miércoles, 20 de enero de 2021

Incluso ahora, pasados ya muchos años, recuerdo todo aquello con excesivo desagrado. Recuerdo muchas cosas con desagrado, sin embargo… ¿no será mejor finalizar aquí estas «Memorias»? Creo que fue un error escribirlas. En todo caso, no he dejado de sentir vergüenza mientras escribía este relato; será que se trata más de un castigo correctivo que propiamente de literatura. Puesto que contar, por ejemplo, largas historias sobre cómo malgastaba yo mi vida pudriéndome moralmente en un rincón a causa de mis pocos medios, la pérdida del contacto con las cosas vivas y la vanidosa maldad del subsuelo, ¡lo juro por Dios, que es muy poco interesante! En una novela tiene que haber un héroe, y aquí, se reúnen a propósito, todos los rasgos de un antihéroe, y lo que es más importante aún, es que todo eso produce una sensación de lo más desagradable, dado que hemos perdido la costumbre de vivir, y el que más o el que menos, cojeamos todos. Hasta tal punto estamos desligados de la vida, que hasta sentimos aversión hacia la auténtica «vida viva» y no soportamos que nadie nos la recuerde. Hemos llegado al extremo de tomarla por un trabajo, como si de un servicio se tratara, y en nuestro fuero interno nos persuadimos de que es mucho mejor vivir conforme a los libros. ¿Y qué andamos frecuentemente escarbando por ahí, de qué nos encaprichamos, y qué es lo que pedimos? No lo sabemos ni nosotros mismos. Y todavía sería peor para nosotros si se cumplieran todos nuestros deseos y caprichos más remotos. ¡Inténtenlo, ofrézcannos más autonomía, desaten las manos a cualquiera de nosotros, amplíen el campo de nuestras actividades, debiliten la influencia de la tutela, y… les aseguro, que al instante pediríamos ser nuevamente protegidos por la tutela! Sé que ustedes probablemente se enfaden conmigo y griten dando patadas al suelo: «¡Hable usted de sí mismo y de sus miserias del subsuelo, pero no ose decir “todos nosotros”!» Permítanme señores, pero no me estoy disculpando con esta generalización. Respecto a mí, he de decir, que he llevado hasta el último extremo aquello que ustedes no se han atrevido a llevar ni a mitad del camino, y por si fuera poco, toman por cordura su propia cobardía y se tranquilizan engañándose a sí mismos. ¡Hasta posiblemente resulte que esté yo más «vivo» que todos ustedes! ¡Vayan con más cuidado! ¡Ni siquiera sabemos en qué consisten las cosas vivas, ni qué es lo vivo, ni qué nombre tiene! ¡Déjennos solos y sin libros, y al momento nos extraviaremos, nos perderemos, no sabremos qué hacer, ni dónde dirigirnos; qué amar y qué odiar, qué respetar y qué despreciar! Nos pesa ser hombres, hombres auténticos, de carne y hueso. Nos avergonzamos de ello, lo tomamos por algo deshonroso y nos esforzamos en convertirnos en una nueva especie de seres omnihumanos. Hemos nacido muertos y hace tiempo que ya no procedemos de padres vivos, cosa que nos agrada cada vez más. Le estamos cogiendo gusto. Pronto inventaremos la manera de nacer de las ideas. Pero por ahora basta; no quiero escribir más «desde el subsuelo»…
No obstante, no terminan aquí las «anotaciones» de este ser tan paradójico. Éste no pudo contenerse más y continuó escribiendo. Pero a nosotros nos parece que podemos dejarlo aquí.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
—¡Salvarte! —exclamé levantándome de la silla y corriendo de un lado a otro de la habitación—. ¿Salvarte de qué? ¡Si posiblemente hasta sea peor que tú! ¿Y por qué razón, cuando te leía aquellas exhortaciones, no me recriminaste por el motivo que me había conducido hasta allí? ¿Acaso venía a darte una lección de moral? Lo que necesitaba entonces era tener poder, sí, poder; necesitaba divertirme, necesitaba ver tus lágrimas, tu humillación, tu histeria. ¡Sí, eso era lo que necesitaba! Pero no pude soportarlo, porque soy un canalla; me asusté, y no sé para qué diablos te di mi dirección. Sí, un poco después, camino de casa, te maldecía con todas mis fuerzas por haberte dado la dirección. Te odiaba por las mentiras que te había dicho en aquellos momentos. Yo sólo pretendía jugar con las palabras, soñar mentalmente; pero en realidad, ¿sabes lo que necesitaba? ¡Que desaparecierais todos! ¡Sí, eso era lo que deseaba! Porque necesitaba tranquilidad. Si con tal de vivir en paz y tranquilidad, soy capaz hasta de vender el mundo entero por un copek. Si he de elegir entre estas dos cosas: «que se hunda el mundo, o que yo deje de tomar mi té», prefiero que se hunda el mundo, con tal de que yo siempre pueda tomar mi té. ¿Lo sabías? Bueno, en todo caso, sé que soy un miserable, un canalla, un ególatra y un gandul. Durante estos tres últimos días, de sólo pensar que pudieras venir a verme, no he parado de temblar de miedo. ¿Y sabes qué era lo que más me preocupaba? Pues que aquel día había representado ante ti el papel de un verdadero héroe, y que ahora, de repente, me fueras a ver con esta harapienta batita, como a un repugnante mendigo. Antes te dije que no me avergonzaba de mi pobreza; pero has de saber, que sí me avergüenzo. Es de lo que más me avergüenzo; me avergüenzo más que nunca, y más que si fuera un ladrón, porque soy tan vanidoso, que hasta me duele respirar, como si me arrancaran la piel a tiras. ¿Pero cómo es posible que ni siquiera ahora te estés dando cuenta de que nunca te perdonaré que me hayas sorprendido con esta batita; y justo, cuando me lanzaba sobre Apollón tan furioso como un perrillo rabioso? ¡El salvador, el héroe de antes, cual chucho sarnoso y peludo se lanza sobre su lacayo, y éste, encima, burlándose de él! ¡Nunca te perdonaré las lágrimas que no pude reprimir y que hace un rato derramé aquí, delante de ti, cual mujer avergonzada! ¡Y tampoco te perdonaré todo cuanto ahora te estoy confesando! ¡Sí, tú, sólo tú, debes responder por todo esto, porque te has puesto a tiro, y porque soy un canalla, y el más repugnante de los gusanos; sí, el más ridículo, el más mezquino, estúpido y envidioso de cuantos gusanos hay en el mundo, que aunque en absoluto sean mejores que yo, no se sabe por qué diablos, jamás se turban ante nada! Mientras que yo me pasaré la vida recibiendo capirotazos de cualquier piojo. ¡Ése es mi rasgo más característico! ¿Qué me importa que no comprendas nada de esto? ¿Y qué me importas tú, sí, tú? ¿Y que me importa que perezcas en aquel lugar? ¿Comprendes lo que te voy a odiar a partir de ahora por haberte dicho todo esto y por haber estado tú aquí oyéndolo? ¡Un hombre habla así sólo una vez en la vida, y eso, cuando está histérico!… ¿Qué más quieres? ¿Por qué después de todo esto, sigues ahí plantada delante de mí, torturándome y sin marcharte?
Pero en aquel momento surgió algo extraño.
Hasta tal punto estaba yo acostumbrado a pensar y a imaginar todo conforme a los libros; a verlo todo tal y como me lo figuraba en mis sueños, que en aquel instante no comprendí lo que estaba ocurriendo. Lo que pasó fue lo siguiente: Liza, abatida y ofendida, comprendió, de cuanto estaba sucediendo, bastante más de lo que yo me había imaginando. Comprendió exactamente aquello que comprenden las mujeres que aman sinceramente; comprendió que yo era un hombre muy desdichado.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
A veces, me venía a la cabeza la idea de irla a visitar yo mismo para «contarle todo» y rogarle que no viniera a verme. Pero ante aquella idea, comenzaba a sentir tanta rabia que, de haber estado ella delante de mí, creo que sería capaz de aplastar a aquella «maldita» Liza. Si ello ocurriera, la habría ofendido, la habría escupido, la habría arrojado de mi lado y la habría golpeado.
Sin embargo, transcurrió un día, y otros dos más; como no venía, comencé a tranquilizarme. Después de las nueve de la noche ya empezaba a sentirme especialmente animado, e incluso, a soñar con cosas bastante agradables: «Que yo, por ejemplo, salvaba a Liza con sólo venir ella a verme y a escucharme… Que yo la instruía y la formaba. Finalmente, me percataba de que ella me amaba, sí, me amaba apasionadamente. Yo me hacía el despistado (no obstante, no sé por qué fingía; claro, que lo hacía por decoro). Finalmente, Liza, completamente turbada, maravillosa, temblando y sollozando, se echaba a mis pies diciéndome que era su salvador y que me amaba más que nada en el mundo. Yo me quedaba completamente sorprendido. Pero… Liza, le decía yo, ¿no pensarás que no me di cuenta de tu amor? Me di cuenta de todo y me percaté de todo, pero no me atreví a ser el primero en quebrantar tu corazón, porque con la influencia que ejerzo sobre ti, no quise que, por agrade cimiento, te obligaras a corresponderme en el amor; que suscitaras en ti un sentimiento que no tuvieras; y yo no quiero que esto ocurra, ya que… sería algo despótico hacia ti… Carecería de tacto (bueno, en una palabra, que llegando a este punto, me iba yo por las ramas de alguna de esas sutilezas tan europeas, al estilo de las de George Sand y de esas honorables delicadezas suyas…). Pero ahora, ahora, tú eres mía, eres mi creación, eres pura y bella, eres… mi bella esposa.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Una lúgubre idea anidó en mi cerebro pasando por todo el cuerpo en forma de una sensación muy repugnante, al estilo de cuando uno penetra en el húmedo y rancio subsuelo. Parecía poco natural, que a ese par de ojos, les hubiera dado sólo ahora por observarme. Recordé que en el transcurso de dos horas, no le había dirigido a aquel ser ni una sola palabra, y ni siquiera lo consideré necesario; es más, incluso encontraba algo agradable en ello. Pero ahora, de pronto, una idea libertina, tan repugnante como una araña, se me presentó en toda su nitidez; la idea de lo que comienza tosca y desvergonzadamente por aquello con lo que debería terminar coronándose el verdadero amor.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski

martes, 19 de enero de 2021

Con desesperación me imaginaba el modo altivo y frío con que me recibiría ese «canalla» de Zverkov; con qué obtusa mirada de irresistible desprecio me miraría el torpe de Trudoliubov; de qué modo más detestable y con qué insolencia soltaría a mi costa sus risitas el bicho de Ferfichkin, con tal de agradarle a Zverkov; cómo todo eso lo entendería perfectamente Simonov y cómo me despreciaría por mi cobardía y falta de amor propio; pero lo más importante, era lo mísero que resultaría todo aquello, qué poco literario y qué vulgar. Claro que lo mejor que podía hacer yo era no asistir al almuerzo. Pero eso me resultaba imposible de hacer, pues cuando me entraban muchas ganas de hacer alguna cosa, solía meterme de cabeza en ello. De lo contrario, me pasaría la vida reprochándome: «¿qué, te acobardaste, te dio miedo la realidad, te asustaste?». Al contrario, deseaba apasionadamente demostrar a toda esa «chusma», que en absoluto era un cobarde, tal y como me lo figuraba yo mismo. Y por si fuera poco, en el máximo paroxismo de aquella febril pusilanimidad, soñaba con estar en la cumbre, venciéndoles, atrayéndoles y obligándoles a quererme, aunque sólo fuera «por mis elevadas ideas y por mi indiscutible agudeza mental»; que abandonaran a Zverkov, que él tuviera que sentarse aparte, completamente callado y avergonzado, y que yo pudiera aplastarle. Después, probablemente accediera a hacer las paces con él, y juntos, nos íbamos a tomar una copa llamándonos el uno al otro de tú; pero lo que más me enfurecía y me ofendía, era que ya entonces sabía, y lo sabía perfectamente bien, que en realidad, no tenía ninguna necesidad de hacer todo aquello; que en absoluto deseaba aplastarlos, ni subyugarlos, ni atraerlos hacia mí; puesto que yo mismo sería el primero en no apostar un copek por un resultado así, amén de haberlo logrado.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Nunca he podido soñar seguidamente durante más de tres meses, sin comenzar a sentir la infinita necesidad de sumergirme en la sociedad. Porque esto último, significaba para mí, hacerle visitas a mi jefe de negociado, Antón Antonych Setochkin. Él era mi único y eterno conocido de toda la vida, cosa que me sigue asombrando hasta hoy día. Yo iba a verle sólo cuando me llegaba la fase y mis sueños comenzaban a rebosar tanta felicidad, que me era imprescindible y necesario tener que abrazarme con la gente, en particular, y con la humanidad entera, en general; y para eso era menester tener una persona con la que poder contar.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski

lunes, 18 de enero de 2021

Yo, por ejemplo, siempre terminaba siendo el vencedor de todos; claro que, todos estaban en la mina, sintiéndose obligados a reconocer mis perfecciones; bien, pues yo les perdonaba a todos ellos. Me enamoraba siendo un famoso poeta y chambelán; recibía innumerables millones, y, al instante, los sacrificaba en aras de la humanidad y me confesaba ante el mundo entero por mis deshonras que, se entiende, no eran unas simples deshonras, sino aquellas que encerraban en sí una buena dosis de «lo bello y lo sublime», algo al estilo de Manfredo. Todos lloraban y me besaban (de lo contrario, ¿qué clase de imbéciles serían?) y yo, descalzo y hambriento, iba profesando nuevas ideas y venciendo a los retrógrados en las afueras de Austerlitz. A continuación, tocaban la marcha, se proclamaba la amnistía, el Papa accedía a abandonar Roma y marcharse a Brasil. Después había un baile para toda Italia en la villa Borghese, igual que el que se hace a la orilla del lago Como, ya que este lago cambia a propósito de lugar en esta ocasión, pasando ahora a estar en Roma. Más tarde, había una escena entre los arbustos, etc., etc. ¡Como si no lo supieran ustedes ya! Dirán, que es ruin y mezquino sacar a relucir todo esto ahora, después de reconocer yo mismo tanto arrebato de éxtasis y lágrimas. ¿Pero por qué ha de ser algo ruin? ¿Acaso piensan que me avergüenzo de ello, o que es más ridículo que cualquier otra cosa en la vida de ustedes? Y a todo esto, créanme, tenía yo algunas cosas que no estaban nada mal compuestas… Pero no ocurría todo eso en el lago Como. Por lo demás, tienen ustedes razón; realmente es algo vil y mezquino. Pero la verdadera mezquindad reside en que yo ahora me esté tratando de justificar ante ustedes. Y hacer esta observación es algo aún más mezquino. Además, ya está bien, pues de lo contrario, esto nunca se acabaría y siempre habría alguna cosa todavía más vil…

