lunes, 27 de abril de 2020

Julien se quedaba parado, embobado, en pleno patio.
—Ponga una expresión sensata —dijo el padre Pirard—; ¡se le ocurren ideas horribles y luego no es sino un niño! ¿Dónde queda el nil mirari de Horacio? (Entusiasmo, nunca.) Piense que esa muchedumbre de lacayos, cuando lo vea ya afincado aquí, intentará burlarse de usted; verán en usted un igual, pero a quien han colocado injustamente por encima de ellos. Con una apariencia de campechanía, de buenos consejos y de deseos de orientarlo, intentarán que incurra en alguna patanería tremenda.
—¡Que lo intenten! —dijo Julien mordiéndose el labio; y recobró toda la desconfianza.
Los salones por los que cruzaron ambos en la primera planta, antes de llegar al gabinete del marqués, les habrían parecido a mis lectores tan tristes como suntuosos. Si se los dieran tal y como son, se negarían a vivir en ellos; son la patria del bostezo y del razonamiento triste. A Julien lo dejaron aún más arrobado. «¿Puede sentirse alguien desgraciado —pensaba— viviendo en una morada tan espléndida?»

Rojo y negro - Stendhal

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