martes, 21 de mayo de 2019

Pensó en el haz de músculos bajo una camisa azul mojada por el sudor, y en alguien a quien atender o con quien hablar. Siempre alguien, algún otro miembro de su raza, de su género. El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio reconoció el miedo.

Relatos no reunidos: Ninfolepsia - William Faulkner


—Y a cazarlo —dije—. La próxima vez no vamos a andar perdiendo el tiempo con ningún Willy Legate ni Walter Ewell.
—Quizá —dijo el señor Ernest.
—Sí —dije yo.
—Quizá —dijo el señor Ernest—. Es la mejor palabra que hay en nuestra lengua, la mejor de todas. Es lo que mantiene el progreso del hombre: el «quizá». Los mejores días de su historia no fueron aquellos en los que decía sí de antemano; fueron aquellos en los que lo único que sabía decir era «quizá». No puede decir «sí» hasta después, pues no sólo no lo sabe hasta entonces, sino que no quiere saberlo hasta entonces… Vete a la cocina y prepárame un ponche. Luego nos ocuparemos de la cena.

(...)

—No —dijo el señor Ernest—. Eso ya no es suficiente. Hubo un tiempo en que lo único que tenía que hacer un hombre era trabajar la tierra once meses y medio, y cazar el otro medio. Pero ahora no es así. Ahora dedicarse al oficio de la labranza y al oficio de la caza no es suficiente. Uno debe dedicarse al oficio de la humanidad.
—¿La humanidad? —dije yo.
—Sí —dijo el señor Ernest—. Así que vas a ir a la escuela. Porque debes saber por qué. Uno puede dedicarse al oficio del campo y de la caza y puede aprender cuál es la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal, y obrar bien. Y eso, en un tiempo, bastaba: obrar bien. Pero ahora ya no basta. Uno debe saber por qué está bien y por qué está mal, y ser capaz de decírselo a la gente que nunca tuvo oportunidad de aprenderlo; enseñar a la gente a obrar bien, y no sólo porque sepan lo que está bien, sino porque hayan aprendido ya por qué está bien, porque alguien les ha mostrado, les ha dicho, les ha enseñado el porqué. Así que vas a ir a la escuela.

Grandes bosques: Carrera en la mañana - William Faulkner


Su padre le miraba con gravedad a través de la copiosa media luz de primavera del cuarto; cuando habló, sus palabras fueron tan apacibles como la media luz; no eran palabras en alta voz, no necesitaban serlo porque iban a ser duraderas:
—El valor y el honor y el orgullo —dijo— y la piedad y el amor por la justicia y por la libertad. Todo ello toca el corazón, y aquello a lo que se aferra el corazón se convierte en verdad, en aquello que alcanzamos a entender como verdad. ¿Entiendes ahora?

(...)

Y un pequeño perro sin nombre y mestizo y con muchos padres, adulto ya pero de menos de seis libras de peso, diciéndose como para sus adentros: «No puedo ser peligroso, porque no hay nada mucho más pequeño que yo mismo; no puedo ser fiero, porque dirán que sólo es ruido; no puedo ser humilde, porque ya estoy demasiado cerca del suelo como para doblar la rodilla; no puedo ser orgulloso, porque tampoco puedo estar tan cerca de él como para saber quién proyecta una sombra, y ni siquiera sé que no voy a ir al cielo, porque han decidido que no poseo un alma inmortal. Así que lo único que puedo es ser valiente. Pero está bien. Puedo serlo, aunque sigan diciendo que sólo es ruido».

(...)

De algún modo, era más sencillo que todo eso. Había un viejo oso fiero y cruel, mas no por el mero hecho de conservar la vida, sino con el fiero orgullo de la libertad, lo bastante orgulloso de su libertad como para verla amenazada y no sentir miedo y no alarmarse siquiera; aún más, un animal que a veces parecía incluso poner aquella libertad deliberadamente en peligro a fin de saborearla, a fin de recordar a sus viejos y fuertes huesos y carne la necesidad de mantenerse flexibles y rápidos para defenderla y preservarla. Había un hombre viejo, hijo de una esclava negra y de un rey indio, heredero por un lado de la larga crónica de un pueblo que había aprendido la humildad a través del sufrimiento y la justicia, y por el otro, la crónica de un pueblo que aún más antiguo en aquella tierra que el primero, y que sin embargo había desaparecido de ella por completo, perpetuándose sólo en la solitaria fraternidad entre la sangre extraña que corría en las venas de un viejo negro y el espíritu salvaje e invencible de un viejo oso.Había un muchacho que deseaba aprender la humildad y el orgullo a fin de llegar a ser diestro y valioso en los bosques, que de pronto se vio convirtiéndose en tan diestro con tanta rapidez que temió no llegar nunca a convertirse en valioso, pues no había aprendido la humildad y el orgullo, pese a haberlo intentado, hasta un día en que, súbitamente asimismo, descubrió que un viejo incapaz de definir ninguna de las dos virtudes le había guiado, como de la mano, a aquel punto en el que un viejo oso y un pequeño perro mestizo le habían enseñado que, poseyendo una de las dos, se poseía ambas.

El oso - William Faulkner



El delta, pensó: El delta: «Esta tierra, que el hombre ha librado de pantanos y ha despejado y ha hecho mudar en dos generaciones, de forma que el hombre blanco puede poseer plantaciones y viajar cada noche a Memphis, que el hombre negro puede poseer plantaciones e incluso pueblos y mantener hogares urbanos en Chicago, una tierra en la que los blancos arriendan granjas y viven como negros y los negros trabajan como aparceros y viven como animales, donde el algodón se planta y alcanza la altura de un hombre hasta en las grietas de las aceras, donde la usura y la hipoteca y la bancarrota y la riqueza desmedida, tanto china como africana o aria o judía, crecen y se multiplican juntas hasta el punto de que nadie puede al fin distinguir unas de otras, ni le importa»… No es extraño que los bosques devastados que conocí en un tiempo no griten en demanda de justicia, pensó. Su venganza la llevará a cabo la misma gente que los ha destruido.

(...)

—Cógelo —dijo él. Su voz empezó de nuevo a alzarse, pero volvió a bajar el tono—: Llévatelo de mi tienda. —Ella fue hasta el catre y cogió el dinero—. Muy bien —dijo él—. Vuelve al norte. Cásate con un hombre de tu propia raza. Es tu única salvación. Cásate con un negro. Eres joven, hermosa, casi blanca, encontrarás un hombre negro que verá en ti lo que tú viste en él, sea lo que fuere; un hombre que nada te pedirá, que esperará poco de ti y que obtendrá aún mucho menos si es desquite lo que buscas. Y luego, dentro de un año, habrás olvidado todo esto, olvidarás incluso que ha sucedido, que él ha existido.
Calló; durante un instante estuvo casi a punto de dar otro respingo, pues le pareció que la mujer, sin moverse en absoluto, le estaba fulminando con sus ojos silenciosos. Pero no era así; ni siquiera se había movido; le miraba en silencio desde debajo del ala de su empapado sombrero.
—Anciano —dijo—, ¿has vivido ya tanto que has llegado a olvidar todo lo que supiste o sentiste o hasta oíste acerca del amor?

(...)

tierra en la que no se oía ya el rugido de la pantera, sino el largo silbido de las locomotoras: trenes increíblemente largos tirados por una sola máquina, pues no había en el terreno pendientes ni otras elevaciones que las levantadas por olvidadas manos aborígenes como refugio contra las crecidas anuales, y utilizadas luego por sus sucesores indios como sepulcro de los huesos de sus padres; y todo lo que quedaba de aquel antiguo tiempo eran los nombres indios de pequeñas poblaciones, con frecuencia relacionados con el agua: Aluschaskuna, Tillatoba, Homachito, Yazoo.

El otoño del delta - William Faulkner


—He telefoneado —dijo Stevens—. He hablado con el alcaide de la cárcel de Joliet, y con el fiscal del distrito de Chicago. Tuvo un juicio justo, un buen abogado. Tenía dinero. Estaba metido en el negocio de la lotería clandestina, un asunto en el que hace dinero la gente como él. —Ella le miraba, erguida, inmóvil—. Es un asesino, señorita Worsham. Disparó al policía por la espalda. Un mal hijo de un mal padre. Él mismo se confesó culpable después.
—Ya veo —dijo ella. Entonces él se dio cuenta de que la anciana no le miraba. O cuando menos no le veía—. Es terrible.
—También es terrible el asesinato —dijo Stevens—. Es mejor así.
Al cabo ella volvía a mirarle.
—No estaba pensando en él. Estaba pensando en Mollie. No debe enterarse.

Desciende, Moisés - William Faulkner



—Fui a tu casa anoche, pero no estabas. Me manda ella. Quiere que vengas a casa. Dejó la lámpara encendida toda la noche por si venías.
—Estoy bien —dijo él.
—No estás bien. El Señor te la dio, el Señor te la quitó. Pon tu fe en Él, confía en Él. Y ella podrá ayudarte.
—¿Qué fe y qué confianza? —dijo él—. ¿Qué le había hecho a Él Mannie? ¿Qué es lo que Él pretende metiéndose conmigo y…?
—¡Calla! —dijo el viejo—. ¡Calla!

(...)

y en su suelo, en su polvo de agosto claro, liviano y seco como harina, la larga huella semanal de cascos y de ruedas había sido borrada por los pausados zapatos de paseo del domingo, bajo los cuales, en alguna parte, eclipsadas pero no idas, fijas y contenidas en el polvo apelmazado, se hallaban las delgadas huellas, de dedos gruesos y planos, de los pies desnudos de su esposa, cuando los sábados por la tarde caminaba hasta el economato para comprar las provisiones de la semana siguiente mientras él tomaba el baño, y él, sus propias huellas, clausuraban ahora un tiempo a medida que avanzaba, tan de prisa casi como un hombre más pequeño, arrostrando el aire que el cuerpo de ella había dejado vacío, tocando con los ojos los objetos —poste y árbol y campo y casa y colina— que los ojos de ella habían perdido.

(...)

Uno de su cuadrilla en el aserradero le tocó el brazo y le dijo:
—Déjamela a mí, Rider.
Él ni siquiera vaciló. Soltó una mano en mitad del trayecto de la pala y la lanzó hacia atrás, y golpeando al otro en pleno pecho lo hizo retroceder unos pasos, y volvió a retomar con la mano la pala en movimiento; arrojaba la tierra con tal furia sin esfuerzo que el montículo parecía ir alzándose por propia voluntad, crecer no desde arriba sino emerger visiblemente hacia lo alto desde la tierra misma, hasta que al fin la tumba, salvo en su novedad patente, se asemejó a cualquier otra de las que se hallaban esparcidas por el terreno yermo, delimitadas sin ningún orden por trozos de barro cocido y botellas rotas y cascotes de ladrillo viejo y otros objetos sin significado aparente, pero que en realidad encerraban un profundo simbolismo y eran fatales para quien los tocara, y que ningún hombre blanco hubiera podido interpretar.

Bufón en negro - William Faulkner



—Supongo que sabes lo que te va a pasar —dijo Edmonds—, cuando ese abogado se despache con Nat, y Nat se despache con George, y George se despache contigo, y el juez Gowan se despache con George y contigo. Has estado aquí con mi padre durante veinticinco años, hasta su muerte; llevas conmigo veinte años… ¿Eran tuyos aquel alambique y aquel whisky que encontraron en tu patio trasero?
—Usted sabe que no —dijo Lucas.
—De acuerdo —dijo Edmonds—. ¿Y el otro alambique que encontraron en la parte baja del arroyo? ¿Era tuyo?
Se miraron.
—No se me juzga por ése —dijo Lucas.
—¿Era tuyo ese alambique, Luke? —dijo Edmonds.
Se miraron. La cara de Edmonds miraba una cara vacía por completo, impenetrable.
—¿Quiere usted que le conteste? —dijo Lucas.
—¡No! —dijo Edmonds con violencia—. ¡Sube al coche!

Cuestión de leyes - William Faulkner


Y gradualmente, a medida que hablaba de aquellos viejos tiempos y de aquellos hombres esfumados y muertos y pertenecientes a una raza distinta de las que yo conocía, los viejos tiempos dejaban de ser viejos tiempos y se convertían en presente, no sólo como si hubieran tenido lugar ayer sino como si estuvieran teniendo lugar hoy y algunos de ellos no hubieran tenido lugar todavía y fueran a acontecer mañana, de modo que al final me daba la impresión de que ni siquiera yo existía todavía, de que nadie de mi raza ni de la otra raza que trajimos con nosotros a esta tierra había puesto aún pie en ella; de que, aunque hubiera pertenecido a mi abuelo y ahora fuera de mi padre y algún día fuera mía aquella tierra en la que cazábamos y sobre la que ahora descansábamos, nuestro derecho sobre ella era en realidad tan banal e irreal como aquel título arcaico y desvaído que figuraba en uno de los libros de registro de propiedad de la ciudad, y de que allí el huésped era yo, y Sam Fathers el portavoz del anfitrión.

Gente de antaño - William Faulkner



Así fue como la muerte de Lion afectó a las dos personas que más lo amaron, en caso de que pudiera llamarse amor a los sentimientos de Boon hacia Lion, o hacia cualquier otra cosa. Y creo que se podría, pues suele decirse que uno siempre ama aquello que le hace sufrir. O puede que Boon no considerase sufrimiento el haber sido alcanzado por los zarpazos de un oso.

(...)

La gente de Hoke’s se había enterado ya de que habíamos cazado a Old Ben, y también de lo de Lion. Debieron de llegar al centenar las personas que en el curso de la tarde vinieron a ver a Old Ben y luego a Lion; se sentaban y hablaban quedamente de Lion, de las batidas en las que había participado y los osos que había acorralado, y Lion, de cuando en cuando, abría los ojos (Boon lo había tendido de manera que pudiera ver los bosques sin moverse), no como si estuviera escuchando lo que decían, sino como si mirara los bosques unos instantes antes de volverlos a cerrar, como si recordara otra vez aquellos bosques o comprobara que aún seguían allí. Y acaso era eso lo que hacía, pues esperó hasta que oscureció para morir.

(...)

Podía oler la soledad, el aislamiento, un algo que exhalaba aquel lugar en donde el mero paso de los humanos nada había modificado, en donde no había huella de hacha o arado, un lugar que seguía exactamente igual que cuando el primer indio se había internado en él y mirado a su alrededor, con el arco en las manos, presto para usarlo. Pensé en que Jefferson se hallaba sólo a veinte millas, con sus casas en las que las gentes pronto despertarían rodeadas de comodidad y seguridad, con sus tiendas y oficinas en las que a lo largo del día se reunirían para comprar y vender y conversar, y apenas podía creerlo. Pensé: «Está sólo a veinte millas. ¿Qué es lo que te pasa?», pero el otro lado de mí, lo otro que había en mí decía: «Sí, pero no eres más que un insignificante montón de huesos y carne, incapaz de alejarte una milla sin la ayuda de tu brújula, incapaz de sobrevivir aquí esta noche sin un fuego que te dé calor y tal vez tampoco sin un arma que te proteja».

(...)

Era normal que se pensase que la casa y los bosques le pertenecían, e incluso los ciervos y osos que había en ellos; hasta los ciervos y osos cazados allí por otra gente eran abatidos por cortesía del mayor Spain, que los ofrecía por propia delicadeza y voluntad. Pero no Lion. Lion era como esos jefes de tribu aztecas o polinesios a quienes no se considera hombres, sino más que hombres y menos que hombres a un tiempo. Porque, una vez en el campamento, tampoco nosotros éramos hombres: éramos cazadores. Y Lion era el mejor cazador de todos nosotros, seguido por el mayor de Spain y por el tío Ike McCaslin. Y no hablaba nuestra lengua, no porque no pudiese, sino porque era el jefe, el Hijo del Sol; conocía nuestra lengua, pero pertenecía a un nivel superior para dignarse a hablarla; a eso se debía el que viviera en el subsuelo, debajo de la cocina, y no a que fuera un perro, un animal: vivía aparte por la misma razón que vivían aparte los jefes aztecas o polinesios, a quienes su propia divinidad se lo exigía.

(...)

Boon medía más de un metro noventa de estatura, y tenía la mente de un niño y el corazón de un caballo y la cara más fea que yo había visto en mi vida. Era como si alguien hubiera encontrado una nuez un poco más pequeña que un balón de baloncesto y con un martillo de mecánico le hubiera moldeado los rasgos faciales y luego la hubiese pintado, sobre todo de rojo. No era el rojo de los indios, sino un rojizo brillante y espléndido en el que algo tendría que ver quizá el whisky, aunque lo más probable era que fuera debido primordialmente a la dichosa y violenta vida al aire libre.

Lion - William Faulkner

martes, 14 de mayo de 2019

¡Y cuánta juventud había sido inútilmente sepultada entre estas paredes, cuántas fuerzas grandiosas habían sucumbido en vano! Porque hay que decirlo todo de una vez: ésta era una gente extraordinaria. Se trataba, tal vez, de la gente mejor dotada, de la gente más fuerte de todo nuestro pueblo. Pero han perecido en vano esas fuerzas poderosas, han perecido de un modo anormal, ilegítimo, irremediable. ¿Y quién es el culpable?

(...)

—Veamos, M…cki, ¿qué has soñado esta noche? —le preguntó.
«Me dio un vuelco el corazón —nos contó más tarde M…cki, al volver a nuestro lado—. Como si me lo hubieran atravesado».
—Soñé que recibía una carta de mi madre —respondió.
—¡Mejor, mejor! —replicó el comandante—. ¡Eres libre! Tu madre ha pedido clemencia… y han atendido sus súplicas. Aquí tienes su carta, y aquí está la orden que te concierne. Ahora mismo vas a salir del presidio.
Al volver, estaba pálido, todavía no se había repuesto de la noticia. Le felicitamos. Nos dimos la mano: las suyas estaban heladas y temblorosas. Muchos otros reclusos le felicitaban y se alegraban de su suerte.

(...)

En el penal se daba a veces el caso de conocer a una persona desde hacía varios años, y pensar de ella que no era una persona, sino una fiera, y despreciarla; y de improviso llega un momento casual en el que su alma, en un impulso involuntario, se abre al exterior, y te permite ver en ella tanta riqueza, tanto sentimiento, tanto corazón, una comprensión tan nítida del sufrimiento propio y ajeno, que abres los ojos y se te hace casi imposible creer, en un primer momento, lo que tú mismo has visto y oído. Pero también ocurre lo contrario: en ocasiones la educación va acompañada de tal barbarie, de tal cinismo, que da náuseas, y ya puedes ser muy comprensivo o estar muy favorablemente predispuesto, que no encuentras en tu corazón ni excusas ni justificaciones.

(...)

Por fin eligieron y compraron un nuevo Gnedkó. Era un magnífico ejemplar, joven, precioso, fuerte y con una pinta muy cariñosa y alegre. Ni que decir tiene que en todos los demás aspectos también era intachable. Empezó el regateo: pedían treinta rublos, los nuestros daban veinticinco. Regatearon con calor; durante un buen rato, subían y bajaban las ofertas. Al final, incluso ellos lo encontraron ridículo.
—Pero ¿es que vas a sacar el dinero de tu propio bolsillo, o qué? —decían unos—. ¿A qué viene tanto regateo?
—¿Qué pasa, que os da pena el fisco? —gritaban otros.
—Lo cierto, compañeros, es que, con eso y con todo, son fondos… de la comunidad…
—¡De la comunidad! Está visto que a los tontos como nosotros no hace falta sembrarlos: crecemos solos…

(...)

Hay vagabundos contumaces. Algunos huyen incluso tras haber cumplido su condena a trabajos forzados, cuando les han instalado ya como colonos. Se esperaría que estuvieran satisfechos de su situación como colonos, con las necesidades cubiertas, pero no es así. Algo les arrastra, algo les llama lejos de allí. La vida en los bosques, la vida mísera y terrible, pero libre y llena de aventuras, posee un encanto secreto y seductor para quien la ha experimentado alguna vez; por eso se ve cómo se dan a la fuga incluso personas tímidas y metódicas que ya habían prometido convertirse en unos perfectos sedentarios y en unos labradores eficientes.

(...)

De hecho, cualquier fabricante, cualquier empresario, experimenta sin duda un excitante sentimiento de satisfacción al saber que a veces un trabajador depende, junto con toda su familia, única y exclusivamente de él.

(...)

Ya es hora de que nos dejemos de protestas apáticas contra un medio que nos ha engullido. Es cierto que el medio nos engulle en muchos sentidos, pero nunca por completo, y a menudo el pícaro astuto que se da cuenta de todo sabe muy bien cómo invocar la influencia del medio para encubrir y justificar no sólo su debilidad, sino también en muchos casos su auténtica villanía, sobre todo si sabe hablar o escribir con elocuencia.

(...)

Pero sus ojos se encontraron y a Chekunov empezó a temblarle de pronto el labio inferior. Hizo una especie de mueca extraña, enseñó los dientes y, bruscamente, tras hacer con la cabeza un gesto fortuito con el que pareció dirigirse al suboficial para que mirase al muerto, exclamó:
—¡También él tenía madre! —y se apartó.
Recuerdo que aquellas palabras me atravesaron el corazón… ¿Por qué las pronunciaría?, ¿cómo se le pudieron ocurrir?

(...)

Cuando estaba terminando la obra, el contento general llegó a su apogeo. No exagero lo más mínimo. Imaginemos el presidio, los grilletes, el cautiverio, los largos y tristes años que hay por delante, una vida monótona como la llovizna en un gris día otoñal, y, de pronto, a todos esos hombres oprimidos, encerrados, se les permite por un rato estar a sus anchas, divertirse, olvidar sus pesadillas, montar un teatro, y además, ¡menudo teatro!: el orgullo y el asombro de toda la ciudad, ¡para que vean quiénes son los presos!

(...)

La orquesta empieza a tocar… Es una orquesta digna de ser descrita. En un lateral, junto a los camastros, se habían instalado ocho músicos: dos violines (uno era del penal, el otro se lo habían pedido prestado a alguien de la fortaleza, pero lo tocaba uno de los nuestros), tres balalaikas, todas ellas de fabricación casera, dos guitarras y una pandereta que hacía las veces de contrabajo. Los violines no hacían más que rechinar monótonamente y las guitarras eran pésimas, pero las balalaikas eran insuperables. La destreza de los dedos que punteaban las cuerdas igualaba sin duda a la del más hábil prestidigitador. Tocaban sólo temas de danza. En los pasajes más animados, los músicos repiqueteaban con los nudillos sobre las tablas de sus balalaikas; el tono, el gusto, la ejecución, el manejo de los instrumentos, el estilo de la interpretación del tema, todo aquello resultaba peculiar, original, tenía el sabor del presidio.Uno de los guitarristas también sabía tocar su instrumento de forma magistral. Se trataba de aquel noble que había matado a su padre. En cuanto a la pandereta, era sencillamente prodigiosa: el músico tan pronto la hacía girar con un dedo como pasaba el pulgar por la piel; podían estar resonando golpes frecuentes, enérgicos y regulares, y de improviso ese sonido poderoso y nítido parecía desparramarse, como un puñado de guisantes, en un sinfín de sonidos diminutos, tintineantes y susurrantes. Finalmente, aparecieron también dos acordeones. Doy mi palabra de honor de que hasta ese momento yo no tenía ni idea de lo que se podía hacer con esos instrumentos humildes, populares; la armonía de los sonidos, la coordinación y, sobre todo, el alma, la naturaleza de la comprensión y de la transmisión de la verdadera esencia del motivo musical eran realmente asombrosas

(...)

No es mucho lo que nuestros sabios pueden enseñar al pueblo. Más bien, afirmo rotundamente, es al contrario: son ellos los que deben aprender del pueblo.

(...)

Lo primero que me sorprendió fue el telón. Mediría unos diez pasos, atravesando la sala a lo ancho. Ese telón era todo un lujo, algo realmente asombroso. Además, estaba decorado con pinturas al óleo: en él se veían árboles, templetes, estanques y estrellas. Lo habían confeccionado con retazos de tela, vieja y nueva, según lo que cada cual hubiera dado o sacrificado: viejas vendas para los pies y camisas de presidiario, cosidas de cualquier modo hasta formar un gran lienzo; por último, como no había alcanzado la tela, una parte era sencillamente de papel, mendigado hoja a hoja en diversas oficinas y dependencias.Los reclusos pintores, entre los cuales destacaba A…v, nuestro Briúllov, se encargaron de colorearlo y pintarlo. El efecto era admirable. Tanto lujo alegraba incluso a los presos más sombríos y puntillosos; todos ellos, cuando llegó la función, resultaron tan infantiles como los más acalorados e impacientes.

(...)

Un hombre como nuestro mayor necesita tener a todas horas alguien a quien oprimir, algún objeto que requisar, algún derecho que anular: en definitiva, necesita imponer su autoridad en cualquier sitio. En este aspecto era famoso en toda la ciudad. ¿Qué le importaba a él que precisamente por culpa de sus abusos pudiera haber disturbios en el penal? Para evitar los disturbios ya están los castigos (así razonan las personas del talante de nuestro mayor) y con esos pillastres de reclusos lo único que hace falta es mano dura y aplicar la ley de forma sistemática y al pie de la letra. Pero estos ineptos ejecutores de la ley no comprenden, ni están capacitados para comprender, que su mera observación literal, sin discernimiento, sin comprender su espíritu, lleva directamente al desorden, y jamás ha llevado a ninguna otra parte. «Lo dice la ley, ¿qué más hace falta?», dicen ellos, y se asombran sinceramente de que se les exija, además de la ley, sentido común y lucidez. Esto último, sobre todo, les parece a muchos de ellos un lujo superfluo y escandaloso, un atropello, algo intolerable.

(...)

—Pero, aguarde un poco —interrumpí a Baklushin—, por eso sólo podían echarle diez o doce años a lo sumo, y en la categoría civil; pero usted está en la sección especial. ¿Cómo puede ser eso?
—Bueno, eso es por otro caso —dijo Baklushin—. Cuando me llevaron ante el tribunal, el capitán se puso a insultarme de mala manera delante del juez. Yo no pude contenerme y le dije: «¿Cómo me insultas de ese modo? ¿Es que no ves, canalla, que estás ante el espejo de la justicia?». Entonces, ya fue otra cosa, me juzgaron de nuevo y por todo junto me condenaron a cuatro mil palos y a la sección especial. Pero, cuando me llevaron a cumplir el castigo, llevaron también al capitán: a mí me hicieron pisar la calle verde, y a él lo degradaron y le trasladaron al Cáucaso como soldado. Hasta luego, Alexánder Petróvich. Venga a vernos para la función.

(...)

No sé qué me pasó, pero me puse a besarle y le abracé la cabeza; él levantó las patas delanteras, las puso en mi hombro y empezó a lamerme la cara. «¡Este es el amigo que me envía el destino!», pensé, y desde entonces, cada vez que, en aquellos primeros tiempos, duros y sombríos, volvía del trabajo, lo primero que hacía, antes de entrar en ningún sitio, era irme detrás de los barracones con Shárik, que saltaba delante de mí, ladrando de alegría, cogerle la cabeza y ponerme a darle besos y más besos mientras un sentimiento dulce, y al mismo tiempo dolorosamente amargo, me oprimía el corazón. Recuerdo que incluso me era grato pensar, como si me jactase de mi tormento, que en todo el mundo sólo me quedaba entonces una criatura que me amaba, que me tenía apego: mi amigo, mi único amigo, mi fiel perro Shárik.

(...)

Pero, a pesar de tales choques, decidí no cambiar el plan de acción, que ya, en parte, tenía pensado en aquel tiempo; sabía que era justo. Y era éste: decidí que debía comportarme de la manera más sencilla e independiente posible; no mostrar un interés especial en acercarme a ellos, pero sin rechazarles si deseaban acercarse a mí. No tener miedo de sus amenazas ni de su odio y, en la medida de lo posible, hacer como si no los notara. No acercarme a ellos en determinados puntos y no transigir con algunos de sus usos y costumbres; en una palabra, no buscar por mi cuenta su camaradería. Desde la primera mirada adiviné que al principio me despreciarían por eso. Sin embargo, ellos pensaban (lo supe más tarde con seguridad) que yo debía acreditar y respetar ante ellos mi origen noble, es decir, dármelas de delicado, hacer remilgos, despreciarles, bufar a cada paso y escaquearme del trabajo. Esa era la noción que tenían de un noble. Naturalmente, me habrían criticado, pero en su fuero interno me habrían respetado.

(...)

«En todas partes hay gente mala y, entre ella, también hay gente buena —me apresuré a pensar para consolarme—. ¿Quién sabe? Esa gente quizá no sea, después de todo, peor que la otra, la de allí fuera». Pensaba esto y asentía con la cabeza; y, sin embargo, ¡Dios mío, si hubiera sabido entonces cuán cierta era aquella idea!

(...)

—¿Qué, Alí, seguro que ahora estabas pensando en cómo celebráis esta fiesta en Daguestán? Seguro que allí se está bien.
—Sí —respondió con ardor, y sus ojos resplandecieron—. Pero ¿por qué sabes que estaba pensando en eso?
—¡Cómo no lo voy a saber! ¿No se está allí mejor que aquí?
—¡Oh! ¿Por qué dices eso?…
—¡Qué flores debe haber ahora allí, qué paraíso!…
—¡Oh!… No sigas… —Estaba muy conmovido.
—Oye, Alí, ¿tú tenías una hermana?
—Sí, ¿por qué lo preguntas?
—Pues porque, si se parece a ti, debe ser muy guapa.
—¿Si se parece a mí? Es tan guapa que no hay en Daguestán ninguna igual. ¡Qué guapa es mi hermana! ¡No has visto otra como ella! Y mi madre también era muy guapa.
—¿Te quería mucho tu madre?
—¡Ah, qué cosas dices! Seguro que se ha muerto de pena por mí. Yo era su hijo del alma. Me quería más que a mis hermanas, más que a todos… Hoy vino a verme en sueños y lloraba por mí.

(...)

Digo «por naturaleza», e insisto en esta expresión. En efecto, en todas partes de nuestro pueblo, en cualquier circunstancia, en cualquier situación, siempre existen y existirán individuos extraños, apacibles, y con frecuencia nada holgazanes, a los que la suerte ha predestinado a ser mendigos por los siglos de los siglos. Siempre viven solos, siempre van mal vestidos, siempre parecen estar intimidados por alguien, agobiados por algo, y eternamente están al servicio de alguien, hacen los recados de alguien, por lo general de los juerguistas o de los que súbitamente se enriquecen o ascienden de categoría. Cualquier comienzo, cualquier iniciativa supone para ellos una desgracia y una pesada carga. Parecen haber nacido con la condición de no emprender nada por sí mismos, sólo para servir a los demás, no vivir según su libre albedrío, bailar al son que les tocan. Su destino es hacer lo que otros mandan. Por añadidura, no hay circunstancia ni cambio alguno que puedan enriquecerles. Son siempre mendigos.

(...)

Cuando comprendió que yo quería llegar hasta su conciencia y buscar en ella algún indicio de arrepentimiento, me miró con tanto desprecio y tanta altivez como si de pronto me hubiera convertido a sus ojos en un niño pequeño y tonto, con el que no se puede razonar como con un mayor. También algo a modo de compasión por mí se reflejó en su rostro. Instantes después comenzó a reírse de mí con una risa bonachona, sin ironía alguna. Estoy seguro de que, al quedarse solo y recordar mis palabras, quizá volvió a reírse para sus adentros varias veces.

(...)

Un día estaba de guardia. Era ya de noche; me habían puesto de centinela, en el cuerpo de guardia, en la armería. Hacía viento: era otoño, y estaba tan oscuro que no se veía nada. ¡Me sentía tan asqueado! Bajé el fusil del hombro, le quité la bayoneta y la puse a un lado; me quité la bota del pie derecho, coloqué el cañón en mi pecho y con el dedo gordo del pie apreté el gatillo. Miro… ¡disparo fallido! Repasé el fusil, limpié el oído, puse pólvora nueva, ajusté la piedra y coloqué otra vez el cañón en mi pecho. Pero ¿qué pasa? La pólvora estalló, pero el tiro no salió. ¿Qué significa esto?, pienso. Cogí el fusil, me puse la bota, calé la bayoneta y en silencio me puse a dar los pasos reglamentarios de la guardia. En aquel instante decidí hacerlo: pase lo que pase, se acabó el servicio militar. A la media hora se presentó el capitán, que iba haciendo la ronda. Vino derecho a mí: «¿Es así como se hace la guardia?». Cogí el fusil y le clavé la bayoneta hasta el cañón. Cuatro mil baquetazos y a la sección especial…

(...)

En el criminal, el presidio y los trabajos forzados más duros sólo fomentan el odio, el ansia de placeres prohibidos y una terrible imprudencia. Estoy firmemente convencido de que el famoso sistema celular consigue sólo resultados falsos, engañosos y superficiales. Exprime el jugo vital del hombre, le contrae el alma, la debilita e intimida, y después presenta una momia moralmente seca, un medio loco, como modelo de corrección y de arrepentimiento.

(...)

Por lo demás, había una especie de resignación externa, por decirlo así, oficial, una especie de razonamiento tranquilo: «Somos gente acabada —decían—, no supiste vivir en libertad, pues pisa ahora la calle verde[6], pasa revista». «No escuchaste a tu padre y a tu madre, pues escucha ahora el redoble de tambor». «No quisiste bordar con oro, pues golpea ahora la piedra con el mazo». Todo esto se decía a menudo, a modo de moraleja y de dichos y sentencias habituales, pero nunca en serio. Sólo eran palabras.

(...)

Hago constar, por cierto, que aquella gente era verdaderamente instruida, y no en sentido figurado, sino en el literal. Seguramente, más de la mitad sabía leer y escribir. ¿En qué otro sitio donde se reúnan grandes masas del pueblo ruso es posible apartar un grupo de doscientas cincuenta personas, de las cuales la mitad sepa leer y escribir? He oído decir después que alguien llega a la conclusión, a partir de datos semejantes, de que la instrucción pierde al pueblo. Es un error: los motivos son otros; aunque hay que reconocer que la instrucción alimenta en el pueblo la autosuficiencia. Mas eso no es, en absoluto, un defecto.

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Al instante pensabas que pasarían años enteros y tú irías puntualmente a mirar por las rendijas de la empalizada y verías el mismo terraplén, los mismos centinelas y el mismo trocito de cielo, no del cielo que estaba sobre el penal, sino de otro cielo lejano, libre. Imaginad un gran patio, de unos doscientos pasos de largo y unos ciento cincuenta de ancho, completamente vallado, en forma de hexágono irregular, por una alta empalizada de altas estacas hincadas profundamente en la tierra, fuertemente atadas unas a otras con cuerdas, unidas por travesaños y de punta afilada: así era el recinto exterior del penal. En uno de sus lados había un recio portalón, siempre cerrado, custodiado día y noche por los centinelas; lo abrían, previa solicitud, para salir a trabajar. Tras ese portalón estaba la luz, el mundo libre, vivía la gente, como en todas partes. Pero, a este lado del recinto, te imaginabas el mundo como un cuento irrealizable. Aquí había un mundo aparte, que no tenía semejanza con nada; aquí había leyes especiales, con su indumentaria, su moral y sus costumbres propias, y una Casa Muerta en vida, una vida como en ningún otro lugar, y gente especial. Ese rincón especial es el que me propongo describir.

Memorias de la Casa Muerta - Fiodor Dostoyevski