jueves, 31 de octubre de 2019
miércoles, 30 de octubre de 2019
martes, 29 de octubre de 2019
lunes, 28 de octubre de 2019
jueves, 24 de octubre de 2019
miércoles, 23 de octubre de 2019
martes, 22 de octubre de 2019
lunes, 21 de octubre de 2019
domingo, 20 de octubre de 2019
miércoles, 16 de octubre de 2019
lunes, 14 de octubre de 2019
—Mamá, ¿cómo se te declaró papá? —preguntó de pronto Kiti.
—No hubo nada extraordinario, fue muy sencillo —contestó la princesa, pero su semblante se iluminó al recordarlo.
—Pero ¿cómo fue? ¿Lo querías antes de que te permitieran hablar con él?
Kiti experimentaba placer de poder hablar con su madre de igual a igual acerca de estas cosas, las más importantes de la vida de una mujer.
—Desde luego, él me quería, venía a visitarnos a la aldea.
—Pero ¿cómo se decidió la cosa, mamá?
—Seguramente crees que vosotros habéis inventado algo nuevo. Siempre es lo mismo: se decidió con sonrisas, miradas…
—Qué bien lo has dicho, mamá. Precisamente, con miradas y sonrisas —exclamó Dolli.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
Hacía tiempo que le preocupaba la idea de reconciliar a sus hermanos, aunque no fuese más que antes de que muriese Nikolái. Había escrito a Serguiéi Ivánovich, y al recibir su respuesta se la leyó al enfermo. Serguiéi Ivánovich decía que le era imposible ir, pero pedía perdón a su hermano en los términos más conmovedores.
Nikolái no dijo nada.
—¿Qué le contesto? —preguntó Lievin—. Espero que ya no estés enfadado con él.
—En absoluto —replicó el enfermo, irritado por aquella pregunta—. Escríbele que me envíe al médico.
Pasaron tres días terribles; el enfermo seguía en el mismo estado. Cuantos lo veían deseaban que muriese pronto: el camarero de la posada, el dueño, todos los huéspedes, el doctor, María Nikoláievna, Lievin y Kiti. Únicamente Nikolái no expresaba esos deseos, sino, por el contrario, se indignaba porque no le hubiesen enviado el médico, seguía tomando las medicinas y hablaba de la vida. Solo en raras ocasiones, cuando el opio le proporcionaba momentos de olvido en sus continuos sufrimientos, expresaba, adormilado, lo que sentía en su fuero interno con mayor intensidad que los demás: «¿Cuándo llegará el final?», o bien: «¡Ojalá llegue pronto!».
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
Recordó esas palabras del Evangelio, no porque se considerase sabio. No creía serlo, pero no ignoraba que era más inteligente que su mujer y que Agafia Mijáilovna, ni tampoco que al pensar en la muerte lo hacía con todas las fuerzas de su alma. Muchas inteligencias humanas, cuyas ideas sobre la muerte había leído, habían meditado a fondo sobre ella, pero no sabían ni la centésima parte que su mujer y Agafia Mijáilovna. A pesar de la diferencia entre el ama de llaves y Katia —como la llamaba Nikolái y como ahora le resultaba también especialmente agradable llamarla a Lievin—, en eso eran completamente iguales. Ambas sabían, sin duda alguna, lo que era la vida y la muerte. Y aunque no pudieran comprender ni contestar a las preguntas que se formulaba Lievin, ninguna de las dos tenía duda de la trascendencia de ese fenómeno y lo consideraban de una manera completamente igual, compartiéndolo, además, con millones de otros seres. Y la prueba de que ambas conocían muy bien lo que representaba la muerte era que las dos sabían cómo se debe proceder con los moribundos y, además, no los temían. En cambio, Lievin y otros, aunque pudieran decir mucho acerca de la muerte, la ignoraban, puesto que la temían, y no eran capaces de atender a una persona en ese trance. Si Lievin se encontrase solo a la sazón con su hermano Nikolái, lo miraría horrorizado, esperando el fatal desenlace con un horror aún mayor, incapaz de hacer otra cosa.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
En una pequeña habitación sucia, con las paredes pintadas cubiertas de escupitajos —tras cuyo delgado tabique se oía hablar— y la atmósfera impregnada de olor a suciedad, yacía sobre una cama separada de la pared un cuerpo cubierto con una manta. Una de las manos de aquel cuerpo, enorme como un rastrillo, cuya muñeca estaba unida de un modo incomprensible al antebrazo delgado y recto, descansaba sobre la manta. La cabeza yacía de lado sobre la almohada. Lievin distinguió los cabellos ralos, cubiertos de sudor, sobre las sienes y la frente lisa que parecía transparente.
