jueves, 20 de agosto de 2020

—Entonces, me pondré a trabajar y así podré ayudarle…
Me dirigió una rápida mirada, se puso colorada, bajó los ojos y, dando dos pasos hacia mí, de pronto me rodeó con sus brazos y apretó con fuerza su cara contra mi pecho. Yo la miraba perplejo.
—Yo le quiero a usted… Yo no soy orgullosa —empezó a decir—. Ayer ya me dijo que soy orgullosa. No, no… yo no soy así… Yo le quiero. Usted es la única persona que me quiere.
Pero las lágrimas ya la estaban sofocando. Poco después, empezaron a brotarle del pecho con tanta fuerza como el día anterior, durante el ataque. Cayó de rodillas ante mí, me besaba las manos, los pies…
—¡Usted es el único que me quiere! —repitió—. ¡El único, el único!
Me abrazaba las rodillas entre convulsiones. Todos sus sentimientos, reprimidos durante mucho tiempo, estallaron de golpe en un arrebato incontrolable, y yo pude comprender la extraña tozudez de aquel corazón que se había mantenido pudorosamente oculto hasta ese momento, con una terquedad y un rigor crecientes a medida que la necesidad de expresarse, de dar rienda suelta a sus afectos se iba haciendo más fuerte, hasta que se produjo la inevitable explosión, y se rindió súbitamente, con todo su ser, sin reserva alguna, a esa exigencia de amor, de gratitud, de cariño, de llanto…

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

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