lunes, 30 de septiembre de 2019

De muy pequeño la literatura fue para mí lo que luego he sabido que se ha llamado la novela familiar de los neuróticos, la epopeya del niño expósito o del bastardo, una configuración ideal del mundo, un alejamiento de la realidad. Luego, a medida que la literatura se realizó en mi vida y yo me realicé en ella, creí que era, por el contrario, mi instrumento de posesión del mundo, la espada de mis conquistas. Ahora, con mi media vida consumada en la literatura, ésta vuelve a ser para mí lo que fue en la infancia y lo que realmente ha sido siempre: mi manera de no estar en el mundo, mi repugnancia hacia la sociedad de los adultos, hacia sus trámites, sus compraventas y sus transferencias. Ahora compruebo complacidamente que no he vivido. El sueño del niño expósito, la novela familiar se ha realizado en mí, se ha hecho verdad. Gracias a la literatura he podido mantenerme al margen de los mercados del hombre, e incluso cuando más de cerca parece que toco el mundo con mi prosa, estoy salvado y lejano en el mero arte de escribir, en el mundo cerrado que es la literatura.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

MÁS allá está el horror, de tan alto, «de tan alto, sin vaivén». Porque en la cima del horror, como en todas las cimas, hay quietud, y es preciso haber llegado a lo más alto del horror para conocer esa quietud mortal, ese sosiego neutro que he conocido yo, esa plenitud inversa donde ya nada se mueve, nada duda, nada canta, sino que el corazón es una piedra desnuda y el pensamiento es una cinta muda.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

Habría que hacer justicia, hijo, de una vez para siempre, no sólo por la justicia misma, no sólo por el hombre, nuestro hermano, sino por abolir la provisionalidad de la Historia, por darle un firme verdadero al mundo. Todo se ha fundado sobre un equívoco, sobre un engaño, sobre un malentendido, sobre una falsedad. De modo que nada se ha fundado verdaderamente. Nos sentimos provisionales porque pisamos víctimas. La Historia no ha empezado. El tiempo y la cultura sólo son un error. Dejaremos de ser provisionales cuando seamos justos.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

El ocio, la belleza, la cultura, borran el pasado. Los que se quieren insignes, nobiliarios, carecen realmente de tradición, de historia, como un objeto demasiado nuevo. En quienes está escrita la Historia es en los pobres. Todo puede leerse en ellos.
Batallas, trabajos, sufrimientos. La historia de las enfermedades y la historia de los monumentos. Todo está en el cuerpo de un obrero. Han movido el mundo. Han hilvanado en su pecho desnudo los fríos prehistóricos, las hambres medievales, la esclavitud romana, el esfuerzo gótico, la hoguera cursiva de las revoluciones y la geometría negra de las cárceles. Mira a un obrero.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

Se asombra la Historia de que la multitud que adora a un líder lo lapide tiempo más tarde. No hay ninguna incoherencia en esto. Es la misma cosa. La adoración es una forma de posesión, y la posesión sólo se consuma en la destrucción. O bien se destruye a un hombre, se le asesina en masa, y tiempo más tarde se glorifica su recuerdo.
Sólo podemos adorar aquello que hemos destruido. El cristiano tiene una clave de culpabilidad que es su mejor explicación. Se mata a un hombre, a un Dios, y ya se le puede venerar durante toda la Historia. El asesinato del padre, de los psicoanalistas, es siempre el comienzo de una religión. Toda veneración duradera necesita una levadura de culpa. Han venido a escucharme en multitud, y en multitud podrían lapidarme porque hay un apetito humano por lo humano que sólo se sacia con el delirio o con la sangre. Provocar el delirio de la multitud es defenderse de ella. Cuando cese el delirio, me matarán. El domador entra con una antorcha en la jaula de las fletas. Su vida durará lo que dure la antorcha. El fuego fascina a los leones. Luego necesitarán devorar esa fascinación, devorar al domador. La relación del hombre público con sus seguidores es de este orden. ¿Podría ser más clara, más sencilla, más pura?

Mortal y rosa - Francisco Umbral

EL niño en la prisión blanca de la clínica, en manos del dolor, manipulado, pinchado, dolorido, el niño entre los niños que sufren. Han entrado en la vida por el túnel amarillo de la enfermedad. El niño, mi niño, está ahí, sufriente, enfrentado a un miedo, a una magnitud superior, y lo llevan en alas blancas y sucias, lo traen en amas duras y sonoras. Me resisto a amar una creación donde los niños son torturados, escribió el francés, y lo recuerdo siempre, y lo repito, cuando el niño sufre. La creación, siniestra y mayúscula, doliendo en la carne de un niño. El encarnizamiento inútil de la vida contra la vida. Cogido en las fauces del dolor, mirado de cerca por la muerte, al niño se le rompen los ojos en cristales, se le ahuesan las manos, perdida su calidad de flores, y le viene la blancura inhumana del terror. El universo es una geometría inútil, una matemática obstinada y loca, que se cumple ciegamente, que se demuestra a sí misma vanamente, y en todo este juego de fuerzas ociosas hay siempre un niño que sufre, una víctima. El dolor de los niños, el dolor de las plantas, el dolor de las bestias. Qué tres dolores insufribles.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

El escritor, el amigo. La sangre del escritor es tiempo. La sangre del pintor es luz. El escritor, el pintor, los amigos. Vidas que arden ante mi vida, tiempo que se consume y corre. ¿Asisten ellos al espectáculo de mi tiempo, a la hoguera de mi vida? Damos una luz, al extinguirnos, que sólo ven los demás. Nosotros no la vemos. Vamos en llamas por la vida, y nadie nos avisa del incendio, por no asustarnos. Pero cómo nos ven arder. Como yo veo arder al escritor, al amigo. Vamos entre luces, entre noches, hacia no sé dónde, por la ciudad, hablando, soñando, dentro del coche, lentamente, contra el hielo, el miedo, la sombra, pasando huecos inmensos de tiempo, calles dormidas, multitudes.
Nieva otra vez.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

El pintor, el amigo, ante mis ojos, el espectáculo de un hombre ardiendo en los mil fuegos, cómo se consuma y se consume su vida, cómo el fuego que mata es el fuego que crea. Eso será el arte, quizá: este fuego mortal, domesticado por una mano que lo fija y lo realiza. La materia que lo devora es la materia con que él pinta. Luego, apaga las luces, vuelve a encender una para mirar el cuadro por última vez, cierra la puerta, baja la escalera, sale a la calle, y deja una estela de patios, luces, colores, dolores y palabras. Reina en un mundo de periódicos arrugados, toma cosas en las barras de los bares, mira a las mujeres, orina tristemente y se compra un pincel que no va a usar, o un pantalón de pana para seguir pintando. Una vida en combustión, un fuego alimentado de tabaco, medicinas, palabras, amores y siestas. El pintor está más rodeado de cosas que los otros hombres, más acosado por volúmenes y formas, todo le hace gestos en todo ve fuegos, y he procurado siempre vivir cerca de algún pintor, porque son los seres más encarnizados con la vida, los que están en el reino de las cosas. Hasta las ideas se les corporeízan y les habitan como molduras. El pintor ve más mundo que nosotros, conoce mejor la fisonomía de la vida, despierta colores y ademanes. Así quisiera uno escribir siempre, con la plasticidad directa del pintor, sin caer en el reino gris y condescendiente de las ideas. El pintor, ante mí, cree ciegamente en los contornos y azota el lienzo, lo castiga para que esté vivo, para que no se le muera, para que sangre sangre negra y heridas verdes.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

Cada letra tiene un eco de lenguajes pasados, de idiomas milenarios, que tú despiertas inocentemente, como cantando dentro de una catacumba. Eres el paleontólogo ingenuo de nuestro mundo de jeroglíficos. Somos tus antepasados remotos, esfinges egipcias, dioses griegos, estatuas etruscas, dialectos nubios. Me siento —ay— más del lado de la Antigüedad que del lado de tu vida reciente. Se me incorpora una cultura de siglos que contempla impávida, fósil, tu pajareo alegre por sobre las losas del pasado. Cada letra es una losa que pisas, cada palabra es una tumba. Estás jugando en el cementerio, como los niños de aquella película, porque las palabras son cadáveres, enterramientos, embalsamamientos de cosas. Tú, que eres todavía del reino fresco de las cosas, te internas ahora, sin saberlo, en el reino sombrío de las palabras, de los signos.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

Quizá la literatura sea eso. Desaparecer en la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído. Por eso no hay que hacer demasiado evidente el esfuerzo del pensamiento al escribir. Para no entorpecer la resurrección de la carne que glorifica al autor cuando es leído. Toda lectura tiene, por lo menos, este doble fondo. Hay una superficie de prosa, de ideas, y debajo, como una figura inmovilizada dentro del hielo, está el autor.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

domingo, 29 de septiembre de 2019

La anchura de un hombre, la libertad de un cuerpo, la hospitalidad de mi pecho, que se ha hecho hondo con la vida, pozo inverso en cuyo fondo canta un corazón que antes arreglaba relojes y ahora colecciona guijarros. Pecho todavía fuerte, todavía erguido, que espera la muerte como la esperan las maderas, ignorándola. Presiento su decadencia, la caída de sus hojas, el vuelo asustado de las aves que lo habitan, y tengo en los ojos un brillo de hachas venideras que lo van a talar en el bosque del porvenir. Se ha ensanchado el pecho, que en la adolescencia fue tenue y pasajero, y corren por su musgo las lagartijas de los días, y a veces una mano de mujer, o una boca, caen en él, como en un enlosado viejo y tibio, y me dejan una pesantez de flor en lo que tengo de tumba.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

¿Por qué no una novela? La novela es un compromiso burgués, monsieur. La novela es fruta de invierno, de habitaciones cerradas, escritores con pipa y horas laboriosas. El libro, mi libro, como el verano, debe tener las ventanas abiertas, las puertas abiertas, y debe hacer mucha vida en la calle. Tampoco la anotación puntual de los diarios, esa burocracia del sentimiento a que se someten algunos escritores, llenándose de pupitres interiores. No. Sucesivas iluminaciones concéntricas, rueda de instantes, un faenar con el presente, hasta agotarlo. Llegar, si es posible —cruzando túneles— hasta otro verano.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

Niño mío, hijo, fruta fugaz, manzana en el mar, siempre lo he dicho, milagro instantáneo, doblemente imposible, estoy aquí, en el desorden de tu ausencia, entre los colores, animales, objetos, hierros, ruedas y seres de tu mundo, tan muertos sin ti, juguetes de un sol solo que apenas los roza, y me mira tu ausencia desde todas las paredes, encarnas en fotografías cuando halago el tacto de la nada. No estás.
Si algún día no estuvieras del todo, niño, cómo sería eso, cómo sería el mundo, todo él cuarto de juegos abandonado, planeta infantil vacío, el universo reducido a la ausencia de un niño. Voy y vengo ahora, con mis tropelías de adulto, entre la quietud de toda tu actividad. Tropiezo cosas que dejaste caídas, deshago con los pies, involuntariamente, un resto de tu juego interrumpido, y la pizarra me mira con su negror, pero tomar una tiza y escribir en ella una letra o dibujar un lobo, sería convocarte, estremecer el mundo de ondulaciones, y no me atrevo a hacerlo.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

viernes, 27 de septiembre de 2019

Qué seguridad, qué paz, qué silencio varón emana de él, me viene cuando trabajo. Dejar que la invasión del cuerpo se consuma, que todo el cuerpo se haga sexo, para que todo el sexo, en seguida, se haga alma. Luchar contra él es hostigarlo, sitiarlo, enfurecerlo. Debe desbordar las laderas de la carne, es el Nilo que llevamos en el alma, y cuando ha bañado plácidamente el mundo nos deja serenos, seguros y luminosos. El sexo es una flor o un monstruo. Se puede optar, en la vida, por llevar oculto un monstruo o por llevar erguida una flor. Casi todo el mundo opta por el monstruo, lo esconde, lo hostiga, lo alimenta o lo mata.
Pero el sexo, que tiene vocación de flor, sufre mucho con su encarnadura de monstruo. Algo va a crecernos en el cuerpo. Un rosal o un reptil. Podemos nosotros decidir su naturaleza. Nos han enseñado a decidir que sea reptil. ¿Por qué no dejar que sea rosal?
La gente vive con su reptil, con su cloaca, y eso les sale a los ojos en la cara. Un rosal vergonzante en seguida se queda en sólo sus espinas. Luz a los rosales. Podrían pasear por la vida un lirio vivo, una orquídea alegre, y pasan de contrabando un nido de víboras. La culpa, el mal, esa herencia literaria y atemorizada que traemos de los siempres La vida es demasiado buena o demasiado mala. La vida hay que pagarla. No hemos aprendido la gratuidad de la vida. Cuando aprendamos que la vida es gratuita le perderemos el miedo sexo.
Pero se nace con conciencia de débito, con sentido de culpa, con heredada sensación de deuda. La vida es gratuita y eso es todo.
Gratuita en todos los sentidos.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

La mar o el mar. Volver. Hubiera querido ser una de esas pequeñas vidas, completas dentro de una cabaña, una barca, un regato. Mas no pertenezco a esto. La naturaleza, tan soñada de lejos, tan leída, sólo me da, aquí, la dimensión de mi soledad. Es del tamaño de lo que no soy. Puedo escribirlo todo, pero la literatura es la distancia definitiva que perpetuamos entre nosotros y las cosas. (La literatura ya no es para mí, como antaño —ay— una manera de posesión y fornicación con el mundo, sino la secularización de mi aislamiento.) Rías, cielos, vidas, lluvias, mares, montes, bosques donde nunca fui ni soy ni seré libre. Respiro hondamente y el mundo me traspasa.
Luego tristemente, se retira de mí.
Estoy oyendo crecer a mi hijo.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.
Nunca llevamos a un niño de la mano. Siempre nos lleva él a nosotros, nos trae. Aprender a dejarse llevar por el niño, confiarse a su mano, loto que emerge en los estanques de la infancia. El niño nos lleva hasta los reinos de lo pequeño, acude a nuestra propia infancia dormida, nos mete por el sendero más estrecho, transitado sólo por la hormiga, la sansanica, el clavo solitario y la piedra rodadora.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

El esqueleto es algún antepasado nuestro que llevamos dentro, y cuando vemos una radiografía de nuestro esqueleto pensamos en cómo se parece al abuelo, pues del abuelo sólo recordamos el día que le cambiaron de sepultura y hubo de trasladar sus restos, pura huesa. Llevamos dentro al antepasado, no sólo en el alma, como han visto ya los pensadores, sino también en el cuerpo, físicamente. Y el antepasado se aburre, y él es quien se avergüenza de nuestras fornicaciones, y no toma alcohol ni lee el periódico.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

Somos una obra de albañilería, una chapuza cósmica, y parece que diversos gremios han trabajado en nosotros. Estarnos alicatados y barnizados como una imagen antigua o un piso moderno. En cuanto me observo un poco —hay que partir del cuerpo, más que del alma, para reflexionar, aconsejaba Nietzsche—, caigo en la cuenta de que unos albañiles, fresadores, mecánicos, pintores, electricistas y carpinteros han trabajado en mí.
Todavía puedo seguir el rastro de esa tropa laboral y alegre que me hizo. Peritos electricistas de mono azul terminaron todos los empalmes de mi cerebro. Ebanistas de fina gubia modelaron mis pies. Leñadores expertos me hicieron las uñas y escayolistas delicados me compusieron el esqueleto. Somos una albañilería inspirada.
Una albañilería divina, diría el místico o el lírico. Pero eso ya es pasarse. No se trata de vestir a Dios de albañil, sino de comprender que los más viejos, nobles y humildes oficios tienen su modelo y origen en la naturaleza misma, y que el hombre, si no es la medida de todas las cosas, es al menos una maqueta bien intencionada del Universo.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

La mano ha escrito ondulantes alejandrinos, milagrosos pentagramas, pero su forma se la ha dado la violencia, la caza y el crimen. Es la mano de un primate haciendo pendolismo. La cultura no ha conformado la mano como la guerra. Nuestra mano es una herramienta y un arma. Tiene el molde de la violencia. Por eso, cuando redacta leyes, suelen salirle violentas, y cuando redacta poemas suelen salirle mentiras. Tenemos las manos sucias de sangre, las manos del hombre han matado mucho. La guerra y el crimen no son sino un volver a lavarse las manos en la sangre primera de las destrucciones prehistóricas, en la garganta caliente y roja del hermano o del carnero.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

Lo que nos aterra de la calavera es descubrir que es también una máscara, la máscara que se pone la nada, el disfraz con que nos mira nadie. Que no me conoces, que no me conoces. Y no hay a quién conocer. La calavera se ha utilizado mucho como máscara en el carnaval y en la pintura. Llevamos la verdad por fuera, la carne, y la máscara por dentro, como no queriendo dar la cara en el más allá. Todo cementerio es una reunión de enmascarados. El esqueleto tiene cara de ladrón, usa antifaz y por eso no nos inspira ninguna confianza. Los muertos no son de fiar, y los esqueletos son muy de temer.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

¿Cómo he llegado a tener esta cara? Veo un niño rubio y ceñudo, en la litografía amarillenta del pasado. Veo un colegial de rostro blanco y como plano, en aquella foto escolar —posguerra, frío, escuela pobre, niños tatuados por el salvajismo de la miseria, la bola del mundo, el patio desconchado—, veo un adolescente presuntuoso, de pelo alto y ojos tristes. Ahora, el pelo que huye, la mirada rota, la nariz que se va redondeando y alargando al mismo tiempo, en la prematura avaricia de la muerte, la boca amarga, el rostro pentagonal, la sombra de la barba, los pómulos, todavía altos. Es como si la vida hubiese querido tener primero un niño chino, y luego un adolescente pálido, y después, cambiando de idea, un hombre miope, amargo y duro, porque hay una mano de sombra que va remodelando mi cara, moldeando mi expresión, haciendo y borrando bocetos sucesivos del que fui, del que soy, del que seré.
Al final, como la muerte tiene mal gusto, se quedará con mi peor gesto, con el más estúpido, torcido y loco, y lo perpetuará para siempre, aunque esto es un decir, pues en cuanto te entierran la vida sigue su tarea por dentro de la muerte, y te pueblas de otras vidas menores, y evolucionas hacia la esbeltez del esqueleto o la peguntosidad del légamo, hasta quedar hecho un dandy de hueso o un sapo de tierra. No es cierto que nada se detenga con la muerte. Sólo que se cierra la carpeta de apuntes de la vida y tu rostro deja de ser tu rostro, porque no somos sino una sucesión de esbozos, y tras el último esbozo viene la máscara, la calavera.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

jueves, 26 de septiembre de 2019

Me arranco, pues, de la selva pantanosa de los sueños y me resumo como puedo, recojo porciones de realidad que yacen tristes por la habitación, me doblo por la mitad y mis riñones, cargados de pasado y de licores, gimen dulcemente. Ya estoy en pie.
La primera felicidad del día es haber escapado a los peligros pueriles del sueño, a los terrores convencionales de la pesadilla. Más vale la lucidez mediocre que el delirio.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

Hay una época de la existencia en que uno decide ser sólo sus sueños, y el surrealismo es una adolescencia en cuanto que quiere alimentarse de sueños. Hay una madurez, un clasicismo —a cualquier edad de la vida— en que optamos por nuestra razón, por nuestro rigor, por nuestra estatura. Qué más da. Tan pueril es vivir de sueños como vivir de silogismos. Claro que se vive de lo que se puede, y tarda uno en aprender a vivir de realidades, de cosas, de objetos, como viven los seres naturales. El hombre es un ser de lejanías, dijo el otro. Sí, el hombre es un ser de utopías, de distancias, de «proyectos líricos». El hombre tiene que aprender a ser criatura de cercanías, pastor de lo inmediato.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

«¡Oh sol, oh vientos!», exclamaba entonces, «¡sólo entre vosotros vive todavía mi corazón como entre hermanos!».
Así me entregaba cada vez más a la cordial naturaleza, incluso de una forma excesiva. ¡Pero me hubiera gustado tanto transformarme en niño para estar más cerca de ella, me hubiera gustado tanto saber menos y convertirme en un puro rayo de luz para estar más cerca de ella! ¡Oh, sentirme un instante inmerso en su paz, en su belleza, valía para mí más que años enteros de pensamientos, más que todos los experimentos del hombre, que quiere experimentarlo todo! Todo lo que he aprendido, lo que he hecho en mi vida, se derretía como el hielo, y todos los proyectos de la juventud se extinguían en mí; y vosotros, lejanos seres queridos, muertos y vivos, ¡qué íntimamente unidos estábamos!

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

miércoles, 25 de septiembre de 2019

«Que cada cual se dedique a sus ocupaciones», me dirás, y yo también lo digo. Sólo que debe dedicarse con toda el alma, no debe ahogar en sí cualquier otra fuerza que no concuerde exactamente con su ocupación, no tiene que ser sólo, con ese miedo miserable, literal e hipócritamente lo que su título indica, tiene que ser con seriedad y con amor lo que es, y entonces, en su quehacer vivirá un espíritu, y si se siente oprimido en una especialidad donde no es posible en absoluto la vida del espíritu, ¡que la rechace con desprecio, y vale más que aprenda a trabajar la tierra! Pero tus compatriotas prefieren atenerse a lo estrictamente necesario y por eso también hay entre ellos tanta chapuza y tan poco trabajo libre y auténticamente exaltante. Y aun así, podría sacarse de ello algún partido si tales seres no fueran insensibles hasta tal punto a cuanto de hermoso hay en la vida, si no pesara en todas partes sobre este pueblo el anatema de una empecatada desnaturalización…

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Amigo, estoy tranquilo, pues no quiero tener nada mejor que lo que tienen los dioses. ¿No debe sufrir todo lo que existe, y más profundamente cuanto más excelso es? ¿No sufre la sagrada naturaleza? ¡Oh, mi divinidad, que tú puedas estar tan triste como feliz es algo que durante mucho tiempo no pude comprender! Pero el bienestar sin sufrimiento es sueño, y sin muerte no hay vida. ¿Querrías ser eternamente como un niño y dormitar como la nada? ¿Renunciar al triunfo? ¿No recorrer la escala de los perfeccionamientos? ¡Sí, sí, el dolor es digno de habitar en el corazón humano y de emparentarse contigo, oh naturaleza! Porque sólo él conduce de un placer a otro, y no hay más compañero que él…

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

«¡Una cosa más!», dijo cuando llegamos junto a su barco. «¡Saluda a tu Diotima! ¡Amaos! ¡Sed felices, almas hermosas!».
«¡Oh Alabanda!», grité, «¿por qué no puedo ir yo en tu lugar?».
«Tu tarea es más bella», respondió, «¡cúmplela! Tú perteneces a aquel ser lleno de grada; ella es desde ahora tu mundo… Y como no hay felicidad sin sacrificio, ¡oh destino, tómame a mí de víctima y deja a los amantes su alegría…!».
La emoción de su corazón empezó a sobrepasarle; se apartó bruscamente de mí y saltó al barco para abreviar nuestra despedida. Yo sentí en aquel momento como un rayo al que siguieran la noche y un silencio de muerte, pero en medio de aquel anonadamiento, mi alma sacó fuerzas de flaqueza para retener al amigo que partía, y mis brazos se tendieron hacia él por sí solos. «¡Piedad! ¡Alabanda, Alabanda!», grité, pero desde el barco me llegó sólo un sordo adiós.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

«¿Y qué sería», continuó, «qué sería este mundo si no fuera un acorde de seres libres? Si los vivientes no actuaran en él conjuntamente desde un principio empujados por un impulso propio y alegre, en el sentido de una sola vida a muchas voces, ¡qué leñoso sería, que frío, qué chapuza sin corazón!».
«Y así será verdad en su más alto sentido», respondí, «que, sin libertad, todo está muerto».
«¡Claro que sí!», exclamó; «si ni una sola brizna de hierba crece si no hay en ella un germen de vida propio, ¡cuánto más en mí! Y por eso, amigo mío, porque me siento libre en el más alto sentido, porque me siento sin comienzo, por eso creo que no tengo fin, que soy indestructible. Si me ha hecho la mano de un alfarero, que rompa su vasija cuando guste. Pero lo que vive en ella debe ser increado, debe ser en su germen de naturaleza divina, elevado sobre todo poder y todo arte, y por tanto, invulnerable, eterno.
»Cada cual tiene sus misterios, querido Hiperión, sus pensamientos secretos; éstos fueron los míos desde que empecé a pensar.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

«¿Qué más pueden quitarme que la vida?», me respondió. Luego me cogió la mano con dulzura y me dijo: «Hiperión, mi tiempo se acaba, y ahora sólo me queda elegir un final noble. ¡Déjame! ¡No me hagas de menos, y ten fe en mi palabra! Sé tan bien como tú que aún podría fingir una existencia, que podría, ahora que ha terminado el banquete de la vida, jugar todavía con las migajas, pero yo no puedo hacer eso; y tú tampoco. ¿Necesito decirte algo más? ¿No te hablo desde el fondo de tu alma? ¡Tengo sed de aire, de frescor, Hiperión! Mi alma desborda en mí y ya no cabe en sus antiguos límites. Pronto llegarán los hermosos días de invierno en que la tierra oscura no es más que el espejo azogado del cielo reluciente; sería una buena época, ¡en ella resplandecen con extraordinaria hospitalidad esas islas de luz!… ¿Te asombran mis palabras? ¡Querido!, los que se separan hablan todos como borrachos, y les gusta ser solemnes. Cuando el árbol empieza a marchitarse, ¿no tienen todas sus hojas el color del alba?».

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

¡Alma piadosa!, me gustaría decirte: «piensa en mí cuando pases ante mi tumba», pero me han de echar a las olas del mar y no me parece mal que mis restos desciendan al lugar donde se juntan las fuentes y los ríos que amaba, al lugar de donde se elevan las nubes tormentosas en las que abrevan los montes y los valles que amaba.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Es una felicidad para mí que mi vida transcurra dedicada por completo al trabajo; si no, iría de una locura a otra, tan colmada está mi alma, tan exaltada por este hombre maravilloso, admirable, que no ama a nadie más que a mí y que derrama sobre mí toda la humildad que hay en él. ¡Oh Diotima! Este hombre ha llorado ante mí, me ha suplicado, como un niño, que olvide lo que me hizo en Esmirna.
¿Pero quién soy yo, amados míos, para llamaros míos, para poder decir que sois mi propio bien, para estar como un conquistador entre vosotros, y abrazaros como a mi presa?

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

¿Por qué te cuento todo esto y remuevo mi pena, y reavivo en mí la inquieta juventud? ¿No es suficiente haber caminado una vez por el espacio de la muerte? ¿Por qué no permanezco callado en la paz de mi espíritu?
Por esto, Belarmino: porque cada alentar de la vida sigue siendo valioso para nuestro corazón, porque todas las metamorfosis de la naturaleza pura pertenecen también a su belleza. Nuestra alma, si rechaza las experiencias mortales y sólo vive en la calma sagrada, ¿no es como un árbol sin hojas, como una cabeza sin rizos? ¡Querido Belarmino!, he pasado una temporada en calma; he vivido como un niño en las tranquilas colinas de Salamina, he olvidado el destino y las aspiraciones humanas.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Puse una rodilla en tierra; sonrojada, con los ojos muy abiertos, sonriendo de felicidad, se arrodilló ella también a mi lado.
«Desde hace mucho tiempo», exclamé, «nuestra vida ¡oh Naturaleza!, se confunde con la tuya, y nuestro propio mundo, por el amor, es juvenilmente celeste, como tú y todos tus dioses».
«Paseábamos por tus bosques», continuó Diotima, «y éramos como tú; nos sentábamos junto a tus fuentes y éramos como tú; subíamos a lo alto de los montes con tus hijas las estrellas, como tú».
«Cuando estábamos separados», seguí yo, «cuando nuestras inminentes delicias vibraban en nosotros como la resonancia de una lira, cuando nos encontrábamos, cuando desaparecía todo sueño y todos los tonos despertaban en nosotros a los plenos acordes de la vida, ¡divina Naturaleza!, entonces éramos siempre como tú, y también ahora, cuando nos separamos y muere la alegría, estamos, como tú, llenos de pena, y, sin embargo, también de bondad, y por ello es preciso que una boca pura nos atestigüe que nuestro amor es sagrado y eterno, como tú».
«Yo lo atestiguo», dijo su madre.
«Lo atestiguamos», gritaron los demás.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Créeme, no habrías reconocido nunca de una forma tan pura el equilibrio de la hermosa humanidad si tú mismo no lo hubieras perdido de tal forma. Tu corazón ha encontrado por fin la paz. Así quiero creerlo. Y lo comprendo. Pero ¿piensas realmente que has llegado a la meta? ¿Quieres encerrarte en el cielo de tu amor y dejar secarse y enfriarse a tus pies al mundo, que te necesita? ¡Tienes que descender como el rayo de luz, como la lluvia refrescante, tienes que bajar a la tierra mortal, tienes que iluminar como Apolo, sacudir y vivificar como Júpiter; si no, no eres digno de tu cielo! Te lo ruego, vuelve otra vez a Atenas y fíjate también en los hombres que caminan entre sus ruinas: en los rudos albaneses y en los otros griegos, buenos e infantiles, que con una danza alegre y un cuento sagrado se consuelan de la ultrajante tiranía que pesa sobre ellos… ¿Puedes decir que te avergüenzas de ese tema? Yo opino, sin embargo, que sería formativo. ¿Puedes apartar tu corazón de los necesitados? ¡No son malos, no te han hecho ningún mal!».

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

»En el norte hay que estar en posesión de la razón aun antes de que haya en uno un sentimiento maduro; se siente uno responsable de todo aun antes de que la inocencia haya llegado a su hermoso final; hay que ser razonable; hay que convertirse en un espíritu autoconsciente antes de ser hombre, en una persona inteligente antes de ser niño; no llega a florecer y madurar la unidad del hombre total, la belleza, antes de que él se forme y desarrolle. La pura inteligencia, la razón pura, son siempre las reinas del norte.
»Pero de la pura inteligencia no brotó nunca nada inteligible, ni nada razonable de la razón pura.
»Sin belleza de espíritu, la inteligencia es como un siervo artesano que desbasta una valla de madera tosca de acuerdo con lo que se le ha indicado, y clava uno tras otro los postes para el jardín que su dueño quiere construir. El asunto todo de la inteligencia es cuestión de necesidad. Nos protege del sinsentido y de la injusticia asegurando el orden; pero estar seguro frente al sinsentido y frente a la injusticia no es el grado más alto de la perfección humana.
»Sin belleza del espíritu y del corazón, la razón es como un capataz que el amo de la casa ha enviado para vigilar a los criados; él sabe tan poco como los criados en qué acabará aquel trabajo inacabable, y sólo grita: “¡Eh, vosotros, a trabajar!”, pero casi ve con fastidio que el trabajo avance, pues cuando acabe ya no tendrá que dar más órdenes y su papel se habrá acabado.
»De la pura inteligencia no ha surgido ninguna filosofía, pues filosofía es más que sólo el limitado conocimiento de lo existente.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Como un soberbio déspota, la zona oriental del cielo obliga a sus habitantes, con su poder y su esplendor, a agacharse hasta tocar el suelo, y, aun antes de que el hombre haya aprendido a andar, tiene que arrodillarse; antes de haber aprendido a hablar, tiene que rezar; antes de que su corazón alcance un equilibrio, tiene que inclinarse; y antes de que su espíritu sea lo bastante fuerte para dar flores y frutos, el destino y la naturaleza, con su ardiente calor, eliminan de él toda fuerza.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

lunes, 23 de septiembre de 2019

«Ahora lo sabes todo», le dije tranquilo al finalizar, «a partir de ahora será más difícil que choques conmigo; a partir de ahora dirás» añadí sonriente: «no os burléis de este Vulcano si cojea un poco, pues ha sido arrojado por los dioses dos veces desde el cielo a la tierra».
«¡Calla!», dijo con voz ahogada, ocultando sus lágrimas en el pañuelo; «¡oh, calla y no hagas bromas a costa de tu destino ni de tu corazón porque los comprendo mejor que tú!
»¡Querido…, querido Hiperión! Es muy difícil ayudarte.
»¿Y sabes», prosiguió, elevando la voz, «sabes qué es lo que te consume, lo único que te falta, lo que buscas como Alfeo buscaba a su Aretusa, lo que te entristece en todas tus tristezas? Es algo que no ha desaparecido hace sólo algunos años; no se puede decir exactamente cuándo existió ni cuándo desapareció, ¡pero existió, existe, está en ti! Lo que buscas es un tiempo mejor, un mundo más hermoso. Era ese mundo únicamente lo que abrazabas cuando abrazabas a tus amigos; tú, junto con ellos, eras ese mundo.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

domingo, 22 de septiembre de 2019

Realmente, a menudo volvía de la arboleda de Diotima como alguien borracho por el triunfo, a menudo debía alejarme de ella a toda prisa para no traicionar ni uno sólo de mis pensamientos; hasta tal punto me enloquecía de alegría y de orgullo con la maravillosa creencia de que era amado por Diotima.
Entonces buscaba los montes más altos y sus vientos, y como un águila cuyo sangriento plumaje ya está curado, mi espíritu se remontaba hacia lo libre y se desplegaba, como si fuera suyo, sobre el mundo visible; ¡maravilloso! A menudo me parecía como si las cosas de la tierra se purificaran y se fundieran en mi fuego como el oro, y algo divino nacía de ellas y de mí, tanta era mi alegría; ¡y cómo aupaba a los niños y los apretaba contra mi agitado corazón, cómo saludaba a las plantas y a los árboles! Me hubiera gustado poseer un encantamiento para reunir en torno a mis manos generosas a los tímidos ciervos y a todas las aves salvajes del bosque, como un pueblecito familiar, ¡tan dulce era la locura de mi amor!

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Es en vano; no me lo puedo ocultar a mí mismo. Allí donde huya con mis pensamientos, en lo alto del cielo o en el abismo, al principio y al final de los tiempos, incluso cuando me echo en los brazos de aquel que era mi último refugio, del que otras veces eliminaba en mí cualquier preocupación, del que habitualmente consumía en mí toda la alegría y todo el dolor de la vida con la llama en que se manifestaba, del sublime y misterioso espíritu del mundo, incluso cuando me hundo en el océano sin fondo, también allí, también allí me alcanza el dulce horror, el dulce, turbador y mortal horror de que la tumba de Diotima está junto a mí.
¿Lo oyes, lo oyes? ¡La tumba de Diotima! Mi corazón se había serenado tanto y, sin embargo, mi amor estaba enterrado con la muerta a la que amaba.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

viernes, 20 de septiembre de 2019

Llamamos a la tierra una de las flores del cielo, y al cielo le llamábamos el jardín infinito de la vida. Igual que las rosas se alegran con el polvillo dorado, decíamos, así alegra la esplendorosa luz del sol la tierra con sus rayos; es un ser soberanamente vivo, decíamos, casi divino, cuando le brota del corazón furioso fuego o agua suave y clara; siempre feliz, igual cuando se alimenta de gotas de rocío como cuando lo hace de nubes de tormenta que reserva para su goce con la complicidad del cielo, la siempre fiel y amante mitad del dios solar, quizá inicialmente más íntimamente unida a él por un decreto del destino para que lo buscara, se acercara, se alejara y, entre alegrías y tristezas, madurara la suprema belleza.
Esto fue lo que hablamos. Te doy el contenido, el espíritu de la conversación. Pero esto, ¿qué es sin la vida?

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

jueves, 19 de septiembre de 2019

¡Oh vosotros, los que buscáis lo más elevado y lo mejor en la profundidad del saber, en el tumulto del comercio, en la oscuridad del pasado, en el laberinto del futuro, en las tumbas o más arriba dé las estrellas! ¿Sabéis su nombre?, ¿el nombre de lo que es uno y todo?
Su nombre es belleza.
¿Sabíais lo que queríais? Todavía no lo sé yo, pero lo intuyo, el nuevo reino de la nueva divinidad, y corro hacia él y cojo a los demás y los llevo conmigo como el río lleva a los otros ríos al océano.
¡Y eres tú, tú quien me ha indicado el camino! Contigo empecé. No merecen palabras los días en que aún no te conocía…
¡Oh Diotima, Diotima, ser celestial!
¡Olvidemos que existe el tiempo y no contemos los días de la vida!

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

¿No envejece el hombre, no se marchita, no es como una hoja caída que no vuelve a encontrar su árbol y que es arrastrada por los vientos hasta que la arena la entierra?
¡Y, sin embargo, su primavera vuelve!
¡No lloréis cuando lo más perfecto se marchita! ¡Pronto se rejuvenecerá! ¡No os entristezcáis cuando calla la melodía de vuestro corazón! ¡Pronto vuelve a encontrar una mano que la hace brotar de nuevo!

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Allí paso mis horas más queridas, allí me siento tardes enteras y miro hacia el Ática hasta que el corazón, finalmente, me late demasiado fuerte; entonces tomo mis pertrechos, bajo a la bahía y me dedico a pescar.
O también leo allá arriba algún texto sobre la antigua y magnífica batalla naval que desencadenó antaño en Salamina su tumulto, salvaje pero sabiamente mandado, y me alegro del espíritu que pudo dominar y domar, como un jinete a su caballo, el furioso caos de amigos y enemigos, y me avergüenzo interiormente de mi propia historia guerrera.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Si vuestro jardín está tan lleno de flores, ¿por qué no me alegra su perfume a mí también?… Si estáis tan llenos de divinidad, tenéis de sobra para darme a beber. En las fiestas, nadie carece de nada, ni siquiera el más pobre. Pero sólo hay alguien que celebre su fiesta entre vosotros, y es la muerte.
La necesidad, la angustia y la noche son vuestras dueñas. Ellas os separan u os obligan a juntaros, a palos. Al hambre le llamáis amor, y allí donde no veis nada, allí moran vuestros dioses. ¿Dioses? ¿Amor?
Sí, los poetas tienen razón, no hay nada, por pequeño e insignificante, con lo que no sea posible el entusiasmo.
Así pensaba yo entonces. Todavía no comprendo cómo nacieron en mí tales pensamientos.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

¡Ah, pobres de vosotros los que sentís todo esto, los que tampoco gustáis de hablar del destino humano, los que os sentís también cada vez más atrapados por la nada que reina sobre nosotros, fundamentalmente convencidos de que nacemos para nada, de que amamos una nada, creemos en nada, nos esforzamos por nada, para hundirnos poco a poco en la nada…!, ¿qué puedo hacer si os flaquean las rodillas cuando pensáis seriamente en ello? Porque yo también me he hundido muchas veces en estos pensamientos y he gritado: ¿por qué llevas el hacha a mis raíces, espíritu cruel?, y todavía estoy aquí.
Antiguamente, mis sombríos hermanos, era distinto. Sobre nosotros estaba la belleza, ante nosotros la belleza y la alegría; estos corazones desbordaban a la vista de los lejanos fantasmas de dicha, y audaces y regocijados, se elevaron también nuestros espíritus y traspasaron la barrera; y cuando miraron a su alrededor, ¡ay!, sólo había un vacío infinito.
¡Oh!, a veces caigo de rodillas y mis manos se retuercen e imploran no sé a quién que cambie mis pensamientos. Pero no puedo acallar los gritos de la verdad. ¿No me he convencido por mí mismo ya dos Veces? Cuando contemplo la vida, ¿qué es lo último de todo? Nada. Cuando me elevo en el espíritu, ¿qué es lo más elevado de todo? Nada.
¡Pero cálmate, corazón! ¡Estás desperdiciando tus últimas fuerzas! ¿Tus últimas fuerzas? ¿Y tú, tú quieres asaltar el cielo? Pues ¿dónde están tus cien brazos, Titán, dónde tu Pelión y tu Osa, tus escalas para asaltar el castillo del padre de los dioses, para que subas y derribes al dios mismo y la mesa de los dioses y todas las cumbres inmortales del Olimpo, y prediques a los mortales: «¡Quedaos abajo, hijos del instante, no os esforcéis por subir a estas alturas, porque aquí arriba no hay nada!».

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Lloramos a los muertos como si ellos sintieran la muerte, pero los muertos están en paz. El dolor que no tiene igual, el sentimiento ininterrumpido de la aniquilación total se produce cuando nuestra vida pierde su significado de esta forma, cuando el corazón se dice: tienes que morir y nada quedará de ti; no has plantado flor ninguna, ni construido ninguna cabaña que te permitan decir: dejo un rastro de mí en la tierra. ¡Ay!, ¡y el alma puede seguir siempre colmada de deseo, a pesar de toda esta desesperación!

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

»Las olas del corazón no estallarían en tan bellas espumas ni se convertirían en espíritu si no chocaran con el destino, esa vieja roca muda.
»Pero también ese impulso acaba muriendo en nuestro pecho y con él nuestros dioses y su cielo.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Así pensaba yo. ¿No te gusta quizás, Belarmino? Pues aún tendrás que oír otras cosas.
¡Esto, por ejemplo, amigo mío!: lo triste es que nuestro espíritu toma tan de buen grado la forma del corazón extraviado, conserva tan a gusto la tristeza fugaz, que el pensamiento mismo, que debía ser quien sanara los dolores, se pone él también enfermo, que el jardinero se rasga a menudo la mano en los rosales que debía plantar. Esto hace que muchos hombres, como Orfeo, hayan sido tenidos por locos por otros que, si no, hubieran sido gobernados por ellos. Esto ha hecho a menudo que las más nobles naturalezas sirvieran de escarnio a las gentes que andan por las calles; éste es el escollo para los favoritos del cielo, que su amor es potente y delicado, como su espíritu, que las olas de su corazón se agitan con más fuerza y más de prisa que el tridente con que el dios de los mares las gobierna, y por eso, ¡amigo mío!, nadie debe sentirse por encima de los demás.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

«Me parece que tú concedes demasiado poder al Estado. Éste no tiene derecho a exigir lo que no puede obtener por la fuerza. Y no se puede obtener por la fuerza lo que el amor y el espíritu dan. ¡Que no se le ocurra tocar eso o tomaremos sus leyes y las clavaremos en la picota! ¡Por el cielo!, no sabe cuánto peca el que quiere hacer del Estado una escuela de costumbres. Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno.
»El Estado no es más que la ruda corteza que envuelve el meollo de la vida. Es el muro que rodea el jardín de los frutos y flores humanos.
»Pero ¿de qué sirve el muro que rodea el jardín cuando el suelo está seco? En ese caso, la única ayuda es la lluvia del cielo.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

«Seguro, Alabanda», le dije, «seguro que las cosas acabarán cambiando».
«¿Y cómo?», respondió; «los héroes han perdido su fama y los sabios sus discípulos. Los grandes hechos, cuando no son asumidos por un pueblo noble, no son más que un golpe violento en una frente sorda, y las más altas palabras, cuando no resuenan en corazones igualmente elevados, son como una hoja muerta cuyo rumor se hunde en el barro. ¿Qué quieres hacer?».
«Quiero», dije, «empuñar la pala y arrojar la inmundicia a un foso. Un pueblo en el que el espíritu y la grandeza no engendran ya ni espíritu ni grandeza, no tiene ya nada en común con otros que todavía son hombres, no tiene ya ningún derecho y es una vacía bufonada, una superstición, pretender honrar todavía a tales cadáveres faltos de voluntad, como si hubiera en ellos un corazón romano. ¡Fuera con ellos! No puede quedarse donde está el árbol seco y podrido, porque roba luz y aire a la vida joven que madura para un mundo nuevo».
Alabanda voló hacia mí, me abrazó y Sus besos me llegaron hasta el alma. «¡Hermano de armas!», dijo, «¡mi querido hermano de armas! ¡Ojalá tuviera en este momento un centenar de brazos!».
«Por fin oigo por una vez mi misma melodía»

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Él, expulsado por el destino y la barbarie de los hombres de su propia casa, viviendo entre extranjeros, lleno de amargura y fiereza desde su temprana juventud y, sin embargo, en lo profundo de su corazón lleno de amor, lleno de deseo de atravesar su ruda corteza para acceder a un elemento más amigo; yo, tan alejado en mi interior ya de todo, tan extraño y solitario con toda mi alma entre los hombres, tan ridículamente acompañado en las más queridas melodías de mi corazón por el sonar de los cascabeles del mundo; yo, antipático para todos los ciegos y paralíticos y, sin embargo, demasiado ciego y paralítico para mí mismo, tan sobrecargado en mi mismo corazón de todo lo que, aunque fuera de lejos, me asemejara a los listos y a los razonadores, a los bárbaros y a los ingeniosos, y tan lleno de esperanza, tan lleno sólo de la espera de una vida más hermosa…
¿No debíamos, dos jóvenes así, caer el uno en brazos del otro con prisa alegre y tormentosa?
¡Oh tú, mi amigo y compañero de lucha, mi Alabanda! ¿Dónde estás? Casi llego a creer que has ascendido hasta el país desconocido de la calma, que has vuelto a ser lo que antes fuiste, cuando los dos éramos niños.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Finalmente, nos separamos con un desgarro. Mi corazón estaba cansado por la lucha. En el último momento, yo estaba más tranquilo. Me hinqué de rodillas ante él, le abracé por última vez con estos brazos; «¡dame tu bendición, padre mío!», le dije en voz baja. Sonrió noblemente y su frente se ensanchó ante las estrellas matutinas, y sus ojos perforaron los espacios celestes… «¡Protegédmelo», gritó, «vosotros, espíritus de un tiempo mejor, y elevadlo a vuestra inmortalidad, y todas vosotras, fuerzas bienhechoras del cielo y de la tierra, quedad con él!».
«Hay un dios en nosotros», añadió luego más tranquilo, «que dirige el destino como si fuera un arroyuelo, y todas las cosas son su elemento. ¡Que éste, ante todo, quede contigo!».
Así nos separamos. ¡Adiós, querido Belarmino!

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Sí, el niño es un ser divino hasta que no se disfraza con los colores de camaleón del adulto.
Es totalmente lo que es, y por ello es tan hermoso.
La coerción de la ley y del destino no le andan manoseando; en el niño sólo hay libertad.
En él hay paz; aún no se ha destrozado consigo mismo. Hay en él riqueza; no conoce su corazón la mezquindad de la vida. Es inmortal, pues nada sabe de la muerte.
Pero los hombres no pueden soportar esto. Lo divino tiene que volverse como uno de ellos, tiene que notar que ellos también están ahí, y antes de que la naturaleza lo expulse de su paraíso, los hombres lo arrancan de él y lo arrojan al campo de la maldición, para que se gaste trabajando con el sudor de su frente.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

¡Ojalá no hubiera ido nunca a vuestras escuelas! La ciencia, a la que perseguí a través de las sombras, de la que esperaba, con la insensatez de la juventud, la confirmación de mis alegrías más puras, es la que me ha estropeado todo.
En vuestras escuelas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea; ahora estoy aislado entre la hermosura del mundo, he sido así expulsado del jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía, y me agosto al sol del mediodía.
¡Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona, y cuando el entusiasmo desaparece, ahí se queda, como un hijo pródigo a quien el padre echó de casa, contemplando los miserables céntimos con que la compasión alivió su camino.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

¡Feliz naturaleza! No sé lo que me pasa cuando alzo los ojos ante tu belleza, pero en las lágrimas que lloro ante ti, la bienamada de las bienamadas, hay toda la alegría del cielo.
Todo mi ser calla y escucha cuando las dulces ondas del aire juegan en tomo de mi pecho. Perdido en el inmenso azul, levanto a menudo los ojos al Éter y los inclino hacia el sagrado mar, y es como si un espíritu familiar me abriera los brazos, como si se disolviera el dolor de la soledad en la vida de la divinidad.
Ser uno con todo, ésa es la vida de la divinidad, ése es el cielo del hombre.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

Pero ¿de qué me sirve a mí esto? El aullido del chacal, que hace resonar su funeral canto salvaje bajo los escombros de la antigüedad, viene a sacarme de mis sueños.
¡Dichoso el hombre al qué una patria floreciente alegra y fortifica el corazón! A mí, cuando alguien me recuerda la mía, es como si me tirasen a un charco, como si clavaran sobre mí la tapa del ataúd, y cuando alguien me llama griego, siento como si acabara de echarme al cuello el collar de un perro.
Y mira tú, Belarmino, cada vez que se me han escapado tales o semejantes palabras, cada vez que la rabia hizo llegar una lágrima a mis ojos, se me acercaron esos sabios que tanto gustan de figurar en Alemania, esos miserables para los que un alma que sufre es justamente lo que necesitan para aplicarle sus consejos, y muy amistosamente se dignaron echarme una mano y me dijeron: «¡No te lamentes, actúa!».
¡Ojalá no hubiera actuado nunca! ¡Algo más rico sería en tantas esperanzas!…
Sí, olvídate de que hay hombres, miserable corazón atormentado y mil veces acosado, y vuelve otra vez al lugar de dónde procedes, a los brazos de la inmutable, serena y hermosa naturaleza.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

martes, 17 de septiembre de 2019

Ellos se aman, se casan, para amarse mejor, más cómodamente, él se va a la guerra, muere en la guerra, ella llora, de emoción, de haberlo amado, de haberlo perdido, hop, vuelve a casarse, para seguir amando, más cómodamente todavía, ellos se aman, se ama cuantas veces son menester, cuanto es menester para ser dichoso, él vuelve, el otro vuelve, no había muerto en la guerra, en fin de cuentas, ella va a la estación, él muere en el tren, de emoción, de pensar que iba a volver a verla, ella llora, sigue llorando, todavía de emoción, de haberlo vuelto a perder, hop, se vuelve a casa, él ha muerto, el otro ha muerto, la suegra lo desata, él se ahorcó, de emoción, de pensar que iba a perderla, ella llora, llora más, de emoción, de haberlo amado, de haberlo perdido, he aquí una historia, fue para que supiera en qué consiste la emoción, eso se llama emoción, lo que puede la emoción, dadas las condiciones propicias, lo que puede el amor, así, pues, eso es la emoción, lo que está en los trenes, el sentido de la marcha, los jefes de tren, las estaciones, los andenes, la guerra, el amor, los gritos desgarradores, debe tratarse de la suegra, lanza gritos desgarradores, mientras descuelga a su hijo, o a su yerno, no sé, debe de ser su hijo, porque ella grita, y la puerta, la puerta de la casa está cerrada, al volver de la estación encuentra la puerta cerrada, quien la ha cerrado, él para colgarse mejor, o la suegra para descolgarlo mejor, o para impedir a su nuera que vuelva a casa, ésta sí que es una historia, debe de tratarse de la nuera, no es el yerno y la hija, es el hijo y la nuera, qué bien razono esta noche, era para enseñarme a razonar, era para inducirme a ir, allá en donde se puede acabar, debí ser un buen alumno, hasta cierto punto, no pude ir más allá de cierto punto, comprendo que me quisieran mal, esta noche empiezo a comprender, no es malo, no soy yo, no era yo, la puerta, es la puerta la que me interesa, es de madera, ¿quién cerró la puerta?, y, ¿por qué motivo?, no lo sabré nunca, he aquí una historia, creí que se habían acabado, que todas estaban olvidadas, quizá se trata de una historia nueva, reciente, ¿será el retorno al mundo de la fábula?, no, solamente una llamada, para que lamente lo que perdí, para que quisiera estar nuevamente allí de donde fui expulsado, desgraciadamente no me acuerdo de nada.

El innombrable - Samuel Beckett

lunes, 16 de septiembre de 2019

Prefiero eso, debo decir que prefiero eso, qué eso, oh, vosotros sabéis, ¿quién vosotros?, debe ser el auditorio, caramba, hay un auditorio, es un espectáculo, se paga la localidad y se espera, o quizás es gratuito, un espectáculo gratuito, se espera que eso empiece, ¿qué eso?, el espectáculo, se espera que el espectáculo empiece, el espectáculo gratuito, o quizá sea obligatorio, un espectáculo obligatorio, se espera que eso empiece, el espectáculo obligatorio, es largo, se oye una voz, tal vez sea un recitado, ése es el espectáculo, alguien que recita, fragmentos escogidos, ensayados, seguros, una matinal poética, o improvisa, apenas se le oye, eso es el espectáculo, no se puede marchar, se tiene miedo de marcharse, por otra parte acaso sea peor, uno se arregla como puede, se dan explicaciones, vinimos demasiado pronto, haría falta el latín, no ha empezado todavía, no ha hecho más que preludiar, que aclararse la garganta, sólo en su camerino, va a mostrarse, va a empezar, dónde está el director de escena, da sus instrucciones, sus últimas indicaciones, va a alzarse el telón, ése es el espectáculo, esperar el espectáculo, al rumor de un murmullo, se conversa, ¿se trata, en fin de cuentas, de una voz?, quizá sea el aire, subiendo, bajando, estirándose, arremolinándose, buscando una salida entre los obstáculos, ¿y dónde están los otros, los demás espectadores?, no se había advertido, en el atornillamiento de la espera, que se espera a solas, ése es el espectáculo, esperar solo, en el aire inquieto, a que eso empiece, a que algo empiece, a que haya otra cosa que uno mismo, a que uno se pueda ir, a ya no tener miedo, uno se habla, quizá se está ciego, sin duda se está sordo, el espectáculo terminó, todo ha concluido, pero, ¿dónde está, pues, la mano, la mano amiga, o simplemente piadosa, o que ha pagado por esto?, tarda en llegar, en tomar la vuestra, en conducirnos fuera, ése es el espectáculo, no cuesta nada, esperar solo, ciego, sordo, no se sabe dónde, no se sabe qué, que una mano llegue, a sacarnos de ahí, a conducirnos afuera, donde acaso sea peor.

