jueves, 31 de octubre de 2019

—El análisis es bueno como instrumento para la ilustración y la civilización, es bueno en la medida en que destruye convicciones estúpidas, disipa prejuicios naturales y hace tambalearse los cimientos de la autoridad; en otros términos: es bueno en la medida en que libera, afina, humaniza y prepara a los siervos para la libertad. Es malo, muy malo, en la medida en que impide la acción, daña las raíces de la vida y es incapaz de darle una forma a esa vida. El análisis puede ser algo muy poco apetecible, tan poco apetecible como la muerte, de la que en realidad es parte… Está emparentado con la tumba y esa anatomía que la acompaña.

La montaña mágica - Thomas Mann
Sin embargo, la atención de Hans Castorp estaba absorbida por una especie de saco, una masa más densa que se movía como un animal y se veía, oscura, detrás de la columna central, a la derecha del espectador… que se dilataba regularmente y se contraía de nuevo, como una medusa flotando en el agua.
—¿Ve su corazón? —preguntó el consejero, levantando su enorme mano del muslo para señalar repetidas veces con el dedo aquella extraña masa que latía.
¡Cielos, era el corazón de Joachim, aquel corazón amante del honor, lo que Hans Castorp estaba viendo!
—Estoy viendo tu corazón —dijo con voz ahogada.
—Pues mira, mira… —respondió Joachim y, sin duda, sonreía resignado, allí en la oscuridad. El doctor Behrens, en cambio, les mandó callar y dejarse de sentimentalismos. Estudiaba las manchas y las líneas, aquella zona negruzca en la cavidad interior del pecho, mientras que Hans Castorp no se cansaba de mirar lo que podía haber sido el fantasma de Joachim, su esqueleto desnudo, aquellos huesos sin carne que no eran sino un memento de la muerte. Le invadió un sentimiento de profundo respeto mezclado con un profundo terror.
—Sí, sí, lo veo —repitió varias veces—. ¡Dios mío, lo veo!
Había oído hablar de una mujer, pariente de los Tienappel, muerta desde hacía mucho tiempo, que tenía la suerte o la desgracia de poseer un don particular: veía a las personas que iban a morir pronto en forma de esqueletos. Así veía ahora Hans Castorp al buen Joachim, aunque era gracias a la ciencia física y óptica, con lo cual no habría nada de paranormal y nada de qué preocuparse y, además, todo sucedía con la expresa autorización del sujeto en cuestión.
Con todo, comprendía cuán lleno de melancolía debía de haber sido el destino de aquella tía suya, la vidente. Profundamente emocionado por todo lo que veía, es decir, por el hecho de ver aquello, le asaltaban tremendas dudas inconfesables, se preguntaba si todo aquello estaba bien, se preguntaba si aquel espectáculo en aquella oscuridad, entre aquellas chispas y aquellas corrientes, era verdaderamente lícito; y el enorme placer de la indiscreción se mezclaba en su pecho con sentimientos de emoción y piedad.

La montaña mágica - Thomas Mann
—Hay quien es rico y quien no es rico. ¡Y tanto peor para quienes no lo son! ¿Yo? No soy millonario, pero tengo la vida asegurada. Soy independiente, tengo de qué vivir. Pero no hablemos de mí. Si usted hubiese dicho «allá abajo hay que ser rico» lo habría aceptado. Porque suponiendo que uno no fuese rico o que dejase de serlo, entonces ¡pobre desgraciado! «¿Le queda dinero a ese infeliz?», pregunta la gente. Textualmente y como se lo digo, con ese tono. Lo he oído con frecuencia y me doy cuenta de que se me ha quedado grabado. De algún modo, me debió de impresionar, a pesar de estar habituado; si no, no me acordaría. ¿O qué piensa usted? No, yo no creo que usted, usted que es un homo humanus, se encontrase a gusto entre nosotros. Incluso a mí, que allá abajo estoy en mi casa, me parece atroz, ahora me doy cuenta, y eso que personalmente nunca he sufrido nada similar. Nadie quiere ir a casa de quien no sirve en su mesa los mejores vinos, y sus hijas no encuentran marido. Así es la gente. Ahora que estoy aquí, en la cama, y veo las cosas desde cierta distancia, me parece terrible. ¿Qué palabras había empleado usted? ¡Flemáticos y… enérgicos! De acuerdo, pero, ¿qué quiere decir eso? Quiere decir duros, fríos. ¿Y qué significa duros y fríos? ¡Crueles! Es un ambiente cruel el que reina allá abajo, un ambiente despiadado. Cuando se está así, tumbado, y se contemplan esas cosas desde la distancia, le entran a uno escalofríos.

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miércoles, 30 de octubre de 2019

Al tiempo que el reloj daba las dos campanadas —una y dos—, la graciosa enferma volvió la cabeza por encima del hombro e incluso giró un poco el cuerpo para dirigir su mirada abiertamente hacia Hans Castorp. No sólo vagamente hacia su mesa sino, sin equívoco posible, hacia él en persona, esbozando una sonrisa con los labios cerrados y con aquellos ojos achinados, iguales a los de Pribislav, como diciéndole: «Bueno, ya es la hora, ¿no vas?». (Pues cuando son sólo los ojos los que «hablan», tutean directamente, aunque los labios ni siquiera hayan llegado a pronunciar un «usted»). Y ése fue el extraño incidente que turbó y conmocionó a Hans Castorp hasta el fondo de su alma. Sin dar crédito a sus sentidos, obnubilado, miró primero a Madame Chauchat a la cara; luego levantó los ojos por encima de su frente y sus cabellos, y se quedó con la vista clavada en el vacío. ¿Sabría que él tenía hora para consulta a las dos? ¡Lo parecía! Y, sin embargo, era tan poco verosímil como que también hubiese podido saber que, justo un minuto antes, se había preguntado si no debía decir al doctor Behrens, por mediación de Joachim, que su resfriado iba mucho mejor y que juzgaba innecesaria la consulta; una idea cuyas posibles ventajas se desvanecieron ante aquella sonrisa interrogante, para adquirir el color del fastidio más horrible.

La montaña mágica - Thomas Mann
¿Se ha puesto el termómetro?
Él negó con la cabeza.
—¿Por qué no? —preguntó la enfermera, y se quedó con ese gesto: con el labio inferior salido.
Él permaneció en silencio. El bueno de Hans Castorp era aún muy joven, y todavía conservaba la costumbre del escolar que guarda silencio cuando se encuentra de pie ante su pupitre y no sabe nada.
—¿No será usted de ésos que nunca se toman la temperatura?
—Sí, sí, señora superiora. Cuando tengo fiebre…
—¡Pero, hijo! Uno se pone el termómetro básicamente para saber si tiene fiebre. Y ahora, según su opinión, ¿tiene fiebre?
—No lo sé, señora superiora. No estoy seguro. Un poco febril y escalofriado sí que me siento desde que estoy aquí arriba.
—¡Ah, claro! ¿Y dónde está su termómetro?
—No tengo, señora. ¿Para qué? No estoy más que de visita. Yo estoy sano.
—¡Memeces! ¿Me ha mandado usted llamar porque se encuentra bien?
—No —respondió Hans Castorp cortésmente—, es porque estoy un poco…
—Resfriado. Aquí ya conocemos esa clase de catarros. ¡Tenga! —Y comenzó a hurgar de nuevo en su bolso hasta que sacó dos estuches alargados de cuero, uno negro y otro rojo, y los puso sobre la mesa—. Éste cuesta tres francos y medio y éste cinco francos. Naturalmente, le va a salir mejor el de cinco. Puede servirle toda la vida, si lo usa como es debido.
Sonriendo, el joven tomó el estuche rojo y lo abrió. Como una joya, el instrumento de cristal reposaba en la hendidura diseñada para tal efecto en el interior forrado de terciopelo rojo. Los grados estaban marcados con rayitas rojas y las décimas con rayitas negras. Las cifras también eran rojas. La parte inferior, que iba estrechándose, estaba llena de brillante mercurio. La columna estaba muy baja, marcando un grado muy inferior al del calor animal normal.
Hans Castorp sabía lo que se debía a sí mismo y a su prestigio.
—Me quedo con éste —dijo, sin siquiera prestar atención al otro—. El de cinco. ¿Puedo pagarlo…?
—¡Naturalmente! —exclamó la superiora—. No hay que regatear en las compras importantes. No hay prisa, se le anotará en la factura. Démelo. Para comenzar, vamos a hacerlo descender completamente, así…
Le quitó el termómetro de las manos, lo sacudió repetidas veces en el aire, e hizo descender la columna de mercurio hasta los 35 grados.
—Ya subirá, ya subirá el mercurio —dijo—. Tenga usted, su adquisición. Sin duda, ya conoce nuestras costumbres. Póngaselo debajo de esa lengua que Dios le ha dado durante siete minutos, cuatro veces al día, y cierre bien esa boca. Hasta la vista, hijo. Le deseo buenos resultados.
Y salió de la habitación.

La montaña mágica - Thomas Mann
El padre, no menos que el abuelo Giuseppe, aunque no hubiese sido un agitador político ni un combatiente por la causa de la libertad, sino un erudito discreto y delicado, un humanista en su cátedra. Pero ¿qué era el humanismo? El amor a la humanidad, nada más, y por eso mismo el humanismo también era política, también era rebelión contra todo cuanto mancillara y deshonrara la idea de humanidad. Habían reprochado al padre de Settembrini que rendía un culto excesivo a la forma, pero, después de todo, sólo había cultivado esa forma —y su belleza— por respeto hacia la dignidad del hombre, en marcada oposición a la Edad Media, que no sólo había estado sumida en el desprecio del hombre y en la superstición, sino también en una especie de vergonzosa ausencia de formas bellas; y, ante todo, había reivindicado la libertad de pensamiento y el placer de vivir en la tierra, pues —según él— el reino de los cielos era mejor dejárselo a los gorriones. ¡Prometeo! Ése fue el primer humanista, y era idéntico al Satán en homenaje al cual Carducci había compuesto su himno… ¡Ah, si los primos hubiesen oído al viejo boloñés, enemigo de la Iglesia, cuando se burlaba y despotricaba contra la sensibilidad cristiana de los románticos, contra los cantos sagrados de Manzoni, contra el culto a las sombras y a la luz de luna de la poesía romántica que él llamaba la «pálida monja del firmamento»! Per Baccho!, eso hubiese sido un gran placer. Y también tendrían que haber oído cómo Carducci interpretaba la obra de Dante: le tenía en muy alta estima como en calidad de ciudadano de una gran metrópoli que había defendido la fuerza activa que transforma al mundo y lo mejora contra el ascetismo y la negación de la vida. No era la sombra enfermiza y mística de Beatrice lo que el poeta había querido honrar bajo el nombre de «donna gentile e pietosa»; por el contrario, había llamado así a su esposa que, en el poema, representaba el principio del conocimiento de las cosas terrenales y la actividad práctica en la vida…

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martes, 29 de octubre de 2019

Un detalle que mencionó el nieto Settembrini causó especial impresión al joven Hans Castorp, a saber, que el abuelo Giuseppe siempre se presentaba ante sus conciudadanos vestido de negro, pues decía que llevaba luto por Italia, su patria, esclavizada e infeliz. Al oír eso, Hans Castorp, que ya había trazado varias comparaciones en su mente, no pudo evitar acordarse de su propio abuelo, quien igualmente, durante todo el tiempo en que su nieto le había conocido, había vestido de negro, si bien por un motivo muy diferente del de este otro: recordó aquellos atuendos pasados de moda en los que el verdadero espíritu del abuelo —un espíritu de otra época también— había tratado de adaptarse al presente de un modo provisional y subrayando siempre este desfase esencial hasta que, finalmente, la esencia y la apariencia volvieran a conciliarse en la obligada solemnidad de su entierro (con gola española bien almidonada). ¡Qué dos abuelos tan diferentes! Hans Castorp reflexionaba sobre esto mientras sus ojos adquirían una expresión fija y meneaba prudentemente la cabeza, un movimiento que podía interpretarse como una muestra de admiración hacia Giuseppe Settembrini aunque también como un signo de extrañeza y desaprobación.

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Por otra parte, sus divagaciones se vieron interrumpidas en ese punto, principalmente porque volvió a atraer su atención el doctor Krokovski, que había elevado la voz de un modo impresionante. Allí estaba, de pie, con los brazos abiertos y la cabeza ladeada, detrás de la mesa y, a pesar de su levita, ¡casi parecía Nuestro Señor Jesucristo en la cruz!
Resultó que, al terminar la conferencia, el doctor Krokovski hacía propaganda activa a favor de la «disección psíquica» y que, con los brazos en cruz, invitaba a todo el mundo a acudir a él. «Venid a mí —parecía decir—, todos los que estáis afligidos y cargados de penas». Y no ponía en duda que todos los de allí arriba, sin excepción, estaban afligidos y cargados de penas. Habló del dolor escondido, del pudor y la pena, de los efectos liberadores del análisis; ensalzó la iluminación del inconsciente, preconizó la transformación de la enfermedad en un sentimiento consciente, exhortó a la confianza y prometió la curación. Luego dejó caer los brazos, enderezó la cabeza, reunió los textos de los que se había servido durante la conferencia y, abrazando su bloque de papeles con la izquierda, cual si fuera un profesor, se alejó por el corredor con la cabeza bien alta.
Todos se pusieron de pie, echaron hacia atrás las sillas y emprendieron lentamente la salida por donde el doctor había abandonado la sala. Era como si todos le siguieran en un movimiento concéntrico, acercándose a él desde todos los lados, con gesto vacilante y como sin voluntad propia, movidos por una extraña atracción, igual que las ratas tras el flautista de Hamelín. Hans Castorp permaneció de pie en medio del tumulto, apoyando una mano en el respaldo de su silla.
«Yo sólo estoy aquí de visita —pensó—, estoy bien de salud, a Dios gracias, no formo parte de esto, y en la próxima conferencia ya no estaré aquí».

La montaña mágica - Thomas Mann
Por otra parte, la devolución del lápiz se llevó a cabo de la forma más sencilla, enteramente de acuerdo a las intenciones de Hans Castorp, es más: para cierto orgullo de éste, en su estado de enajenación y euforia por el trato íntimo con Hippe.
—¡Toma —dijo—, muchas gracias!
Pribislav no dijo nada, se limitó a revisar fugazmente el mecanismo y a guardar el lápiz en el bolsillo…
No volvieron a hablar nunca más, pero al menos aquella vez, gracias al arrojo de Hans Castorp, había sucedido…
Abrió los ojos, confundido ante la viveza de su ensoñación. «Creo que he soñado —pensó—. Sí, era Pribislav… Hacía mucho tiempo que no pensaba en él. ¿Dónde habrán ido a parar las virutas del lápiz? El pupitre está en el desván, en casa de mi tío Tienappel. Deben de estar todavía en el cajoncito interior de la izquierda. No las saqué jamás. Ni siquiera me acordé de tirarlas… Era Pribislav en carne y hueso, nunca hubiera creído que volvería a verle con tanta claridad. ¡Cómo se parecía a esa mujer del sanatorio! ¡A la de aquí arriba! ¿Por eso me interesa tanto ella? O es al revés: ¿Por eso me interesó tanto él en tiempos? ¡Tonterías! ¡Menudas tonterías! Por cierto, tengo que irme y, además, lo antes posible».
Sin embargo, permaneció un rato tendido, soñando y recordando. Luego se puso en pie.
—¡Adiós, pues, y mil gracias! —dijo, y sonrió mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

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lunes, 28 de octubre de 2019

—Llega tarde al concierto, señor Settembrini, está a punto de terminar. ¿No le gusta la música?
—Si me la imponen, no —contestó Settembrini—. No según el calendario; no cuando huele a farmacia y me la prescriben con receta médica. Todavía doy importancia a mi libertad, o al menos a ese resto de libertad y dignidad humana que aún conservamos. Vengo a estos conciertos de visita, al igual que hace usted entre nosotros; paso un cuarto de hora y sigo mi camino. Eso me proporciona una ilusión de independencia. No digo que sea algo más que una ilusión, pero ¿qué quiere usted…? ¡Con tal de que brinde cierta satisfacción! El caso de su primo es distinto. Para él es como estar de servicio. ¿No es verdad, teniente, que usted considera que esto forma parte de sus obligaciones? ¡Oh, no se esfuerce, sé que conoce el truco para conservar su orgullo aun en la esclavitud! Un truco desconcertante. No todo el mundo en Europa entiende de eso. ¿Me preguntaba acerca de la música? ¿Si soy amante de la música? Pues bien, cuando usted dice «amante de la música» —en realidad, Hans Castorp no recordaba si lo había dicho así—, la expresión no está mal elegida, encierra un matiz de tierna frivolidad. Bien, pues… lo acepto. Sí, soy amante de la música, lo cual no significa que la aprecie particularmente, tal y como aprecio y amo, por ejemplo, la palabra, el vehículo del espíritu, el instrumento, el resplandeciente arado del progreso… La música… es lo no articulado, lo equívoco, lo irresponsable, lo indiferente. Tal vez quieran objetar que puede ser clara. Pero la naturaleza también, al igual que un simple arroyuelo puede ser claro, ¿y de qué nos sirve eso? No es la claridad verdadera, es una claridad ilusoria que no nos dice nada y no compromete a nada, una claridad sin consecuencias y, por tanto, peligrosa, puesto que nos seduce y nos amansa… Concedan ustedes esa magnanimidad a la música. Bien…, así inflamará nuestros afectos. ¡Pero lo importante es poder inflamar nuestra razón! La música parece ser el movimiento mismo, pero a pesar de eso, sospecho en ella un atisbo de estatismo. Déjeme llevar mi tesis hasta el extremo. Siento hacia la música una antipatía de índole política.

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—Como ves, no ha sido tan difícil, me he entendido estupendamente con ella. Siempre sé entenderme con esta clase de personas. Creo que estoy hecho para tratar con ellas. ¿No te parece? Incluso creo que, en conjunto, me entiendo mejor con las personas tristes que con las alegres. Dios sabe a qué se debe. Tal vez al hecho de que soy huérfano y perdí a mis padres tan pronto. Con todo, cuando la gente está seria y triste, y la muerte anda al acecho, no me siento incómodo ni cohibido; al contrario, me encuentro en mi elemento, mejor que cuando todo marcha bien, eso va menos con mi carácter. Estos días pensaba que es una estupidez por parte de todas estas mujeres temer tanto a la muerte y a todo cuanto tiene que ver con ella, hasta el punto de ocultarles todo y llevar el Santo Sacramento a los moribundos cuando ellas están comiendo. ¡Eso es pueril! ¿A ti no te gusta ver un ataúd? A mí me encanta ver alguno de vez en cuando. Me parece que un ataúd es un mueble hermoso, incluso cuando está vacío; claro que, cuando hay alguien dentro, me parece verdaderamente solemne. Los entierros tienen algo de edificantes, y más de una vez he pensado que, para buscar recogimiento, debería ir uno a un entierro en vez de a la iglesia. La gente va bien vestida, de luto riguroso, se quita el sombrero y todos se comportan con enorme respeto, nadie se atreve a gastar bromas de mal gusto, como ocurre siempre en la vida cotidiana. Me gusta mucho ver que la gente muestra recogimiento en algunas ocasiones. A veces me he preguntado si hubiera debido hacerme pastor; creo que, en cierto modo, no me hubiera ido mal del todo… ¡Espero no haber cometido ningún error en francés al hablar con ella!
—No —dijo Joachim—. «Je le regrette beaucoup» es perfectamente correcto.

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—Naturalmente, no me resulta fácil adaptarme a ustedes, los de aquí arriba —continuó diciendo—. Era previsible, pero tirar la toalla sólo por sentirme confundido y acalorado, creo que me avergonzaría, que me tacharía a mí mismo de cobarde; además, no tendría sentido, no sería razonable… Usted mismo lo ha dicho…
De repente, hablaba acaloradamente, con agitados movimientos de hombros, y como si intentase convencer al italiano de que retirase formalmente su propuesta.
—Me descubro ante la razón —respondió Settembrini—. También me descubro ante el valor, por supuesto. Lo que usted dice es razonable, sería difícil oponer un argumento de fuerza. También he visto casos de adaptación asombrosos. Por ejemplo, el año pasado, el de la señorita Kneifer, Ottilie Kneifer, perteneciente a una excelente familia, hija de un alto funcionario del Estado. Llevaba al menos año y medio aquí, y se había adaptado tan perfectamente que cuando se recuperó (pues, en efecto, a veces se cura uno aquí arriba) no quería marcharse de ninguna manera. Rogó encarecidamente al médico jefe que la retuviese aquí, le dijo que no podía ni quería irse a casa, que ésta era su casa y que aquí se sentía feliz; pero como había mucha demanda y se necesitaba su habitación, sus ruegos fueron vanos y todos estaban de acuerdo en darle el alta. De pronto, Ottilie volvió a tener fiebre, le subió la curva de la temperatura de un modo alarmante. Pero descubrieron el engaño cambiándole el termómetro por una «enfermera». ¿Sabe lo que es eso…? No, claro que no. Es un termómetro sin cifras que el médico verifica personalmente midiendo la columna de mercurio y anotando él mismo la temperatura en la tabla. Ottilie, señor mío, tenía 36,9. Así pues, no tenía fiebre. Luego decidió bañarse en el lago (eso fue a principios de mayo, por las noches helaba y el agua estaba extremadamente fría, a unos pocos grados nada más), y permanecía bastante tiempo en el agua con idea de contraer alguna enfermedad. Y ¿cuál fue el resultado? Continuó completamente sana. Se marchó tristísima y desesperada, impasible ante las palabras de consuelo de sus padres. «¿Qué voy a hacer allá abajo?», repetía. «¡Éste es mi hogar!». No sé qué habrá sido de ella… Pero me parece que no me está escuchando, mi querido ingeniero. Parece tener dificultades para mantenerse en pie, si no me engaño. Teniente, aquí tiene a su primo —dijo volviéndose hacia Joachim, que se acercaba en ese momento—. Llévele a la cama. Es razonable y valiente pero esta noche está un poco débil.

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jueves, 24 de octubre de 2019

el tabaco le pone melancólico y por eso nuestra respetable enfermera jefe le ha guardado las provisiones bajo llave y no le da más que una pequeña dosis cada día. Pero a veces sucumbe a la tentación de robarla y entonces cae en la melancolía. En una palabra: es un alma atormentada. ¿Conoce ya a nuestra enfermera jefe? ¿No? ¡Qué fallo! Hace usted mal en no correr a conocerla. Pertenece a la estirpe de los von Mylendonk, señor mío. Se distingue de la Venus de Médicis en que allí donde la diosa muestra los senos, ella suele llevar un crucifijo.
—¡Ja, ja, es buenísimo! —rió Hans Castorp.
—Se llama Adriática.
—¡Encima eso! —exclamó Hans Castorp—. ¡Mire que es raro! Von Mylendonk y Adriática. Suena como si hubiera muerto hace tiempo. Casi parece medieval.
—Señor mío —contestó Settembrini—, aquí hay muchas cosas que «casi parecen medievales», como ha tenido usted a bien decir. Por mi parte, estoy convencido de que nuestro Radamante no ha nombrado jefa de su palacio de los horrores a ese fósil más que por una necesidad estética de conservar el estilo del lugar, porque es un artista, ¿lo sabía? Pinta al óleo. ¿Qué esperaba? Eso no está prohibido, ¿no es cierto? Cada cual es libre… La señora Adriática dice a quien quiere escucharla, y a los que no quieren también, que a mediados del siglo trece una Mylendonk fue abadesa de un convento de Bonn, en el Rin. Es probable que ella misma naciese poco tiempo después de esa época.
—¡Ja, ja, ja! ¡Qué cáustico es usted, señor Settembrini!
—¿Cáustico? ¿Quiere decir, malicioso? Sí, soy un poco malicioso —dijo Settembrini—. Lo que lamento es estar condenado a malgastar mi maldad en cosas tan miserables. Espero que no tenga nada en contra de la maldad, mi querido ingeniero. A mi parecer, es el arma más brillante de la razón contra las fuerzas de las tinieblas y la fealdad. La maldad, señor, es el espíritu de la crítica, y la crítica es el origen del progreso y la ilustración.

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parecen los primeros en estar de muy buen humor. Lo contentos que bajaban… ¡Cuando pienso que forman la «Sociedad Medio Pulmón»! ¡Pfiuu! Va la chica y me silba… yo pienso: «¡Está chiflada!», y resulta que es puro afán de alardear, puro orgullo. ¿Por qué se sienten tan orgullosos? ¿Quieres decírmelo?
Joachim buscaba una respuesta.
—¡Dios mío —dijo—, son tan libres…! Quiero decir que son tan jóvenes que para ellos el tiempo no tiene importancia. Y luego, lo más probable es que se mueran. ¿Por qué iban a poner cara seria? A veces pienso que estar enfermo y morir no son algo tan serio, sino una especie de paseo sin rumbo; en realidad, las cosas serias no se encuentran más que en la vida de allá abajo. Creo que lo comprenderás cuando hayas pasado más tiempo entre nosotros.

La montaña mágica - Thomas Mann
Como se ve, procuramos recoger todo aquello que puede prevenir en su favor, pero le juzgamos sin exageración y no le hacemos ni mejor ni peor de lo que era. Hans Castorp no era un genio ni un imbécil, y si para definirle evitamos la palabra «mediocre» es por una serie de razones que no guardan relación ni con su inteligencia ni con su persona en sí: es por respeto hacia su destino, al cual nos sentimos inclinados a conceder una importancia más que personal. Tenía bastante cabeza para cumplir con las exigencias del bachillerato de ciencias sin necesidad de excesivo esfuerzo, que, por otra parte, tampoco hubiera estado dispuesto a realizar en ninguna circunstancia y por ningún motivo, no tanto por temor a sufrir algún daño, sino porque no veía motivo alguno para resolverse a ello, o más exactamente, ninguna razón indispensable; y es precisamente por eso por lo que no queremos llamarle mediocre, porque, de alguna manera, era consciente de esa falta de motivos.
El hombre no sólo vive su vida personal como individuo, sino que, consciente o inconscientemente, también participa de la de su época y de la de sus contemporáneos, así que, por más que considerase las bases generales e impersonales de su existencia como bases inmediatas, dadas por naturaleza, y permaneciese alejado de la idea de ejercer cualquier crítica contra ellas, como era el caso del buen Hans Castorp, era muy posible que sintiese su bienestar moral ligeramente afectado por sus defectos. El individuo puede tener presentes toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales extrae la energía para los grandes esfuerzos y actividades; ahora bien, cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, en el fondo está falta de objetivos y de esperanzas, cuando ésta se le revela como una época sin esperanzas, sin perspectivas y sin rumbo, y cuando la pregunta sobre el sentido último, inmediato y más que personal de todos esos esfuerzos y actividades —pregunta planteada de manera consciente o inconsciente, pero planteada al fin y al cabo—, no encuentra otra respuesta que el silencio del vacío, resultará inevitable que, precisamente a los individuos más rectos, esta circunstancia conlleve cierto efecto paralizante que, por vía de lo espiritual y moral, se extienda sobre todo a la parte física y orgánica del individuo. Para estar dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la medida de lo que comúnmente se practica, aunque la época no pueda dar una respuesta satisfactoria a la pregunta «¿para qué?», se requiere bien una independencia y una pureza moral que son raras y propias de una naturaleza heroica, o bien una particular fortaleza de carácter. Hans Castorp no poseía ni lo uno ni lo otro, y no era, por lo tanto, más que un hombre mediocre, eso sí, en uno de los sentidos más honrosos del término.

La montaña mágica - Thomas Mann
El niño alzó la mirada hacia el delgado rostro de anciano del abuelo que ahora se inclinaba de nuevo sobre la jofaina, como lo había hecho en aquella hora ya muy lejana de la que hablaba en ese momento, y la sensación que había experimentado otras veces se apoderó de él; aquella peculiar sensación, como soñada y también como de pesadilla de que todo se mueve y no se mueve nada, de cambiante permanencia que no es sino un constante volver a empezar y una vertiginosa monotonía; una sensación que ya le era conocida de otras veces y cuya repetición había esperado y deseado; en parte se debía a este deseo el que hubiera pedido que le mostrasen aquella pieza, que pasaba de generación en generación sin que el tiempo pasase por ella.

La montaña mágica - Thomas Mann
Allí estaban el nombre de su padre, el de su abuelo y el de su bisabuelo, y luego el prefijo se doblaba, se triplicaba, y hasta se cuadruplicaba en la boca del narrador, y el joven, con la cabeza inclinada hacia un lado, con la mirada muy fija en actitud reflexiva o también soñadora y relajada y con los labios devotamente entreabiertos, escuchaba ese «tatara-tatara», ese sonido oscuro que evocaba la tumba y el paso del tiempo, que sin embargo, reflejaba los indisolubles y devotamente conservados lazos entre el presente, su propia vida y el pasado remotísimo, y que producía en él un extraño efecto, tal y como se manifestaba en su rostro. Al oír aquel sonido creía respirar un aire frío y con cierto olor a moho, el aire de la iglesia de Santa Catalina o de la cripta de San Miguel; sentir en sus oídos el aliento de esos lugares en los que, con el sombrero en la mano, parece imponerse caminar con devoción, inclinándose y tambaleándose ligeramente para no apoyar los tacones de las botas; creía también oír el silencio lejano y pacífico de esos lugares de profundos ecos; el sonido de aquellas sílabas hacía que en su interior se mezclasen la conciencia de lo sagrado y la conciencia de la muerte y de la historia, y, de algún modo, el joven tenía la sensación de que todo aquello le hacía bien; es más, era muy posible que le hubiera pedido que le mostrara la jofaina por amor a ese sonido para escucharlo y repetirlo una vez más.

La montaña mágica - Thomas Mann
—¡Sea bienvenido, señor Castorp! Espero que se adapte pronto y que se encuentre bien entre nosotros. ¿Me permite preguntarle si ha venido como paciente?
Era conmovedor observar los esfuerzos de Hans Castorp para mostrarse amable y dominar sus deseos de dormir. Le fastidiaba estar tan bajo de forma y, con el orgullo desconfiado de los jóvenes, creyó percibir en la sonrisa y la actitud tranquilizadora del ayudante las señales de una indulgente mofa. Contestó diciendo que pasaría allí tres semanas, mencionó sus exámenes y añadió que, a Dios gracias, se hallaba completamente sano.
—¿De verdad? —preguntó el doctor Krokovski, inclinando la cabeza a un lado como para burlarse y acentuando su sonrisa—. ¡En tal caso es usted un fenómeno completamente digno de ser estudiado! Porque yo nunca he encontrado a un hombre enteramente sano. ¿Me permite que le pregunte a qué exámenes se ha presentado?
—Soy ingeniero, señor doctor —contestó Hans Castorp con modesta dignidad.
—¡Ah, ingeniero! —Y la sonrisa del doctor Krokovski se relajó, perdiendo por un instante algo de su fuerza y cordialidad—. Admirable. ¿Y, dice, pues, que no va a necesitar ningún tipo de tratamiento médico, ni físico ni psíquico?
—No, muchísimas gracias —dijo Hans Castorp, que estuvo a punto de retroceder un paso.
En ese momento la sonrisa del doctor Krokovski apareció de nuevo victoriosa y, mientras estrechaba la mano del joven, exclamó en voz alta:
—¡Pues que duerma usted bien, señor Castorp, con la plena conciencia de su salud de hierro! ¡Duerma bien y hasta la vista!

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miércoles, 23 de octubre de 2019

Cuando salieron, volvieron a ver a la enfermera, que les lanzó una mirada miope y curiosa. Sin embargo, en el primer piso, Hans Castorp se detuvo de pronto, inmovilizado por un ruido absolutamente escalofriante que les llegó desde escasa distancia, tras un recodo del pasillo; un ruido no muy fuerte, pero de una naturaleza tan particularmente repugnante que Hans Castorp hizo una mueca de estupor y miró a su primo con los ojos como platos. Se trataba, con toda seguridad, de la tos de un hombre, pero de una tos que no se parecía a ninguna de las que Hans Castorp había oído; es más, era una tos en comparación con la cual todas las que conocía le parecían dar muestra de una magnífica vitalidad; una tos sin fuerza, que no se producía por medio de las habituales sacudidas, sino que sonaba como un chapoteo espantosamente débil en el viscoso lodo de la podredumbre orgánica.
—Sí —dijo Joachim—, tiene mala pinta. Es un noble austríaco, ¿sabes? Un hombre elegante, de la alta sociedad. Y mira cómo está. Sin embargo, todavía sale a pasear.

La montaña mágica - Thomas Mann
Al igual que el tiempo, el espacio trae consigo el olvido; aunque lo hace desprendiendo a la persona humana de sus contingencias para transportarla a un estado de libertad originaria; incluso del pedante y el burgués hace, de un solo golpe, una especie de vagabundo. El tiempo, según dicen, es Lete, el olvido; pero también el aire de la distancia es un bebedizo semejante, y si bien su efecto es menos radical, cierto es que es mucho más rápido.

La montaña mágica - Thomas Mann
«Ella me comprende —pensó Lievin—. Sabe en lo que estoy pensando. ¿Se lo digo o no? Sí, voy a decírselo». Pero en el momento en que se disponía a hacerlo, Kiti empezó a hablar.
—Oye, Kostia, haz el favor de ir a la habitación que le hemos preparado a Serguiéi Ivánovich para ver si no falta nada. A mí me cohíbe. Entérate si le han puesto el lavabo nuevo.
—Bien. Iré sin falta —replicó Lievin, besándola.
«No, no debo decírselo —pensó cuando Kiti pasó delante de él—. Se trata de un misterio que solo necesito yo, un misterio importante que no puede explicarse con palabras.
»Este nuevo sentimiento no me ha transformado, no me ha proporcionado la dicha deslumbrándome de pronto, como esperaba, lo mismo que me ha ocurrido con el cariño hacia mi hijo. Tampoco ha habido ninguna sorpresa. No sé si esto es la fe o no lo es. Lo único que puedo decir es que ha penetrado en mi alma a fuerza de sufrimientos y ha arraigado en ella.
»Seguiré enfadándome contra el cochero Iván, seguiré discutiendo, expresaré inoportunamente mis ideas, continuará erigiéndose un muro entre el santuario de mi alma y los demás, incluso me sucederá eso con mi mujer. Seguiré culpándola de mis sobresaltos y arrepintiéndome de ello, seguiré rezando sin que mi razón comprenda por qué lo hago. Pero ahora toda mi vida, cada minuto de mi vida, independientemente de lo que pueda ocurrirme, no carecerá de sentido como antes. ¡Ahora poseerá el sentido indudable del bien que soy capaz de infundir en ella!».

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

martes, 22 de octubre de 2019

—Sirvo muy bien para esto porque la vida no representa nada para mí. Y sé que poseo la suficiente energía para irrumpir en la lucha y matar o morir. Me complace que exista algo para dar mi vida, y no porque no la necesite, sino porque se me ha vuelto odiosa. Así le servirá a alguien —añadió, haciendo un movimiento de impaciencia con la mandíbula, provocado por el insistente dolor de muelas, que incluso le impedía hablar con la expresión que deseaba.
—Le pronostico que se reanimará usted —dijo Serguiéi Ivánovich, conmovido—. Libertar del yugo a nuestros hermanos es una causa digna de ofrendar la vida. Que Dios le conceda éxito y la paz interior —añadió, tendiéndole la mano.
Vronski estrechó calurosamente la mano de Serguiéi Ivánovich.
—Sí, como instrumento puedo servir de algo. Pero como hombre no soy sino una ruina —dijo, recalcando las palabras.
El terrible dolor de una muela le llenaba la boca de saliva y le impedía hablar. Vronski calló y examinó las ruedas del ténder, que se acercaba deslizándose lenta y suavemente por los carriles.
Y de repente un malestar general interior le obligó a olvidar momentáneamente el dolor de muelas. El ténder y la vía, así como el influjo de la conversación con aquel conocido, al que no había vuelto a ver desde su desgracia, le hicieron recordar a ella, es decir, lo que quedaba de ella cuando entró, corriendo como un loco, en el puesto de gendarmería de la estación: en la mesa, tendido impúdicamente, entre gente desconocida, estaba el ensangrentado cuerpo, aún lleno de vida reciente. Tenía la cabeza intacta, echada hacia atrás, con sus pesadas trenzas y sus rizos en las sienes. En su rostro encantador —de roja boca entreabierta— había una expresión extraña y lastimosa en los labios y horrible en los ojos inmóviles y abiertos, como si estuviera pronunciando las terribles palabras que le dijo durante la última discusión: «Se arrepentirá».

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Serguiéi Ivánovich no estaba de acuerdo en muchos detalles de lo que se escribía y se comentaba respecto de esta cuestión. Veía que el problema eslavo se había convertido en uno de esos temas de moda que, cambiando de cuando en cuando, sirven de distracción a la sociedad; veía también que muchos se ocupaban del asunto con fines interesados y por vanidad. Reconocía que los periódicos publicaban muchas cosas innecesarias, a fin de atraer la atención y por gritar más fuerte que otros. Advertía que ante aquel momento general de entusiasmo los que gritaban más eran los fracasados y resentidos: los generales sin ejército, los ministros sin ministerio, los periodistas sin periódico y los jefes de partido sin partidarios. Notaba que en todo aquello había mucha frivolidad y ridiculez;

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lunes, 21 de octubre de 2019

Quiso tirarse bajo el centro del primer vagón que llegaba junto a ella, pero la bolsita roja, de la que quiso desprenderse, la entretuvo y no le dio tiempo: el centro había pasado ya. Era preciso esperar el vagón siguiente. La embargó una sensación semejante a la que experimentaba cuando se disponía a entrar en el agua para bañarse, y se persignó. El gesto familiar de la señal de la cruz despertó en su alma una serie de recuerdos de su infancia y de su juventud. Y súbitamente se desvaneció la niebla que lo cubría todo, y la vida se le presentó por un momento con todas sus radiantes alegrías pasadas. Pero Anna no bajaba la vista del segundo vagón que se acercaba. En el preciso instante en que el centro pasaba ante ella, arrojó la bolsita y, hundiendo la cabeza entre los hombros, se arrojó debajo de él, cayendo sobre las manos. Haciendo un ligero movimiento, como si se dispusiera a levantarse enseguida, quedó de rodillas. En aquel momento se horrorizó de lo que hacía: «¿Dónde estoy? ¿Qué hago? ¿Para qué?». Quiso retroceder y echarse para atrás, pero algo enorme, inflexible le dio un golpe en la cabeza y la arrastró de espaldas. «¡Señor, perdóname todo!», pronunció, sintiendo la imposibilidad de luchar. El hombrecillo hablaba haciendo algo, inclinado sobre unos hierros, y la vela ante la cual Anna había leído el libro, lleno de desvelos, engaños, penas y maldades, resplandeció con una luz más viva que nunca; iluminando todo lo que antes había estado en la oscuridad, chisporroteó, comenzó a extinguirse y se apagó para siempre.

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«¡Me miraban como si yo fuese algo horrible, incomprensible y curioso! ¿Qué puede contar ese hombre con tanto calor? —pensó, mirando a dos transeúntes—. ¿Acaso se le puede decir a otro lo que uno siente? Se lo he querido contar a Dolli, pero he hecho bien callándome. ¡Cuánto se alegraría de mi desgracia! Me lo habría ocultado, pero su sentimiento principal hubiera sido la alegría por verme pagar los placeres que ella me envidiaba. Y Kiti se habría alegrado aún más. ¡Me parece ver a través de ella! Sabe que he sido más amable de lo corriente con su marido, tiene celos de mí y me odia. También me desprecia. Para ella soy una mujer inmoral. Si lo fuese, habría conquistado a su marido…, si lo hubiese deseado. ¡Pero sí he deseado hacerlo! Este sí que está satisfecho de sí mismo —pensó al ver un señor grueso y colorado que iba en un coche en dirección opuesta a la suya. Había tomado a Anna por una conocida, levantando su brillante sombrero por encima de su reluciente calva, pero luego se dio cuenta de su error—. Habrá pensado que me conoce, y me conoce tan poco como cualquiera de este mundo. Ni yo misma me conozco. Solo conozco mis apetitos, como dicen los franceses. Estos quieren tomar helado, al menos lo saben bien —se dijo, viendo a dos niños que se habían parado junto a un vendedor de helados; el hombre se quitaba de la cabeza la caja de los helados, mientras se enjugaba el rostro sudoroso con la punta de un paño—. Todos deseamos algo dulce y sabroso. Si no hay bombones, nos conformamos con un helado malo. Y Kiti ha hecho lo mismo. No ha podido tener a Vronski y se ha conformado con Lievin. Y me envidia, me odia. Todos nos odiamos unos a otros. Yo odio a Kiti, ella me odia a mí. Esta es la verdad. Tiutkin: coiffeur… Je me fais coiffer par Tiutkin… Eso es lo que le voy a decir cuando vuelva —pensó, sonriendo. Pero en aquel momento recordó que no tenía a quién decir esas cosas graciosas—. Por otra parte, no hay nada gracioso ni alegre. Todo es feo. Están tocando a vísperas y este comerciante se persigna con tanto cuidado como si temiera dejar caer algo. ¿Para qué sirven todas estas iglesias, esas campanas y esas mentiras? Únicamente para ocultar que nos odiamos unos a otros, lo mismo que esos cocheros que riñen con tanta ira. Iashvín dice: “Él quiere dejarme sin camisa y yo a él”. Esta es la verdad».

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Arrodillado ante la cama, sostenía la mano de Kiti junto a su boca y la besaba, mientras ella le respondía con un débil movimiento de los dedos. Entretanto, a los pies del lecho, en las hábiles manos de Lizavieta Petrovna, como la llamita de una antorcha, vacilaba la vida de un nuevo ser, que antes no había existido, pero que viviría con los mismos derechos, sintiéndose tan importante como cualquier otro y engendrando otros seres semejantes.
—¡Está vivo! ¡Está vivo! ¡Y, además, es niño! —oyó Lievin a Lizavieta Petrovna, que con mano trémula daba palmaditas en la espalda de la criatura.
—¿Es verdad, mamá? —preguntó Kiti.
Solo los sollozos de la princesa le contestaron.
Y en medio del silencio, como respuesta indudable a la pregunta de la madre, se oyó una voz bien distinta de todas las voces que hablaban en tono bajo en la habitación contigua. Era el vagido, penetrante, atrevido, que no atendía a razones y no se sabía de dónde llegaba, del nuevo ser humano.
Si antes le hubiesen dicho a Lievin que Kiti había muerto y él también, que sus niños eran ángeles y que todos estaban ante Dios, no se hubiera sorprendido. Pero ahora, vuelto al mundo de la realidad, hacía grandes esfuerzos mentales para comprender que Kiti estaba sana y salva y que el ser que gritaba tan desesperadamente era su hijo. Kiti vivía y sus sufrimientos habían cesado. Lievin se sentía inenarrablemente dichoso. Lo comprendía y aquello le colmaba de felicidad.Pero ¿y el niño? ¿Quién era? ¿Para qué y de dónde venía?… Le parecía que era superfluo, que estaba de más, y no fue capaz de acostumbrarse a él en mucho tiempo.

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Solo sabía y sentía que estaba en la misma situación que hacía un año en la fonda de aquella capital de provincia, junto al lecho mortuorio de su hermano Nikolái. Pero aquello era una desgracia y, en cambio, esto una alegría. Tanto aquella desgracia como esta alegría estaban fuera de las condiciones habituales de la vida, eran como un claro en el que se vislumbraba algo superior. El acontecimiento llegaba difícil y dolorosamente, lo mismo que se elevaba el alma, ante este hecho sobrenatural, a unas alturas inaccesibles, en las que no había estado antes y a donde no podía alcanzar la razón.

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domingo, 20 de octubre de 2019

Solo al principio de su vida en Moscú chocaron a Lievin, como a un habitante de aldea, aquellos gastos inútiles, pero inevitables, que le exigían por doquier. Ahora ya se había acostumbrado a ellos. Le había ocurrido en este aspecto lo que suele sucederles a los borrachos: la primera copa les sienta como un tiro, la segunda como un halcón y desde la tercera todas son como pajarillos. Cuando cambió el primer billete de cien rublos para pagar las libreas del lacayo y del portero, pensó que nadie las necesitaba, pero, sin embargo, debían de ser imprescindibles, a juzgar por el asombro de Kiti y de su madre al insinuar Lievin que podían pasarse sin ellas.
Pensó que el coste de aquellas libreas representaba el jornal de dos hombres durante casi trescientos días de labor, desde Pascua hasta Cuaresma, trabajando penosamente de sol a sol, y aquel billete de cien rublos le sentó como la primera copa. Pero gastó con más facilidad el billete siguiente en comprar víveres para una comida ofrecida a los parientes, que costaron veintiocho rublos, aunque cayó en la cuenta de que representaban nueve chetverts de avena, obtenida por medio de trabajos y sudores, segando, atando las gavillas, trillando, aventando y cribando. Y ahora, los billetes cambiados ya no le hacían pensar en tales cosas y volaban como pajarillos. Hacía mucho que no reflexionaba acerca de si el placer de gastar correspondía al del esfuerzo de ganar.