«Es imposible que este terrible cuerpo sea mi hermano Nikolái», pensó, pero al acercarse más, le vio el rostro y ya no pudo seguir dudando. A pesar de aquel impresionante cambio, le bastó echar una ojeada a esos ojos vivos que el enfermo levantó para mirar al que entraba y observar el ligero movimiento de los labios bajo los bigotes pegados, para comprender la terrible verdad: aquel cuerpo muerto era su hermano vivo.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
La fonda de la capital de provincia donde se alojaba Nikolái Lievin era uno de esos establecimientos provincianos que se construyen con arreglo a los adelantos modernos, con las mejores intenciones de higiene, confort e incluso elegancia, pero que, debido al público que las frecuenta, se convierten con extraordinaria rapidez en tabernas sucias con pretensiones y, como consecuencia de esto, suelen ser peores que las antiguas posadas, que no disimulan la suciedad. Esta había llegado ya a aquel estado. Tanto el soldado de sucio uniforme que fumaba sentado a la puerta y, al parecer, cumplía los deberes de portero, como la triste y desagradable escalera de hierro fundido, el camarero descarado con su frac sucio, la sala con un ramo de flores de cera cubierto de polvo que adornaba la mesa, la suciedad, el polvo, el desorden por doquier y junto con todo esto cierto deseo de darle un aire de fonda de estación de ferrocarril de alguna categoría, produjeron en los Lievin, después de su vida de recién casados, un efecto deprimente, sobre todo porque la impresión de falsedad que causaba la fonda no estaba en relación con lo que los esperaba.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
De regreso, Vronski, Anna y Goleníschev estaban muy animados y alegres. Hablaban de Mijáilov y de sus cuadros. La palabra «talento», que entendían por una facultad innata casi física, independiente de la inteligencia y del corazón y con la que querían definir todo lo que experimentaba el pintor, surgía muy a menudo en su charla, ya que la necesitaban para hablar de lo que no tenían la menor idea. Aseguraban que no se le podía negar el talento a Mijáilov, pero que ese talento no había podido desarrollarse por su falta de cultura, un mal común entre los pintores rusos. El cuadro de los niños quedó grabado en su memoria y a cada momento volvían a mencionarlo.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
A pesar del estado de excitación en que se encontraba Mijáilov, el comentario acerca de su técnica le hirió dolorosamente el corazón y, echando una mirada de enojo a Vronski, frunció el ceño. A menudo oía decir la palabra «técnica», pero no entendía en absoluto su significado. Sabía que indicaban así la capacidad mecánica de pintar y dibujar, de un modo completamente independiente de la idea del cuadro. Con frecuencia observaba, como en el elogio presente, que se contraponía la técnica al mérito intrínseco, como si fuera posible pintar bien algo que no tuviese interés. Sabía que se debe tener mucha atención y cuidado para que, al quitar todo lo superfluo de un cuadro, no se estropease la obra de arte. Pero para pintar con arte no existía ninguna técnica. Si a un niño pequeño o a una cocinera se les revelara lo que él veía, también ellos podían expresarlo. En cambio, el pintor técnico más hábil y más diestro no habría podido pintar nada con su facultad mecánica, de no haberse inspirado antes. Además, comprendía que no era posible elogiar su técnica. En todo lo que había pintado y pintaba había defectos que saltaban a la vista, motivados por la falta de atención con que corregía sus cuadros, que ya no podía enmendar sin estropear la obra. Y en casi todas las figuras y rostros había aún pinceladas superfluas que malograban la obra.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
sábado, 12 de octubre de 2019
Observo que mi presencia le es molesta. Me ha sido muy penoso convencerme de ello. Pero comprendo que es así y no puede ser de otro modo. No la culpo y Dios es testigo de que al verla enferma resolví con toda mi alma olvidar cuanto ha pasado entre nosotros y empezar una vida nueva. No me arrepiento ni me arrepentiré nunca de lo que he hecho. Solo deseaba una cosa: el bien de usted, el bien de su alma, pero ahora veo que no lo he conseguido. Dígame qué es lo que puede procurarle la dicha y la paz del alma. Me entrego a su voluntad y a su espíritu de justicia.
Stepán Arkádich devolvió la carta a Karenin, mientras lo miraba perplejo, sin saber qué decir. Aquel silencio resultaba tan penoso para los dos que los labios de Oblonski temblaron mientras callaba, con la vista fija en el rostro de Karenin.
—Esto es lo que quería decirle a Anna —dijo Alexiéi Alexándrovich, volviéndose.
—Sí, sí —replicó Oblonski, sin fuerza para contestar por las lágrimas que le apretaban la garganta—. Sí, sí, te comprendo —pronunció al fin.
—Quisiera saber lo que desea Anna —dijo Alexiéi Alexándrovich.
—Temo que ni ella comprenda su propia situación. Ahora es incapaz de juzgar —dijo Stepán Arkádich—. Está oprimida, sobre todo, por tu magnanimidad. Cuando lea esta carta no será capaz de decir nada, salvo inclinar la cabeza aún más.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
«Desde luego», repitió cuando acudió a su mente por tercera vez aquel círculo mágico de recuerdos y pensamientos. Apoyó el revólver en la parte izquierda de su pecho y, tirando fuertemente con la mano, como si apretara el puño, oprimió el gatillo. No oyó el disparo, pero un violento golpe en el pecho lo hizo vacilar. Trató de sujetarse en el borde de la mesa, soltó el revólver y, tambaleándose, se sentó en el suelo, mirando con sorpresa en torno suyo. No reconocía su propia habitación, viéndolo todo desde abajo, las patas curvadas de la mesa, el cesto de los papeles y la piel de tigre. Los pasos rápidos y crujientes del criado que atravesaba el salón lo obligaron a recobrarse. Hizo un esfuerzo mental y comprendió que se hallaba en el suelo, y al ver la sangre en la piel de tigre y en su mano, recordó que había disparado contra sí.
«¡Qué estupidez! He fallado el golpe», murmuró, buscando el revólver con la mano. El arma estaba junto a él, pero Vronski palpaba más lejos. Prosiguió la búsqueda, se estiró hacia el otro lado y, sin fuerzas para guardar el equilibrio, se desplomó, desangrándose.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
—Alexiéi Alexándrovich —dijo Vronski, dándose cuenta de que se acercaba el momento de las explicaciones—, no puedo hablar. No soy capaz de hacerme cargo de las cosas. ¡Apiádese de mí! Por terrible que sea esto para usted…, créame que lo es más para mí.
Hizo ademán de levantarse, pero Karenin, cogiéndole de la mano, le dijo:
—Le ruego que me escuche, es necesario. Tengo que exponerle los sentimientos que me han guiado y han de guiarme para que no se equivoque usted respecto a mí. Usted sabe que decidí pedir el divorcio y que incluso empecé a iniciar el asunto. Le confieso que al principio vacilé y sufrí mucho, que me perseguía el deseo de vengarme de usted y de ella. Al recibir el telegrama vine con los mismos sentimientos, y es más: he deseado la muerte de Anna, pero… —Karenin guardó silencio, meditando si revelar o no aquello—, pero la he visto y he perdonado. Y la felicidad que me produce el haberlo hecho me indica cuál es mi deber. La he perdonado sin reservas. Quiero ofrecer la otra mejilla, quiero dar la camisa a quien me quita el caftán. ¡Solo pido a Dios que Él no me quite la dicha de perdonar!
Las lágrimas llenaron los ojos de Karenin y su mirada clara y serena sorprendió a Vronski.
—Esta es mi posición. Puede usted pisotearme en el barro, hacerme objeto de irrisión ante el mundo, pero no abandonaré a Anna y nunca le dirigiré a usted una palabra de reproche —prosiguió Karenin—. Mi deber está claramente determinado para mí: debo permanecer al lado de ella, y así lo haré. Si ella desea verle le avisaré a usted, pero ahora me parece que es mejor que se vaya.
Karenin se levantó y los sollozos interrumpieron sus últimas palabras. Vronski se levantó también y, sin erguirse, miró a Karenin con la frente baja. No entendía los sentimientos de Alexiéi Alexándrovich, pero adivinaba que eran muy elevados e incluso inaccesibles para él.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
viernes, 11 de octubre de 2019
Serguiéi Ivánovich, que sabía como nadie poner fin inesperadamente a una discusión de lo más serio y elevado, vertiendo en ella un poco de sal ática y cambiando así el estado de ánimo de los interlocutores, lo hizo también esta vez.
Alexiéi Alexándrovich demostraba que la rusificación de Polonia solo se podía lograr a consecuencia de principios superiores que debía introducir la administración rusa.
Pestsov sostenía que un pueblo asimila a otro únicamente cuando está más poblado.
Koznishov admitía una y otra cosa, pero con limitaciones. Cuando salían del salón, para concluir la charla, dijo sonriendo:
—Por tanto, existe un medio para rusificar a los pueblos de otras razas: tener el mayor número posible de hijos. Mi hermano y yo obramos peor que nadie en ese sentido. En cambio, ustedes, señores casados, y sobre todo usted, Stepán Arkádich, proceden como perfectos patriotas. ¿Cuántos hijos tiene? —preguntó, dirigiéndose con afable sonrisa al dueño de la casa y presentándole su minúscula copita.
Todos se echaron a reír. Y Oblonski lo hizo más alegremente que nadie.
—Sí, ese es el mejor remedio —dijo, masticando el queso y escanciando un vodka de una calidad especial en la copa que le alargaba aquel.
En efecto, la conversación cesó con aquella broma.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
Pero Vronski no pudo recordar enseguida lo que había querido decirle. Aquellos accesos de celos que últimamente le daban a Anna con más frecuencia lo horrorizaban, y por más que se esforzaba en disimularlo enfriaban su amor, a pesar de que sabía que la causa de sus celos era la pasión que sentía por él. Muchas veces se había repetido que el amor de Anna constituiría para él la felicidad, y ahora que ella lo amaba como puede amar una mujer para la cual el amor ha superado todas las dichas de la vida, Vronski se sentía más alejado de la felicidad que el día en que salió de Moscú para seguirla. Entonces se consideraba desgraciado, pero la dicha estaba por delante; en cambio, ahora, se daba cuenta de que lo mejor había pasado. Anna no era ya como había sido en los primeros tiempos. Había cambiado, empeorando tanto en lo moral como en lo físico. Se había ensanchado, y en su rostro, ahora, mientras hablaba de la actriz, apareció una expresión malévola que la estropeaba. Vronski la miraba como se mira una flor que uno mismo ha cortado y en la cual apenas puede reconocerse la belleza que le indujo a cortarla. Y, a pesar de eso, tenía la sensación de que, cuando su amor era más intenso, hubiese podido arrancarlo de su corazón de habérselo propuesto firmemente, y que, en cambio, ahora, como en este momento que le parecía no sentir amor hacia ella, sabía que su vínculo no podía romperse.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
En realidad, de todos los placeres rusos los que más gustaron al príncipe fueron las artistas francesas, una bailarina de ballet y el champán del sello blanco. Vronski estaba acostumbrado a tratar a los príncipes, pero, bien porque él mismo hubiera cambiado últimamente o por haber conocido demasiado de cerca a este, aquella semana le pareció muy penosa. Durante toda la semana experimentó un sentimiento semejante al de un hombre que acompaña a un loco peligroso y teme a la vez tanto al loco como perder la razón por su proximidad. Constantemente sentía la necesidad de no disminuir ni por un segundo el tono severo de respeto protocolario para no ser ofendido. La manera de tratar al príncipe los que se desvivían, con gran asombro de Vronski, en ofrecerle distintas diversiones, era despreciativa. Sus opiniones sobre las mujeres rusas, a las que quería estudiar, hicieron enrojecer de indignación a Vronski más de una vez. La causa principal de que el príncipe le resultase insoportable a Vronski era porque involuntariamente se veía reflejado en él. Y lo que veía en aquel espejo no halagaba su amor propio. Era un hombre muy estúpido, muy seguro de sí mismo, muy sano y muy esmerado en el cuidado de su persona, pero nada más. Cierto es que era un caballero, cosa que Vronski no podía negar. Se mostraba llano y no adulaba a sus superiores, era natural y sencillo en su trato con sus iguales y despectivamente bondadoso con sus inferiores. Vronski también era así y consideraba esto como un mérito, pero puesto que con relación al príncipe él era inferior, le indignaba el trato despectivamente bondadoso que le dispensaba.
«¡Estúpido animal! ¿Es posible que yo también sea así?», pensaba Vronski.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
jueves, 10 de octubre de 2019
Momentos antes de su partida, Nikolái besó a su hermano y le dijo, mirándole de pronto con extraña seriedad:
—¡De todos modos, Kostia, no me recuerdes con rencor! —Y su voz tembló.