El innombrable - Samuel Beckett

Esto no acabará nunca, es inútil hacerse ilusiones, sí, sí, ellos verán, después de mí se habrá acabado, desistirán, dirán: «Todo eso no existe, son cuentos que nos contaron, le contaron cuentos», que él, el amo, que no sabemos, el sempiterno tercero, él es el responsable de este estado de cosas, el amo no intervino en nada, ellos tampoco, yo menos que nadie, sufrimos la equivocación de echárnoslo en cara los unos a los otros, el amo a mí, a ellos, a sí mismos, ellos a mí, al amo, a ellos mismos, yo a ellos, al amo, a mí mismo, y todos somos inocentes, basta. Inocentes de qué, nadie lo sabe con exactitud, de querer saber, de querer poder, de todo ese ruido, en torno a nada, para nada, de esa prolongada ofensa al silencio en que cada cual se baña, ya no se busca saberlo, lo que ella cubre, esa inocencia en la que se cayó, ella lo cubre todo, todas las faltas, a las que se deben las preguntas, ella pone fin a las preguntas. Entonces eso se habrá acabado, gracias a mí, se habrá acabado, ellos se irán, uno a uno, o caerán, se dejarán caer, allí donde están, no volverán a moverse, gracias a mí, que no habré comprendido nada de cuanto creyeron debían decir, que no habré podido hacer nada de cuanto creyeron querer que yo hiciera, y el silencio volverá a descender sobre todos nosotros, se posará, como sobre el circo, después de la matanza, la arena convertida en polvo.

El innombrable - Samuel Beckett

Cuando todo se calle, cuando todo se detenga, será que se dijeron las palabras, las que importaba decir, no se necesitará saber cuáles, no se podrá saber cuáles, estarán allí en alguna parte, en el montón, en el oleaje, no forzosamente las últimas, es menester que sean avaladas por quien de derecho —esto lleva tiempo, dista mucho—, quien de derecho es el amo, se le lleva el atestado, todos los atestados, él conoce las frases que cuentan, las eligió él, entre tanto la voz prosigue, mientras se va hacia él, mientras él busca, mientras volvemos hacia nosotros, con el veredicto, las frases continúan, las malas, las falsas, hasta que llega la orden de detenerlo todo, o de proseguirlo todo, no es inútil, todo proseguirá a solas, hasta que llegue la orden de detenerlo todo.

El innombrable - Samuel Beckett

Pues quien debió escuchar escuchará siempre, lo mismo si lo ignora que si sabe que nunca más volverá a oír nada. Dicho de otro modo, a ellos les gusta decir de otro modo —esto es indudable y permite ganar tiempo—, el silencio, una vez roto, ya no se recompondrá nunca. ¿No hay, pues, esperanza? Desde luego que no, veamos, qué idea. Sí, acaso, una esperanza pequeña, pero que nunca servirá. Pero se olvida. O si es uno solo se irá completamente solo, hacia su amo, y su alargada sombra le seguirá a través del desierto —es el desierto, primera noticia—, y Worm verá el día en el desierto, el día del desierto, el día en que ellos lo atraparán, es el mismo que en todas partes ellos dicen que no, lo dicen más puro, más claro, habláis de un asunto, oh, no se trata forzosamente del Sahara, hay otros, lo que cuenta es el ozono, habrá necesidad de ozono, en los primeros tiempos, ah, sí, en los últimos también, es algo que esteriliza.

El innombrable - Samuel Beckett

Incluso podrían descansar de tanto en tanto sin que yo pare de gritar. Pues me habrían prevenido, antes de empezar. Hay que gritar, oyes, sino eso no prueba nada. Y al final, deshechos de fatiga, o no pudiendo más de vejez, y al cesar mis gritos por falta de alimento, podrían declararme muerto, con todas las apariencias de veracidad. Y yo no necesitaría moverme para merecer que digan, dándose golpecitos el uno al otro, como para hacer caer el polvo, con sus viejas manos secas y cansadas: «No se moverá más». Sería demasiado sencillo. Hace falta el cielo y no sé qué más aún, luces, luminarias, la esperanza trimestral, el juego de las consolaciones. Pero cerremos este paréntesis, para poder declarar, con buen ánimo, abierto el siguiente. El ruido.

El innombrable - Samuel Beckett

domingo, 15 de septiembre de 2019

En ningún momento sé de qué hablo, ni de quién, ni de cuándo, ni de dónde, ni con quién, ni porqué, pero necesitaría a cincuenta forzados para esta siniestra tarea y siempre me faltaría un cincuenta y uno, para cerrar las esposas, eso lo sé, sin saber qué quiere decir. Lo esencial es que no llego nunca a ninguna parte, que no estoy nunca en ninguna parte, ni en Mahood, ni en Worm, ni en mí, importando poco a qué dispensa se debe. Lo esencial es patalear hasta el fin al final de su catgut, mientras haya aguas, orillas y desatado en el cielo un Dios deportivo, para irritar a la criatura, mediante puercos intermediarios.Me he tragado tres anzuelos a la vez y aún tengo hambre.

El innombrable - Samuel Beckett

Es una cuestión de voz, de voz que prolongar, de buena manera cuando ellos se detienen, exprofeso, para probarme, como en este instante la que quiere, en términos generales, que yo esté con vida. La buena manera, el calor, la desenvoltura, la fe, como si fuera mi voz diciendo palabras mías, palabras que me digan con vida, pues en ella es en la que ellos quieren que esté, no sé por qué, con sus miles de millones de seres vivos y sus trillones de muertos, eso no les basta, también yo tengo que ir, con mi pequeña convulsión, a gemir, a llorar, a hipar, a sonreír en el amor al prójimo y los beneficios de la razón. Pero la buena manera, ésa la ignoro. Esta sarta de estupideces se la debo, desde luego, a ellos, y ese murmullo que me ahoga fueron ellos los que me hincharon de él. Y esto sale así, tal cual, no tengo más que bostezar, es a ellos a los que oigo, viejas seguridades aseguradas, en las que nada puedo cambiar.

El innombrable - Samuel Beckett

viernes, 13 de septiembre de 2019

Pero yo, sin moverme, podría vivir allí dentro, y declararme, siendo el único que me oyera. Sus atributos, de los que me cargaron, los arrastré, como en el carnaval, bajo los misiles. A mí me toca ahora hacer el muerto, a mí al que ellos no supieron hacer nacer, y el caparazón de monstruo que tengo a mi alrededor se pudrirá. Pero se trata cabalmente de una cuestión de voz, cualquier otra metáfora es impropia. Me hincharon con su voz, como un globo, y por más que me vacíe sigue siendo a ellos a los que oigo.

El innombrable - Samuel Beckett

Ahora soy yo el que debo hablar, aunque sea con su lenguaje, será un comienzo, un paso hacia el silencio, hacia el final de la locura, la de tener que hablar y no poder, salvo de cosas que no me conciernen, que no cuentan, en las que no creo, de las que ellos me atiborraron para impedirme decir quién soy, dónde estoy, para impedirme hacer lo que tengo que hacer del único modo en que puedo ponerle fin, de hacer lo que tengo que hacer. Ellos no deben amarme. Ah, me compusieron bien, pero no me han logrado, no del todo, todavía no. Que deponga por ellos, hasta que me consuma, como si uno pudiera consumirse en ese juego, he ahí lo que quieren que haga. No poder abrir la boca ni proclamarlos, a título de congénere, he aquí a lo que creen haberme reducido. Menuda astucia haberme adaptado un lenguaje del que se imaginan que nunca podré servirme sin reconocerme de su tribu.Voy a arreglarles yo su algarabía, de la que nunca entendí nada, no más que de las historias que él acarrea, como perros muertos. Mi incapacidad de absorción, mi facultad de olvido fueron subestimadas por ellos. Querida incomprensión, a ti deberé ser yo, al fin. Pronto no quedará nada de todo eso con lo que me rellenaron. Entonces seré yo el que vomitará al fin, en sonoros reductos e inodoros de famélico, que concluirán en el coma, en un prolongado coma delicioso.

El innombrable - Samuel Beckett

jueves, 12 de septiembre de 2019

Nada tengo que hacer, es decir, nada de particular. Tengo que hablar, esto es vago. Tengo que hablar, no teniendo nada que decir, sino las palabras de los otros. Tengo que hablar, no sabiendo ni queriendo hablar. Nadie me obliga a ello, no hay nadie, es un accidente, un hecho. Nada podrá dispensarme nunca de ello, no hay nada, nada que descubrir, nada que disminuya lo que por decir queda, tengo la mar por beber, por consiguiente hay un mar. No haber sido engañado hubiera sido lo mejor para mí, lo mejor que hubiera hecho, haber sido engañado, no habiéndolo querido, creyendo no serlo, sabiendo que lo soy, no engañándome acerca de que no lo estoy.

El innombrable - Samuel Beckett

ntonces mi voz, la voz, diría: «Mira, voy a contar una historia de Mahood, para aliviarme». Así tendría que ocurrir. Ella diría. Después, ya repuesto, acometería de nuevo la verdad, con fuerzas centuplicadas. Para convencerme de que actuaba con libertad. Pero no sería ya mi voz, ni siquiera en parte. Así es como eso ocurriría. O bien la historia empezaría muy suavemente, de modo insensible, como si de nada se tratase, como si se tratase siempre de mí. Pero yo me habría dormido completamente, con la boca abierta, como de costumbre, tendría el aspecto de costumbre. Y de mi boca abierta, dormida, brotarían mentiras, acerca de mí. No, no dormiría, escucharía, llorando. Pero, ¿se trata, en realidad, de mí en este momento? A veces me parece que sí. Después veo claramente que no.Hago lo que puedo, pero estoy a punto de fracasar, otra vez. No me importa nada fracasar, me gusta, sólo que quisiera callarme. No como acabo de hacerlo, para escuchar mejor. Sino apaciblemente, como vencedor, sin reservas mentales. Eso sería la buena vida, la vida al fin.

El innombrable - Samuel Beckett

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Superfluo, pequeña alma siempre, inventé el amor, la música, el aroma del grosellero silvestre, por esquivarme. Los órganos, un fuera, son fáciles de imaginar; otros, un Dios, son cosa forzada, nos los imaginamos, lo que es fácil, eso calma lo principal, eso adormece, por un instante. Sí, Dios, en él no he creído, fautor de calma, un instante.

El innombrable - Samuel Beckett

martes, 10 de septiembre de 2019

No me acuerdo nada de aquellas conversaciones. No debí entender gran cosa. Pero, a pesar mío, conservo algunas descripciones. Me daban cursos sobre el amor, sobre la inteligencia, precioso, precioso. Debe de hacer mucho de todo eso. Fueron ellos también los que me enseñaron a contar y a razonar. Se trata de habilidades que me prestaron servicios, no diré lo contrario, servicios de los que no hubiera tenido ninguna necesidad si me hubiesen dejado tranquilo. Los uso todavía, para rascarme. Tipos asquerosos, con los bolsillos llenos de venenos y de cauterios.

El innombrable - Samuel Beckett

El hecho parece ser, si en la situación en que me encuentro se puede hablar de hechos, no sólo que voy a tener que hablar de cosas de las que no puedo hablar, sino también lo que aún es más interesante, que yo, lo que aún es más interesante, que yo, ya no sé, lo que no importa. Sin embargo, estoy obligado a hablar. No me callaré nunca. Nunca.
No estaré solo, en los primeros tiempos. Seguro que lo estoy. Solo. Esto se dice pronto. Hay que decir pronto. ¿Y qué sabe uno nunca, en semejante oscuridad? Voy a tener compañía. Para empezar. Algunos títeres. Los suprimiré después. Si es que puedo. ¿Y los objetos? ¿Cuál debe ser la actitud para con los objetos? Ante todo, ¿hay que tenerla? Vaya pregunta. Pero no me oculto que son de prever. Lo mejor es no detenerse en este tema, de antemano. Si, por una u otra razón, se presenta un objeto tenerlo en cuenta. Se dice que donde hay personas hay cosas. ¿Quiere esto decir que al admitir a aquéllas se han de admitir éstas? Habría que verlo. Lo que se ha de evitar, no sé por qué, es el espíritu de sistema. Personas con cosas, personas sin cosas, cosas sin personas, lo mismo da, estoy muy seguro de poder barrer todo eso en muy poco tiempo. No veo cómo. Lo más sencillo sería no empezar. Pero estoy obligado a empezar. Lo que significa que estoy obligado a continuar. Acaso acabaré por estar muy rodeado, en un cajón de sastre. Idas y venidas incesantes, atmósfera de bazar. Estoy tranquilo, id.

El innombrable - Samuel Beckett

lunes, 9 de septiembre de 2019

¿qué más quería? «Debo ser feliz —se decía—; es menos divertido de lo que creía». Y se alejaba cada vez más, hacia la muralla, sin acercarse demasiado, pues estaba vigilada, buscando una salida al desconsuelo de no tener nada ni a nadie, a la tierra de pan escaso, de refugios escasos, de los aterrados, a la negra alegría de pasar solo y vacío, sin poder nada, sin querer nada, a través del saber, la belleza, los amores. Lo cual expresaba diciéndose: «Tengo suficiente», pues era sencillo, sin inclinarse ni por un instante sobre aquello de lo cual tenía suficiente, ni compararlo con lo que había tenido suficiente antes de perderlo, y con lo que tendría suficiente de nuevo, cuando lo tuviera de nuevo, ni sospechando que aquello cuyo exceso se hace sentir a menudo, y que se honra con calificativos tan diversos, quizá en realidad sólo sea lo mismo.

Malone muere - Samuel Beckett

Todo es pretexto: Sapo y los pájaros, Moll, los campesinos, aquellos que en las ciudades se buscan o se rehuyen, las dudas que no me importan, mi situación, mis pertenencias, pretexto para no ir al grano, al abandono, levantando el pulgar y largándose por las buenas sin ninguna explicación a riesgo de ser mal visto entre sus pequeños camaradas. Sí, es inútil decirlo, es difícil dejarlo todo. Los ojos consumidos por las injusticias se entretienen abyectos en todo aquello por cuanto han rogado durante mucho tiempo, en el último, el verdadero ruego al fin, el que nada pide. Y es entonces cuando un hálito de exaltación resucita las plegarias muertas y nace un murmullo en el mudo Universo, reprochándote afectuosamente haber desesperado demasiado tarde. Como viático no lo hay mejor. Profundicemos más. El aire puro.

Malone muere - Samuel Beckett

Llevando por encima de su larga camisa una gran capa rayada que le llegaba hasta los tobillos, tocado con el sombrero que Moll le había devuelto, Macmann tomaba el aire a todas horas, desde la mañana hasta la noche. Y muchas veces era preciso ir en su busca, en la oscuridad, con linternas, para conducirlo de nuevo a su celda, pues primero se hacia el sordo a la llamada de la campana y a los gritos y amenazas de Lemuel, después de los demás guardias. Entonces los guardias, con sus trajes blancos, armados de bastones y linternas, se alejaban en abanico del edificio y batían los matorrales, los helechos y los boscajes llamando al fugitivo y amenazándole con las peores represalias si no se entregaba inmediatamente. Pero acabaron por notar que se escondía, cuando se escondía, siempre en el mismo lugar, y que tal despliegue de fuerzas era innecesario. Desde entonces era Lemuel quien se dirigía solo, en silencio, puesto que siempre sabía lo que debía hacer, directamente al matorral donde Macmann se había construido un refugio, cada vez que era necesario.

Malone muere - Samuel Beckett

Cuando las angustias de la reflexión no lo clavaban en el suelo, durante un buen rato, iba y venía sin cesar, con su andar pesado, furioso e indeciso, gesticulando y articulando con violencia palabras ininteligibles. Desollado vivo por el recuerdo, con el espíritu hormigueante de cobras, sin atreverse a soñar ni a pensar y a la vez incapaz de defenderse, sus gritos eran de dos clases: los que tenían como única causa el dolor moral y los que, aun siendo idénticos, le servían para prevenirse de aquellos. El dolor físico, por el contrario, parecía prestarle una preciosa ayuda, y un día, arremangándose el pantalón, mostró a Macmann su tibia cubierta de cardenales, cicatrices y llagas. Después se sacó presurosamente de un bolsillo interior un martillo y se asestó, justo en medio de sus antiguas heridas, un golpe tan violento que cayó hacia atrás. Pero la parte que se golpeaba más a gusto, con el mismo martillo, era la cabeza, lo cual se comprende, pues es una parte también ósea, y sensible, y fácil de alcanzar, y es allí dentro donde se hallan todas las porquerías y podredumbres; entonces uno golpea encima con más gusto que en la pierna por ejemplo, que nada le ha hecho; es humano. «¿Tengo derecho a levantarme?», gritó Macmann. Lemuel se quedó inmóvil. «¿Qué?», aulló. «¡Levantarme!, gritó Macmann. ¡Quiero levantarme! ¡Quiero levantarme!».

Malone muere - Samuel Beckett

Hastiada de mi hastío, blanca luna postrera, único pesar, ni siquiera eso. Estar muerto, ante ella, sobre ella, con ella, y girar, muerto sobre muerta, alrededor de los pobres hombres, y no tener que morir nunca más, de entre los moribundos. Ni siquiera eso, ni siquiera eso. Mi luna estuvo aquí abajo, muy abajo, lo poco que supe desear. Y un día, pronto, una noche terrestre, pronto, bajo la tierra, un moribundo dirá, como yo, al claro de tierra: «Ni siquiera eso, ni siquiera eso», y morirá, sin haber podido encontrar un pesar.

Malone muere - Samuel Beckett

Que era comprensiva y de buenos sentimientos, se deduce de la siguiente anécdota. Un día, poco después de su admisión, Macmann comprendió que vestía, en vez de su atavío habitual, una ancha y larga camisa de tela tosca, quizá estameña. Acto seguido empezó a reclamar ruidosamente sus ropas, comprendiendo en ellas probablemente el contenido de sus bolsillos, pues gritó: «¡Mis cosas! ¡Mis cosas!». Muchas veces, agitándose en la cama y golpeando las mantas con las manos abiertas. Moll se sentó entonces en el borde de la cama y distribuyó sus manos de la manera siguiente: una sobre una de las de Macmann, la otra sobre su frente, la de él o la de ella, la de él. Era tan baja que sus pies no llegaban al suelo. Cuando Macmann se hubo calmado un poco, le dijo que sus ropas desde luego ya no existían y por consiguiente no podían devolvérselas, y en cuanto a los objetos que habían sacado de ellas se juzgaron carentes de valor alguno y buenos sólo para tirar, salvo un portacuchillos de plata que tenía a su disposición. Pero esas declaraciones provocaron en Macmann tal inquietud, que se apresuró a añadir, riendo, que únicamente se trataba de una broma y que en realidad sus ropas, después de haber sido lavadas, planchadas, zurcidas, naftalinadas y guardadas en una caja de cartón con su nombre y su número, se hallaban en un lugar tan seguro como si hubieran sido recibidas en depósito por el Banco de Inglaterra. Pero como Macmann continuaba reclamando sus cosas, como si nada hubiera comprendido de cuanto ella acababa de decirle, se vio obligada a invocar el reglamento, que en ningún caso admitía que un hospitalizado recuperara su apariencia de hombre sin hogar ni familia hasta el fin de su hospitalización. Pero como Macmann continuaba reclamando sus ropas a grito pelado, y especialmente su sombrero, ella lo dejó diciéndole que no era razonable. Y reapareció poco después sosteniendo con la punta de los dedos el sombrero en cuestión, que había ido a buscar quizá en el montón de basuras al fondo del huerto, cualquier investigación requiere demasiado tiempo, pues, cubierto de estiércol, parecía estar en plena descomposición. Y lo que es más, permitió que se lo pusiera, e incluso lo ayudó, ayudándole a incorporarse y arreglándole las almohadas de modo que pudiera sostenerse sin fatiga. Contempló enternecida el viejo rostro aturdido que empezaba a calmarse y debajo de la barba la boca que intentaba sonreír, y los ojillos enrojecidos que se volvían tímidamente hacia ella con aire de querer agradecérselo o se posaban sobre el sombrero recobrado, y las manos que se alzaban para calárselo mejor y de nuevo se posaban temblorosas sobre la manta. Y finalmente cambiaron una larga mirada y la boca de Moll se abrió y se hinchó en una horrenda sonrisa, lo cual hizo parpadear los ojos de Macmann como los de un animal al que su amo mira fijamente y por último los obligó a desviarse. Fin de la anécdota.

Malone muere - Samuel Beckett

Un día, mucho más tarde, a juzgar por su aspecto, Macmann recobró el sentido, una vez más, en un asilo. Al principio ignoraba que lo fuera, estando metido dentro, pero se lo dijeron en cuanto fue capaz de recibir un comunicado. En resumen le dijeron: «Estás aquí, en el asilo de San Juan de Dios, con el número ciento setenta y seis. No temas nada, estás entre amigos. Date cuenta. No te preocupes por nada, nosotros pensaremos y obraremos por ti de ahora en adelante. Eso nos gusta. Por tanto, no nos des las gracias. Aparte de los alimentos adecuados para mantenerte vivo, e incluso sano, recibirás, todos los sábados, en honor de nuestro patrón; media pinta británica de cerveza negra y tabaco para mascar». Siguieron instrucciones sobre sus derechos y deberes, pues se le reconocía todavía cierto número de derechos, a pesar de la bondad de que era objeto.

Malone muere - Samuel Beckett

Y aquellos de los que me cansaba o que eran sustituidos por otros en mi afecto, los tiraba, es decir, buscaba cuidadosamente un lugar donde estuvieran tranquilos para siempre, donde jamás nadie pudiera encontrarlos salvo por una extraordinaria coincidencia, y tales lugares son escasos, y los dejaba allí con cuidado. Y a veces los enterraba, o arrojaba al mar con todas mis fuerzas, tan lejos de la costa como me era posible, aquellos de los que tenía la seguridad de que no flotarían, ni siquiera por breves momentos. Pero incluso a los amigos de madera los he arrojado al fondo algunas veces, lastrándolos con una piedra. Pero he comprendido que no era necesario. Pues una vez podrido el cordel subirán a la superficie, si no lo han hecho ya, y volverán a la tierra tarde o temprano. Así me desprendía de objetos queridos que ya no podía guardar, por culpa de nuevos amores. Y a menudo los echaba de menos.

Malone muere - Samuel Beckett

Yo solo encontré la cazoleta. Pero todo esto son suposiciones. Quizá me pareció bonita o experimenté por ella el infecto sentimiento de piedad que tan a menudo he experimentado ante las cosas, sobre todo cosillas portátiles de madera o de piedra, y que me inspiraba el deseo de llevarlas conmigo y guardarlas siempre, de modo que las recogía y me las metía en el bolsillo, a menudo llorando, puesto que he llorado hasta muy viejo, porque en el fondo no he evolucionado en cuanto a afectos y pasiones, a pesar de mi experiencia. Y sin la compañía de tales cosillas que recogía por aquí y por allá, al azar de mis desplazamientos, y que a veces me daban la impresión de que también ellas me necesitaban, me habría refugiado quizá en el trato con la buena gente, o en los consuelos de una confesión cualquiera, aunque no lo creo.

Malone muere - Samuel Beckett

domingo, 8 de septiembre de 2019

Por el contrario, para los pequeños servicios que se prestaba a sí mismo, como cuando por ejemplo debía reemplazar uno de sus bastones-botones, que no tenían larga vida, siendo la mayoría de madera y estaño sometidos a los rigores de la zona templada, tenía en verdad maña, como suele decirse, y sin disponer de los útiles más indispensables. Y una gran parte de su existencia, es decir, de la mitad o la cuarta parte de su existencia que comportaba los movimientos más o menos coordinados del cuerpo, había transcurrido en esos trabajos no remunerados de confección y reparación, a menudo de cierta ingeniosidad. Puesto que le era necesario si quería continuar yendo y viniendo, y a decir verdad no disponía de otros medios, pero le era necesario, por razones oscuras y que sólo Dios sabe, aunque, a decir verdad, Dios no parece necesitar razones para hacer lo que hace y para omitir lo que omite, al igual que sus criaturas. Pero nunca se sabe. Tal parecía ser Macmann, visto desde cierto ángulo, incapaz de binar sin devastar por completo un parterre de pensamientos, o de maravillas, y por otro lado capaz de reforzar sus borceguíes con corteza de sauce y ataduras de mimbre para poder ir y venir de vez en cuando sobre el suelo sin herirse demasiado con los guijarros, las espinas y los pedazos de vidrio procedentes de la desidia o de la maldad de los hombres, sin apenas refunfuñar, porque le era necesario.

Malone muere - Samuel Beckett

viernes, 6 de septiembre de 2019

Se le ocurrió la idea de castigo, acostumbrado a decir verdad a tal quimera, e impresionado probablemente por la postura del cuerpo y por los dedos crispados como por el sufrimiento. Y sin saber exactamente cuál era su culpa, se daba perfecta cuenta de que vivir no era castigo suficiente o de que ese castigo era en sí mismo una culpa, que reclamaba otros castigos, y así sucesivamente, como si pudiera haber alguna otra cosa además de la vida, para los vivos. Y sin duda se habría preguntado si era verdaderamente necesario ser culpable para recibir un castigo, de no tener el recuerdo, cada vez más atosigante, de haber accedido a vivir en su madre, para luego abandonarla.

Malone muere - Samuel Beckett

Porque quizá ya no haga más que un solo viaje, por las largas galerías que conozco, con los solecillos y lunillas que cuelgo, y los bolsillos llenos de guijarros para representar a los hombres y a sus estaciones, uno solo, esto es lo que deseo. Luego volveré aquí, a mí, resulta impreciso, para nunca más abandonarme, para nunca desear lo que no tengo. Volveremos todos quizá, juntos, para nunca más separarnos, nunca más espiarnos, en este sucio cuartucho, blanquecino y abovedado como tallado en marfil y qué marfil, diríase un viejo raigón. O volveré solo, tan solo como al partir, pero no creo, los oigo desde aquí, gritando detrás de mí por los pasillos, tropezando con los escombros, rogándome que los lleve conmigo. Ya está decidido. Tengo el tiempo justo, si he calculado bien, y si he calculado mal, mucho mejor, no pido otra cosa, por otra parte no he calculado nada, tampoco pido nada. Justo el tiempo de ir a dar un último paseo, de volver y hacer lo que tengo que hacer aquí, pues todavía tengo que hacer aquí, ya no sé qué por ejemplo, ¡ah, sí!, poner orden en mis pertenencias, y además otra cosa, no sé cuál, pero ya me acordaré en el momento preciso.

Malone muere - Samuel Beckett

jueves, 5 de septiembre de 2019

Y quizá es entonces cuando contempla el cielo de los antiguos ensueños, de los cruceros y también de la tierra, y los espasmos de las olas, ninguna de las cuales se mueve sin que las demás se muevan igualmente, y el movimiento de los hombres, por ejemplo, tan diferente, pues no están atados los unos a los otros y son libres de ir y venir cada uno a su antojo. Y no se lo reprochan y van y vienen, entre el triquitraque de sus mecanismos de fantochazos, cada uno por su lado. Y cuando hay uno que muere, los demás siguen, como si nada ocurriera.

Malone muere - Samuel Beckett

Bien, en verdad que todavía no se sabe, se cree estar pendiente de un hilo, como todo hijo de vecino, pero no es ahí donde está el intríngulis, está en los seres humanos. Pues de nada sirve ignorar esto y aquello: o se sabe todo, o no se sabe nada. Y Macmann no sabe nada, pero sólo quiere reconocer su ignorancia de ciertas cosas, de las que lo asustan, entre otras, cosa muy humana, pero ya se le pasará

Malone muere - Samuel Beckett

Y si hablo de mi mismo, y del otro que es mi criatura, y que devoraré como he devorado a los otros, es, como siempre, por falta de amor; mierda, no esperaba eso, un homúnculo, no puedo detenerme. Y, sin embargo, me parece que nací y que he vivido mucho tiempo y encontrado a Jackson y vagado por ciudades, bosques y desiertos y he estado mucho tiempo llorando a la orilla de los mares frente a islas y penínsulas en donde, por la noche, brillaban las lucecillas amarillas y breves de los hombres y toda la noche los grandes fuegos blancos o de vivos colores que venían a las cavernas en que yo era dichoso, agazapado sobre la arena al abrigo de las rocas entre el olor de las algas y de la roca húmeda, mientras entre el ruido del viento las olas me azotaban con espuma, o suspirando sobre la playa y apenas asiendo los guijarros; no, no feliz, eso nunca, sino deseando que la noche no termine nunca ni retorne el día que hace decir a los hombres: «Ea, la vida pasa, hay que aprovecharla». Por otra parte, poco importa que haya nacido o no, que haya vivido o no, que esté muerto o sólo agonizante; haré lo que siempre he hecho, en la ignorancia de lo que hago, de quién soy, de dónde soy, de si soy. Sí, intentaré hacer, para tenerla en mis brazos, una criaturita a mi imagen, diga lo que diga. Y viéndola malograda, o excesivamente parecida, la devoraré. Luego me quedaré solo un buen rato, desgraciado, sin saber cuál ha de ser mi oración, ni para quién.

Malone muere - Samuel Beckett

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Qué desgracia, el lápiz ha debido de caérseme de las manos puesto que sólo tras cuarenta y ocho horas (ver en algún lugar más arriba) de esfuerzos intermitentes he logrado recuperarlo. Lo que le falta a mi bastón es una pequeña trompa prensil como la de los tapires nocturnos. En realidad debería perder mi lápiz más a menudo, no me haría ningún daño, creo que incluso me haría bien, me volvería más alegre, sería más alegre. Acabo de pasar dos días inolvidables de los que nunca sabremos nada, por ser el retroceso demasiado grande o quizá insuficiente, ya no lo sé; sólo sé que me han permitido resolverlo todo y terminarlo todo, quiero decir lo que se refiere a Malone (puesto que así me llamo ahora) y al otro, ya que el resto no es de mi incumbencia. Y era, por así decirlo, como dos derrumbamientos de arena fina o quizá de polvo o ceniza, de importancia ciertamente desigual, pero de alguna manera concertados, y que dejaran tras de mí, cada uno en su lugar y situación, esa querida cosa que es la ausencia.

Malone muere - Samuel Beckett

lunes, 2 de septiembre de 2019

Preguntas informes, vinculadas unas a otras, se hundían desmayadamente en su espíritu. Algunas parecían referirse a su hija, la segundona de sus inquietudes. Ésta, no pudiendo dormir, permanecía desde hacia algún tiempo al acecho. Sabiendo que su madre velaba, estuvo a punto de levantarse y reunirse con ella. Pero hasta al día siguiente o al cabo de dos días no se decidió a decirle lo que Sapo le había dicho, es decir, que se iba para siempre. Entonces, como suele hacerse incluso con los muertos más insignificantes, reunieron los recuerdos que él hubiera podido dejarles, ayudándose unos a otros y esforzándose por ponerse de acuerdo. Pero conocemos esta llamita, esos temblores en la sombra turbada. Y el acuerdo sólo llega más tarde, con el olvido.

Malone muere - Samuel Beckett

Acabados los trabajos de la jornada, el día despertaba en ella otros afanes: los de la vida estúpidamente tenaz y sus asiduos dolores. Sentada yendo y viniendo, los resistía mejor que tendida. Desde el fondo de esa fatiga sin fin no cesaba de clamar, al día por la noche, a la noche de día, y día y noche, con horror, esa luz que le habían dicho siempre que ella no podría concebir, puesto que no era propiamente una luz. La luz que ella concebía bien, puesto que estaba acostumbrada a ella, la esperaba a menudo en la cocina, sobre todo en verano, casi sin dormir, tiesa en una silla o caída sobre la mesa, descansando mal, pero mejor que en la cama. A veces se levantaba, andaba por la habitación o, saliendo, daba una vuelta alrededor de la vieja casucha. Hacía sólo cinco o seis años que estaba allí. «Tengo una enfermedad de mujer», se decía sin atreverse a creerlo del todo. En la cocina, impregnada de penas diurnas, la noche le parecía menos noche, el día menos muerto. Le gustaba, en los momentos difíciles, cuando necesitaba coraje, apretar con sus dedos la vieja mesa alrededor de la cual vería tan pronto sentados a los suyos, esperando que ella les sirviese, y sentir a su alrededor, dispuestos a ser usados, los útiles y utensilios de todos los días.

Malone muere - Samuel Beckett

domingo, 1 de septiembre de 2019

Basta. Atribuiría con gusto parte de mis… de mis desdichas a ese desorden auditivo si por desgracia no estuviera dispuesto a ver en él más bien una ventaja. Desdichas, ventajas, no tengo tiempo para elegir mis palabras; tengo prisa, prisa por terminar. Y, sin embargo, no, no tengo prisa. Decididamente esta noche no diré nada que no sea falso, quiero decir que no me deje perplejo en cuanto a mis verdaderas intenciones. Porque la tarde, incluso la noche, es una de las más negras que puedo recordar. Tengo poca memoria. Mi dedo meñique, posado sobre la hoja, se adelanta a mi lápiz, le anuncia cayendo el final de la línea. Pero en el otro sentido, de arriba abajo, voy mal. No quería escribir, pero acabé por resignarme. Con el fin de saber dónde estoy, dónde está. Al principio no escribía, sólo hablaba; después, olvidaba lo que había dicho. Un mínimo de memoria es indispensable para vivir de verdad.

Malone muere - Samuel Beckett