viernes, 29 de julio de 2022

—El señor Von Pasenow nos ha hablado mucho de usted y de sus grandes viajes.
—¿Sí? A mí me habló mucho de su gran belleza. Elisabeth no contestó.
—¿No le gusta?
—No me gusta que se hable de esta supuesta belleza.
—Usted es muy bella.
Elisabeth, un tanto insegura, dijo:
—No le suponía de esos que hacen la corte a las mujeres. Es más inteligente de lo que creía, pensó Bertrand, y replicó:
—Yo no dejaría que mis labios pronunciaran esta horrible expresión, ni siquiera en el caso de que quisiera ofender. Pero yo no le hago a usted la corte; usted sabe de sobra lo hermosa que es.
—Entonces, ¿por qué me lo dice?
—Porque no la volveré a ver. Elisabeth le miró sorprendida.
—Naturalmente a usted no le gusta que se hable de su belleza, porque tras el galanteo presiente una petición de mano. Pero si me voy y no la veo nunca más, lógicamente no puedo pedir su mano y tengo derecho a decirle cosas bonitas.
Elisabeth no pudo contener la risa:
—Es espantoso que sólo puedan oírse cosas bonitas en boca de un extraño.
—Por lo menos solo pueden creerse cuando las dice un extraño. En la familiaridad reside de antemano un germen de injusticia e insinceridad.
—De ser cierto esto, sería realmente terrible.
—Claro que es cierto, pero no es ni mucho menos terrible. La familiaridad es la manera más alevosa y en realidad más vil de pretender la mano de una mujer. En lugar de decirle a usted sencillamente que se la desea porque es muy hermosa, se intenta primero deslizarse subrepticiamente en su confianza, para apoderarse en cierto modo de usted casi sin que se dé cuenta.
Elisabeth reflexionó un momento, luego dijo:
—¿Y no se oculta algo brutal tras sus palabras?
—No, puesto que me marcho… El extraño tiene derecho a decir la verdad.
—Tengo miedo a todo lo extraño.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

jueves, 28 de julio de 2022

Todo esto era como un engranaje inevitable, que sin embargo dependía en cierto modo de su propia voluntad y precisamente por eso le parecía inevitable y lógico, más inevitable sin duda que el engranaje del servicio. Pero no pudo seguir el hilo de sus reflexiones, que le habrían revelado quizá algo espantoso, porque acababa de entrar en el pueblo y tuvo que poner atención en los niños que jugaban; justamente pasado el pueblo cruzó entre las dos casitas de los jardineros a izquierda y derecha del portón del parque.
«Me alegro de verle por fin otra vez aquí, señor Von Pasenow», dijo el barón, que lo recibió en el vestíbulo, y cuando Joachim le habló del invitado, a causa del cual había postergado su visita, el barón le reprochó no haber traído consigo a Bertrand. Ni el propio Joachim se lo explicaba; de seguro no hubiera supuesto ningún problema; pero cuando entró Elisabeth, encontró sin embargo más correcto haber venido solo. La encontró muy hermosa, oh, seguro que Bertrand tampoco se habría sustraído al encanto de una belleza así, y que en su presencia no se habría atrevido a emplear aquel tono desenfadado que le era propio. No obstante, a Joachim le hubiera gustado presenciarlo, al igual que se desea por ejemplo oír en la iglesia una palabra irrespetuosa o asistir a una ejecución.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 
«¿Tiene usted también a veces miedo?».
Bertrand quedó sorprendido, pero se sintió conmovido y lleno de simpatía ante esta pregunta tan humana: «¿Yo? ¡Oh, sí, a menudo!». El señor Von Pasenow se acercó interesado: «¿Cuándo tiene usted miedo? ¿Cuando hay silencio?». Bertrand se dio cuenta de que algo no concordaba: «Pero el silencio es a veces maravilloso; precisamente ahora yo me siento dichoso en este silencio del campo». El señor Von Pasenow no estaba de acuerdo y se enojó: «Usted no comprende nada…». Y tras una pausa: «¿Ha tenido usted hijos?». «Que yo sepa no, señor Von Pasenow». «Ya, ya, por eso», el señor Von Pasenow consultó el reloj y miró a lo largo del camino; sacudió la cabeza; «incomprensible», después de nuevo a Bertrand: «¿Cuándo tiene usted miedo en realidad?», pero no esperó la respuesta, sino que miró de nuevo el reloj: «Ya tendría que estar aquí…». Después miró abiertamente a Bertrand: «¿Me escribirá usted alguna vez, cuando esté de viaje?». Bertrand asintió; lo haría con sumo gusto, y el señor Von Pasenow pareció muy satisfecho. «Sí, escríbame, me interesa, me interesan muchas cosas… escríbame también cuando tenga miedo… pero todavía no llega, usted ve, nadie me escribe, ni siquiera los hijos…» Entonces se hizo visible a lo lejos un hombre con una cartera negra: «¡Ahí está!». El señor Von Pasenow puso bastón y piernas en un movimiento rectilíneo y apresurado y, cuando el hombre estuvo al alcance de su voz, le gritó: «¿Dónde te has metido otra vez tanto tiempo? Hoy has ido a correos por última vez… Estás despedido, ¿te enteras?, ¡despedido!». Su rostro se había puesto rojo y agitaba el bastón ante las narices del hombre, mientras éste, evidentemente acostumbrado ya a tales encuentros, se quitaba tranquilamente la cartera del hombro y la tendía a su señor, que inmediatamente se sacó la llave de la chaqueta y la abrió con mano temblorosa. Temblando metió la mano en la cartera, pero, al sacar únicamente un par de periódicos, pareció que iba a repetirse el ataque de ira, ya que puso el producto de su búsqueda bajo la nariz del mensajero sin pronunciar palabra. Pero por lo visto recordó que tenía un invitado a su lado, porque tendió los periódicos a Bertrand: «Mire, véalo por sí mismo», se lamentó y los volvió a meter en la cartera, la cerró, y aclaró al reanudar la marcha: «Este año me tendré que mudar a la ciudad; aquí hay demasiado silencio para mí».

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

miércoles, 27 de julio de 2022

Joachim y Ruzena le parecían dos seres que sólo participaban con una pequeña parte de sí mismos en la época que les había tocado vivir, en la edad que tenían, mientras que la parte mayor estaba en otro sitio, tal vez en otro planeta o en otra época o simplemente en la infancia. A Bertrand le sorprendía que tantos hombres de distintas épocas vivieran juntos al mismo tiempo e incluso tuvieran la misma edad: de ahí la inconsistencia general y la dificultad de comprenderse racionalmente unos a otros; sólo era sorprendente que, no obstante, existiera algo así como una comunidad humana y una comprensión ultratemporal. Probablemente también lo único que podía hacerse con Joachim era acariciarle las manos. ¿Qué debía y podía decirle?

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 
El barón había aprovechado de nuevo la ausencia de sus dos damas o, como decía a veces para orgullo de Elisabeth, de sus dos mujeres, para introducir en la casa diversas mejoras y embellecimientos, que encantaron a Elisabeth y a su madre e hicieron al barón acreedor de toda suerte de elogios y tierno agradecimiento. Podían sentirse orgullosas de los conocimientos artísticos de papá, que no respetaba excesivamente lo antiguo y había agregado toda clase de adornos a la vieja casa señorial, aunque sin limitarse a lo arquitectónico, sino teniendo bien presente que siempre hay en las paredes espacio para un nuevo cuadro, un rincón que puede embellecerse con un pesado jarrón, un aparador que requiere un tapete de terciopelo bordado en oro, y él era el hombre que se ocupaba de esto. Desde su boda el barón y la baronesa se habían convertido en coleccionistas y las continuas mejoras de su hogar fueron la prolongación de su noviazgo, incluso después del nacimiento de la hija. A Elisabeth no se le ocultaba que la pasión de sus padres por celebrar con regalos las diversas festividades del año, por festejar los cumpleaños y prepararse siempre nuevas sorpresas encerraba un significado más profundo y tenía una honda aunque difícilmente inteligible relación con la alegría, casi podría decirse obsesión, de rodearse siempre de nuevos objetos; Elisabeth no sabía que todo coleccionista, en su intento del absoluto nunca alcanzado, nunca alcanzable, pero siempre perseguido de una colección sin fallos, lo sobrepasa y va hasta lo infinito, y que, fundiéndose en su colección, confía en alcanzar su propio absoluto y la revocación de su muerte. Elisabeth no lo sabía, pero rodeada de todos aquellos objetos bellos y muertos, que se amontonaban a su alrededor, rodeada de tantos hermosos cuadros, intuía sin embargo que los cuadros colgaban de las paredes como para reforzar los muros, y le parecía que todas las cosas muertas salvaguardaban algo muy vivo, algo que tal vez encubrían y protegían, algo a lo que ella misma estaba tan unida que a veces pensaba, al ver un cuadro nuevo, que se trataba de un hermano pequeño, de algo que buscaba protección y que los padres protegían, como si de ello dependiera su existencia en común: presentía el miedo que había detrás y que pretendía acallar lo cotidiano, el envejecer, a base de festejos, miedo que necesitaba convencerse continuamente —sorpresa siempre nueva— de que seguían vivos, de que habían nacido, de que estaban definitivamente unidos y su círculo para siempre cerrado.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 
Después bebió varios vasos de vino uno tras otro y declaró que se sentía mejor; llenó el vaso del pastor: «Beba, reverendo, beba. Cuando uno bebe, entra en calor, y cuando uno ve doble, está menos solo». «Aquel que está con Dios nunca está solo, señor Von Pasenow», replicó el pastor, y el señor Von Pasenow consideró esta respuesta como un reproche y una falta de tacto. ¿No había dado él siempre a Dios lo que es de Dios y al César, mejor dicho, al rey, lo que le correspondía?: un hijo está al servicio del rey y no escribe, y al otro se lo ha llevado Dios y alrededor todo está vacío y frío. Sí, al pastor le era fácil hablar con altanería; tenía la casa llena, demasiado llena para su situación y ahora esperaba algo más. En su caso era fácil estar con Dios. Le hubiera gustado decírselo al reverendo, pero no podía enemistarse con él, porque quién le quedaría, si nadie quería saber nada de él, excepto… mas la idea ya casi visible desapareció, se escondió, y el señor Von Pasenow dijo dulce y soñador: «En el establo de las vacas hace calor». La señora Von Pasenow miró asustada a su marido: ¿habría bebido el vino demasiado aprisa? Pero el señor Von Pasenow se había levantado y escuchaba por la ventana; si la lámpara no hubiera alumbrado solamente la mesa, la señora Von Pasenow habría visto una expresión asustada y expectante en su rostro, expresión que desapareció cuando se oyeron los pasos del vigilante sobre la gravilla. El señor Von Pasenow se acercó a la ventana, se inclinó hacia fuera y gritó: «Jürgen». Y cuando el pesado paso de Jürgen se detuvo ante la ventana, el señor Von Pasenow le ordenó que cuidara de los graneros, «hace justamente doce años, en una noche cálida como ésta, se nos quemó el granero grande en la alquería».
Y cuando Jürgen recuerda obediente lo ocurrido y dice «No hay cuidado», todo regresa para la señora Von Pasenow al ámbito de lo habitual y rutinario, de modo que tampoco le llama la atención que el señor Von Pasenow les dé las buenas noches, para escribir todavía una carta que tiene que salir en el correo de la mañana. Ya en la puerta se volvió: «Dígame, reverendo, ¿por qué tenemos hijos? Usted ha de saberlo, tiene mucha práctica». Y se alejó rápido con una risita, pero un poco como un perro que anduviera en tres patas.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

lunes, 25 de julio de 2022

Pero entonces Bertrand golpeó su copa y pronunció un breve brindis, y de nuevo no se sabía si hablaba en serio o en broma o si las pocas copas de champán que había tomado habían sido ya demasiado para él, tan extraordinariamente difícil de entender era su discurso, porque hablaba del ama de casa alemana, que como imitación es encantadora, ya que el juego es la única realidad de esta vida, por eso el arte es siempre más hermoso que el paisaje, un traje de carnaval más atrayente que un auténtico traje, y el hogar de un guerrero alemán no será perfecto hasta que, apartado de lo trivial y unívoco, profanado por un negociante sin tradiciones, no sea santificado de nuevo por la más encantadora de las muchachas bohemias; por esto pide a los presentes que brinden con él a la salud del ama de casa más hermosa. Sí, todo aquello era algo oscuro y reticente y no se sabía si estas alusiones a la imitación y a la copia implicaban de algún modo sus propias ideas sobre el representante, pero como Bertrand, pese a que seguía sonriendo con su peculiar ironía, no había dejado de mirar amistosamente a Ruzena, se sabía que todas sus palabras habían sido un homenaje dirigido a ella y que uno podía descartar oscuras ambigüedades, y la comida terminó alegremente para todos y sin contrariedades.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 
Más tarde llamó a Joachim a la cocina; él creyó primero que sólo quería que la viera con su gran delantal blanco y el cucharón en la mano, y estaba muy predispuesto a acoger con ternura esta imagen casera y cariñosa, pero Ruzena, apoyada en la puerta, lloraba; era casi la misma escena de años atrás: él, un muchacho todavía, había ido a la gran cocina en busca de su madre y allí una de las criadas —tal vez la madre acababa de despedirla— lloraba con tanta amargura que él, de no haberle dado vergüenza, habría llorado con ella. «Ya no me quieres», sollozaba Ruzena aferrada a su cuello, y aunque se besaron con más intensidad que nunca, no se tranquilizaba, «… terminado, lo sé, todo ha terminado…», repetía, «… pero ahora vete, tengo que cocinar». Se secó las lágrimas, sonrió. Pero Joachim se alejó a disgusto, y le incomodaba saber a Bertrand en la habitación; naturalmente el comportamiento de ella era pueril, era pueril creer que todo hubiera terminado a causa de Bertrand, y no obstante se trataba de un certero instinto femenino, puro instinto femenino, no se podía calificar de otro modo, y Joachim sintió oprimírsele el corazón. Pues aunque Bertrand, suficientemente cínico, lo recibió con las palabras «Es encantadora» y despertó en él el orgullo agradecido del rey Kandaule, la amenaza persistía: si él regresaba a Stolpin, entonces Ruzena estaría perdida y entonces todo habría terminado. ¡Si al menos Bertrand lo hubiera prevenido contra la agricultura! ¿O es que quería —tal vez en contra de sus propias convicciones— impulsarlo hacia este oficio sólo para alejarlo de Berlín y conseguir de este modo a Ruzena, a la que, a pesar de todo, consideraba de su legítima propiedad? ¡No podía creerlo!

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 
Y con esa torpeza que invade al ser humano ante un cadáver y ante el silencio de la muerte, en que todo lo real se disgrega y aleja, en que antiguas costumbres se quiebran y desploman, en que el aire se enrarece y se hace irrespirable, era como si nunca más pudiera apartarse del túmulo y sólo con un gran esfuerzo logró recordar que éste era el salón grande y que el féretro ocupaba el lugar del piano y que detrás de la alfombra tenía que haber un trozo de parquet que nunca se había pisado; se dirigió allí lentamente, tocó la pared cubierta con un paño negro, palpó bajo la gruesa tela los marcos de los cuadros y de la Cruz de Hierro, y esta reconquista de un fragmento de realidad transformó la muerte, de modo original y casi fascinante, en una especie de problema de tapicero, dio un aire casi divertido al hecho de que hubieran colocado a Helmuth en aquella habitación, el féretro decorado con toda clase de flores, como un mueble nuevo, unió lo incomprensible de nuevo tan estrechamente a lo comprensible y a la fuerza de la certidumbre que la vivencia de estos minutos —¿o habían sido sólo segundos?— desembocó en un feliz sentimiento de tranquila confianza. El padre apareció en compañía de unos señores y Joachim le oyó repetir varias veces: «Murió por el honor». Pero cuando aquellos señores se hubieron marchado y Joachim creía estar otra vez solo, oyó de nuevo repentinamente: «Murió por el honor», y vio al padre pequeño y sólo junto al féretro. Se sintió obligado a acercársele. «Ven, padre», le dijo, y lo acompañó fuera de la habitación. En la puerta, el padre lo miró abiertamente y dijo, como si quisiera aprendérselo de memoria y deseara que Joachim también lo hiciera: «Murió por el honor».

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

sábado, 23 de julio de 2022

Pero cuando él quiso entrar con ella, Ruzena sacudió la cabeza y él se alejó, pero el dolor de aquella despedida era tan intenso que a los pocos pasos volvió atrás y cogió aquella mano que seguía tendida inmóvil y anhelante, arrastrado por el ansia propia y atraído por la de ella, los dos como en un sueño, como sonámbulos, subieron por la oscura escalera que crujía bajo sus pies, atravesaron la oscura antesala y, en la habitación, ensombrecida por la tarde lluviosa, se dejaron caer desvanecidos sobre la burda colcha que cubría oscuramente el lecho, buscaron de nuevo el beso del que bruscamente les habían arrancado, los rostros húmedos de lluvia o de lágrimas, no lo sabían. Ruzena se separó, condujo su mano a los cierres que cerraban a la espalda su corpiño y su voz cantarina sonó oscura: «Suelta esto», susurró Ruzena, mientras tiraba de su corbata y los botones de su chaqueta. Y en un repentino acto de humildad, ya fuera ante él, fuera por agradecimiento hacia Dios, cayó de rodillas, la cabeza junto al borde de la cama, y le desabrochó los zapatos. Oh, qué espantoso era aquello, por qué no dejarse sumergir simplemente, olvidando la coraza que los ocultaba, y, sin embargo, cuán agradecido le estaba por simplificar tan conmovedoramente la situación: oh, liberación de su sonrisa, al descubrir la cama en que se precipitaron. Todavía molestaban los bordes tiesos y almidonados de la pechera de la camisa, que pinchaban la barbilla de Ruzena, y ella, abriéndola y metiendo el rostro entre los rígidos bordes, ordenó: «Quítate esto», y ya sólo hubo liberación y sensaciones, suavidad del cuerpo, aliento, ahogo en las corrientes del sentir, encanto que surge de la angustia. Oh, angustia de vida, que fluye de la carne viva que recubre los huesos, suavidad de la piel, que tensa se extiende sobre ella, terrible presagio del esqueleto, del tórax enmarcado de costillas que tú puedes rodear con tus brazos y que palpitante se apoya en ti con un corazón que late junto al tuyo. Oh, dulce olor de la piel, perfume húmedo, blandos surcos bajo los senos, oscuridad de las axilas. Pero Joachim estaba todavía demasiado turbado, los dos estaban demasiado turbados para poder concienciar el encanto, sólo sabían que estaban juntos y que, no obstante, debían buscarse. En la oscuridad vio el rostro de Ruzena, pero parecía deslizarse, como si se perdiera entre las oscuras riberas del río de bucles, y lo buscó premiosamente con la mano para cerciorarse de que estaba allí, encontró la frente y los párpados, bajo los cuales descansa duro el globo ocular, encontró la deliciosa redondez de las mejillas y la línea de la boca, abierta al beso. Las olas del deseo se iban sucediendo unas a otras; arrastrado por la corriente, su beso encontró el de ella, y mientras los sauces de las riberas del río crecían y se tendían de una orilla a la otra encerrándolos como una cueva de felicidad, en cuya apacible serenidad descansara el silencio del lago eterno, la voz de Joachim aunque hablaba muy bajo, ahogado y sin respiración, buscando únicamente el aliento de ella, estalló en un grito, en un «te quiero» que la hizo abrirse, como se abre un molusco en el mar, y él se sumergió en ella en un viaje sin retorno.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

viernes, 22 de julio de 2022

Con algo de apuro y un ligero rubor el cuarto de Elisabeth fue expuesto a las miradas masculinas, pero más que esas nubes de blancos encajes que cubrían la cama, las ventanas, el lavabo y el espejo, fue para Joachim vergonzosa y penosa la visión del dormitorio de matrimonio; casi llegó a sospechar que de este modo la baronesa quería obligarle a convertirse en confidente de la casa y cómplice de su vergüenza. Porque allí ante sus ojos, ante los ojos de todos, patente para Elisabeth, a quien él sentía abrumada y violentada por tal conocimiento, cama con cama, a punto para las funciones sexuales de la baronesa, que ahora él veía ante sí, no precisamente desnuda, pero con sus aires de gran dama perdidos y como desgarrada, allí estaba aquel dormitorio, y la habitación se le aparecía de pronto como el centro de la casa, como el altar oculto y sin embargo visible alrededor del cual se había construido todo lo demás. Y también vio de repente con claridad que en todas las casas de aquella larga hilera de villas ante las cuales había pasado, un dormitorio semejante era también el centro, y que las sonatinas y estudios que se escuchaban a través de las abiertas ventanas, tras las cuales el viento primaveral agitaba suavemente los blancos cortinajes, sólo servían para encubrir la verdadera situación. Así pues, cada noche se preparan en todas partes las camas para los señores con las sábanas que hipócritamente se doblan en el cuarto de plancha, y la servidumbre y los niños saben a qué fin se destinan; en todas partes los criados y los niños duermen castamente y desparejados en torno al apareado centro de la casa, honestos y castos, pero al servicio y bajo las órdenes de los impúdicos y desvergonzados. ¿Cómo se había podido atrever la baronesa, al ponderar las ventajas del barrio, a incluir la cercanía de la iglesia en estas alabanzas?
¿No tenía ella que pisar la iglesia en último lugar, o, por así decirlo, descalza? Tal vez Bertrand se refería a esto, cuando habló de la irreligiosidad, y Joachim comprendió que los negros paladines de Dios caerían a sangre y fuego sobre estos desechos humanos, a fin de restablecer la verdadera castidad y el cristianismo verdadero. Miró a Elisabeth y creyó leer en sus ojos que compartía su indignación. Y el hecho de que ella pudiera estar destinada a una profanación similar, y de que él mismo tuviera tal vez que llevar a cabo esta profanación, le enterneció de tal modo que hubiera querido raptarla, sólo para montar guardia ante su puerta y para que ella, sin ser ultrajada ni molestada, soñara eternamente un sueño de encajes blancos.
Acompañado amablemente por las damas hasta la planta baja, se despidió con la promesa de volver pronto. Ya en la calle, adquirió conciencia de la vacuidad de esta visita; pensó en cuánto aterrarían a estas damas las palabras de Bertrand, y deseó incluso que alguna vez pudieran escucharlo.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

