viernes, 20 de diciembre de 2019

»—Querida —le dije—, ¿no te das cuenta de que esto es una broma? ¡Qué susto te has llevado! Anda, ve a beber un vaso de agua y vuelve aquí, te presentaré a mi viejo amigo y compañero.
»Masha no acababa de creérselo.
»—Dígame, ¿está diciendo la verdad mi marido? —preguntó, dirigiéndose al terrible Silvio—. ¿Es verdad que todo esto es una broma?
»—Su marido siempre está de broma, condesa —le contestó Silvio—. Una vez me dio en broma una bofetada, en broma me atravesó esta gorra, en broma acaba de fallar; ahora soy yo quien tiene ganas de gastar una broma…
»Con estas palabras empezó a apuntarme… ¡delante de ella! Masha se echó a sus pies.
»—¡Levántate, Masha, qué vergüenza! —grité fuera de mí—, y usted, caballero, ¿quiere dejar de burlarse de esta pobre mujer? ¿Va a disparar o no?
»—No lo haré —contestó Silvio—, ya estoy satisfecho, he visto tu desesperación, tu miedo; te he obligado a que me dispararas, tengo suficiente. Te acordarás de mí. Te dejo en manos de tu conciencia.
»Se dirigió a la salida, pero se detuvo en la puerta; miró al cuadro que yo había atravesado; casi sin apuntar disparó en el mismo lugar y desapareció. Mi mujer se había desmayado; los criados no se atrevían a detenerle, le miraban con horror; salió a la calle, llamó al cochero y se marchó antes de que yo pudiera reaccionar.

El disparo - Aleksandr Pushkin
»Fue al amanecer. Yo estaba en el lugar convenido con mis tres testigos. Esperaba a mi adversario con una impaciencia indecible. Apuntaba un sol primaveral que predecía la proximidad del calor. Le vi a lo lejos. Venía a pie, con la guerrera colgada del sable, acompañado de un solo testigo. Nos dirigimos a su encuentro. Se acercó con la gorra en la mano, llena de cerezas. Los testigos midieron doce pasos. Me correspondía disparar el primero; pero la emoción de mi ira era tal que no confiaba en la firmeza de mi mano y, para darme tiempo a calmarme, le cedí el primer disparo; mi adversario no quería aceptarlo. Se decidió echarlo a suertes: el número uno le tocó a él, el eterno favorito de la fortuna. Apuntó y me atravesó la gorra. Había llegado mi tumo. Por fin su vida estaba en mis manos; le miré ávidamente, intentando descubrir aunque fuese la más leve sombra de inquietud… Mientras yo le apuntaba, él escogía las cerezas más maduras de la gorra y escupía las pipas, que llegaban hasta mí. Su indiferencia me sacó de quicio. ¿Qué sentido tiene, pensé, privarle de la vida si no le tiene ningún apego? Una idea macabra me atravesó la cabeza. Bajé la pistola.
»—Tengo la impresión de que no es su momento de enfrentarse a la muerte —le dije—, está usted desayunando; no quisiera molestarle…
»—No me molesta en absoluto —repuso—, tenga la bondad de disparar; aunque puede usted hacer lo que quiera, dispone de un disparo y siempre estaré a su disposición.
»Me dirigí a los testigos, diciéndoles que no tenía intención de disparar y así acabó el duelo.
»Dejé el servicio y me retiré a este lugar. Desde entonces no ha pasado un día en el que no haya pensado en la venganza. Por fin ha llegado mi hora…
Silvio sacó del bolsillo la carta que había recibido por la mañana y me la dio a leer. Alguien (que parecía ser su apoderado) le escribía desde Moscú que la persona señalada iba a contraer matrimonio en breve con una bella y encantadora joven.
—Ya habrá adivinado —dijo Silvio— quién es esa persona señalada. Marcho para Moscú. Veremos si ahora recibe a la muerte con la misma indiferencia de la otra vez, cuando estaba tan ocupado con las cerezas.

El disparo - Aleksandr S. Pushkin

miércoles, 18 de diciembre de 2019

—¡El oficial, el oficial! ¿Recuerdas cómo golpeó la cara de aquel oficial en el concierto? ¡Ja, ja, ja! ¡Y aquel cadete, aquel cadete, aquel cadete que dio un salto!
El príncipe se levantó de pronto, poseído de un nuevo terror. Cuando Rogochin cesó bruscamente de hablar, Michkin se inclinó hacia él, sentóse a su lado y contempló a su amigo. Su corazón latía con fuerza; apenas podía respirar. Rogochin, con la cara vuelta hacia el otro lado, parecía haber olvidado la presencia de Michkin. Éste, fijos los ojos en su amigo, esperaba. Pasó el tiempo; comenzó a despuntar la aurora. A veces Rogochin rompía el silencio profiriendo en alta voz palabras incoherentes riendo y llorando. Entonces el príncipe tendía hacia él su mano temblorosa, le tocaba suavemente la cabeza, le acariciaba el cabello y las mejillas… ¡No podía hacer otra cosa por él! El temblor de antes le dominaba de nuevo; ya no podía siquiera mover las piernas. Una sensación inédita, la sensación de un sufrimiento infinito, desgarraba su corazón. Al fin se hizo día claro. Vencido por la fatiga y la desesperación, Michkin se tendió unos momentos en la colchoneta y apoyó la cabeza en el rostro pálido e inmóvil de Parfen Semenovich. Las lágrimas que brotaban de los ojos del príncipe humedecían las mejillas de su amigo, pero éste acaso no sintiera correr ni aun sus propias lágrimas ni tuviera tampoco conciencia de ellas.
Cuando, algunas horas después, fue abierta la puerta, los que entraron en la habitación hallaron al asesino totalmente falto de conocimiento y presa de una ardorosa fiebre. Al lado de él se sentaba Michkin, pálido y silencioso. Cada vez que el enfermo comenzaba a gritar en su delirio, el príncipe le pasaba por los cabellos y las mejillas sus manos temblorosas, queriéndole calmar con aquella caricia. Michkin no comprendió nada de cuanto le preguntaban, ni reconoció a las personas que había en torno suyo. Y si Schneider hubiese contemplado en aquel momento a su antiguo paciente, habría recordado la situación en que el príncipe estaba durante su primer año de tratamiento en Suiza, y de seguro hubiera vuelto a pronunciar, con un gesto de desaliento, la misma palabra que entonces:
—¡Idiota!

El idiota - Fiodor Dostoyevski
—Pase lo que pase no venderé mis fincas; aguardaré. ¡Qué me cuelguen si no lo hago así! Los negocios valen más que el dinero. Ése es mi sistema económico, señor, si le interesa saberlo.
Como se dirigía al príncipe, éste aprobó tal criterio. Lebediev advirtió al oído de su inquilino que el señor que tan alto proclamaba su decisión de no vender sus bienes no había poseído nunca bien alguno, ni siquiera casa. Así transcurrió cosa de una hora. Después de tomar el té, los visitantes juzgaron que la delicadeza no les permitía continuar más tiempo en la casa. Al marchar, el doctor y el caballero canoso prodigaron al príncipe palabras de amistad y todos se despidieron muy afectuosamente. Además, no faltaron consuelos de este género: «No hay que disgustarse; seguramente ha sido mejor así», etc. Añadamos que algunos jóvenes alocados querían pedir champaña, pero los de más edad los llamaron al orden. Cuando todos se hubieron ido, Keller, inclinándose hacia Lebediev, comentó:
—Tú y yo habríamos dado un escándalo, hubiésemos vociferado, peleado, hecho acudir a la policía. En cambio él se ha ganado nuevos amigos… ¡y qué amigos! Los conozco y…
Lebediev, que se hallaba un tanto «animado», suspiró y dijo:
—¡Oh Señor, tú que has ocultado estas cosas a los prudentes e inteligentes, las has revelado a los niños! Ya antes he empleado este calificativo para el príncipe, pero ahora añado que Dios ha conservado el niño que es en el fondo de su alma. ¡Sí; Dios y todos sus santos le han salvado del abismo!

El idiota - Fiodor Dostoyevski
Nastasia Filipovna estaba pálida como el mármol, pero sus grandes ojos negros, fijos en el público, brillaban cual carbones encendidos. La multitud no pudo resistir al influjo de tal mirada y a la indignación sucedieron verdaderos arrebatos de entusiasmo. Ya se abría la portezuela del coche, ya Keller ofrecía el brazo a la novia cuando, de repente, ésta, lanzando un grito, se precipitó en medio de la gente. Los que la acompañaban quedaron inmóviles y mudos de estupor. La multitud se apartó abriendo paso a la joven y entonces, a cinco o seis pasos de la casa, apareció Rogochin. Nastasia Filipovna le distinguió entre la multitud, corrió hacia él como una loca y le cogió ambas manos.
—¡Sálvame! ¡Llévame a donde quieras! ¡En seguida!
En un instante Rogochin la tomó en sus brazos y la transportó a un coche que esperaba allí cerca. En seguida sacó de la cartera un billete de cien rublos y lo tendió al cochero, diciéndole:
—¡A la estación! Si llegamos a tiempo de tomar el tren, te daré cien rublos más.
Saltó al coche donde acababa de hacer entrar a Nastasia Filipovna y cerró la portezuela. El cochero fustigó a los caballos. Todo pasó en unos momentos.

El idiota - Fiodor Dostoyevski
—No, príncipe, no le comprendería. Aglaya Ivanovna amaba como una mujer, como un ser humano y no como… un espíritu puro. ¿Sabe usted una cosa, pobre amigo mío? Pues es que, a mi juicio y según todas las apariencias, no ha amado usted nunca a ninguna de las dos.
—No sé, no sé… puede ser… Tiene usted razón en muchas cosas, Eugenio Pavlovich… Es usted extraordinariamente inteligente, Eugenio Pavlovich. Ya empieza a dolerme la cabeza otra vez… ¡Vamos a su casa! ¡Vamos, por amor de Dios! ¡Por amor de Dios!
—Ya le he dicho que no está en Pavlovsk, sino en Kolmino.
—Vámonos a Kolmino. ¡En seguida!
—¡Es imposible! —dijo rotundamente Eugenio Pavlovich, levantándose.
—Escuche: voy a escribir una carta. Y usted me la llevará.
—No, príncipe, no. Excúseme de semejantes comisiones. No puedo encargarme de eso.
Y se separaron. Aquella visita dejó extrañas impresiones en el ánimo de Radomsky. A su juicio, Michkin tenía el cerebro algo perturbado. «¿Qué quiere decir con ese rostro al que tanto teme y por el que está tan subyugado? Y el caso es que a la vez es posible que se muera de tristeza por haber perdido a Aglaya, sin que ésta llegue tal vez a saber nunca lo mucho que la ama. ¡Ja, ja! ¿Cómo es posible amar a dos mujeres? ¿Dos amores diferentes? Es curioso… ¡Pobre idiota! ¿Qué va a ser de él ahora?».

El idiota - Fiodor Dostoyevski
—No me ha entendido usted. No he venido aquí para que disputemos, aunque reconozco que no la estimo. He venido para… para que hablemos como seres humanos. Cuando le pedí la entrevista, había decidido ya de qué le hablaría y lo que había de decir aun cuando usted no me comprendiese en absoluto. Ello será peor para usted, no para mí. Deseo contestarle en persona a lo que me decía en sus cartas, porque me parece más adecuado hacerlo así. Escuche, pues, mi contestación: yo empecé por compadecer al príncipe León Nicolaievich desde el mismo día en que le conocí, y más aún cuando supe lo que había sucedido en casa de usted. Le compadecí porque es un hombre muy cándido y en su ingenuidad creyó posible ser feliz con… una mujer de semejante carácter. Lo que yo temía ha sucedido: usted no ha podido amarle, le ha hecho sufrir y al fin le ha abandonado. Y no puede amarle porque es usted demasiado orgullosa… Me engaño: no orgullosa, sino vanidosa… Y también esta expresión resulta inexacta. Es usted egoísta hasta la locura, y las cartas que me ha escrito lo demuestran. Ni le es posible amar a un hombre tan inocente como éste. Acaso, en el fondo, le desprecie y se burle de él. Usted no ama más que a su oprobio, la constante idea de que está usted deshonrada y de que hay una persona que tiene la culpa. Si su deshonra no fuera tan grande o se sintiera usted de pronto libre de ella, sería más infeliz.

El idiota - Fiodor Dostoyevski
—No lo sé con certidumbre; pero es probable. No puede ser de otro modo. Nastasia Filipovna no puede ir a casa del general Epanchin. Ni tampoco les cabe verse en casa de Gania, porque hay un muerto…
—Eso mismo prueba que la cosa es imposible —dijo Michkin—. ¿Cómo va a salir Aglaya Ivanovna, aun suponiendo que se lo proponga? No conoce usted… las costumbres de su casa. No puede ir sola a ver a Nastasia Filipovna. Es absurdo.
—Escúcheme, príncipe. No es corriente saltar por las ventanas, pero si sobreviene un incendio el caballero más correcto y la dama más recatada saltan por una ventana, ¿verdad? La necesidad es ley, y por tanto esa señorita irá hoy a casa de Nastasia Filipovna. ¿Acaso en esa familia no permiten moverse a las muchachas?
—No quiero decir eso…
—Pues si no quiere decir eso, ella no necesita más que bajar la escalera e irse… y puede, si quiere, no volver a su casa más. Hay veces en que uno quema sus navíos y resuelve no volver a casa de sus padres. Los almuerzos, las comidas y los príncipes Ch. no son toda la vida. Creo que toma usted a Aglaya Ivanovna por una chiquilla de un colegio. Así se lo he dicho, y ella es de mi opinión. Espere a las siete o a las ocho. En el caso de usted yo estaría de centinela allí hasta que la viese bajar los escalones. Por lo menos encargue a Kolia que lo haga. Lo realizará con gusto, tratándose de usted… Todo es relativo… ¡ja, ja, ja!

El idiota - Fiodor Dostoyevski

martes, 17 de diciembre de 2019

Por su parte, él, apenas se hubo sentado y mirado en su derredor, advirtió que los reunidos no tenían nada de común ni con los personajes de que Aglaya le había hablado la víspera ni con sus pesadillas de la noche. Por primera vez en su vida veía a parte de eso que, con terrible frase, se llama «el gran mundo». Hacía tiempo que, en virtud de diversas consideraciones, ansiaba penetrar en aquel círculo encantado, sintiéndose curioso de saber qué impresión le produciría a primera vista. Y la primera impresión fue deliciosa. Parecióle que todas aquellas personas habían nacido para vivir juntas, que las Epanchinas no daban una reunión en el sentido mundano de la palabra, sino que habían congregado únicamente a algunos íntimos. Él mismo creía encontrarse, tras breve separación, con personas a cuyo lado había vivido siempre y cuyas ideas compartía. Estaba subyugado por el encanto de las buenas maneras, por aquella aparente sencillez y aquella externa franqueza. No se le ocurrió siquiera que tal cordialidad, tan buen humor, tanta nobleza, tanta dignidad personal pudiesen ser un barniz meramente exterior. A despecho de su aspecto imponente, la mayoría de los circunstantes eran personas bastante hueras que, en su presunción, ignoraban por ende la superficialidad de casi todas sus cualidades. Y ello no era culpa suya, ya que semejante capa superficial la habían adquirido, sin duda, por herencia. La seducción de aquel ambiente desconocido obró con fuerza sobre Michkin, porque no sospechaba nada de lo que indicamos.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

lunes, 16 de diciembre de 2019

—Príncipe, es usted tan bueno, tiene un corazón tan ingenuo, que a veces casi me da lástima. Me conmueve usted… ¡Dios le bendiga! ¡Así comience para usted una nueva vida y florezca… en amor! La mía ha terminado… Perdone, perdone.
Cubrióse el rostro con las manos y se retiró a toda prisa. Michkin no podía dudar de la sinceridad de la emoción de aquel hombre. No dejaba por ello de comprender que Ivolguin se iba ebrio de alegría por su triunfo, aun cuando Michkin sospechaba que el general pertenecía a esa clase de mentirosos que nunca se ilusionan sino a medias sobre la credulidad de sus oyentes. En el presente caso podía muy bien ocurrir que a su exaltación sucediese pronto en el ánimo del general una vergüenza extraordinaria, en cuyo caso miraría como ofensa la comprensiva atención con que su interlocutor le escuchara. «¿Habré hecho mal en dar vuelos a su manía?», díjose Michkin con inquietud. De pronto, súbitamente presa de la hilaridad, rompió en carcajadas durante diez minutos. Poco le faltó para que se reprochase sus risas; pero en seguida comprendió también que nada tenía que reprocharse, ya que sólo una inmensa compasión le había dictado la conducta que demostrara con el general.
Los hechos confirmaron sus pensamientos. La misma tarde recibió una desconcertante carta en la que Ivolguin le informaba que no quería prolongar su relación con él, que le apreciaba y le estaba reconocido, pero que se negaba a aceptar «testimonios de compasión humillantes para la dignidad de un hombre que ya sin eso era bastante desgraciado». Cuando Michkin supo que Ardalion Alejandrovich se había reunido con su mujer, se sintió casi tranquilizado. Pero, como sabe el lector, el general fue a ver a Lisaveta Prokofievna y se comportó allí de una forma lamentable. Sin necesidad de contar detalladamente aquel episodio, diremos que el visitante escandalizó a la generala y despertó su indignación con las acerbas alusiones que hizo relativas a Gania. Así, pues, le pusieron ignominiosamente en la puerta. Por eso Ivolguin pasó una noche tan agitada, por eso se levantó de un humor tan endiablado y por eso salió de su casa en un estado vecino a la locura.

El idiota - Fiodor Dostoyevski
—Lebediev no pudo estar en Moscú en 1812. Es demasiado joven… La anécdota es ridícula.
—Eso en primer lugar. Pero, suponiendo que ya hubiese nacido entonces, ¿cómo admitir que un «chasseur» francés le apuntó con un cañón y le arrancó la pierna para divertirse y cómo creer que él recogió la pierna y la hizo inhumar en el cementerio Vagankovsky? Añade que en el lugar donde está enterrada hizo erigir un mausoleo en uno de cuyos lados se lee: «Aquí yace la pierna del secretario del colegio Lebediev», y en el otro: «Reposad, queridos restos, en espera del día de la resurrección». Hasta asegurar que hace decir una misa anual por ella (lo cual es un sacrilegio) y que todos los años va a Moscú a fin de asistir a la ceremonia. Para probarme la verdad de sus palabras me invita a ir a Moscú y asistir a la misa, así como ver el cañón que, según él, fue tomado luego por los rusos y se halla en el Kremlin. Es el decimoprimero a partir de la puerta, un antiguo falconete francés.
—¡Y, además, Lebediev tiene las dos piernas, o, al menos, lo parece! —rio Michkin—. No se enfade con él. Es una broma inocente.
—Permítame sostener mi opinión. Lo de las dos piernas que parece tener no sería lo más grave, porque, según afirma, una de ellas es un miembro ortopédico articulado.
—Según dicen, con una pierna artificial de las inventadas por Chernozvitov se puede hasta bailar.
—Lo sé muy bien. Cuando Chernozvitov la inventó se apresuró a venir a enseñármela. Pero no la inventó hasta mucho después de 1812. Para colmo, Lebediev asegura que su difunta esposa ignoró durante todo su matrimonio que él tenía una pierna artificial. «Si tú eras en 1812 paje de Napoleón —me dijo cuando le hice observar los absurdos de su relato—, no te asiste el derecho de extrañarte de que yo tenga una pierna enterrada en el cementerio Vangankovsky».

El idiota - Fiodor Dostoyevski

viernes, 13 de diciembre de 2019

Existe en el mundo extraordinaria multitud de personas así: una multitud mucho mayor de lo que parece. Como las demás, estas personas pueden dividirse en dos clases: gentes de limitada inteligencia y gente de inteligencia mucho más despejada. Los primeros son más felices. Nada es más fácil para la gente vulgar de inteligencia limitada que suponerse excepcionales y originales y vivir en esta ilusión sin el más leve desengaño. A algunas señoritas rusas les basta cortarse el cabello, ponerse gafas azules y calificarse de nihilistas para suponer, en el acto, que han adquirido «convicciones» propias. A ciertos hombres les basta percibir en su alma el más tenue rayo de amabilidad hacia sus semejantes y de emoción para persuadirse definitivamente de que nadie siente como ellos y que figuran en la cúspide de la emocionalidad y la ilustración humanas. A algunos les basta oír alguna idea ajena o leer una página determinada para convencerse de que lo oído o leído es su propia opinión, espontáneamente brotada de su cerebro. La impudicia de esta ingenuidad, si cabe expresarse así, es sorprendente en casos de este orden. Por increíble que parezca, tales casos se encuentran muy a menudo. Esta impudicia de la ingenuidad, esta firme confianza del hombre estúpido en sí mismo y en sus talentos, han sido soberbiamente descritas por Gogol en el maravilloso carácter de su teniente Pirogov. Pirogov no siente la menor duda de que es un genio superior a todos los genios. Tan seguro está de ello, que ni siquiera lo somete a discusión. Por eso no discute ni pregunta nunca nada. El gran escritor se ve forzado a castigar a su héroe en el desenlace, para satisfacer el ultrajado sentimiento moral del lector; pero, en vista de que el gran hombre, después del castigo, se limita a restaurar sus energías consumiendo una empanada, el autor alza las manos, desolado, y deja a sus lectores que extraigan la mejor conclusión posible de la moraleja. Yo he lamentado siempre que Gogol eligiese para protagonista a un hombre de tan humilde calidad, porque Pirogov estaba tan contento de sí mismo, que nada le hubiese sido más fácil que imaginarse, a medida que con la edad aumentara en grado, un genio de la guerra, o, mejor dicho, no imaginárselo, sino darlo por hecho. ¡Puesto que era general, necesariamente habría tenido que ser un astro de la estrategia! ¡Y cuántos hombres así han sufrido terribles errores en el campo de batalla! ¡Cuántos Pirogov ha habido entre nuestros escritores, nuestros sabios y nuestros propagandistas! Digo «ha habido», pero, desde luego, los hay aún.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

jueves, 12 de diciembre de 2019

Parecían también un sueño. A veces se tienen sueños raros, imposibles, en contradicción con las leyes de la naturaleza. Al despertar se recuerda con claridad y asombro el hecho extraño vivido en ellos. Primero se acuerda uno de haber conservado el discernimiento durante todo aquel desfile de imágenes fantásticas; se recuerda asimismo el haber obrado con una destreza y una lógica extraordinarias cuando le rodeaban a uno los asesinos, cuando se esforzaban en enmascarar sus intenciones y cuando, prestos a degollarnos a la primera ocasión, nos prodigaban sus pruebas de amistad. Nos recordaban también con qué ingeniosa estratagema logramos burlarlos y esquivarlos. Luego dudamos de que no conocieran nuestro ardid y pensamos que fingían ignorar el lugar de nuestro escondite. Entonces se ha usado otra vez de la astucia para engañar a los perseguidores. Uno recuerda todo eso perfectamente y, sin embargo, ¿cómo pudo ser que nuestra razón aceptase todos aquellos absurdos, aquellas inverosimilitudes notorias que llenaban el sueño? Uno de los asesinos se transformó en mujer ante nuestros ojos, luego esa mujer se metamorfoseó en un veneno horroroso, repugnante, y nosotros creíamos que ello sucedía en verdad, lo aceptamos sin la menor sorpresa, mientras, a la par, nuestra inteligencia desplegaba una potencia insólita realizando maravillas de astucia, de penetración y de lógica. ¿Por qué pues, al despertar y tornar al mundo real, se advierte casi siempre, y a veces con rara viveza de impresión, que el sueño, al alejarse, se lleva con él una especie de enigma inadivinado? La extravagancia del sueño nos impele a sonreír, y a la vez presentimos que todo ese conjunto de absurdos contiene una idea, una idea real, perteneciente a nuestro mundo verdadero, una cosa que existe y ha existido siempre en nuestro corazón. Nos parece encontrar en ese sueño una profecía que esperamos, y creemos experimentar una fuerte sensación, o alegre o lúgubre, pero positiva, aunque no sabemos comprenderla ni volverla a vivir.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

miércoles, 11 de diciembre de 2019

—Aquí están —dijo Aglaya, sacando tres cartas cada una en un sobre diferente y mostrándoselas al príncipe—. Desde hace ocho días me pide con encarecimiento que me case con usted. Esa mujer… Sí, es inteligente, aunque loca. Tiene usted razón al creerla más inteligente que yo. Me dice que me quiere mucho, que a diario busca ocasión de verme, aunque sólo sea de lejos. También asegura que usted me ama, que lo ha notado hace mucho tiempo, que cuando vivían juntos usted le hablaba mucho de mí. Quiere verle feliz y está segura de que yo puedo darle la felicidad. ¡Son unas cartas tan raras! No las he enseñado a nadie; esperaba a hablar con usted. ¿Sabe lo que significan? ¿Lo ha adivinado?
—Significan la locura y prueban que está loca —dijo Michkin, cuyos labios comenzaron a temblar.
—¿Llora usted?
—No, Aglaya, no lloro —contestó él, mirando a la joven.
—¿Qué hago? ¿Qué me aconseja? No puedo seguir recibiendo esas cartas.
—No se lo impida, se lo ruego —impetró Michkin—. ¿Qué le va usted a hacer? ¿No ve que está loca? Haré todo lo posible por mi parte para que no vuelva a escribirle.
—Entonces es usted un hombre sin corazón —exclamó violentamente Aglaya—. ¿No ve que no es a mí a quien ella quiere, sino a usted? ¿Es posible que usted, que la ha estudiado tan bien, no lo haya comprendido? ¿Sabe usted lo que denotan estas cartas? ¡Celos! ¿Cree usted que se casará con Rogochin, como dice aquí? ¡Se matará la mañana de nuestra boda!
El príncipe se estremeció. La sangre se heló en su corazón. Miró a Aglaya con sorpresa, asombrado al descubrir una mujer en aquella niña.

El idiota - Fiodor Dostoyevski
»Yo poseía una pistolita de bolsillo, que me procuré de niño, a esa edad absurda en que se deleita uno con historias de duelos y de salteadores y en que uno imagina que puede ser provocado a desafío y se siente dispuesto a afrontarlo con valentía. Examiné la pistola hace un mes, y vi que se hallaba en buen estado. La caja que la guarda contiene dos balas y un cuernecillo de pólvora con cantidad suficiente para tres cargas. Es un arma deleznable, con la que nunca se hace blanco, ni alcanza a más de quince pasos; pero útil, sin duda, para saltarse los sesos si se aplica el cañón a la sien.
»He decidido morir en Pavlovsk, al salir el sol. Para no dar un escándalo aquí, iré a matarme al parque. Mi «explicación» aclarará suficientemente mi muerte a la policía. Los psicólogos, y en general todo el que quiera, pueden sacar de este escrito las conclusiones que gusten. Pero no deseo que sea dado a la publicidad. Ruego al príncipe que haga copia de él y la conserve, y que envíe otra a Aglaya Ivanovna. Tal es mi voluntad. Lego mi esqueleto a la Facultad de Medicina en provecho de la ciencia.
»No reconozco a hombre alguno el derecho a juzgarme y sé que ningún castigo podrá infligírseme. No hace mucho formulé una hipótesis que me divirtió: «Si ahora se me ocurriese matar a alguien, asesinar, por ejemplo, a diez personas, cometer el más horrendo crimen del mundo, ¿qué podría hacer, dada la abolición de la tortura, un tribunal en presencia de un acusado al que sólo quedan dos o tres semanas de vida? Yo moriría cómodamente en el hospital, donde, bien caliente, atendido por un médico celoso, estaría sin duda mejor que en mi casa». No comprendo cómo no se les ocurre esa idea, al menos en calidad de broma, a las personas que se encuentran en mi situación. Pero acaso la piensen. Hay mucha gente de buen humor, incluso en Rusia.
»Mas, aunque ningún tribunal pueda nada contra mí ni yo le reconozca tal derecho, sé que se me juzgará cuando sólo sea un acusado sordo y mudo. No quiero, pues, irme sin pronunciar unas palabras de defensa, de una defensa voluntaria, no forzada, no tendente a justificarme ni a pedir perdón a nadie, sino debida a que deseo exponerla y nada más. Y mi última explicación es ésta: si muero, no es porque me falten energías para soportar otras tres semanas. Me siento bastante fuerte para eso y, de querer, siempre encontraría valor en el sentimiento de la injuria que el destino me hace al forzarme a morir tan joven… Hasta una mosca participa también en el banquete de la vida, concurre al concierto de todas las cosas y es feliz. Sólo yo soy un paria… Pero no quiero consolarme de esa manera. En mi acto encuentro un aspecto más seductor: al limitar mi vida a tres semanas, la naturaleza restringe de tal modo mi esfera de acción que acaso el suicidio sea el único acto que mi voluntad pueda presidir íntegramente, del principio al fin. Y quizá quiera aprovechar esa última posibilidad de acción. A veces una protesta dista mucho de ser un acto minúsculo…

El idiota - Fiodor Dostoyevski

martes, 10 de diciembre de 2019

—Necesito apresurarme para concluir de hoy a mañana esta «explicación». No voy a tener el tiempo de releer y corregir mi trabajo. La segunda lectura que haga de él será la que realice mañana ante el príncipe y las dos o tres personas que cuento encontrar en su casa. Y como en esto no habrá una sola palabra falsa, sino que todo será verdad, la última y pura verdad, tengo la curiosidad de saber qué impresión producirá sobre mí mismo en la hora y momento en que vuelva a leer lo que escribo. Por lo demás era perfectamente inútil escribir «última verdad», ya que si no vale la pena el vivir cuando sólo se tienen quince días ante uno, tampoco vale la pena el mentir para tan poco tiempo. Y ésta es la mejor prueba de que no voy a escribir sino la verdad.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

lunes, 9 de diciembre de 2019

—¿Qué le pasa? ¿No se inician así los ataques del príncipe? —preguntó, aterrorizada, la generala a Kolia.
—No se asuste, Lisaveta Prokofievna: no voy a sufrir ningún ataque. Pero sí a irme. Sé que soy… un anormal. Desde mi nacimiento hasta que cumplí los veinticuatro años he estado enfermo. Consideren mi actitud como cosa de un hombre enfermo aún. Voy a marcharme en seguida; no lo duden. No estoy avergonzado (sería absurdo avergonzarse de ello, ¿no es cierto?); pero me siento fuera de mi centro en la sociedad.
No hablo así por amor propio. He reflexionado mucho en estos tres días y e decidido que debía hablarles clara y francamente. Existen ciertas ideas elevadas de las que no me es permitido hablar, porque hago reír a todos. El príncipe Ch. me lo ha recordado hace muy poco. No tengo los ademanes adecuados, ni el sentido de la ponderación; mi lenguaje no responde a mi pensamiento, y, así, al hacerme portavoz de esas ideas las ridiculizo. Además, no tengo el derecho… Poseo una sensibilidad morbosa y… Sé que nadie se propone herir mis sentimientos en esta casa y que se me estima aquí más de lo que merezco; pero sé (lo sé del modo más positivo) que una enfermedad de veinticuatro años de duración ha debido dejar huellas forzosamente, y, por lo tanto, es imposible no burlarse de mí… a veces… ¿No es cierto?
Y miró en torno, como aguardando respuesta. Sus oyentes, penosamente sorprendidos, no sabían qué pensar de aquel lenguaje insólito, inesperado, morboso, sin motivo aparente. Pero la extraña ocurrencia del príncipe produjo un episodio no menos extraño.
—¿Por qué dice usted eso aquí? —gritó de repente Aglaya—. ¿Y por qué lo dice a éstos? ¡A éstos, a éstos!
La joven parecía indignada en extremo: sus ojos lanzaban llamas. Michkin enmudeció al oírla y se puso muy pálido.
—Aquí no hay nadie que merezca tales palabras —estalló Aglaya—. ¡No hay ni uno que valga lo que un dedo meñique de usted, lo que su alma o su corazón! ¡Es usted más honrado que todos, más noble que todos, mejor que todos, más inteligente que todos! Cuantos hay aquí son indignos de recoger el pañuelo que pueda usted dejar caer. ¿Por qué se humilla y se rebaja así? ¿Por qué ha destruido usted cuanto posee de bueno? ¿Por qué no tiene orgullo?
—¡Quién podía esperar esto, Dios mío! —exclamó la generala golpeándose las manos.
—¡El hidalgo pobre! ¡Hurra! —gritó Kolia con entusiasmo.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

lunes, 2 de diciembre de 2019

—Te creo. Yo también he cambiado de opinión sobre el asunto. Anteayer, desde luego, acusaba a Eugenio Pavlovich. Ahora ya no puedo dejar de compartir su criterio de que se le ha hecho víctima de una burla infame. ¿Por qué y para qué? Es cosa problemática y se presta a muchas y desagradables suposiciones. En todo caso, Radomsky no se casará con Aglaya: te lo digo yo. Es posible que sea un hombre intachable; pero no importa. Hasta ahora he dudado, mas ya estoy resuelta. Hoy he dicho a mi marido: «Empieza por ponerme en el ataúd y enterrarme. Después de eso, tu hija se casará con quien quieres». ¿Ves cuánta confianza tengo en ti?

El idiota - Fiodor Dostoyevski

domingo, 1 de diciembre de 2019

—Yo… usted… —comenzó, alegre—. Usted no sabe cómo yo… ¡Kolia me ha hablado siempre de usted con tal entusiasmo…! Por ese entusiasmo es por lo que me agrada. Yo no le he pervertido jamás. Voy a abandonarle también, como a todos. Y era mi único amigo. Quisiera haberle dejado todos mis amigos; pero no he tenido ninguno… ¡Cuántas cosas he querido hacer! Y tenía el derecho de hacerlas… Pero ahora ya no deseo nada, renuncio a toda voluntad; lo he jurado. ¡Qué los hombres busquen la verdad sin mí! Sí: la naturaleza es irónica. Si no —añadió, con insólita vehemencia—, ¿por qué crea hombres superiores para burlarse de ellos a continuación? Cuando algún ser ha sido reconocido como perfecto en la tierra, la naturaleza le ha dado por misión decir cosas capaces de producir tales torrentes de sangre que, vertidos de una vez, hubiesen ahogado a la humanidad entera. Más vale que yo muera. Porque, si no, acabaría diciendo alguna espantosa mentira. ¡Ya se encargaría de ello la naturaleza! No he corrompido a nadie. Aspiré a vivir para procurar la dicha de todos los hombres, para buscar y difundir la verdad. Miraba por la ventana la casa Meyer y juzgaba que me bastaría un cuarto de hora de hablar desde allí para convencer a todos, a todos. Y para una vez que entro en contacto, no con la multitud, sino con ustedes, ¿qué ha resultado? Nada. ¡Ha resultado que me desprecian! Y no habré conseguido dejar el menor recuerdo de mí. Ni un acto, ni una voz, ni una huella, ni una sola idea propagada. No se burlen de este imbécil. Olvídenle, olvídenle para siempre. ¡No tengan la crueldad de acordarse de él! ¿Saben que, si no estuviera tuberculoso, me mataría?
Parecía desear seguir hablando; pero calló de repente, se desplomó en un sillón y, tapándose el rostro con las manos, se puso a llorar como un niño pequeño.

El idiota - Fiodor Dostoyevski