Abrí el libro y me dispuse a leer. Aquella misma tarde acababa de salir mi novela de la imprenta y, tras hacerme al fin con un ejemplar, corrí a casa de los Ijménev a leerles mi obra.
¡Cuánto me había afligido, cuánto me había enojado no haber podido leérsela antes, directamente del manuscrito, que estaba en manos del editor! Natasha había llegado a llorar de despecho, me había reñido reprochándome que unos desconocidos hubieran leído mi novela antes que ella… Pues bien, por fin nos sentamos a la mesa. El viejo puso una cara extraordinariamente seria y crítica. Quería juzgar con toda severidad, «convencerse por sí mismo». La viejecilla también miraba de un modo desusadamente solemne, poco faltó para que se pusiera una cofia para la ocasión. Se había dado cuenta hacía mucho tiempo de que yo miraba a su incomparable Natasha con infinito amor, de que se me cortaba la respiración y se me nublaba la vista cuando hablaba con ella, y de que también Natasha me lanzaba miradas más vehementes que antes. ¡Sí! ¡Había llegado por fin ese instante, y lo había hecho justo en el momento del éxito, de las doradas esperanzas y de la más plena felicidad! Todas las cosas habían confluido, ¡todo a la vez! La anciana se había percatado también de que su marido había empezado a elogiarme sin reservas y nos miraba de una manera especial a su hija y a mí… y, de pronto, se asustó: yo no era ningún conde, ni duque, ni príncipe reinante, ni siquiera consejero colegiado de la Escuela de Jurisprudencia, joven, condecorado y guapo. A Anna Andréievna no le gustaban las medias tintas. «Elogian a este hombre —pensaba refiriéndose a mí—. Pero ¿por qué? No se sabe. Un escritor, un poeta… pero ¿qué diantres es un escritor?»
Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
No hay comentarios:
Publicar un comentario