martes, 28 de abril de 2020

Había unos cuantos hombres, entre los que Julien reconoció con indecible agrado al joven obispo de Agde, que se había dignado dirigirle la palabra unos meses antes en la ceremonia de Bray-le-Haut. El joven prelado se asustó seguramente de la mirada afectuosísima que clavaba en él la timidez de Julien y no tuvo interés alguno en reconocer al provinciano aquel.
Le pareció a Julien que en los hombres del salón había algo triste y cohibido; en París se habla bajo y no se exageran las cosas menudas.

Rojo y negro - Stendhal
Pocos minutos después, Julien se halló a solas en una espléndida biblioteca; fue un momento delicioso. Para que nadie sorprendiera su emoción, fue a ocultarse en un rincón oscuro; desde allí miraba con arrobo los lomos relucientes de los libros: «Voy a poder leer todo esto —se decía—. Y ¿cómo no iba a encontrarme a gusto aquí? El señor de Rênal habría creído que se deshonraba para siempre con la centésima parte de lo que acaba de hacer por mí el marqués de La Mole. Pero veamos qué copias tengo que hacer.»
Al acabar esa tarea, Julien se atrevió a acercarse a los libros; estuvo a punto de volverse loco de alegría al encontrar una edición de Voltaire. Fue corriendo a abrir la puerta de la biblioteca para que no lo sorprendieran. Se dio luego el gusto de abrir todos y cada uno de los ochenta tomos. Estaban suntuosamente encuadernados, era la obra maestra del mejor operario de Londres. No era menester tanto para que la admiración de Julien llegase al colmo.

Rojo y negro - Stendhal

lunes, 27 de abril de 2020

Julien se quedaba parado, embobado, en pleno patio.
—Ponga una expresión sensata —dijo el padre Pirard—; ¡se le ocurren ideas horribles y luego no es sino un niño! ¿Dónde queda el nil mirari de Horacio? (Entusiasmo, nunca.) Piense que esa muchedumbre de lacayos, cuando lo vea ya afincado aquí, intentará burlarse de usted; verán en usted un igual, pero a quien han colocado injustamente por encima de ellos. Con una apariencia de campechanía, de buenos consejos y de deseos de orientarlo, intentarán que incurra en alguna patanería tremenda.
—¡Que lo intenten! —dijo Julien mordiéndose el labio; y recobró toda la desconfianza.
Los salones por los que cruzaron ambos en la primera planta, antes de llegar al gabinete del marqués, les habrían parecido a mis lectores tan tristes como suntuosos. Si se los dieran tal y como son, se negarían a vivir en ellos; son la patria del bostezo y del razonamiento triste. A Julien lo dejaron aún más arrobado. «¿Puede sentirse alguien desgraciado —pensaba— viviendo en una morada tan espléndida?»

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miércoles, 22 de abril de 2020

—De ninguno, y ahí está mi perdición. Esta es toda mi política: me gustan la música y la pintura; un buen libro es para mí un acontecimiento; voy a cumplir cuarenta y cuatro años. ¿Cuántos me quedan por vivir? ¿Quince, veinte, treinta años como mucho? Bien, pues sostengo que, dentro de treinta años, los ministros serán algo más hábiles pero igual de honrados que los de ahora. La historia de Inglaterra me sirve de espejo de nuestro porvenir. Siempre habrá algún rey que quiera crecer en preeminencia; siempre la ambición de llegar a diputado, la fama y los cientos de miles de francos de ganancia de Mirabeau les quitarán el sueño a los ricos de provincias: lo llamarán ser liberal y amar al pueblo. Siempre el deseo de llegar a senador o a gentilhombre de cámara perseguirá a los ultras. En la nave del Estado, todo el mundo querrá tener a su cargo la maniobra porque se paga bien. ¿No habrá nunca un sitito de nada para el simple pasajero?

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