¿Por qué no se apunta al menos al servicio de colonias, ya que el Reich nos ha proporcionado esta distracción?». Pasenow y sus compañeros nunca se habían calentado la cabeza con el problema de las colonias; era un asunto reservado a la marina; pero sin embargo se indignó: «¿Distracción?». Bertrand tenía de nuevo aquel gesto irónico en la boca: «Veamos, ¿qué puede sacarse de todo esto? Una pequeña distracción bélica particular y una pequeña fama bélica para los directamente interesados. Con todos los respetos para el doctor Peters naturalmente, y si hubiera llegado antes, yo habría colaborado con él, pero ¿qué se puede sacar de todo esto, salvo romanticismo? Todo es romanticismo… a excepción, claro está, de la actividad misionera de católicos y evangélicos, que llevan a cabo un trabajo razonable y oportuno. Pero todo lo demás… distracción, sólo una distracción». Hablaba de forma tan despectiva, que Pasenow se sintió profundamente enojado, aunque su tono reflejaba sólo mortificación: «¿Por qué nosotros, alemanes, debemos quedarnos atrás respecto a los otros pueblos?». «Voy a decirle algo, Pasenow; en primer lugar, Inglaterra es Inglaterra; en segundo lugar, tampoco Inglaterra ha ganado todavía la partida; en tercer lugar, prefiero de todos modos invertir capitales sobrantes en valores coloniales ingleses que en alemanes, de modo que incluso podría hablarse de un romanticismo económico colonial; y, en cuarto lugar, ya dije antes que siempre es sólo la Iglesia la que tiene un interés sensato y auténtico en la expansión colonial». La mortificada sorpresa de Joachim von Pasenow iba en aumento, así como la sospecha de que el tal Bertrand quería cegarlo con palabras pedantes e impenetrables y arrastrarlo o inducirlo a algo determinado. Todo aquello tenía algo que ver, de un modo u otro, con el cabello nada militar y casi rizado de Bertrand. Hasta cierto punto resultaba teatral. A Joachim se le ocurrió la palabra abismo y abismo infernal; ¿por qué hablaba siempre aquel hombre de la fe y de la Iglesia? Pero antes de que pudiera hallar una respuesta adecuada, Bertrand se había dado cuenta ya de su asombro: «Sí, vea usted, Europa se ha vuelto un punto muy dudoso para la Iglesia. ¡Con África ocurre lo contrario! Cientos de millones de almas como materia prima para la fe. Y puede estar usted seguro de que un negro bautizado es mejor cristiano que veinte europeos. Es más que comprensible que tanto el catolicismo como el protestantismo luchen por hacerse con estos fanatizados; allí está el futuro de la fe, allí están los futuros paladines de la fe, aquellos que un día arremeterán a sangre y a fuego, en nombre de Cristo, contra una Europa hundida en el paganismo y en el lodo, para colocar finalmente un Papa negro en la silla de Pedro, entre las humeantes ruinas de Roma». Esto es el Apocalipsis de san Juan, pensó Pasenow; blasfema. ¿Y qué pretende con las almas de los negros? Ya no existen traficantes de esclavos, aunque una cosa así podría atribuirse muy bien a un hombre dominado por la codicia. Él mismo ha hablado de su demonio interior. Pero tal vez sólo esté bromeando; ya en la escuela no se sabía nunca qué pensaba. «¡Usted bromea! Y en lo que respecta a los turcos y espahíes, ya hemos terminado con ellos». Bertrand no pudo evitar una sonrisa, y su sonrisa era tan amistosa y alentadora que tampoco Joachim pudo hacer otra cosa que sonreír. Se sonrieron pues amistosamente y sus almas se saludaron a través de las ventanas de los ojos un instante, como dos vecinos que no se han saludado nunca y que por casualidad se asoman al mismo tiempo a la ventana, alegres y avergonzados a un tiempo por este saludo inesperado y simultáneo. Disiparon su vergüenza en un convencionalismo, y Bertrand, levantando su copa, dijo: «Mucho ojo, Pasenow», y Pasenow dijo: «Mucho ojo, Bertrand», y los dos tuvieron que sonreír otra vez.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

miércoles, 13 de julio de 2022

Sobre el tema del uniforme Bertrand hubiera podido decir: Primeramente era sólo la Iglesia la que tronaba como juez sobre los hombres, y todo hombre sabía que era un pecador. Ahora el pecador tiene que juzgar a los pecadores, para que todos los valores no caigan en la anarquía, y, en lugar de llorar con él, el hermano tiene que decir al hermano: «Has obrado mal». Y si antes era sólo la indumentaria del clérigo la que se distinguía de las demás como algo extrahumano, si entonces lo civil se traicionaba incluso bajo el uniforme o el traje oficial, más tarde, al perderse la gran intransigencia de la fe, el atuendo terrenal tuvo que ocupar el lugar del celeste, y la sociedad tuvo que dividirse en jerarquías y uniformes terrestres y elevar éstos al absoluto en lugar de la fe. Y, como siempre es romántico elevar lo terrenal a lo absoluto, he aquí que el romanticismo estricto y verdadero de esta época es el romanticismo del uniforme, igual que si existiera una idea ultraterrestre y ultratemporal del uniforme, una idea que no existe y que sin embargo es tan poderosa que arrastra con más fuerza a los hombres que cualquier otra ocupación terrenal, una idea inexistente y sin embargo tan poderosa que convierte el uniformado en un poseso del uniforme, pero nunca en un profesional como lo entienden los civiles, quizá precisamente porque el hombre que lleva el uniforme está imbuido hasta las cejas del convencimiento de que está consumando la forma de vida propia de su tiempo y también con ello la seguridad de su propia vida.
Así hubiera podido hablar Bertrand; pero desde luego, aunque todo hombre que lleva uniforme no sea consciente de esto, es sin embargo cierto que todo aquel que lleva uniforme durante años encuentra en éste un mejor orden de cosas que el hombre que sólo cambia su traje civil de noche por el de día. Desde luego no tiene necesidad alguna de reflexionar sobre estas cosas, porque un auténtico uniforme proporciona al que lo lleva una delimitación muy clara entre su persona y el mundo circundante; es como una rígida funda, en la que mundo y persona chocan viva y claramente entre sí y se distinguen uno de otra; la verdadera misión del uniforme es mostrar y establecer un orden en el mundo y rescatar lo que tiene la vida de fugitivo y efímero, al igual que esconde lo que tiene de blando y fugitivo el cuerpo del hombre, cubre su ropa interior, su piel, y el centinela de guardia tiene que ponerse guantes blancos. De este modo, al hombre que por la mañana se ha abrochado su uniforme hasta el último botón se le da realmente una segunda y más densa piel, como si regresara a su vida más propia y más verdadera. Encerrado en su rígida funda, apresado entre correas y hebillas, empieza a olvidar su propia ropa interior y la inseguridad de la vida, la vida misma se aleja. Cuando ha dado un tirón al borde de la chaqueta del uniforme, para mantenerlo terso y sin arrugas en pecho y espalda, entonces incluso el hijo, al que este hombre sin embargo ama, incluso la mujer, en cuyo abrazo ha engendrado él este hijo, se pierden en una lejanía tan remota y civil que apenas reconoce la boca que ella le ofrece al despedirle, y su hogar se le vuelve extraño, un lugar que no puede visitar cuando va de uniforme. Mientras se dirige al cuartel o al despacho con su uniforme, no se debe a orgullo el hecho de que ignore a los que visten de otro modo; sencillamente, es ya incapaz de comprender que bajo los otros bárbaros atuendos pueda palpitar algo que tenga el menor rasgo en común con lo auténticamente humano, tal como él lo siente en sí. Pero sin embargo el hombre con uniforme no se ha vuelto ciego ni está tampoco lleno de ciegos prejuicios, como con tanta frecuencia se cree; sigue siendo un hombre como tú o como yo, piensa en comer y en acostarse, y lee el periódico durante el desayuno; pero ya no está ligado a las cosas y, como ahora apenas si le importan, puede clasificarlas en buenas y en malas, pues la seguridad de la vida se basa en la intransigencia y en la incomprensión.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

lunes, 11 de julio de 2022

Pero él camina a pasos rápidos y en línea recta, lleva la cabeza alta, como suelen llevarla los hombres bajos, y, como también él se mantiene muy erguido, saca un poco la barriguita, casi podría decirse que la lleva ante él, y que con ella transporta a toda su persona hacia alguna parte, un feo regalo que nadie desea. Sólo que, dado que con una comparación no se aclara todavía nada, estos insultos quedan sin fundamento, y quizá uno se avergüenza de ellos, hasta que descubre el bastón junto a las piernas. El bastón avanza rítmicamente, se eleva casi hasta la altura de las rodillas, se detiene en el suelo con un golpecito seco y vuelve a elevarse, y los pies andan a su lado. Y también éstos se elevan más de lo normal, la punta del pie se adelanta un poco más de lo debido, como si quisiera en su desprecio por los que vienen en dirección contraria mostrarles la suela del zapato, y el tacón se clava en el asfalto con un golpecito seco. Así avanzan piernas y bastón unas junto al otro, y así surge la idea de que ese hombre, si hubiera nacido caballo, se habría convertido en caballo de andadura; pero lo más horrible y desagradable de todo esto es que se trata de un modo de andar sobre tres piernas, un trípode que se ha puesto en movimiento. Y es terrible la idea de que ese andar voluntarioso sobre tres piernas tiene que ser tan falso como esa rectilineidad y ese avanzar impetuoso: ¡dirigido a la nada! Porque nadie que se proponga algo serio anda de este modo, y aunque uno piensa forzosamente durante unos segundos en un usurero que se dirige a las casas de los pobres para el cobro implacable de las deudas, advierte enseguida que esta imagen es demasiado pobre y demasiado terrena, horrorizado al descubrir que así renquea el diablo, un perro, que cojea sobre tres patas, al descubrir que es una forma rectilínea de andar en zigzag… basta;todo esto se le puede ocurrir a uno, si analiza el paso del señor Von Pasenow con amoroso odio. Pero en definitiva puede intentarse lo mismo con la mayoría de los hombres. Siempre se encuentra algo. Y aunque el señor Von Pasenow no llevaba una vida agitada, sino que por el contrario dedicaba mucho tiempo al cumplimiento de obligaciones decorativas y similares, como corresponde a una fortuna sólida y segura, sin embargo —y esto respondía también a su modo de ser— estaba siempre ocupado, y no era propio de él andar vagabundeando.

Pasenow o el romanticismo - Herman Broch 

viernes, 8 de julio de 2022

—Le propongo un pacto: si ayuda usted a mi amiga, ella se lo agradecerá toda su vida y yo le daré un libro de Balzac.
Fue una conmoción para él oír este nombre mientras vendaba una mano mutilada en el hospital del distrito, tan alejado, tan lejos del mundo. Acabó abriendo la boca, tras un instante de desconcierto.
—Ya te he dicho que eras un mentiroso. ¿Cómo es posible que tengas un libro de Balzac?
Sin responder, me quité la chaqueta de piel de cordero, le di la vuelta y le mostré el texto que había copiado en la parte sin pelo; la tinta estaba un poco más pálida que antes, pero seguía siendo legible.
Mientras comenzaba su lectura o, más bien, su examen de experto, sacó un paquete de cigarrillos y me tendió uno. Recorrió el texto fumando.
—Es una traducción de Fu Lei —murmuró—. Reconozco su estilo. Es como tu padre, el pobre, un enemigo del pueblo.
Aquello me hizo llorar. Hubiera querido contenerme, pero no pude. Berreé como un crío. Creo que aquellas lágrimas no eran por la Sastrecilla, ni por mi misión ya cumplida, sino por el traductor de Balzac, a quien yo no conocía. ¿No es ése el mayor homenaje, la mayor gracia que un intelectual puede recibir en este mundo?
La emoción que sentía en aquel instante me sorprendió a mí mismo y, en mi memoria, eclipsa casi los acontecimientos que siguieron a aquel encuentro. Una semana más tarde, un jueves, día fijado por el médico polivalente aficionado a la literatura, la Sastrecilla, disfrazada de mujer de treinta años con una cinta blanca en la frente, cruzó el umbral de la sala de operaciones mientras yo, no habiendo regresado aún el autor de la preñez, permanecía tres horas sentado en un pasillo, atento a todos los sonidos detrás de la puerta: ruidos lejanos, difusos, apagados, el chorro de agua del grifo, el grito desgarrador de una mujer desconocida, las voces inaudibles de las enfermeras, unos pasos precipitados…

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 

jueves, 7 de julio de 2022

Cada vez que pienso en él, recuerdo una anécdota que me contaron: cierto día, los guardias rojos registraron su casa y encontraron un libro oculto bajo la almohada, escrito en una lengua extranjera que nadie conocía. La escena no dejaba de parecerse a la de la pandilla del cojo en torno a El primo Pons. Fue preciso enviar el botín a la Universidad de Pekín para saber, finalmente, que se trataba de una Biblia en latín. Le costó muy caro al pastor pues, desde entonces, estaba obligado a limpiar la calle, siempre la misma, de la mañana a la noche, ocho horas diarias, hiciera el tiempo que hiciese. Acabó así convirtiéndose en un adorno móvil del paisaje.
Ir a consultar al pastor sobre un aborto me parecía una idea descabellada. ¿No estaría perdiendo los papeles por culpa de la Sastrecilla? De pronto, advertí con sorpresa que desde hacía tres días no había visto ni una sola vez la melena plateada del viejo limpiador de calle, con sus gestos mecánicos.
Pregunté a un vendedor de cigarrillos si el pastor había terminado con su tarea.
—No —me dijo—. Está a dos dedos de la muerte, el pobre.
—¿De qué está enfermo?
—Cáncer. Sus dos hijos regresaron de las grandes ciudades donde viven. Lo han ingresado en el hospital del distrito.
Corrí sin saber por qué. En vez de atravesar lentamente la ciudad, me lancé a una carrera que me hizo perder el aliento. Llegado a la cima de la colina donde se levantaba el edificio de las hospitalizaciones, decidí probar suerte y arrancarle un consejo al pastor moribundo.
En el interior, el olor de los medicamentos mezclado con la hediondez de las letrinas comunes, mal limpiadas y con el humo y la grasa, me subió a la nariz y me asfixió. Aquello parecía un campamento de refugiados de guerra: las habitaciones de los enfermos servían también de cocinas. Cacerolas, tablas para cortar, sartenes, verduras, huevos, botellas de salsa de soja, de vinagre, de sal esparcidos anárquicamente por el suelo junto a las camas de los pacientes, entre los orinales y los trípodes de los que colgaban las botellas de transfusión sanguínea. A la hora de comer, algunos pacientes, inclinados sobre humeantes cacerolas, metían dentro sus palillos y se disputaban los fideos; otros salteaban tortillas, que chisporroteaban y chasqueaban en el aceite hirviendo.
Aquel paisaje me desconcertaba. Ignoraba que en el hospital del distrito no hubiese cantina y que los pacientes tuviesen que arreglárselas solos para alimentarse, aunque estuvieran impedidos por sus enfermedades, por no hablar de aquellos cuyos cuerpos estaban quebrantados, deformes, incluso mutilados. Era un espectáculo tumultuoso, sin pies ni cabeza, el que ofrecían aquellos cocineros apayasados, coloreados por los emplastos rojos, verdes o negros, con sus apósitos medio deshechos que flotaban en el vapor sobre el agua hirviendo en las cacerolas.
Encontré al pastor agonizante en una habitación de seis camas. Llevaba un gota a gota, y estaba rodeado de sus dos hijos y sus dos nueras, todos de unos cuarenta años, y una mujer anciana que lloraba mientras le preparaba la comida en un hornillo de petróleo. Me deslicé junto a ella y me agaché.
—¿Es usted su mujer? —le pregunté.
Inclinó la cabeza afirmativamente. Su mano temblaba tanto que cogí los huevos y los casqué por ella.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 

lunes, 4 de julio de 2022

—Si quiere que perfore su caries —dijo Luo recogiendo la gorra y volviéndola a poner en la enmarañada cabeza del jefe—, no veo más solución que atarlo a la cama.
—¿Atarme? —gritó ofendido el jefe—. ¡Olvidas que me han designado para dirigir la comuna!
—Su cuerpo se niega a colaborar y debemos jugarnos el todo por el todo.
Su decisión me sorprendió de verdad. Me he hecho a menudo, me he repetido muchas veces y sigo repitiéndome aún hoy, la misma pregunta: ¿cómo es posible que aquel tirano político y económico, aquel policía de aldea, aceptara una proposición que lo ponía en una posición tan ridícula como humillante? ¿Qué diablos pasó por su cabeza? En aquel momento no tuve mucho tiempo para pensar en la cuestión. Luo lo ató rápidamente y el sastre, viendo que le atribuían la difícil tarea de mantener aquella cabeza entre sus manos, me pidió que lo relevara al pedal.
Me tomé muy en serio mi nueva responsabilidad. Me descalcé, y cuando las plantas de los pies tocaron el pedal, sentí que todo el peso de la misión gravitaba sobre mis músculos.
En cuanto Luo me hizo una señal, mis pies presionaron el pedal para poner la máquina en marcha, viéndose rápidamente arrastrados por el rítmico movimiento del mecanismo. Aceleré como un ciclista que volara por la carretera general; la aguja se agitó, tembló, entró de nuevo en contacto con el escollo solapado y amenazador. Aquello produjo, primero, un chisporroteo en la boca del jefe que se debatía como un loco en una camisa de fuerza. No sólo estaba atado a la cama por una gruesa cuerda, sino también aprisionado entre las férreas manos del viejo sastre que le sujetaba el cuello, lo atenazaba, lo mantenía en una posición digna de una escena de captura cinematográfica. De la comisura de sus labios escapaba espuma; estaba pálido, respiraba penosamente y gemía.
De pronto, como una erupción volcánica, sentí que, sin advertirlo, brotaba de lo más íntimo de mí una pulsión sádica: reduje inmediatamente el movimiento del pedal, en honor de todos los sufrimientos de la reeducación.
Luo me lanzó una mirada cómplice.
Reduje más aún la velocidad, para vengarme esta vez de sus amenazas de inculpación. La aguja giró tan lentamente que parecía una perforadora agotada, a punto de averiarse. ¿A qué velocidad giraba? ¿Una vuelta por segundo? ¿Dos vueltas? ¿Quién sabe? De todos modos, la aguja de acero cromado había perforado la caries. Barrenaba y, de pronto, se detenía en pleno movimiento cuando mis pies hacían una pausa angustiante, al modo, esta vez, de un ciclista que deja de pedalear en una bajada peligrosa. Adoptaba yo un aire tranquilo, inocente. Mis ojos no se reducían a dos rendijas cargadas de odio. Fingía estar verificando la polea o la correa. Luego la aguja volvía a girar, a barrenar lentamente, como si el ciclista trepara, a duras penas, por una abrupta cuesta. La aguja se había transformado en cincel, en colérico buril que excavaba un agujero en la oscura roca prehistórica, haciendo brotar ridículas nubes de polvo de mármol, craso, amarillento y caseoso. Nunca había visto a alguien tan sádico como yo. Se lo aseguro. Un sádico desenfrenado.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 
Durante todo el mes de septiembre, tras el éxito de nuestro robo, fuimos tentados, invadidos, conquistados por el misterio del mundo exterior, sobre todo el de la mujer, el del amor, el del sexo, que los escritores occidentales nos revelaban día tras día, página tras página, libro tras libro. El Cuatrojos no sólo se había marchado sin atreverse a denunciarnos sino que, por fortuna, el jefe de nuestra aldea había ido a la ciudad de Yong Jing para asistir a un congreso de los comunistas del distrito. Aprovechando estas vacaciones del poder político y la discreta anarquía que reinaba momentáneamente en la aldea, nos negamos a ir a trabajar a los campos, algo que a los aldeanos, ex cultivadores de opio reconvertidos en custodios de nuestras almas, les importó un pimiento. Me pasaba así los días, la puerta más herméticamente cerrada que nunca, con las novelas occidentales. Dejaba de lado los Balzac, pasión exclusiva de Luo, y me enamoraba sucesivamente, con la frivolidad y la seriedad de mis diecinueve años, de Flaubert, de Gogol, de Melville e, incluso, de Romain Rolland.
Hablemos de éste. La maleta del Cuatrojos sólo contenía uno de sus libros, el primero de los cuatro volúmenes de Jean-Christophe. Puesto que se trataba de la vida de un músico, y yo mismo era capaz de tocar al violín piezas como Mozart piensa en el presidente Mao, me sentí tentado a hojearlo, al modo de un coqueteo sin consecuencias, tanto más cuanto que había sido traducido por Fu Lei, el traductor de Balzac. Pero en cuanto lo abrí, ya no pude soltarlo. Mis libros preferidos eran, normalmente, las colecciones de cuentos, que narran una historia bien compuesta, con ideas brillantes, a veces divertidas o que te dejan sin aliento, historias que te acompañan toda la vida. Por lo que a las novelas largas se refiere, salvo por algunas excepciones, me mostraba bastante desconfiado. Pero Jean-Christophe, con su empecinado individualismo, sin mezquindad alguna, fue para mí una saludable revelación. Sin él, nunca hubiera conseguido comprender el esplendor y la amplitud del individualismo. Hasta aquel encuentro robado con Jean-Christophe, mi pobre cabeza educada y reeducada ignoraba, sencillamente, que fuera posible luchar en solitario contra el mundo entero. El coqueteo se transformó en un gran amor. Ni siquiera el énfasis excesivo en el que había caído el autor me parecía perjudicial para la belleza de la obra. Me zambullí literalmente en el poderoso río de aquellos centenares de páginas. Era para mí el libro soñado: al acabar de leerlo, ni la maldita vida ni el maldito mundo volvían a ser como antes.
Mi adoración por Jean-Christophe fue tal que, por primera vez en mi vida, quise poseerlo solo, y no ya como un patrimonio común, de Luo y mío.
En una página en blanco, detrás de la cubierta, redacté una dedicatoria según la cual era un regalo para mi futuro vigésimo aniversario, y pedí a Luo que la firmara. Me dijo que se sentía halagado, pues la ocasión era tan rara que se convertía en histórica. Caligrafió su nombre con un solo trazo de pincel suelto, generoso y fogoso, reuniendo los tres caracteres en una hermosa curva que ocupaba casi la mitad de la página. Por mi parte, le dediqué las tres novelas de Balzac, Papá Goriot, Eugenia Grandet y Úrsula Mirouët, como regalo de Año Nuevo, para el que faltaban varios meses aún. Bajo la dedicatoria, dibujé los tres objetos que representaban sendos caracteres chinos que componen mi nombre. Para el primero esbocé un caballo al galope, relinchando, con las suntuosas crines flotando al viento. Para el segundo, una espada larga y puntiaguda, con la empuñadura de hueso finamente labrada, engastada de diamantes. Por lo que al tercero se refiere, dibujé un pequeño cencerro, a cuyo alrededor añadí numerosos trazos en forma de ondas, como si se hubiera movido y sonado para pedir socorro. Estuve tan contento con aquella firma que casi derramé encima algunas gotas de mi sangre, para sacralizarla.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 
—No es posible. La ventana sigue clavada y en la puerta está el candado —le dijo a su madre, volviéndose.
—Creo que, de todos modos, deberías echar una ojeada a la maleta para ver si faltan libros. Tus dos antiguos compañeros me dan miedo. No sé cuántas veces te lo escribí: no debiste tratar con esos tipos, eran demasiado maliciosos para ti, pero no me escuchaste.
Oí que la maleta se abría y la voz del Cuatrojos respondía:
—Me hice amigo de ellos porque pensé que papá y tú teníais problemas de dentadura y que, algún día, tal vez el padre de Luo podría seros útil.
—¿Es cierto?
—Sí, mamá.
—Eres un cielo, hijo mío. —La voz de la madre se hizo sentimental—. Incluso en una situación tan adversa pensaste en nuestras muelas.
—Mamá, lo he comprobado: no ha desaparecido ningún libro.
—Mejor así, era una falsa alarma. Bueno, vámonos.
—Espera, pásame la cola del búfalo, la meteré en la maleta.
Minutos más tarde, mientras ataba la maleta, oí que el Cuatrojos gritaba:
—¡Mierda!
—Ya sabes que no me gustan las palabrotas, hijo mío.
—¡Tengo diarrea! —anunció el Cuatrojos con voz doliente.
—Utiliza el orinal, en la habitación.
Para nuestro alivio, oímos que el Cuatrojos corría hacia el exterior.
—¿Adónde vas? —gritó la madre.
—Al campo de maíz.
—¿Llevas papel?
—No —respondió la voz del hijo alejándose.
—¡Te llevaré el necesario! —gritó la madre.
Qué suerte la nuestra que el futuro poeta tuviera la manía de descargar su vientre al aire libre. Puedo imaginar la escena horrorosa y humillante con la que nos habría mortificado de haber corrido a la habitación, cogido a toda velocidad el cubo higiénico bajo la cama, haberse sentado encima y evacuado la sangre del búfalo ante nuestras narices, con un estruendo tan ensordecedor como la caída de una impetuosa cascada.
En cuanto la madre salió corriendo, oí que Luo murmuraba en la oscuridad:
—¡Venga! ¡Nos largamos!
Al pasar por el comedor, Luo cogió la maleta de libros, y tras una hora de loca carrera por el sendero, cuando decidimos por fin hacer un alto, la abrió. La cola del búfalo, negra, de punta peluda y salpicada de oscuras manchas de sangre, destacaba sobre los montones de libros. Era de excepcional longitud: sin duda era la del búfalo que había roto las gafas del Cuatrojos.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 
Durante la elaboración de nuestro plan, algunos días antes, habíamos decidido que el éxito de nuestra visita ilegal dependía de una cosa: averiguar dónde ocultaba el Cuatrojos su maleta. ¿Cómo podríamos encontrarla? Luo había pasado revista a todos los indicios posibles y considerado todas las soluciones imaginables, y había logrado, gracias a Dios, definir un plan cuya acción debía desarrollarse, imperativamente, durante el banquete de despedida. Era en verdad una ocasión única: aunque muy artera, la poetisa, dada su edad, no había podido escapar a su amor por el orden y no había soportado la idea de buscar una maleta la mañana de la partida. Era preciso que todo estuviera listo de antemano, e impecablemente ordenado.
Nos acercamos a la maleta. Estaba atada con una gruesa cuerda de paja trenzada, anudada en cruz. La liberamos de sus ataduras y la abrimos silenciosamente. En el interior, montones de libros se iluminaron bajo nuestra linterna eléctrica y los grandes escritores occidentales nos recibieron con los brazos abiertos: a su cabeza estaba nuestro viejo amigo Balzac, con cinco o seis novelas, seguido de Victor Hugo, Stendhal, Dumas, Flaubert, Baudelaire, Romain Rolland, Rousseau, Tolstói, Gogol, Dostoievski y algunos ingleses: Dickens, Kipling, Emily Brontë…
¡Qué maravilla! Tenía la sensación de que iba a desvanecerme en las brumas de la embriaguez. Sacaba las novelas de la maleta una a una, las abría, contemplaba los retratos de los autores y se las pasaba a Luo. Al tocarlas con la yema de los dedos, me parecía que mis manos, que se habían vuelto pálidas, estaban en contacto con vidas humanas.
—Esto me recuerda la escena de una película —me dijo Luo—, cuando los bandidos abren una maleta llena de billetes…
—¿Qué sientes? ¿Ganas de llorar de alegría?
—No. Sólo siento odio.
—También yo. Odio a todos los que nos han prohibido estos libros.
La última frase que pronuncié me asustó, como si algún oyente pudiera estar oculto en algún lugar de la estancia. Semejante frase, dicha por descuido, podía costar varios años de cárcel.
—¡Vamos! —dijo Luo cerrando la maleta.
—¡Espera!
—¿Pero qué te pasa?
—Estoy indeciso… Reflexionemos una vez más: el Cuatrojos sin duda sospechará que somos los ladrones de su maleta. Si nos denuncia, estamos jodidos. No olvides que nuestros padres no son como los demás.
—Ya te lo dije, su madre no se lo permitirá. De lo contrario, todo el mundo sabrá que su hijo ocultaba libros prohibidos. Y nunca podrá salir del Fénix del Cielo.
Tras un silencio de algunos segundos, abrí la maleta.
—Si sólo cogemos algunos libros, no lo advertirá.
—Pero quiero leerlos todos —afirmó Luo con determinación.
Cerró la maleta y, poniendo una mano encima, como un cristiano que prestara juramento, me declaró:
—Con estos libros voy a transformar a la Sastrecilla. Ya no será más una simple montañesa.

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sábado, 2 de julio de 2022

Cayó la noche. En el solar vacío de la aldea del Cuatrojos, la humareda ascendió de la hoguera en la que se había instalado una inmensa marmita, sin duda un patrimonio del poblado, que se distinguía fácilmente por su extravagante anchura.
La escena, vista de lejos, tenía un aire pastoral y cálido. La distancia nos impedía ver la carne del búfalo que, troceada, hervía en la gran marmita, pero su olor, picante, tórrido, algo basto, nos hacía la boca agua. Los aldeanos, sobre todo mujeres y niños, se habían reunido alrededor del fuego. Algunos traían patatas, que arrojaban a la marmita; otros, troncos o ramas de árbol para alimentar el fuego. Poco a poco, alrededor del recipiente fueron amontonándose huevos, espigas de maíz y frutas. La madre del Cuatrojos era la indiscutible estrella de la velada. Era hermosa a su manera. El brillo de su tez, puesto de relieve por el verde de su chaqueta de pana, contrastaba de un modo singular con la piel oscura y curtida de los aldeanos. Una flor, un alhelí tal vez, estaba prendida en su pecho. Mostraba su calceta a las mujeres de la aldea, y su labor aún inconclusa suscitaba gritos de admiración.
La brisa nocturna seguía acarreando un aroma apetitoso, cada vez más penetrante. El búfalo sacrificado debía de ser muy y muy viejo, pues la cocción de su carne coriácea requirió más tiempo que la de una vieja águila. Puso a prueba no sólo nuestra paciencia de ladrones sino también la del Cuatrojos, recientemente convertido en bebedor de sangre: lo vimos varias veces, excitado como una pulga, levantando la tapa de la marmita, hundiendo en ella sus palillos, sacando un gran pedazo de carne humeante, olfateándola, acercándola a sus gafas para examinarla y devolviéndola al caldo con decepción.
Agazapado en la oscuridad, tras dos rocas que estaban ante el descampado, escuché que Luo murmuraba a mi oído:
—Amigo, ahí llega el postre de la cena de despedida.
Siguiendo su dedo con la mirada, vi que se acercaban cinco viejas mustias, vistiendo largas túnicas negras que chasqueaban al viento de otoño. Pese a la distancia, distinguí sus rostros, que se asemejaban como si fueran los de unas hermanas y cuyos rasgos parecían tallados en madera. Reconocí enseguida, entre ellas, a las cuatro brujas que habían ido a casa de la Sastrecilla.
Su aparición en el banquete de despedida parecía haber sido organizada por la madre del Cuatrojos. Tras una breve discusión, sacó su cartera y entregó a cada una un billete, ante la mirada brillante de codicia de los aldeanos.
Esta vez, no era sólo una de las brujas la que llevaba un arco y flecha, sino que las cinco iban armadas. Tal vez acompañar la partida de un feliz afortunado exigía más medios guerreros que velar por el alma de un enfermo que sufría paludismo. O tal vez la suma que la Sastrecilla había podido pagar por el ritual era muy inferior a la ofrecida por la poetisa, famosa antaño en aquella provincia de cien millones de almas.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 
Luo se reunió con él en la cocina:
—Suéltanos uno o dos libros y nos largamos.
—¿Qué libros? —oí que preguntaba el Cuatrojos, mientras seguía cortando coles o nabos.
—Los que nos prometiste.
—¿Me estás tomando el pelo, o qué? Me habéis traído unas sandeces lamentables, que sólo pueden crearme problemas. ¿Y tenéis la cara dura de presentármelo como…?
De pronto, calló y se lanzó hacia la alcoba con el cuchillo en la mano. Recogió las hojas esparcidas por la cama, se acercó a la ventana para aprovechar mejor la luz y volvió a leerlas.
—¡Dios mío! Estoy salvado —gritó—. Me bastará con cambiar un poco el texto, añadir unas palabras, suprimir otras… Mi cabeza funciona mejor que la vuestra. ¡Sin duda soy más inteligente!
Y sin pensarlo nos hizo una demostración de su versión adaptada y trucada, con el primer estribillo:
Dime:
¿De qué tienen miedo
los pequeños burgueses?
De la ola bullente
del proletariado.
Dando un fulgurante respingo, me levanté y me arrojé sobre él. Sólo quería arrebatarle las hojas, impulsado por la cólera, pero mi gesto se transformó en un fuerte puñetazo en el rostro, que lo hizo vacilar. La parte posterior de su cabeza golpeó el muro, rebotó, el cuchillo cayó y su nariz comenzó a sangrar. Quise recuperar nuestras hojas, hacerlas pedazos y metérselas en la boca, pero no las soltó.
Como hacía tiempo que no me peleaba, tuve un momento de indecisión y no comprendí lo que ocurría. Le vi abrir la boca de par en par, pero no oí su aullido.
Cuando volví en mí, Luo y yo estábamos sentados junto a un sendero, bajo una roca. Luo señaló mi chaqueta Mao, manchada con la sangre del Cuatrojos.
—Pareces un héroe de película de guerra —me dijo—. Ahora, Balzac se ha terminado para nosotros.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie