Me había pasado toda la mañana entretenido con mis papeles, clasificándolos y poniéndolos en orden. A falta de cartera, los había trasladado en una funda de almohada; estaban todos arrugados y embarullados. Luego me senté a escribir. Aún seguía trabajando en mi gran novela, pero no lograba concentrarme; tenía la cabeza en otras cosas…
Dejé la pluma y me senté junto a la ventana. Estaba oscureciendo y yo me sentía cada vez más triste. Me asaltaban pensamientos sombríos. Tenía la sensación de que finalmente moriría en San Petersburgo. Se acercaba la primavera; se me ocurrió que a lo mejor revivía si escapaba de aquel cascarón y salía a disfrutar del aire libre, a respirar la fragancia de los campos y los bosques: ¡hacía tanto que no los veía…! Recuerdo que también pensé en lo magnífico que sería si por arte de magia o por un milagro pudiera olvidar todo lo que había vivido en los últimos años: olvidarlo todo, refrescar mis pensamientos y empezar otra vez con renovadas fuerzas. Entonces aún soñaba con eso y abrigaba la esperanza de una resurrección. «Debería ingresar en un manicomio —llegué a pensar—; de ese modo, todo cambiaría en mi cabeza, volvería a orientarme y así recobraría la salud.» ¡Aún tenía ansias de vivir, tenía fe en la vida! Pero también recuerdo que entonces me eché a reír. «¿Y qué iba a hacer al salir del manicomio? ¿Volver a escribir novelas?»
Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
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