viernes, 30 de agosto de 2019

después, en una luz áspera, hacia inaccesibles alimentos, quería alcanzar los éxtasis del vértigo, del abandono, de la caída, del hundimiento, del retorno a lo negro, a la nada, a lo serio, a la casa, a quien siempre me esperaba, a quien necesitaba de mí y a quien yo necesitaba, quien me rodeaba con sus brazos y me pedía que no me marchara nunca más, quien me cedía su lugar y velaba por mí, quien sufría cada vez que yo le dejaba, a quien hice sufrir tanto y tan poca alegría di, a quien jamás he visto. Ya empiezo a exaltarme. No se trata de mí, sino de otro que vale menos que yo y a quien intento envidiar, de quien acabaré por contar sus vulgares aventuras, no sé cómo. Pero tampoco he sabido nunca relatar las mías, ni tampoco vivir o relatar las de otros. ¿Cómo habría de hacerlo, si nunca lo intenté? Mostrarme ahora, en vísperas de desaparecer, al mismo tiempo que el advenedizo, gracias a la misma gracia, no dejaría de ser chistoso. Después vivir, el tiempo de sentir, detrás de mis ojos cerrados, cerrarse otros ojos. ¡Qué final!

Malone muere - Samuel Beckett

Me pregunto si, a pesar de mis precauciones, no estaré hablando de mí. ¿Seré incapaz, hasta el fin, de mentir sobre otra cosa? Siento amontonarse ese negro, instalarse esa soledad, en los cuales me reconozco; me siento llamado por esta ignorancia que podría ser hermosa y que sólo es cobardía.

Malone muere - Samuel Beckett

Diríase que los Saposcat encontraban la fuerza de vivir en la perspectiva de su impotencia. Pero a veces, antes de llegar a este punto, se detenían a considerar el caso de su hijo mayor. «¿Qué edad tiene?», preguntaba el señor Saposcat. Su mujer suministraba el informe; él estaba convencido de que esto le incumbía a ella. Ella se equivocaba siempre. El señor Saposcat repetía varias veces, en voz baja y con asombro, la cifra equivocada, como si se tratara del alza de un artículo de primera necesidad, como la carne. Y al mismo tiempo buscaba en el aspecto de su hijo un atenuante a lo que acababa de descubrir. ¿Se trataba al menos de un pedazo de buena calidad? Sapo miraba el rostro de su padre, triste, atónito, afectuoso, decepcionado, esperanzado a pesar de todo. ¿Meditaba sobre el paso implacable de los años, o en el tiempo que su hijo tardaría en convertirse en un hombre asalariado? A veces expresaba con laxitud su pesar por no ver en su hijo mayores prisas por decidirse a ser útil. «Es mejor que prepare sus exámenes», decía su mujer. A partir de un tema dado, sus cerebros pensaban al unísono. No tenían, pues, una conversación propiamente dicha. Usaban las palabras como el maquinista se sirve de las banderas o de la linterna. O bien se decían: «Apeémonos aquí». Una vez señalado su hijo, se preguntaban con tristeza si no sería propio de los espíritus superiores fracasar en el escrito y cubrirse de ridículo en el oral. No siempre se contentaban con contemplar en silencio el mismo paisaje. «Por lo menos, su salud es buena», decía el señor Saposcat. «No tanto», decía su mujer. «Pero no tiene nada grave», decía él. «A su edad, sería el colmo», decía ella. Ignoraban por qué estaba destinado a una profesión liberal. Eso se daba por sentado. Era, por tanto, inconcebible que resultara inepto. Preferentemente, le veían médico. «Nos asistirá cuando seamos viejos», decía la señora Saposcat. Y su marido contestaba: «Más bien le veo cirujano», como si a partir de determinada edad las personas no pudieran operarse.

Malone muere - Samuel Beckett

Es sobre la espalda, o sea, prosternado, no, vuelto al revés, como estoy mejor; así soy menos huesudo. Permanezco de espaldas, pero con la mejilla contra la almohada. En cuanto abro los ojos, ahí están de nuevo el cielo y el humo de los hombres. Veo y oigo muy mal. La estancia sólo está iluminada por reflejos, y todos mis sentidos apuntan hacía mí. Mudo, oscuro e insípido, no existo para ellos. Estoy lejos de los ruidos de sangre y de aliento, en lo secreto. No hablaré de mis sufrimientos. Sumergido en ellos hasta lo más profundo, no siento nada. Es allí donde muero, a escondidas de mi carne estúpida. Lo que se ve, lo que grita y se agita son los restos. Se ignoran. En alguna parte de semejante confusión el pensamiento se encarniza, lejos también. También me busca, como desde siempre, allí donde no estoy. Tampoco sabe ya calmarse. Estoy harto. Que vaya a otro con su rabia de agonizante. Durante este tiempo me sentiré en paz. Esa parece ser mi situación.

Malone muere - Samuel Beckett

Será una especie de inventario. De todos modos, debo dejarlo para el último momento, para tener la seguridad de no haberme equivocado. Por otra parte, lo haré indudablemente, pase lo que pase. Sólo necesitaré como máximo un cuarto de hora. Es decir, si quisiera podría tomarme mucho más tiempo. Pero, si en el último momento me faltara tiempo, me bastaría un breve cuarto de hora para redactar mi inventario. Desde ahora quiero ser claro sin ser maniático; forma parte de mis proyectos. Es evidente que puedo expirar de repente, de un momento a otro. ¿No sería mejor, pues, hablar ya de mis pertenencias, sin esperar más? ¿No sería más prudente? ¿Aunque, en caso necesario, debiera hacer las correcciones en el último momento? La razón me aconseja eso. Pero la razón, ahora, tiene poco poder sobre mí. Todo coincide para alentarme. Pero morir sin dejar un inventario, ¿puedo resignarme realmente a esa posibilidad? Ya me estoy poniendo pedante de nuevo. Hay que suponer que me resigno, puesto que voy a correr el riesgo. Durante toda mi vida he evitado hacer este balance diciéndome: «Demasiado pronto, demasiado pronto». Pues bien, aún es demasiado pronto. Durante toda mi vida he soñado en el instante en que, seguro al fin, en la medida en que uno puede estarlo antes de haberlo perdido todo, podría trazar raya y sumar. Este instante parece inminente. Por tanto, no perderé mí sangre fría. Así, pues, primero mis historias, y en último lugar, si todo va bien, mi inventario.Empezaré, para salir de ello, por el hombre y la mujer. Será la primera historia, no hay materia para dos historias. Sólo habrá, pues, tres historias: la que acabo de citar; después, la del animal; después, la de la cosa, una piedra seguramente.

Malone muere - Samuel Beckett

Podrán enterrarme, no me verán ya en la superficie. Hasta entonces me contaré historias, si puedo. No serán las mismas historias de otras veces, eso es todo. Serán historias ni buenas ni malas, apacibles, no habrá en ellas fealdad ni belleza, ni fiebre. Apenas si tendrán vida, como el artista. ¿Qué digo? No importa. Espero proporcionarme mucha satisfacción, cierta satisfacción. Estoy satisfecho, eso es todo, estoy preparado, se me reembolsa, ya no siento ninguna necesidad. Dejadme decir para empezar que no perdono a nadie. Os deseo a todos una vida atroz y luego las llamas y los hielos de los infiernos y un honroso recuerdo en las execrables generaciones venideras. Basta por esta tarde.

Malone muere - Samuel Beckett

jueves, 29 de agosto de 2019

No habían matado a mis pájaros. Eran pájaros salvajes. Y sin embargo bastante confiados. Yo los reconocía y ellos parecían reconocerme. Aunque nunca se sabe. Faltaban algunos y había otros nuevos. Intentaba comprender mejor su lenguaje. Sin recurrir al mío. Eran los días más largos y más hermosos del año. Yo vivía en el jardín. Ya he hablado de una voz que me decía esto y lo otro. En aquella época comenzaba a actuar de acuerdo con ella, a comprender sus deseos. No se servía de las palabras que habían enseñado al pequeño Moran, quien a su vez las había enseñado a su pequeño. De modo que al principio no sabía lo que quería la voz, pero he terminado por comprender su lenguaje. Lo he comprendido, lo comprendo, quizá erróneamente. No es este el problema. La voz es quien me dijo que hiciese el informe. ¿Es decir, que ahora soy más libre? No lo sé. Ya aprenderé. Entonces entré en casa y escribí, es medianoche. La lluvia azota los cristales. No era medianoche. No llovía.

Molloy - Samuel Beckett

La casa estaba abandonada. La compañía había cortado la electricidad. Quisieron volver a dármela. Pero yo no quise. Fijaos cómo he cambiado. Volví al jardín. Al día siguiente examiné el puñado de abejas que había cogido. Un polvillo de alas y de anillos. Encontré correspondencia, en el buzón que estaba al pie de la escalera. Una carta de Savory. Mi hijo seguía bien. Naturalmente. No hablemos más de él. Volvió. Duerme. Una carta de Yudi, escrita en tercera persona, pidiéndome un informe. Vaya si se lo haré. Vuelve a ser verano. Se ha cumplido ya un año desde mi salida. Me voy. Un día recibí la visita de Gaber. Quería el informe. Vaya, y yo que creía que todo eso había acabado, los encuentros, las conversaciones. «Vuelva otro día», dije. Un día recibí la visita del padre Ambroise. «¿Será posible?», dijo al verme. Creo que a su modo me tenía verdadero afecto. Le dije que no contara más conmigo. Se engolfó en un discurso. Tenía razón. Quién no tiene razón. Le dejé. Me voy. Quizá encuentre a Molloy. Mi rodilla no mejora. Tampoco empeora. Ahora llevo muletas.

Molloy - Samuel Beckett

Volví a casa con mis quince chelines intactos. No, me gasté dos. Ahora contaré en qué circunstancias.
Tuve que soportar además otras molestias e impertinencias, pero no voy a relatarlas. Baste con los paradigmas. Quizá deberé soportar otras en el porvenir, es seguro, pero no las contaré, es igualmente seguro.
Era de noche. Esperaba tranquilamente, bajo mi paraguas, a que se aclarase el tiempo, cuando me abordaron brutalmente por la espalda. No había oído nada. Había estado en un sitio donde no había visto alma viviente. Una mano me obligó a volverme. Era un granjero gordo y rubicundo. Llevaba un impermeable de hule, un sombrero hongo y botas. Sus mejillas redondas chorreaban y sus gruesos bigotes estaban goteando. Pero de qué sirven tales indicaciones. Nos miramos con odio. Quizá era el mismo que se había ofrecido tan cortésmente a llevarnos a mi hijo y a mí en su coche. No creo. Pero su rostro me era familiar. Y no solo el rostro. Llevaba en la mano una linterna. No estaba encendida. Pero podía encenderla de un momento a otro. En la otra mano llevaba una pala. Como para enterrarme. Me tomó por la solapa de la chaqueta. Exactamente aún no me sacudía, no empezaría a sacudirme hasta que le pareciera oportuno. De momento, solo me insultaba. Me pregunté qué había podido hacer para exasperarle de este modo. Debía levantar las cejas. Pero siempre tengo las cejas levantadas, casi descansan en mi cabellera, mi frente es solo un conjunto de pliegues unos encima de otros. Acabé por comprender que no estaba en mi casa. Estaba en sus tierras. ¿Qué hacía en sus tierras? Si hay una pregunta a la que temo y nunca he podido dar una respuesta satisfactoria, es indudablemente esta. ¡Y para colmo en terreno ajeno! ¡Y de noche! ¡Y con un tiempo de perros! Pero no perdí mi sangre fría. «Es un voto», dije. Cuando quiero, tengo una voz bastante distinguida. Debió impresionarle. Me soltó. «Una peregrinación», dije, aprovechando la ventaja obtenida. Me preguntó adónde. Había ganado la partida. «A la Madonna de Shit», dije. «¿La Madonna de Shit?», dijo, como si conociera Shit como la palma de su mano y no existiera allí virgen alguna. Pero ¿dónde no hay una virgen? «La misma», dije, «¿La negra?», dijo, para ponerme a prueba. «Que yo sepa, no es negra», dije. Cualquier otro se hubiera desconcertado. Yo, no. Conocía bien los puntos flacos de los campesinos de mi región. «No llegará nunca», dijo. «A ella le debo el haber perdido a mi hijo —dije—, pero haber conservado a su madre». Aquellos sentimientos debían complacer forzosamente a un criador de vacas. ¡Si hubiera sabido la verdad! Le expuse más extensamente lo que por desgracia nunca había ocurrido. No es que eche de menos a Ninette. Pero, de todos modos, tal vez, si, una lástima, en fin. «Es la patrona de las mujeres encinta —dije—, de las mujeres casadas encinta, y he jurado arrastrarme miserablemente hasta su hornacina para expresarle mi gratitud». Este incidente permitirá apreciar la habilidad que conservaba aún en aquel tiempo. Pero me había excedido un poco, porque volvía a mirarme con malos ojos. «¿Puedo pedirle a usted un favor? —dije—. Dios se lo pagará». Añadí: «Dios le ha puesto en mi camino esta tarde». Pedir humildemente un favor a una persona que está a punto de cargársenos es un recurso que a veces da buenos resultados. «Un poco de té caliente —supliqué—, sin azúcar ni leche, para reponer fuerzas». Reconoceréis que era tentador prestar tal servicio a un peregrino maltrecho. «Bien, venga a casa —dijo—, podrá secarse las ropas». «No puedo, no puedo —exclamé—, he jurado avanzar en línea recta». Y para disipar la mala impresión creada por esas últimas palabras me saqué un florín del bolsillo y se lo di. «Para sus pobres», dije. Y añadí, a causa de la oscuridad: «Un florín para sus pobres». «Está lejos», dijo. «Dios le acompañará», dije. Reflexionó. No le faltaban motivos. «Sobre todo nada de comida —dije—, no, no debo comer nada». Vaya con el viejo Moran, astuto como una serpiente. Naturalmente hubiera preferido adoptar el estilo rudo, pero no me atrevía a correr el riesgo. Finalmente se alejó diciéndome que le esperara. No sé qué intenciones tendría. Cuando me pareció que estaba lo bastante lejos cerré el paraguas y me marché en dirección opuesta, perpendicular a la que debía seguir, bajo la lluvia torrencial. Así gasté un florín.

Molloy - Samuel Beckett

Cuando llovía, cuando nevaba, cuando granizaba me encontraba ante el siguiente dilema: o continuar avanzando apoyado en mi paraguas hasta empaparme, o detenerme y guarecerme bajo mi paraguas abierto. Era un falso dilema, como tantos otros. Porque del techo de mi paraguas no quedaban más que algunos jirones que flotaban en torno a las varillas, y hubiera podido seguir avanzando, muy lentamente, empleando el paraguas no ya como apoyo, sino como protección. Pero estaba tan acostumbrado, por una parte a la perfecta impermeabilidad del hermoso paraguas, por otra a no poder caminar sin su apoyo, que para mí el dilema permanecía intacto. Naturalmente, hubiera podido fabricarme un bastón con una rama y seguir avanzando a pesar de la lluvia, la nieve, el granizo, apoyado en el bastón y con el paraguas abierto por encima de mí. Pero no lo hice, ignoro por qué razón. Sino que cuando caía la lluvia, y las demás cosas que nos caen del cielo, a veces seguía avanzando, apoyado en el paraguas, empapándome, pero casi siempre lo que hacía era inmovilizarme, abrir el paraguas por encima de mi cabeza y esperar a que escampase. Con lo cual también me empapaba. Pero no residía en esto el problema. Y si hubiera empezado a caer maná hubiera esperado, inmóvil bajo mi paraguas a que cesase, antes de aprovecharlo. Y cuando se me cansaba el brazo de sostener el paraguas en alto, lo cambiaba de mano. Y con la mano libre golpeaba y frotaba todas las partes del cuerpo que podía alcanzar, para favorecer en ellas una abundante circulación, o la pasaba por mi rostro, en uno de mis gestos característicos. Y la larga punta de mi paraguas parecía un dedo. Durante aquellas paradas me venían mis mejores pensamientos. Pero cuando quedaba comprobado que la lluvia, etc., no iba a cesar en todo el día, entonces razonaba y me construía un verdadero refugio. Pero no me gustaban los verdaderos refugios, hechos con ramajes. Porque pronto no quedaron hojas, sino solo las agujas de algunas coníferas. Pero no era esa la verdadera razón de que no me gustaran los refugios, no. Sino que en su interior pensaba continuamente en el impermeable de mi hijo, literalmente lo veía (el impermeable), no veía nada más, llenaba todo el espacio. A decir verdad, era lo que nuestros amigos ingleses llaman una trinchera, y hasta percibía su olor a caucho, aunque en general las trincheras no están revestidas de caucho. De modo que evitaba, en la medida de lo posible, recurrir a los verdaderos refugios construidos con ramajes, y prefería guarecerme bajo mi fiel paraguas o bajo un árbol, un seto, un matorral o una ruina.

Molloy - Samuel Beckett

Y a pesar de todo el trabajo que dedicaba a tales problemas, estaba más perplejo que nunca por la complejidad de aquella danza innumerable, en la que debían intervenir otros determinantes de los que no tenía la menor idea. Y me decía, encantado: «He aquí una materia que puedo pasarme la vida estudiando sin llegar a comprenderla nunca». Y durante aquel viaje de regreso, cuando me interrogaba sobre las posibilidades de alguna pequeña alegría futura, casi me animaba pensando en mis abejas y en su danza. ¡Porque, de vez en cuando, seguía deseando alguna pequeña alegría! Y admitía de buena gana la posibilidad de que en el fondo aquella danza fuera como la de los occidentales, frívola y carente de significación. Pero para mí, sentado junto a mis colmenas bañadas por el Sol, sería siempre un hermoso espectáculo cuyo alcance nunca llegaría a enturbiar mis razonamientos de hombre a pesar suyo. Y no sería capaz de agraviar a las abejas como había agraviado a Dios, a quien me habían enseñado a atribuir mis cóleras, mis temores y deseos, y hasta mi cuerpo.

Molloy - Samuel Beckett

Cualquiera otro en mi lugar se habría tendido en la nieve, decidido a no levantarse más. Yo, no. En otro tiempo, creía que los hombres no podrían conmigo. Siempre me creía más astuto que las cosas que me rodeaban. Existen los hombres y las cosas, no me habléis de los animales. Ni de Dios. Una cosa que me opone resistencia, aunque sea para mi bien, no me la opone mucho tiempo. Aquella nieve, por ejemplo. Aunque a decir verdad, la atracción que ejerció sobre mí fue más fuerte que la resistencia que me oponía, pero en un sentido me oponía resistencia. Bastaba con eso. La vencí, haciendo chirriar los dientes de alegría, pues es posible hacer chirriar los incisivos. Me abrí camino, hacia lo que hubiera llamado mi perdición de haber concebido qué tenía que perder. Luego quizá lo concebí, quizá aún no he terminado de concebirlo, con el tiempo termina por conseguirse, lo conseguiré. Pero durante el viaje, expuesto a la malignidad de las personas y las cosas y a las flaquezas de la carne, no lo concebí.

Molloy - Samuel Beckett

Aquella noche tuve una discusión bastante violenta con mi hijo. No recuerdo por qué causa. Un momento, tal vez sea importante.
No, no sé. He tenido tantas discusiones con mi hijo. Lo único que sé es que en aquel momento debió parecerme una escena como tantas otras. Debí llevarla a buen término de acuerdo con una técnica de probada eficacia, mostrarle con maestría la enormidad de sus fallos. Pero a la mañana siguiente comprendí que me había equivocado. Porque al despertar temprano me encontré solo en el refugio, yo que era siempre el primero en despertarme. Es más, mi instinto me decía que hacía tiempo que estaba solo, que hacía tiempo que la respiración de mi hijo no se confundía con la mía, en el angosto refugio que había construido bajo mi dirección. Y el hecho de que se hubiera marchado con la bicicleta, durante la noche o al apuntar los primeros rubores del alba, no tenía en sí mismo nada que resultara profundamente inquietante. Y, si solo se hubiera tratado de eso, habría sabido hallarle excelentes y honorables explicaciones. Desgraciadamente, se había llevado su impermeable y su mochila. Y en el refugio, fuera del propio refugio, no me quedada absolutamente nada suyo. Más aún, se había ido con una considerable suma de dinero, él, que solo tenía derecho a algún penique de vez en cuando para su alcancía italiana. Porque desde que se ocupaba de todo, bajo mi dirección por supuesto, y especialmente de las compras, le otorgaba un cierto margen de confianza en lo referente al dinero. Y llevaba siempre encima una suma muy superior a lo estrictamente necesario. Y para que ello parezca más verosímil añadiré que:
1.º Deseaba que aprendiera a llevar una contabilidad por partida doble, cuyos rudimentos le había enseñado.
2.º Ya no me sentía con ánimos de ocuparme de aquellas miserias que antaño me alegraban la vida.
3.º Le había dicho que durante sus correrías anduviera con el ojo abierto por si encontraba otra bicicleta, liviana y a buen precio. Porque estaba cansado del Portaequipajes y además veía acercarse el día en que mi hijo no tendría ya fuerzas para pedalear por dos. Y yo me creía capaz, qué digo, me sabía capaz, con algún entrenamiento, de aprender a pedalear con un solo pie. Y entonces tomaría el lugar que me correspondía, quiero decir en cabeza. Y mi hijo me seguiría. Y no se reproduciría aquella situación escandalosa, a saber, mi hijo despreciando mis instrucciones, tomando la izquierda cuando yo le indicaba la derecha, o la derecha cuando le indicaba la izquierda, o siguiendo en línea recta cuando le decía a derecha o a izquierda, como ocurría cada vez más frecuentemente en los últimos tiempos.
Esto es cuanto quería añadir.

Molloy - Samuel Beckett

Y para hacer el tiempo más corto me planteé algunas preguntas y me esforcé en hallarles respuesta. He aquí algunas:
Pregunta. —¿Qué había sido del sombrero de fieltro azul?
Respuesta.
Pregunta. —¿Sospecharán del viejo del bastón?
Respuesta. —Era lo más probable.
Pregunta. —¿Qué posibilidades tenía de demostrar su inocencia?
Respuesta. —Muy pocas.
Pregunta. —¿Debía poner a mi hijo al corriente de lo que había ocurrido?
Respuesta. —No, porque entonces su deber sería denunciarme.
Pregunta. —¿Me denunciaría?
Respuesta.
Pregunta. —¿Cómo me encontraba?
Respuesta. —Más o menos como siempre.
Pregunta. —¿Y, no obstante, había cambiado y seguía cambiando?
Respuesta. —Sí.
Pregunta. —¿Y a pesar de esto me encontraba más o menos como siempre?
Respuesta. —Sí.
Pregunta. —¿Cómo era posible?
Respuesta.

Molloy - Samuel Beckett

Quebré por encima de mi cabeza un pedazo de rama y lo arrojé violentamente en su dirección. Dio media vuelta y se marchó corriendo. Había ocasiones en que verdaderamente no comprendía nada de mi hijo. Debía saber que no podía alcanzarle, ni siquiera con un buen cacho de piedra, y a pesar de ello ponía pies en polvorosa. Quizá tenía miedo de que saliera corriendo en su persecución. Efectivamente, hay algo inquietante en mi forma de correr, con la cabeza echada hacia atrás, los dientes apretados, los codos doblados al máximo y las rodillas casi pegadas al rostro. Y a esta forma de correr debo el haber dado alcance a menudo a personas más ágiles que yo. Prefieren detenerse y esperarme a prolongar a sus espaldas tan pavoroso espectáculo.

Molloy - Samuel Beckett

«¿Has dormido bien?», dije, en cuanto mi hijo hubo abierto los ojos. Hubiera podido despertarle, pero no, dejé que despertara por sí mismo. Terminó por decirme que no se encontraba bien. A menudo mi hijo daba respuestas sin ninguna relación con la pregunta. «¿Dónde estamos —dije— y cuál es la aldea más cercana?». Me la nombró. La conocía, había estado en ella, era un burgo importante, el azar nos favorecía. Incluso tenía algunos conocidos entre los habitantes. «¿A qué día estamos?», dije. Me informó de ello sin la menor vacilación. ¡Y apenas acababa de despertarse! Ya dije que era un as para la historia y la geografía. Él fue quien me enseñó que el río Baise pasa por Condom. «Bueno —dije—, vas a salir inmediatamente para Hole, te llevará —hice el cálculo mental— tres horas como máximo». Me miró asombrado. «Allí —dije— te compras una bicicleta a tu medida, de segunda mano a ser posible. Puedes gastarte hasta cinco libras». Le di cinco libras en cambio de a diez chelines. «Debe tener un porta equipajes muy sólido —dije—, y si no es muy sólido lo harás cambiar por otro que lo sea». Intentaba expresarme con claridad. Le pregunté si estaba contento. No lo parecía. Repetí las instrucciones y volví a preguntarle si estaba contento. Más bien parecía estupefacto. Quizá a causa de la gran alegría que le dominaba. Quizá no daba crédito a sus oídos. «¿Has comprendido bien?». Qué bueno es tener de vez en cuando un poco de conversación verdadera. «Repíteme lo que vas a hacer», dije. Era el único modo de saber si me había comprendido. «Debo ir a Hole —dijo— a quince millas de aquí». «¿Quince millas?», dije. «Sí», dijo. «Bien —dije—, continúa». «A comprar una bicicleta», dijo. Yo seguía esperando. Nada más. «¡Una bicicleta! —exclamé—. ¡Pero en Hole hay millones de bicicletas! ¿Qué clase de bicicleta?». Reflexionó. «De segunda mano», se aventuró a decir. «¿Y si no la encuentras de segunda mano?», dije. «Tú me has dicho de segunda mano», dijo. Permanecí un buen rato en silencio. «Y si no la encuentras de segunda mano —dije finalmente—, ¿qué vas a hacer?». «No me lo has dicho», dijo. Cómo le descansa a uno un breve coloquio de vez en cuando. «¿Cuánto dinero te he dado?», dije. Contó el cambio. «Cuatro libras y diez chelines», dijo. «Vuelve a contar», dije. Volvió a contar. «Cuatro libras y diez chelines», dijo. «Dame el dinero», dije. Me lo dio y lo conté. Cuatro libras y diez chelines. «Te he dado cinco libras», dije. No respondió, dejó que las cifras hablasen por sí solas. ¿Me había robado diez chelines que llevaba escondidos entre sus ropas? «Vacía tus bolsillos», dije. Empezó a hacerlo. No olvidemos que yo seguía tendido. Mi hijo no sabía que yo estaba enfermo. Por lo demás, no estaba enfermo. Miraba distraídamente los objetos que se presentaban a mi vista. Iba sacándoselos de los bolsillos uno a uno, los sostenía delicadamente en el aire entre el pulgar y el índice, me los mostraba bajo diferentes puntos de vista y finalmente los dejaba en el suelo a mi lado. Cuando un bolsillo quedaba vacío le sacaba el forro y lo sacudía. Creábase entonces una nubecilla de polvo. Lo absurdo de semejante verificación no tardó en imponérseme. Le dije que parara. Podía tener los diez chelines escondidos en la manga o en la boca. Hubiera tenido que levantarme y cachearle de arriba abajo. Pero entonces habría advertido mi enfermedad. Bueno, tampoco se trataba exactamente de una enfermedad. ¿Y por qué no quería que lo supiera? No sé. Habría podido contar el dinero que me quedaba. Pero ¿de qué me hubiera servido? ¿Sabía al menos con qué cantidad había salido de mi casa? No. También a mi mismo me complacía en aplicarme el método socrático. ¿Sabía acaso lo que había gastado hasta aquel momento? No. Habitualmente, llevaba una contabilidad muy rigurosa de mis viajes de negocios, justificaba hasta el último penique mis gastos de desplazamientos. No así en aquella ocasión. Ni en un viaje de placer habría tirado el dinero con tanta desenvoltura. «Supongamos que me haya equivocado —dije— y que te haya dado solamente cuatro libras y diez chelines». Iba recogiendo con calma los objetos que cubrían el suelo y se los ponía en los bolsillos. ¿Cómo hacérselo comprender? «Deja eso y préstame atención», dije. Le alargué el dinero. «Cuéntalo», dije. Lo contó. «¿Cuánto?». «Cuatro libras con diez», dijo. «¿Diez qué?», dije. «Diez chelines», dijo. «Tienes cuatro libras con diez chelines», dije. «Si», dijo. «Yo te he dado cuatro libras con diez chelines», dije. «Sí», dijo. No era verdad, le había dado cinco. «Estás de acuerdo en eso», dije. «Sí», dijo. «¿Y para qué crees que te he dado tanto dinero?», dije. «Para qué tanto dinero», dijo. Se le iluminó el rostro. «Para comprar una bicicleta», dijo. «¿Qué clase de bicicleta?», dije. «De segunda mano», replicó inmediatamente. «¿Te figuras que una bicicleta de segunda mano vale cuatro libras y diez chelines?», dije. «No sé», dijo. Yo tampoco sabía nada. Pero no era ahí donde residía el problema. «¿Qué es exactamente lo que te he dicho?», dije. Los dos tratamos de recordar. «De segunda mano a ser posible —dije finalmente—, eso es lo que te he dicho». «Ah», dijo. No transcribo este dúo en extenso, me limito a indicar los rasgos esenciales. «No te he dicho de segunda mano —dije—, te he dicho de segunda mano a ser posible». Había vuelto a recoger sus cosas. «Deja eso —dije— y préstame atención». Dejó caer ostensiblemente una gruesa bola de cuerdas enredadas. Quizá en el centro estaban los diez chelines. «No distingues entre de segunda mano y de segunda mano a ser posible», dije. Consulté mi reloj. Eran las diez. Solo contribuía a aumentar yo mismo la confusión de mis ideas. «No te esfuerces en comprender —dije— y presta atención a lo que voy a decirte, porque no lo pienso repetir». Se acercó a mí y se arrodilló. Parecía que yo fuese a exhalar el último suspiro. «¿Sabes qué es una bicicleta nueva?», dije. «Sí, papá», dijo. «Pues bien —dije—, si no la encuentras de segunda mano, vas a comprar una bicicleta nueva. Voy a repetírtelo». Lo repetí. Y eso que había dicho que no pensaba repetir. «Ahora dime lo que tienes que hacer —dije, y añadí—: Aparta esa cara, tu boca apesta». Estuve a punto de añadir: «No te lavas los dientes y luego te quejas de los abscesos», pero me contuve a tiempo. No era el momento de introducir otro motivo. Repetí: «¿Qué tienes que hacer?». Reflexionó. «Ir a Hole —dijo—, a quince millas de aquí». «Ahora deja en paz las millas —dije—. De acuerdo, estás en Hole. ¿Con qué objeto?». No, no puedo. Terminó por comprender. «¿Para quién es esa bicicleta?», dije. «¿Para Goering?». Aún no había comprendido que la bicicleta era para él. Cierto que en aquella época no era mucho más pequeño que yo. Por lo que respecta al portaequipajes, como si no hubiera dicho nada. Pero su espíritu terminó por abarcarlo todo. Hasta el punto que me preguntó qué debía hacer en el caso de que no le alcanzara el dinero. «Vuelves aquí y ya veremos», dije.Naturalmente, cuando reflexioné en todas estas cuestiones antes de que mi hijo se despertase, había previsto que podrían oponerle dificultades y preguntarle, a la vista de su juventud, de dónde había sacado tanto dinero. Y sabía lo que en tal caso debía hacer, a saber, ir al encuentro del inspector Paul o pedir que le llevasen ante él, darse a conocer y decir que era yo, Jacques Moran, quien le había encargado comprar una bicicleta en Hole, dejando suponer que me había quedado en Shit. Evidentemente, se trataba de dos operaciones distintas, en primer lugar la de prever el caso (antes de que mi hijo despertara) y en segundo lugar la de encontrarle solución (ante la noticia de que Hole era la aglomeración urbana más próxima). Pero renuncié a comunicarle instrucciones tan sutiles. «No temas —dije—, tienes dinero de sobra para comprarte una estupenda bicicleta, que traerás aquí sin pérdida de tiempo». Con mi hijo había que preverlo todo. Nunca habría podido adivinar qué había que hacer con la bicicleta una vez comprada. Habría sido capaz de quedarse en Hole, Dios sabe en qué condiciones, a la espera de nuevas directrices. Me preguntó qué me pasaba. Había debido escapárseme alguna mueca. «Me pasa que ya estoy harto de verte», dije. Y le pregunté a qué esperaba. «No me encuentro bien», dijo. A mí me preguntaba cómo me encontraba y no decía nada, y él, sin ser preguntado, decía que no se encontraba bien. «¿No estás contento —dije— de tener un bonito velocípedo nuevo y flamante para ti solo?». Decididamente, tenía mucho interés en oírle decir que estaba contento. Pero lamenté haber pronunciado aquella frase, que solo podía contribuir a aumentar su confusión. Pero aquello bastó para poner fin al coloquio familiar.

Molloy - Samuel Beckett

A una veintena de pasos de mi postigo el callejón empieza a discurrir a lo largo del muro del cementerio. El callejón desciende y el muro es cada vez más elevado. A partir de cierto punto se camina por debajo de los muertos. Allí tengo una concesión a perpetuidad. Mientras el mundo sea mundo, aquel sitio me pertenecerá, en principio. De vez en cuando iba allí a contemplar mi tumba. Ya estaba preparada. Era una sencilla cruz latina de color blanco. Yo había querido añadir mi nombre, con el R.I.P. y la fecha de mi nacimiento. Ya solo habría faltado añadir la de mi muerte. No me lo permitieron. A veces sonreía, como si ya estuviera muerto.

Molloy - Samuel Beckett

Esta voz que ahora empiezo apenas a conocer me dice también que el recuerdo de aquel trabajo cuidadosamente ejecutado hasta el final me ayudará a soportar las largas angustias de la libertad y el vagabundeo. ¿Es decir, que un día seré expulsado de mi casa, de mi jardín, que perderé mis árboles, mis arriates, estos pájaros para mi tan familiares uno a uno por su modo peculiar de cantar, de volar, de acercárseme o de huir cuando me acerco, y todas las absurdas dulzuras de mi interior, donde cada cosa tiene su lugar propio, donde poseo todo lo que hace falta para soportar el hecho de ser un hombre, donde mis enemigos no pueden alcanzarme, este refugio que he pasado toda mi vida edificando, embelleciendo, perfeccionando y conservando? ¡Soy demasiado viejo para perderlo ahora todo, soy demasiado viejo para volver a empezar! Venga, Moran, un poco de calma. Nada de emociones, por favor.