Fueron las únicas palabras que pronunció con sinceridad. Lievin comprendió que con esa frase quería expresar lo siguiente: «Ya ves que estoy mal y tal vez no volvamos a vernos ya». Y las lágrimas brotaron de los ojos de Lievin. Volvió a besar a su hermano, pero no supo ni pudo decirle nada.
A los tres días de haberse marchado Nikolái, Lievin se fue al extranjero. En el tren se encontró con Scherbatski, el primo de Kiti, el cual se extrañó mucho del aspecto sombrío de Lievin.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
—Nada. En este mundo hay pocas cosas alegres.
—¿Pocas cosas alegres? Vente conmigo a París en lugar de ir a ese Mulhouse. Ya verás lo bien que se pasa.
—No, para mí todo ha terminado. Ya es hora de morir.
—¡Vaya una cosa! —exclamó Scherbatski, riendo—. Pues yo solo me dispongo a empezar.
—También yo pensaba así hace poco, pero ahora sé que pronto me voy a morir.
Lievin decía sinceramente lo que pensaba durante los últimos tiempos. En todo, solo veía la muerte o su proximidad. Pero la obra emprendida le preocupaba cada vez más. Era preciso vivir de algún modo hasta que llegara la muerte. La oscuridad lo cubría todo para él, pero, precisamente a consecuencia de aquella oscuridad, se daba cuenta de que el único hilo conductor que podía guiarle en ella era su empresa. Y Lievin se aferraba y se sujetaba a él con todas sus energías.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
Lievin se sentía culpable, pero no lo podía remediar. Se daba cuenta de que si ambos no hubiesen fingido, si hubiesen hablado sinceramente, es decir, expresando lo que pensaban y sentían, se habrían mirado a los ojos y él se limitaría a decir: «¡Te vas a morir! ¡Te vas a morir!», y Nikolái hubiera contestado: «¡Lo sé, pero tengo miedo, tengo miedo, tengo miedo!». Y no se habrían dicho nada más de haberlo hecho de corazón. Pero era imposible vivir así y, por tanto, Konstantín se esforzaba en hacer lo que había intentado durante toda su existencia y lo que había observado que otros sabían hacer tan bien: trataba de decir lo que no pensaba. Constantemente se daba cuenta de que aquello resultaba falso, que su hermano lo adivinaba por ello.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
Ahora los dos pensaban en lo mismo. La enfermedad y la inminencia de la muerte de Nikolái ahogaban todo lo demás. Pero ni uno ni otro se atrevían a mencionar aquello, y por eso todo lo que hablaban, sin expresar lo único que les interesaba, era falso. Nunca se había alegrado Lievin tanto como aquel día de que llegase la noche y de que fuese preciso ir a dormir. Nunca ante ningún extraño, ni en una visita de cumplido, se había mostrado tan falso y poco natural como aquel día. La conciencia de su falta de naturalidad y del arrepentimiento de ella la aumentaban aún más. Sentía deseos de llorar por su querido hermano, que estaba próximo a la muerte, y, en cambio, tenía que escucharle y sostener una conversación acerca de cómo viviría.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
Sviyazhski era uno de esos hombres, siempre incomprensibles para Lievin, cuyos pensamientos, bien eslabonados aunque nunca propios, siguen un camino fijo, y cuya vida definida y firme en su dirección discurre por sí misma de un modo completamente independiente y casi siempre en oposición a sus ideas. Sviyazhski era muy liberal.
Despreciaba a la nobleza, consideraba que la mayoría de los nobles eran partidarios de la servidumbre y que solo por cobardía no lo declaraban. Consideraba que Rusia era un país perdido, por el estilo de Turquía, y su gobierno tan malo, que ni siquiera se permitía criticar en serio sus actos. Pero al mismo tiempo era funcionario del Estado y un mariscal de la nobleza modelo, que siempre llevaba en sus viajes el gorro de visera con la escarapela y el galón rojo. Opinaba que solo era posible vivir en el extranjero, adonde se iba siempre que tenía ocasión, pero a la vez dirigía en Rusia una propiedad muy compleja y perfeccionada y se enteraba con mucho interés de todo lo que sucedía en su país. Creía que los campesinos rusos se hallaban por su inteligencia en un grado intermedio entre el hombre y el mono, y, sin embargo, en las elecciones del zemstvo, estrechaba las manos a los mujiks, escuchando sus opiniones con más gusto que cualquier otra persona. No creía en Dios ni en el diablo, pero le preocupaba mucho la cuestión de mejorar la situación del clero; creía necesaria la reducción de las parroquias, pero al mismo tiempo procuraba que en su aldea quedase la iglesia.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
La vida de Vronski era especialmente feliz porque tenía un código de leyes que determinaban categóricamente lo que se podía y no se podía hacer. Este código abarcaba un círculo muy reducido de condiciones, pero eran muy definidas, y Vronski, que nunca salía de este círculo, no dudaba de lo que debía hacer. Aquellas reglas determinaban indiscutiblemente que debía pagar a los tramposos, pero no a los sastres; que no se debe mentir a los hombres, pero sí a las mujeres; que no se debía engañar a nadie, excepto a los maridos; que no se deben perdonar los agravios, pero que se puede ofender, etcétera. Aquellas reglas podían ser ilógicas y malas, pero eran indiscutibles, y, al atenerse a ellas, Vronski se sentía tranquilo y podía mantener la cabeza alta. Solo últimamente, con motivo de sus relaciones con Anna, empezó a darse cuenta de que su código no determinaba concretamente todas las circunstancias. En el futuro se presentaban dificultades y dudas para las que no encontraba ya el hilo conductor.
Sus relaciones actuales con Anna y con su marido le parecían claras y sencillas. Estaban concretamente definidas en el código por el que se regía.
Anna era una mujer decente que le regalaba su amor y él la amaba, y por eso la consideraba tan digna de respeto, y aún más, que a una esposa legítima. Antes se habría dejado cortar una mano que permitirse no ya ofenderla con una palabra o alguna insinuación, sino dejar de mostrarle todo el respeto que se merece una mujer.
Sus relaciones con la sociedad también eran claras. Todos podían saber o sospechar su amor, pero nadie debía atreverse a hablar de ello. En caso contrario, Vronski estaba dispuesto a hacer callar a los que hablasen, obligándolos a respetar el honor inexistente de la mujer a quien amaba.
Las relaciones con el marido de Anna eran aún más definidas. Desde el momento en que Anna se enamoró de él, consideraba que era el único que tenía derecho sobre ella; el marido era tan solo un ser superfluo que estorbaba. Indudablemente su situación era lastimosa; pero ¿qué se podía hacer? Karenin solo tenía derecho a exigir una satisfacción por medio de las armas y Vronski estaba dispuesto a dársela desde el primer momento.
Pero últimamente sus relaciones con Anna tomaron un cariz nuevo que asustó a Vronski por su aspecto indefinido. La víspera, Anna le había dicho que estaba embarazada. Se dio cuenta de que aquella noticia y lo que Anna esperaba de él necesitaban algo que no estaba en su código. Y, en efecto, aquello le sorprendió e inmediatamente su corazón le dictó exigir que Anna abandonara a su marido. Y así se lo había dicho, pero ahora, al recapacitar, era evidente para él que sería mejor evitarlo, y, sin embargo, temía que aquello no estuviera bien.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
miércoles, 9 de octubre de 2019
Nadie, excepto las personas más allegadas a Alexiéi Alexándrovich, sabía que este hombre, al parecer tan frío y razonable, tenía una debilidad contradictoria a su carácter: no podía ver ni oír el llanto de un niño ni de una mujer. Ante las lágrimas perdía el dominio de sí mismo y la facultad de razonar. El jefe de su oficina y su secretario lo sabían y aconsejaban a las solicitantes que no llorasen, si no querían echar a perder su asunto. «Se enfadará y no querrá escucharlas», decían. Y, en efecto, el desequilibrio moral que producían en Alexiéi Alexándrovich las lágrimas se manifestaba en una brusca irritación. «No puedo hacer nada. ¡Hagan el favor de marcharse!», solía gritar.
Cuando Anna le comunicó sus relaciones con Vronski mientras regresaban de las carreras e inmediatamente, cubriéndose el rostro con las manos, se echó a llorar, Alexiéi Alexándrovich, a pesar de la ira que sentía, notó que lo invadía como una oleada aquel desequilibrio moral que siempre le producían las lágrimas. Comprendiendo que el exteriorizar sus sentimientos en aquel momento no estaría en consonancia con la situación, Karenin contuvo toda manifestación vital, por lo cual no se movió ni miró a Anna. A eso se debía su extraña expresión, como de muerte, que tanto sorprendió a Anna.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
En un rincón del coche dormitaba una viejecita y, junto a la ventanilla, una muchacha, que sin duda acababa de despertarse, iba sentada sujetándose con ambas manos las cintas de la cofia blanca. Serena y pensativa, rebosaba una vida elegante y complicada, ajena a Lievin. Por encima de él, miraba la aurora.
En el mismo instante en que esta visión desaparecía, unos ojos sinceros miraron a Lievin. Ella lo reconoció y una alegría llena de sorpresa apareció en su rostro.
Lievin no podía equivocarse. Aquellos ojos eran únicos en el mundo. Solo había un ser en la tierra capaz de concentrar para él toda la luz y todo el sentido de la vida. Era ella. Era Kiti. Lievin comprendió que se dirigía a Iergushovo desde la estación del ferrocarril. Y todo lo que le había agitado en aquella noche de vigilia, todas las decisiones que había tomado, todo desapareció de repente. Recordó con repugnancia sus ilusiones de casarse con una campesina. Solo allí, en aquel coche que se alejaba rápidamente, estaba la posibilidad de resolver el problema de su vida, que tanto lo atormentaba durante los últimos tiempos.
(...)
«No —se dijo Lievin—, por bella que sea esta vida sencilla y de trabajo no puedo vivirla. La amo a ella».
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
«Entonces ¿qué es lo que voy a hacer? ¿Y cómo lo haré?», se dijo, tratando de poner en claro ante sí mismo todo lo que había pensado y sentido durante aquella corta noche. Lo que pensó y sintió se dividía en tres ramas distintas. Una era la renuncia de su vida anterior, de su instrucción, que no necesitaba para nada. Esta renuncia le agradaba siéndole fácil y sencilla. La segunda se refería a la vida que deseaba llevar ahora. Comprendía la sencillez, la pureza y la legitimidad de aquella vida y estaba convencido de hallar en ella la satisfacción, la paz y la dignidad, cuya falta le era tan dolorosa. La tercera giraba en torno a la cuestión de cómo pasaría de la vida anterior a la nueva. Esto no lo veía con claridad. «Tener una mujer. Tener trabajo y necesidad de realizarlo. ¿Dejaré Pokróvskoie? ¿Compraré tierras? ¿Me inscribiré en la comunidad? ¿Me casaré con una aldeana? ¿Cómo lo haré?» —se preguntaba, sin hallar respuesta—. «No he dormido en toda la noche y no puedo hacerme cargo de las cosas. Después las aclararé. Pero hay una cosa evidente: esta noche ha decidido mi suerte. Todas mis ilusiones anteriores sobre la vida familiar son absurdas. Esto es mucho más sencillo y mucho mejor».
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
Para Serguiéi Ivánovich, su hermano menor era un buen muchacho, con el corazón bien colocado (lo que solía expresar en francés), pero cuya inteligencia, aunque bastante viva, estaba sometida a las impresiones del momento y, por tanto, llena de contradicciones. Con la condescendencia de un hermano mayor, a veces le explicaba el significado de las cosas, pero no hallaba interés en discutir con él porque era demasiado fácil derrotarlo.
Konstantín Lievin consideraba a su hermano como un hombre de gran inteligencia y cultura, noble en el sentido más elevado de la palabra y dotado de grandes facultades de acción para el bien de la humanidad. Pero, en el fondo de su alma, a medida que pasaban los años y lo iba conociendo mejor, pensaba cada vez más a menudo que aquella aptitud de hacer el bien a la humanidad, de la cual reconocía estar privado, tal vez no fuese una virtud, sino más bien un defecto. No es que careciera de inclinaciones ni de deseos nobles, buenos y honrados, sino de fuerzas vitales, lo que se suele llamar coraje, de ese impulso que obliga al hombre a desear y escoger un solo camino de la vida entre las innumerables trayectorias que se le presentan. Cuanto más conocía a su hermano, más observaba que este, lo mismo que otros muchos hombres que servían al bien común, no se sentía inclinado a ello de corazón, sino porque había deducido cerebralmente que aquello estaba bien y era el único motivo que lo movía a hacerlo. Esta suposición de Lievin se confirmaba al observar que su hermano no tomaba más a pecho la cuestión del bien común ni de la inmortalidad del alma que una partida de ajedrez o la construcción ingeniosa de alguna máquina.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
La paz se había firmado. Pero con la llegada de su padre había cambiado para Kiti aquel mundo en que vivía. No renegaba de lo que había aprendido, pero comprendió que se había estado engañando al pensar que podría llegar a ser lo que deseaba. Parecía haber despertado de un sueño; sintió lo difícil que era sostenerse, sin fingir ni enorgullecerse, en aquella altura a la que había querido llegar; además, experimentó todo el dolor de aquel mundo en el que vivía, lleno de penas, enfermos y moribundos. Le parecieron una tortura los esfuerzos que había hecho para vencerse, para amar aquello, y sintió deseos de respirar aire puro, de volver pronto a Rusia, a Iergushovo, donde había ido a vivir con los niños su hermana Dolli, según se enteró por una carta.
Pero su cariño por Váreñka no disminuyó. Al despedirse, Kiti le rogó que fuese a su casa a Rusia.
—Iré cuando usted se case —le dijo Váreñka.
—No me casaré nunca.
—Entonces, nunca iré.
—En este caso, me casaré solo para eso. Pero ¡recuerde su promesa! —concluyó Kiti.
Los augurios del doctor se realizaron. Kiti volvió curada a su casa, a Rusia. No era tan alegre ni tan despreocupada como antes, pero estaba serena. El dolor que había sufrido en Moscú no era sino un recuerdo.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
—No, dígame por qué no quiere que vaya a menudo a casa de los Petrov. Porque es usted la que no quiere. ¿Por qué?
—No he dicho eso —replicó Váreñka con tranquilidad.
—¡Le ruego que me lo diga!
—¿Se lo digo todo? —preguntó Váreñka.
—¡Todo, todo!
—Si no es nada de particular, salvo que Mijaíl Alexiéivich —ese era el nombre del pintor— antes quería marcharse sin demora, y ahora no quiere hacerlo —dijo Váreñka sonriendo.
—¡Siga, siga! —apremió Kiti, mirando gravemente a Váreñka.
—Y Anna Pávlovna ha dicho que no quiere irse porque está usted aquí. Desde luego, eso era inoportuno, pero por usted han tenido un disgusto. Ya sabe lo irritables que son estos enfermos.
Kiti, cada vez más taciturna, callaba, y Váreñka seguía hablando sola, tratando de dulcificarla y calmarla porque veía que iba a estallar, aunque no sabía si en un torrente de palabras o de llanto.
—Por eso es mejor que no vaya usted… Hágase cargo, no se ofenda…
—¡Me lo merezco! ¡Me lo merezco! —dijo Kiti rápidamente, arrancando la sombrilla de manos de Váreñka, sin mirarla a los ojos.
Váreñka sintió deseos de sonreír ante la ira infantil de Kiti, pero temió ofenderla.
—¿Por qué se lo merece? —preguntó—. No lo entiendo.
—Porque todo esto no ha sido más que una cosa fingida, una cosa inventada y no de corazón. ¿Qué me importa un extraño? Y resulta que soy la causa de un disgusto por hacer lo que nadie me ha pedido. Todo ha sido fingido, por mi parte. ¡Fingido! ¡Fingido!…
—Pero ¿qué finalidad hay en fingir? —dijo Váreñka en voz baja.
—¡Oh! ¡Qué estúpido! ¡Qué vil ha sido esto! No tenía ninguna necesidad de hacerlo… Todo ha sido fingido —decía Kiti abriendo y cerrando la sombrilla.
—Pero ¿con qué fin?
—Con el de parecer mejor ante la gente, ante mí y ante Dios; para engañar a todos. Ahora ya no volveré a caer en ello. Es mejor ser mala que mentir y engañar.
—Pero ¿quién ha engañado? —preguntó Váreñka en tono de reproche—. Habla usted como si…
Pero Kiti estaba presa de un arrebato de cólera. No la dejó terminar.
—No hablo de usted, no hablo de usted en absoluto. Usted es perfecta. Sí, sí, sé que todas ustedes son perfectas, pero ¿qué puedo hacer si soy mala? Eso no hubiera ocurrido si yo no fuese mala. Seré como soy, pero no he de fingir. ¿Qué me importa Anna Pávlovna? Que vivan como quieran, y yo viviré como me plazca. No puedo ser de otra manera… Todo esto no es, no es…
—Pero ¿qué es lo que no es? —preguntó Váreñka, perpleja.
—Nada. No puedo vivir sino obedeciendo a mi corazón, mientras que ustedes lo hacen según unas reglas. Les he tomado cariño de corazón; en cambio, ustedes, probablemente, sintieron afecto hacia mí para salvarme, solo para salvarme y para enseñarme.
—Es usted injusta —replicó Váreñka.
—No hablo de los demás, sino de mí misma.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
martes, 8 de octubre de 2019
Anna no oyó la mitad de sus palabras, tenía miedo de él y pensaba en si sería verdad que Vronski no se había matado. ¿Se referían a él al decir que estaba ileso y que el caballo se había roto la columna vertebral? Se limitó a sonreír con fingida ironía cuando Alexiéi Alexándrovich terminó de hablar, pero no le contestó nada porque no había oído lo que le decía. Karenin había empezado a hablar con decisión, pero cuando se dio cuenta de lo que estaba hablando, el miedo que experimentaba Anna se le comunicó. Al ver la sonrisa de su mujer, una extraña confusión se apoderó de su mente.
«Sonríe ante mis sospechas; ahora me va a decir lo que me dijo la otra vez: que son infundadas y que esto es ridículo».
Ahora que se avecinaba el descubrimiento de todo aquello, Karenin sentía vivos deseos de que su mujer le contestase irónicamente, como lo había hecho entonces y le dijera que sus sospechas eran ridículas e infundadas. Era tan terrible lo que sabía, que ahora estaba dispuesto a creerse lo que fuera. Pero la expresión del rostro de Anna, asustado y sombrío, no prometía ni siquiera el engaño.
—Tal vez me equivoque —dijo Karenin—. En este caso te ruego que me perdones.
—No, no te equivocas —le contestó Anna lentamente, mirando con desesperación el semblante frío de su marido—. No te equivocas, estaba desesperada y no puedo dejar de estarlo. Mientras te escucho pienso en él. Lo amo, soy su amante. No te puedo soportar, te tengo miedo y te odio… Puedes hacer conmigo lo que quieras.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
«Soy una mala mujer, una mujer perdida —pensó—, pero no me gusta mentir, no soporto la mentira, y él —el marido— se alimenta de mentiras. Lo sabe todo, lo ve todo; ¿qué siente cuando puede hablar con esa tranquilidad? Si me matara, si matara a Vronski, lo respetaría, pero no, solo necesita mentiras y decoro», se decía Anna, sin concretar qué es lo que precisamente deseaba de su marido, ni cómo le gustaría que fuese. Tampoco comprendía que esa locuacidad de Alexiéi Alexándrovich, en aquel momento que tanto la irritaba, no era sino la manifestación de su desasosiego y de su inquietud. Lo mismo que un niño que se ha dado un golpe y salta, poniendo en movimiento sus músculos para calmar el dolor, así a Karenin le era imprescindible la actividad mental para ahogar aquellos pensamientos respecto de su mujer, que en presencia de ella y de Vronski y oyendo repetir incesantemente el nombre de este, reclamaban su atención. Y tan natural como le resulta a un niño el dar saltos, le era a él hablar bien y con sensatez.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
—Sé lo penoso que es mentir para tu manera de ser honrada, y te compadezco. A menudo pienso que has estropeado tu vida por mi culpa.
—Lo mismo pensaba yo ahora: ¿cómo has podido sacrificarlo todo por mí? No puedo perdonarme que seas desgraciada.
—¿Desgraciada yo? —exclamó Anna, acercándose a él, y lo miró con una sonrisa llena de amor y de exaltación—. Soy como un hambriento al que han dado de comer. Tal vez sienta frío, su traje esté roto y experimente vergüenza, pero no es desgraciado. ¿Desgraciada yo? No, he aquí mi felicidad…
Anna oyó la voz de su hijo que se acercaba y, echando una rápida mirada que abarcó toda la terraza, se levantó apresuradamente. Sus ojos se iluminaron con un fulgor que Vronski conocía. Con un rápido movimiento alzó sus bellas manos cargadas de sortijas y, cogiéndole la cabeza, lo contempló prolongadamente; acercó su rostro con los labios entreabiertos y sonrientes, lo besó en la boca y en los dos ojos, apartándolo después. Quiso marcharse, pero Vronski la retuvo.
—¿Cuándo? —susurró, mirándola entusiasmado.
—Esta noche, a la una —murmuró Anna y, suspirando profundamente, se dirigió con su paso rápido, ligero, al encuentro de su hijo.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
—Muy bien, supongamos que yo lo haga —dijo Anna—. ¿Sabe cuál sería el resultado? Puedo decírselo de antemano. —Y una luz maligna apareció en sus ojos que, tan solo un momento antes, habían sido tan dulces—. «Quieres a otro y tienes con él relaciones culpables». —Anna, imitando a su marido, hizo lo que hubiera hecho aquel, subrayó la palabra «culpables»—. «Ya te advertí las consecuencias que eso traería en el terreno religioso, social y familiar. No me has hecho caso. No puedo permitir ahora que deshonres mi nombre»… —«Y el de mi hijo», quiso añadir Anna, pero le resultaba imposible bromear acerca de él—. En resumen, con su estilo de funcionario, con precisión y exactitud, dirá que no puede dejarme marchar y que tomará todas las medidas que estén a su alcance para evitar el escándalo. Y llevará a cabo con serenidad y orden lo que diga. Esto es lo que va a suceder. No es un hombre, sino una máquina, una máquina cruel cuando se enfada —terminó diciendo Anna, recordando a Alexiéi Alexándrovich con todos los detalles de su figura y su manera de hablar y lo culpó de todo lo malo que encontraba en él, sin perdonarle nada, debido a la terrible falta de la que era culpable ante él.
—Pero, Anna, de todos modos es necesario decírselo y proceder después según lo que él decida —dijo Vronski, con voz suave y persuasiva, tratando de tranquilizarla.
—Entonces ¿tendríamos que huir?
—¿Por qué no? No veo la posibilidad de continuar así… Y no es por mí, veo que sufre usted.
—Sí, huir y que yo me convierta en su amante —replicó Anna, agresiva.
—¡Anna! —pronunció Vronski con tono de tierno reproche.
—Sí, convertirme en su amante y perderlo todo…
Quiso añadir «a mi hijo», pero no pudo pronunciar esa palabra.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
Sentado solo en el coche cubierto, extrajo la carta de su madre y la notita de su hermano y se puso a leerlas.
Siempre se trataba de lo mismo. Su madre, su hermano, todos consideraban que debían intervenir en sus asuntos amorosos. Aquella intromisión despertaba la ira en él, sentimiento que experimentaba rara vez. «¿Qué les importa? ¿Por qué creen todos que es obligación suya preocuparse de mí? ¿Por qué me acosan? Porque ven que se trata de algo que no pueden comprender. Si se tratara de unas relaciones corrientes y vulgares, me dejarían en paz. Se dan cuenta de que es otra cosa, que no es un juego y que esta mujer me importa más que mi propia vida. Y como no pueden entenderlo, les molesta. Sea cual fuere nuestra suerte, nosotros nos la hemos creado y no nos quejamos de ella —pensaba, uniendo a Anna a sí mismo con aquel “nosotros”—. Quieren enseñarnos a vivir. Pero no tienen ni idea de lo que es una dicha así, y no saben que sin ese amor para nosotros no hay ni ventura ni desventura y ni siquiera vida».
Se enfadaba con todos por su entremetimiento, porque en su fuero interno se daba cuenta de que tenía razón. Sentía que el amor que lo unía a Anna no era un capricho pasajero que se disiparía como cualquier asunto amoroso mundano sin dejar más huellas que unos recuerdos agradables o desagradables. Se daba cuenta de lo doloroso de la situación de ambos, de la dificultad de ocultar su amor a la sociedad en que vivían, de mentir y de engañar; todo eso les resultaba muy difícil, porque su pasión era tan avasalladora que les hacía olvidar todo lo demás.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
lunes, 7 de octubre de 2019
Alexiéi Alexándrovich no era un hombre celoso. Opinaba que los celos constituyen una ofensa para la esposa y que se debe tener confianza. No se preguntaba por qué tenía confianza, mejor dicho, una seguridad absoluta de que su joven esposa lo amaría siempre, pero lo cierto es que la sentía y lo encontraba muy natural. Pero ahora, a pesar de opinar así y de no haber perdido la confianza, se enfrentaba, sin saber qué hacer, con algo ilógico y absurdo. Se hallaba cara a cara con la vida, ante la posibilidad de que su esposa amara a otro hombre, cosa que le resultaba absurda e incomprensible porque era la vida misma. Su existencia había transcurrido trabajando en esferas que tenían que ocuparse de los reflejos de la vida. Y cada vez que se encontraba con la vida auténtica se apartaba de ella. Experimentaba ahora una sensación semejante a la de una persona que con toda tranquilidad hubiese pasado por un puente sobre un precipicio y que viera de pronto que el puente estaba derruido y que se hallaba sobre un abismo. Aquel abismo era la vida misma, y el puente, aquella vida artificial que había vivido Alexiéi Alexándrovich. Por primera vez se planteaba el problema sobre la posibilidad de que su esposa se enamorara de alguien, cosa que le horrorizó.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
—El cambio esencial consiste en que ha traído consigo la sombra de Alexiéi Vronski —comentó la mujer del embajador.
—¿Y qué tiene eso de particular? Hay una fábula de Grimm que dice: «Un hombre sin sombra está privado de ella. Y eso es un castigo por algo». Nunca he podido comprender en qué consiste ese castigo. Pero para una mujer, debe de ser muy desagradable vivir sin sombra.
—Sí, pero las mujeres que tienen sombra suelen acabar muy mal —dijo la amiga de Anna.
—¡Debía salirle a usted una pepita en la lengua! —exclamó la princesa Miagkaia al oír estas palabras—. La Karénina es una mujer encantadora. No me gusta su marido, pero a ella la quiero mucho.
—¿Por qué no le gusta Alexiéi Alexándrovich? Es un hombre notabilísimo —intervino la esposa del embajador—. Mi marido dice que en Europa hay pocos funcionarios del Estado como él.
—También me lo dice mi esposo, pero no lo creo —replicó la princesa Miagkaia—. Si no fuera por lo que dicen nuestros maridos, veríamos las cosas como son. Creo que Alexiéi Alexándrovich es tonto, eso lo digo en voz baja… ¿Verdad que así todo resulta muy claro? Antes, cuando me mandaban que lo considerara inteligente, llegaba a la conclusión de que la tonta era yo, por no ver su inteligencia, pero en cuanto dije: «Es tonto», en voz baja, todo ha resultado clarísimo, ¿no es cierto?
—Qué mala se muestra usted hoy.
—En absoluto. No tengo otra salida. Uno de los dos es tonto. Y ya saben ustedes que eso nadie lo dice de sí mismo.
—Nadie está contento de su posición, pero cada cual está satisfecho de su inteligencia —dijo el diplomático, citando un verso francés.
—Sí, sí, eso es cierto —asintió presurosamente la princesa Miagkaia—. Pero el caso es que no dejaré en mano de ustedes a Anna. ¡Es tan buena, tan agradable!… ¿Qué culpa tiene de que todos se enamoren de ella y la sigan como unas sombras?
—No pienso censurarla —se justificó la amiga de Anna.
—Si nadie nos sigue como una sombra, eso no demuestra que tengamos derecho a criticar.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi