo es una buena mujer, dicen los huéspedes, que la tienen por pobre al oírla quejarse y toser como ellos. ¿A qué se había dedicado el señor Vauquer? Su viuda nunca hablaba del difunto. ¿Cómo había perdido su fortuna? No le fue bien, contestaba ella. Se había portado mal con su mujer y no le había dejado más que los ojos para llorar, aquella casa para vivir y el derecho a no compadecerse de infortunio alguno porque, a lo que decía, había padecido cuanto es posible padecer. Al oír el trotecillo de su ama, Sylvie, la gruesa cocinera, se apresuraba a dar de almorzar a los huéspedes fijos.
(...)
La calle Neuve-Sainte-Geneviève sobre todo es como un marco de bronce, el único que entona con este relato, en que no hay que escatimar, para aprontar la inteligencia, los tonos pardos y las ideas adustas; de la misma forma que, de peldaño en peldaño, la luz disminuye y la cantilena del guía suena a hueco cuando el viajero baja a las Catacumbas. ¡Comparación atinada! ¿Quién decidirá qué es más espantoso ver
El pobre Goriot - Honoré de Balzac
miércoles, 3 de abril de 2019
y ni arriba ni abajo podía hallarse nada que no hubiera sido al mismo tiempo estrella y sombra; hasta el espíritu del hombre, vuelto estrella, daba ya la sombra del lenguaje.
(...)
¿Y qué sucederá si ambos muriéramos? Pronto o tarde también esto ocurrirá
Esto es cosa vuestra y no me atañe a mí. Pero podéis nombrar como sucesores a Cebes y a Alejo, el uno como poeta, el otro como gramático; ambos son jóvenes
Una vez más resopló Plocio desde lo más profundo:
Oh Virgilio, nos colmas de regalos, y tus regalos hacen daño
(...)
Y vosotros tenéis que asumir la tarea tanto más por cuanto os dejo en legado el manuscrito, oh, no, pongamos por caso, como premio por vuestras fatigas, pero sí porque me agrada la idea de saberlo en vuestras manos
El efecto de esta noticia fue en cierto modo sorprendente; tras unos instantes de mudo desconcierto se oyó un profundo resuello procedente del pecho de Plocio, que daba la impresión como si estuviera por volver a llorar, mientras que Lucio, que había acogido el legado en metálico con gratitud, sí, pero también con plena compostura por lo menos se había quedado sentado en su sitio, ahora se puso en pie de un salto gesticulando violentamente:
¿El manuscrito de Virgilio, el manuscrito de Virgilio , pero sabes valorar siquiera la importancia de tu regalo?
Un regalo sobre el que pesan obligaciones, no es un regalo.
(...)
Octaviano
Sí, Virgilio
Muchas cosas te agradezco.
Yo te debo mis gracias, Virgilio.
Los esclavos habían levantado el cofre y en el instante en que estaban dando el primer paso, alguien sollozó, no muy fuerte, pero salvajemente y con ese fervor que en general se halla sólo cuando la eternidad irrumpe de repente en la vida humana, tal vez como cuando los funerarios levantan el ataúd a hombros para sacarlo de la habitación, de modo que los parientes se sienten heridos de golpe por lo inexorable, que ya está cumpliéndose. Era ese sollozo de eternidad que sigue a un féretro, era ese grito de eternidad y salía del ancho, poderoso pecho de Plocio Tucca, de su buena y poderosa alma humana, de su conmovido y poderoso corazón, siguiendo al cofre del manuscrito, que era llevado hacia la puerta y era propiamente un féretro, un féretro de niño, el féretro de una vida.
Y en ese momento el sol se había oscurecido de nuevo.
Al llegar a la puerta, el Augusto se volvió una vez más; una vez más la mirada del amigo buscó la mirada del amigo, una vez más se encontraron sus ojos:
Puedan tus ojos descansar siempre en mí, Virgilio dijo Octaviano, en pie entre las hojas de la puerta abiertas de par en par, una vez más Octaviano todavía, para desaparecer luego de prisa, delgado y orgulloso e imponente, como César; pegado a sus talones, le seguía con garra pesada y suave un león color de oro pálido, luego seguía el féretro, y muchos de los presentes se le unieron.
(...)
Es cierto, las puertas de la curia estaban abiertas, y cualquiera podía asistir a las sesiones del Senado; pero ésta era también la única libertad concedida al pueblo, la más traidora de todas las libertades populares, ¡la concesión de poder oír cómo se decidían leyes para la opresión y la expoliación del pueblo por pura falta de conciencia! Imagen o no imagen, las instituciones que se sobreviven pervierten la realidad en realidad aparente, libertad en pseudo-libertad, y éste es el mejor terreno para cualquier delito
(...)
¿Paz?, ¿guerra? el encubrimiento se volvía casi doloroso en el rostro de Octaviano; al pueblo le da lo mismo He combatido contra Antonio, había sido su aliado, le he aniquilado y el pueblo apenas si ha notado algo de todas estas vicisitudes; no sabe nada de sus propios deseos y por tanto nuestro único cuidado será prever que no aparezca un nuevo Antonio El pueblo festeja a cualquier vencedor; ama la victoria y no al hombre.
Esto podrá valer de las masas humanas atraídas y amontonadas en las ciudades, Augusto, pero no del campesino; el campesino ama la paz y ama a quien la trae. El campesino te ama como el hombre que eres. Y el campesino es el verdadero pueblo.
(...)
¿Era realmente el Augusto quien había dicho eso?, ¿o habían sido palabras de su más secreta angustia? Misterioso pasaba el tiempo, la corriente vacía, sin orillas, que lleva a la muerte, siempre dividida por el presente, siempre arrastrando un ahora inaprensible
(...)
El César tenía la obsesión de la gloria, siempre hablaba de la gloria, aspiraba a la gloria y por eso no se le podía decir a él naturalmente aún menos que a Lucio que la gloria, aunque sobreviva a la muerte, no elimina nunca la muerte, que el camino de la gloria es terreno, en el más acá, ignaro, un camino de la apariencia, de la inversión y de la ebriedad, un camino de perdición:
La gloria es un don de los dioses, pero no es el objetivo de la poesía; solamente los malos poetas la estiman como meta.
(...)
Oye, Virgilio: hace tiempo que has perdido el derecho a juzgar así. Hace más de diez años que me hiciste conocer el plan de tu Eneida y podrás acordarte del íntimo gozo con que todos los que pudimos participar en él, aprobamos tu proyecto y te dimos nuestro asentimiento. Durante los años siguientes nos has leído trozo a trozo el poema y, cuando ante la grandeza del propósito y la potencia de la composición ¡y cuán a menudo ocurrió eso! te sobrevino alguna vacilación, te has repuesto de nuevo por nuestra admiración, mejor dicho, por la admiración de todo el pueblo romano; piensa que gran parte de la obra es ya del dominio público, que el pueblo romano conoce la existencia de este poema, de un poema que lo magnifica como ningún otro poema lo ha hecho, y que es el legítimo, inalienable derecho real del pueblo recibir el don de la obra completa. Ya no es tu obra, es la obra de todos nosotros e incluso, en este sentido, todos hemos colaborado en ella y es también la obra del pueblo romano y de su grandeza.
(...)
Has sido siempre demasiado modesto, Virgilio, pero no un hombre con falsa modestia; veo claro que quieres empeorar tus regalos intencionadamente, para quitárnoslos al fin astutamente.
Ya estaba dicho, ay, ya estaba dicho tenaz y duramente, el César iba directo a su objetivo, y nada le impediría robar los manuscritos:
¡Octaviano, déjame el poema!
Muy bien, Virgilio, de eso se trata Lucio Vario y Plocio Tucca me han informado de tu tremendo propósito y no les he querido prestar fe ¿Piensas realmente destruir tus obras?
El silencio se extendió en la habitación: un riguroso silencio, que tenía su centro lívido y finamente delineado en el severo rostro reflexivo del César. En el ninguna parte algo se quejaba muy suave, y también esto era tan delgado y rectilíneo como la amiga entre los ojos del Augusto, cuya mirada estaba fija en él.
Callas dijo el César y esto significa que realmente quieres retirar tu regalo Reflexiona, Virgilio, ¡es la Eneida! Tus amigos están muy tristes, y yo, tú lo sabes, me encuentro entre ellos.
(...)
Entonces sonrió Plocia, muy lentamente: y la sonrisa comenzó en los ojos, se deslizó hacia el delicado brillo de la piel de sus sienes, cual si también las finas venas insinuadas debieran sonreír, y muy lentamente, muy imperceptiblemente, alcanzó a los labios que temblaron como en un beso, antes de abrirse a la sonrisa, descubriendo el borde de los dientes, el borde del esqueleto de la muerte, el borde de roca marfileña de lo terreno en lo humano. Así quedó la sonrisa y estaba en la mirada, sonrisa en la orilla de lo terreno, sonrisa en la orilla de la eternidad, y fue el centelleo del mar de sol, plata infinita, lo que se hizo palabra en la sonrisa:
Quiero quedarme a tu lado, sin fin.
Quédate a mi lado, Plocia, no te abandonaré nunca, cuidaré siempre de ti. Era súplica y juramento de corazón, y era a la vez el cumplimiento, pues Plocia, sin dar un solo paso, se había acercado un poco más y las ramas extremas del amplio olmo tocaban ya sus hombros.
Quédate y descansa, Plocia, descansa a mi sombra
(...)
Y entonces se levantó el viento meridiano, el hálito del beso fervoroso de la vida; llegaba rozando apenas perceptible desde el sur, oleaje de lento movimiento, el mar del aliento del mundo, que desborda cada día sus orillas, el hálito de los tiempos cumpliéndose, nunca cumplidos, sobre los cuales pasa el astro: soplo de tierra que madura, soplo del olivo, de la vid y de los campos de trigo, soplo del cuidado y la simplicidad, soplo de los establos y de la fruta estrujada, soplo de la comunidad y de la paz, soplo de tierras y más tierras, de campos y más campos, soplo del trabajo que sirve con amor, soplo del mediodía; oh plenitud del mediodía, la más santa, descansando sobre el mundo y los mundos, cual si las ruedas del carro solar se hubieran detenido en el cenit para sagrado descanso. Levemente oscilaba la lámpara en el soplo y sonaba plateada la cadena.
No basta la vida de un hombre. No alcanza para nada. ¡Oh recuerdo, oh retorno!
(...)
Un arma abatió antaño al antepasado primigenio y, siempre repitiendo el crimen, se extermina el hombre a sí mismo con rumorosa violencia de armas, aniquilando al hombre en esclavo; él mismo esclavo del arma, hace reventar la creación, ardiendo en helada rigidez. Héroe es solamente quien soporta hallarse inerme.
(...)
vio el Circo y el Anfiteatro, rugiente como un salvaje órgano, vio cómo, por mor de la belleza, agonizaban muchos gladiadores o las fieras eran azuzadas contra hombres, vio cómo la muchedumbre, jubilosa de placer, se apiñaba alrededor de una cruz a la que está clavado un esclavo insumiso, rugiendo de dolor, sacudido de dolor embriaguez de sangre, embriaguez de muerte, pero también embriaguez de belleza, y vio cómo las cruces eran cada vez más, cómo se multiplicaban, entre lenguas de antorchas, entre lenguas de llamas, subiendo del crepitar de la madera, de la gritería de la muchedumbre, un mar de llamas, que caía sobre la ciudad de Roma, para no dejar atrás, al retirarse, más que ennegrecidas ruinas, muñones reventados de columnas, estatuas volcadas y campos de maleza. Vio y supo que así ocurriría, porque la verdadera ley de la realidad se venga y tiene que vengarse irrevocablemente del hombre, cuando, más grande que cualquier acontecer de la belleza, es confundido con ésta y justamente por eso es ofendido, convertido despreciable por no tomarlo en serio: por encima de la ley de la belleza, por encima de la ley del artista, que ambiciona sólo una armonía, está la ley de la realidad, está divina sabiduría de Platón Eros en el curso del ser, está la ley del corazón y ¡ay de un mundo que ha olvidado esta última realidad!
(...)
¡Ay, conocía esta forma de hablar, la forma de hablar del vegetar literario y filosófico, la forma de hablar de las palabras yertas, nonatas y premuertas; un tiempo había sonado también de sus labios, y seguramente entonces había creído en lo que expresaba o había creído creerlo, mientras que ahora sonaba para él extraña, casi incomprensible! ¿La ley?, ¡no hay más que una ley, la ley del corazón!, ¡la realidad, la realidad del amor! ¿No debía, no tenía que gritarlo?, ¿no debía, no tenía que decírselo, para que lo comprendieran? Ay, no lo comprenderían, no tenían ganas de comprenderlo y por eso dijo solamente:
La belleza no puede vivir sin aplauso; la verdad se cierra al aplauso.
(...)
Tienes fiebre, mi buen Virgilio, quédate quieto. Plocio en cambio indicó al esclavo:
Pregunta por el médico , apresúrate
No necesito médico. Y también esto fue dicho contra su voluntad.
A este respecto tú no tienes nada que decir.
Me estoy muriendo.
Hubo una pausa. Sabía que había dicho la verdad, y estaba muy poco conmovido por ello, asombrosamente poco. Sabía que apenas viviría hasta la tarde, y a pesar de ello estaba tan tranquilo como si tuviera una infinidad de tiempo por delante. Estaba contento de que se hubiera dicho.
Probablemente también los otros dos tenían conciencia de la seriedad del caso; se sentía. Tardó bastante, hasta que Plocio recuperó la palabra:
No blasfemes, Virgilio; estás tan lejos de la muerte como nosotros dos ¡Qué debería yo decir entonces, que tengo diez años más que tú y además soy apoplético !
Lucio no dijo nada. Se había sentado en la silla cerca del lecho y callaba. Y era emocionante que al sentarse hubiese dejado de estirar los pliegues de la toga.
Me moriré, tal vez hoy mismo , pero antes quemaré la Eneida
¡Sacrilegio! Había sido un verdadero grito y era Lucio quien lo había emitido.
(...)
, el amor, en efecto, es disponibilidad constante, en él todo es paciente perseverancia, pues el amor es disponibilidad a la creación: aún no y sin embargo , en este umbral está el amor, está en el atrio de la realidad, allí donde debe abrirse la puerta, para que, abierta la frontera, pueda ser traspasada por lo mortal, abierto al despertar, abierto al renacer, abierto al lenguaje de la resurrección, resucitado y resucitante, nunca oído y siempre anhelado, en última y salvadora definitividad, abierto a la sentencia definitiva, que ha de resonar más allá de cualquier ser soñado, más allá del mundo, más allá del espacio, más allá del tiempo; oh, el amor se encuentra antes de esta renovación de la creación, aún rodeado de crepúsculo, aún a la escucha, y sin embargo ya ayuda que despierta, despertar que comienza
(...)
Ya no quiero ser yo; quiero desaparecer en la zona más sin sombra de mi corazón y en su más profunda soledad; y allí ha de precederme mi poesía.
No hubo respuesta; desde lo invisible vino algo así como un sueño, largo como un sueño, breve como un sueño, y finalmente oyó:
La esperanza busca la compañía de una esperanza, y aun la soledad de tu corazón fue la esperanza de tu comienzo.
Puede ser admitió, pero es la esperanza en la voz la que me asistirá en la soledad de mi muerte; si me es negada, me hallaré desvalido, para siempre sin consuelo.
(...)
así obligado por la férrea superioridad, obligado por su suavidad, obligado a la sumisión y al deseo de sumisión, obligado a la angustia por la obra que debía serle arrancada, obligado a desear la sentencia que se le impondría, obligado a la angustia como a la esperanza, obligado a la extinción y a la extinción de sí mismo por amor de la vida, encarcelado y liberado en la grandeza de su pequeñez, consciente-inconsciente bajo el poder de la totalidad de las voces informemente ansiada, podía al fin atrapar lo sabido hacía mucho, lo sufrido hacía mucho, lo percibido hacía mucho, y se desprendió de él como una expresión minúscula, insuficiente, jamás a la altura de lo inexpresable, con su grandeza de Eones, se le escapó en un aliento, en un suspiro, en un grito:
¡Quemar la Eneida!
(...)
en la bóveda impresionantemente gris del cielo, sonando de ira la inmóvil ala broncínea, destellantes y fugaces cual figuras de acero, silenciosos, trazaban los pájaros del odio sus pesados y grandes círculos sobre los campos del horror, cobardemente enconados y prontos a precipitarse con sus garras abiertas en jubilosa furia, para clavar las uñas en los sangrientos campos del campesino y en los corazones sangrantes, picoteando las entrañas, devorándolas, para ordenarse en la procesión de las mariposas y los lobos al lado del lecho, huyendo con ellos a las orillas de la indefensión y el desconsuelo, a las orillas de los cráteres de fuego y de las plantas de los dragones, nunca conocida, nunca nombrada, siempre sabida, la orilla de serpientes de la animalidad
(...)
su misión había sido la de disolver sombras, y sombras había creado; le había sido impuesta la gran alianza de la tierra y él había sido perjuro por anticipado; oh, le había sido dada la tarea de apartar una vez más las piedras de la tumba, para que lo humano resucite al nuevo nacimiento, para que no se interrumpa la creación viviente como ley
(...)
oh, ninguna otra criatura es tan absolutamente y tan no-divinamente mortal, como lo es el hombre, pues ninguna otra puede volverse tan perjura como el hombre y cuanto más depravado se hace, tanto más mortal se torna; pero el más perjuro y mortal es aquel cuyo pie ha perdido el hábito de la tierra y ya sólo toca el empedrado, el hombre que ya ni labra el campo ni lo siembra, para quien ya nada se cumple según el círculo de los astros, para quien la selva ya no canta ni los verdes campos; verdaderamente nadie ni nada es tan mortal como la plebe de la gran ciudad, que se afana, se arrastra y hormiguea a través de las calles, y de tanto culebrear ha olvidado cómo se anda, ya sin el apoyo de ninguna ley y sin llevarla en sí, rebaño de nuevo disperso, perdida su sabiduría de un tiempo, rebelde al conocimiento, bestial, casi infrabestialmente entregado a cualquier acaso y finalmente a la extinción del acaso sin recuerdo, sin esperanza, sin inmortalidad
(...)
igual si los de allá abajo habían pedido harina y ajo y vino, o si otros ansiaban los juegos en el circo, para aturdir su angustia en una cruenta bufonada, y ofrecer a las potencias celestes una engañosa víctima expiatoria por el perjurio en el autoengaño y engaño de los dioses con tal juego asesino y grotesco, al filo entre la belleza y la risa como su unidad cruel y horrenda; igual si es placer o reconciliación divina, lo así exigido no es despertar, no es ayuda, auténtica ayuda, sino ventaja, auténtica ventaja, y si el César quisiera imponer de nuevo la legalidad a los sin ley, los espectáculos circenses, el vino y la harina eran simplemente el precio que debía pagar por su obediencia.
(...)
todo esto ocurrió tan rápidamente, tan lejos, tan profundamente entretejido en la febril transparencia inmóvil de la noche, que nadie ciertamente hubiera podido intervenir allí para impedir nada, y menos aún un enfermo, que desde la ventana había debido seguir el curso de los hechos, impotente para lanzar un grito, impotente para hacer un gesto, paralizado y rígido y hechizado por la vigilia impuesta, por la pena impuesta, pero además porque apenas había podido asimilar lo ocurrido, pues antes todavía que la fugitiva pareja de asesinos hubiese desaparecido tras la esquina coronada de almenas que cerraba netamente el muro de circunvalación, el caído se movió y, después de conseguir ponerse sobre el vientre, se arrastró a cuatro patas como un animal, como un grande y torpe escarabajo, que hubiese perdido un par de patas, apresurándose tras sus compañeros. No era cómico, no, sino espantoso y atemorizante ese animal fabuloso, y espanto y terror siguieron, cuando finalmente se levantó sobre sus cuartos traseros, para orinar en la pared y luego, perdiendo el equilibrio a cada paso y tanteando la pared, fue tambaleándose a lo largo de ella. ¿Quiénes eran los tres? ¿Enviados del infierno, mandados por el barrio de la miseria, en cuyas hileras de ventanas había mirado, obligado despiadadamente por el destino?, ¿qué vería todavía, qué más debía suceder aún?
(...)
oh, ahora reconocía mejor que nunca la inutilidad de los intentos de evasión de la masa animal y de sus estampidas aterradas, cuyos asaltos en desbandada, rugiendo de esperanza, sumiéndose en el desengaño, debían desembocar cada vez en la fría luz sin sombra de la nada, perdidos en el tiempo y sin poder huir del tiempo, y reconocía que le correspondía la misma suerte, igualmente ineludible, igualmente inexorable, la caída en la rigidez de una nada que no elimina la muerte, sino que es ella misma la muerte.
(...)
insatisfecho de cualquier carrera, las había malogrado todas y no había perseverado en la profesión de médico, ni en la de astrónomo, ni en la de sabio y maestro de filosofía ni había logrado tranquilidad en ellas: ante sus ojos había tenido siempre la exigente, la irrealizable imagen del conocimiento, la seria imagen del conocimiento de la muerte, y ninguna profesión podía hacer justicia a esa imagen, pues no hay ninguna que no esté exclusivamente sometida al conocimiento de la vida, ninguna con excepción de aquella única a la que se había visto abocado finalmente y que se llama poesía, la más extraña de todas las actividades humanas, la única que sirve para el conocimiento de la muerte.
(...)
mas cuando se ha tendido para el sueño, para el amor, para la muerte, cuando ella misma se ha vuelto paisaje desplegado, entonces ya no es su cometido fundir lo contrario, pues durmiendo, amando, muriendo, cierra los ojos, para dejar de ser buena o mala y convertirse ya sólo en un único infinito atisbar: alma infinitamente desplegada, infinitamente encerrada en el anillo de las edades, infinita en su descanso y por consiguiente dispensada de cualquier crecimiento
(...)
le ocurría lo que desde siempre, cada vez más y más claro, había ocurrido de nuevo una y otra vez, hacía lo que había hecho durante toda una vida; pero ahora sabía la respuesta: atisbaba la muerte.
(...)
¡Fuga, oh fuga! Oh noche, la hora de la poesía. Pues poesía es espera que mira en la media luz, poesía es abismo en presentimiento del crepúsculo, en espera en el umbral, es comunidad y soledad al mismo tiempo, es promiscuidad y angustia de la promiscuidad, libre de lascivia en la promiscuidad, tan libre de lascivia como el sueño de los rebaños que duermen y sin embargo angustia ante esa lascivia; oh, poesía es espera, aún no partida, pero continua despedida.
(...)
Un monstruoso ahora estaba en juego, un ahora infinitamente multiplicado, un ahora de rebaños, arrojado al aire por el mugir de los rebaños, un ahora precipitado en el estruendo y al mismo tiempo caído de él, arrojado al aire por alocados, desquiciados, dementes sin sentidos a fuerza de haber perdido el alma, y sin embargo tan exacerbado el sentido en conjunto, que todo lo pasado y todo lo futuro se hallaban devorados por ese ahora, recogiendo en sí el bramar de todas las profundidades del recuerdo, ocultando en su efervescencia el pasado más lejano y el más lejano futuro
(...)
oh, miríadas de criaturas que fueron llevadas sobre ellos por los Eones, que serán llevadas de nuevo sobre ellos en la corriente crepuscular, en la infinita corriente de su conjunto, y ninguna de ellas que no hubiera pensado, que no pensara cernirse eternamente como alma eterna sin tiempo, cerniéndose libremente en la libertad sin tiempo, separada de la corriente, desligada del tumulto, incapaz de caer, ya no creatura, sino sólo flor transparente, llegando solitaria hasta las estrellas, arabesco vertical, desligada y separada, temblando el corazón como una flor transparente sobre tallo ya invisible
(...)
«¡Animal, animal de la litera!», «¡Se cree que es más que nosotros!», «¡Saco de dinero en el trono!», «¡Si no tuvieras dinero, ya te gustaría andar!», «¡Se hace llevar al trabajo!» aullaban las mujeres
absurdo era el granizo de palabras ultrajantes que crepitaba sobre él, absurdo, absurdo, absurdo, y sin embargo justificado, sin embargo admonición, sin embargo verdad, sin embargo locura elevada hasta la verdad, y cada injuria arrancaba un trozo de orgullo de su alma, tanto que ésta quedó desnuda, tan desnuda como los lactantes, tan desnuda como los ancianos en sus andrajos, desnuda de tiniebla, desnuda de olvido total, desnuda de pura culpa, inmersa en la desnudez invasora de lo indistinguible.
peldaño tras peldaño marchaba el cortejo por la calle de la miseria, deteniéndose en cada tramo de la escalera
(...)
aliento de agua, aliento de plantas, aliento de ciudad: un solo vaho pesado de vida constreñida en bloques, de piedra y de su aparente vitalidad en descomposición, humus del ser, cerca de la putrefacción y elevándose desmedido de las cavidades recalentadas de piedra, elevándose a las frías y pétreas estrellas con que comenzaba a cubrirse la interior cuenca del cielo, que oscurecía en profunda y suave negrura. La vida brota de profundidades inescrutables, penetrando a través de la piedra, muriendo ya en este camino, muriendo y pudriéndose y helándose ya en el subir, en el subir también ya evanescente; pero desde inescrutables alturas desciende lo inexorable, frío como la piedra, aliento que desciende e ilumina oscuramente, dominando con su contacto, petrificándose en roca del abismo, arriba y abajo lo pétreo, como si fuera la última realidad de este mundo del más acá
(...)
Las planchas del puente cedieron un momento, cuando la litera pasó sobre ellas al paso uniforme de los cargadores; abajo fluctuaba lenta el agua negra, estrechada entre la negra y pesada mole de la nave y el negro y pesado murallón del muelle, el elemento liso y denso respirando de sí, respirando suciedad, sobras y hojas de legumbres y melones en descomposición, todo lo que fermentaba abajo, flojas oleadas de un grave aliento dulzón de muerte, oleadas de una vida en podredumbre, la única que puede existir entre las piedras, viviente ahora sólo en la esperanza del renacimiento de su putrefacción. Así era allí abajo; aquí arriba en cambio estaban las varas impecablemente labradas, doradas y adornadas de la litera sobre los hombros de animales de carga de figura humana, animales de carga alimentados como hombres y de habla humana, de sueño humano, de pensamiento humano, y en el asiento de la litera impecablemente trabajado y tallado, adornados su respaldo y sus brazos laterales con estrellas de áurea lámina, descansaba un desecho, un enfermo, en él la putrefacción ya habitaba al acecho.Todo esto era extremadamente discorde; en todo esto se escondía la oculta desgracia, la rigidez de un suceder más perfecto que el hombre, aunque sea éste mismo quien construye los muros, quien corta y manilla, curte la lonja del látigo y forja cadenas. Imposible cerrarse a ello, imposible olvidar.
(...)
Desmemoriado había sido el sarcasmo del pequeño sirio, desmemoriado, como si no hubiera más que un desolado y violentado presente, sin futuro y por eso también sin pasado, sin después y por eso también sin antes, como si ambos encadenados nunca hubiesen sido niños, nunca hubiesen jugado en los campos de la juventud, como si en su patria no hubiera montañas, praderas, flores, ni siquiera un arroyo al fondo del atardecer, sonando en el valle lejano.
(...)
el abismo de perdición del pueblo en todo su alcance, el descenso de los hombres a plebe de gran ciudad, y con ello la transformación del hombre en lo contra-humano, causada por el vaciamiento del ser, por la conversión del ser en mera vida codiciosa de superficie, perdido su origen radical y cortado del mismo, de manera que ya no queda otra cosa que la vida individual, peligrosamente disuelta, de un exterior casi turbio, preñada de desventura, preñada de muerte, oh, preñada de un desenlace misteriosamente infernal. ¿Era esto lo que el destino quiso enseñarle, obligándole a volver a la multiplicidad, rechazándole a esta horrible caldera de terrenalidad descompuesta? ¿Era ésta la venganza por su anterior ceguera? Nunca había sentido tan próxima la desventura de la masa; ahora estaba obligado a verla, a oírla, a sentirla hasta en la última raigambre de su propio ser, porque la ceguera es ella misma una parte de la desventura.Una y otra vez resonaba insistente el sombrío rugido jubiloso del aturdimiento; se agitaban antorchas, voces de mando cruzaban la nave; sordamente cayó sobre las planchas de la cubierta una maroma lanzada desde tierra, y la desgracia gritaba, y el tormento gritaba, y la muerte gritaba, gritaba el misterio preñado de desgracia, imposible de descubrir y, a pesar de ello, presente sin velos por doquiera.
(...)
empujada ya sólo por unos pocos remos, alcanzó el muelle con suave bordeo y atracó casi sin ruido en el lugar asignado, ante los dignatarios de la ciudad, en medio del cuadrado militar de antorchas; sí, entonces llegó el instante esperado por el sordo rugir de la bestia masa, para poder soltar su jubiloso alarido, que en ese momento estalló, sin pausa y sin fin, victorioso, estremecedor, desenfrenado, aterrador, magnífico, sometido, invocándose a sí mismo en la persona del Uno.
(...)
aquellos sentados ante las mesas de juego que debían ser alimentados y atendidos con bocaditos que se les llevaban y ofrecían por las cubiertas sobre grandes fuentes de plata, en previsión de un hambre que podía anunciarse renovada a cada instante, para prevención de una gula cuya expresión estaba clara e indeleblemente marcada en la cara de todos ellos, los bien alimentados y los magros, los tardos y los ágiles, los paseantes como los sentados, los despiertos como los dormidos, a veces esculpida, a veces incrustada, aguda o levemente, más perversa o más bondadosa, como de lobo, de zoo, de gato, de loro, de caballo, de tiburón, pero siempre dirigida a un goce horrendo de algún modo encerrado en sí mismo, ávido por una posesión insaciable, ávido por un tráfico de mercancías, dineros, cargos y honores, ávido por la laboriosa inacción del poseedor. Por doquier había alguien metiendo algo en la boca, por doquier ardía la ansiedad, ardía la codicia, desarraigada, pronta a tragar, tragándolo todo; su hálito vibraba sobre la cubierta, lo llevaba el impulsivo compás de los remos, implacable, imponiendo su presencia: toda la nave vibraba de avidez. ¡Oh, bien se merecían ser representados alguna vez con exactitud!
(...)
El mismo compás de impulso, como trueno sordo, salpicado de plata, llegaba de las dos naves cercanas, de la más vecina y de la siguiente, parecido a un eco que se prolongara sobre todos los mares y por todos ellos fuera contestado, porque así van por doquiera, cargados con hombres, cargados con armas, cargados de granos, de mármol, de aceite, de vino, de especias, de sedas, cargados de esclavos; esta navegación universal, que canjea y comercia, una de las peores entre las muchas corrupciones del mundo.
(...)
Campesino era por su nacimiento; un campesino que ama la paz del ser terrenal; un campesino a quien hubiera convenido una vida simple y afincada en la comunidad del terruño; un campesino a quien, de acuerdo con su origen, hubiera correspondido poder quedarse, deber quedarse y que, de acuerdo con un destino más alto, no había abandonado la patria, pero tampoco había sido dejado en ella; había sido expulsado, fuera de la comunidad, e impelido en la más desnuda, perversa y bárbara soledad del torbellino de los hombres; había sido echado de la sencillez de su origen, expulsado al ancho mundo hacia una multiplicidad siempre creciente, y cuando, por ello, algo se había tornado más grande o más amplio, era solamente la distancia de la verdadera vida la que única y realmente había aumentado: sólo al borde de sus campos había caminado, sólo al borde de su vida había vivido; se había convertido en un hombre sin paz, que huye de la muerte y busca la muerte, que busca la obra y huye de la obra, uno que ama y sin embargo perseguido, un vagabundo a través de las pasiones internas y externas, un huésped de su propia vida.
La muerte de Virgilio - Hermann Broch
(...)
¿Y qué sucederá si ambos muriéramos? Pronto o tarde también esto ocurrirá
Esto es cosa vuestra y no me atañe a mí. Pero podéis nombrar como sucesores a Cebes y a Alejo, el uno como poeta, el otro como gramático; ambos son jóvenes
Una vez más resopló Plocio desde lo más profundo:
Oh Virgilio, nos colmas de regalos, y tus regalos hacen daño
(...)
Y vosotros tenéis que asumir la tarea tanto más por cuanto os dejo en legado el manuscrito, oh, no, pongamos por caso, como premio por vuestras fatigas, pero sí porque me agrada la idea de saberlo en vuestras manos
El efecto de esta noticia fue en cierto modo sorprendente; tras unos instantes de mudo desconcierto se oyó un profundo resuello procedente del pecho de Plocio, que daba la impresión como si estuviera por volver a llorar, mientras que Lucio, que había acogido el legado en metálico con gratitud, sí, pero también con plena compostura por lo menos se había quedado sentado en su sitio, ahora se puso en pie de un salto gesticulando violentamente:
¿El manuscrito de Virgilio, el manuscrito de Virgilio , pero sabes valorar siquiera la importancia de tu regalo?
Un regalo sobre el que pesan obligaciones, no es un regalo.
(...)
Octaviano
Sí, Virgilio
Muchas cosas te agradezco.
Yo te debo mis gracias, Virgilio.
Los esclavos habían levantado el cofre y en el instante en que estaban dando el primer paso, alguien sollozó, no muy fuerte, pero salvajemente y con ese fervor que en general se halla sólo cuando la eternidad irrumpe de repente en la vida humana, tal vez como cuando los funerarios levantan el ataúd a hombros para sacarlo de la habitación, de modo que los parientes se sienten heridos de golpe por lo inexorable, que ya está cumpliéndose. Era ese sollozo de eternidad que sigue a un féretro, era ese grito de eternidad y salía del ancho, poderoso pecho de Plocio Tucca, de su buena y poderosa alma humana, de su conmovido y poderoso corazón, siguiendo al cofre del manuscrito, que era llevado hacia la puerta y era propiamente un féretro, un féretro de niño, el féretro de una vida.
Y en ese momento el sol se había oscurecido de nuevo.
Al llegar a la puerta, el Augusto se volvió una vez más; una vez más la mirada del amigo buscó la mirada del amigo, una vez más se encontraron sus ojos:
Puedan tus ojos descansar siempre en mí, Virgilio dijo Octaviano, en pie entre las hojas de la puerta abiertas de par en par, una vez más Octaviano todavía, para desaparecer luego de prisa, delgado y orgulloso e imponente, como César; pegado a sus talones, le seguía con garra pesada y suave un león color de oro pálido, luego seguía el féretro, y muchos de los presentes se le unieron.
(...)
Es cierto, las puertas de la curia estaban abiertas, y cualquiera podía asistir a las sesiones del Senado; pero ésta era también la única libertad concedida al pueblo, la más traidora de todas las libertades populares, ¡la concesión de poder oír cómo se decidían leyes para la opresión y la expoliación del pueblo por pura falta de conciencia! Imagen o no imagen, las instituciones que se sobreviven pervierten la realidad en realidad aparente, libertad en pseudo-libertad, y éste es el mejor terreno para cualquier delito
(...)
¿Paz?, ¿guerra? el encubrimiento se volvía casi doloroso en el rostro de Octaviano; al pueblo le da lo mismo He combatido contra Antonio, había sido su aliado, le he aniquilado y el pueblo apenas si ha notado algo de todas estas vicisitudes; no sabe nada de sus propios deseos y por tanto nuestro único cuidado será prever que no aparezca un nuevo Antonio El pueblo festeja a cualquier vencedor; ama la victoria y no al hombre.
Esto podrá valer de las masas humanas atraídas y amontonadas en las ciudades, Augusto, pero no del campesino; el campesino ama la paz y ama a quien la trae. El campesino te ama como el hombre que eres. Y el campesino es el verdadero pueblo.
(...)
¿Era realmente el Augusto quien había dicho eso?, ¿o habían sido palabras de su más secreta angustia? Misterioso pasaba el tiempo, la corriente vacía, sin orillas, que lleva a la muerte, siempre dividida por el presente, siempre arrastrando un ahora inaprensible
(...)
El César tenía la obsesión de la gloria, siempre hablaba de la gloria, aspiraba a la gloria y por eso no se le podía decir a él naturalmente aún menos que a Lucio que la gloria, aunque sobreviva a la muerte, no elimina nunca la muerte, que el camino de la gloria es terreno, en el más acá, ignaro, un camino de la apariencia, de la inversión y de la ebriedad, un camino de perdición:
La gloria es un don de los dioses, pero no es el objetivo de la poesía; solamente los malos poetas la estiman como meta.
(...)
Oye, Virgilio: hace tiempo que has perdido el derecho a juzgar así. Hace más de diez años que me hiciste conocer el plan de tu Eneida y podrás acordarte del íntimo gozo con que todos los que pudimos participar en él, aprobamos tu proyecto y te dimos nuestro asentimiento. Durante los años siguientes nos has leído trozo a trozo el poema y, cuando ante la grandeza del propósito y la potencia de la composición ¡y cuán a menudo ocurrió eso! te sobrevino alguna vacilación, te has repuesto de nuevo por nuestra admiración, mejor dicho, por la admiración de todo el pueblo romano; piensa que gran parte de la obra es ya del dominio público, que el pueblo romano conoce la existencia de este poema, de un poema que lo magnifica como ningún otro poema lo ha hecho, y que es el legítimo, inalienable derecho real del pueblo recibir el don de la obra completa. Ya no es tu obra, es la obra de todos nosotros e incluso, en este sentido, todos hemos colaborado en ella y es también la obra del pueblo romano y de su grandeza.
(...)
Has sido siempre demasiado modesto, Virgilio, pero no un hombre con falsa modestia; veo claro que quieres empeorar tus regalos intencionadamente, para quitárnoslos al fin astutamente.
Ya estaba dicho, ay, ya estaba dicho tenaz y duramente, el César iba directo a su objetivo, y nada le impediría robar los manuscritos:
¡Octaviano, déjame el poema!
Muy bien, Virgilio, de eso se trata Lucio Vario y Plocio Tucca me han informado de tu tremendo propósito y no les he querido prestar fe ¿Piensas realmente destruir tus obras?
El silencio se extendió en la habitación: un riguroso silencio, que tenía su centro lívido y finamente delineado en el severo rostro reflexivo del César. En el ninguna parte algo se quejaba muy suave, y también esto era tan delgado y rectilíneo como la amiga entre los ojos del Augusto, cuya mirada estaba fija en él.
Callas dijo el César y esto significa que realmente quieres retirar tu regalo Reflexiona, Virgilio, ¡es la Eneida! Tus amigos están muy tristes, y yo, tú lo sabes, me encuentro entre ellos.
(...)
Entonces sonrió Plocia, muy lentamente: y la sonrisa comenzó en los ojos, se deslizó hacia el delicado brillo de la piel de sus sienes, cual si también las finas venas insinuadas debieran sonreír, y muy lentamente, muy imperceptiblemente, alcanzó a los labios que temblaron como en un beso, antes de abrirse a la sonrisa, descubriendo el borde de los dientes, el borde del esqueleto de la muerte, el borde de roca marfileña de lo terreno en lo humano. Así quedó la sonrisa y estaba en la mirada, sonrisa en la orilla de lo terreno, sonrisa en la orilla de la eternidad, y fue el centelleo del mar de sol, plata infinita, lo que se hizo palabra en la sonrisa:
Quiero quedarme a tu lado, sin fin.
Quédate a mi lado, Plocia, no te abandonaré nunca, cuidaré siempre de ti. Era súplica y juramento de corazón, y era a la vez el cumplimiento, pues Plocia, sin dar un solo paso, se había acercado un poco más y las ramas extremas del amplio olmo tocaban ya sus hombros.
Quédate y descansa, Plocia, descansa a mi sombra
(...)
Y entonces se levantó el viento meridiano, el hálito del beso fervoroso de la vida; llegaba rozando apenas perceptible desde el sur, oleaje de lento movimiento, el mar del aliento del mundo, que desborda cada día sus orillas, el hálito de los tiempos cumpliéndose, nunca cumplidos, sobre los cuales pasa el astro: soplo de tierra que madura, soplo del olivo, de la vid y de los campos de trigo, soplo del cuidado y la simplicidad, soplo de los establos y de la fruta estrujada, soplo de la comunidad y de la paz, soplo de tierras y más tierras, de campos y más campos, soplo del trabajo que sirve con amor, soplo del mediodía; oh plenitud del mediodía, la más santa, descansando sobre el mundo y los mundos, cual si las ruedas del carro solar se hubieran detenido en el cenit para sagrado descanso. Levemente oscilaba la lámpara en el soplo y sonaba plateada la cadena.
No basta la vida de un hombre. No alcanza para nada. ¡Oh recuerdo, oh retorno!
(...)
Un arma abatió antaño al antepasado primigenio y, siempre repitiendo el crimen, se extermina el hombre a sí mismo con rumorosa violencia de armas, aniquilando al hombre en esclavo; él mismo esclavo del arma, hace reventar la creación, ardiendo en helada rigidez. Héroe es solamente quien soporta hallarse inerme.
(...)
vio el Circo y el Anfiteatro, rugiente como un salvaje órgano, vio cómo, por mor de la belleza, agonizaban muchos gladiadores o las fieras eran azuzadas contra hombres, vio cómo la muchedumbre, jubilosa de placer, se apiñaba alrededor de una cruz a la que está clavado un esclavo insumiso, rugiendo de dolor, sacudido de dolor embriaguez de sangre, embriaguez de muerte, pero también embriaguez de belleza, y vio cómo las cruces eran cada vez más, cómo se multiplicaban, entre lenguas de antorchas, entre lenguas de llamas, subiendo del crepitar de la madera, de la gritería de la muchedumbre, un mar de llamas, que caía sobre la ciudad de Roma, para no dejar atrás, al retirarse, más que ennegrecidas ruinas, muñones reventados de columnas, estatuas volcadas y campos de maleza. Vio y supo que así ocurriría, porque la verdadera ley de la realidad se venga y tiene que vengarse irrevocablemente del hombre, cuando, más grande que cualquier acontecer de la belleza, es confundido con ésta y justamente por eso es ofendido, convertido despreciable por no tomarlo en serio: por encima de la ley de la belleza, por encima de la ley del artista, que ambiciona sólo una armonía, está la ley de la realidad, está divina sabiduría de Platón Eros en el curso del ser, está la ley del corazón y ¡ay de un mundo que ha olvidado esta última realidad!
(...)
¡Ay, conocía esta forma de hablar, la forma de hablar del vegetar literario y filosófico, la forma de hablar de las palabras yertas, nonatas y premuertas; un tiempo había sonado también de sus labios, y seguramente entonces había creído en lo que expresaba o había creído creerlo, mientras que ahora sonaba para él extraña, casi incomprensible! ¿La ley?, ¡no hay más que una ley, la ley del corazón!, ¡la realidad, la realidad del amor! ¿No debía, no tenía que gritarlo?, ¿no debía, no tenía que decírselo, para que lo comprendieran? Ay, no lo comprenderían, no tenían ganas de comprenderlo y por eso dijo solamente:
La belleza no puede vivir sin aplauso; la verdad se cierra al aplauso.
(...)
Tienes fiebre, mi buen Virgilio, quédate quieto. Plocio en cambio indicó al esclavo:
Pregunta por el médico , apresúrate
No necesito médico. Y también esto fue dicho contra su voluntad.
A este respecto tú no tienes nada que decir.
Me estoy muriendo.
Hubo una pausa. Sabía que había dicho la verdad, y estaba muy poco conmovido por ello, asombrosamente poco. Sabía que apenas viviría hasta la tarde, y a pesar de ello estaba tan tranquilo como si tuviera una infinidad de tiempo por delante. Estaba contento de que se hubiera dicho.
Probablemente también los otros dos tenían conciencia de la seriedad del caso; se sentía. Tardó bastante, hasta que Plocio recuperó la palabra:
No blasfemes, Virgilio; estás tan lejos de la muerte como nosotros dos ¡Qué debería yo decir entonces, que tengo diez años más que tú y además soy apoplético !
Lucio no dijo nada. Se había sentado en la silla cerca del lecho y callaba. Y era emocionante que al sentarse hubiese dejado de estirar los pliegues de la toga.
Me moriré, tal vez hoy mismo , pero antes quemaré la Eneida
¡Sacrilegio! Había sido un verdadero grito y era Lucio quien lo había emitido.
(...)
, el amor, en efecto, es disponibilidad constante, en él todo es paciente perseverancia, pues el amor es disponibilidad a la creación: aún no y sin embargo , en este umbral está el amor, está en el atrio de la realidad, allí donde debe abrirse la puerta, para que, abierta la frontera, pueda ser traspasada por lo mortal, abierto al despertar, abierto al renacer, abierto al lenguaje de la resurrección, resucitado y resucitante, nunca oído y siempre anhelado, en última y salvadora definitividad, abierto a la sentencia definitiva, que ha de resonar más allá de cualquier ser soñado, más allá del mundo, más allá del espacio, más allá del tiempo; oh, el amor se encuentra antes de esta renovación de la creación, aún rodeado de crepúsculo, aún a la escucha, y sin embargo ya ayuda que despierta, despertar que comienza
(...)
Ya no quiero ser yo; quiero desaparecer en la zona más sin sombra de mi corazón y en su más profunda soledad; y allí ha de precederme mi poesía.
No hubo respuesta; desde lo invisible vino algo así como un sueño, largo como un sueño, breve como un sueño, y finalmente oyó:
La esperanza busca la compañía de una esperanza, y aun la soledad de tu corazón fue la esperanza de tu comienzo.
Puede ser admitió, pero es la esperanza en la voz la que me asistirá en la soledad de mi muerte; si me es negada, me hallaré desvalido, para siempre sin consuelo.
(...)
así obligado por la férrea superioridad, obligado por su suavidad, obligado a la sumisión y al deseo de sumisión, obligado a la angustia por la obra que debía serle arrancada, obligado a desear la sentencia que se le impondría, obligado a la angustia como a la esperanza, obligado a la extinción y a la extinción de sí mismo por amor de la vida, encarcelado y liberado en la grandeza de su pequeñez, consciente-inconsciente bajo el poder de la totalidad de las voces informemente ansiada, podía al fin atrapar lo sabido hacía mucho, lo sufrido hacía mucho, lo percibido hacía mucho, y se desprendió de él como una expresión minúscula, insuficiente, jamás a la altura de lo inexpresable, con su grandeza de Eones, se le escapó en un aliento, en un suspiro, en un grito:
¡Quemar la Eneida!
(...)
en la bóveda impresionantemente gris del cielo, sonando de ira la inmóvil ala broncínea, destellantes y fugaces cual figuras de acero, silenciosos, trazaban los pájaros del odio sus pesados y grandes círculos sobre los campos del horror, cobardemente enconados y prontos a precipitarse con sus garras abiertas en jubilosa furia, para clavar las uñas en los sangrientos campos del campesino y en los corazones sangrantes, picoteando las entrañas, devorándolas, para ordenarse en la procesión de las mariposas y los lobos al lado del lecho, huyendo con ellos a las orillas de la indefensión y el desconsuelo, a las orillas de los cráteres de fuego y de las plantas de los dragones, nunca conocida, nunca nombrada, siempre sabida, la orilla de serpientes de la animalidad
(...)
su misión había sido la de disolver sombras, y sombras había creado; le había sido impuesta la gran alianza de la tierra y él había sido perjuro por anticipado; oh, le había sido dada la tarea de apartar una vez más las piedras de la tumba, para que lo humano resucite al nuevo nacimiento, para que no se interrumpa la creación viviente como ley
(...)
oh, ninguna otra criatura es tan absolutamente y tan no-divinamente mortal, como lo es el hombre, pues ninguna otra puede volverse tan perjura como el hombre y cuanto más depravado se hace, tanto más mortal se torna; pero el más perjuro y mortal es aquel cuyo pie ha perdido el hábito de la tierra y ya sólo toca el empedrado, el hombre que ya ni labra el campo ni lo siembra, para quien ya nada se cumple según el círculo de los astros, para quien la selva ya no canta ni los verdes campos; verdaderamente nadie ni nada es tan mortal como la plebe de la gran ciudad, que se afana, se arrastra y hormiguea a través de las calles, y de tanto culebrear ha olvidado cómo se anda, ya sin el apoyo de ninguna ley y sin llevarla en sí, rebaño de nuevo disperso, perdida su sabiduría de un tiempo, rebelde al conocimiento, bestial, casi infrabestialmente entregado a cualquier acaso y finalmente a la extinción del acaso sin recuerdo, sin esperanza, sin inmortalidad
(...)
igual si los de allá abajo habían pedido harina y ajo y vino, o si otros ansiaban los juegos en el circo, para aturdir su angustia en una cruenta bufonada, y ofrecer a las potencias celestes una engañosa víctima expiatoria por el perjurio en el autoengaño y engaño de los dioses con tal juego asesino y grotesco, al filo entre la belleza y la risa como su unidad cruel y horrenda; igual si es placer o reconciliación divina, lo así exigido no es despertar, no es ayuda, auténtica ayuda, sino ventaja, auténtica ventaja, y si el César quisiera imponer de nuevo la legalidad a los sin ley, los espectáculos circenses, el vino y la harina eran simplemente el precio que debía pagar por su obediencia.
(...)
todo esto ocurrió tan rápidamente, tan lejos, tan profundamente entretejido en la febril transparencia inmóvil de la noche, que nadie ciertamente hubiera podido intervenir allí para impedir nada, y menos aún un enfermo, que desde la ventana había debido seguir el curso de los hechos, impotente para lanzar un grito, impotente para hacer un gesto, paralizado y rígido y hechizado por la vigilia impuesta, por la pena impuesta, pero además porque apenas había podido asimilar lo ocurrido, pues antes todavía que la fugitiva pareja de asesinos hubiese desaparecido tras la esquina coronada de almenas que cerraba netamente el muro de circunvalación, el caído se movió y, después de conseguir ponerse sobre el vientre, se arrastró a cuatro patas como un animal, como un grande y torpe escarabajo, que hubiese perdido un par de patas, apresurándose tras sus compañeros. No era cómico, no, sino espantoso y atemorizante ese animal fabuloso, y espanto y terror siguieron, cuando finalmente se levantó sobre sus cuartos traseros, para orinar en la pared y luego, perdiendo el equilibrio a cada paso y tanteando la pared, fue tambaleándose a lo largo de ella. ¿Quiénes eran los tres? ¿Enviados del infierno, mandados por el barrio de la miseria, en cuyas hileras de ventanas había mirado, obligado despiadadamente por el destino?, ¿qué vería todavía, qué más debía suceder aún?
(...)
oh, ahora reconocía mejor que nunca la inutilidad de los intentos de evasión de la masa animal y de sus estampidas aterradas, cuyos asaltos en desbandada, rugiendo de esperanza, sumiéndose en el desengaño, debían desembocar cada vez en la fría luz sin sombra de la nada, perdidos en el tiempo y sin poder huir del tiempo, y reconocía que le correspondía la misma suerte, igualmente ineludible, igualmente inexorable, la caída en la rigidez de una nada que no elimina la muerte, sino que es ella misma la muerte.
(...)
insatisfecho de cualquier carrera, las había malogrado todas y no había perseverado en la profesión de médico, ni en la de astrónomo, ni en la de sabio y maestro de filosofía ni había logrado tranquilidad en ellas: ante sus ojos había tenido siempre la exigente, la irrealizable imagen del conocimiento, la seria imagen del conocimiento de la muerte, y ninguna profesión podía hacer justicia a esa imagen, pues no hay ninguna que no esté exclusivamente sometida al conocimiento de la vida, ninguna con excepción de aquella única a la que se había visto abocado finalmente y que se llama poesía, la más extraña de todas las actividades humanas, la única que sirve para el conocimiento de la muerte.
(...)
mas cuando se ha tendido para el sueño, para el amor, para la muerte, cuando ella misma se ha vuelto paisaje desplegado, entonces ya no es su cometido fundir lo contrario, pues durmiendo, amando, muriendo, cierra los ojos, para dejar de ser buena o mala y convertirse ya sólo en un único infinito atisbar: alma infinitamente desplegada, infinitamente encerrada en el anillo de las edades, infinita en su descanso y por consiguiente dispensada de cualquier crecimiento
(...)
le ocurría lo que desde siempre, cada vez más y más claro, había ocurrido de nuevo una y otra vez, hacía lo que había hecho durante toda una vida; pero ahora sabía la respuesta: atisbaba la muerte.
(...)
¡Fuga, oh fuga! Oh noche, la hora de la poesía. Pues poesía es espera que mira en la media luz, poesía es abismo en presentimiento del crepúsculo, en espera en el umbral, es comunidad y soledad al mismo tiempo, es promiscuidad y angustia de la promiscuidad, libre de lascivia en la promiscuidad, tan libre de lascivia como el sueño de los rebaños que duermen y sin embargo angustia ante esa lascivia; oh, poesía es espera, aún no partida, pero continua despedida.
(...)
Un monstruoso ahora estaba en juego, un ahora infinitamente multiplicado, un ahora de rebaños, arrojado al aire por el mugir de los rebaños, un ahora precipitado en el estruendo y al mismo tiempo caído de él, arrojado al aire por alocados, desquiciados, dementes sin sentidos a fuerza de haber perdido el alma, y sin embargo tan exacerbado el sentido en conjunto, que todo lo pasado y todo lo futuro se hallaban devorados por ese ahora, recogiendo en sí el bramar de todas las profundidades del recuerdo, ocultando en su efervescencia el pasado más lejano y el más lejano futuro
(...)
oh, miríadas de criaturas que fueron llevadas sobre ellos por los Eones, que serán llevadas de nuevo sobre ellos en la corriente crepuscular, en la infinita corriente de su conjunto, y ninguna de ellas que no hubiera pensado, que no pensara cernirse eternamente como alma eterna sin tiempo, cerniéndose libremente en la libertad sin tiempo, separada de la corriente, desligada del tumulto, incapaz de caer, ya no creatura, sino sólo flor transparente, llegando solitaria hasta las estrellas, arabesco vertical, desligada y separada, temblando el corazón como una flor transparente sobre tallo ya invisible
(...)
«¡Animal, animal de la litera!», «¡Se cree que es más que nosotros!», «¡Saco de dinero en el trono!», «¡Si no tuvieras dinero, ya te gustaría andar!», «¡Se hace llevar al trabajo!» aullaban las mujeres
absurdo era el granizo de palabras ultrajantes que crepitaba sobre él, absurdo, absurdo, absurdo, y sin embargo justificado, sin embargo admonición, sin embargo verdad, sin embargo locura elevada hasta la verdad, y cada injuria arrancaba un trozo de orgullo de su alma, tanto que ésta quedó desnuda, tan desnuda como los lactantes, tan desnuda como los ancianos en sus andrajos, desnuda de tiniebla, desnuda de olvido total, desnuda de pura culpa, inmersa en la desnudez invasora de lo indistinguible.
peldaño tras peldaño marchaba el cortejo por la calle de la miseria, deteniéndose en cada tramo de la escalera
(...)
aliento de agua, aliento de plantas, aliento de ciudad: un solo vaho pesado de vida constreñida en bloques, de piedra y de su aparente vitalidad en descomposición, humus del ser, cerca de la putrefacción y elevándose desmedido de las cavidades recalentadas de piedra, elevándose a las frías y pétreas estrellas con que comenzaba a cubrirse la interior cuenca del cielo, que oscurecía en profunda y suave negrura. La vida brota de profundidades inescrutables, penetrando a través de la piedra, muriendo ya en este camino, muriendo y pudriéndose y helándose ya en el subir, en el subir también ya evanescente; pero desde inescrutables alturas desciende lo inexorable, frío como la piedra, aliento que desciende e ilumina oscuramente, dominando con su contacto, petrificándose en roca del abismo, arriba y abajo lo pétreo, como si fuera la última realidad de este mundo del más acá
(...)
Las planchas del puente cedieron un momento, cuando la litera pasó sobre ellas al paso uniforme de los cargadores; abajo fluctuaba lenta el agua negra, estrechada entre la negra y pesada mole de la nave y el negro y pesado murallón del muelle, el elemento liso y denso respirando de sí, respirando suciedad, sobras y hojas de legumbres y melones en descomposición, todo lo que fermentaba abajo, flojas oleadas de un grave aliento dulzón de muerte, oleadas de una vida en podredumbre, la única que puede existir entre las piedras, viviente ahora sólo en la esperanza del renacimiento de su putrefacción. Así era allí abajo; aquí arriba en cambio estaban las varas impecablemente labradas, doradas y adornadas de la litera sobre los hombros de animales de carga de figura humana, animales de carga alimentados como hombres y de habla humana, de sueño humano, de pensamiento humano, y en el asiento de la litera impecablemente trabajado y tallado, adornados su respaldo y sus brazos laterales con estrellas de áurea lámina, descansaba un desecho, un enfermo, en él la putrefacción ya habitaba al acecho.Todo esto era extremadamente discorde; en todo esto se escondía la oculta desgracia, la rigidez de un suceder más perfecto que el hombre, aunque sea éste mismo quien construye los muros, quien corta y manilla, curte la lonja del látigo y forja cadenas. Imposible cerrarse a ello, imposible olvidar.
(...)
Desmemoriado había sido el sarcasmo del pequeño sirio, desmemoriado, como si no hubiera más que un desolado y violentado presente, sin futuro y por eso también sin pasado, sin después y por eso también sin antes, como si ambos encadenados nunca hubiesen sido niños, nunca hubiesen jugado en los campos de la juventud, como si en su patria no hubiera montañas, praderas, flores, ni siquiera un arroyo al fondo del atardecer, sonando en el valle lejano.
(...)
el abismo de perdición del pueblo en todo su alcance, el descenso de los hombres a plebe de gran ciudad, y con ello la transformación del hombre en lo contra-humano, causada por el vaciamiento del ser, por la conversión del ser en mera vida codiciosa de superficie, perdido su origen radical y cortado del mismo, de manera que ya no queda otra cosa que la vida individual, peligrosamente disuelta, de un exterior casi turbio, preñada de desventura, preñada de muerte, oh, preñada de un desenlace misteriosamente infernal. ¿Era esto lo que el destino quiso enseñarle, obligándole a volver a la multiplicidad, rechazándole a esta horrible caldera de terrenalidad descompuesta? ¿Era ésta la venganza por su anterior ceguera? Nunca había sentido tan próxima la desventura de la masa; ahora estaba obligado a verla, a oírla, a sentirla hasta en la última raigambre de su propio ser, porque la ceguera es ella misma una parte de la desventura.Una y otra vez resonaba insistente el sombrío rugido jubiloso del aturdimiento; se agitaban antorchas, voces de mando cruzaban la nave; sordamente cayó sobre las planchas de la cubierta una maroma lanzada desde tierra, y la desgracia gritaba, y el tormento gritaba, y la muerte gritaba, gritaba el misterio preñado de desgracia, imposible de descubrir y, a pesar de ello, presente sin velos por doquiera.
(...)
empujada ya sólo por unos pocos remos, alcanzó el muelle con suave bordeo y atracó casi sin ruido en el lugar asignado, ante los dignatarios de la ciudad, en medio del cuadrado militar de antorchas; sí, entonces llegó el instante esperado por el sordo rugir de la bestia masa, para poder soltar su jubiloso alarido, que en ese momento estalló, sin pausa y sin fin, victorioso, estremecedor, desenfrenado, aterrador, magnífico, sometido, invocándose a sí mismo en la persona del Uno.
(...)
aquellos sentados ante las mesas de juego que debían ser alimentados y atendidos con bocaditos que se les llevaban y ofrecían por las cubiertas sobre grandes fuentes de plata, en previsión de un hambre que podía anunciarse renovada a cada instante, para prevención de una gula cuya expresión estaba clara e indeleblemente marcada en la cara de todos ellos, los bien alimentados y los magros, los tardos y los ágiles, los paseantes como los sentados, los despiertos como los dormidos, a veces esculpida, a veces incrustada, aguda o levemente, más perversa o más bondadosa, como de lobo, de zoo, de gato, de loro, de caballo, de tiburón, pero siempre dirigida a un goce horrendo de algún modo encerrado en sí mismo, ávido por una posesión insaciable, ávido por un tráfico de mercancías, dineros, cargos y honores, ávido por la laboriosa inacción del poseedor. Por doquier había alguien metiendo algo en la boca, por doquier ardía la ansiedad, ardía la codicia, desarraigada, pronta a tragar, tragándolo todo; su hálito vibraba sobre la cubierta, lo llevaba el impulsivo compás de los remos, implacable, imponiendo su presencia: toda la nave vibraba de avidez. ¡Oh, bien se merecían ser representados alguna vez con exactitud!
(...)
El mismo compás de impulso, como trueno sordo, salpicado de plata, llegaba de las dos naves cercanas, de la más vecina y de la siguiente, parecido a un eco que se prolongara sobre todos los mares y por todos ellos fuera contestado, porque así van por doquiera, cargados con hombres, cargados con armas, cargados de granos, de mármol, de aceite, de vino, de especias, de sedas, cargados de esclavos; esta navegación universal, que canjea y comercia, una de las peores entre las muchas corrupciones del mundo.
(...)
Campesino era por su nacimiento; un campesino que ama la paz del ser terrenal; un campesino a quien hubiera convenido una vida simple y afincada en la comunidad del terruño; un campesino a quien, de acuerdo con su origen, hubiera correspondido poder quedarse, deber quedarse y que, de acuerdo con un destino más alto, no había abandonado la patria, pero tampoco había sido dejado en ella; había sido expulsado, fuera de la comunidad, e impelido en la más desnuda, perversa y bárbara soledad del torbellino de los hombres; había sido echado de la sencillez de su origen, expulsado al ancho mundo hacia una multiplicidad siempre creciente, y cuando, por ello, algo se había tornado más grande o más amplio, era solamente la distancia de la verdadera vida la que única y realmente había aumentado: sólo al borde de sus campos había caminado, sólo al borde de su vida había vivido; se había convertido en un hombre sin paz, que huye de la muerte y busca la muerte, que busca la obra y huye de la obra, uno que ama y sin embargo perseguido, un vagabundo a través de las pasiones internas y externas, un huésped de su propia vida.
La muerte de Virgilio - Hermann Broch
Suscribirse a:
Entradas (Atom)