martes, 26 de junio de 2018

Siguió adelante, examinando las etiquetas de los precios, hasta encontrar una que ponía veintiocho centavos. Era un paquete con siete pastillas de jabón de tocador. Salió de la tienda con los dos paquetes. En la esquina se encontró con un policía.
—Se me han acabado las cerillas —le dijo.
El policía se buscó en los bolsillos.
—Podía haberlas comprado mientras estaba en la tienda —le dijo.
—Se me olvidó. Ya sabe lo que pasa cuando se va de compras con un niño.
—¿Dónde está el niño? —dijo el policía.
—Lo he dejado como fianza.
—Debería usted actuar en un espectáculo de variedades —dijo el policía—. ¿Cuántas cerillas quiere? No tengo más que una o dos.
—Con una es suficiente —dijo la abuela—. Nunca enciendo un fuego con más de una.
—Tendría usted que dedicarse a las variedades —dijo el policía—. Se vendría el teatro abajo con los aplausos.
—No se preocupe —dijo la abuela—. Voy a hacer que se venga abajo la casa.
—¿Qué casa? —se la quedó mirando—. ¿El asilo?
—Haré que se venga abajo —dijo ella—. Mire mañana en los periódicos. Espero que pongan bien mi nombre.
—¿Cómo se llama usted? ¿Calvin Coolidge?
—No, señor. Ése es mi hijo.
—Ah. Por eso le resulta tan complicado hacer la compra, ¿no es cierto? Tendría que dedicarse a las variedades… ¿Tendrá bastante con dos cerillas?

(...)

Volvió a tocar la orquesta. La mujer vestida de rojo entró tambaleándose.
—Venga, Joe —gritó—, que empiece el juego. Llévate de aquí ese condenado fiambre y empecemos a jugar.
Un hombre trató de sujetarla; ella se volvió, lanzándole un diluvio de palabras obscenas; luego se acercó a la mesa de juego cubierta de paños mortuorios y tiró al suelo una de las coronas. El propietario corrió hacia ella, seguido del encargado de echar a los indeseables, y agarró a la mujer en el momento en que levantaba otro tributo floral. Intervino también el hombre que había tratado de sujetarla, mientras la mujer chillaba y maldecía golpeando ecuánimemente a uno y otro con la corona. El encargado de las expulsiones cogió al hombre por el brazo; el otro se dio la vuelta y le golpeó, pero salió a su vez despedido hasta el centro de la habitación. Entraron tres hombres más. El cuarto se levantó del suelo y todos ellos se abalanzaron sobre el encargado de las expulsiones.
Al primero lo derribó en seguida y con increíble celeridad pasó al salón de baile. La orquesta estaba tocando. La melodía quedó inmediatamente ahogada por los chillidos y el estruendo de las sillas derribadas. El encargado de las expulsiones giró de nuevo para enfrentarse al ataque de sus cuatro adversarios. Al entremezclarse, un segundo hombre salió despedido, resbalando de espaldas sobre el suelo; el encargado consiguió zafarse. Giró de nuevo y se abalanzó sobre sus atacantes, quienes, al retroceder muy de prisa, tropezaron con el catafalco, cayendo sobre él. Los músicos habían dejado de tocar para subirse a las sillas con sus instrumentos. Las ofrendas florales salieron despedidas; el féretro se tambaleó.
—¡Sujetadlo! —gritó una voz.
Varias personas se adelantaron, pero el ataúd cayó pesadamente al suelo, abriéndose por la violencia del golpe. El cadáver, lenta y sosegadamente, se deslizó fuera, hasta apoyar el rostro en el centro de una corona.
—¡Toquen algo! —gritó el propietario a voz en cuello, moviendo los brazos—. ¡Vamos! ¡Toquen algo en seguida!
Cuando alzaron el cadáver la corona se levantó también, enganchada por un alambre invisible que se le había clavado en la mejilla. Había llevado puesta una gorra que, al caerse, dejó al descubierto un agujerito azul en el centro de la frente. Lo habían tapado cuidadosamente con cera, dándole maquillaje por encima, pero la sacudida hizo que el tapón se desprendiera y cayera al suelo. No lograron encontrarlo, pero desabrochando el automático que había en el centro de la visera consiguieron calarle la gorra hasta los ojos.

(...)

Quizá muramos en ese instante en que nos damos cuenta, en que admitimos, que el mal tiene una estructura lógica, pensó Horace, acordándose de la expresión que había visto una vez en los ojos de un niño muerto y también en otras personas sin vida: la indignación que se enfría, la violenta desesperación que se desvanece, dejando dos globos vacíos en cuyas profundidades acecha, en miniatura, el mundo paralizado.

(...)

»Lo curioso es que yo no respiraba. Llevaba mucho tiempo sin respirar. Así que creí que estaba muerta e hice otra cosa muy curiosa: verme a mí misma dentro del ataúd. Quedaba muy bien, toda vestida de blanco, ya sabe. Llevaba un velo como de novia y estaba llorando porque estaba muerta o por mi aspecto enternecedor o algo por el estilo. No: era porque habían puesto hojas de mazorca en el ataúd. Lloraba porque habían puesto hojas de mazorca en el ataúd donde yacía muerta, pero todo el tiempo sentía que la nariz se me calentaba y se me enfriaba, y veía a toda la gente sentada alrededor del ataúd, diciendo ¿Verdad que está preciosa? ¿No es cierto que está preciosa?

(...)

—¿Y no le parece que estamos en ese caso? ¿La posibilidad de que condenen a muerte a un hombre por algo que no ha hecho? Puede que en estos momentos sea usted culpable de encubrir a un fugitivo de la justicia.
—Entonces que vengan a por él. Yo no tengo nada que ver con ese asunto. Por esta casa han pasado demasiados policías para que les tenga miedo —alzó la jarra, bebió y se limpió la boca con el revés de la mano—. No estoy dispuesta a que me mezcle en algo que no conozco en absoluto. Lo que Popeye haya hecho fuera de aquí es cosa suya. Cambiaré de idea cuando empiece a matar gente en mi casa.

(...)

—Yo ni creo ni dejo de creer. Lo que importa es lo que crea la gente de la ciudad, tanto si es verdad como si no lo es. Y lo que también me importa es tener que decir mentiras todos los días para justificarte. Vete de aquí, Horace. Cualquier persona, excepto tú, se daría cuenta de que es un caso de asesinato a sangre fría.
—Y esa mujer sería la causa, naturalmente. Supongo que también dicen eso, inspirados por su apestosa y omnipotente santidad. ¿Todavía no han empezado a decir que fui yo quien lo mató?

(...)

—¿No es usted el juez Benbow? —dijo. Horace levantó la vista hacia un rostro inmenso, abotargado, carente de todo vestigio de edad o de actividad mental: una majestuosa extensión de carne a ambos lados de una minúscula nariz roma, como un montículo en el centro de una amplía meseta; sin embargo, aquel rostro contenía un algo indefinible, sutilmente paradójico, como si el Creador hubiera redondeado la broma iluminando aquel generoso gasto de masilla con algo originariamente destinado a alguna débil criatura de hábitos adquisitivos, como una ardilla o una rata—. ¿No estoy hablando con el juez Benbow? —dijo, extendiendo la mano—. Soy el senador Snopes, Clarence Snopes.

(...)

La mujer se había sentado en el borde de la cama y miraba al niño, envuelto en el limpio y descolorido trozo de manta, las manos extendidas junto a la cabeza, como si hubiera muerto en presencia de una angustia insoportable que no hubiese tenido tiempo de tocarlo.

(...)

La resquebrajada persiana de hule, bostezando de cuando en cuando con un sonido rasposo contra el marco de la ventana, dejaba entrar el crepúsculo en débiles oleadas. Desde detrás de la persiana, el crepúsculo color de humo se alzaba en lentas bocanadas, como señales indias hechas con una manta, espesándose en la habitación. Las figuras de porcelana que sostenían el reloj lanzaban suaves destellos opacos desde sus superficies curvas: rodilla, codo, brazo, costado y pecho, en actitudes de voluptuosa dejadez. El cristal de la esfera, transformado en espejo, parecía recoger toda la luz que se negaba a desaparecer, manteniendo en sus tranquilas profundidades un sereno gesto de tiempo moribundo, con la dignidad de un mutilado de guerra, falto de un brazo. Las diez y media. Temple, tumbada en la cama, mirando al reloj, pensaba en las diez y media.

(...)

Las persianas de hule se movían constantemente con débiles sonidos raspantes. Temple empezó a oír el tic-tac de un reloj. Estaba en la repisa de la chimenea, encima del hogar lleno de papel verde ondulado. El reloj era de porcelana con dibujo de flores, sostenido por cuatro ninfas del mismo material. Tenía una sola manecilla, dorada y con adornos de volutas, a mitad de camino entre las diez y las once, dándole a la esfera, por lo demás perfectamente inexpresiva, un sentido muy claro de afirmación, como si nada tuviera que ver con la medición del tiempo.

(...)

—La destilería. Una vez que se entregó empezaron a buscar por los alrededores hasta que encontraron la destilería. Sabían a qué se dedicaba, pero esperaron a verlo caído. Entonces se echaron todos encima. Los buenos clientes, los que le compraban el whiskey, los que se bebían todo el que les daba gratis y quizá trataban de hacerle el amor a su mujer en cuanto se daba media vuelta. Tendría usted que oír las cosas que dicen en Jefferson. Esta mañana el ministro baptista utilizó a Goodwin como tema para su sermón. No sólo en cuanto asesino: también en su calidad de adúltero, contaminador del ambiente de libertad democrático-protestante del condado de Yoknapatawpha. He deducido que su idea era quemar a Goodwin y a la mujer sin otro objeto que servir de ejemplo al niño, a quien habría después que criar y enseñar el idioma inglés con el único fin de que se enterara de que había sido concebido en pecado por dos personas que fueron condenadas al fuego por haberlo engendrado. Cielo santo, cómo puede un hombre, un hombre civilizado, decir seriamente…
—No son más que baptistas —dijo Miss Jenny

(...)

Durante todo el día hubo un corro junto a la puerta de la funeraria, y los niños y los muchachos, con o sin libros de texto, aplastaban la nariz contra el cristal y los más audaces y los hombres más jóvenes de la ciudad entraban en grupos de dos o tres a contemplar a un individuo llamado Tommy. Yacía sobre una mesa de madera, descalzo, vestido con un mono, los desteñidos rizos de la nuca apelmazados por la sangre seca y chamuscados por la pólvora, mientras el encargado del atestado trataba de averiguar su apellido. Pero nadie lo sabía, ni siquiera los campesinos que lo habían tratado durante quince años, ni los comerciantes que algún sábado, muy de tarde en tarde, lo habían visto en la ciudad, descalzo, sin sombrero, con su mirar regocijado y vacío y la mejilla inocentemente abultada por un enorme caramelo de menta. La opinión general era que nunca había tenido un apellido.

(...)

Tommy volvió la cabeza para mirar hacia la casa y Popeye sacó la mano del bolsillo.
A Temple, sentada sobre las vainas de algodón y las mazorcas, el ruido no le pareció más fuerte que el chasquido de un fósforo: un sonido muy breve, insignificante, que se desplomó sobre la escena, sobre aquel instante, haciéndolo totalmente irrevocable, aislándolo por completo; y ella siguió allí sentada, con las piernas extendidas, las manos vueltas, mansamente caídas sobre el regazo, mirando la espalda de Popeye y las arrugas que le hacía en los hombros la chaqueta demasiado ceñida mientras seguía asomado a la puerta, con la pistola detrás, junto al costado, despidiendo un sutil hilo de humo que descendía pierna abajo.
Popeye se volvió y la miró. Movió un poco la pistola, se la guardó en la chaqueta y avanzó hacia ella. No hacía el menor ruido al moverse; la puerta, sin sujeción, se abrió para golpear después contra la jamba, pero tampoco hizo el menor ruido; era como si el sonido y el silencio se hubieran invertido. Temple podía oír el silencio como un susurro atronador mientras Popeye iba hacia ella atravesándolo, apartándolo, y empezó a decir «Me va a pasar algo».

(...)

Perdí dos veces el conocimiento, dijo. Perdí dos veces el conocimiento. Santo cielo, Santo cielo, susurró, mientras su cuerpo se retorcía dentro de su ropa arrugada y manchada de sangre en un paroxismo de rabia y de vergüenza.
Con el aire y el movimiento empezó a aclarársele la cabeza, pero a medida que se iba sintiendo mejor físicamente, el futuro se iba haciendo más tenebroso. La ciudad, el mundo, tomaban la apariencia de un negro callejón sin salida; un lugar en el que ya para siempre tendría que andar con el cuerpo encogido, consciente de los susurros que provocaba su paso.

(...)

—Escuche. Si le consigo un coche, ¿se irá de aquí? —dijo. Los ojos fijos en ella, Temple movió la boca como si estuviera experimentando con las palabras, como si las estuviera saboreando—. ¿Saldrá por la puerta de atrás, y se montará en el coche para no volver nunca?
—Sí —musitó Temple—; me iré a donde sea. Haré lo que sea.
Sin dar la impresión de mover en absoluto los ojos, la mujer miró fríamente a Temple de arriba abajo. La muchacha sintió que se le encogían todos los músculos como enredaderas cortadas bajo el sol del mediodía.
—Pobre infeliz —dijo la mujer en voz baja y desapasionadamente—; hay que tener más coraje para jugar así con fuego.
—No era mi intención. Le aseguro que no.
—Ahora tendrá algo que contarles cuando vuelva, ¿no es cierto? —frente a frente, sus voces eran como sombras sobre dos paredes desnudas y muy juntas—. No es tan fácil jugar con fuego.
—Cualquier cosa. Sólo quiero irme. A cualquier sitio.

(...)

—Sé muy bien de qué pie cojean ustedes, las mujeres decentes —dijo la otra—. Demasiado dignas para relacionarse con la gente vulgar. Se escapa por la noche con esos muchachitos, pero ya veremos lo que sucede cuando aparezca un hombre —le dio la vuelta a la carne—. Usted se lleva todo lo que puede sin dar nada a cambio. «Soy una chica decente; yo no hago eso.» Se escapa con los chicos, les gasta la gasolina y hace que la inviten a comer, pero basta que la mire un hombre para, que se desmaye porque quizá no le gustara a su padre el juez ni a sus cuatro hermanos. Pero cuando se ve en un aprieto, ¿a quién viene llorando a pedir ayuda? A nosotros, los que no somos dignos de atarle los zapatos al juez.
Con el niño en brazos, Temple seguía mirando la espalda de la mujer, y su rostro era una pálida máscara bajo el sombrero en equilibrio inestable.

(...)

—¿Por qué ha abandonado a su mujer? —dijo.
—Porque comía gambas —dijo el forastero—. No podía… Era viernes, ¿comprende?, y pensé que al mediodía tendría que ir a la estación a recoger la canasta de las gambas y volver a casa con ellas, contando cien pasos para cambiar de mano, y que…
—¿Tiene que hacerlo todos los días? —preguntó la mujer.
—No. Sólo los viernes. Pero llevo diez años haciéndolo, desde que nos casamos. Y todavía sigue sin gustarme el olor de las gambas. Llevar la canasta a casa no me importaría mucho. Lo malo es que gotea. Durante todo el camino gotea y gotea, hasta que al cabo de un rato me sigo a mí mismo a la estación y me paro a ver cómo Horace Benbow recoge la canasta del tren y echa a andar camino de casa, cambiando de mano cada cien pasos, y yo lo voy siguiendo, pensando «Aquí yace Horace Benbow en una serie de manchas malolientes que van desapareciendo poco a poco sobre una acera de Mississippi».

(...)

—Pero no fue eso, realmente. Pensé que era quizá la primavera lo que me había perturbado o el tener ya cuarenta y tres años. Pensé que tal vez me pondría bien si tuviera una colina donde tumbarme…, que la culpa la tenía aquella zona, tan llana, tan fértil y tan maloliente que hasta el mismo viento parece sacar dinero de ella. Como si a uno ya no le pudiera sorprender que llegaran a presentarse en los bancos las hojas de los árboles para recibir dinero a cambio. Es ese Delta. Cinco mil millas cuadradas sin otra altura que los montones de tierra que los indios hicieron para subirse encima cuando se desbordaba el río.

Santuario - William Faulkner

jueves, 7 de junio de 2018

—Mira la primavera, Joe, mírala en los árboles: el verano está llegando.
—Sí. El verano está llegando. Tiene gracia, ¿verdad? Yo siempre me sorprendo al descubrir que las cosas ocurren siempre igual, a pesar nuestro. Creo que la Naturaleza sabe demasiado para atreverse a sorprendernos con cosas nuevas, no sea que empecemos a creernos los tipos superiores que siempre hemos querido ser.

(...)

Sin embargo, había oído, a pesar de tener cerradas las orejas a los sonidos inútiles, ensordecedores, horriblemente desconcertantes: el roce apagado de los pasos tímidos, el golpe sordo de la madera contra la madera, los pasos que al alejarse dejaban tras sí un olor insoportable de flores podridas —como si las mismas flores, oyendo rumores de muerte, se corrompieran—, toda la intolerable ceremonia que se lleva a cabo para disponer de la carroña humana.

(...)

—Naturalmente que nunca se puede decir hasta qué punto están muertos esos soldados. ¿No es cierto? Además, existe el inconveniente de que, cuando uno cree que ya ha atrapado algo, interviene de pronto el diablo, haciendo gala de una idiotez semejante a la de cualquier persona cuerda y normal, echándolo todo a rodar.

(...)

Le dio un golpecito sobre el hombro.
—Bueno, creo que voy a acostarme. No me siento bien esta noche. Te veré mañana.
Su amigo aceptó las disculpas no expresadas.
—Sí. Mañana nos veremos.
La figura de su amigo, con la americana en la mano, se perdió en las sombras y, mientras se desvanecía también el ruido de sus pasos, se sintió solo y creyó tener la ciudad, la tierra, el mundo entero con todas sus tristezas para él solo. La música le llegaba débil, semejante a un rumor inquietante: un anhelo sin sosiego y sin esperanza.

(...)

Azorados y perdidos. ¡Pobres diablos! No hacía mucho tiempo que en la sociedad la bebida de moda era la guerra; por todas partes se bebía el licor embriagante, hasta se amamantaba con guerra a las criaturas para que llegaran a la edad madura con inclinación bien definida hacia ella; pero, ahora, la sociedad había olvidado su bebida predilecta, cambiándola por otra que ellos no podían beber.

(...)

La vanidad halagada consiguió abrillantar los ojos vacíos del señor Rivers, que había descubierto a dos muchachas bonitas que le estaban mirando y posando para él invitadoramente; sin embargo, sus pasos no se dirigieron hacia ellas, sino hacia un grupo de hombres que se hallaban de pie y sentados en la escalera, arreglándoselas para dar la impresión de ser participantes y espectadores al mismo tiempo. Era evidente que todos eran de la misma clase y de la misma calidad. De ellos se desprendía la igualdad de opiniones, sentimientos, profesión y gustos como un color común, como una osada arrogancia que quería pasar inadvertida. «Flores de pared» se llama a las mujeres que nadie saca a bailar en una fiesta; ellos también eran una especie de «flores de pared» masculinas, que servían para charlar con la dueña de la casa, hacer un poco de ruido, exhalar humo, bailar con las verdaderas «flores de pared» y dejar transcurrir el tiempo

(...)

Iba de visitas, limpia y erecta como un alfiler, disgustada y contenta al mismo tiempo, porque el calor la agobiaba y le aliviaba el reumatismo crónico que padecía. Al pensar en la meta de su caminata y en el cambio fundamental que había experimentado su «status» en la ciudad, sentía un ligero orgullo por encima de su pena sin consuelo; el mismo golpe del destino que le dejara desolada hizo de ella una aristócrata. Las señoras Worthington y las señoras Saunders y todas las señoras más distinguidas del lugar le hablaban ahora de igual a igual, como si anduviera en coche y comprara media docena de vestidos cada año. Su hijo había logrado eso para ella; su ausencia conseguía lo que su presencia jamás consiguió y hubiera podido conseguir.

(...)

Donald Mahon, que tenía una noción vaga del tiempo, como algo que le arrebataba cosas que no le importaba perder, contemplaba por la ventana un vacío con hojas inmóviles: una mancha luminosa y nada más.

(...)

Durante nueve días escasos, el tema obligado de conversación en el pueblo fue el regreso de Donald Mahon. Los vecinos, curiosos y amables, fueron a verlo…; los hombres se mantenían de pie o sentados frente a él, respetablemente joviales y alegres: sólidos pilares de la banca y del comercio, hombres de negocios que solo se interesaban por la guerra como un subproducto del ascenso y la caída del señor Wilson y, aun así, tan solo por su producción en dólares y en centavos de dólares, mientras sus mujeres charlaban entre ellas sobre modas, por encima de la cicatriz y la frente torcida del pobre Mahon.

(...)

Leyó y releyó la nota y quedó mirando largo rato la escritura nerviosa y fina, como un cortejo de arañas, hasta que las palabras bailaron ante sus ojos y dejaron de tener significado. El alivio que sentía le vaciaba el alma, lo debilitaba. Estaba enfermo de satisfacción. Todo, todo lo había olvidado; ¡todo!; el viejo y adormilado Palacio de Justicia, los olmos, los caballos inmóviles y soñolientos en la plaza, las mulas tirando de los carros, el olor coagulado de los negros y el énfasis lento de su hablar y de sus risas; todo, todo parecía distinto, alegre y hermoso bajo la indolente luz de la tarde.
Dio un suspiro hondo y largo.

(...)

El cigarrillo se consumió entre sus dedos y entonces se levantó para retirar las cortinas de la ventana: la lluvia había cesado y largas lanzas soleadas agujereaban el aire recién lavado, sacando chispas a la tierra sofocada por los árboles en llanto.

(...)

—A veces, cuando salíamos de la escuela, volvía a casa conmigo. Nunca quería llevar americana ni sombrero y su cara… su cara era… era como… como la de uno que vive siempre en los bosques, ¿me entiendes? No parecía que fuera a la escuela ni que tuviera que vestirse como los demás. Nunca se sabía cuándo se le podía ver. Entraba al aula a cualquier hora del día y muchas veces había sido encontrado muy lejos, en el campo, siendo ya noche cerrada. Algunas veces dormía en casa de los campesinos o de los peones, y otras, los negros madrugadores le veían dormido al borde de los canales o en las cunetas cubiertas de arena. Todos le conocían.

(...)

El señor Saunders, echando una mirada intranquila al cielo oscuro, cerró precipitadamente la verja tras de sí y avanzó hasta encontrarse con su hijo que volvía de la escuela. El muchacho dijo sin siquiera saludarlo:
—¿Has visto la cicatriz, papá? ¿Has visto la cicatriz?
El hombre lo miró largo rato, sin responder a aquella inquieta miniatura y, repentinamente, cayendo de rodillas lo tomó entre sus brazos, apretándolo contra su pecho.
—¡Has visto la cicatriz! —dijo el joven Robert Saunders con voz acusadora, tratando de librarse del abrazo paterno, mientras la lluvia golpeaba las ramas de los árboles, que se extendían sobre ellos.

(...)

Hablaba con mucha suavidad, mirando picarescamente al pastor. Era graciosa y falsa como un soneto.

(...)

—¡Mire a ese abejorro! —interrumpió Jones apasionadamente y luchando por ganar tiempo—. Tan solo el aire lo sostiene. ¡Qué dignidad; qué unidad de propósito en todos sus movimientos! ¿Qué puede importarle si Smith es gobernador o no? Tanto le da que el pueblo elija anualmente a un grupo de ineptos que no saben nada de nada (aparte de que no tienen una especial inclinación a sudar) para que se encarguen, con toda impunidad, de los asuntos públicos.
—Pero, hijo mío; ¡estás al borde de la anarquía!
—¿Anarquía? Sí, claro. La mano de la Providencia, encallecida de tanto contar dinero. Eso es anarquía.
—Por lo menos admites la mano de la Providencia.
—¡Yo qué sé! Lo cierto es que no sé.

(...)

—Muy cierto. Esto, a pesar nuestro, nos lleva a las tristes realidades del mundo tal cual es. Inútil decir que ya había previsto las dos contingencias que me señalas. El exceso de monedas sería fundido para obtener metal con que fabricar las monedas y —su rostro asumió tal expresión que parecía como si fuera a revelar el más intrincado misterio— las amas de casa podrían utilizar el excedente de los objetos como combustible para sus cocinas.
«¡Viejo imbécil!», pensó Jones, mientras decía:
—¡Maravilloso, sencillamente magnífico! ¡Usted haría las cosas perfectamente, señor! De acuerdo con los gustos de mi corazón.
El pastor le miró con benevolencia:
—Ah, muchacho, no digas eso. No hay nada que se acomode al corazón de los jóvenes. Los jóvenes no tienen corazón.
—Pero, señor, esto linda con un delito de lesa majestad. Yo creía que había declarado una tregua entre las ropas que usted viste y las que yo visto.

(...)

A través de la capa de su cabello, notaba la dureza de la cabecera; sentía el movimiento de los huesos de sus largas piernas contra los brazos que los apretaban, que los circundaban; veía su cuarto frío e impersonal como una tumba señalada de antemano (para recibir tantos, tantos disgustos, ilusiones, pasiones y deseos que allí habían muerto), suspendida por encima de un mundo de alegría, de dolor y de ansia de vivir, muy por encima de los árboles impenetrables, ocupados tan solo de la fecundidad y de la primavera. (Dick, Dick. Muerto: horrible Dick. Una vez fuiste vivo y joven y apasionado y feo, después fuiste muerto, querido Dick: tu carne, tu cuerpo que yo amaba; tu cuerpo hermoso, joven y feo, querido Dick, es un hervidero de gusanos, una masa de carne corrompida. Adorado Dick).
Gilligan Joseph (a) Joe, que había sido un soldado, un demócrata por convicción y numerado como un preso, dormía al lado de una mujer bella y tenía puestas las botas (que le habían sido entregadas gratuitamente por los demócratas de más rango entre los demócratas), inocente y desmañado, sobre los blancos lienzos alquilados, ajenos e inmaculados.
Ella se desprendió de la manta y alargando el brazo hundió la habitación en las sombras. Se deslizó entre las sábanas, recostando su mejilla en la palma de la mano. Gilligan, imperturbable, roncaba y la habitación oscura se llenaba de un ruido hogareño y familiar. (Dick, amado y espantoso muerto…).

(...)

Extendió las piernas y se agitó bajo la manta, cambiando la posición del cuerpo para desentumecerlo, lo que le hizo sentir la dureza de la cabecera de la cama de hierro. Volvió a preguntarse por qué todo era como era y por qué arrastra uno tras sí a ciertas personas para que irrumpan en su intimidad, por qué esas personas mueren y por qué uno arrastra todavía a otras… «¿Será mi muerte así, triste y exasperante? ¿Soy fría por naturaleza o es que ya he derrochado todas las moneditas de mis emociones y no me es posible sentir las cosas como los demás? ¡Dick, Dick! ¡Horrible muerto!».

(...)

Detrás de la cicatriz, el oficial dormía con todo el disfraz de sus alas, sus cueros y sus bronces. Una mujer vieja, agria y fea, se detuvo para preguntar:
—¿Está herido?
Gilligan despertó de su sueño.
—Mírele la cara —respondió de mala gana—. Creo que estaba sentado en el regazo de una vieja y se cayó.
—¡Qué insolencia! —murmuró la anciana envolviéndole en una mirada fulminante—. Pero ¿no ven ustedes que este hombre está enfermo? ¿Cómo lo dejan ahí sin hacer nada? —Sí, señora. Estamos haciendo todo lo posible por él. Ante todo, lo dejamos tranquilo.
La vieja fea y Gilligan sostuvieron la mirada sin pestañear durante largo rato; después, ella la desvió hacia Lowe, el joven con aire belicoso y desalentado. Volvió a mirar a Gilligan y luego habló, recurriendo al inflexible sentimiento humanitario que da el dinero:
—Se lo diré al jefe del tren. Este hombre está enfermo y necesita cuidados.
—Muy bien. Sí, señora. Pero dígale al jefe que si viene ahora a molestar, le rompo la maldita cara.

(...)

—¡Pues, claro! ¡Ya lo creo! ¿Qué puede igualar al amor de una madre? Fuera de un trago de whisky, por supuesto. ¿Dónde está esa botella? No me habrás traicionado, ¿verdad?
—Aquí la tienes —y el cadete Lowe ofreció la botella con gesto displicente al soldado Gilligan, que oprimió con impaciencia el botón del timbre para llamar al camarero.
—¡Claudio! —dijo al negro que apareció de improviso—. Trae dos vasos y una botella de soda, zarzaparrilla o algo por el estilo. Hoy estamos entre caballeros y nos comportaremos como tales.
—¿Para qué demonios quieres vasos? —preguntó el cadete Lowe—. De la botella bebimos ayer y no podemos quejarnos.
Recuerda que nos hallamos entre extraños y debemos respetar sus costumbres por salvajes que sean. No estaría bien beber ahora como lo hicimos ayer. Espera hasta que te conviertas en un viajero experimentado y recordarás estos detalles. ¡Dos vasos, Otelo!

(...)

—¿Por qué ese no bebe nunca? —volvió a preguntar, y Yaphank miró compasivamente a su dormido compañero.
—¡Ay! ¡Pobre Hank! —exclamó—. Me temo que el infeliz esté listo. Este es el fin de una vieja amistad.
El cadete Lowe dijo: «¡Claro!», viendo dos Hanks igualmente dormidos en el suelo, y el otro siguió perorando:
—¡Contemplen ese rostro varonil y bondadoso! Él y yo crecimos juntos. Cuando niños recogíamos flores en los prados; él y yo, juntos, hicimos del batallón de carreteros de peso medio lo que era y, juntos él y yo, devastamos toda Francia. ¡Mírenlo ustedes ahora! ¡Hank! ¡Amigo mío! ¿No reconoces mi voz apagada por el llanto, ni la mano que acaricia con suavidad tu frente? ¡General! —agregó después con voz sonora dirigiéndose a Lowe—, ¿tendría usted la amabilidad de hacerse cargo de los restos? Ya he dispuesto que estos dos amables caballeros se detengan en el primer establo que encuentren, para comprar una collera de mula (porque una herradura me parece poco) hecha de margaritas y violetas, con las iniciales H. W. en nomeolvides.
Schluss, haciendo pucheros, pasó un brazo sobre los hombros de Yaphank.
—Calma, amigo mío. Resignación. La muerte es solo un tránsito. Tranquilidad. ¡Bebamos un trago y nos sentiremos mejor!
—¡Caramba! ¡Ya lo creo que sí! —repuso Yaphank—. Veo que usted tiene buen corazón, compañero. ¡Muchachos! ¡Acudan a la voz de fuego!
Schluss se limpió el rostro con un pañuelo sucio y perfumado, y todos bebieron largamente. Entre brumas doradas de crepúsculo y alcohol, Nueva York desaparecía a lo lejos y Búfalo se insinuaba brioso e imponente. Los hombres, alentados con nuevo y ardiente fuego, advirtieron de pronto la estación. El pobre Hank dormía a pierna suelta, hecho un ovillo.

(...)

—Bueno, pero hábleles, dígales algo, porque yo no puedo entrar en Chicago con todo el ejército borracho en mi tren. ¡Dios mío, cuánta razón tenía el general Sherman!
Yaphank miraba fija y desdeñosamente al guarda. Luego se encaró con sus compañeros:
—¡Soldados! —dijo con mucha solemnidad—. Es evidente que aquí no nos quieren. Esta es la recompensa que recibimos por entregamos en cuerpo y alma al país cuando nos necesita. ¡Sí, señores! Aquí no nos quieren y este señor ha llegado hasta el extremo de protestar porque viajamos en su tren. Escuche usted: suponga que nosotros no hubiéramos acudido presurosos a la llamada de la nación. ¿Sabe qué clase de tren conduciría ahora? ¡Un tren lleno de alemanes! ¡Un tren colmado de tipos comiendo salchichas, bebiendo cerveza y con rumbo a Milwaukee! ¡Eso es lo que usted tendría!
—Quizá fuera preferible a llevar mi tren lleno de tipos que, como ustedes, probablemente no saben a dónde van —replicó el guarda un tanto amoscado.
Muy bien —contestó Yaphank—. Si esa es su manera de pensar, nos bajaremos de su condenado tren. ¿Cree usted que este es el único tren que hay en el mundo?
No, no —se apresuró a responder el guarda—, de ninguna manera. No los estoy echando del tren. Solo quiero que permanezcan callados y se porten bien para no molestar a los demás pasajeros.
Las personas que ocupaban los asientos próximos se agitaron en ellos sin saber qué hacer y desviaron la vista del rostro macilento del cadete Lowe, al que habían estado observando con curiosidad.
—¡No! —rugió Yaphank con mucha vehemencia—. ¡No, señor! Usted ha negado la hospitalidad de su tren a los soldados de su patria y nosotros nos vamos, haciendo la observación de que esperábamos mejor trato. Lo tuvimos en Alemania y hasta en Texas. —Mirando a Lowe agregó—: ¡Soldados, bajaremos del tren en la próxima estación! ¿No le parece, general?
—¡Dios mío! —suspiró el guarda—. Si acaso tenemos otra paz no sé lo que harán con los ferrocarriles. Ya sé que la guerra es terrible, pero esto, ¡dios mío…!
—Vaya usted, vaya —le dijo Yaphank—. Déjenos por ahora. Como probablemente usted no querrá detener el tren para que bajemos, nos veremos obligados a saltar por la ventanilla. ¡Que me hablen de gratitud! ¿Dónde está la gratitud cuando los trenes no se detienen para que bajen los pobres soldados? Ya sé en qué va a parar todo esto: llenarán los trenes con desdichados soldados para precipitarlos a todos en el océano Pacífico. ¡Así no tendrán que darles de comer nunca más! ¡Pobres soldados! Woodrow, tú no los hubieras tratado de esta manera.
—¡Eh! ¿Qué está usted haciendo?
Pero Yaphank no prestaba atención a sus palabras. Se hallaba muy ocupado en abrir la ventanilla con una mano mientras con la otra arrastraba sobre las rodillas de sus compañeros una barata maleta de cartón. Antes de que el guarda o Lowe pudieran impedírselo, la había arrojado por la ventana y gritaba:
—¡Fuera todo el mundo!
—¡Oye! ¡Esa maleta que has tirado era la mía!
—Ya lo sé. ¿Y qué? ¿No bajas tú con nosotros? Vamos a echarlas todas fuera, y cuando el tren vaya más despacio, saltaremos nosotros.
—Pero tú has tirado mi maleta —protestó el otro.
—¡Sí, hombre, sí! Te he evitado la molestia, eso es todo. No te enfades, si quieres puedes arrojar la mía por la ventanilla; y después, nuestro general Pershing y el Almirante pueden echar fuera las suyas mutuamente. Usted debe de tener una gran bolsa, ¿no es cierto? —preguntó al guarda—. ¡Denme otra maleta, pronto, así no tendremos que caminar tanto condenado kilómetro!
—¡Soldados, escúchenme! —imploró el guarda; y el cadete Lowe, que había estado pensando en el Elba, en los gruñidos de sus intestinos y en el fuego del alcohol que lo invadía lentamente, observó con curiosidad los bordados de oro en la gorra del guarda. La visión de Nueva York pasó ante sus ojos, reducida y confusa entre brumas doradas; era inminente la llegada a Búfalo, tal vez antes del ocaso.
—¡Soldados, escúchenme! —repitió el guarda con voz implorante—. Uno de mis hijos está en Francia. Es marinero. Su madre no ha tenido noticias suyas desde octubre. Haré cualquier cosa por ustedes, muchachos, entiéndanlo; pero ¡por amor de Dios!, pórtense decentemente.
—¡No, no y no! —replicó Yaphank—. Usted nos ha negado la hospitalidad y nos iremos. ¿Cuándo se detiene el tren? ¿O es que tendremos que saltar?
—¡De ninguna manera! Ustedes se quedan aquí. Siéntense, pórtense bien y verán cómo todo sale a pedir de boca. Pueden permanecer en el coche y, por supuesto, no hay ninguna necesidad que bajen.
Se alejó presuroso, contoneándose por el pasillo del coche, y el adormilado, que seguía en el suelo, se quitó el deshecho cigarrillo de la boca para repetir con voz soñolienta:
—Has arrojado mi maleta por la ventanilla.
Yaphank tomó por el brazo al cadete Lowe y le dijo:
—Oye, ¿no es esto como para desalentar a cualquiera? Estoy tratando de encauzar a este tipo por el sendero de su nueva vida y ¿qué recompensa tengo? ¡Quejas y más quejas! Después se dirigió a su compañero:
—Sí, hombre, he arrojado tu maleta por la ventanilla, y ¿qué importa? Espera hasta que lleguemos a Búfalo y luego pagas un dólar para que te la vayan a buscar.
—Pero has sido tú el que ha arrojado mi maleta por la ventanilla —insistió el otro.
—Sí, señor. He sido yo. La he tirado por la ventana. ¿Está claro? ¿Qué hacemos ahora?
El compañero de Yaphank comenzó a agitar brazos y piernas para incorporarse de su incómoda posición y luego, asido al marco de la ventana, se asomó por ella, descansando todo el peso de su humanidad sobre los pies del cadete Lowe.
—¡En nombre de Cristo! —exclamó este, empujando al otro sobre el asiento—. ¡Fíjate dónde pones las patas!
En voz baja balbució el hombre:
—¿Qué? Yo me bajo —explicó con voz más clara, haciendo nuevos esfuerzos para levantarse. Cuando se puso de pie, dando tumbos, resbalando y agitando los brazos sin saber dónde agarrarse, se precipitó por la ventana abierta sacando medio cuerpo por ella.
El cadete Lowe, de un manotazo, le cogió por el faldón de la camisa.
—¡Vaya! ¡Ven acá, maldito loco! No debes hacer eso.
—¿Y por qué no? —inquirió Yaphank—. ¡Ya lo creo que puede! ¡Déjalo saltar si quiere! De todas maneras creo que se queda en Búfalo. ¡Diablos! ¡Seguro que se mata!
—¡Dios mío! —repetía el guarda, que, en el colmo de su agitación, regresaba corriendo.
Echándose sobre la espalda de Lowe, se abrazó a las piernas del que estaba con medio cuerpo fuera de la ventana, balanceándose laxamente, con los brazos caídos, inerte como un saco de patatas. Yaphank tiraba de Lowe y hacía todos los esfuerzos posibles para quebrantar el abrazo del guarda.
—¡Déjenlo solo! —decía—. ¡Estoy seguro que no saltará!
—Pero yo no puedo correr el riesgo, ¿comprende? ¡Cuidado, hombre, cuidado! ¡Vamos! ¡Ayúdenme a tirar de él!
—¡Oh, por Cristo! —volvió a exclamar Lowe resoplando y soltando la presa—. Deje que se tire.
—Naturalmente —comentó Yaphank—. Les aseguro que me gustaría verlo saltar. No sé por qué tratan de impedírselo si su deseo es reunirse con su condenada maleta. Además, no es de la clase de tipos que están bien en nuestra compañía; es mejor deshacerse de él. ¡Ayudémosle a saltar! —E inclinándose empujó con el hombro el cuerpo de su compañero.

(...)

Echado en el suelo, entre los dos asientos, se hallaba el compañero de viaje de Yaphank, luchando por encender un cigarrillo húmedo y casi deshecho. «Como la devastación de Francia», pensó el cadete Lowe dejando correr su memoria sobre las granujientas reminiscencias de un tal capitán Bleyth, piloto de la R. A. F., enviado especialmente para reforzar durante algún tiempo a la democrática escuadrilla.
—¡Caramba! ¡Pobre soldado! —exclamó su amigo con voz llorosa—. ¿No es un infierno esta guerra? ¡Eh! Te lo pregunto.
Trató de llamar la atención del otro con suaves golpecitos de la pierna, pero ante su silencio empezó a darle débiles patadas.
—¡Muévete, viejo marinero! ¡Muévete! ¡Condenado bastardo! ¡Ay, pobre Jerks[2]… o algo parecido! (Lo oí en una comedia, ¿saben? Es una frase muy bonita). ¡Vamos! ¡Despierten! Aquí está el general Pershing, que viene a tomar un trago con sus pobres soldados.

La paga de los soldados - William Faulkner