Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
jueves, 20 de agosto de 2020
Era una historia sobrecogedora; era la historia de una mujer abandonada, que había sobrevivido a la adversidad, enferma, exhausta y olvidada por todos, rechazada por la última persona en la que podía depositar sus esperanzas: su propio padre. Ella le había ofendido en otros tiempos, y más tarde los sufrimientos insoportables y las humillaciones habían acabado por hacerle perder a él la razón. Era la historia de una mujer arrastrada a la desesperación, vagando con su hija, a la que todavía consideraba una criatura, por las frías y sucias calles de San Petersburgo, pidiendo limosna; una mujer que estuvo después meses agonizando en un húmedo sótano, y a quien su padre se negó a concederle su perdón hasta el último minuto de su vida. Sólo en el último momento, tras recapacitar, corrió a perdonarla, pero entonces se encontró con un cadáver helado, en lugar de con la hija a la que había amado más que a nada en el mundo. Era el extraño relato de las misteriosas relaciones, muy difíciles de entender, entre un viejo chiflado y su pequeña nieta, que ya era capaz de comprenderle, que comprendía ya, a pesar de su corta edad, muchas cosas que otros no alcanzan a comprender a lo largo de toda una vida tranquila, sin sobresaltos. Era una historia sombría, una de esas historias sombrías y penosas que con tanta frecuencia y de forma inadvertida, casi misteriosa, se desarrollan bajo el pesado cielo de San Petersburgo, en los oscuros y secretos callejones de la enorme ciudad, entre el delirante bullir de la vida, el obtuso egoísmo, los intereses encontrados, la lúgubre depravación, los crímenes encubiertos; en medio del abyecto infierno de una vida absurda y anormal…
—Entonces, me pondré a trabajar y así podré ayudarle…
Me dirigió una rápida mirada, se puso colorada, bajó los ojos y, dando dos pasos hacia mí, de pronto me rodeó con sus brazos y apretó con fuerza su cara contra mi pecho. Yo la miraba perplejo.
—Yo le quiero a usted… Yo no soy orgullosa —empezó a decir—. Ayer ya me dijo que soy orgullosa. No, no… yo no soy así… Yo le quiero. Usted es la única persona que me quiere.
Pero las lágrimas ya la estaban sofocando. Poco después, empezaron a brotarle del pecho con tanta fuerza como el día anterior, durante el ataque. Cayó de rodillas ante mí, me besaba las manos, los pies…
—¡Usted es el único que me quiere! —repitió—. ¡El único, el único!
Me abrazaba las rodillas entre convulsiones. Todos sus sentimientos, reprimidos durante mucho tiempo, estallaron de golpe en un arrebato incontrolable, y yo pude comprender la extraña tozudez de aquel corazón que se había mantenido pudorosamente oculto hasta ese momento, con una terquedad y un rigor crecientes a medida que la necesidad de expresarse, de dar rienda suelta a sus afectos se iba haciendo más fuerte, hasta que se produjo la inevitable explosión, y se rindió súbitamente, con todo su ser, sin reserva alguna, a esa exigencia de amor, de gratitud, de cariño, de llanto…
Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
—Eres injusto conmigo, Vania —dijo por fin, y una lágrima brilló en sus pestañas—; te lo juro, eres injusto. ¡Pero dejemos eso! No puedo desnudar mi corazón delante de ti —prosiguió, mientras se levantaba y cogía el sombrero—; sólo te diré una cosa: acabas de hablar de la felicidad de mi hija. No creo en absoluto, de ningún modo, en esa felicidad. Aparte de que, incluso aunque yo no intervenga, esa boda jamás llegará a celebrarse.
—¡Cómo! ¿Qué le hace pensar así? ¿Acaso está usted al corriente de algo? —exclamé intrigado.
—No, no sé nada especial. Pero es imposible que ese maldito zorro haya tomado una decisión como ésa. Todo esto es un disparate, un burdo engaño. Estoy convencido, y acuérdate de lo que te digo, de que así serán las cosas. Y, en todo caso, si la boda llegara a celebrarse, o sea, si se diera el caso de que ese canalla tuviera alguna razón personal, oculta, exclusiva, por la cual la boda le beneficiara, algún interés que yo no alcanzo a comprender, entonces, juzga tú mismo, pregúntale a tu propio corazón: ¿sería ella dichosa con semejante matrimonio? Los reproches, las humillaciones, ser la compañera de un niño malcriado que ya ahora está cansado de su amor y que, en cuanto se casen, empezará a faltarle al respeto, a insultarla, a despreciarla; la fuerza de su pasión creciendo a medida que él se muestra cada vez más frío; los celos, los tormentos, el infierno, la separación, hasta llegar, quién sabe, al crimen… ¡No, Vania! Si es eso lo que estáis tramando, y tú, para colmo, les ayudas, tendrás que responder ante Dios. ¡Te lo advierto, aunque ya será tarde! ¡Adiós!
Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
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