Molloy - Samuel Beckett

No tengo el propósito de narrar las diversas aventuras que nos acontecieron a mi hijo y a mí, juntos y por separado, antes de nuestra llegada al país de Molloy. Sería fastidioso. Pero no es esa la dificultad que me detiene. Todo es fastidioso en ese relato que se me ha impuesto. Pero iré dando cuenta de él a mi gusto, hasta cierto punto. Y si no tiene la fortuna de agradar a quien me lo encargó, si le parece que contiene pasajes desagradables para él y para sus asociados, tanto peor para todos nosotros, para todos ellos, porque lo que es para mí ya no hay peor posible. Es decir, que para formarme tal idea necesitaría más imaginación de la que tengo. Y eso que tengo más imaginación que antes. Y me someto a esta triste labor de escribano, que no entra en mis atribuciones, por razones bien distintas de las que podría creerse. Sigo obedeciendo órdenes, si quieren, pero ya no a impulsos del temor. Sí, sigo teniendo miedo, pero es más bien por costumbre. Y ya no necesito a Gaber para transmitirme la voz a que obedezco. Ahora está en mí y me exhorta a seguir siendo hasta el final el fiel servidor de una causa ajena que he sido siempre, y cumplir pacientemente con mi papel hasta sus últimos y más amargos extremos, como quería, en los tiempos en que quería algo, que hiciesen los demás. Y todo ello, odiando a mi dueño y sintiendo el desprecio más absoluto por sus designios.

Molloy - Samuel Beckett

Ni una persona de cada cien sabe callarse y escuchar, ni siquiera lo que eso significa. Y sin embargo es entonces cuando se distingue, más allá del estrépito absurdo, el silencio de que está formado el Universo. Deseaba tal ventaja para mi hijo. Y que permaneciera apartado de los que se felicitan de saber tener los ojos bien abiertos. Yo no había luchado, pasado penalidades, conquistado una situación, vivido como un forzado para que mi hijo corriera la misma suerte. Me retiré de puntillas. No me importaba desempeñar mis papeles hasta sus últimas consecuencias.

Molloy - Samuel Beckett

miércoles, 28 de agosto de 2019

Tendido, bien caliente, en la oscuridad, es cuando mejor penetro en la falsa turbulencia del mundo exterior, sitúo en ella a la criatura que me entregan, intuyo la ruta que he de seguir y hallo sosiego en la absurda miseria ajena. Lejos del mundanal ruido, de su agitación, de sus mordeduras y de su lúgubre claridad, lo juzgo, juzgo a quienes, como yo, están irremisiblemente sumergidos en él, y juzgo también, yo que no sé liberarme a mí mismo, a quien necesita que le libere. Todo está oscuro, pero con la simple oscuridad del reposo que sigue a las grandes fragmentaciones. Masas desnudas como leyes vacilan. Qué importa de qué estén formadas. También el hombre está allí, en alguna parte, vasto bloque formado de todos los reinos, solo entre los que le rodean y tan falto de lo imprevisto como una peña. Y en algún lugar de este bloque, creyéndose un ser aparte, ha ido a esconderse el cliente. Cualquiera serviría para esto. Pero me pagan para que busque. Llego y él sale a la luz, toda su vida ha estado esperando esto, ser preferido, creerse condenado, afortunado, el más mediocre de los hombres. Este es el efecto que a veces me producen el silencio, el calor, la penumbra, los olores de mi lecho.

Molloy - Samuel Beckett

No me gustan los animales. Es curioso, no me gustan ni los hombres ni los animales. Y en cuanto a Dios, ya empieza a cansarme. Me agachaba para toquetearle las orejas a través de las rejas diciéndole frases zalameras. No se daba cuenta de que me asqueaba. Se erguía sobre sus patas traseras y apoyaba el pecho contra los barrotes. Entonces veía su pene pequeño y negruzco que se prolongaba en un delgado mechón de pelos mojados. Se sentía en posición inestable, sus corvas temblaban, las patitas buscaban su lugar, una después de otra. Yo también vacilaba, sentado en cuclillas. Con mi mano libre me agarraba a la reja. Quizá yo también le asqueaba a él. Me costó sustraerme a tan vanos pensamientos.

Molloy - Samuel Beckett

Porque sabía a ciencia cierta que el sacristán llevaba una lista de los fieles y que, apostado junto a la pila de agua bendita, nos anotaba en el momento de la ablución. Detalle digno de ser notado, el padre Ambroise ignoraba esta maniobra, porque, como lo oís, todo lo que significase vigilancia le resultaba execrable al bueno del padre Ambroise. Y si hubiese creído capaz al sacristán de semejante exceso de celo lo habría despedido en el acto. Sin duda el sacristán llevaba este registro tan al día para su propia edificación. Por descontado, yo solo sabía cómo se producían los acontecimientos en la misa de doce, pues no tenía ninguna experiencia personal de los otros oficios, a los que nunca había asistido. Aunque me habían dicho que en ellos se ejercía el mismo control, si no por el sacristán en persona, ocupado sin duda en otras obligaciones, por uno de sus numerosos hijos. Extraña parroquia, en la que las ovejas sabían más que su pastor sobre una circunstancia que parecía más de la competencia de éste que de aquellas.

Molloy - Samuel Beckett

Y entonces, a veces, nacía confusamente en mí una especie de conciencia, la que expreso al decir: «Yo me decía, etcétera», o «Molloy, no lo hagas», o «¿Nombre de su madre?», dijo el comisario, cito de memoria. O lo expreso sin caer tan bajo como en la oratio recta, sino por medio de otras figuras, igualmente falaces, como, por ejemplo: «Me parecía que, etc.», o «Tenía la impresión de que, etc.», porque no me parecía nada en absoluto y no tenía impresión alguna de ningún género, sino que simplemente en alguna parte había cambiado algo que me obligaba a cambiar Yo también, o que obligaba a cambiar también al mundo, para que en definitiva nada quedara cambiado. Se trata de pequeños reajustes, como entre los vasos de Galileo, que solo puedo expresar diciendo: «Yo temía que», o «Yo esperaba que», o «¿Se llama así su madre?», dijo el comisario, por ejemplo, aunque sin duda podría expresarlos mejor si me tomara esa molestia. Y quizá lo haga algún día en que me dé menos pereza que hoy. Aunque no creo. De modo que me decía: «Dentro de poco tiempo, tal como van las cosas, ya no podré desplazarme, sino que me tendré que quedar donde me encuentre, a menos que pase por ahí alguien lo bastante amable para llevarme».

Molloy - Samuel Beckett

martes, 27 de agosto de 2019

Pero no era una criatura dada a presentimientos, sino simplemente a sentimientos, o más bien me atrevería a decir que a episentimientos. Porque sabía las cosas por adelantado, lo que me ahorraba tener que presentirlas. Diré más (¿qué puede impedírmelo?), sólo sabía las cosas por adelantado, porque cuando me ocurrían ya no me enteraba, como quizá haya advertido el lector, o me enteraba a costa de esfuerzos sobrehumanos, y después tampoco sabía nada, me encontraba devuelto a mi ignorancia nativa. Todo lo cual, tomado en su conjunto, si ello es posible, debe poder explicar muchas cosas, especialmente mi asombrosa ancianidad, aún lozana en ocasiones, suponiendo que mi estado de salud, pese a lo dicho anteriormente, no baste para explicarla.

Molloy - Samuel Beckett

Sí, eran otros mis verdaderos puntos débiles. Y desde luego si no enumero ahora su lista impresionante ya nunca la enumeraré. Y en efecto, nunca la enumeraré, o tal vez sí, yo creo que sí. Aparte de, que no quisiera daros una idea errónea de mi estado de salud que, sin poder ser calificado de brillante, o insolente, era en el fondo de una robustez inaudita. Porque, de otro modo, ¿cómo hubiera podido llegar a la enorme edad que he alcanzado? ¿Gracias a mis cualidades morales? ¿A una higiene adecuada? ¿Al aire libre? ¿A la subalimentación? ¿A la falta de descanso? ¿A la soledad? ¿A la persecución? ¿A los terribles alaridos silenciosos (es peligroso lanzar alaridos)? ¿Al cotidiano deseo de ser tragado por la tierra? Venga, hombre, venga. El destino es rencoroso, pero no tanto.

Molloy - Samuel Beckett

Y he aquí, en todo su horror, mi solución, ahorrándoos la recapitulación de las ansiosas etapas que tuve que atravesar antes de desembocar en ella. Bastaba simplemente con (¡simplemente con!) colocar por ejemplo, para empezar, seis piedras en el bolsillo derecho de mi abrigo (pues este es siempre el primer bolsillo del que saco una piedra), cinco en el bolsillo derecho de mi pantalón, y otras cinco en el bolsillo izquierdo de mi pantalón, así salían las cuentas, cinco por dos, diez, y seis, dieciséis, y ninguna piedra, porque ya no quedaba ninguna, en el bolsillo izquierdo de mi abrigo, que por el momento permanecía vacío, vacío de piedras se entiende, porque conservaba su contenido habitual, así como otros objetos de paso. Porque ¿dónde creíais que guardaba mi cuchillo de cocina, mis cubiertos de plata, mi bocina y todo lo demás que aún no he mencionado y que quizá no mencionaré jamás? Vale. Ahora puedo iniciar mi succión. Miradme bien. Saco una piedra del bolsillo derecho de mi abrigo, la chupo, la dejo de chupar, la guardo en el bolsillo izquierdo de mi abrigo, el vacío (de piedras). Saco una segunda piedra del bolsillo derecho de mi abrigo, la chupo, la guardo en el bolsillo izquierdo de mi abrigo. Y así sucesivamente hasta que el bolsillo derecho de mi abrigo queda vacío (aparte de su contenido habitual y pasajero) y las seis piedras que acabo de chupar, una tras otra, han pasado íntegramente al bolsillo izquierdo de mi abrigo. Entonces me paro, me concentro, no vaya a cometer un disparate, y traslado al bolsillo derecho de mi abrigo, que se ha quedado sin piedras, las cinco piedras del bolsillo derecho de mi pantalón, que reemplazo por las cinco piedras del bolsillo izquierdo de mi pantalón, que reemplazo por las seis piedras del bolsillo izquierdo de mi abrigo. De modo que una vez más se queda sin piedras el bolsillo izquierdo de mi abrigo, mientras que el bolsillo derecho de mi abrigo rebosa nuevamente de ellas, y en el buen sentido, es decir, de piedras diferentes de las que acabo de chupar y que me pongo a chupar ahora, una tras otra, y a trasladar sucesivamente al bolsillo izquierdo de mi abrigo, con la certidumbre, hasta donde es posible tenerla en este orden de ideas, de que estoy chupando piedras distintas de las anteriores. Y cuando el bolsillo derecho de mi abrigo queda nuevamente vacío (de piedras) y las cinco que acabo de chupar se encuentran todas sin excepción en el bolsillo izquierdo de mi abrigo, procedo a la misma redistribución de antes, o a una redistribución análoga, es decir, que traslado al bolsillo derecho de mi abrigo, otra vez disponible, las cinco piedras del bolsillo derecho de mi pantalón, que reemplazo por las seis piedras del bolsillo izquierdo de mi pantalón, que reemplazo por las cinco piedras del bolsillo izquierdo de mi abrigo. Con lo cual estoy en situación de volver a empezar. ¿Debo proseguir? No, porque está claro que al final de la próxima serie de succiones y traslados la situación inicial se habrá restablecido, es decir, que volveré a tener las seis primeras piedras en el bolsillo inicial, las cinco siguientes en el bolsillo derecho de mi viejo pantalón y, en fin, las cinco últimas en el bolsillo izquierdo de la misma prenda de vestir, de modo que mis dieciséis piedras habrán sido succionadas una primera vez en sucesión impecable, sin que una sola de ellas haya sido succionada dos veces, sin que una sola se haya quedado sin ser succionada. Cierto que al volver a empezar no podía albergar muchas esperanzas de chupar mis piedras en el mismo orden que la primera vez y que la primera, séptima y duodécima del primer ciclo, pongo por caso, podían muy bien ser la sexta, undécima y decimosexta, respectivamente, del segundo, para ponernos en el peor de los casos. Pero se trataba de un inconveniente que no podía evitar. Y si en los ciclos tomados en su conjunto debía reinar una confusión inexplicable, al menos en el interior de cada ciclo podía estar tranquilo, bueno, todo lo tranquilo que se puede estar en esta clase de actividad. Porque para que todos los ciclos fueran iguales, en lo que respecta a la succión de las piedras en mi boca (¡y Dios sabe si tenía interés en ello!) hubiera necesitado o bien dieciséis bolsillos o bien tener numeradas las piedras. Y antes que fabricarme doce bolsillos más o numerar las piedras, prefería contentarme con la tan relativa tranquilidad de que gozaba en el interior de cada ciclo aisladamente considerado. Porque no bastaría con numerar las piedras, sino que hubiera sido necesario, cada vez que me ponía una en la boca, recordar qué número tocaba y buscarla en mis bolsillos. Lo cual me hubiera quitado el sabor de chupar en muy breve tiempo. Porque nunca hubiera estado seguro de no equivocarme, a menos que llevara una especie de registro, donde hubiera apuntado mis piedras a medida que las chupaba. Cosa de la que me creía incapaz. No, la única solución perfecta hubiera sido tener los dieciséis bolsillos, simétricamente dispuestos, cada uno con su piedra. Entonces no hubiera necesitado ni números ni reflexión, sino únicamente, mientras chupase determinada piedra, hacer avanzar a las quince restantes, un bolsillo cada una, trabajo bastante delicado si queréis, pero que entraba en el límite de mis posibilidades, y meter la mano en el mismo bolsillo cada vez que me vinieran ganas de chupar. Así habría podido estar tranquilo, no solo en el interior de cada ciclo aisladamente considerado, sino también respecto al conjunto de los ciclos, aunque se multiplicaran hasta el infinito.Pero de todos modos estaba muy contento de haber encontrado mi propia solución, por imperfecta que fuese, sin ayuda de nadie. Y si bien era menos sólida de lo que creí al principio, en el entusiasmo inicial de mi descubrimiento, su inelegancia continuaba siendo absoluta. Y, en mi opinión, era inelegante sobre todo porque el reparto desigual de las piedras me resultaba físicamente penoso. Cierto que se establecía un cierto equilibrio en un momento dado, al inicio de cada ciclo, a saber, entre la tercera y la cuarta chupada, pero no duraba mucho. Y el resto del tiempo sentía que el peso de las piedras me tironeaba, ya a derecha, ya a izquierda. De modo que al renunciar al arrumaje renunciaba a algo más que a un principio, renunciaba a una necesidad física. Aunque creo que también era una necesidad física chupar las piedras como he expuesto, es decir, no de cualquier manera, sino de acuerdo con un método. De modo que se trataba del enfrentamiento irreconciliable de dos necesidades físicas. Cosas que pasan. Pero en el fondo no me importaba lo más mínimo sentirme en desequilibrio perpetuo, tironeado a derecha, a izquierda, hacia adelante y hacia atrás, como también me daba exactamente igual chupar cada vez una piedra diferente o siempre la misma por los siglos de los siglos. Porque todas tenían el mismo sabor.Porque todas tenían el mismo sabor. Y había recogido dieciséis, no para cargar con ellas de este o aquel modo, o para chuparlas por turno, sino simplemente para disponer de una pequeña provisión de reserva. Aunque de todos modos me importara mucho quedarme sin ninguna, no por eso me encontraría peor, o en todo caso la diferencia sería mínima. Y finalmente adopté la solución de tirar todas mis piedras, salvo una, que guardaba a veces en un bolsillo, a veces en otro, y que por supuesto no tardé en perder, o tirar, o regalar, o tragarme.

Molloy - Samuel Beckett

Tal vez hoy ya no sea así. Aunque no acabo de ver cómo puedo hablar de las características propias de mi región, pues nunca salí de ella. No, nunca me evadí, e incluso ignoraba los límites de mi región. Pero me parecían bastante lejanos. Pero esta creencia no estaba basada en ningún fundamento serio, era simplemente una creencia. Porque si los límites de nuestra región estuvieran al alcance de mis pasos, creo que una especie de degradación me lo habría hecho presentir. Porque las regiones no terminan de golpe, que yo sepa, sino que se funden insensiblemente unas con otras. Y nunca advertí nada parecido a esto. Sino que, por más lejos que haya ido, en un sentido o en otro, he encontrado siempre el mismo cielo y la misma tierra, exactamente, día tras día y noche tras noche. Por otra parte, si las regiones se funden insensiblemente unas con otras, lo que está por demostrar, es posible que muchas veces haya salido de mi región creyendo seguir en ella. Pero prefería atenerme a mi simple creencia, la que me decía: «Molloy, tu región es muy extensa, nunca has salido de ella y nunca saldrás. Y vayas por donde vayas, entre sus límites remotos, siempre estarás precisamente en el mismo lugar».

Molloy - Samuel Beckett

Creo que todavía conservo en alguna parte aquel extraño instrumento, que nunca me he decidido a vender, ni siquiera en mis momentos de más extremada necesidad, porque me era imposible comprender para qué podía servir, ni siquiera esbozar una hipótesis al respecto. Y de vez en cuando me lo sacaba del bolsillo y lo contemplaba, con una mirada de asombro y no diré de afecto, porque de eso yo no soy capaz. Pero durante algún tiempo me inspiró, creo, una especie de veneración, ya que tenía por cierto que no era un talismán, sino que tenía una función muy específica que me seria siempre velada. De modo que podía interrogarle sin fin y sin peligro. Porque no saber nada no es nada, no querer saber nada tampoco, pero lo que es no poder saber nada, saber que no se puede saber nada, este es el estado de la perfecta paz en el alma del negligente pesquisidor. Entonces da comienzo la verdadera división, veintidós entre siete, por ejemplo, y los cuadernos se llenan por fin de auténticos números. Aunque nada quisiera afirmar a este respecto.

Molloy - Samuel Beckett

A aquello le llamaba reflexionar. Reflexionaba casi sin interrupción, no me atrevía a detenerme. Quizá debía a esto mi inocencia. Estaba un poco marchita y como mordisqueada en los bordes, pero estaba contento de tenerla, sí, bastante contento. Muchas gracias, como me dijo una vez un chico al que le recogí una canica del suelo, no sé por qué, no tenía ninguna obligación de hacerlo y probablemente hubiera preferido recogerla él mismo. O quizá no fuera necesario recogerla. ¡Y qué esfuerzo me costó, a causa de mi pierna inválida! Aquellas palabras se inscribieron para siempre en mi memoria, sin duda porque las entendí de buenas a primeras, lo que en mi no es frecuente. No porque fuese duro de oído, porque tengo el oído bastante fino, y percibo quizá mejor que nadie los ruidos sin un sentido determinado. ¿De qué se trataba entonces? Quizá de un fallo del entendimiento, que solo resonaba si era percutido varias veces, o, si se prefiere, que resonaba, pero a un nivel inferior al raciocinio, si es posible concebir tal cosa, y es posible concebir tal cosa, puesto que yo la concibo. Sí, las palabras que oía, y las oía bastante bien, porque era bastante fino de oído, las oía la primera vez, e incluso a veces la segunda, y a menudo también la tercera, como puros sonidos, libres de toda significación, y probablemente era esta una de las razones de que conversar me resultara indescriptiblemente penoso. Y las palabras que yo pronunciaba y que casi siempre debían estar en relación con un esfuerzo de la inteligencia, me parecían a menudo el zumbido de un insecto. Lo cual explica que yo fuese poco conversador, me refiero a esta dificultad que tenía no solo para comprender lo que decían los otros, sino también lo que yo les decía a ellos. Cierto que con un poco de paciencia nos llegábamos a comprender, pero respecto a qué, pregunto yo, y con qué finalidad. Y pienso que también reaccionaba a mi modo ante los rumores de la Naturaleza y las acciones humanas, sin deducir de ellos lección alguna.

Molloy - Samuel Beckett

lunes, 26 de agosto de 2019

Y me detengo a hablar tan extensamente de aquel cuchillo porque creo que todavía lo conservo en alguna parte, entre mis posesiones, de modo que habiéndome referido extensamente a él ahora, ya no me será preciso hacerlo de nuevo cuando llegue el momento, si algún día llega, de establecer inventario de mis pertenencias, lo cual supondrá para mí un nuevo alivio, lo noto. Porque es natural que me extienda menos sobre lo que he perdido que sobre lo que no he podido perder. Y si a veces parezco no obedecer a este principio, es porque de vez en cuando lo pierdo de vista, como si nunca lo hubiera emitido. Es la observación de un demente, ya lo sé. Ya no soy casi consciente de lo que hago, ni por qué, cada vez lo voy comprendiendo menos, esta es la verdad, para qué iba a ocultarla y, ¿a quién?, ¿a ti a quien nada oculto? Y además la acción me llena de tal, no sé, no se puede expresar, para mí, ahora, después de tanto tiempo, ustedes se harán cargo, no voy a detenerme para indagar en virtud de qué principio. Y menos aún teniendo en cuenta que, haga lo que haga, es decir, diga lo que diga, siempre vendrá a ser de algún modo, de algún modo sí, lo mismo. Y qué le voy a hacer, si no hay principios y yo hablo de principios. En alguna parte los habrá. Y qué le voy a hacer si no es lo mismo comportarse siempre igual que actuar siempre según el mismo principio. Y además, ¿cómo saber si actuamos siempre según el mismo principio? ¿Y cómo tener ganas de saberlo? No, no vale la pena pararse a pensar en todo esto, y sin embargo uno lo hace, inconsciente de los valores. Y, por la misma razón, paso de largo ante lo que vale realmente la pena, o quizá por sentido común, sabiendo que toda esta historia de los valores no se ha hecho para uno, que no sabe bien lo que hace, ni por qué lo hace, y debe continuar ignorándolo bajo pena de, no sé de qué, me pregunto de qué, sí, me lo pregunto. Porque nunca he conseguido formarme la menor idea, lo cual nada tiene de extraño, ya que nunca lo he intentado, de que haya algo peor que lo que yo hago sin saber qué es ni por qué lo hago. Porque con lo que me conozco estoy seguro de que en cuanto supiera que hay algo peor me apresuraría a hacerlo. Aunque ya me basta con lo que tengo y lo que soy, y estoy también tranquilo sobre mis modestas aspiraciones de porvenir, ya que por el momento no parece que vaya a aburrirme.

Molloy - Samuel Beckett

El criado volvió y me dijo que habían enviado mis vestidos a la tintorería, para quitarles el brillo. Traía mis muletas, lo que hubiera debido sorprenderme, pero en cambio me pareció lo más natural del mundo. Tomé una y me puse a golpear con ella los muebles, pero no muy fuerte, justo lo bastante para hacer que cayeran al suelo sin llegar a romperlos. No había tantos como la noche anterior. La verdad es que más que golpearlos los empujaba, lo que hacía era dirigirles estocadas, cosa que no puede llamarse tampoco empujar, pero que se acerca más a empujar que a golpear. Pero, acordándome de quién era, arrojé mis muletas y me quedé inmóvil en el centro de la habitación, decidido a no suplicar nada más y a no volver a parecer enfurecido. Porque si quería mis vestidos, y parecía quererlos, esto no era razón bastante para simular que me enfurecía al rehusármelos. Y, solo otra vez, reanudé mi inspección del cuarto, y cuando ya iba a descubrirle nuevas propiedades, el criado regresó y me dijo que habían mandado a buscar mis vestidos y que dentro de poco los tendría. Pasó acto seguido a poner nuevamente en su sitio los muebles que yo había derribado, aprovechando para quitarles el polvo con un plumero que apareció súbitamente en su mano. Y no tardé en ayudarle con mi mejor voluntad, para demostrar que no estaba enfadado con nadie. Y aunque, a causa de mi pierna tiesa, no podía servirle de gran ayuda, de todos modos hice lo que pude, es decir, que me iba apoderando de los muebles según él los iba levantando y, con maniática minuciosidad, procedía a colocarlos de nuevo en posición correcta, retrocediendo con los brazos en alto para apreciar mejor el efecto, y precipitándome luego para llevar a cabo modificaciones imperceptibles. Y recogía los faldones de mi camisón para dirigirles con ellos golpes petulantes. Pero tampoco en esta mímica pude mantenerme, y me quedé bruscamente inmóvil en el centro de la habitación. Viendo entonces que el criado se disponía a marcharse, avancé un paso hacia él y le dije: «Mi bicicleta».

Molloy - Samuel Beckett

Correspondió por último a la magia el honor de aposentarse en mis escombros, y aún hoy, cuando me paseo por ellos, encuentro algún vestigio. Pero casi siempre se trata de un lugar sin límite ni plano donde incluso los materiales —y no digamos su disposición— me resultan incomprensibles. Y no sé qué es lo que está en ruinas ni, por consiguiente, si se trata de ruinas o de la inquebrantable confusión de lo eterno, si se dice así. En todo caso, es un lugar sin misterio, la magia lo ha abandonado, al encontrarlo sin misterio. Y aunque no voy a visitarlo de muy buena gana, quizá voy allí más a gusto que a otra parte, asombrado y tranquilo, iba a decir como en un sueño, pero no es esto, no es esto. Pero no es uno de esos lugares a los que uno va, sino que uno se encuentra en ellos, a veces sin saber cómo, sin ningún placer, y sin poder marcharse cuando uno quiere, pero quizá con menos molestia que en otros sitios de los que es posible alejarse a poco que uno se tome el trabajo, parajes misteriosos, poblados con los misterios habituales. Escucho y me oigo dictar un mundo paralizado en el momento de perder el equilibrio, bajo una luz débil y tranquila sin más, suficiente para ver, ustedes comprenderán, y también paralizada. Y oigo murmurar que todo se dobla y cae, como bajo una pesada carga, pero aquí no hay carga, y también el Sol, poco adecuado para llevar cargas, y también la luz, hacia un final que parece que no va llegar nunca. Porque ¿qué fin podrían tener estas soledades donde nunca hubo verdadera claridad, ni equilibrio, ni simple tierra firme, sino perpetuamente estos objetos pendientes deslizándose en un derrumbamiento sin fin, bajo un cielo sin recuerdo de alborada ni esperanza de atardecer? Digo estos objetos, pero ¿qué objetos, venidos de dónde, formados de qué sustancia? Y parece que aquí nada se mueve, ni se ha movido nunca, ni se moverá nunca, salvo yo, que tampoco me muevo cuando estoy ahí, sino que miro y me hago ver. Sí, es un mundo acabado, pese a las apariencias, su fin le dio origen, empezó al acabar, ¿me expreso con bastante claridad? Y yo también estoy acabado, cuando me encuentro ahí, se me cierran los ojos, cesan mis sufrimientos y termino, doblado como no pueden hacerlo los vivos. Y si hubiera seguido escuchando aquel hálito lejano, callado hace tanto tiempo y que termino por escuchar, hubiera sabido todavía más cosas a este respecto. Pero no escucharé más, de momento, aquel hálito lejano, porque no me gusta, y hasta le temo. Pero no es un sonido como los demás, que se escuchan cuando uno quiere y muchas veces pueden hacerse cesar, alejándose o tapándose los oídos, sino que es un sonido que empieza de pronto a zumbar en la cabeza de uno, sin saber cómo ni por qué. Es la cabeza quien lo oye, las orejas no tienen nada que ver, y no hay modo de pararlo, se para cuando quiere. No tiene importancia que le preste atención o no, lo estaré oyendo siempre, ni un trueno podría ocultármelo antes de que quiera cesar. Pero no tengo ninguna obligación de hablar de él, ya que no es asunto mío. Y no es asunto mío, de momento. No, de momento mi asunto es terminar aquella historia de la Luna que quedó inacabada, si, ya sé que es este mi asunto. Y aunque lo terminaré peor que si estuviera en plena posesión de mis facultades, de todos modos voy a terminarlo lo mejor que pueda, o al menos eso creo.

Molloy - Samuel Beckett

El hecho es, según parece, que a lo máximo que puede aspirar uno es a ser al final algo menos de lo que era al principio, y así sucesivamente. Pues apenas había establecido mentalmente mi plan, cuando me di de manos a boca con un perro, según supe más tarde, y caí al suelo, torpeza tanto más imperdonable cuanto que el perro, atado con un lazo, no estaba en la calzada, sino en la acera, paseando juiciosamente al lado de su dueña. Hay que tomar las precauciones con precaución, ocurre como con las resoluciones. Aquella señora debía creer que no dejaba nada al azar, en lo que respecta a la seguridad de su perro, cuando lo que hacía en realidad era desafiar a toda la naturaleza, como yo con mis disparatadas pretensiones de poner algo en claro. Pero en vez de humillarme, haciendo valer mi avanzada edad y mis defectos físicos, agravé mi situación con una intentona de huida. No tardé en ser alcanzado por una jauría de justicieros de ambos sexos y de todas las edades, ya que divisé barbas blancas y caritas casi en plena edad de la inocencia, y ya se disponían a hacerme picadillo cuando intervino la señora. Vino a decir en resumen, según me dijo más tarde y yo creí: «Dejad en paz a este pobre viejo. Desde luego mató a Teddy, a quien amaba como a mi propio hijo, pero la cosa no es tan grave como parece, porque precisamente le llevaba a casa del veterinario, para que pusiera término a sus sufrimientos. Porque Teddy era viejo, sordo, ciego, baldado por el reuma y se hacía sus necesidades encima a cada paso, día y noche, tanto en casa como en el jardín. De modo que este pobre viejo me ha evitado un itinerario penoso, para no hablar de un gasto que no tengo muchos recursos para sufragar, pues mi único medio de subsistencia es la pensión de guerra de mi querido difunto, muerto por lo que llaman su patria, de la que en vida no obtuvo provecho alguno, solo afrentas y bastonazos a discreción».

Molloy - Samuel Beckett

Sí, incluso en aquel tiempo, cuando todo empezaba ya a difuminarse, partículas y ondas, la condición del objeto era ya carecer de nombre, y a la inversa. Ahora digo esto, pero en el fondo, ¿qué puedo saber de aquella época ahora, cuando granizan sobre mí palabras glaciales de sentido y el mundo muere así, indignamente, pesadamente nombrado? Sé lo que saben las palabras y las cosas muertas, y todo ello forma una pequeña y bonita suma, con un comienzo, una mitad y un final, como en las frases bien construidas y en la larga sonata de los cadáveres. Y no tiene mucha importancia que diga esto u otra cosa. Decir es inventar. Sea falso o cierto. No inventamos nada, creemos inventar, evadirnos, cuando en realidad nos limitamos a balbucear la lección, los restos de unos deberes escolares aprendidos y olvidados, la vida sin lágrimas, tal como la lloramos. Y a la mierda.

Molloy - Samuel Beckett

No hace falta ser muy listo para encontrar un calmante en la vida de los muertos. Entonces, ¿qué espero para conjurar la mía? Ya llega, ya llega, desde aquí estoy oyendo el estertor que, aunque no sea yo quien lo exhale, va a sumirlo todo en la calma. Mientras, es inútil saber que estoy difunto, no lo estoy, me voy retorciendo todavía, los cabellos crecen, se alargan las uñas, se vacían las entrañas, han muerto todos los enterradores. Alguien, quizá uno mismo, ha descorrido las cortinas. Ni el más leve ruido. ¿Dónde están las moscas de las que tanto nos habían hablado? Hay que rendirse a la evidencia, no soy yo el muerto, sino todos los demás. De modo que me levanto para ir a ver a mi madre, que aún se cree con vida. Estas son mis impresiones.
Pero ahora tengo que salir de esta zanja. De buena gana desaparecería en ella, hundiéndome cada vez más bajo el influjo de las lluvias. Probablemente volveré algún día a esta zanja o a otra parecida, para esto me fío de mis piernas, del mismo modo que estoy seguro de que algún día volveré a encontrarme con el comisario y sus secuaces. Y si he cambiado demasiado para reconocerlos y no llego a precisar que son los mismos, no os dejéis engañar por ello, serán los mismos aunque hayan cambiado. Pues conocer a una persona, conocer un lugar, iba a decir conocer una hora, pero no quisiera ofender a nadie, y luego no darle ningún papel más en la vida de uno, es como si, no sé cómo decirlo. No querer decir, no saber lo que se quiere decir, no poder decir lo que se cree querer decir, y decirlo siempre, o casi, esto es lo que importa no perder de vista, en el calor de la redacción.

Molloy - Samuel Beckett

Una sombra compleja se dibujaba en la fachada. Éramos yo y mi bicicleta. Me puse a jugar, gesticulando, agitando mi sombrero, haciendo ir y venir la bicicleta ante mí, hacia adelante, hacía atrás, haciendo sonar la bocina. Miraba la pared. Me miraban desde las ventanas enrejadas, sentía aquellos ojos puestos en mí. El agente que estaba de guardia ante la puerta me dijo que me largara. Yo solo ya me habría calmado. A fin de cuentas, la sombra no resulta mucho más divertida que el cuerpo. Le pedí al agente que se compadeciera de mí, que me ayudara. No comprendía. Recordé con nostalgia el refrigerio que me ofreciera la asistenta social. Me saqué un guijarro del bolsillo y lo succioné. Era liso, de tantas chupadas que le había dado, y de las veces que lo había arrebatado la tempestad. Un pequeño guijarro redondo y liso en la boca le calma a uno los nervios, le refresca, burla el hambre, engaña a la sed. El agente se me acercaba, le molestaba mi lentitud. A él también le miraban desde las ventanas. Se oían risas. También en mí reía alguien.

Molloy - Samuel Beckett

Me tendía un tazón lleno de un jugo grisáceo que debía de ser té verde con sacarina y leche en polvo, en un platillo desparejado. Eso no era todo, porque entre el platillo y el tazón se alzaba en equilibrio precario una rebanada de pan seco, de la que me puse a decir, con una especie de angustia: «Va a caerse, va a caerse», como si el hecho de que se cayera o no tuviese alguna importancia. Un instante después yo mismo sostenía entre mis manos temblorosas este pequeño amasijo de objetos heterogéneos y vacilantes, donde se codeaban lo duro, lo líquido y lo blando, sin la menor idea de cómo se había llevado a cabo la transferencia. Voy a advertiros de una cosa: cuando las asistentes sociales os ofrecen graciosamente una bazofia como para ni mirarla, lo cual en ellas constituye una obsesión, es inútil mostrarse recalcitrante. Os perseguirían hasta los confines de la Tierra blandiendo su vomitivo. Las del Ejército de Salvación no están mucho mejor. No, realmente no conozco defensa alguna contra el gesto caritativo. Hay que inclinar la cabeza, tendiendo las manos confusas y temblorosas, y decir gracias, señora; gracias, buena señora. El que no tiene nada, no tiene derecho a despreciar la mierda.

Molloy - Samuel Beckett

Me comunicaba con ella golpeándole el cráneo. Un golpe significa sí; dos, no; tres, no sé; cuatro, dinero; cinco, adiós. Me había costado mucho adiestrar a este código su entendimiento arruinado y delirante, pero lo había conseguido. Claro que podía ser que ella confundiera si, no, no sé y adiós, pero eso no tenía importancia, porque yo también los confundía. Ahora bien, lo que había que evitar a toda costa era que asociara los cuatro golpes con otra cosa que con el dinero. Así, pues, durante el período de adiestramiento, al mismo tiempo que le daba los cuatro golpes en el cráneo le pasaba un billete de banco por la nariz o se lo embutía en la boca. ¡Hay qué ver lo ingenuo que era yo entonces! Porque ella había perdido la noción de mensurabilidad, si no del todo, sí por lo menos la facultad de contar más allá de dos.

Molloy - Samuel Beckett

Lo cual me permite hacer notar que, lisiado y todo, en aquel tiempo yo montaba en bicicleta con cierta soltura. Lo hacía del modo siguiente. Sujetaba las muletas en la barra superior de la armazón, una a cada lado, apoyaba el pie de mi pierna inválida (no me acuerdo de cuál era, ahora tengo inválidas las dos) en el extremo del eje de la rueda delantera, y con la otra pierna pedaleaba. Era una bicicleta sin cadena, de rueda libre, si es que existe tal cosa. Querida bicicleta, no te llamaré bici, estabas pintada de verde, como tantas bicicletas de tu promoción, ignoro por qué causa. Con qué gozo vuelvo a verla. Me gustaría describirla. Tenía una pequeña bocina o trompeta en lugar de esos timbres que ahora os gustan tanto. Hacer sonar esta bocina era para mí un verdadero placer, casi una voluptuosidad. Diré más, si tuviera que establecer la lista de honor de las cosas que no me han dado demasiadas ganas de vomitar en el curso de mi interminable existencia, el bocinazo y trompeteo ocuparían un lugar de preferencia. Y cuando tuve que separarme de mi bicicleta, le quité la bocina y la guardé.

Molloy - Samuel Beckett

Y me quedo otra vez no diré solo, no es mi estilo, sino, como diría, no sé, devuelto a mí, no, nunca me he dejado, libre, eso es, no sé lo que significa, pero es la palabra que quiero emplear, libre para qué, para nada, para saber, pero qué, las leyes de la conciencia tal vez, de mi conciencia, por ejemplo, que el agua sube de nivel según uno se va sumergiendo en ella y que sería preferible, es decir, por lo menos igual de bueno, borrar los textos que emborronar los márgenes, cubrirlos hasta que todo sea blanco y liso y la estupidez revele su verdadero rostro, sin sentido, sin salida.

Molloy - Samuel Beckett

Saltaba a la vista que era todo un caballero. Sí, era un perro de Pomerania de pelaje anaranjado, cuanto más lo pienso más me voy convenciendo. Y, sin embargo, ¿deberé creer que este caballero había venido de lejos, sin sombrero, calzando alpargatas, con un cigarro en la boca, seguido por un perro de Pomerania? ¿O más bien tenía la apariencia de haber traspuesto las murallas, después de una buena comida, para pasearse y para pasear a su perro, entre pedos y ensueños, como tantos ciudadanos cuando hace buen tiempo? Pero el cigarro tal vez era en realidad una pipa corta, y las alpargatas, zapatos claveteados que el polvo blanqueaba, y en cuanto al perro, ¿por qué no podía ser uno de esos perros vagabundos que recogemos y tomamos en brazos, por compasión o porque llevamos mucho tiempo errando completamente solos, sin otra compañía que estos caminos interminables, estos arenales, estas marismas, guijarros, matorrales, esta naturaleza indicadora de otra justicia, o de vez en cuando un compañero de cautiverio que quisiéramos abordar, abrazar, ordeñar, amamantar, y con el que nos cruzamos, fría la mirada ante el temor de que se permita familiaridades?

Molloy - Samuel Beckett

Entonces uno trata de poner atención, considerar con atención todas estas cosas oscuras, decirse penosamente que ocurren por culpa nuestra. ¿Culpa? Es la palabra que suele emplearse. ¿Pero qué culpa? No es aún el momento de la despedida, y qué magia tienen esas cosas oscuras de las que habrá que despedirse cuando vuelvan a pasar. Porque hay que despedirse, no despedirse sería una tontería, cuando uno quiere hacerlo. Y si uno piensa en los contornos de la luz de antaño, lo hace sin melancolía. Pero ya no se piensa mucho, ¿con qué íbamos a pensar? No lo sé.

Molloy - Samuel Beckett

viernes, 16 de agosto de 2019

Entonces, alrededor y alrededor, y siempre mermando hacia la negra burbuja semejante a un brote, que había sobre el eje de ese círculo que lentamente giraba, yo di vueltas como otro Ixión. Hasta que, alcanzado su centro vital, la negra burbuja reventó hacia arriba; y en ese momento, liberado por razón de su ingenioso resorte, y ascendiendo con gran fuerza a causa de su gran flotabilidad, el ataúd salvavidas surgió verticalmente del mar, se tumbó y quedó flotando a mi lado. A flote en ese ataúd durante casi un día y una noche, me mantuve sobre un mar suave y mortuorio. Inofensivos tiburones se deslizaban junto a mí como si tuvieran candados en sus bocas. Salvajes halcones marinos planeaban con picos enfundados. Al segundo día una vela se aproximó cerca, más cerca, y al final me recogió. Era el Raquel en su errante rumbo, que, desandando en la búsqueda tras sus hijos perdidos, sólo encontró otro huérfano.

Moby Dick - Herman Melville

Mientras Daggoo y Tashtego estaban encajando las tablas dañadas y la ballena, al nadar alejándose de ellos, se giraba, y al pasar rápidamente de nuevo junto a ellos presentaba un flanco entero, en ese momento se escuchó un vivaz grito. Atado una y otra vez alrededor del lomo del pez; amarrado en las vueltas y más vueltas con las que, durante la pasada noche, la ballena había devanado las marañas de los cabos que había a su alrededor, se vio el cuerpo medio destrozado del parsi: su capa de garduña hecha jirones; sus abultados ojos vueltos directamente hacia el viejo Ajab.
El arpón se le cayó de la mano.
—¡Burlado, burlado! —con una larga y enjuta inhalación—. ¡Sí, parsi! Os vuelvo a ver… Sí, y vos partís antes; y éste, éste, es entonces el coche fúnebre que prometisteis. Mas os emplazo hasta la última letra de vuestra palabra. ¿Dónde está el segundo coche fúnebre? ¡Fuera, oficiales, al barco! Esas lanchas son inútiles ya; reparadlas si podéis a tiempo, y volved a mí; si no, Ajab se basta para morir… ¡Abajo, marineros! Lo primero que intente saltar de esta lancha en la que estoy, a eso lo arponeo. No sois otros hombres, sino mis brazos y mis piernas; y así me obedecéis… ¿Dónde está la ballena? ¿Ha vuelto a sumergirse?

Moby Dick - Herman Melville

A su debido tiempo se arriaron las lanchas; mas al situarse en la popa de su chalupa, Ajab, demorándose un instante a punto de descender, le hizo señas al primer oficial —que sostenía uno de los cabos del aparejo en cubierta— y le pidió que hiciera una pausa.
—¡Starbuck!
—¿Señor?
—Por tercera vez el barco de mi espíritu inicia este viaje, Starbuck.
—Sí, señor, así deseáis que sea.
—Algunos barcos se hacen a la mar desde sus puertos, ¡y desaparecen por siempre jamás, Starbuck!
—Cierto, señor: la más triste de las certezas.
—Algunos hombres mueren al bajar la marea; algunos en bajamar; algunos en lo más vivo de la marea… y yo me siento ahora como una ola que es toda ella una cresta, Starbuck. Soy viejo… estrechad mi mano, compañero.
Sus manos se encontraron; sus ojos pegados; las lágrimas de Starbuck el adhesivo.
—¡Oh, mi capitán, mi capitán!… noble corazón… no vayáis… ¡no vayáis!… Atended, es hombre valiente el que gime; ¡qué grande entonces, la agonía de la persuasión!
—¡Arriad! —gritó Ajab, apartando de sí el brazo del oficial—. ¡Alerta, tripulación!
En un instante la lancha estaba virando bajo la popa.
—¡Los tiburones! ¡Los tiburones! —gritó allí una voz desde la ventana baja de la cabina—; ¡oh, amo, mi amo, regresad!
Pero Ajab no escuchó nada; pues en ese momento su propia voz se elevaba; y la lancha avanzaba brincando.

Moby Dick - Herman Melville

—Permitidme antes llevaros a la amurada, señor.
—¡Oh, oh, oh! ¡Cómo me cornea esta astilla ahora! ¡Maldita fatalidad!, ¡que el capitán, inconquistable en el alma, tenga que tener un oficial tan pusilánime!
—¿Señor?
—Mi cuerpo, señor, no vos. Dadme algo que haga de bastón; allí, esa lanza astillada servirá. Reunid a los marineros. Seguramente no le he visto aún. ¡Por los Cielos, no puede ser!… ¿Falta?… ¡Rápido!, llamadlos a todos.
La sospecha del viejo era cierta. Al reunir a la compañía, el parsi no estaba allí.
—¡El parsi!… —gritó Stubb—, debe de haberse quedado atrapado en…
—¡Que el vómito negro os retuerza!… Corred todos arriba, abajo, a la cabina, al castillo… Encontradle… ¡No se ha perdido… no se ha perdido!
Pero rápidamente regresaron a él con el parte de que no se encontraba al parsi en ningún lugar.
—Sí, señor… —dijo Stubb—, atrapado entre la maraña de vuestra estacha… me pareció verle hundirse, arrastrado.
—¡Mi estacha!, ¿mi estacha? ¿Perdido?… ¿perdido? ¿Qué significa esa pequeña palabra?… ¿Qué toque a muertos resuena en ella, que el viejo Ajab tiembla como si fuera el campanil? ¡El arpón también!… Volcad allí los restos… ¿Lo veis?… El hierro forjado, marineros, el de la ballena blanca… No, no, no… ¡Necio infecto! ¡Esta mano lo lanzó!… ¡Está en el pez!… ¡Atentos, arriba! No lo perdáis… ¡Rápido!… Toda la tripulación a aparejar las lanchas… recoged los remos… ¡Arponeros!, ¡los hierros, los hierros!… Izad más los sobrejuanetes… ¡Cazad todas las escotas!… ¡Timonel!, ¡firme, firme, por tu vida! Rodearé diez veces el inmensurado globo, sí, y me zambulliré derecho a su través, ¡pero aún lo mataré!
—¡Dios omnipotente, mostraos aunque sólo sea un instante! —gritó Starbuck—; nunca, nunca lo capturaréis, viejo… En nombre de Jesús, no más de esto, es peor que la locura del Diablo. Dos días acosado; dos veces hecho astillas; vuestra propia pierna arrebatada de una dentellada de debajo de vos; vuestra maligna sombra perdida… todos los bondadosos ángeles abrumándoos con advertencias: ¿qué más deseáis?… ¿Hemos de seguir persiguiendo este pez asesino hasta que abisme al último hombre? ¿Hemos de ser arrastrados por él al fondo del mar? ¿Hemos de ser por él remolcados al mundo infernal? Ah, ah… ¡Seguir cazándole es impiedad y blasfemia!
—Starbuck, últimamente me he sentido extrañamente impelido a vos; desde esa hora en que los dos vimos… vos sabéis qué, el uno en los ojos del otro. Mas en este asunto de la ballena, sea para mí el exterior de vuestro rostro como la palma de esta mano… un vacío sin rasgos desprovisto de labios. Ajab siempre es Ajab, señor. Este entero acto está inmutablemente decretado. Fue ensayado por vos y por mí mil millones de años antes de que este océano ondeara. ¡Necio! Yo soy el lugarteniente de las Parcas; actúo bajo órdenes. ¡Aplicaos, vos, inferior, a obedecer las mías!… Rodeadme, marineros. Veis un viejo cercenado al muñón; recostado en una lanza astillada; sostenido en un solitario pie. Es Ajab… su cuerpo es un fragmento; pero el alma de Ajab es un ciempiés que se mueve sobre cien patas. Me siento tenso, medio deshilachado, como los cabos que remolcan fragatas desarboladas en una galerna; y puede que eso sea lo que aparente. Pero antes de romperme me escucharéis chascar; y hasta que escuchéis eso, sabed que la guindaleza de Ajab aún remolca su propósito. ¿Creéis, marineros, en los llamados presagios? ¡Entonces reíd en voz alta, y pedid otro más! Pues antes de ahogarse, lo que se ahoga ha de subir dos veces hasta la superficie; y entonces volver a subir, para hundirse por siempre jamás. Así es con Moby Dick… dos días ha salido a flote… mañana será el tercero. Sí, marineros, volverá a subir una vez más… ¡pero sólo para su chorrear final! ¿Os sentís valientes, marineros, valientes?
—¡Como el intrépido fuego! —gritó Stubb.

Moby Dick - Herman Melville

Pero cuando se le subió a cubierta, todos los ojos quedaron fijos en él; ya que, en lugar de ponerse en pie por sí mismo, aún se medio colgaba del hombro de Starbuck, que hasta el momento había sido el primero en asistirle. Su pierna de marfil le había sido arrancada de un mordisco, dejando únicamente una corta y afilada esquirla.
—Sí, sí, Starbuck, es dulce recostarse a veces, sea quien fuere el que se recueste; y ojalá el viejo Ajab se hubiera recostado más a menudo de lo que lo ha hecho.
—El zuncho no ha resistido, señor —dijo el carpintero, acercándose ahora—. Me empleé a fondo en esa pierna.
—Aunque ningún hueso roto, espero, señor —dijo Stubb con auténtica preocupación.
—¡Sí!, ¡y todo astillado en pedazos, Stubb!… ahí lo veis… Pero incluso con un hueso roto, el viejo Ajab está intacto; y no considero ningún hueso vivo mío ni una pizca más yo mismo, que este muerto que se ha perdido. Ni ballena blanca, ni hombre, ni demonio puede ni siquiera rozar al viejo Ajab en su propio inaccesible ser. ¿Puede algún plomo tocar aquel suelo, algún mástil rascar aquel techo?… ¡Eh, arriba!, ¿qué dirección?

Moby Dick - Herman Melville

Mientras las dos tripulaciones estaban todavía dando vueltas en el agua, tratando de alcanzar las tinas de estacha, los remos, y otros restos a flote que giraban; mientras, escorado, el pequeño Flask se hundía y emergía como un frasco vacío, soltando las piernas hacia arriba para escapar de las temibles mandíbulas de los tiburones; y Stubb gritaba ávidamente que alguien le pescara; y mientras la estacha del viejo —ahora rota— servía para que la arrojaran a la cremosa poza para rescatar a quien fuera; en esa salvaje simultaneidad de miles de riesgos concretos, la lancha todavía intacta de Ajab pareció ser izada hacia el cielo por cables invisibles… cuando, similar a una flecha emergiendo perpendicularmente del mar, la ballena blanca golpeó su anchurosa frente contra el fondo, y la lanzó girando una y otra vez al aire; hasta que volvió a caer —con la borda hacia abajo— y Ajab y sus hombres salieron como pudieron de debajo de ella igual que focas de una cueva litoral.
El primer impulso ascendente de la ballena —modificando su dirección al golpear la superficie— la lanzó, a su vez, a ella involuntariamente a una pequeña distancia del centro de la destrucción que había causado; y de espaldas a ésta, descansó ahora unos momentos tanteando lentamente de lado a lado con las palmas de su cola; y siempre que un remo suelto, un pedazo de tabla, la más pequeña astilla o grumo de las lanchas tocaba su piel, su cola se retiraba rápidamente, y volvía de lado, golpeando el mar. Aunque pronto, aparentemente satisfecha de que su trabajo por el momento estuviera concluido, impulsó su arrugada frente a través del océano y, arrastrando tras ella las estachas enredadas, continuó su trayecto a sotavento con el metódico paso del viajero.

Moby Dick - Herman Melville

jueves, 15 de agosto de 2019

—El cardo que rechazó el asno; le pinchaba demasiado en la boca, señor. ¡Ja, ja!
—¿Qué cosa desalmada es esta que ríe ante un pecio? ¡Marinero, marinero! Si no os supiera valiente como el impertérrito fuego (e igual de mecánico), podría jurar que erais un pusilánime. Lamento, no risa, debería escuchar ante un pecio.
—Sí, señor –dijo Starbuck, acercándose–, es una visión solemne; un presagio, y malo.
—¿Presagio?, ¿presagio?… ¡El diccionario! Si los dioses tienen intención de hablar sin reservas al hombre, honorablemente le hablarán sin reservas; no menearán la cabeza y pronunciarán una oscura insinuación de vieja… ¡Marchaos! Vosotros dos sois los polos opuestos de una sola cosa: Starbuck es Stubb al revés, y Stubb es Starbuck; y vosotros dos sois toda la humanidad; y Ajab está solo entre los millones de toda la poblada Tierra, ¡ni dioses ni hombres, sus vecinos! Frío, frío… ¡Tirito!… ¿Cómo va? ¡Eh, arriba! ¿Le veis? Cantad en cada chorrear, ¡aunque suelte chorros diez veces por segundo!

Moby Dick - Herman Melville

viernes, 9 de agosto de 2019

—¡Starbuck!
—Señor.
—¡Ah, Starbuck! Hay un viento suave, suave, y un cielo de suave aspecto. En un día así… una dulzura muy parecida a ésta… arponeé mi primera ballena… ¡Un joven arponero de dieciocho años! ¡Hace cuarenta… cuarenta… cuarenta años! ¡Eso hace ya! ¡Cuarenta años de continuada pesca de la ballena! ¡Cuarenta años de privaciones, y de peligros, y de tormentas! ¡Cuarenta años en el despiadado mar! ¡Durante cuarenta años Ajab ha renunciado a la pacífica tierra, durante cuarenta años, para combatir los horrores del piélago! Sí, así es, Starbuck, de esos cuarenta años no he pasado tres en tierra firme. Cuando pienso en esta vida que he llevado; la desolación de soledad que ha sido; la mampuesta amurallada ciudadela de la exclusividad de un capitán, que apenas admite una leve intrusión de algo de la armonía del verde campo exterior… ¡Oh, cansancio! ¡Gravedad! ¡Esclavitud de guineana costa del mando solitario!… Cuando pienso en todo ello, apenas vislumbrado, nunca antes por mí advertido con tanta agudeza… y cómo durante cuarenta años me he alimentado de secas provisiones saladas… ¡adecuado emblema del seco alimento de mi alma!… mientras el hombre más pobre de tierra firme ha dispuesto de fruta fresca a diario en su mano, y ha partido el pan tierno del mundo en vez de mis terrosas cortezas… Lejos, océanos enteros alejado de esa pobre esposa adolescente con la que me casé a mis más de cincuenta años, partiendo al día siguiente hacia el cabo de Hornos, y dejando apenas una huella en mi almohada conyugal… ¿Esposa?, ¿esposa?… ¡más bien una viuda con su marido vivo! Sí, Starbuck, hice enviudar a esa pobre muchacha cuando me casé con ella; y luego, la demencia, el frenesí, la sangre hirviente y la frente humeante, con las que durante mil arriadas el viejo Ajab, con furia, efervescentemente, ha cazado su presa… ¡Más demonio que hombre!… ¡Sí, sí! ¡Qué necio… necio… viejo necio, ha sido Ajab durante cuarenta años! ¿Por qué esta pelea de la caza?, ¿por qué, cansado, medio paralizado, el brazo en el remo, y el hierro, y la lanza?, ¿cuánto más rico o mejor es Ajab ahora? Observad. ¡Ah, Starbuck!, ¿no es duro que, con esta agotadora carga que soporto, se me haya arrancado una pierna de debajo de mí? Aquí, apartad ese viejo pelo; me ciega y parece que gimo. ¡Rizos tan grises nunca crecieron sino de las cenizas! Pero ¿tan viejo parezco, tan, tan viejo, Starbuck? Me siento mortalmente desmayar, encorvado y jorobado, como si fuera Adán, tambaleándome bajo los siglos apilados desde los tiempos del Paraíso. ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!… ¡Quebradme el corazón!… ¡Atravesadme el cerebro!… ¡Burla!, ¡burla!, amarga, mordiente burla de cabellos grises, he vivido suficientes alegrías para soportarte; ¿y tan intolerablemente viejo parezco y me siento? ¡Acercaos!, aproximaos a mí, Starbuck; dejadme mirar en un ojo humano; es mejor que mirar al mar o al cielo; mejor que mirar a Dios. ¡Por la verde tierra, por la brillante piedra del hogar!, éste es el espejo mágico, compañero: veo a mi mujer y a mi hijo en vuestro ojo. No, no; ¡quedaos a bordo, a bordo!… No arriéis cuando yo lo haga; cuando el estigmatizado Ajab persiga a Moby Dick. Ese riesgo no ha de ser para vos. ¡No, no!, ¡no con el lejano hogar que veo en ese ojo!
—¡Oh, mi capitán!, ¡mi capitán!, ¡alma noble!, ¡grandioso viejo corazón, a pesar de todo!, ¿por qué habría de perseguir nadie a ese odiado pez? ¡Lejos, conmigo!, ¡salgamos de estas mortíferas aguas!, ¡volvamos a casa! También son de Starbuck la esposa y el hijo… esposa e hijo de su juventud de hermanos, hermanas y compañeros de juegos; ¡lo mismo que los vuestros, señor, son esposa e hijo de vuestra cariñosa, añorada y paternal vejez! ¡Lejos! ¡Alejémonos!… ¡Permitidme alterar el curso en este instante! ¡Qué alegre, qué jocosamente, oh, mi capitán, vagaremos en nuestro rumbo para ver otra vez el viejo Nantucket! En Nantucket, señor, me parece que tienen algunos días así de azules y suaves, iguales a éste.

Moby Dick - Herman Melville