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Y he aquí, que una idea sorprendente se me cruzó por la cabeza. «¿Y qué pasaría —pensé yo— sí, qué pasaría, si al cruzarme con él… no me apartara? ¿Qué pasaría, si no me apartara a propósito, aunque tuviera que empujarle?». Aquella impertinente idea se fue poco a poco apoderando de mí hasta no dejarme en paz. Soñaba continuamente con aquel momento, y, a propósito, comencé a frecuentar más la avenida Nevski para poder imaginarme con toda claridad cómo desempeñaría yo aquel papel y de cuándo lo llevaría a cabo. Estaba entusiasmado. Aquella pretensión me parecía cada vez más posible y real. «Claro que no le empujaría del todo —pensaba yo ablandándome por adelantado—, sino que sencillamente no me apartaría y me chocaría con él sin hacernos daño el uno al otro, hombro con hombro, y en la medida en que lo permiten los buenos modales; de modo que fuera igual lo que nos golpeáramos el uno al otro». Finalmente me decidí. Pero los preparativos acapararon mucho tiempo. En primer lugar, para el momento esperado debía ocuparme de tener un aspecto lo más decente posible y de disponer de un traje adecuado. «En cualquier caso, si esto, por ejemplo, fuera a convertirse en una historia que trascendiera al dominio público (y aquel público era de lo más refinado: por allí pasan condesas, el príncipe D., y todo el mundillo literario), para ello era preciso estar bien vestido; es algo que inspira respeto y de alguna manera nos hace sentimos iguales frente a la gente de la alta sociedad». Con ese fin solicité en la oficina un anticipo del sueldo y me compré unos guantes negros y un buen sombrero en la tienda de Churkin. Me pareció que el par de guantes negros eran más respetables y elegantes que los amarillos a los que en principio había echado el ojo. Descarté comprármelos «porque tenían un color demasiado chillón y daba la impresión de que quien los llevara quisiera llamar la atención». Desde hacía tiempo tenía preparada una camisa en buen estado, con unos gemelos blancos de hueso, pero el capote retrasó mi plan. El capote no estaba nada mal y me abrigaba, pero al estar forrado de guata y tener el cuello de castor, tenía un aire excesivamente lacayesco. Era preciso cambiar el cuello como fuere y hacerme con uno de castorcillo, al estilo de los que llevaban los oficiales. Con tal fin comencé a frecuentar las Galerías Gostiny y, tras varias intentonas, me decidí por uno barato de castorcillo alemán. Aunque esos cuellos alemanes se desgastan con bastante rapidez, tomando un aspecto de lo más miserable, al principio, cuando se estrenan, tienen muy buena apariencia; además, yo sólo lo necesitaba para una ocasión. Pregunté el precio, pero éste, a pesar de todo, era bastante caro. Después de darle vueltas, finalmente me decidí a vender el viejo cuello de castor. El dinero que no me llegaba, y que ascendía a una cantidad bastante significativa para mí, me decidí a pedírselo en préstamo a Antón Antonych Setochkin[46], que era mi jefe de negociado y hombre pacífico, muy serio y positivo, que nunca daba a nadie dinero en préstamo, y al que en su día, cuando comencé a prestar servicios en la Administración, le fui especialmente recomendado por una distinguida personalidad. Sufrí muchísimo. Pedir dinero a Antón Antonych, me parecía algo monstruoso y me abochornaba bastante. Incluso dejé de dormir durante dos o tres noches, aunque por aquel entonces dormía muy poco a causa de mi febril estado general. ¡El corazón tan pronto parecía parárseme de un modo extraño, como de repente comenzaba a darme saltos!… Al principio, Antón Antonych se extrañó, después frunció el ceño, y tras reflexionar un rato, a pesar de todo, me dio el préstamo, después de hacerme firmar un justificante que le autorizaba a cobrar ese dinero de mi sueldo al cabo de dos semanas. De este modo, finalmente ya todo estaba ultimado; un bonito cuello de castorcillo pasaba a ocupar el lugar del mugriento cuello de castor, y yo, poco a poco, puse manos a la obra. No podía decidirme así como así, a la primera; era preciso abordar el asunto sabiéndolo hacer bien y muy poquito a poco. Sin embargo, reconozco que tras reiterados intentos, ya casi empecé a desesperarme. ¡No llegábamos a chocarnos de ninguna de las maneras! No sé, si todavía no estaba lo suficientemente preparado, o si no me lo proponía debidamente, en cualquier caso, todo parecía indicar que de un momento a otro ya nos íbamos a chocar, cuando de pronto veo que otra vez era yo, quien le cedía el paso, y él, pasaba sin percatarse de mi presencia. Al acercarme a él, incluso rezaba, pidiéndole a Dios que me diera valor. En una ocasión, estando ya totalmente decidido, acabé enredándome entre sus pies, porque en el último instante, y a sólo dos pasos de distancia, se me agotó el aliento. Él, con toda su tranquilidad, pasó por encima de mí, y yo, como una pelota, me alejé volando hacia un lado. Durante aquella noche, estuve otra vez enfermo, delirando y con fiebre. De pronto, todo concluyó de la mejor manera posible. La noche de vísperas, decidí finalmente abandonarlo todo y no proseguir con mi nefasta decisión; con esa finalidad me dirigí por última vez a la avenida Nevski con la sola idea de contemplar el modo tan inconcluso en que pensaba dejar aquella cuestión. De pronto, y estando a tres pasos de mi enemigo, me decidí inesperadamente, entorné los ojos y ¡nos chocamos fuertemente hombro con hombro! ¡No cedí un ápice, y pasé junto a él como si fuéramos iguales! Él ni siquiera se volvió, como si no me hubiera visto; pero eso sólo fue en apariencia, de eso estoy seguro. ¡Hasta hoy día sigo estándolo! Claro que el golpe que recibí yo era más fuerte; además, él era más robusto que yo, pero no importa. Lo que sí importa es que conseguí lo que me proponía, reafirmé mi dignidad, no cedí un paso, y me coloqué públicamente junto a él en la misma escala social. Regresé a casa habiéndome vengado de todo. Estaba entusiasmado. Me sentía triunfador y cantaba arias italianas. Claro que no voy a describirles lo que me ocurrió al cabo de tres días; si han leído mi primera parte, «El subsuelo», podrán deducirlo ustedes mismos. A aquel oficial le cambiaron después de destino; llevo ya catorce años sin verle. Me pregunto ¿qué será de mi querido oficial? ¿A quién estará aplastando ahora?

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Durante algunos días de fiesta, hacia las cuatro de la tarde, yo solía pasearme por la acera soleada de la avenida Nevski. Mejor dicho, no se trataba exactamente de un paseo, si tenemos en cuenta que un sufrimiento infinito, junto a la humillación y el ataque biliar, inundaban en aquellos momentos todo mi ser; probablemente, eso era lo que necesitaba. Del modo más indecoroso, y como una anguila, me escurría yo entre los transeúntes, cediendo paso a los generales, a los caballeros de la guardia real, a los oficiales de los húsares y a las señoras; sentía dolorosos espasmos en el corazón y un súbito calor me recorría la espalda al pensar el mísero traje que llevaba y mi vulgar aspecto escurriéndose entre la gente. Aquello era un tormento, una continua e insoportable humillación que pasaba de la idea al sentimiento incesante e inmediato de que yo era una mosca, una vil e inútil mosca para todo el mundo; pero más inteligente, más culta y más noble que nadie, claro está; pero una mosca, al fin y al cabo, que continuamente cedía el paso a todos, una mosca humillada y ofendida por todos. No sé por qué razón me empeñaba en atormentarme, ni por qué me dirigía a la avenida Nevski; pero sencillamente, había algo que me arrastraba hacia allí ante la primera oportunidad que se me presentaba.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
¡Pero en cuanto a mí, yo le miraba con cólera y odio, y así continué… durante varios años! Mi cólera incluso se reforzaba y crecía a medida que pasaban los años. Al principio, y poco a poco, me fui enterando de cuantos detalles podía acerca de ese oficial. La tarea no fue fácil, puesto que no conocía a nadie. Pero en una ocasión, cuando le seguía por la calle como si fuera su sombra, alguien le llamó por su apellido, y así fue como me enteré de cómo se apellidaba. En otra ocasión, le seguí hasta su casa, y por una propina de diez copeks que di al barrendero, me enteré de dónde vivía, en qué piso, y de si vivía sólo o acompañado, etc., etc.; en una palabra, me enteré de todo cuanto puede enterarse uno a través de un barrendero. Aunque antes nunca había hecho nada literario, de pronto, una buena mañana, se me ocurrió la idea de describir caricaturescamente a ese oficial haciendo un relato. Disfrutaba cuando escribía el relato. Le satiricé, e incluso le calumnié; al principio, falsifiqué el apellido haciéndolo de tal modo que era posible reconocerle al instante, pero más tarde, y asentando un poco más el juicio, lo cambié y lo envié a Anales Patrios[45]. Pero como entonces no existían las sátiras, mi relato no se publicó. Aquello me enojó bastante. A veces, sencillamente me ahogaba de cólera.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
En casa, principalmente me dedicaba a la lectura. Deseaba silenciar con las sensaciones externas todo cuanto hervía incesantemente en mi interior. Y entre éstas, la única posibilidad que me quedaba era la lectura. La lectura, claro está, me ayudaba mucho; me conmovía, me satisfacía y me atormentaba. Pero a veces, me aburría terriblemente. Pues a pesar de todo, me apetecía hacer cosas y no estarme quieto; entonces era cuando me sumergía en la perversión más oscura, subterránea y mezquina; mejor dicho, no se trataba exactamente de una perversión, sino de la ruindad más baja. Mis mezquinas pasiones eran agudas y ardientes a causa de mi eterna y enfermiza irritabilidad. Tenía arrebatos histéricos, con lágrimas y convulsiones incluidas. Nada me quedaba excepto la lectura; es decir, nada de cuanto me rodeaba, o hacia lo cual yo pudiera sentirme atraído, me infundía respeto. Por si fuera poco, me sobrevenía la melancolía; me arrebataba la sed de histéricas contradicciones y contrastes; llegando a este punto me entregaba al libertinaje. Pero no vayan ustedes a creer que digo todo esto para justificarme… ¡Bueno, no! ¡Sí, he mentido! Precisamente lo que pretendía era justificarme. Y esta observación, señores, es de uso personal. No deseo mentir. He dado mi palabra.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Por el contrario, la naturaleza de nuestro romántico es completa y diametralmente opuesta a la del europeo trascendental, y aquí de nada sirven los patrones europeos. (Permítanme emplear esa palabra: «romántico»; una palabreja antigua, respetable, merecida, y tan conocida para todo el mundo). Porque la naturaleza de un romántico ruso consiste en comprenderlo todo, en verlo todo, y en verlo infinitamente mejor que las inteligencias rusas más positivas; en no estar conforme con nada ni con nadie, pero a su vez, en no tener escrúpulo alguno respecto a nada; en darle la vuelta a las cosas, en ceder en todo, y en comportarse con todo el mundo de la manera más sutil posible; tener siempre presente la finalidad más práctica y ventajosa (algunos pisitos del estado, pensioncillas, condecoraciones) considerando esa tal finalidad, siempre por encima de cualquier entusiasmo y tomo de poesía lírica; y en mantener a la vez incorrupta la idea de todo «lo bello y lo sublime» hasta el último día de su vida; en conservarse a sí mismo como entre algodones, igual que si se tratara de una valiosa joya, aunque ello sólo sea en beneficio de «lo bello y lo sublime». El romántico ruso es un hombre de amplitud de miras, y el pícaro más grande de cuantos hay en el mundo, se lo puedo asegurar… porque tengo experiencia. Todo ello, claro está, si el romántico es inteligente. ¡Pero qué digo! El romántico es siempre muy inteligente; pero me gustaría hacer una observación, y es que, aunque hayamos tenido románticos tontos, esos no cuentan, porque en su juventud ya se transformaron definitivamente en alemanes y se fueron a vivir a algún lugar de Weimar o Shwartswald, para así conservarse mejor, tal y como corresponde a las verdaderas piezas de joyería.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski

domingo, 17 de enero de 2021

Aquí, además hay otra cosa más: ¿por qué motivo exactamente deseo escribir? Puesto que si no fuera a escribir para un público determinado, entonces, podría recordarlo todo mentalmente, sin necesidad de plasmarlo sobre el papel.
Bueno sí; pero sobre el papel resulta más solemne. Hay algo en ello que impone; se juzga uno más a sí mismo y se pule el estilo. Al margen de esto, posiblemente la escritura también me aporte algo de alivio. Últimamente, por ejemplo, tengo un recuerdo del pasado que me oprime el alma. Lo recordé con claridad hace unos días, y desde entonces ya no me deja en paz, como si fuera una dolorosa tonadilla musical que no me abandona ni a sol ni a sombra. Y sin embargo, debo librarme de ese recuerdo. Tengo cientos de recuerdos de ese tipo; pero de tiempo en tiempo, uno de ellos sobresale de entre los cien y me empieza a agobiar. Así pues ¿por qué no intentar escribirlo?
Por último: estoy aburrido y siempre estoy sin hacer nada. Además, la escritura es algo que realmente se parece a un trabajo. Dicen que a base de trabajar, el hombre se va haciendo más bondadoso y honrado. Al menos aquí hay una posibilidad.
Hoy está nevando; cae una nieve húmeda, amarillenta y sucia. Ayer llovió, y los días de atrás, también. Me da la impresión de que fue el motivo del aguanieve lo que me hizo recordar aquel suceso que ahora no me deja en paz. Así pues, he pensado denominar este relato «a propósito del aguanieve».

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Todos los hombres guardan entre sus recuerdos algunas cosas que no las desvelan a cualquiera, sino sólo a los amigos. También hay ese otro tipo de cosas, que el hombre no desvela a los amigos, sino tan sólo a sí mismo y en secreto. Finalmente, hay cosas que el hombre teme desvelarlas incluso a sí mismo, y todo hombre formal dispone en su interior de una buena cantidad de ese tipo de cosas. Al menos, yo mismo, hasta hace muy poco, no me había decidido a recordar algunas de esas aventuras mías del pasado, pues siempre esquivaba esos recuerdos por la inquietud que me producían. Sin embargo, ahora, cuando no sólo me he decidido a recordarlas, sino también a escribirlas, es cuando deseo saber si es posible que uno sea absolutamente sincero consigo mismo sin temer la verdad

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
—Pues porque de buena gana les hubiera tenido yo durante cuarenta años sin hacer absolutamente nada; y pasados esos años, me presentaría de pronto a hacerles una visita al subsuelo; sí, a visitarles, y a verles cómo estaban. ¿Acaso se puede dejar a un hombre durante cuarenta años a solas y sin nada que hacer?
—¡No es nada vergonzoso ni humillante! —me dirían probablemente, moviendo sospechosamente sus cabezas—. Ansia usted vivir y, sin embargo, intenta resolver cuestiones vitales por medio de un embrollo lógico. ¡Pero qué maneras tan inoportunas y cuánta impertinencia! Se nota que tiene miedo. Se siente satisfecho diciendo cosas absurdas. Y puesto a decir despropósitos, muestra constantemente tener miedo por lo que ha dicho y se apresura a pedir disculpas. Asegura que no se arredra ante nada, pero a su vez, busca refugio en nuestra opinión. Dice que está rechinando los dientes, pero a la vez se mofa para hacemos reír. Sabe que sus agudezas no son tan ocurrentes, pero se siente muy satisfecho de ellas, porque le aportan cierta dignidad literaria. Puede que realmente haya sufrido en alguna ocasión, pero no tiene respeto alguno a su propio sufrimiento. Y aunque posea algo de razón, carece de pudor; su nimia soberbia le empuja a mostrar su verdad como si se tratara de exhibir algo en una plaza pública; sí, en un mercado, en la ignominia… Realmente quiere decir algo, pero por temor, esconde su última palabra, porque carece de decisión para expresarla; sin embargo, posee una desfachatez pusilánime. Se gallardea de su conciencia, pero en realidad sólo vacila, porque aunque su mente rija, su corazón está empañado de perversión, y sin un corazón limpio, jamás tendrá una verdadera conciencia. ¡Cuántos gestos inoportunos tiene, cómo se hace de rogar y cómo melindrea! ¡Mentiras, mentiras y más mentiras!

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
No coronaré mis deseos con una casa de pisos para pobres inquilinos con contrato de mil años de duración, y una placa del dentista Vagenheim en el portal para casos de urgencia. ¡Eliminen mis deseos, borren mis ideales, muéstrenme algo mejor, entonces me iré con ustedes! Probablemente dirán que no merece la pena tratar conmigo; en tal caso, también yo podría responderles lo mismo. Estamos discutiendo este asunto con seriedad; y si no desean prestarme su atención, yo no pienso hacerles reverencias. Porque dispongo del subsuelo.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
o sea, que debería ser algo más que una mera fórmula, pues «el dos por dos son cuatro», ya no es vida, señores, sino comienzo de la muerte. En todo caso, el hombre siempre ha temido algo ese «dos por dos son cuatro», y yo, todavía sigo temiéndolo. Supongamos que el hombre no hace más que buscar esos «dos por dos son cuatro», cruzando los océanos y arriesgando su vida durante la búsqueda, pero que realmente teme encontrar lo que busca. ¡Por Dios que lo teme! Pues presiente que en cuanto lo encuentre, ya no le quedará nada que seguir buscando. Al menos los obreros, tras finalizar su tarea, cobran su sueldo y se dirigen a la taberna para terminar después en la comisaría ¡y he aquí, la ocupación semanal! Pero ¿adonde se dirigirá el hombre? Puesto que se le ve cada vez más incómodo tras la consecución de semejantes finalidades. Aunque ame la finalidad, no le ocurre lo mismo con la consecución, y esto, claro está, resulta muy gracioso. En una palabra, la naturaleza del hombre es cómica; y seguramente en ello esté el retruécano. Pero «el dos por dos son cuatro», es, a pesar de todo, algo insoportable. «Dos por dos son cuatro», en mi opinión, es una desfachatez. «Dos por dos son cuatro», se pavonea, atravesándose en medio del camino con los brazos en jarras y nos lanza un escupitajo. Estoy de acuerdo que «dos por dos son cuatro» es algo maravilloso; pero si se trata de reconocerlo todo, entonces habremos de decir que, «dos y dos son cinco» también puede ser a veces algo mucho más atractivo.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Y he aquí con lo que uno se topa a cada minuto: continuamente se encuentran en la vida personas tan racionales y tan morales, tan sabias y tan amantes del género humano, que se proponen como meta llevar una intachable vida moral y racional, para poder iluminar al prójimo y demostrarle que realmente resulta posible vivir la vida de un modo moral y racional. ¿Y qué ocurre? Es sabido que muchos de esos amantes de la humanidad, tarde o temprano, o incluso ya al final de sus vidas, han cambiado de opinión haciéndose objeto de algunas anécdotas, a veces, de lo más indecorosas. Ahora yo les pregunto: ¿y qué es lo que se puede esperar del hombre como sujeto dotado de cualidades tan raras? Pues si le cubren ustedes con todo tipo de bienes terrenales y le sumergen completamente en un pozo de felicidad, de manera que en la superficie de esa felicidad, sólo apareciesen unas pompas como si del agua se tratara; después le ofrecen una situación económica tan cómoda que ya nada le quede por hacer a excepción de dormir, comer alfajores y gestionar la continuidad de la historia universal; y no tardarán en comprobar que el hombre, ese hombre digo, a causa de su naturaleza tan desagradecida y ruin, terminará por hacer una villanía. Arriesgará incluso sus alfajores, y se encaprichará a propósito de la cosa más perniciosa y absurda; el sinsentido más antieconómico, con tal de añadir a toda esa positiva cordura su más nefasto elemento fantástico.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Porque el día en que la voluntad esté completamente confabulada con la razón, será cuando razonaremos y ya no desearemos, pues resultará imposible desear algo que no tenga sentido para la razón, teniendo en cuenta que no podremos proceder contrariamente a ella deseando algo malo para uno mismo… Y puesto que para entonces la voluntad y la razón estarán ya completamente calculadas, ya que algún día se descubrirán las leyes de nuestro, así llamado, libre albedrío, será cuando se establezca, y no es broma, algo parecido a una tabla matemática, de modo que realmente terminaremos por desear conforme a ella. Porque si a mí, por ejemplo, alguien me calcula y me demuestra con exactitud, que cuando yo le hice el corte de mangas a fulano, lo hice porque no podía no hacérselo, y porque estaba determinado a ello, en tal caso, también debería de contestarme ¿de qué libertad puedo disponer yo entonces, teniendo en cuenta que soy un hombre instruido, que en su día se licenció en ciencias? De este modo, hasta podría calcular toda mi vida con treinta años de anticipación. En una palabra, si esto fuera a ocurrir, ya nada podríamos hacer, pues a pesar de todo, habríamos de aceptarlo. Al margen de esto, debemos de repetirnos sin cesar, que inevitablemente, en un momento determinado y en unas circunstancias concretas, la naturaleza no va a venir a consultarnos nada; que debemos aceptarla tal y como ella es, y no tal y como nos la imaginemos; y si se diera el caso de que realmente tendiéramos hacia la tabla matemática y el calendario, y bueno… incluso también hacia la probeta, pues entonces ¡qué podríamos hacer, más que aceptar la probeta! No fuera a ser que ella decidiera por sí misma, sin contar con nadie.
—¡Sí, señores, para mí, aquí es donde está el meollo! Me perdonarán que haya empezado a filosofar; ¡pero en todo esto hay cuarenta años de subsuelo! Permítanme que me explaye un poco con la fantasía. Verán: la razón es indudablemente algo excelente, pero la razón es únicamente razón, y sólo satisface las cualidades racionales del hombre, mientras que la voluntad viene a ser manifestación de la vida entera, es decir, de la vida completa del hombre, incluyendo en ésta, tanto la razón como todo tipo de especulación. Y aunque nuestra vida en esta manifestación se nos presente a menudo como una porquería, es, a pesar de todo, vida, y no mera extracción de la raíz cuadrada.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
A mí, por ejemplo, no me extrañaría nada, que de pronto, en medio de esa futura circunspección general, surgiera un caballero que, con una fisionomía vulgar, o mejor dicho, con aspecto retrógrado y burlón, se pusiera brazos en jarras y nos dijera a todos: «Bueno señores ¿y por qué no echamos de una vez abajo esa cordura, para que todos esos logaritmos se vayan al demonio y finalmente podamos vivir conforme a nuestra absurda voluntad?». Y tampoco eso importaría mucho, pues lo verdaderamente lamentable sería que enseguida encontraría adeptos para seguirle; así es el hombre. Y todo eso ocurre por un motivo tan fútil que no merece la pena ni recordarlo. Es decir, que el hombre siempre y en todo lugar, siendo él quien fuere, ha gustado de actuar a su modo, y no tal y como le indican la cordura y la ventaja; es más, incluso es posible desear algo que vaya en contra del propio interés de uno, y a veces, hasta debería ser positivo actuar así (esto es una idea mía). Porque el deseo propio, voluntario y libre de uno, el capricho, aunque sea el más salvaje de todos, la fantasía exasperada y llevada hasta la locura, forma parte de aquella ventaja que se omitió y que resulta ser la más ventajosa de todas, porque no se atiene a ninguna clasificación, y porque a causa de ella se van continuamente al garete todos los sistemas y teorías imperantes. ¿De dónde sacan todos esos sabios, que el hombre necesita una voluntad normal, una voluntad virtuosa? ¿De dónde sacan que el hombre precisa indispensablemente de una voluntad que le sea provechosa? El hombre únicamente necesita de una voluntad autónoma, le cueste ésta lo que le cueste, y le traiga las consecuencias que le traiga. Aunque cualquiera entiende de tal voluntad…

