miércoles, 29 de julio de 2020

Y me dijo muchas más cosas. Cada vez estaba más bebido, y empezó a enternecerse, poco le faltó para echarse a llorar. Maslobóiev siempre había valido mucho, pero era demasiado pillo y le faltaba fuerza para ir a más; ya en la escuela era un chico astuto, taimado, pícaro, intrigante; pero en el fondo no era una persona sin corazón: era un hombre que había perdido el rumbo. Hay mucha gente como él en Rusia. Es gente con mucho talento, pero algo se tuerce en su interior; lo peor es que esa clase de gente es capaz, en ciertos momentos, de actuar deliberadamente contra su propia conciencia, por culpa de su debilidad, y no sólo terminan siempre sucumbiendo, sino que ellos mismos saben de antemano que se dirigen a su perdición. Maslobóiev, por ejemplo, se había hundido en el alcohol.

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

lunes, 27 de julio de 2020

En su ansiedad, sacó de un tirón todo lo que encontró en el bolsillo y, de repente, algo sonoro y pesado cayó sobre la mesa… Anna Andréievna lanzó un grito. Era el medallón extraviado.
Casi no daba crédito a mis ojos. Al viejo se le subió la sangre a la cabeza, tiñendo sus mejillas. Se estremeció. Anna Andréievna estaba de pie, cruzada de brazos, y le miraba suplicante. Su rostro se iluminó con una clara y gozosa esperanza. Aquel rubor, aquella turbación del viejo delante de nosotros… sí, no se había equivocado, ¡ahora entendía cómo había desaparecido su medallón!
Comprendió que lo había encontrado él, que este hallazgo le había llenado de alegría y que, temblando acaso de júbilo, lo había ocultado celosamente de todas las miradas; que en algún lugar, a solas, se habría dedicado a contemplar a escondidas con inconmensurable amor la carita de su querida hija, sin poder dejar de mirarla; que, posiblemente, al igual que hacía la pobre madre, se habría encerrado solo para hablar con su adorada Natasha, para imaginar las respuestas de la muchacha y sus propias réplicas; y que de noche, torturado por la añoranza y ahogando los sollozos en su pecho, habría acariciado y besado la querida imagen y, en vez de imprecaciones, habría invocado el perdón y la bendición para aquella misma a la que en público rehusaba ver y maldecía.
—¡Así que aún la amas, querido! —exclamó Anna Andréievna, sin poder contenerse más delante del severo padre que un minuto antes maldecía a su Natasha.
Pero, en cuanto oyó aquello, una insensata furia brilló en los ojos del viejo. Agarró el medallón, lo tiró con fuerza al suelo y se puso a pisotearlo lleno de rabia.
—¡Maldita sea por los siglos de los siglos! —dijo con voz ronca, ahogándose—. ¡Por los siglos de los siglos!
—¡Dios mío! —gritó la vieja—. ¡A ella, a ella! ¡A mi Natasha! ¡Le está pisoteando la carita! ¡Se la está pisoteando!… ¡Tirano! ¡Qué hombre más soberbio, cruel y desalmado!
Al oír los lamentos de su mujer, el viejo loco se detuvo, horrorizado por lo que acababa de hacer. De pronto, recogió del suelo el medallón y se precipitó hacia la puerta, pero, tras dar dos pasos, cayó de rodillas, apoyó las manos en el diván que tenía delante y, agotado, inclinó la cabeza.
Sollozaba como un crío, como una mujer. Aquellos sollozos le oprimían el pecho como si quisieran hacerlo estallar. En un instante el terrible viejo se había tornado más débil que un niño. ¡Oh! Ahora ya no podía maldecir; ya no se avergonzaba de nuestra presencia y, en un febril arrebato de amor, volvió a cubrir de incontables besos la imagen que acababa de pisotear. Parecía como si toda la ternura, como si todo el amor por su hija, reprimidos durante tanto tiempo, pugnaran ahora por salir al exterior con una fuerza irresistible y la violencia de tal impulso desgarrara todo su ser.
—¡Perdónala, perdónala! —gritó entre sollozos Anna Andréievna, inclinada sobre él y abrazándole—. ¡Tráela de vuelta a la casa paterna, querido, y en el Juicio Final el mismo Dios te premiará por tu humildad y tu misericordia!
—¡No, no! ¡Por nada del mundo, jamás! —gritaba con voz ronca y ahogada—. ¡Jamás! ¡Jamás!

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
En primer lugar, he de reconocer sinceramente que, no sé si sería por la depresión nerviosa, por las impresiones del nuevo piso o por mi reciente melancolía, pero el caso es que, de forma gradual y paulatina, con la llegada del crepúsculo fui cayendo en un estado de ánimo que ahora, durante mi enfermedad, me invade con frecuencia por las noches, y que yo denomino terror místico. Es un miedo atroz y angustioso a algo que yo mismo no puedo definir, a algo inconcebible, que está fuera del orden natural de las cosas, pero que indefectiblemente, en el momento menos pensado, puede materializarse y, como burlándose de todos los argumentos de la razón, presentarse ante mí e imponerse como un hecho irrefutable, horrendo, monstruoso e inexorable. Generalmente, ese temor va en continuo aumento, a despecho de todas las evidencias racionales, de modo que al final la razón —a pesar de que en esos momentos puede alcanzar incluso una mayor lucidez— pierde toda capacidad de resistirse a tales sensaciones. No la escuchamos, y se vuelve inútil; este desdoblamiento intensifica más aún la temerosa angustia de la espera. Recuerda, en cierto modo, al temor que cierta gente tiene a los muertos. Pero en mi angustia la indeterminación del peligro agrava el tormento.

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
Me había pasado toda la mañana entretenido con mis papeles, clasificándolos y poniéndolos en orden. A falta de cartera, los había trasladado en una funda de almohada; estaban todos arrugados y embarullados. Luego me senté a escribir. Aún seguía trabajando en mi gran novela, pero no lograba concentrarme; tenía la cabeza en otras cosas…
Dejé la pluma y me senté junto a la ventana. Estaba oscureciendo y yo me sentía cada vez más triste. Me asaltaban pensamientos sombríos. Tenía la sensación de que finalmente moriría en San Petersburgo. Se acercaba la primavera; se me ocurrió que a lo mejor revivía si escapaba de aquel cascarón y salía a disfrutar del aire libre, a respirar la fragancia de los campos y los bosques: ¡hacía tanto que no los veía…! Recuerdo que también pensé en lo magnífico que sería si por arte de magia o por un milagro pudiera olvidar todo lo que había vivido en los últimos años: olvidarlo todo, refrescar mis pensamientos y empezar otra vez con renovadas fuerzas. Entonces aún soñaba con eso y abrigaba la esperanza de una resurrección. «Debería ingresar en un manicomio —llegué a pensar—; de ese modo, todo cambiaría en mi cabeza, volvería a orientarme y así recobraría la salud.» ¡Aún tenía ansias de vivir, tenía fe en la vida! Pero también recuerdo que entonces me eché a reír. «¿Y qué iba a hacer al salir del manicomio? ¿Volver a escribir novelas?»

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

domingo, 26 de julio de 2020

Y se le escapó un gemido tan lastimero del corazón que toda el alma se me llenó de pena. Comprendí que Natasha ya no era dueña de su voluntad. Sólo los celos podían cegarla de tal modo, hasta el punto de obligarla a tomar una decisión tan insensata. Pero los celos también ardían dentro de mí y desbordaban mi corazón. No pude contenerme y un sentimiento miserable se apoderó de mí.
—Natasha —dije—, hay algo que no entiendo: ¿cómo puedes seguir amándole después de lo que tú misma acabas de decir? No le respetas, no crees siquiera en su amor y, sin embargo, te vas con él para siempre y les arruinas la vida a todos por él. ¿Cómo es eso? Te va a amargar toda la vida, y tú también a él. ¡Le amas demasiado, Natasha, demasiado! No comprendo esa clase de amor.
—Sí, le amo con locura —respondió, poniéndose pálida, como de dolor—. A ti jamás te he querido así, Vania. Bien sé que he perdido la razón, que no debería amarle de este modo. No es bueno amar así… Escucha, Vania: yo ya me había dado cuenta, y hasta en nuestros momentos más dichosos presentía que sólo iba a traerme sufrimientos. Pero ¿qué puedo hacer si hasta los sufrimientos que él me causa son felicidad para mí? ¿Crees que busco la dicha uniéndome a él? ¿Acaso no sé de antemano lo que me espera a su lado y lo que voy a sufrir por culpa suya? Ha jurado amarme, me ha hecho toda clase de promesas; pero yo no les doy crédito, ni lo hago ahora ni lo he hecho antes, aun sabiendo que no me mentía ni podía mentirme. Yo he sido la primera que le he dicho que no pretendo comprometerle a nada. Con él es mejor así: a nadie le gustan las ataduras, a mí la primera. Pero, de todos modos, me alegra ser su esclava, su esclava voluntaria, y ¡consentírselo todo, todo, con tal de que esté conmigo, con tal de que me mire! Creo que hasta le dejaría amar a otra mujer, con tal de que fuera en mi presencia, de que yo estuviera a su lado… ¿Verdad que es una bajeza, Vania? —preguntó de pronto, con una mirada febril, inflamada; por un segundo creí que estaba delirando—. ¿No son una ruindad semejantes deseos? ¿Y qué? Yo misma opino que es una bajeza, pero si él me dejase le seguiría al fin del mundo, aunque me rechazara, aunque me echara de su lado. Tú me exhortas ahora a que regrese, pero ¿de qué serviría? Regresaría, pero mañana volvería a marcharme. Si él me lo ordenara… volvería a marcharme; con que me silbe, con que me llame como a un perro, yo le seguiré… ¡Sufrimientos! ¡No tengo miedo a tales sufrimientos! Sabiendo que es por él por quien sufro… ¡Ah, pero no vayas a contárselo a nadie, Vania!

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

sábado, 25 de julio de 2020

Abrí el libro y me dispuse a leer. Aquella misma tarde acababa de salir mi novela de la imprenta y, tras hacerme al fin con un ejemplar, corrí a casa de los Ijménev a leerles mi obra.
¡Cuánto me había afligido, cuánto me había enojado no haber podido leérsela antes, directamente del manuscrito, que estaba en manos del editor! Natasha había llegado a llorar de despecho, me había reñido reprochándome que unos desconocidos hubieran leído mi novela antes que ella… Pues bien, por fin nos sentamos a la mesa. El viejo puso una cara extraordinariamente seria y crítica. Quería juzgar con toda severidad, «convencerse por sí mismo». La viejecilla también miraba de un modo desusadamente solemne, poco faltó para que se pusiera una cofia para la ocasión. Se había dado cuenta hacía mucho tiempo de que yo miraba a su incomparable Natasha con infinito amor, de que se me cortaba la respiración y se me nublaba la vista cuando hablaba con ella, y de que también Natasha me lanzaba miradas más vehementes que antes. ¡Sí! ¡Había llegado por fin ese instante, y lo había hecho justo en el momento del éxito, de las doradas esperanzas y de la más plena felicidad! Todas las cosas habían confluido, ¡todo a la vez! La anciana se había percatado también de que su marido había empezado a elogiarme sin reservas y nos miraba de una manera especial a su hija y a mí… y, de pronto, se asustó: yo no era ningún conde, ni duque, ni príncipe reinante, ni siquiera consejero colegiado de la Escuela de Jurisprudencia, joven, condecorado y guapo. A Anna Andréievna no le gustaban las medias tintas. «Elogian a este hombre —pensaba refiriéndose a mí—. Pero ¿por qué? No se sabe. Un escritor, un poeta… pero ¿qué diantres es un escritor?»

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
¡No! No fue en los embriagadores momentos iniciales de mi éxito cuando me sentí más dichoso, si es que alguna vez lo he sido, sino cuando aún no había leído ni enseñado a nadie mi manuscrito: en aquellas largas noches, entre entusiastas esperanzas, sueños y apasionado amor a mi trabajo; cuando me familiarizaba con mi fantasía, con los personajes que había creado como si fueran parientes, seres de carne y hueso. Los amaba, me alegraba y me entristecía con ellos y a veces hasta lloraba con las más sinceras lágrimas por mi modesto héroe.

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

viernes, 24 de julio de 2020

En aquella época, hace justo un año, aún colaboraba yo en revistas, redactaba artículos y estaba firmemente convencido de que lograría escribir algo grande y bueno. Estaba trabajando por aquel entonces en una gran novela; acabé, sin embargo, internado en un hospital, donde al parecer moriré pronto. Aunque, si me queda tan poco tiempo, ¿para qué escribir unas memorias?
Los recuerdos de todo este penoso último año de mi vida acuden de forma constante e involuntaria a mi memoria. Quiero anotarlo todo ahora; si no me hubiera inventado esta ocupación, creo que me moriría de aburrimiento. Todas esas impresiones del pasado me turban, a veces, hasta el dolor, hasta el tormento. Al pasar por la pluma tal vez adquieran un carácter más sereno, más armonioso; se parecerán menos a un desvarío, a una pesadilla. Así lo espero. El mero mecanismo de la escritura tiene ya un valor en sí mismo: servirá para calmarme, para aplacarme, para despertar en mi interior las antiguas costumbres del literato, convirtiendo mis recuerdos y mis dolorosos sueños en una ocupación, en una tarea… Sí, he tenido una buena idea. Y después legaré mis memorias al practicante; al menos, las hojas le servirán para tapar las rendijas de las ventanas cuando pongan el doble marco para el invierno.

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
Ya desde por la mañana me había sentido indispuesto, y para cuando se puso el sol me encontraba muy mal incluso: empezaba a notar cierta sensación de fiebre. Además, no había parado en todo el día y estaba cansado. Al caer la tarde, justo cuando empezaba a oscurecer, me hallaba en la avenida Voznesenski. Me encanta el sol de marzo en San Petersburgo, sobre todo al ponerse y especialmente en un atardecer claro y frío. Toda la calle de pronto resplandece, inundada por una radiante luz. Todas las casas parecen fulgurar de repente. Sus colores grises, amarillos y verduzcos pierden por un instante todo su aspecto sombrío; es como si a uno se le iluminara el alma, como si uno se estremeciera o alguien le hubiera empujado con el codo. Una nueva mirada, un nuevo pensamiento… ¡Es asombroso lo que puede hacer un rayo de sol en el alma de un hombre!

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

miércoles, 22 de julio de 2020

»El conde Altamira me contaba que, la víspera de su muerte, Danton, con aquel vozarrón suyo, decía: “Qué cosa más singular, no se puede conjugar el verbo guillotinar en todos los tiempos; sí que se puede decir: ‘Me van a guillotinar, te van a guillotinar’, pero no se dice: ‘Me han guillotinado’”.
»Y ¿por qué no si hay otra vida…? —siguió diciendo Julien—. La verdad es que si me encuentro con el dios de los cristianos estoy perdido: es un déspota y, como tal, rebosante de ideas de venganza; su Biblia no habla sino de castigos atroces. Nunca lo he querido; ni siquiera he querido creer nunca que alguien le tuviera un amor sincero. No tiene compasión alguna —y recordó unos cuantos pasajes de la Biblia—. Me castigará de una forma abominable.
»Pero ¡y si me encuentro con el dios de Fénelon! A lo mejor me dice: “Porque amaste mucho, mucho te será perdonado”…
»¿He amado mucho? ¡Ay!, amé a la señora de Rênal, pero mi comportamiento fue atroz. En eso, como en otras cosas, quedó al margen el mérito sencillo y modesto por cosas más brillantes…
»Pero ¡es que eran unas perspectivas…! Coronel de húsares, si había guerra; secretario de legación en la paz; luego, embajador… pues pronto habría estado al tanto de los asuntos… e incluso aunque no hubiera sido más que un tonto, ¿a qué rival podría haber temido el yerno del marqués de La Mole? Me habrían perdonado todas las tonterías, o, más bien, habrían contado como méritos. Hombre de mérito y disfrutando de la existencia más suntuosa en Viena o en Londres…
»Pues no va a ser exactamente así, caballero: lo guillotinan dentro de tres días.»
»Pues no va a ser exactamente así, caballero: lo guillotinan dentro de tres días.»
Julien rio de buena gana con aquella salida de su ingenio. «En verdad que un hombre lleva dos personas en sí —pensó—. ¿A quién demonios se le ha ocurrido ese comentario malévolo?
»Pues sí, amigo mío, guillotinado dentro de tres días —le contestó a quien lo había interrumpido—. El señor de Cholin alquilará una ventana a medias con el padre Maslon. Y por el precio del alquiler de esa ventana, ¿cuál de esos dos dignos personajes votará al otro?»
Recordó de pronto el siguiente pasaje de la obra Venceslas de Rotrou:
LADISLAS
Tengo el alma dispuesta.
El rey (padre de Ladislas)
También lo está el patíbulo; pon allí la cabeza.

Rojo y negro - Stendhal

martes, 21 de julio de 2020

Llegó Fouqué. Aquel hombre sencillo y bueno estaba loco de dolor. Su única idea, si es que tenía alguna, era vender todo cuanto tenía para sobornar al carcelero y salvar a Julien. Le estuvo hablando mucho rato de la evasión del señor de Lavalette[79].
—Me das pena —le dijo Julien—; el señor de Lavalette era inocente y yo soy culpable. Me recuerdas, sin querer, esa diferencia…
»Pero ¿lo dices de verdad? ¡Cómo! ¿Venderías toda tu hacienda? —añadió Julien, volviendo a ser de nuevo observador y desconfiado.
Fouqué, encantado de ver que por fin su amigo respondía a la idea que lo obsesionaba a él, le explicó detalladamente, cien francos arriba o abajo, cuánto le darían por cada una de sus propiedades.
«¡Qué esfuerzo sublime en un propietario rústico! —pensó Julien—. ¡Cuántos ahorros, cuantas roñoserías a medias, de las que tanto me avergonzaba yo cuando lo veía incurrir en ellas, sacrifica por mí! Cualquiera de esos jóvenes con tanto donaire a quienes vi en el palacete de La Mole y que leen René no caerían en ninguna de estas ridiculeces; pero, si exceptuamos a los que sean muy jóvenes y ricos por su casa y nada sepan del valor del dinero, ¿cuál de esos donairosos parisinos sería capaz de un sacrificio así?»

Rojo y negro - Stendhal

viernes, 17 de julio de 2020

«!Mucha consideración estoy teniendo, yo, un plebeyo, al compadecerme de una familia de esta categoría! ¡Yo, a quien el duque de Chaulnes llama criado! ¿Cómo incrementa el marqués su inmensa fortuna? Vendiendo renta cuando se entera en la corte de que al día siguiente habrá apariencia de un golpe de Estado. Y yo, a quien una providencia madrastra ha relegado a la última fila, yo a quien le ha dado un corazón noble y ni tan siquiera mil francos de renta, es decir, que me ha dejado sin pan, sin pan literalmente hablando, ¿yo voy a rechazar un placer que se me brinda? ¡Un manantial cristalino que acude a saciarme la sed en el desierto ardoroso de la mediocridad por el que tan penosamente cruzo! No seré tan necio, a fe mía; que cada cual vaya a lo suyo en este desierto de egoísmo que se llama la vida.»

Rojo y negro - Stendhal
Cuando él se estaba despidiendo, Mathilde le estrechó el brazo con fuerza:
—Va a recibir esta noche una carta mía —le dijo con voz tan alterada que no se le reconocía el timbre.
Esta circunstancia impresionó a Julien en el acto.
—Mi padre —siguió diciendo ella— siente una justificada estima por los servicios que usted le presta. Tiene que quedarse mañana; dé con un pretexto.
Y se alejó corriendo.
Tenía un talle delicioso. Era imposible tener un pie más lindo; corría con un donaire que embelesó a Julien; pero ¿podrá adivinar el lector qué fue lo siguiente que pensó este cuando ella hubo desaparecido? Se ofendió con el tono imperativo de ese tiene que: también a Luis XV, en el momento de morir, le resultó muy irritante que su médico de cabecera dijese torpemente tiene que, y eso que Luis XV no era un advenedizo.

Rojo y negro - Stendhal