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miércoles, 16 de octubre de 2019

Anna miraba el rostro de Dolli, enjuto, agotado, con las arrugas cubiertas de polvo, y quiso decirle lo que pensaba: que había adelgazado. Pero al recordar que ella misma había mejorado, cosa que le expresaba la mirada de Dolli, suspiró y empezó a hablar de sí misma.
—Me miras preguntándome si puedo ser feliz en mi situación. Pues bien: me da vergüenza reconocerlo, pero soy… soy imperdonablemente feliz. Me ha sucedido algo maravilloso, es como un sueño. Es lo mismo que cuando te sientes angustiada y tienes miedo y te despiertas, dándote cuenta de que tus temores no existen. Estoy despierta. He atravesado momentos dolorosos y terribles, pero hace mucho ya, sobre todo desde que vivimos aquí, ¡que soy tan feliz!… —dijo Anna, mirando a Dolli con tímida sonrisa interrogativa.
—¡Cuánto me alegro! —respondió esta sonriendo con más frialdad de lo que hubiera querido—. Me alegro mucho por ti. ¿Por qué no me escribías?
—Pues… porque no me atrevía… Te olvidas de mi situación…
—¿No te atrevías a escribirme? Si supieras cómo… Considero que…
Daria Alexándrovna quiso contar a Anna los pensamientos que había tenido aquella mañana, pero, sin saber por qué, le pareció que era inoportuno.
—Bueno, ya hablaremos de eso después. ¿Qué son estos edificios? —preguntó, deseando cambiar de conversación, y señaló unos tejados rojos y verdes que asomaban tras unos setos vivos de acacias y de lilas—. Parece una pequeña ciudad.
Pero Anna no le contestó.
—¡No, no! ¿Cómo consideras, qué opinas de mi situación? —le preguntó.
—Supongo… —empezó Daria Alexándrovna, pero en aquel momento Váseñka Veslovski, que había conseguido que el caballo anduviera a la pierna, pasó junto a ellas, saltando pesadamente sobre la silla de montar.
—¡Ya va, Anna Arkádievna! —gritó.
Anna ni siquiera lo miró, pero Daria Alexándrovna no creyó conveniente iniciar en el coche una conversación tan larga y resumió su pensamiento:
—No considero nada; siempre te he querido, y cuando se quiere a una persona se la quiere tal y como es y no como uno quisiera que fuese.
Anna separó la vista del rostro de su amiga y, frunciendo los ojos (era una nueva costumbre que no le conocía Dolli), se quedó pensativa, deseando penetrar bien el sentido de sus palabras. Y comprendiéndolas sin duda como ella quería, miró a Dolli.
—Si tuvieras pecados, te los perdonarían todos por haber venido y por estas palabras —le dijo.
Y Dolli vio que las lágrimas asomaban a sus ojos. Estrechó en silencio la mano de Anna.

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lunes, 14 de octubre de 2019

—Mamá, ¿cómo se te declaró papá? —preguntó de pronto Kiti.
—No hubo nada extraordinario, fue muy sencillo —contestó la princesa, pero su semblante se iluminó al recordarlo.
—Pero ¿cómo fue? ¿Lo querías antes de que te permitieran hablar con él?
Kiti experimentaba placer de poder hablar con su madre de igual a igual acerca de estas cosas, las más importantes de la vida de una mujer.
—Desde luego, él me quería, venía a visitarnos a la aldea.
—Pero ¿cómo se decidió la cosa, mamá?
—Seguramente crees que vosotros habéis inventado algo nuevo. Siempre es lo mismo: se decidió con sonrisas, miradas…
—Qué bien lo has dicho, mamá. Precisamente, con miradas y sonrisas —exclamó Dolli.

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Hacía tiempo que le preocupaba la idea de reconciliar a sus hermanos, aunque no fuese más que antes de que muriese Nikolái. Había escrito a Serguiéi Ivánovich, y al recibir su respuesta se la leyó al enfermo. Serguiéi Ivánovich decía que le era imposible ir, pero pedía perdón a su hermano en los términos más conmovedores.
Nikolái no dijo nada.
—¿Qué le contesto? —preguntó Lievin—. Espero que ya no estés enfadado con él.
—En absoluto —replicó el enfermo, irritado por aquella pregunta—. Escríbele que me envíe al médico.
Pasaron tres días terribles; el enfermo seguía en el mismo estado. Cuantos lo veían deseaban que muriese pronto: el camarero de la posada, el dueño, todos los huéspedes, el doctor, María Nikoláievna, Lievin y Kiti. Únicamente Nikolái no expresaba esos deseos, sino, por el contrario, se indignaba porque no le hubiesen enviado el médico, seguía tomando las medicinas y hablaba de la vida. Solo en raras ocasiones, cuando el opio le proporcionaba momentos de olvido en sus continuos sufrimientos, expresaba, adormilado, lo que sentía en su fuero interno con mayor intensidad que los demás: «¿Cuándo llegará el final?», o bien: «¡Ojalá llegue pronto!».

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Recordó esas palabras del Evangelio, no porque se considerase sabio. No creía serlo, pero no ignoraba que era más inteligente que su mujer y que Agafia Mijáilovna, ni tampoco que al pensar en la muerte lo hacía con todas las fuerzas de su alma. Muchas inteligencias humanas, cuyas ideas sobre la muerte había leído, habían meditado a fondo sobre ella, pero no sabían ni la centésima parte que su mujer y Agafia Mijáilovna. A pesar de la diferencia entre el ama de llaves y Katia —como la llamaba Nikolái y como ahora le resultaba también especialmente agradable llamarla a Lievin—, en eso eran completamente iguales. Ambas sabían, sin duda alguna, lo que era la vida y la muerte. Y aunque no pudieran comprender ni contestar a las preguntas que se formulaba Lievin, ninguna de las dos tenía duda de la trascendencia de ese fenómeno y lo consideraban de una manera completamente igual, compartiéndolo, además, con millones de otros seres. Y la prueba de que ambas conocían muy bien lo que representaba la muerte era que las dos sabían cómo se debe proceder con los moribundos y, además, no los temían. En cambio, Lievin y otros, aunque pudieran decir mucho acerca de la muerte, la ignoraban, puesto que la temían, y no eran capaces de atender a una persona en ese trance. Si Lievin se encontrase solo a la sazón con su hermano Nikolái, lo miraría horrorizado, esperando el fatal desenlace con un horror aún mayor, incapaz de hacer otra cosa.

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En una pequeña habitación sucia, con las paredes pintadas cubiertas de escupitajos —tras cuyo delgado tabique se oía hablar— y la atmósfera impregnada de olor a suciedad, yacía sobre una cama separada de la pared un cuerpo cubierto con una manta. Una de las manos de aquel cuerpo, enorme como un rastrillo, cuya muñeca estaba unida de un modo incomprensible al antebrazo delgado y recto, descansaba sobre la manta. La cabeza yacía de lado sobre la almohada. Lievin distinguió los cabellos ralos, cubiertos de sudor, sobre las sienes y la frente lisa que parecía transparente.
«Es imposible que este terrible cuerpo sea mi hermano Nikolái», pensó, pero al acercarse más, le vio el rostro y ya no pudo seguir dudando. A pesar de aquel impresionante cambio, le bastó echar una ojeada a esos ojos vivos que el enfermo levantó para mirar al que entraba y observar el ligero movimiento de los labios bajo los bigotes pegados, para comprender la terrible verdad: aquel cuerpo muerto era su hermano vivo.

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La fonda de la capital de provincia donde se alojaba Nikolái Lievin era uno de esos establecimientos provincianos que se construyen con arreglo a los adelantos modernos, con las mejores intenciones de higiene, confort e incluso elegancia, pero que, debido al público que las frecuenta, se convierten con extraordinaria rapidez en tabernas sucias con pretensiones y, como consecuencia de esto, suelen ser peores que las antiguas posadas, que no disimulan la suciedad. Esta había llegado ya a aquel estado. Tanto el soldado de sucio uniforme que fumaba sentado a la puerta y, al parecer, cumplía los deberes de portero, como la triste y desagradable escalera de hierro fundido, el camarero descarado con su frac sucio, la sala con un ramo de flores de cera cubierto de polvo que adornaba la mesa, la suciedad, el polvo, el desorden por doquier y junto con todo esto cierto deseo de darle un aire de fonda de estación de ferrocarril de alguna categoría, produjeron en los Lievin, después de su vida de recién casados, un efecto deprimente, sobre todo porque la impresión de falsedad que causaba la fonda no estaba en relación con lo que los esperaba.

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De regreso, Vronski, Anna y Goleníschev estaban muy animados y alegres. Hablaban de Mijáilov y de sus cuadros. La palabra «talento», que entendían por una facultad innata casi física, independiente de la inteligencia y del corazón y con la que querían definir todo lo que experimentaba el pintor, surgía muy a menudo en su charla, ya que la necesitaban para hablar de lo que no tenían la menor idea. Aseguraban que no se le podía negar el talento a Mijáilov, pero que ese talento no había podido desarrollarse por su falta de cultura, un mal común entre los pintores rusos. El cuadro de los niños quedó grabado en su memoria y a cada momento volvían a mencionarlo.

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A pesar del estado de excitación en que se encontraba Mijáilov, el comentario acerca de su técnica le hirió dolorosamente el corazón y, echando una mirada de enojo a Vronski, frunció el ceño. A menudo oía decir la palabra «técnica», pero no entendía en absoluto su significado. Sabía que indicaban así la capacidad mecánica de pintar y dibujar, de un modo completamente independiente de la idea del cuadro. Con frecuencia observaba, como en el elogio presente, que se contraponía la técnica al mérito intrínseco, como si fuera posible pintar bien algo que no tuviese interés. Sabía que se debe tener mucha atención y cuidado para que, al quitar todo lo superfluo de un cuadro, no se estropease la obra de arte. Pero para pintar con arte no existía ninguna técnica. Si a un niño pequeño o a una cocinera se les revelara lo que él veía, también ellos podían expresarlo. En cambio, el pintor técnico más hábil y más diestro no habría podido pintar nada con su facultad mecánica, de no haberse inspirado antes. Además, comprendía que no era posible elogiar su técnica. En todo lo que había pintado y pintaba había defectos que saltaban a la vista, motivados por la falta de atención con que corregía sus cuadros, que ya no podía enmendar sin estropear la obra. Y en casi todas las figuras y rostros había aún pinceladas superfluas que malograban la obra.

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sábado, 12 de octubre de 2019

Observo que mi presencia le es molesta. Me ha sido muy penoso convencerme de ello. Pero comprendo que es así y no puede ser de otro modo. No la culpo y Dios es testigo de que al verla enferma resolví con toda mi alma olvidar cuanto ha pasado entre nosotros y empezar una vida nueva. No me arrepiento ni me arrepentiré nunca de lo que he hecho. Solo deseaba una cosa: el bien de usted, el bien de su alma, pero ahora veo que no lo he conseguido. Dígame qué es lo que puede procurarle la dicha y la paz del alma. Me entrego a su voluntad y a su espíritu de justicia.
Stepán Arkádich devolvió la carta a Karenin, mientras lo miraba perplejo, sin saber qué decir. Aquel silencio resultaba tan penoso para los dos que los labios de Oblonski temblaron mientras callaba, con la vista fija en el rostro de Karenin.
—Esto es lo que quería decirle a Anna —dijo Alexiéi Alexándrovich, volviéndose.
—Sí, sí —replicó Oblonski, sin fuerza para contestar por las lágrimas que le apretaban la garganta—. Sí, sí, te comprendo —pronunció al fin.
—Quisiera saber lo que desea Anna —dijo Alexiéi Alexándrovich.
—Temo que ni ella comprenda su propia situación. Ahora es incapaz de juzgar —dijo Stepán Arkádich—. Está oprimida, sobre todo, por tu magnanimidad. Cuando lea esta carta no será capaz de decir nada, salvo inclinar la cabeza aún más.

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«Desde luego», repitió cuando acudió a su mente por tercera vez aquel círculo mágico de recuerdos y pensamientos. Apoyó el revólver en la parte izquierda de su pecho y, tirando fuertemente con la mano, como si apretara el puño, oprimió el gatillo. No oyó el disparo, pero un violento golpe en el pecho lo hizo vacilar. Trató de sujetarse en el borde de la mesa, soltó el revólver y, tambaleándose, se sentó en el suelo, mirando con sorpresa en torno suyo. No reconocía su propia habitación, viéndolo todo desde abajo, las patas curvadas de la mesa, el cesto de los papeles y la piel de tigre. Los pasos rápidos y crujientes del criado que atravesaba el salón lo obligaron a recobrarse. Hizo un esfuerzo mental y comprendió que se hallaba en el suelo, y al ver la sangre en la piel de tigre y en su mano, recordó que había disparado contra sí.
«¡Qué estupidez! He fallado el golpe», murmuró, buscando el revólver con la mano. El arma estaba junto a él, pero Vronski palpaba más lejos. Prosiguió la búsqueda, se estiró hacia el otro lado y, sin fuerzas para guardar el equilibrio, se desplomó, desangrándose.

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—Alexiéi Alexándrovich —dijo Vronski, dándose cuenta de que se acercaba el momento de las explicaciones—, no puedo hablar. No soy capaz de hacerme cargo de las cosas. ¡Apiádese de mí! Por terrible que sea esto para usted…, créame que lo es más para mí.
Hizo ademán de levantarse, pero Karenin, cogiéndole de la mano, le dijo:
—Le ruego que me escuche, es necesario. Tengo que exponerle los sentimientos que me han guiado y han de guiarme para que no se equivoque usted respecto a mí. Usted sabe que decidí pedir el divorcio y que incluso empecé a iniciar el asunto. Le confieso que al principio vacilé y sufrí mucho, que me perseguía el deseo de vengarme de usted y de ella. Al recibir el telegrama vine con los mismos sentimientos, y es más: he deseado la muerte de Anna, pero… —Karenin guardó silencio, meditando si revelar o no aquello—, pero la he visto y he perdonado. Y la felicidad que me produce el haberlo hecho me indica cuál es mi deber. La he perdonado sin reservas. Quiero ofrecer la otra mejilla, quiero dar la camisa a quien me quita el caftán. ¡Solo pido a Dios que Él no me quite la dicha de perdonar!
Las lágrimas llenaron los ojos de Karenin y su mirada clara y serena sorprendió a Vronski.
—Esta es mi posición. Puede usted pisotearme en el barro, hacerme objeto de irrisión ante el mundo, pero no abandonaré a Anna y nunca le dirigiré a usted una palabra de reproche —prosiguió Karenin—. Mi deber está claramente determinado para mí: debo permanecer al lado de ella, y así lo haré. Si ella desea verle le avisaré a usted, pero ahora me parece que es mejor que se vaya.
Karenin se levantó y los sollozos interrumpieron sus últimas palabras. Vronski se levantó también y, sin erguirse, miró a Karenin con la frente baja. No entendía los sentimientos de Alexiéi Alexándrovich, pero adivinaba que eran muy elevados e incluso inaccesibles para él.

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viernes, 11 de octubre de 2019

Serguiéi Ivánovich, que sabía como nadie poner fin inesperadamente a una discusión de lo más serio y elevado, vertiendo en ella un poco de sal ática y cambiando así el estado de ánimo de los interlocutores, lo hizo también esta vez.
Alexiéi Alexándrovich demostraba que la rusificación de Polonia solo se podía lograr a consecuencia de principios superiores que debía introducir la administración rusa.
Pestsov sostenía que un pueblo asimila a otro únicamente cuando está más poblado.
Koznishov admitía una y otra cosa, pero con limitaciones. Cuando salían del salón, para concluir la charla, dijo sonriendo:
—Por tanto, existe un medio para rusificar a los pueblos de otras razas: tener el mayor número posible de hijos. Mi hermano y yo obramos peor que nadie en ese sentido. En cambio, ustedes, señores casados, y sobre todo usted, Stepán Arkádich, proceden como perfectos patriotas. ¿Cuántos hijos tiene? —preguntó, dirigiéndose con afable sonrisa al dueño de la casa y presentándole su minúscula copita.
Todos se echaron a reír. Y Oblonski lo hizo más alegremente que nadie.
—Sí, ese es el mejor remedio —dijo, masticando el queso y escanciando un vodka de una calidad especial en la copa que le alargaba aquel.
En efecto, la conversación cesó con aquella broma.

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Pero Vronski no pudo recordar enseguida lo que había querido decirle. Aquellos accesos de celos que últimamente le daban a Anna con más frecuencia lo horrorizaban, y por más que se esforzaba en disimularlo enfriaban su amor, a pesar de que sabía que la causa de sus celos era la pasión que sentía por él. Muchas veces se había repetido que el amor de Anna constituiría para él la felicidad, y ahora que ella lo amaba como puede amar una mujer para la cual el amor ha superado todas las dichas de la vida, Vronski se sentía más alejado de la felicidad que el día en que salió de Moscú para seguirla. Entonces se consideraba desgraciado, pero la dicha estaba por delante; en cambio, ahora, se daba cuenta de que lo mejor había pasado. Anna no era ya como había sido en los primeros tiempos. Había cambiado, empeorando tanto en lo moral como en lo físico. Se había ensanchado, y en su rostro, ahora, mientras hablaba de la actriz, apareció una expresión malévola que la estropeaba. Vronski la miraba como se mira una flor que uno mismo ha cortado y en la cual apenas puede reconocerse la belleza que le indujo a cortarla. Y, a pesar de eso, tenía la sensación de que, cuando su amor era más intenso, hubiese podido arrancarlo de su corazón de habérselo propuesto firmemente, y que, en cambio, ahora, como en este momento que le parecía no sentir amor hacia ella, sabía que su vínculo no podía romperse.

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En realidad, de todos los placeres rusos los que más gustaron al príncipe fueron las artistas francesas, una bailarina de ballet y el champán del sello blanco. Vronski estaba acostumbrado a tratar a los príncipes, pero, bien porque él mismo hubiera cambiado últimamente o por haber conocido demasiado de cerca a este, aquella semana le pareció muy penosa. Durante toda la semana experimentó un sentimiento semejante al de un hombre que acompaña a un loco peligroso y teme a la vez tanto al loco como perder la razón por su proximidad. Constantemente sentía la necesidad de no disminuir ni por un segundo el tono severo de respeto protocolario para no ser ofendido. La manera de tratar al príncipe los que se desvivían, con gran asombro de Vronski, en ofrecerle distintas diversiones, era despreciativa. Sus opiniones sobre las mujeres rusas, a las que quería estudiar, hicieron enrojecer de indignación a Vronski más de una vez. La causa principal de que el príncipe le resultase insoportable a Vronski era porque involuntariamente se veía reflejado en él. Y lo que veía en aquel espejo no halagaba su amor propio. Era un hombre muy estúpido, muy seguro de sí mismo, muy sano y muy esmerado en el cuidado de su persona, pero nada más. Cierto es que era un caballero, cosa que Vronski no podía negar. Se mostraba llano y no adulaba a sus superiores, era natural y sencillo en su trato con sus iguales y despectivamente bondadoso con sus inferiores. Vronski también era así y consideraba esto como un mérito, pero puesto que con relación al príncipe él era inferior, le indignaba el trato despectivamente bondadoso que le dispensaba.
«¡Estúpido animal! ¿Es posible que yo también sea así?», pensaba Vronski.

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jueves, 10 de octubre de 2019

Momentos antes de su partida, Nikolái besó a su hermano y le dijo, mirándole de pronto con extraña seriedad:
—¡De todos modos, Kostia, no me recuerdes con rencor! —Y su voz tembló.
Fueron las únicas palabras que pronunció con sinceridad. Lievin comprendió que con esa frase quería expresar lo siguiente: «Ya ves que estoy mal y tal vez no volvamos a vernos ya». Y las lágrimas brotaron de los ojos de Lievin. Volvió a besar a su hermano, pero no supo ni pudo decirle nada.
A los tres días de haberse marchado Nikolái, Lievin se fue al extranjero. En el tren se encontró con Scherbatski, el primo de Kiti, el cual se extrañó mucho del aspecto sombrío de Lievin.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
—Nada. En este mundo hay pocas cosas alegres.
—¿Pocas cosas alegres? Vente conmigo a París en lugar de ir a ese Mulhouse. Ya verás lo bien que se pasa.
—No, para mí todo ha terminado. Ya es hora de morir.
—¡Vaya una cosa! —exclamó Scherbatski, riendo—. Pues yo solo me dispongo a empezar.
—También yo pensaba así hace poco, pero ahora sé que pronto me voy a morir.
Lievin decía sinceramente lo que pensaba durante los últimos tiempos. En todo, solo veía la muerte o su proximidad. Pero la obra emprendida le preocupaba cada vez más. Era preciso vivir de algún modo hasta que llegara la muerte. La oscuridad lo cubría todo para él, pero, precisamente a consecuencia de aquella oscuridad, se daba cuenta de que el único hilo conductor que podía guiarle en ella era su empresa. Y Lievin se aferraba y se sujetaba a él con todas sus energías.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

Lievin se sentía culpable, pero no lo podía remediar. Se daba cuenta de que si ambos no hubiesen fingido, si hubiesen hablado sinceramente, es decir, expresando lo que pensaban y sentían, se habrían mirado a los ojos y él se limitaría a decir: «¡Te vas a morir! ¡Te vas a morir!», y Nikolái hubiera contestado: «¡Lo sé, pero tengo miedo, tengo miedo, tengo miedo!». Y no se habrían dicho nada más de haberlo hecho de corazón. Pero era imposible vivir así y, por tanto, Konstantín se esforzaba en hacer lo que había intentado durante toda su existencia y lo que había observado que otros sabían hacer tan bien: trataba de decir lo que no pensaba. Constantemente se daba cuenta de que aquello resultaba falso, que su hermano lo adivinaba por ello.

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Ahora los dos pensaban en lo mismo. La enfermedad y la inminencia de la muerte de Nikolái ahogaban todo lo demás. Pero ni uno ni otro se atrevían a mencionar aquello, y por eso todo lo que hablaban, sin expresar lo único que les interesaba, era falso. Nunca se había alegrado Lievin tanto como aquel día de que llegase la noche y de que fuese preciso ir a dormir. Nunca ante ningún extraño, ni en una visita de cumplido, se había mostrado tan falso y poco natural como aquel día. La conciencia de su falta de naturalidad y del arrepentimiento de ella la aumentaban aún más. Sentía deseos de llorar por su querido hermano, que estaba próximo a la muerte, y, en cambio, tenía que escucharle y sostener una conversación acerca de cómo viviría.

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Sviyazhski era uno de esos hombres, siempre incomprensibles para Lievin, cuyos pensamientos, bien eslabonados aunque nunca propios, siguen un camino fijo, y cuya vida definida y firme en su dirección discurre por sí misma de un modo completamente independiente y casi siempre en oposición a sus ideas. Sviyazhski era muy liberal.
Despreciaba a la nobleza, consideraba que la mayoría de los nobles eran partidarios de la servidumbre y que solo por cobardía no lo declaraban. Consideraba que Rusia era un país perdido, por el estilo de Turquía, y su gobierno tan malo, que ni siquiera se permitía criticar en serio sus actos. Pero al mismo tiempo era funcionario del Estado y un mariscal de la nobleza modelo, que siempre llevaba en sus viajes el gorro de visera con la escarapela y el galón rojo. Opinaba que solo era posible vivir en el extranjero, adonde se iba siempre que tenía ocasión, pero a la vez dirigía en Rusia una propiedad muy compleja y perfeccionada y se enteraba con mucho interés de todo lo que sucedía en su país. Creía que los campesinos rusos se hallaban por su inteligencia en un grado intermedio entre el hombre y el mono, y, sin embargo, en las elecciones del zemstvo, estrechaba las manos a los mujiks, escuchando sus opiniones con más gusto que cualquier otra persona. No creía en Dios ni en el diablo, pero le preocupaba mucho la cuestión de mejorar la situación del clero; creía necesaria la reducción de las parroquias, pero al mismo tiempo procuraba que en su aldea quedase la iglesia.

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La vida de Vronski era especialmente feliz porque tenía un código de leyes que determinaban categóricamente lo que se podía y no se podía hacer. Este código abarcaba un círculo muy reducido de condiciones, pero eran muy definidas, y Vronski, que nunca salía de este círculo, no dudaba de lo que debía hacer. Aquellas reglas determinaban indiscutiblemente que debía pagar a los tramposos, pero no a los sastres; que no se debe mentir a los hombres, pero sí a las mujeres; que no se debía engañar a nadie, excepto a los maridos; que no se deben perdonar los agravios, pero que se puede ofender, etcétera. Aquellas reglas podían ser ilógicas y malas, pero eran indiscutibles, y, al atenerse a ellas, Vronski se sentía tranquilo y podía mantener la cabeza alta. Solo últimamente, con motivo de sus relaciones con Anna, empezó a darse cuenta de que su código no determinaba concretamente todas las circunstancias. En el futuro se presentaban dificultades y dudas para las que no encontraba ya el hilo conductor.
Sus relaciones actuales con Anna y con su marido le parecían claras y sencillas. Estaban concretamente definidas en el código por el que se regía.
Anna era una mujer decente que le regalaba su amor y él la amaba, y por eso la consideraba tan digna de respeto, y aún más, que a una esposa legítima. Antes se habría dejado cortar una mano que permitirse no ya ofenderla con una palabra o alguna insinuación, sino dejar de mostrarle todo el respeto que se merece una mujer.
Sus relaciones con la sociedad también eran claras. Todos podían saber o sospechar su amor, pero nadie debía atreverse a hablar de ello. En caso contrario, Vronski estaba dispuesto a hacer callar a los que hablasen, obligándolos a respetar el honor inexistente de la mujer a quien amaba.
Las relaciones con el marido de Anna eran aún más definidas. Desde el momento en que Anna se enamoró de él, consideraba que era el único que tenía derecho sobre ella; el marido era tan solo un ser superfluo que estorbaba. Indudablemente su situación era lastimosa; pero ¿qué se podía hacer? Karenin solo tenía derecho a exigir una satisfacción por medio de las armas y Vronski estaba dispuesto a dársela desde el primer momento.
Pero últimamente sus relaciones con Anna tomaron un cariz nuevo que asustó a Vronski por su aspecto indefinido. La víspera, Anna le había dicho que estaba embarazada. Se dio cuenta de que aquella noticia y lo que Anna esperaba de él necesitaban algo que no estaba en su código. Y, en efecto, aquello le sorprendió e inmediatamente su corazón le dictó exigir que Anna abandonara a su marido. Y así se lo había dicho, pero ahora, al recapacitar, era evidente para él que sería mejor evitarlo, y, sin embargo, temía que aquello no estuviera bien.

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miércoles, 9 de octubre de 2019

Nadie, excepto las personas más allegadas a Alexiéi Alexándrovich, sabía que este hombre, al parecer tan frío y razonable, tenía una debilidad contradictoria a su carácter: no podía ver ni oír el llanto de un niño ni de una mujer. Ante las lágrimas perdía el dominio de sí mismo y la facultad de razonar. El jefe de su oficina y su secretario lo sabían y aconsejaban a las solicitantes que no llorasen, si no querían echar a perder su asunto. «Se enfadará y no querrá escucharlas», decían. Y, en efecto, el desequilibrio moral que producían en Alexiéi Alexándrovich las lágrimas se manifestaba en una brusca irritación. «No puedo hacer nada. ¡Hagan el favor de marcharse!», solía gritar.
Cuando Anna le comunicó sus relaciones con Vronski mientras regresaban de las carreras e inmediatamente, cubriéndose el rostro con las manos, se echó a llorar, Alexiéi Alexándrovich, a pesar de la ira que sentía, notó que lo invadía como una oleada aquel desequilibrio moral que siempre le producían las lágrimas. Comprendiendo que el exteriorizar sus sentimientos en aquel momento no estaría en consonancia con la situación, Karenin contuvo toda manifestación vital, por lo cual no se movió ni miró a Anna. A eso se debía su extraña expresión, como de muerte, que tanto sorprendió a Anna.

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En un rincón del coche dormitaba una viejecita y, junto a la ventanilla, una muchacha, que sin duda acababa de despertarse, iba sentada sujetándose con ambas manos las cintas de la cofia blanca. Serena y pensativa, rebosaba una vida elegante y complicada, ajena a Lievin. Por encima de él, miraba la aurora.
En el mismo instante en que esta visión desaparecía, unos ojos sinceros miraron a Lievin. Ella lo reconoció y una alegría llena de sorpresa apareció en su rostro.
Lievin no podía equivocarse. Aquellos ojos eran únicos en el mundo. Solo había un ser en la tierra capaz de concentrar para él toda la luz y todo el sentido de la vida. Era ella. Era Kiti. Lievin comprendió que se dirigía a Iergushovo desde la estación del ferrocarril. Y todo lo que le había agitado en aquella noche de vigilia, todas las decisiones que había tomado, todo desapareció de repente. Recordó con repugnancia sus ilusiones de casarse con una campesina. Solo allí, en aquel coche que se alejaba rápidamente, estaba la posibilidad de resolver el problema de su vida, que tanto lo atormentaba durante los últimos tiempos.
(...)
«No —se dijo Lievin—, por bella que sea esta vida sencilla y de trabajo no puedo vivirla. La amo a ella».

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«Entonces ¿qué es lo que voy a hacer? ¿Y cómo lo haré?», se dijo, tratando de poner en claro ante sí mismo todo lo que había pensado y sentido durante aquella corta noche. Lo que pensó y sintió se dividía en tres ramas distintas. Una era la renuncia de su vida anterior, de su instrucción, que no necesitaba para nada. Esta renuncia le agradaba siéndole fácil y sencilla. La segunda se refería a la vida que deseaba llevar ahora. Comprendía la sencillez, la pureza y la legitimidad de aquella vida y estaba convencido de hallar en ella la satisfacción, la paz y la dignidad, cuya falta le era tan dolorosa. La tercera giraba en torno a la cuestión de cómo pasaría de la vida anterior a la nueva. Esto no lo veía con claridad. «Tener una mujer. Tener trabajo y necesidad de realizarlo. ¿Dejaré Pokróvskoie? ¿Compraré tierras? ¿Me inscribiré en la comunidad? ¿Me casaré con una aldeana? ¿Cómo lo haré?» —se preguntaba, sin hallar respuesta—. «No he dormido en toda la noche y no puedo hacerme cargo de las cosas. Después las aclararé. Pero hay una cosa evidente: esta noche ha decidido mi suerte. Todas mis ilusiones anteriores sobre la vida familiar son absurdas. Esto es mucho más sencillo y mucho mejor».

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Para Serguiéi Ivánovich, su hermano menor era un buen muchacho, con el corazón bien colocado (lo que solía expresar en francés), pero cuya inteligencia, aunque bastante viva, estaba sometida a las impresiones del momento y, por tanto, llena de contradicciones. Con la condescendencia de un hermano mayor, a veces le explicaba el significado de las cosas, pero no hallaba interés en discutir con él porque era demasiado fácil derrotarlo.
Konstantín Lievin consideraba a su hermano como un hombre de gran inteligencia y cultura, noble en el sentido más elevado de la palabra y dotado de grandes facultades de acción para el bien de la humanidad. Pero, en el fondo de su alma, a medida que pasaban los años y lo iba conociendo mejor, pensaba cada vez más a menudo que aquella aptitud de hacer el bien a la humanidad, de la cual reconocía estar privado, tal vez no fuese una virtud, sino más bien un defecto. No es que careciera de inclinaciones ni de deseos nobles, buenos y honrados, sino de fuerzas vitales, lo que se suele llamar coraje, de ese impulso que obliga al hombre a desear y escoger un solo camino de la vida entre las innumerables trayectorias que se le presentan. Cuanto más conocía a su hermano, más observaba que este, lo mismo que otros muchos hombres que servían al bien común, no se sentía inclinado a ello de corazón, sino porque había deducido cerebralmente que aquello estaba bien y era el único motivo que lo movía a hacerlo. Esta suposición de Lievin se confirmaba al observar que su hermano no tomaba más a pecho la cuestión del bien común ni de la inmortalidad del alma que una partida de ajedrez o la construcción ingeniosa de alguna máquina.

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La paz se había firmado. Pero con la llegada de su padre había cambiado para Kiti aquel mundo en que vivía. No renegaba de lo que había aprendido, pero comprendió que se había estado engañando al pensar que podría llegar a ser lo que deseaba. Parecía haber despertado de un sueño; sintió lo difícil que era sostenerse, sin fingir ni enorgullecerse, en aquella altura a la que había querido llegar; además, experimentó todo el dolor de aquel mundo en el que vivía, lleno de penas, enfermos y moribundos. Le parecieron una tortura los esfuerzos que había hecho para vencerse, para amar aquello, y sintió deseos de respirar aire puro, de volver pronto a Rusia, a Iergushovo, donde había ido a vivir con los niños su hermana Dolli, según se enteró por una carta.
Pero su cariño por Váreñka no disminuyó. Al despedirse, Kiti le rogó que fuese a su casa a Rusia.
—Iré cuando usted se case —le dijo Váreñka.
—No me casaré nunca.
—Entonces, nunca iré.
—En este caso, me casaré solo para eso. Pero ¡recuerde su promesa! —concluyó Kiti.
Los augurios del doctor se realizaron. Kiti volvió curada a su casa, a Rusia. No era tan alegre ni tan despreocupada como antes, pero estaba serena. El dolor que había sufrido en Moscú no era sino un recuerdo.

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—No, dígame por qué no quiere que vaya a menudo a casa de los Petrov. Porque es usted la que no quiere. ¿Por qué?
—No he dicho eso —replicó Váreñka con tranquilidad.
—¡Le ruego que me lo diga!
—¿Se lo digo todo? —preguntó Váreñka.
—¡Todo, todo!
—Si no es nada de particular, salvo que Mijaíl Alexiéivich —ese era el nombre del pintor— antes quería marcharse sin demora, y ahora no quiere hacerlo —dijo Váreñka sonriendo.
—¡Siga, siga! —apremió Kiti, mirando gravemente a Váreñka.
—Y Anna Pávlovna ha dicho que no quiere irse porque está usted aquí. Desde luego, eso era inoportuno, pero por usted han tenido un disgusto. Ya sabe lo irritables que son estos enfermos.
Kiti, cada vez más taciturna, callaba, y Váreñka seguía hablando sola, tratando de dulcificarla y calmarla porque veía que iba a estallar, aunque no sabía si en un torrente de palabras o de llanto.
—Por eso es mejor que no vaya usted… Hágase cargo, no se ofenda…
—¡Me lo merezco! ¡Me lo merezco! —dijo Kiti rápidamente, arrancando la sombrilla de manos de Váreñka, sin mirarla a los ojos.
Váreñka sintió deseos de sonreír ante la ira infantil de Kiti, pero temió ofenderla.
—¿Por qué se lo merece? —preguntó—. No lo entiendo.
—Porque todo esto no ha sido más que una cosa fingida, una cosa inventada y no de corazón. ¿Qué me importa un extraño? Y resulta que soy la causa de un disgusto por hacer lo que nadie me ha pedido. Todo ha sido fingido, por mi parte. ¡Fingido! ¡Fingido!…
—Pero ¿qué finalidad hay en fingir? —dijo Váreñka en voz baja.
—¡Oh! ¡Qué estúpido! ¡Qué vil ha sido esto! No tenía ninguna necesidad de hacerlo… Todo ha sido fingido —decía Kiti abriendo y cerrando la sombrilla.
—Pero ¿con qué fin?
—Con el de parecer mejor ante la gente, ante mí y ante Dios; para engañar a todos. Ahora ya no volveré a caer en ello. Es mejor ser mala que mentir y engañar.
—Pero ¿quién ha engañado? —preguntó Váreñka en tono de reproche—. Habla usted como si…
Pero Kiti estaba presa de un arrebato de cólera. No la dejó terminar.
—No hablo de usted, no hablo de usted en absoluto. Usted es perfecta. Sí, sí, sé que todas ustedes son perfectas, pero ¿qué puedo hacer si soy mala? Eso no hubiera ocurrido si yo no fuese mala. Seré como soy, pero no he de fingir. ¿Qué me importa Anna Pávlovna? Que vivan como quieran, y yo viviré como me plazca. No puedo ser de otra manera… Todo esto no es, no es…
—Pero ¿qué es lo que no es? —preguntó Váreñka, perpleja.
—Nada. No puedo vivir sino obedeciendo a mi corazón, mientras que ustedes lo hacen según unas reglas. Les he tomado cariño de corazón; en cambio, ustedes, probablemente, sintieron afecto hacia mí para salvarme, solo para salvarme y para enseñarme.
—Es usted injusta —replicó Váreñka.
—No hablo de los demás, sino de mí misma.

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martes, 8 de octubre de 2019

Anna no oyó la mitad de sus palabras, tenía miedo de él y pensaba en si sería verdad que Vronski no se había matado. ¿Se referían a él al decir que estaba ileso y que el caballo se había roto la columna vertebral? Se limitó a sonreír con fingida ironía cuando Alexiéi Alexándrovich terminó de hablar, pero no le contestó nada porque no había oído lo que le decía. Karenin había empezado a hablar con decisión, pero cuando se dio cuenta de lo que estaba hablando, el miedo que experimentaba Anna se le comunicó. Al ver la sonrisa de su mujer, una extraña confusión se apoderó de su mente.
«Sonríe ante mis sospechas; ahora me va a decir lo que me dijo la otra vez: que son infundadas y que esto es ridículo».
Ahora que se avecinaba el descubrimiento de todo aquello, Karenin sentía vivos deseos de que su mujer le contestase irónicamente, como lo había hecho entonces y le dijera que sus sospechas eran ridículas e infundadas. Era tan terrible lo que sabía, que ahora estaba dispuesto a creerse lo que fuera. Pero la expresión del rostro de Anna, asustado y sombrío, no prometía ni siquiera el engaño.
—Tal vez me equivoque —dijo Karenin—. En este caso te ruego que me perdones.
—No, no te equivocas —le contestó Anna lentamente, mirando con desesperación el semblante frío de su marido—. No te equivocas, estaba desesperada y no puedo dejar de estarlo. Mientras te escucho pienso en él. Lo amo, soy su amante. No te puedo soportar, te tengo miedo y te odio… Puedes hacer conmigo lo que quieras.

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«Soy una mala mujer, una mujer perdida —pensó—, pero no me gusta mentir, no soporto la mentira, y él —el marido— se alimenta de mentiras. Lo sabe todo, lo ve todo; ¿qué siente cuando puede hablar con esa tranquilidad? Si me matara, si matara a Vronski, lo respetaría, pero no, solo necesita mentiras y decoro», se decía Anna, sin concretar qué es lo que precisamente deseaba de su marido, ni cómo le gustaría que fuese. Tampoco comprendía que esa locuacidad de Alexiéi Alexándrovich, en aquel momento que tanto la irritaba, no era sino la manifestación de su desasosiego y de su inquietud. Lo mismo que un niño que se ha dado un golpe y salta, poniendo en movimiento sus músculos para calmar el dolor, así a Karenin le era imprescindible la actividad mental para ahogar aquellos pensamientos respecto de su mujer, que en presencia de ella y de Vronski y oyendo repetir incesantemente el nombre de este, reclamaban su atención. Y tan natural como le resulta a un niño el dar saltos, le era a él hablar bien y con sensatez.

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—Sé lo penoso que es mentir para tu manera de ser honrada, y te compadezco. A menudo pienso que has estropeado tu vida por mi culpa.
—Lo mismo pensaba yo ahora: ¿cómo has podido sacrificarlo todo por mí? No puedo perdonarme que seas desgraciada.
—¿Desgraciada yo? —exclamó Anna, acercándose a él, y lo miró con una sonrisa llena de amor y de exaltación—. Soy como un hambriento al que han dado de comer. Tal vez sienta frío, su traje esté roto y experimente vergüenza, pero no es desgraciado. ¿Desgraciada yo? No, he aquí mi felicidad…
Anna oyó la voz de su hijo que se acercaba y, echando una rápida mirada que abarcó toda la terraza, se levantó apresuradamente. Sus ojos se iluminaron con un fulgor que Vronski conocía. Con un rápido movimiento alzó sus bellas manos cargadas de sortijas y, cogiéndole la cabeza, lo contempló prolongadamente; acercó su rostro con los labios entreabiertos y sonrientes, lo besó en la boca y en los dos ojos, apartándolo después. Quiso marcharse, pero Vronski la retuvo.
—¿Cuándo? —susurró, mirándola entusiasmado.
—Esta noche, a la una —murmuró Anna y, suspirando profundamente, se dirigió con su paso rápido, ligero, al encuentro de su hijo.

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—Muy bien, supongamos que yo lo haga —dijo Anna—. ¿Sabe cuál sería el resultado? Puedo decírselo de antemano. —Y una luz maligna apareció en sus ojos que, tan solo un momento antes, habían sido tan dulces—. «Quieres a otro y tienes con él relaciones culpables». —Anna, imitando a su marido, hizo lo que hubiera hecho aquel, subrayó la palabra «culpables»—. «Ya te advertí las consecuencias que eso traería en el terreno religioso, social y familiar. No me has hecho caso. No puedo permitir ahora que deshonres mi nombre»… —«Y el de mi hijo», quiso añadir Anna, pero le resultaba imposible bromear acerca de él—. En resumen, con su estilo de funcionario, con precisión y exactitud, dirá que no puede dejarme marchar y que tomará todas las medidas que estén a su alcance para evitar el escándalo. Y llevará a cabo con serenidad y orden lo que diga. Esto es lo que va a suceder. No es un hombre, sino una máquina, una máquina cruel cuando se enfada —terminó diciendo Anna, recordando a Alexiéi Alexándrovich con todos los detalles de su figura y su manera de hablar y lo culpó de todo lo malo que encontraba en él, sin perdonarle nada, debido a la terrible falta de la que era culpable ante él.
—Pero, Anna, de todos modos es necesario decírselo y proceder después según lo que él decida —dijo Vronski, con voz suave y persuasiva, tratando de tranquilizarla.
—Entonces ¿tendríamos que huir?
—¿Por qué no? No veo la posibilidad de continuar así… Y no es por mí, veo que sufre usted.
—Sí, huir y que yo me convierta en su amante —replicó Anna, agresiva.
—¡Anna! —pronunció Vronski con tono de tierno reproche.
—Sí, convertirme en su amante y perderlo todo…
Quiso añadir «a mi hijo», pero no pudo pronunciar esa palabra.

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Sentado solo en el coche cubierto, extrajo la carta de su madre y la notita de su hermano y se puso a leerlas.
Siempre se trataba de lo mismo. Su madre, su hermano, todos consideraban que debían intervenir en sus asuntos amorosos. Aquella intromisión despertaba la ira en él, sentimiento que experimentaba rara vez. «¿Qué les importa? ¿Por qué creen todos que es obligación suya preocuparse de mí? ¿Por qué me acosan? Porque ven que se trata de algo que no pueden comprender. Si se tratara de unas relaciones corrientes y vulgares, me dejarían en paz. Se dan cuenta de que es otra cosa, que no es un juego y que esta mujer me importa más que mi propia vida. Y como no pueden entenderlo, les molesta. Sea cual fuere nuestra suerte, nosotros nos la hemos creado y no nos quejamos de ella —pensaba, uniendo a Anna a sí mismo con aquel “nosotros”—. Quieren enseñarnos a vivir. Pero no tienen ni idea de lo que es una dicha así, y no saben que sin ese amor para nosotros no hay ni ventura ni desventura y ni siquiera vida».
Se enfadaba con todos por su entremetimiento, porque en su fuero interno se daba cuenta de que tenía razón. Sentía que el amor que lo unía a Anna no era un capricho pasajero que se disiparía como cualquier asunto amoroso mundano sin dejar más huellas que unos recuerdos agradables o desagradables. Se daba cuenta de lo doloroso de la situación de ambos, de la dificultad de ocultar su amor a la sociedad en que vivían, de mentir y de engañar; todo eso les resultaba muy difícil, porque su pasión era tan avasalladora que les hacía olvidar todo lo demás.

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lunes, 7 de octubre de 2019

Alexiéi Alexándrovich no era un hombre celoso. Opinaba que los celos constituyen una ofensa para la esposa y que se debe tener confianza. No se preguntaba por qué tenía confianza, mejor dicho, una seguridad absoluta de que su joven esposa lo amaría siempre, pero lo cierto es que la sentía y lo encontraba muy natural. Pero ahora, a pesar de opinar así y de no haber perdido la confianza, se enfrentaba, sin saber qué hacer, con algo ilógico y absurdo. Se hallaba cara a cara con la vida, ante la posibilidad de que su esposa amara a otro hombre, cosa que le resultaba absurda e incomprensible porque era la vida misma. Su existencia había transcurrido trabajando en esferas que tenían que ocuparse de los reflejos de la vida. Y cada vez que se encontraba con la vida auténtica se apartaba de ella. Experimentaba ahora una sensación semejante a la de una persona que con toda tranquilidad hubiese pasado por un puente sobre un precipicio y que viera de pronto que el puente estaba derruido y que se hallaba sobre un abismo. Aquel abismo era la vida misma, y el puente, aquella vida artificial que había vivido Alexiéi Alexándrovich. Por primera vez se planteaba el problema sobre la posibilidad de que su esposa se enamorara de alguien, cosa que le horrorizó.

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—El cambio esencial consiste en que ha traído consigo la sombra de Alexiéi Vronski —comentó la mujer del embajador.
—¿Y qué tiene eso de particular? Hay una fábula de Grimm que dice: «Un hombre sin sombra está privado de ella. Y eso es un castigo por algo». Nunca he podido comprender en qué consiste ese castigo. Pero para una mujer, debe de ser muy desagradable vivir sin sombra.
—Sí, pero las mujeres que tienen sombra suelen acabar muy mal —dijo la amiga de Anna.
—¡Debía salirle a usted una pepita en la lengua! —exclamó la princesa Miagkaia al oír estas palabras—. La Karénina es una mujer encantadora. No me gusta su marido, pero a ella la quiero mucho.
—¿Por qué no le gusta Alexiéi Alexándrovich? Es un hombre notabilísimo —intervino la esposa del embajador—. Mi marido dice que en Europa hay pocos funcionarios del Estado como él.
—También me lo dice mi esposo, pero no lo creo —replicó la princesa Miagkaia—. Si no fuera por lo que dicen nuestros maridos, veríamos las cosas como son. Creo que Alexiéi Alexándrovich es tonto, eso lo digo en voz baja… ¿Verdad que así todo resulta muy claro? Antes, cuando me mandaban que lo considerara inteligente, llegaba a la conclusión de que la tonta era yo, por no ver su inteligencia, pero en cuanto dije: «Es tonto», en voz baja, todo ha resultado clarísimo, ¿no es cierto?
—Qué mala se muestra usted hoy.
—En absoluto. No tengo otra salida. Uno de los dos es tonto. Y ya saben ustedes que eso nadie lo dice de sí mismo.
—Nadie está contento de su posición, pero cada cual está satisfecho de su inteligencia —dijo el diplomático, citando un verso francés.
—Sí, sí, eso es cierto —asintió presurosamente la princesa Miagkaia—. Pero el caso es que no dejaré en mano de ustedes a Anna. ¡Es tan buena, tan agradable!… ¿Qué culpa tiene de que todos se enamoren de ella y la sigan como unas sombras?
—No pienso censurarla —se justificó la amiga de Anna.
—Si nadie nos sigue como una sombra, eso no demuestra que tengamos derecho a criticar.

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