Una misma situación, dos versiones… me quedo pensando en todas las hojas que no veré yo, el juntador de hojas secas, en tanta cosas que habrá en el aire y que no ven estos ojos, pobres murciélagos de novelas y cines y flores disecadas (...) Todos quisiéramos el reino milenario, una especie de Arcadia donde a lo mejor se sería mucho más desdichado que aquí, porque no se trata de felicidad, doppelgänger, pero donde no habría más ese inmundo juego de sustituciones que nos ocupa cincuenta o sesenta años, y donde nos daríamos de verdad la mano en vez de repetir el gesto del miedo y querer saber si el otro lleva un cuchillo escondido entre los dedos. (...) Hubiera sido tan fácil organizar un esquema coherente, un orden de pensamiento y de vida, una armonía. Bastaba la hipocresía de siempre, elevar el pasado a valor de experiencia, sacar partido de las arrugas de la cara, del aire vivido que hay en las sonrisas o los silencios de más de cuarenta años. Después uno se ponía un traje azul, se peinaba las sienes plateadas y entraba en las exposiciones de pintura, en la Sade y en el Richmond, reconciliado con el mundo. Un escepticismo discreto, un aire de estar de vuelta, un ingreso cadencioso en la madurez, en el matrimonio, en el sermón paterno a la hora del asado o de la libreta de clasificaciones insatisfactoria. Te lo digo porque yo he vivido mucho. (...) La vida había sido eso, trenes que se iban llevándose y trayéndose a la gente mientras uno se quedaba en la esquina con los pies mojados, oyendo un piano mecánico y carcajadas manoseando las vitrinas amarillentas de la sala donde no siempre se tenía dinero para entrar. (...) «Los intercesores», pensó otra vez, hamacándose con Babs que estaba completamente borracha y lloraba en silencio escuchando a Bessie, estremeciéndose a compás o a contratiempo, sollozando para adentro para no alejarse por nada de los blues de la cama vacía, la mañana siguiente, los zapatos en los charcos, el alquiler sin pagar, el miedo a la vejez, imagen cenicienta del amanecer en el espejo a los pies de la cama, los blues, el cafard infinito de la vida. Rayuela - Julio Cortazar
miércoles, 29 de abril de 2015
miércoles, 8 de abril de 2015
Me enseñó: hasta el extremo de que no me conocía, no conocía el mundo. Me enseñó: la diferencia entre las cosas y el significado de las cosas. Me enseñó: no se puede entender el significado de las cosas hasta que entiendes a ese yo que intenta entender el significado de las cosas. Me enseñó: yo era la historia que me contaba a mí mismo. Me enseñó: cómo escudriñar la historia que me contaba. Me enseñó: escucha tu corazón, confía en tu corazón. Me enseñó: el conocimiento se convertirá en comprensión cuando muera, y la muerte tendrá que sentarse y esperar mientras yo bailo y cuento mi historia humana. (...) —También hemos oído eso antes —dijo Dellwood—. ¿No te das cuenta que así lo único que haces es mantener el culo a cubierto? Si piensas que la vida es una baraja de cartas marcadas en tu contra; si piensas que no tienes nada que decir sobre lo que te sucede; si piensas que lo único que puedes hacer es sufrir el oprobio, entonces el mundo hará exactamente lo que le dices y será del modo como tú dices que será. Pero deja que alguien te sostenga un espejo delante; deja que alguien se atreva a intentar señalarle a Ida Richilieu que puede hacer algo con el desarrollo de los acontecimientos de su vida; y lo primero que hace Ida Richilieu es esconderse tras esa gastada, miserable y maldita historia: que ella es tal como es y que lo mejor es que todo el mundo lo acepte porque Ida Richilieu no piensa cambiar. Tal como yo veo las cosas —prosiguió Dellwood Barker— diría que todo es de lo más dogmático, y una manera cobarde de vivir tu vida porque todo lo que no te gusta de tu vida resulta ser un fallo de los demás. (...) Sentí que una mano se posaba en mí. Era la mano de Pluma de Búho. Era la mano de Dellwood Barker. Era la mano de la humanidad, del roce que te sienta tan bien que te duele por todas las veces que no lo has sentido. (...) Aquellos que tienen algo que necesitan esconder siempre odian a aquellos que no lo esconden. (...) Me pidió que cuando muriera quemara sus diarios. Pero no lo hice. Yo y Doc Hey— burn le jugamos una mala pasada y salvamos los diarios. Así, la gente hoy conoce las cosas como hechos y no como alguien me dijo que dijeron, que es lo único que mucha gente de por aquí sabe hacer. —Así es la gente —solía decir Ida—. Se ponen a hablar. Y cuando empiezan no hay quien los pare. Hablan y al cabo de poco ya tienes una historia, ¿y qué es un ser humano sin una historia? El hombre que se enamoró de la luna - Tom Spanbauer
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