martes, 7 de julio de 2015

Desde el momento en que se le pedía a uno que entrase en este siglo brutal, podía suceder cualquier cosa. Por todas partes acechaban trampas como Abelman, los insípidos Cruzados por la Dignidad Mora, el cretino de Mancuso, Dorian Greene, periodistas, bailarinas de striptease, pájaros, fotografías, delincuentes juveniles, pornógrafas nazis. Y, especialmente, Myrna Minkoff. Los productos de consumo. Y, sobre todo, Myrna Minkoff. Había que darle su merecido a aquella mozuela almizcleña. Fuese como fuese. Algún día. Tenía que pagar. Pasase lo que pasase, debía darle su merecido, aunque la venganza tardase años en llegar y tuviera que acecharla durante décadas, de café en café, de una orgía de canciones folk a otra, de metro a piso, de algodonal a manifestación. Ignatius lanzó una complicada maldición isabelina sobre Myrna y, dándose la vuelta, abusó frenéticamente del guante una vez más.

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En Levy Pants se ha preservado para la posteridad la cárcel-fábrica de inicios de la era industrial. Si la Smithsonian Institution, ese sobre sorpresa de los desechos de nuestra nación, pudiera, de algún modo, empaquetar herméticamente esta fábrica y transportarla a la capital de los Estados Unidos de Norteamérica, con todos sus obreros inmovilizados en actitud de trabajo, los visitantes que acudieran a ese discutible museo defecarían sin duda en sus chillones atuendos turísticos. Es una escena que combina lo peor de La cabaña del tío Tom y de Metrópolis, de Fritz Lang. Es la esclavitud de los negros mecanizada; ejemplifica el progreso que ha hecho pasar al negro de recoger algodón a cortarlo y coserlo. (Si estuviesen aún en la etapa recolectora de su evolución, al menos estarían en un entorno campestre saludable cantando y comiendo sandías, como se supone que hacen, según creo, cuando están en grupos al fresco). Sentí que se sublevaban mis profundas y enérgicas convicciones respecto a la injusticia social. Mi válvula tuvo una violenta reacción.

La conjura de los necios - John Kennedy Toole

viernes, 3 de julio de 2015

Siempre tenían tiempo libre para ocuparse de la vida y milagros de los demás. Creían que debían unirse para ayudar al prójimo, como en aquella ocasión en que se unieron para decirle a una mujer que le había prestado su coche a un negro que el mejor sitio para ella era el Norte, con todos los demás amantes de los negros, o aquella otra vez, cuando echaron a los veteranos con esposas extranjeras. Si uno era distinto de los demás, tenía que marcharse del pueblo. Por esta razón todo el mundo se parecía tanto, en la manera de hablar y actuar, en sus gustos y sus odios. Si alguien detestaba algo, y era una persona como tenía que ser, todo el mundo debía detestar lo mismo. Si no lo hacías así, la gente te odiaba. En la escuela nos decían que debíamos pensar por nuestra cuenta, pero eso era imposible en el pueblo. Tenías que pensar como tu padre había pensado durante toda su vida, y eso era lo que todo el mundo pensaba.

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Cuando pasaran unos años, nadie podría creer que por aquella extensión de arcilla alguien casi abandonó su casa, golpeó a su mujer en la mandíbula y asustó a su hijo. Pero, aparte de mí, ésa era la única cosa que papá hizo mientras vivió y que uno pudiera ver ahora. Pensé en aquella carta en la que decía que iba a llevarme a ver la playa y las olas cuando volviera a casa, y la pequeña parcela desbrozada por papá se hizo completamente borrosa y supe que estaba llorando

La biblia de neón - John Kennedy Toole