Pero se podía arriesgar, incluso le apetecía darle una buena oportunidad para que le demostrara, para que le probara lo que podía hacer si se lo proponía. Y, de hecho, tan pronto como lo pensó, le pareció que sentía ya cómo el Mink Snopes que se había pasado una parte tan grande de su vida teniendo que preocuparse y que sufrir innecesariamente, empezaba a deslizarse, a rezumar, a fluir con la facilidad del sueño; casi podía verlo, siguiendo todos los tallos de hierba y raíces diminutas, los agujeritos que hacían las lombrices, cada vez a mayor profundidad dentro del suelo, lleno de la gente que había tenido problemas pero que ahora eran libres ya, de manera que únicamente el suelo y la tierra tenían que preocuparse y sufrir y angustiarse con las pasiones y las esperanzas y los miedos, la justicia y la injusticia y los pesares, dejando a las personas muy tranquilas ya, todos mezclados y confundidos y cómodos y tranquilos de manera que nadie supiera incluso ni a nadie le importase ya siquiera quién era quién, él mismo entre los demás, igual a cualquiera, bueno como cualquiera, valiente como cualquiera, imposible de separar, anónimo con todos ellos: los hermosos, los espléndidos, los orgullosos y los valientes, siguiendo hasta la cumbre misma entre los fantasmas y sueños resplandecientes que son las piedras miliares de la larga historia de los seres humanos
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El algodón que llenaba a medias el fondo de la camioneta estaba cubierto con una lona alquitranada, de manera que ni siquiera necesitó la manta. Se instaló allí muy cómodamente. Y sobre todo no estaba en contacto con el suelo. Porque ése era el peligro, algo contra lo que había que estar vigilante: una vez que te tumbabas sobre el suelo, la tierra empezaba de inmediato a tirar de ti. Desde el momento mismo en que se viene al mundo saliendo del vientre materno, el poder y la atracción de la tierra empiezan a trabajar; si no hubiera otras mujeres de la familia, o vecinas, o incluso alguien contratado para sujetar al recién nacido, para tenerlo en brazos, para evitar que la tierra lo tocase, nadie llegaría a vivir ni una hora. Y uno mismo también lo sabe. Tan pronto como puedes moverte, alzas la cabeza, aunque eso sea todo, tratando de romper la atracción, procurando erguirte sobre las sillas y otros sitios parecidos, incluso cuando aún no puedes sostenerte en pie, alejarte de la tierra, salvarte. Luego ya te sostienes y das uno o dos pasos, pero incluso entonces, durante esos primeros años, te pasas la mitad del tiempo en el suelo, mientras la vieja tierra que espera pacientemente te dice: «No pasa nada, no ha sido más que una caída, no te has hecho daño, no te asustes». Más tarde ya eres adulto, un hombre fuerte, estás en la plenitud de tus facultades; de vez en cuando te arriesgas deliberadamente a tumbarte sobre la tierra cuando cazas en el bosque; estás demasiado lejos de casa para volver, de manera que puedes arriesgarte incluso a dormir toda la noche sobre la tierra. Por supuesto tratarás de encontrar algo, cualquier cosa un tablón o unas tablas, un tronco, incluso ramas de arbustos que se interponga entre tu sueño, tu indefensión y la vieja tierra paciente que puede permitirse el lujo de esperar porque te atrapará algún día, sólo que no tiene ningún sentido que te dé un quilómetro porque tú te hayas atrevido un centímetro. Y tú lo sabes
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Nada dijo Ratliff. Fatalidad y destino y suerte y esperanza y todos nosotros mezclados en ello; nosotros y Linda y Flem y ese condenado gato montes medio muerto de hambre allí en Parchman, todos mezclados en la misma suerte y destino y fatalidad y esperanza de tal manera que ninguno de nosotros está en condiciones de decir dónde acaba y dónde empieza. Sobre todo la esperanza. Quiero decir que creía que lo único que tenía la gente era esperanza, pero ahora estoy empezando a pensar que eso es todo lo que necesita cualquiera: únicamente esperanza. Ese pobre hijo de perra ahí, en la cámara acorazada del banco, contando su dinero porque es el único lugar de la tierra donde Mink Snopes no puede echarle mano, y mientras no tenga más remedio que estar allí más vale que cuente dinero para estar haciendo algo, para tener algo que hacer.
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De ser feliz, de estar satisfecha, como cuando has logrado algo, producido, creado, hecho algo: como cuando te has tomado algunas tal vez muchas molestias y realizado gastos, has dado la cara quizá en contra de lo que te dictaba el sentido común; y, efectivamente, que te aspen si no ha funcionado, exactamente como tú pensabas, quizá mejor incluso de lo que te habías atrevido a esperar que lo hiciese. Algo que habías querido para ti pero llegaste tarde, de manera que empezaste a pensar que no existía, que era imposible, hasta que hiciste uno tú mismo, quizá cuando era demasiado tarde para que lo desearas ya, pero, por lo menos, habías demostrado que era posible.
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Y es que Charles sabía ya que los jóvenes se lanzaban a la guerra con tanto entusiasmo porque estaban convencidos de que era una inacabable oportunidad, aprobada de antemano, para el saqueo y el pillaje; había aprendido que la tragedia de la guerra era que no se sacaba nada en limpio de ella y se dejaba en cambio algo valioso; que se iba a la guerra con cosas con las que, de no ser por esa misma guerra, hubiera sido posible vivir en paz, sin tener nunca que saber que se llevaban dentro.
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Se equivocarán siempre. Creen que están luchando contra Clarence Snopes. No es cierto. No se enfrentan con una persona ni tampoco con una situación: están dándose de cabezadas contra uno de los elementos fundamentales de nuestro carácter nacional: la premisa de que los políticos y los cargos de la política no son ni han sido nunca el método y el medio para que podamos gobernarnos en paz y dignidad y honor y seguridad, sino el refugio nacional para los incompetentes que han fracasado en todas las demás ocupaciones y mediante el cual pueden ganarse la vida; personas a las que, en consecuencia, tenemos que alimentar y vestir y dar alojamiento utilizando para ello nuestro bolsillo y medios privados.
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de noche, la tierra oscura a los dos lados y por delante, salpicada al azar por las luces de neón que no había visto nunca, y a lo lejos el resplandor prodigioso, pegado a la tierra, de la ciudad misma, él, Mink, sentado en el borde del asiento como se sienta un niño, escudriñando la noche que tenía delante mientras el coche volaba, confundido con la doble carrera luminosa que lo empujaba, como por la aceleración de la gravedad o por un mecanismo de succión, hacia la ciudad lejana; de repente, a la derecha, vio cómo un tren se alejaba, arrastrando una larga hilera de ventanillas iluminadas, tan rápido y efímero como un sueño; se dio cuenta de que existía una convergencia como la de los radios de una gigantesca rueda oscura tumbada sobre su cubo, por los que se apresuraban, tan apretados y tan seguros de su trayectoria como hormigas, automóviles y otros vehículos cuyo nombre, según le explicaron, era autobuses, como si toda la tierra se apresurase, se lanzara, fuese absorbida, adornada con luces de brillantes y rubíes, por el resplandor de un cielo pegado a la tierra, camino de algún placer o alegría monstruosos, espantosos, inimaginables.
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No te asustes dijo. No voy a decir esa palabra. Porque ni siquiera estoy hablando de eso, que no es importante, como respirar no es importante siempre que no tengas que pensar en ello sino solamente hacerlo cuando es necesario. Sólo es importante cuando se convierte en un problema, una dificultad, como respirar sólo es importante cuando se convierte en el problema de si podrás volver a llenarte los pulmones. Es todo lo demás, las pequeñeces: la almohada que conserva la forma de la cabeza, la corbata que, simplemente colgando vacía de una columna de la cama, retiene la curva de la garganta que la llevaba puesta la noche anterior, incluso los zapatos vacíos en el suelo, con el derecho un poco vuelto como si sus pies aún siguieran dentro e incluso anduvieran de la manera que él andaba, levantando un pie un poco más que el otro, como los negros viejos dicen que anda un hombre orgulloso
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Como si ya supieran que la ignorancia y la superstición que Linda tendría que combatir la ignorancia y la superstición que se opondrían, que anularían su sueño y, si se obstinaba lo bastante para perseverar, también la destruirían a ella no provendrían de la raza negra que se proponía ayudar sino de la blanca que ella representaba.
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O quizá fue una simple coincidencia: era miércoles por la tarde y él el señor Snopes no pudo decir: «Un momento, espera; ¿a dónde demonios vas? Éste no es el camino». Porque Linda no le oye y de hecho no sé cómo su padre le hablaba, porque no me lo imagino escribiendo nada excepto el símbolo del tanto por ciento o una fecha de vencimiento; quizá no tenían más que un mapa de carreteras del condado en el que el viejo Snopes señalaba con el dedo y que era un sistema que había funcionado hasta entonces. De manera que el padre de Linda se encontró no con un problema sino con tres: el automóvil conocido y reconocible del presidente del banco yendo hasta un antro de contrabandistas con él en su interior; permitir que todos los futuros hipotecados del condado de Yoknapatawpha se enterasen de cómo él se quedaba sentado en el coche y permitía que su hija única entrara en un notorio antro del antiguo lecho del río para comprar whisky, o hacerlo él en persona y con su mano de diácono baptista pagar dieciséis dólares de la sangre que era su propia vida.
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De manera que traté de ver Europa, de contemplarla, dado que, al parecer, a los veinticuatro años aún seguía creyendo lo que tío Gavin decía igual que le había creído a los catorce y (supongo, porque no lo recuerdo) a los cuatro. De hecho la Europa que él recordaba o que creía recordar había desaparecido ya. Lo que yo vi fue una especie de histeria tranquila y sosegada: una fiesta frenética en la que todo el mundo era turista, tanto indígenas como visitantes. Había demasiados soldados. Quiero decir demasiada gente vestida de militar y por el momento comportándose como si lo fuera, como si por simples razones de política o de utilidad momentánea tuvieran que vestirse de máscaras y reforzar la Línea Maginot (de manera que parecían estar diciendo, los franceses por lo menos: «Sean comprensivos; no nos tomen el pelo. Nosotros tampoco nos lo creemos.») justo en medio de los forcejeos sindicales para conseguir la semana de treinta y nueve horas; los ruidosos debates parlamentarios sobre en qué lado de Piccadilly o de los Champs Elysées quedarían mejor los sacos de arena, como en qué lado de la habitación colgar los cuadros; la espléndida figura deslumbrante de Gamelin todavía limpiándose el bigote manchado de sopa y diciendo «Conservad la calma. Aquí estoy yo», como si toda Europa (sí, claro, nosotros también; había norteamericanos por todas partes) estuviese diciendo: «Puesto que el Mal no es sólo lo que prima, sino también lo que tiene éxito, unámonos todos al Mal y convirtámoslo en el Bien».
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Pero Linda Snopes perdón: Snopes Kohl sería nuestra primera heroína. De manera que cualquiera hubiera pensado que toda la ciudad acudiría a recibirla, o por lo menos que estaría representada por delegados de las asociaciones cívicas y de las iglesias, sin contar con la Legión Americana y los excombatientes de guerras en el extranjero, cosa que sin duda habría sucedido si la hubiesen elegido Miss América en lugar de haber saltado por los aires a consecuencia de un proyectil de Franco o de una mina o de lo que fuese que explotó dentro o debajo de la ambulancia que conducía y que la dejó completamente sorda.
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«Fue como estar encerrado en un armario con una sierra circular en marcha que se hubiera salido de su eje o con un cartucho de dinamita con la mecha encendida y culebreando por el suelo como una serpiente, de manera que no sólo no te puedes acercar lo bastante para pisarla, sino que además no quieres: todo lo que quieres es desaparecer, y Mack diciendo Atienda, señor Nightingale, no se trata del ejército yanqui: estamos hablando del ejército de los Estados Unidos, su propio país, y aquel condenado loco diminuto temblando y bufando de cólera hasta que también parecía que se le había prendido fuego el bigote, chillando ¡Fusilad a esos hijos de perra! ¡Fusiladlos! ¡Fusiladlos! y luego el mismo Tug intentándolo: Papá, papá, el capitán McLendon y Crack, aquí presentes, pertenecen al ejército, y el viejo Nightingale aullando Entonces que los fusilen. Que fusilen a todos esos hijos de perra con uniforme azul, y Tug intentándolo todavía, diciendo Papá, papá, si no me alisto ahora, cuando llamen a filas vendrán a por mí de todas formas y me llevarán y el loco minúsculo todavía vociferando ¡Que os fusilen a todos! ¡Que os fusilen a todos, hijos de perra! Sí, señor. Probablemente Tug podría haberse alistado en el ejército alemán o quizá incluso en el francés o el inglés y contar con la bendición de su padre. Pero no en el ejército al que el general Lee le había entregado a traición en 1865. De manera que echó a Tug de casa. Los tres salimos de allí lo más de prisa que pudimos, pero antes de que llegásemos a la calle el señor Nightingale ya estaba en la habitación que evidentemente pertenecía a Tug. El viejo no se anduvo con contemplaciones: derribó la ventana a patadas, mosquitero incluido, y empezó a tirar la ropa de Tug al jardín».
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No es que quiera decir con eso que incluso los ilesos se llamaran héroes o creyeran serlo ni que, de hecho, pensaran cualquier otra cosa hasta que llegaron a casa y se encontraron con que les lanzaban ese epíteto desde todas las direcciones, por lo que al fin algunos de ellos, unos pocos, empezaron a creer que quizá lo eran. Me refiero a que se lo repetían quienes habían organizado y orquestado todo aquel estrépito: los que no habían ido a la guerra y por lo tanto estaban disponibles para organizar los grandes desfiles en los puertos de desembarco y los desfiles locales en las cabezas de partido, más pequeños, con barbacoa y cerveza incorporados; los que no habían ido a aquella guerra y no tenían intención de ir a la siguiente ni tampoco a la de después, siempre que para quedarse al margen sólo tuvieran que comprar bonos libres de impuestos y organizar desfiles en honor de los héroes, de manera que la siguiente cosecha de varones de ocho, nueve y diez años pudieran ver las enseñas de las distintas divisiones, los galones de servicio y por heridas recibidas y los correspondientes a las medallas.
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G L S dijo el abogado. No son mis iniciales. Sólo tengo dos: G S.
Ya lo sé. Pero el de la tienda dijo que un monograma tenía que tener tres, así que le presté una de las mías luego se puso frente a él y se lo quedó mirando, casi tan alta como el abogado. Es mi padre dijo.
No dijo el abogado.
Sí dijo ella.
No irás a decirme que te lo ha dicho él dijo el abogado.
Sabe usted perfectamente que no. Le hizo jurar que no lo haría.
No dijo el abogado.
Júrelo entonces.
De acuerdo dijo el abogado. Lo juro.
Le quiero dijo Linda. ¿Sabe por qué?
Dímelo dijo el abogado.
Porque todas las veces que me miente sé que nunca se retractará.
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Sí respondí. Sí que lo creo.
¿Por qué tendría que querer casarse? ¿Es que ha podido ver algo en el matrimonio que ha tenido delante por espacio de diecinueve años que lo hiciera deseable?
Está bien dije. Está bien. Pero ése es el motivo que no me creo. Me creo el primero, el de que no hay tiempo suficiente. Un motivo que uno se puede creer cuando es lo bastante joven. Cuando se es lo bastante joven y lo bastante valiente, se puede aborrecer la intolerancia y creer en la esperanza y, si se tiene el valor suficiente, por supuesto, obrar en consecuencia me seguía mirando. Me hubiera gustado ser yo dije.
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El que está en Italia y el otro mucho más peligroso de Alemania, porque todo lo que Mussolini tiene a su disposición son italianos, mientras que el otro cuenta con alemanes. Y el de España, que lo único que necesita es que todos lo dejemos tranquilo un poco más, que creamos que si cerramos los ojos el tiempo suficiente se esfumará todo. Y sin contar con
Sin contar con el de Rusia intervine yo.
los que tenemos aquí en casa: las organizaciones con nombres altisonantes aliadas en nombre de Dios contra los impuros en moral y en política y contra los que no tienen ni el color de la piel, ni la raza ni la religión convenientes: Ku-Klux-Klan y Camisas Plateadas; sin contar con los paladines locales indígenas como Long de Luisiana y nuestro Bilbo de Mississippi y sin contar tampoco con nuestro propio senador, aquí, en el condado de Yoknapatawpha, Clarence Egglestone Snopes
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¿Incluso a pesar de la espléndida música gloriosa y de las espléndidas ideas místicas? porque se limitó a responderme:
Siguen siendo gloriosas y espléndidas. Es la palabra místicas la que no sirve. Tanto la música como las ideas vienen de la oscuridad. No de la sombra, sino de la oscuridad, de la ofuscación. El hombre necesita luz. Tiene que vivir en el constante y feroz resplandor de la luz, de manera que toda sombra esté bien definida y sea precisa y única y personal: la sombra de la propia rectitud o bajeza. Todos los males humanos salen de la oscuridad, donde no hay nada que persiga constantemente al hombre ofreciéndole la imagen de su propia deformidad.
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Así que prefiero pensar que no había sucedido aún. No sé qué era lo que Eula y McCarron estaban esperando. Quiero decir lo que McCarron esperaba. Eula no había esperado nunca. Lo más probable era que nunca supiera lo que significaba esa palabra, como los campos, la tierra, lo que sea que hace que la semilla germine en el momento preciso, no sabe ni necesita saber lo que significa esperar. Porque para saber lo que significa esperar hay que estar asustado o ser débil o dudar de uno mismo lo bastante como para saber lo que quieren decir impaciencia y prisa, y Eula no lo necesitó nunca como tampoco la tierra lo necesita. Todo lo que necesitaba era simplemente existir, como la tierra de los campos, hasta que llega el momento oportuno, el viento, el sol y la lluvia adecuados
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por eso no tenía nada de extraño que un hombre contemplara aquel cuadrado de tierra irreconciliablemente hostil al que estaba atado y encadenado para el resto de su vida y le dijera: Me tienes atrapado; me agotarás porque eres más fuerte que yo, hecho únicamente de carne y hueso. No te dejo porque no me lo puedo permitir, y tú lo sabes. Yo y lo que era la pasión y el entusiasmo de mi juventud hasta que acabaste con la juventud y yo me olvidé de la pasión estarán aquí el año que viene con los hijos de nuestra pasión por ti para acercarnos cada vez más a la tumba, y eso también lo sabes; y al año siguiente, y al otro, y también eso lo sabes. Y no sólo yo, sino toda la especie de arrendatarios y aparceros que han inmolado juventud y esperanza sobre quince o veinte o veinticinco hectáreas que nadie trabajaría, excepto los de nuestra especie, porque eres lo único que tenemos. Pero te podemos quemar. Todos los años a finales de febrero o primeros de marzo prendemos fuego a tu superficie hasta que todo lo que se ve de ti está abrasado y negro, y no hay absolutamente nada que puedas hacer para evitarlo. Acabas con nuestros cuerpos, debilitas nuestros sueños y destrozas nuestros estómagos con el tocino y la harina de maíz y la melaza que es todo lo que nos permites comer, pero todas las primaveras volvemos a prenderte fuego y eso también lo sabes.
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No recuerdo exactamente el momento, probablemente yo era todavía muy pequeño, en que me di cuenta de que yo procedía de lo que se puede llamar una familia, un clan, una raza, quizá incluso una especie, de auténticos hijos de puta. De manera que dije: De acuerdo, perfectamente; si las cosas son así, vamos a demostrarles lo que es bueno. Al mejor ahogado lo llaman el número uno de los ahogados, al mejor actor, el número uno de los actores y al mejor atleta, el número uno de los deportistas. Está bien; eso es lo que vamos a hacer nosotros: cada Snopes tendrá como meta personal y privada que todo el mundo lo reconozca como el número uno de los hijos de puta.
Pero no es verdad. Nunca vamos a conseguirlo. Lo más alto que llegamos es a ser otro más entre los Snopes hijos de puta.
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Y de hecho, durante una imprudente fracción de segundo, se le pudo ocurrir que los veinticinco o treinta dólares revelaban cómo, en último análisis, tampoco Flem estaba inmune a la simple y poderosa llamada de la sangre. Pero eso sólo fue una mera fracción de segundo, si es que llegó a tanto, porque si bien era incluso posible que, en ocasiones, Flem fuera víctima de debilidades y estuviera sujeto a aberraciones, en ningún caso figuraba entre ellas pagar una cantidad superior a veinte dólares por un Snopes.
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Ni alarma ni asombro: tan sólo interés y sorpresa, pero sobre todo interés. Porque Montgomery Ward sabía que cuando él y Hub y el abogado salieron del atelier el día anterior, las tales garrafas no tenían otra cosa que revelador, y que Hub Hampton y el abogado Stevens también sabían que era eso y no otra cosa lo que contenían, porque para un individuo que se dedicara en Jefferson, Missippi, al negocio de las fotografías de mujeres en cueros, complicarse la vida vendiendo whisky ilegal, sería echarse él mismo la soga al cuello, como el propietario de una ruleta o de una mesa para jugar a los dados que soñara con instalar una máquina para falsificar dinero en el mismo local.
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pero permitir que el fiscal y el sheriff del condado se apoderasen de las postales, enviar a las dos personas entre todos los habitantes del condado de Yoknapatawpha de los que ni siquiera al mismo Grover Winbush en su inocencia se le hubiera ocurrido soñar que fuesen a devolvérselas: el abogado Stevens, tan consagrado a mejorar el espíritu cívico y al progreso moral de sus conciudadanos que su noción más sublime del deber era intimidar a los chicos de doce años para que participaran en carreras a pie de ocho quilómetros cuando lo que en realidad les apetecía era quedarse en casa y prender fuego a la cuadra; y Hub Hampton, un feroz diácono de la rama más conservadora de la Iglesia Baptista, cuya noción más sublime del placer era contar las personas que ya sabía condenadas al infierno.
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Incluso ahora mientras el segundo estallaba y rugía, pensando en cómo hubiera querido tener tiempo, espacio, entre el rugido de la escopeta y el impacto de las postas, para poderle decir a Houston y que Houston le oyera: «No le disparo por los treinta y siete días y medio a cincuenta centavos el día. Eso no estuvo mal; hace tiempo que lo olvidé y lo perdoné. Lo más probable es que Will Varner no pudiera hacer otra cosa, siendo como es un hombre rico y sabiendo que todos ustedes los ricos tienen que mantenerse unidos porque de lo contrario algún día a los que no lo son se les podría ocurrir rebelarse y quitarles lo que tienen. No le pego el tiro por eso. Lo mato por el dólar extra de la indemnización».
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Lon le dijo Varner al alguacil con voz monótona y casi amable, mete la vaca ahí dentro, quítale la cuerda y vuelve a la calesa lo más de prisa que puedas.
Lon dijo Mink con voz igualmente amable e igualmente monótona, si metes esa vaca en mi tierra, iré a buscar la escopeta y la mataré.
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Se alejó con paso suficientemente firme, pero dominado por una rabia tan violenta que durante algún tiempo ni siquiera veía y le resonaban los oídos como si alguien acabara de disparar justo por encima de su cabeza. En realidad también contaba con la rabia y, ahora, a solas y en privado, era el mejor momento para dejar que se agotara. Porque se daba cuenta de que había previsto algo similar y que le iba a hacer falta tener la cabeza lo más clara posible. Instintivamente se había dado cuenta de que su escandalosa mala suerte inventaría algo parecido, de manera que incluso el hecho de que recurrir a Varner, el juez de paz, para que el alguacil presentara una comunicación a Houston reclamándole la vaca, le fuese a costar otro dos dólares y medio tampoco le sorprendió demasiado: se trataba una vez más de ellos, poniéndolo a prueba para ver todo lo que era capaz de sufrir y de aguantar.
La mansión - William Faulkner
viernes, 28 de septiembre de 2018
martes, 18 de septiembre de 2018
De manera que incluso le perdonaron a la señora Snopes los dieciocho años de pecado carnal, y pudieron incluso perdonarse a sí mismos el condonar el adulterio mediante el perdón, gracias a recordar (también unos a otros, imagino) que si la señora Snopes no hubiera sido una abominación a los ojos de Dios durante dieciocho años, no habría llegado al punto en el que tuvo que elegir la muerte para dejar a su hija una madre suicida en lugar de una puta.
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la hermosa boca, grande, ancha, sencilla, sin lápiz de labios; los ojos, no con el duro y polvoriento azul del otoño sino el azul de las floraciones primaverales, una mezcla inextricable de glicinia aciano espuela de caballero campanillas malas hierbas y todo lo demás, perdidos para siempre todo el tiempo de las muchachas y la suerte de los muchachos y demasiado tarde para el dolor, demasiado tarde.
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porque la nuestra era una ciudad establecida y decretada por gentes que no eran ni católicos ni protestantes ni ateos siquiera, sino no-conformistas incorregibles, disconformes no sólo con el resto del mundo sino entre ellos mismos de mutuo acuerdo; no-conformismo defendido y mantenido por descendientes cuyos antepasados no abandonaron hogar y seguridad a cambio de unas tierras vírgenes donde buscar, como afirmaban y, sí, claro, creían, la libertad de pensamiento, sino para encontrar una libertad que les permitiera ser incorregible y testarudamente baptistas y metodistas; no para escapar, como afirmaban y estaban convencidos, de la tiranía, sino para crear otra nueva.
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De manera que quizá fuera ésa la razón: no mi falta de edad para aceptar la biología, sino que se debe defender a todo el mundo, que todo el mundo merece que se le defienda y se le proteja contra los espectadores de su propia pasión, excepto en los términos más generales e inespecíficos e impersonales de los modelos literarios y dramáticos de los protagonistas de la pasión en sus ademanes incruentos e indoloros de triunfo o de angustia; que ningún hombre merece el amor, puesto que la naturaleza no nos equipó para aceptarlo sino simplemente para soportarlo y sobrevivir, y por lo tanto no había que hacer de tío Gavin objeto de examen si ella podía evitarlo y defenderle mientras el amor llenaba de angustia sus huesos desprotegidos.
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Eso era lo que pasaba. Era como si hubiéramos tenido algo en Jefferson durante dieciocho años y ya diese lo mismo que desde el primer momento hubiera estado bien o mal porque ahora era algo nuestro, habíamos vivido con ello y ni siquiera se veía la cicatriz, como el clavo hundido en el tronco que años atrás violó y ultrajó y llenó de angustia a un árbol determinado. Excepto que tampoco el árbol tiene muchas posibilidades de elección: o bien poner los principios por encima de la savia y rechazar al mismo tiempo la ofensa y la savia del año siguiente, o aceptar el ultraje y la savia por el privilegio de seguir siendo árbol mientras sea posible, hasta que con el tiempo el clavo desaparezca. No que se marche; sencillamente que deje de ser tan escandalosamente visible al quedar cubierto por la corteza; existe una protuberancia, un bulto, desde luego, pero al cabo de algún tiempo los otros árboles lo perdonan y todas las demás cosas aceptan al árbol y su bulto hasta que un día la sierra o el hacha penetran en el árbol y tropiezan con el viejo clavo.
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Fue como si hubiera llegado un circo o se inaugurase la feria del condado. Más aún: era como si celebrásemos la fiesta del distrito o incluso del estado, porque hasta se suspendieron las clases. Sólo que fue más que una feria o un día de fiesta, porque hubo también una muerte, aunque, por supuesto, no lo supiéramos aún.
Todo empezó, además, con unas vacaciones escolares que no sabíamos siquiera que íbamos a tener. Fue como si el tiempo, las circunstancias, la misma geografía contuvieran algo que debía producirse, que se iba a producir inexorablemente en aquel momento; que Jefferson, Mississippi, era el lugar, y que, en consecuencia, hubo que despejar el escenario para dejarlo preparado.
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Porque precisamente eso el saqueo continuo era la razón de ser de los bancos, la única razón de que alguien se tomara el trabajo y corriera con los gastos de organizarlos y de mantenerlos en funcionamiento.
Eso era lo que el coronel Sartoris había hecho (aún no sabía cómo, ésa era su inocencia, pero bastaba con darle tiempo) mientras duró su presidencia y lo que Manfred De Spain haría, a su vez, durante todo el tiempo que pudiera o llegara a mantenerse en la cima. Pero decentemente, con decoro, como ya se había hecho y se seguiría haciendo: no mediante el pillaje, al estilo del chico que se lleva un puñado de cacahuetes cuando el vendedor está de espaldas, como había hecho su primo Byron. Decente y tranquilamente y todavía más: de manera inteligente: con tanta inteligencia y tranquilidad que las personas mismas cuyo dinero se robaba nunca se dieran cuenta hasta que el depredador estuviera muerto y a salvo.
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Pero un individuo que sube desde donde él ha subido, que tan pronto como fue lo bastante mayor para contar dinero pensó haber descubierto que con él se compraba todo lo que pudiera querer o desear nunca, y modeló el resto de su vida y de sus actos a partir de eso, pisoteando cuando y donde tuvo que hacerlo pero sin resentimiento porque sabía que no pediría ni esperaría cuartel si se tratase de él , un individuo que hace todo eso y descubre finalmente cuando es un hombre hecho y derecho y tal vez demasiado tarde, que lo único que necesita si quiere que su vida tenga algún sentido o incluso haya paz en ella, no es sólo algo que no se compra con dinero, sino algo que el hecho de no tener dinero o incluso el hecho de conseguir un montón de todo lo que es capaz de contar o imaginar o hasta soñar y luego perderlo, tampoco lo perjudica o le hace daño o lo estropea ni lo cambia ni lo altera , descubre cuando ya es casi demasiado tarde que lo que necesita es algo que todos los niños tuvieron gratis al nacer hasta que un día, ya crecidos, descubrieron, tal vez demasiado tarde, que lo habían tirado por la borda.
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Hait me dijo que usted le pagaba cincuenta dólares por cada viaje, por cada vez que ponía las mulas a tiempo delante del tren y que el ferrocarril le pagaba a usted sesenta dólares por cada mula. La última vez no le pagó nada porque nunca pagaba usted a mi marido hasta después de terminado el trabajo y en esa ocasión no hubo después. Así que me he quedado a cambio con el mulo y le he mandado los diez dólares de diferencia con Het, aquí presente, como testigo.
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Hacia las doce el edificio había ardido por completo. Ratliff dijo que cuando llegó la gente y el coche de los bomberos, la señora Hait seguida por la vieja Het con su bolsa de papel en una mano y un retrato a carboncillo enmarcado del señor Hait en la otra salía de la casa con paraguas y embutida en un abrigo del ejército que el señor Hait solía utilizar, por uno de cuyos bolsillos asomaba un tarro de confitura lleno con lo que quedaba de los ocho mil quinientos dólares (que sería la mayor parte, según lo que contaban los vecinos de la manera de vivir de la señora Hait), y empuñando con la otra un pesado revólver niquelado; en seguida cruzó la calle para entrar en casa de unos vecinos, donde, junto con la vieja Het a su lado en una segunda mecedora, estaba instalada desde entonces, las dos balanceándose ininterrumpidamente mientras contemplaban cómo los bomberos voluntarios tiraban a la calle en todas direcciones su vajilla y sus muebles
(...)
Hice que se los mandaran directamente: la hábil y zalamera propaganda para tentar a los esnobs, procedente de las instituciones docentes de Virginia hacia las que las madres sureñas parecían orientar a sus hijas por simple instinto, sin motivo aparente, excepto el de que ellas mismas no las frecuentaron, queriendo así satisfacer de forma vicaria lo que se les había negado personalmente, dado que no tuvieron madres inclinadas a realizar por tercero interpuesto lo que a ellas, a su vez, se les había negado.
(...)
que la inocencia es inocente no porque rechace sino porque acepta; es inocente no porque sea impermeable e invulnerable a todo, sino porque es capaz de aceptar cualquier cosa y seguir siendo inocente; inocente porque lo sabe todo de antemano y, en consecuencia, no tiene nada que temer ni de qué asustarse
(...)
¿Se dan cuenta? De eso se trataba: de las mismas palabras reputación y buen nombre. El simple hecho de decirlas, de repetirlas en voz alta, de dar reconocimiento vocal a su existencia, las mancharía y ensuciaría irrevocablemente, destruiría la integridad de las realidades mismas que representan, no ya haciéndolas vulnerables sino sentenciándolas; de la inviolable y orgullosa integridad de los principios se convertirían, quedarían reducidas a la efímera fragilidad ya predestinada y condenada de las circunstancias humanas; inocencia y virginidad se transformarían en símbolo y encarnación de pérdidas y aflicciones, eternamente lloradas, sin otra realidad que la del tiempo pretérito; la existencia del era y ya no es, nunca más, nunca más.
(...)
Era como si en lugar de estar hablándose conversaran con dos vacíos reflejos en la luna del escaparate, como cuando se pone una idea por escrito en el sobre vacío, anónimo e incluso intercambiable, o quizá en la botella vacía y sellada que se arroja al mar, o tal vez dos pensamientos por escrito encerrados para siempre en el mismo momento en dos botellas lanzadas al mar para que floten y vayan a la deriva con las mareas y las corrientes hasta el refrescante fin del mundo, todavía inmunes, todavía intactas e invioladas, todavía ideas y todavía verdaderas, o incluso todavía hechos, aunque ningún ojo vuelva a verlas jamás o ninguna idea responda nunca o se oponga a ellas, y sentirse feliz por ello, o corroborado o afligido.
(...)
la señorita Melisandre se había casado con un forastero, con un individuo que todo el mundo, con la excepción de la señorita Melisandre (nunca supimos si su padre, sentado todo el día en el porche delantero con su vaso de whisky y agua en una mano y Horacio o Virgilio en la otra combinación que, según palabras de tío Gavin, habría aislado de la realidad del norte rural de Mississippi a cabezas mucho más firmes que la suya, estaba enterado o no), sabía que era un destacado contrabandista de licores que se había enriquecido en Nueva Orleans. De hecho la señorita Melisandre se negó incluso a creerlo cuando lo devolvieron a su hogar con un certero agujero de bala en medio de la frente, en un coche fúnebre blindado que encabezaba un cortejo de lujosos packards y cadillacs de los que ni el mismo Hollywood se habría avergonzado, y mucho menos Al Capone.
(...)
No sé cómo lo hará, pero me apostaría un millón contra uno a que nunca sale de los Estados Unidos; apostaría cien a uno a que si sale de Mississippi no llegará más allá del campamento de Arkansas donde los mandan al principio; y once contra diez a que estará de vuelta en Jefferson dentro de tres semanas.
Gowan no aceptó, pero más adelante dijo que lo sintió, porque Ratliff hubiera perdido por dos días, el tiempo de más que Byron tardó en volver. Aunque no supimos cómo lo había hecho e incluso Ratliff no se enteró hasta después de que robara el banco y huyera a México, porque Ratliff dijo que la razón de que los Snopes tuvieran éxito obedecía a que todos ellos se confederaban unánimemente para convertir el hecho de ser un Snopes de simple categoría zoológica en una situación social uno de cuyos componentes era el éxito mediante la sencilla regla y normativa y juramento sagrado de nunca decirle a nadie cómo.
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Los poetas se equivocan, por supuesto. Según ellos, yo tendría que haber sabido que la nota estaba en camino y, por supuesto, quién la enviaba. En realidad, ni siquiera después de leerla supe de quién era. Y es que los poetas se equivocan casi siempre en lo que a hechos se refiere. Y ello obedece a que no les interesan los hechos, sino sólo la verdad: por lo que la verdad que pregonan es tan verdadera que incluso exalta y aterra a aquellos que detestan a los poetas por puro instinto natural.
No: eso no es cierto. Se debe a que no nos atrevemos a esperar, nos da miedo esperar. No nos asusta la enormidad de la esperanza de la que somos capaces, sino que cada uno de nosotros la tenue telaraña de carne y hueso que tiene atrapado al frágil aspirante temerario, ilimitado e insomne de sueños y esperanza no pueda estar a su altura; como Ratliff diría: «Sabiendo siempre que nunca serás lo bastante hombre para hacer todo el mal y todo el daño que harías si lo fueras , y (podría añadir él, o quizá lo hago yo en su lugar) y dando gracias a Dios por ello». Sí, dando gracias a Dios por ello o dando gracias a cualquier otra cosa que nos devuelva un poco de paz cuando ya es demasiado tarde; paz con la que mimar tanto a la telaraña como a su insomne angustia atrapada poniéndonoslas en las rodillas y musitando: Ea, ea, no hay que preocuparse; sé que eres valiente.
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Así que todos entraron en la casa y padre telefoneó al señor Connors para que trajera a Jabbo, que era el hijo de tío Noon Gatewood. También él iba para herrero hasta que el señor De Spain se presentó con el automóvil rojo en la ciudad y, como decía tío Noon, «lo echó a perder». Aunque Gowan decía que nunca entendió muy bien por qué decía eso, dado que Jabbo se emborrachaba y terminaba en la cárcel tres o cuatro veces al año cuando no era todavía más que aprendiz de herrero, mientras que ahora, desde que los automóviles habían llegado a Jefferson, Jabbo era el mejor mecánico del condado, y aunque seguía emborrachándose y yendo a la cárcel igual que siempre, nunca se quedaba más que una noche porque en seguida le necesitaba alguien con la suficiente urgencia para pagar la multa.
(...)
Y finalmente apareció aquel a quien I. O. Snopes había usurpado si no la vocación sí al menos la designación de su vocación. Se trataba del verdadero maestro dentro del clan Snopes. No; solamente parecía ser maestro de escuela. No; parecía John Brown pero con un defecto no corregible e imposible de ocultar. Un hombre alto y demacrado con una levita sucia, corbata de lazo y ancho sombrero de político, de fríos ojos furiosos y barbilla saliente de hablador: no la diarrea verbal de su primo (cualquiera que fuese su relación familiar con I. O.; ninguno de ellos parecía tener ningún parentesco con los demás; eran simplemente Snopes, como las colonias de ratas o de termites no son nada más que ratas o termites) sino una especie de don infalible para razonar de una manera perversa y rastrera en las discusiones, y para entender correctamente a las personas con quienes trataba: las dotes de un demagogo capaz de utilizar a las personas al servicio de sus apetitos, todo ello desfigurado por un barniz de cultura y religión; los nombres mismos de sus hijos, Byron y Virgil, más que ejemplos eran advertencias.
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De hecho el restaurante no se vendió completo junto con la buena voluntad, sino que se extrajo íntegro y se mudó intacto, clientes incluidos, y sin cerrar siquiera un solo día, a la nueva pensión donde la mujer de Eck era ahora patrona: trasladado intacto más allá de la figura meciéndose en el porche que continuó balanceándose allí hasta superar la simple leyenda y convertirse en un hito como esas efigies delante de las antiguas tabernas inglesas, de manera que a la gente del campo que llegaba a la ciudad y preguntaba por el hotel Snopes se les decía simplemente que siguieran en aquella dirección hasta que dieran con una mujer meciéndose, y eso bastaba.
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De manera que cualquiera hubiera pensado que lo primero que harían sería abolir para siempre la ley contra los automóviles. Se limitaron en cambio a copiarla en un trozo de pergamino como un diploma o una mención honorífica, enmarcarla y colgarla, dentro de una caja de cristal iluminada, en el vestíbulo del palacio de justicia, a donde muy pronto empezó a acudir la gente en automóvil desde sitios tan remotos como Chicago para reírse de ella. Porque tío Gavin decía que se vivía aún en la fabulosa y legendaria época en que no existía contradicción entre automóvil y alegría, antes de que todo americano tuviera que tener uno, y antes de que los automóviles mataran más personas que las guerras.
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Buenos días, señor alcalde dijo. ¿Qué es lo que oigo sobre una partida de dados con hacha incluida?
Eso es lo que a los electores de la ciudad de Jefferson les gustaría preguntarle a usted, caballero dijo el señor Adams. Si sabe usted de alguna prueba en contra más cercana que Cuba, le aconsejaría que la presentara.
Sé de un sistema más rápido que ése dijo De Spain. Su señoría está demasiado entrado en años, pero Theron es lo bastante corpulento. Él y yo podemos acercarnos un momento a la ferretería de McCaslin, conseguir un par de hachas y descubrir ahora mismo si tiene usted razón.
Pero, teniente , dijo Theron.
Eso no importa respondió De Spain. Yo pagaré por las dos.
Buenos días, caballeros dijo Theron. Y eso fue todo. En junio eligieron alcalde a De Spain. Fue una victoria aplastante y supuso un triunfo histórico. Los nuevos tiempos habían llegado a Jefferson; él era simplemente su campeón, el Godofredo de Bouillon, el Tancredo, el Ricardo Corazón de León de Jefferson en el siglo veinte.
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La familia del primo Gowan vivía en Washington, donde su padre trabajaba para el Departamento de Estado, y de repente lo mandaron durante dos arios a China o a la India o algún otro sitio así de lejano; su madre también se fue, de manera que enviaron a Gowan a vivir con nosotros y a que fuera al colegio de Jefferson hasta que volvieran. «Nosotros», por entonces, eran el abuelo, padre, madre y el tío Gavin. Así que esto es lo que Gowan supo del asunto hasta que yo nací y crecí lo suficiente para enterarme también. Y cuando hablo de «nosotros» y digo «creímos» me refiero en realidad a Jefferson y a lo que Jefferson pensaba.
La ciudad - William Faulkner
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la hermosa boca, grande, ancha, sencilla, sin lápiz de labios; los ojos, no con el duro y polvoriento azul del otoño sino el azul de las floraciones primaverales, una mezcla inextricable de glicinia aciano espuela de caballero campanillas malas hierbas y todo lo demás, perdidos para siempre todo el tiempo de las muchachas y la suerte de los muchachos y demasiado tarde para el dolor, demasiado tarde.
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porque la nuestra era una ciudad establecida y decretada por gentes que no eran ni católicos ni protestantes ni ateos siquiera, sino no-conformistas incorregibles, disconformes no sólo con el resto del mundo sino entre ellos mismos de mutuo acuerdo; no-conformismo defendido y mantenido por descendientes cuyos antepasados no abandonaron hogar y seguridad a cambio de unas tierras vírgenes donde buscar, como afirmaban y, sí, claro, creían, la libertad de pensamiento, sino para encontrar una libertad que les permitiera ser incorregible y testarudamente baptistas y metodistas; no para escapar, como afirmaban y estaban convencidos, de la tiranía, sino para crear otra nueva.
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De manera que quizá fuera ésa la razón: no mi falta de edad para aceptar la biología, sino que se debe defender a todo el mundo, que todo el mundo merece que se le defienda y se le proteja contra los espectadores de su propia pasión, excepto en los términos más generales e inespecíficos e impersonales de los modelos literarios y dramáticos de los protagonistas de la pasión en sus ademanes incruentos e indoloros de triunfo o de angustia; que ningún hombre merece el amor, puesto que la naturaleza no nos equipó para aceptarlo sino simplemente para soportarlo y sobrevivir, y por lo tanto no había que hacer de tío Gavin objeto de examen si ella podía evitarlo y defenderle mientras el amor llenaba de angustia sus huesos desprotegidos.
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Eso era lo que pasaba. Era como si hubiéramos tenido algo en Jefferson durante dieciocho años y ya diese lo mismo que desde el primer momento hubiera estado bien o mal porque ahora era algo nuestro, habíamos vivido con ello y ni siquiera se veía la cicatriz, como el clavo hundido en el tronco que años atrás violó y ultrajó y llenó de angustia a un árbol determinado. Excepto que tampoco el árbol tiene muchas posibilidades de elección: o bien poner los principios por encima de la savia y rechazar al mismo tiempo la ofensa y la savia del año siguiente, o aceptar el ultraje y la savia por el privilegio de seguir siendo árbol mientras sea posible, hasta que con el tiempo el clavo desaparezca. No que se marche; sencillamente que deje de ser tan escandalosamente visible al quedar cubierto por la corteza; existe una protuberancia, un bulto, desde luego, pero al cabo de algún tiempo los otros árboles lo perdonan y todas las demás cosas aceptan al árbol y su bulto hasta que un día la sierra o el hacha penetran en el árbol y tropiezan con el viejo clavo.
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Fue como si hubiera llegado un circo o se inaugurase la feria del condado. Más aún: era como si celebrásemos la fiesta del distrito o incluso del estado, porque hasta se suspendieron las clases. Sólo que fue más que una feria o un día de fiesta, porque hubo también una muerte, aunque, por supuesto, no lo supiéramos aún.
Todo empezó, además, con unas vacaciones escolares que no sabíamos siquiera que íbamos a tener. Fue como si el tiempo, las circunstancias, la misma geografía contuvieran algo que debía producirse, que se iba a producir inexorablemente en aquel momento; que Jefferson, Mississippi, era el lugar, y que, en consecuencia, hubo que despejar el escenario para dejarlo preparado.
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Porque precisamente eso el saqueo continuo era la razón de ser de los bancos, la única razón de que alguien se tomara el trabajo y corriera con los gastos de organizarlos y de mantenerlos en funcionamiento.
Eso era lo que el coronel Sartoris había hecho (aún no sabía cómo, ésa era su inocencia, pero bastaba con darle tiempo) mientras duró su presidencia y lo que Manfred De Spain haría, a su vez, durante todo el tiempo que pudiera o llegara a mantenerse en la cima. Pero decentemente, con decoro, como ya se había hecho y se seguiría haciendo: no mediante el pillaje, al estilo del chico que se lleva un puñado de cacahuetes cuando el vendedor está de espaldas, como había hecho su primo Byron. Decente y tranquilamente y todavía más: de manera inteligente: con tanta inteligencia y tranquilidad que las personas mismas cuyo dinero se robaba nunca se dieran cuenta hasta que el depredador estuviera muerto y a salvo.
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Pero un individuo que sube desde donde él ha subido, que tan pronto como fue lo bastante mayor para contar dinero pensó haber descubierto que con él se compraba todo lo que pudiera querer o desear nunca, y modeló el resto de su vida y de sus actos a partir de eso, pisoteando cuando y donde tuvo que hacerlo pero sin resentimiento porque sabía que no pediría ni esperaría cuartel si se tratase de él , un individuo que hace todo eso y descubre finalmente cuando es un hombre hecho y derecho y tal vez demasiado tarde, que lo único que necesita si quiere que su vida tenga algún sentido o incluso haya paz en ella, no es sólo algo que no se compra con dinero, sino algo que el hecho de no tener dinero o incluso el hecho de conseguir un montón de todo lo que es capaz de contar o imaginar o hasta soñar y luego perderlo, tampoco lo perjudica o le hace daño o lo estropea ni lo cambia ni lo altera , descubre cuando ya es casi demasiado tarde que lo que necesita es algo que todos los niños tuvieron gratis al nacer hasta que un día, ya crecidos, descubrieron, tal vez demasiado tarde, que lo habían tirado por la borda.
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Hait me dijo que usted le pagaba cincuenta dólares por cada viaje, por cada vez que ponía las mulas a tiempo delante del tren y que el ferrocarril le pagaba a usted sesenta dólares por cada mula. La última vez no le pagó nada porque nunca pagaba usted a mi marido hasta después de terminado el trabajo y en esa ocasión no hubo después. Así que me he quedado a cambio con el mulo y le he mandado los diez dólares de diferencia con Het, aquí presente, como testigo.
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Hacia las doce el edificio había ardido por completo. Ratliff dijo que cuando llegó la gente y el coche de los bomberos, la señora Hait seguida por la vieja Het con su bolsa de papel en una mano y un retrato a carboncillo enmarcado del señor Hait en la otra salía de la casa con paraguas y embutida en un abrigo del ejército que el señor Hait solía utilizar, por uno de cuyos bolsillos asomaba un tarro de confitura lleno con lo que quedaba de los ocho mil quinientos dólares (que sería la mayor parte, según lo que contaban los vecinos de la manera de vivir de la señora Hait), y empuñando con la otra un pesado revólver niquelado; en seguida cruzó la calle para entrar en casa de unos vecinos, donde, junto con la vieja Het a su lado en una segunda mecedora, estaba instalada desde entonces, las dos balanceándose ininterrumpidamente mientras contemplaban cómo los bomberos voluntarios tiraban a la calle en todas direcciones su vajilla y sus muebles
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Hice que se los mandaran directamente: la hábil y zalamera propaganda para tentar a los esnobs, procedente de las instituciones docentes de Virginia hacia las que las madres sureñas parecían orientar a sus hijas por simple instinto, sin motivo aparente, excepto el de que ellas mismas no las frecuentaron, queriendo así satisfacer de forma vicaria lo que se les había negado personalmente, dado que no tuvieron madres inclinadas a realizar por tercero interpuesto lo que a ellas, a su vez, se les había negado.
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que la inocencia es inocente no porque rechace sino porque acepta; es inocente no porque sea impermeable e invulnerable a todo, sino porque es capaz de aceptar cualquier cosa y seguir siendo inocente; inocente porque lo sabe todo de antemano y, en consecuencia, no tiene nada que temer ni de qué asustarse
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¿Se dan cuenta? De eso se trataba: de las mismas palabras reputación y buen nombre. El simple hecho de decirlas, de repetirlas en voz alta, de dar reconocimiento vocal a su existencia, las mancharía y ensuciaría irrevocablemente, destruiría la integridad de las realidades mismas que representan, no ya haciéndolas vulnerables sino sentenciándolas; de la inviolable y orgullosa integridad de los principios se convertirían, quedarían reducidas a la efímera fragilidad ya predestinada y condenada de las circunstancias humanas; inocencia y virginidad se transformarían en símbolo y encarnación de pérdidas y aflicciones, eternamente lloradas, sin otra realidad que la del tiempo pretérito; la existencia del era y ya no es, nunca más, nunca más.
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Era como si en lugar de estar hablándose conversaran con dos vacíos reflejos en la luna del escaparate, como cuando se pone una idea por escrito en el sobre vacío, anónimo e incluso intercambiable, o quizá en la botella vacía y sellada que se arroja al mar, o tal vez dos pensamientos por escrito encerrados para siempre en el mismo momento en dos botellas lanzadas al mar para que floten y vayan a la deriva con las mareas y las corrientes hasta el refrescante fin del mundo, todavía inmunes, todavía intactas e invioladas, todavía ideas y todavía verdaderas, o incluso todavía hechos, aunque ningún ojo vuelva a verlas jamás o ninguna idea responda nunca o se oponga a ellas, y sentirse feliz por ello, o corroborado o afligido.
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la señorita Melisandre se había casado con un forastero, con un individuo que todo el mundo, con la excepción de la señorita Melisandre (nunca supimos si su padre, sentado todo el día en el porche delantero con su vaso de whisky y agua en una mano y Horacio o Virgilio en la otra combinación que, según palabras de tío Gavin, habría aislado de la realidad del norte rural de Mississippi a cabezas mucho más firmes que la suya, estaba enterado o no), sabía que era un destacado contrabandista de licores que se había enriquecido en Nueva Orleans. De hecho la señorita Melisandre se negó incluso a creerlo cuando lo devolvieron a su hogar con un certero agujero de bala en medio de la frente, en un coche fúnebre blindado que encabezaba un cortejo de lujosos packards y cadillacs de los que ni el mismo Hollywood se habría avergonzado, y mucho menos Al Capone.
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No sé cómo lo hará, pero me apostaría un millón contra uno a que nunca sale de los Estados Unidos; apostaría cien a uno a que si sale de Mississippi no llegará más allá del campamento de Arkansas donde los mandan al principio; y once contra diez a que estará de vuelta en Jefferson dentro de tres semanas.
Gowan no aceptó, pero más adelante dijo que lo sintió, porque Ratliff hubiera perdido por dos días, el tiempo de más que Byron tardó en volver. Aunque no supimos cómo lo había hecho e incluso Ratliff no se enteró hasta después de que robara el banco y huyera a México, porque Ratliff dijo que la razón de que los Snopes tuvieran éxito obedecía a que todos ellos se confederaban unánimemente para convertir el hecho de ser un Snopes de simple categoría zoológica en una situación social uno de cuyos componentes era el éxito mediante la sencilla regla y normativa y juramento sagrado de nunca decirle a nadie cómo.
(...)
Los poetas se equivocan, por supuesto. Según ellos, yo tendría que haber sabido que la nota estaba en camino y, por supuesto, quién la enviaba. En realidad, ni siquiera después de leerla supe de quién era. Y es que los poetas se equivocan casi siempre en lo que a hechos se refiere. Y ello obedece a que no les interesan los hechos, sino sólo la verdad: por lo que la verdad que pregonan es tan verdadera que incluso exalta y aterra a aquellos que detestan a los poetas por puro instinto natural.
No: eso no es cierto. Se debe a que no nos atrevemos a esperar, nos da miedo esperar. No nos asusta la enormidad de la esperanza de la que somos capaces, sino que cada uno de nosotros la tenue telaraña de carne y hueso que tiene atrapado al frágil aspirante temerario, ilimitado e insomne de sueños y esperanza no pueda estar a su altura; como Ratliff diría: «Sabiendo siempre que nunca serás lo bastante hombre para hacer todo el mal y todo el daño que harías si lo fueras , y (podría añadir él, o quizá lo hago yo en su lugar) y dando gracias a Dios por ello». Sí, dando gracias a Dios por ello o dando gracias a cualquier otra cosa que nos devuelva un poco de paz cuando ya es demasiado tarde; paz con la que mimar tanto a la telaraña como a su insomne angustia atrapada poniéndonoslas en las rodillas y musitando: Ea, ea, no hay que preocuparse; sé que eres valiente.
(...)
Así que todos entraron en la casa y padre telefoneó al señor Connors para que trajera a Jabbo, que era el hijo de tío Noon Gatewood. También él iba para herrero hasta que el señor De Spain se presentó con el automóvil rojo en la ciudad y, como decía tío Noon, «lo echó a perder». Aunque Gowan decía que nunca entendió muy bien por qué decía eso, dado que Jabbo se emborrachaba y terminaba en la cárcel tres o cuatro veces al año cuando no era todavía más que aprendiz de herrero, mientras que ahora, desde que los automóviles habían llegado a Jefferson, Jabbo era el mejor mecánico del condado, y aunque seguía emborrachándose y yendo a la cárcel igual que siempre, nunca se quedaba más que una noche porque en seguida le necesitaba alguien con la suficiente urgencia para pagar la multa.
(...)
Y finalmente apareció aquel a quien I. O. Snopes había usurpado si no la vocación sí al menos la designación de su vocación. Se trataba del verdadero maestro dentro del clan Snopes. No; solamente parecía ser maestro de escuela. No; parecía John Brown pero con un defecto no corregible e imposible de ocultar. Un hombre alto y demacrado con una levita sucia, corbata de lazo y ancho sombrero de político, de fríos ojos furiosos y barbilla saliente de hablador: no la diarrea verbal de su primo (cualquiera que fuese su relación familiar con I. O.; ninguno de ellos parecía tener ningún parentesco con los demás; eran simplemente Snopes, como las colonias de ratas o de termites no son nada más que ratas o termites) sino una especie de don infalible para razonar de una manera perversa y rastrera en las discusiones, y para entender correctamente a las personas con quienes trataba: las dotes de un demagogo capaz de utilizar a las personas al servicio de sus apetitos, todo ello desfigurado por un barniz de cultura y religión; los nombres mismos de sus hijos, Byron y Virgil, más que ejemplos eran advertencias.
(...)
De hecho el restaurante no se vendió completo junto con la buena voluntad, sino que se extrajo íntegro y se mudó intacto, clientes incluidos, y sin cerrar siquiera un solo día, a la nueva pensión donde la mujer de Eck era ahora patrona: trasladado intacto más allá de la figura meciéndose en el porche que continuó balanceándose allí hasta superar la simple leyenda y convertirse en un hito como esas efigies delante de las antiguas tabernas inglesas, de manera que a la gente del campo que llegaba a la ciudad y preguntaba por el hotel Snopes se les decía simplemente que siguieran en aquella dirección hasta que dieran con una mujer meciéndose, y eso bastaba.
(...)
De manera que cualquiera hubiera pensado que lo primero que harían sería abolir para siempre la ley contra los automóviles. Se limitaron en cambio a copiarla en un trozo de pergamino como un diploma o una mención honorífica, enmarcarla y colgarla, dentro de una caja de cristal iluminada, en el vestíbulo del palacio de justicia, a donde muy pronto empezó a acudir la gente en automóvil desde sitios tan remotos como Chicago para reírse de ella. Porque tío Gavin decía que se vivía aún en la fabulosa y legendaria época en que no existía contradicción entre automóvil y alegría, antes de que todo americano tuviera que tener uno, y antes de que los automóviles mataran más personas que las guerras.
(...)
Buenos días, señor alcalde dijo. ¿Qué es lo que oigo sobre una partida de dados con hacha incluida?
Eso es lo que a los electores de la ciudad de Jefferson les gustaría preguntarle a usted, caballero dijo el señor Adams. Si sabe usted de alguna prueba en contra más cercana que Cuba, le aconsejaría que la presentara.
Sé de un sistema más rápido que ése dijo De Spain. Su señoría está demasiado entrado en años, pero Theron es lo bastante corpulento. Él y yo podemos acercarnos un momento a la ferretería de McCaslin, conseguir un par de hachas y descubrir ahora mismo si tiene usted razón.
Pero, teniente , dijo Theron.
Eso no importa respondió De Spain. Yo pagaré por las dos.
Buenos días, caballeros dijo Theron. Y eso fue todo. En junio eligieron alcalde a De Spain. Fue una victoria aplastante y supuso un triunfo histórico. Los nuevos tiempos habían llegado a Jefferson; él era simplemente su campeón, el Godofredo de Bouillon, el Tancredo, el Ricardo Corazón de León de Jefferson en el siglo veinte.
(...)
La familia del primo Gowan vivía en Washington, donde su padre trabajaba para el Departamento de Estado, y de repente lo mandaron durante dos arios a China o a la India o algún otro sitio así de lejano; su madre también se fue, de manera que enviaron a Gowan a vivir con nosotros y a que fuera al colegio de Jefferson hasta que volvieran. «Nosotros», por entonces, eran el abuelo, padre, madre y el tío Gavin. Así que esto es lo que Gowan supo del asunto hasta que yo nací y crecí lo suficiente para enterarme también. Y cuando hablo de «nosotros» y digo «creímos» me refiero en realidad a Jefferson y a lo que Jefferson pensaba.
La ciudad - William Faulkner
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