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Entonces —todo eso lo dirán ustedes— entrarán en vigor las nuevas relaciones económicas, completamente preparadas y calculadas con tal exactitud matemática, que al momento desaparecerá cualquier posible interrogante, precisamente porque para éstas, siempre habrá una multitud de respuestas. Para aquel entonces, será cuando se termine de construir el Palacio de Cristal. Y será cuando… Bueno, resumiendo, llegará volando el pájaro Kagú. Claro está, que nunca podría garantizarse (eso lo digo yo) que para entonces, no se aburriera excesivamente el hombre (¿pues qué haría él, cuando todo estuviera perfectamente calculado conforme a la tabla?) a cambio de que todo marchara con extraordinaria cordura. ¡Lo que no se inventará por aburrimiento! Porque también por aburrimiento se clavan alfileres de oro, pero no importa. Lo que resultaría peor (eso nuevamente lo digo yo) es que hasta los alfileres de oro llegaran probablemente a ser un motivo de alegría. Porque el hombre es estúpido, excepcionalmente estúpido. Y aunque no fuera completamente estúpido, resulta ser tan desagradecido, que no hay nada que se le parezca.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
¡Sí, de logística! Porque afirmar la teoría de la regeneración de todo el género humano por medio del sistema de sus propios intereses, a mi parecer, es casi lo mismo… que afirmar, siguiendo a Buckle, que la civilización ablanda al hombre, y por consiguiente, lo vuelve menos sanguinario y belicoso. Según la lógica, parece que así es como debiera de ser. Pero el hombre es hasta tal punto aficionado al sistema de las deducciones abstractas, que siempre está dispuesto a distorsionar la verdad intencionadamente y a negar la certeza captada por los sentidos, con tal de justificar su lógica. He escogido el siguiente ejemplo que voy a poner, precisamente por su claridad. Miren a su alrededor: la sangre corre a raudales y de una forma tan sumamente alegre como si del champán se tratara. Aquí tienen ustedes todo nuestro siglo XIX en que vivió Buckle. Aquí tienen a Napoleón, el grande de antes y el de ahora. Aquí tienen la América del Norte, la de la unión perpetua. Aquí tienen finalmente al caricaturesco Schleswig-Holstein… ¿Qué es lo que ha suavizado en nosotros la civilización? Lo único que ésta ha aportado al hombre es una multitud de sensaciones y… decididamente, nada más. Pero con el desarrollo de esa multiplicidad de facetas, el hombre probablemente llegue al extremo de encontrar placer incluso en la sangre. Esto ya ha ocurrido antes. Se han percatado ustedes que los más sofisticados derramadores de sangre casi siempre han sido unos caballeros de lo más civilizados, a los que ni todo tipo de Atilas ni de Stenkas Razins llegarían a la suela de los zapatos. Y si, por el contrario, no destacan tanto como ellos, es porque parecen demasiado familiares, demasiado corrientes, cuando se los encuentra uno. En todo caso, si con la civilización, el hombre no ha llegado a ser más sanguinario, entonces probablemente se ha hecho todavía peor y más vilmente sanguinario de lo que era antes. Porque antes, él veía justicia en el derramamiento de sangre y con conciencia tranquila aniquilaba a quien fuera necesario; sin embargo, ahora, aunque consideremos el derramamiento de sangre como algo abominable, a pesar de todo, probablemente hasta lo practiquemos más que antes.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski

sábado, 16 de enero de 2021

Si para ustedes la ventaja consiste en la prosperidad, en la riqueza, en la libertad, en la paz, etc., etc.; de manera que el hombre que fuera a propósito, y manifiestamente, en contra de todo ese registro, sería para ustedes, y claro está que también para mí, un obscurantista o un loco de atar. ¿Acaso no es verdad? Pero lo que es aún más sorprendente, es que todos esos estadistas, esos sabios y amantes de la humanidad, cuando se ponen a hacer el recuento de las ventajas humanas, siempre omiten una. Incluso no la tienen en cuenta en el sentido que debieran tenerla, y de ello depende todo el cálculo. No costaría gran cosa coger esa tal ventaja e introducirla en su correspondiente lista. Pero el problema reside en que esa sabia ventaja no encaja en ninguna clasificación, ni tiene cabida en lista alguna. Pongamos, por ejemplo, el hecho de tener un amigo…

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Pero todo esto no es más que un sueño dorado. ¡Oh, dirán ustedes! ¿Quién fue el primero que dijo, el primero que proclamó que el hombre hace marranadas sólo porque ignora sus verdaderos intereses y que si se le instruyera debidamente, si se le abrieran los ojos para ver aquello en que consisten sus verdaderos y auténticos intereses, al instante dejaría de hacer marranadas y se volvería bueno y noble, porque siendo instruido y comprendiendo verdaderamente dónde están las ventajas, encontraría su propia ventaja en la bondad, pues como es bien sabido para todos, nadie obra a conciencia en contra de sus propios intereses, y en consecuencia, también él, se vería necesariamente obligado a hacer el bien? ¡Oh, ingenua y pura criatura! ¿Cuándo, durante estos últimos milenios, ha actuado el hombre movido únicamente por su propio interés? ¿Qué hacer con los millones de datos que testifican que la gente con conocimiento de causa, es decir, aquellos que comprendieron perfectamente en qué consistían sus verdaderos intereses, los hayan dejado en segundo plano y se hayan precipitado por otro camino en pos del riesgo y del azar, sin que nada ni nadie les obligara a ello, como si únicamente les moviera el deseo de esquivar el camino señalado y probar terca y voluntariamente otro, más difícil y disparatado que tenían que buscar casi entre las tinieblas? Será, que en efecto preferían esa terquedad y esa voluntariedad frente a la ventaja… ¡Ventaja! Pero ¿qué es la ventaja? ¿Se atreverían a arriesgarse a definir en qué consiste exactamente la ventaja para el hombre? ¿Qué ocurriría si se diera el caso de que alguna vez la ventaja para el hombre no sólo pudiera, sino que debiera consistir en desear para uno mismo no ya algo ventajoso, sino algo que incluso fuera malo? Y si fuera así, y se diera un solo caso de esas características, entonces la regla entera se iría al garete. ¿Creen que existen casos así?

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
De lo contrario, déjate llevar por tu impulso ciegamente, es decir, sin razonar y sin buscar una causa primaria; ahuyentando la conciencia, aunque sólo durante ese instante; intenta odiar o amar, con tal de no estarte con los brazos cruzados y sin hacer nada. Pasados dos días como máximo, comenzarás a despreciarte a ti mismo por haberte engañado. Y el resultado será una pompa de jabón y la inercia. ¡Oh, señores, puede que me considere una persona inteligente sólo por aquello de que durante toda mi vida nunca pude comenzar ni acabar nada! Bueno sí, soy un charlatán, un charlatán inofensivo y sensible, como lo somos todos. ¡Pero qué se le va a hacer, si la única finalidad de cualquier hombre inteligente consiste en la charlatanería, o sea en el premeditado hablar por hablar!

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Me parecía mentira que esto les pudiera estar sucediendo a otras personas, y por ello lo mantuve como un secreto durante toda mi vida. Me avergonzaba de ello (hasta puede que incluso también ahora me avergüence); llegaba hasta el extremo de experimentar una satisfacción secreta, anormal y ruin, cuando durante alguna repugnante noche petersburguesa, de regreso a mi rincón, tomaba intensa conciencia de que también aquel día había realizado yo otra villanía, y que lo hecho ya no podía volverse atrás ni tampoco deshacerse; y así, a solas y en secreto, me reconcomía y me roía internamente; me roía por ello a dentelladas, torturándome y chupándome hasta que finalmente el sabor amargo terminaba por tornarse en un vergonzoso y maldito placer, y después, definitivamente en todo un deleite. ¡Sí, en un deleite, un deleite! Insisto en ello. Por eso saqué el tema, porque a pesar de todo, deseaba saber si también había gente que experimentaba ese tipo de placer.Les explicaré: el placer procedía aquí exactamente del exceso de conciencia de mi propia humillación; de sentir que había llegado hasta el último extremo; que aunque resultara repugnante, no podía ser de otro modo; que no tenía salida y que nunca podría convertirme en otro hombre; que incluso, quedando tiempo y fe suficientes para convertirme en alguna otra cosa, ni yo mismo, probablemente, deseara ya cambiar; y si lo hubiera deseado, tampoco con eso conseguiría nada, pues puede que en realidad, ya no pudiera convertirme en ninguna otra cosa.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
Dicen que el clima petersburgués me sienta mal y que con mis insignificantes medios resulta muy caro vivir en Petersburgo. Lo sé perfectamente, lo sé mejor que todos esos experimentados y sabios consejeros y amonestadores. ¡Pero me quedaré en Petersburgo y no me marcharé de Petersburgo! Y no me marcharé porque —¡bah!, da lo mismo si me quedo o si me marcho—.
A propósito: ¿de qué puede hablar un hombre decente?
La respuesta: de sí mismo.
Eso haré yo; hablaré de mí.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski

lunes, 11 de enero de 2021

¡Oh, Natasha! —Se puso de pie, la levantó del asiento y la estrechó con fuerza, con mucha fuerza contra su corazón—. ¡Aquí está de nuevo, junto a mi corazón! —exclamó—. ¡Gracias te doy, Dios mío, por todos tus dones, por tu ira y por tu compasión! ¡Y por tu sol, que acaba de brillar sobre nosotros, después de la tormenta! ¡Por todo este minuto te doy las gracias! ¡Oh! ¡Aunque hayamos sido humillados, aunque hayamos sido ofendidos, otra vez estamos juntos, y ya pueden volver a triunfar los soberbios, los altivos que nos han humillado y nos han ofendido! ¡Que nos arrojen piedras! No tengas miedo, Natasha… Iremos de la mano, y yo les diré: «¡Ésta es mi querida, mi amada hija, mi hija inocente a la que he ofendido y he humillado, pero a la que amo y bendigo por los siglos de los siglos!».
—¡Vania! ¡Vania! —dijo Natasha con voz débil, liberando una mano del abrazo de su padre y tendiéndola hacia mí.
¡Ah! ¡Jamás olvidaré que en ese momento se acordó de mí y me llamó!
—¿Dónde está Nellie? —preguntó el viejo, mirando a su alrededor.
—¡Ay! ¿Dónde se habrá metido? —exclamó la anciana—. ¡Mi tesoro! ¡Nos habíamos olvidado de ella!
Pero no estaba en la habitación; sin que nos diéramos cuenta, se había ido al dormitorio. Todos fuimos para allá. Nellie estaba escondida en un rincón, detrás de una puerta, asustada.
—¿Qué te pasa, Nellie, hija mía? —exclamó el anciano, deseoso de abrazarla. Pero ella estuvo mucho tiempo sin apartar la mirada de él…
—¿Mamá? ¿Y mamá? —dijo como en un trance—. ¿Dónde está mi mamá? —volvió a preguntar, tendiéndonos las manos temblorosas, y de pronto un grito pavoroso, un grito aterrador se escapó de su pecho; su rostro se contrajo espasmódicamente y cayó desplomada, víctima de un ataque espantoso…

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

domingo, 10 de enero de 2021

Mortalmente abatido, regresé a casa, bastante tarde ya. Tendría que haber ido esa tarde a casa de Natasha; ella misma me había escrito, pidiéndome que fuera, por la mañana. Pero no había probado bocado en todo el día; estaba muy alterado, pensando en Nellie. «¿Qué es lo que le pasa? —pensaba yo—. ¿No será alguna extraña consecuencia de su enfermedad? ¿No se habrá vuelto loca o estará a punto de perder el juicio? Pero ¿dónde se habrá metido, Dios mío? ¿Adónde podría ir a buscarla?»
En ese preciso instante, vi de pronto a Nellie a tan sólo unos pasos de distancia, en el puente V. Estaba al pie de una farola y no me había visto. Quise echar a correr hacia ella, pero me detuve. «¿Qué estará haciendo aquí?», me pregunté perplejo y, convencido de que ya no la iba a perder de vista, decidí quedarme a la espera, vigilándola. Transcurrieron unos diez minutos, y ella seguía allí parada, pendiente de los transeúntes. Por fin pasó un hombre mayor, bien vestido, y Nellie se le acercó: el hombre, sin detenerse, sacó algo del bolsillo y se lo dio. Ella se inclinó agradecida. No tengo palabras para expresar lo que sentí en aquel momento. Sentí un dolor atroz en mi interior, como si algo precioso para mí, algo que había querido, cuidado y mimado, hubiera sido denigrado y escupido delante de mi vista en aquel preciso instante. De inmediato, mis ojos se llenaron de lágrimas.
Sí, vertía mis lágrimas por la pobre Nellie, aunque sentía al mismo tiempo una profunda indignación: no pedía limosna por necesidad; nadie la había desterrado de su lado, nadie la había abandonado a su suerte; no huía de unos crueles opresores, sino de gente amiga que la quería y se ocupaba de ella. Era como si deseara sorprender o alarmar a alguien con sus hazañas, o como si estuviera jactándose de algo. Pero algo oculto había madurado en su alma… Sí, mi viejo amigo tenía razón; había sido maltratada, su herida no acababa de cicatrizar y parecía dispuesta a enconar deliberadamente su daño con aquel comportamiento enigmático, con aquella actitud recelosa; se diría que se recreaba en el dolor, en el egoísmo del sufrimiento, si se me permite la expresión. Yo podía llegar a entender aquel enconamiento del dolor, aquel regodeo: era el deleite de tantos humillados y ofendidos, de tanta gente que había sido aplastada por el destino y había sentido en carne propia su iniquidad. Pero ¿de qué podía quejarse Nellie? ¿Qué clase de injusticia habíamos cometido con ella? Era como si quisiera sorprendernos y asustarnos con sus caprichos y sus chiquilladas, como si estuviera exhibiéndose delante de nosotros… Pero ¡tampoco! En aquellos momentos estaba sola, ninguno de nosotros la estaba mirando mientras pedía limosna. ¿Sería posible que lo hiciera exclusivamente por su propio placer? ¿Para qué necesitaba la caridad? ¿Para qué quería el dinero?

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
En seguida di alcance al anciano.
—Esa pobre niña ha sufrido mucho; hazme caso, Iván: bastante tiene ya con lo suyo, para que venga yo a hablarle de mis penas —dijo con una sonrisa amarga—. He enconado su herida. Dicen que un saciado no comprende a un hambriento; pero yo, Vania, añadiría que un hambriento no siempre comprende a otro hambriento. Bueno, ¡adiós!
Tenía intención de comentarle otro asunto, pero el anciano me disuadió con un gesto.
—No necesito más consuelos; más te vale estar atento, porque esa niña puede escapársete en cualquier momento; esa sensación da —añadió irritado y se alejó a buen paso, haciendo molinetes con el bastón y dando golpes en la acera.
No contaba él con que iba a resultar profético.

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

sábado, 9 de enero de 2021

—Sí, prefiero estar en la calle pidiendo limosna, aquí no me pienso quedar —proclamaba entre sollozos—. También mi madre tuvo que mendigar y, al morir, me decía: «Cuando se es pobre, más vale pedir que…». No es ninguna vergüenza tener que pedir: yo no le pido sólo a una persona, sino que le pido a todo el mundo; pedir a una sola persona sí es una vergüenza, pero pedir a todas no; eso es lo que me dijo una mendiga. Soy pequeña, no tengo otra forma de ganarme la vida. Así que le pido limosna a todo el mundo. Pero aquí no quiero estar, no quiero, no quiero, soy mala, soy peor que nadie… ¡Para que vean lo mala que soy! —De pronto Nellie agarró inesperadamente una taza de la mesa y la estampó contra el suelo—. Ahora está rota —afirmó, mirándome con aire triunfal y desafiante—. Sólo había dos tazas —añadió—; voy a romper también la otra… Y entonces ¿cómo piensa tomar el té?

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
—Yo tenía una hija, la quería más que a mí mismo —concluyó el viejo—, pero ahora ya no está conmigo. Ha muerto. ¿Querrías ocupar su lugar en mi hogar y… en mi corazón?
Y en sus ojos, secos e inflamados por la fiebre, brilló una lágrima.
—No, no quiero —respondió Nellie sin levantar la cabeza.
—Pero ¿por qué no, mi niña? Tú no tienes a nadie en el mundo. Iván no puede tenerte aquí eternamente, y conmigo estarías como en tu propia casa.
—No quiero, porque es usted malo. Sí, malo, malo —insistió; entonces alzó la cabeza, se incorporó y miró de frente al anciano—. Yo también soy mala, peor que nadie, pero ¡usted es aún peor! —Al decir esto, Nellie se puso pálida, los ojos le brillaron; hasta los labios temblorosos palidecieron y se le contrajeron, movidos por un intenso sentimiento. El viejo la miró perpleja—. Sí, es usted peor que yo, porque no quiere perdonar a su hija; pretende usted olvidarla para siempre y para eso quiere llevar a su casa a otra niña. Pero ¿cómo se puede olvidar a una hija? ¿Cómo me va a querer a mí? En cuanto me mire, se acordará de que yo soy una extraña y de que usted tenía una hija, a la que ha decidido olvidar porque es usted un hombre cruel. Y yo no quiero vivir con un hombre cruel, ¡no quiero, no quiero! —Nellie dejó escapar un sollozo y me miró fugazmente—. Pasado mañana es domingo de Resurrección, todo el mundo se besa y se abraza, todo el mundo se desea la paz, todas las culpas se perdonan… Lo sé… Pero usted… sólo usted… ¡Bah! ¡Cruel! ¡Aléjese de mí!

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
¡Ja, ja, ja! ¡Hay que ver con qué cara de desprecio me está mirando!
—Tiene usted razón —contesté.
—Bueno, admitamos que usted también tenga razón; en todo caso, siempre será mejor un poco de suciedad que el ácido prúsico. ¿No le parece?
—No, el ácido prúsico es preferible.
—Le he pedido su opinión para poder así disfrutar de su respuesta, aunque ya la conocía de antemano. No, amigo mío: si de verdad ama usted al género humano, deséeles a todas las personas inteligentes un gusto como el mío, aunque sea algo sucio; si no, la gente inteligente no tendrá nada que hacer en este mundo y sólo quedarán los simples. Menuda suerte para ellos. Existe un dicho al respecto: todos los tontos tienen suerte. No sé si sabe que no hay nada más agradable que vivir rodeado de tontos y darles coba: ¡es algo muy rentable! No me mire usted así por respetar los prejuicios, atenerme a ciertas normas o afanarme por alcanzar notoriedad; ya sé que vivo en una sociedad estéril; pero, por ahora, estoy a gusto en ella, y yo le doy mi apoyo y demuestro que soy su más firme defensor, si bien, llegado el caso, también seré el primero en abandonarla. Estoy al corriente de todas esas ideas modernas, aunque nunca me he preocupado por ellas, ni tenía por qué. No sé lo que son los remordimientos de conciencia. Estoy de acuerdo con todo siempre que me vaya bien; somos legión los que pensamos así, y lo cierto es que nos va de maravilla. Todo es perecedero en este mundo, pero nosotros jamás pereceremos. Existimos desde la noche de los tiempos. Ya puede hundirse el mundo entero, que nosotros saldremos a flote. Fíjese en una cosa, por cierto: las personas como yo estamos llenas de vida. Tenemos una vitalidad admirable, extraordinaria; ¿no le había llamado nunca la atención? Así que hasta la naturaleza nos protege, ¡je, je, je! Yo quiero vivir, a toda costa, hasta los noventa años. No me gusta nada la muerte, y le tengo miedo. ¡Sólo el diablo sabe cómo me tocará morir! Pero ¡no hablemos de esto! Ha sido ese filósofo suicida el que me ha sacado de mis casillas. ¡Al cuerno la filosofía! Buvons, mon cher! Íbamos a hablar de las lindas muchachitas… ¿Adónde va usted?
—Me voy, ya va siendo hora; también para usted…

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

viernes, 8 de enero de 2021

—A mí me parece que, si dos personas quieren reconciliarse, entonces…
—¿Cree usted que es tan fácil?
—Sí.
—No; en ocasiones puede ser muy difícil, especialmente…
—Especialmente cuando entran otros factores en juego. En eso estoy de acuerdo con usted, príncipe. Tiene usted que resolver la cuestión de Natalia Nikoláievna y de su hijo en todos aquellos aspectos que dependen de usted, y tiene que resolverla de un modo plenamente satisfactorio para los Ijménev. Sólo entonces podrán abordar ustedes la cuestión del proceso con toda franqueza. Pero ahora, cuando todo está por resolver, sólo tiene un camino: debe reconocer que su demanda era injusta; reconocerlo abiertamente y, si fuera preciso, también públicamente. Ésa es mi opinión. Se lo digo claramente, ya que usted me ha pedido mi opinión, y no creo que quiera que le engañe. En vista de lo cual, me atrevo a preguntarle: ¿por qué se toma la molestia de devolverle ese dinero a Ijménev? Si está usted convencido de que le asiste la razón, ¿por qué tiene que dárselo? Disculpe mi curiosidad, pero eso está estrechamente relacionado con otras circunstancias…
—¿Y usted qué piensa? —preguntó de repente, como si no hubiera escuchado mi pregunta—. ¿Está usted convencido de que el viejo Ijménev rechazaría los diez mil si le entregara el dinero sin más explicaciones y… y… sin tantos miramientos?
—¡Pues claro que los rechazaría!
Era tal mi indignación que me puse colorado y empecé a temblar. Aquella pregunta, de un escepticismo tan descarado, me produjo la misma sensación que si el príncipe me hubiera escupido a la cara. Mi indignación se vio agravada por la forma grosera, típicamente aristocrática, con la que él, sin contestar a mi pregunta, haciendo como si no la hubiera oído, la interrumpió con otra, dándome tal vez a entender que me había propasado al atreverme a hacerle semejantes preguntas. Detestaba esas tretas aristocráticas, y en el pasado había intentado por todos los medios que Aliosha renunciara a ellas.

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

jueves, 7 de enero de 2021

—¿Sabes una cosa? Está deseando marcharse —me susurró Natasha apresuradamente, una vez que Aliosha salió un momento a decirle algo a Mavra—, pero no se atreve. Yo tampoco me atrevo a sugerirle que se vaya, porque en ese caso podría quedarse a la fuerza, y si hay algo que me da miedo es que se aburra y que, por esa razón, el amor que aún siente por mí acabe por enfriarse del todo. ¿Qué puedo hacer?
—¡Dios mío, cómo os complicáis la vida! ¡Qué suspicaces sois, cómo os vigiláis el uno al otro! Basta con que os deis las explicaciones pertinentes y asunto concluido. De lo contrario, es probable que esta situación acabe, en efecto, por aburrirle.
—Pero ¿qué hago? —exclamó asustada.
—Deja, ya me encargo yo… —Y fui a la cocina con el pretexto de pedirle a Mavra que limpiara uno de mis chanclos, que se había manchado de barro.
—¡Ten cuidado, Vania! —gritó Natasha a mis espaldas.
En cuanto entré a ver a Mavra, Aliosha vino hacia mí como si me estuviera esperando:
—Iván Petróvich, querido amigo, ¿qué cree usted que debo hacer? Aconséjeme: ayer di mi palabra de que hoy iría, precisamente a esta hora, a casa de Katia. ¡No puedo faltar! Amo a Natasha con locura, estoy dispuesto a dar la vida por ella, pero comprenderá usted que abandonar todo aquello definitivamente es imposible…
—Muy bien, pues vaya usted…
—¿Y qué va a pasar con Natasha? Voy a darle un disgusto, Iván Petróvich; tiene usted que ayudarme de algún modo…
—A mi juicio, lo mejor es que se marche usted. Usted sabe de sobra cómo le quiere Natasha; si se queda, le dará la impresión de que se aburre usted con ella y de que está aquí contra su voluntad. Es preferible actuar con toda libertad. Vamos, yo le ayudaré.
—¡Mi querido Iván Petróvich! ¡Qué bueno es usted!

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski