Ha dicho también Anna Fiodórovna que sólo por pura estupidez no he sabido asegurarme la felicidad que ella me propuso al alcance de la mano, y que no es culpa suya que yo no supiera o no quisiera… pescar un buen marido. ¡Pero quién tuvo la culpa, santo Dios! Dice que el señor Bukoc está en todo su derecho, que verdaderamente no todas las mujeres pueden casarse…, y ¡qué sé yo cuántas sandeces más!
¡Es demasiado cruel tener que escuchar todas esas patrañas, Makar Aleksiéyevich!
No acierto a explicarme lo que me pasa hoy. Todo se me vuelve temblar, llorar y lanzar suspiros. Llevo ya dos horas escribiendo esta carta. Yo estaba ya en la creencia de que esa mujer habría, por lo menos, reconocido sus culpas, la injusticia que cometió conmigo…, ¡y ahora resulta que habla así de mí!
Le ruego, amigo mío, no se apure por mi estado; por Dios, no se disguste usted, mi único buen amigo. Fiodora exagera siempre; yo no estoy enferma. Todo se reduce a que ayer me enfrié un poco en el cementerio de Volkov, cuando fui a oír la misa de réquiem por la pobre mamá. ¿Por qué no vino usted conmigo?… Yo se lo había rogado. ¡Ah pobre madre mía, si tú levantaras la cabeza, si tú supieras lo que han hecho conmigo!
Pobre gente - Fiodor Dostoyevski