Su risa era tranquila; ni siquiera se alteró cuando el dependiente hubo de sostenerle, llamándole por su nombre, como Leonora, al tiempo que le decía:
Tranquilícese, tranquilícese.
Muy bien repuso el joven. Voy a tranquilizarme. Si alguna vez ve a un hombre más tranquilo que yo, me lo dice, y le compraré un aeroplano.
Okey! respondió el otro. Lo que debe hacer es llamar a un taxi e irse a su casa.
¿A mi casa? ¡Pero si vengo de allí! Ahora me voy a la oficina. Ya me siento bien. Sírvame otra copa, sitúeme frente a la puerta y todo irá como sobre ruedas. ¿Me entiende? Me di cuenta, por equivocación, de que había otros dos hombres.
Se detuvo, observando cómo el dependiente le servía la copa de whisky. Al beberla no experimentó sensación alguna; solo la del líquido descendiendo por su garganta, cálido y frío al mismo tiempo. Había cesado de estremecerse y echó a andar, sintiendo sobre él la mañana inmaculada y brillante.
Me encuentro mejor dijo. Me encuentro mejor
¡Mejor! ¡Mejor! añadió, gritando cada vez más, hasta que de nuevo se detuvo para decir con trágica y pasiva clarividencia, al hallarse ante las puertas acristaladas por las que había de pasar: Algo va a ocurrirme. Las cosas han ido demasiado lejos y todo esto ha de terminar de un modo insospechado.
(...)
Mirando hacia atrás pudo aún distinguir la ciudad, o, mejor dicho, su resplandor, no muy lejano, como si se moviese al mismo tiempo que el vehículo, a pesar de la velocidad de este. No podía escapar de ella, simbólica y envolvente, como si no tuviese en cuenta las distancias ni el convencionalismo de las horas. Estaba allí
con su eterno olor a café y a azúcar, con sus húmedos esqueletos metálicos suspendidos sobre la gris superficie de las aguas, perdida por completo toda esperanza de latitudes u horizontes, mientras por las alcantarillas, llenas de agua, se deslizaban las inmundicias y basura
con sus diez mil mañanas inevitables en las que diez mil árboles sacudidos por el viento rozarían los muros de ladrillos chorreando humedad, mientras que diez mil pares de negras como Leonora tratarían de pelearse contra el invencible sol
, el oscuro café, las miríadas de pescados friéndose en aceite
, y un mañana repitiéndose sin cesar, no lleno de esperanza o ilusiones, sino tan solo tratando de existir.
(...)
Atravesaron la puerta, entre una multitud de rostros vueltos hacia arriba. «No son seres humanos pensó. Ni puede considerarse su caso como un adulterio. No es posible imaginárselos amando, como tampoco es posible imaginarse a dos aeroplanos unidos en un rincón oscuro del hangar». Con una mano sostenía al niño, sintiendo sobre el hombro su liviano peso. «Si se hacen un corte, sale de él aceite de engrasar. Y si se los disecase, podría comprobarse que, en vez de huesos, tienen bielas y cojinetes». El restaurante estaba atestado; así es que hubieron de renunciar a tomarse un helado en plato. Con un cono lleno de crema en la mano y una barra de chocolate en el bolsillo atravesaron de nuevo la puerta del campo, en el preciso instante de estallar el cohete
(...)
Sí. Todo irá bien. Y escúcheme: para regresar aquí, es mejor que cojamos el tren de las ocho veinte.
Muy bien dijo Shumann. Oiga. Acerca de aquel dinero
No se preocupe repuso el otro. Estaba intacto.
Depositamos de nuevo un billete de cinco y otro de un dólar en su bolsillo. Si desapareció, la culpa es nuestra por dejarlo allí. Pero no pudimos meterle en su casa porque la puerta se cerró de golpe y no teníamos llave.
Es igual afirmó el reportero. Solo se trata de despreciable dinero y no me importa que no me lo devuelvan.
(...)
El reportero echó a correr, al tiempo que percibía, no el ruido del aparato precipitándose contra el suelo, sino el rumor de la muchedumbre al exhalar una exclamación, unánime, que pareció ser recogida y ampliada por el altavoz. Atravesó velozmente la rotonda y la puerta de entrada, ahora llena de confusión, exhibiendo su tarjeta profesional. Era como si, de repente, todos los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas, con sus victorias y derrotas, sus esperanzas y fracasos, se hubieran borrado de su vida, volando por los aires como las hojas de un periódico, tras haberse detenido unos instantes en su armazón de espantapájaros. Después, sobre las cabezas gesticulantes acumuladas en el campo de aviación y alrededor de la ambulancia, el coche de los bomberos y las motocicletas de la Policía, pudo percibir al aparato completamente invertido sobre el terreno, con el tren de aterrizaje proyectándose al aire, rígido, delicado e inmóvil como las patas de un pájaro muerto.
(...)
Así es que empezó a alejarse lentamente, apoyándose en la pared y tratando de contener el vómito, mientras reflexionaba: «Hace cuatro horas ellos estaban fuera y yo dentro. Y en este instante ocurre precisamente lo contrario». Es como si existiese alguna regla cósmica que regulase la pobreza. Al parecer, resulta imprescindible la presencia de vagabundos en los bancos del parque y en las salas de espera de las estaciones, sin aguardar otra cosa sino que el amanecer los esparza a todos por el ancho mundo gritando y gesticulando como estrellas fugaces que se sumergen de nuevo en la nada. Era preciso hallar un sitio donde refugiarse, aunque estaba ya acostumbrado al temblor y no sentía frío alguno. Existían por allí dos estaciones, pero como nunca estuvo en ellas no pudo recordar cuál era la más cercana. De pronto se detuvo, acordándose del mercado
Tomaría una taza de café. «Café se dijo, café. Cuando me haya bebido una taza ya será de día. Sí, cuando uno se bebe una taza de café, ya es mañana, y no hay que esperar más».
Caminaba ahora muy de prisa, respirando a pleno pulmón, con la boca abierta, como si pretendiera llenar su estómago de aire frío y de oscuridad.
(...)
Puede usted hablar de paternidades inmaculadas. Pero ese niño nació sobre un paracaídas extendido en el suelo, y luego el doctor llamó a Shumann y al paracaidista, y este sacó unos dados y le dijo a la mujer: «¿Quieres que lo hagamos así?», y ella repuso: «Agita el cubilete», y cuando salieron los dados, Shumann sacó el número más alto. Aquella misma tarde fueron en busca del juez de paz, y ella, desde entonces, se llama Shumann, y lo mismo el niño. Me dijeron que no habían sido ellos quienes empezaron a decirle: «¿Quién es tu padre?», sino la mujer misma. Y el chiquillo tiene ya la misma cara que los cuatro. Ella misma se corta el pelo con unas tijeras y juguetea con el muchacho diciéndole: «Ya puedes golpearme fuerte
, más
, más». ¿Qué le parece todo esto?
Se detuvo de nuevo. El editor, apoyado contra el respaldo de su sillón giratorio, emitió un largo y profundo suspiro, mientras el reportero se inclinaba sobre la mesa, como un esqueleto a punto de desintegrarse, con el mismo aire de soñadora furia que debió de adoptar Don Quijote.
Creo que debería escribirlo dijo el editor.
El otro le estuvo contemplando, completamente inmóvil, durante unos segundos.
Debería escribirlo
, debería escribirlo murmuró. Su voz eclipsóse, mientras miraba al editor con aire extático, y este le respondía con una expresión fría y vengativa:
Sí. Váyase a casa y escríbame todo esto.
¡Que me vaya a casa y
! ¡A casa a escribir
! ¡Dios mío! Jefe, ¿cómo es que no nos hemos comprendido hasta ahora?
Sí, sí repuso el editor. Váyase a casa, enciérrese con llave, arroje esta por la ventana y póngase a escribir observó la cara desvaída del reportero, iluminada ahora por una fantasmal claridad verdosa. Y una vez haya terminado, préndale fuego a su habitaciónla faz del joven se fue haciendo lentamente hacia atrás, como una máscara tirada por un cordal. Y luego volvió a quedarse inmóvil, excepto por un ligero movimiento de los labios, como si estuviese probando algo muy sabroso o muy desagradable. Después se irguió poco a poco, como si le costase trabajo encajar uno en otro sus huesos y articulaciones. Sobre el escritorio veíase un paquete de cigarrillos, hacia el que tendió los dedos; pero el editor, con la misma rapidez con que antes había cogido el sombrero, se hizo cargo de la cajetilla, sin perder de vista al joven. Este, recogiendo del suelo su despreciable sombrero, le estuvo contemplando unos momentos con aire ensimismado, como si sacase muchas consecuencias de semejante examen. Óigame dijo el editor con voz paciente, casi amable: Los propietarios de este periódico, o sus editores, o quienquiera que sea el que pague nuestros sueldos, por suerte o por desgracia, no tienen a su disposición Sinclairs Lewis, Hemingway, ni tan siquiera Chejov, principalmente, porque no desean tenerlos, ya que lo que ellos quieren no son piezas literarias, aunque estas sean dignas del premio Nobel, sino noticias.
(...)
Pero no son como nosotros. De tener sangre en las venas, sentido común y cerebro, no se atreverían a efectuar esos virajes ceñidos alrededor de un poste. Hágalos arder, como el de esta noche, y no les oirá gritar siquiera. Hiéralos, y verá que no es sangre lo que tienen en las venas, sino aceite lubricante
Escúcheme: esta mañana entré en el hangar, cuando estaban repasando los aparatos, y pude ver al niño y a un individuo que parece un potro, agachado y con los puños cerrados, mientras que el resto del personal estaba vuelto hacia ellos, con las herramientas en la mano. El niño precipitóse contra aquel hombre, y este le sostuvo en el aire, volviéndole a depositar en el suelo. Yo me acerqué y, poniéndome también en guardia, dije: «¡Vamos, Dempsey! ¿Quieres pelear conmigo ahora?». Pero el chiquillo no hizo gesto alguno, sino que permaneció inmóvil, hasta que aquel sujeto me dijo: «Pregúntele quién es su padre», pero yo entendí «Cómo es su padre», y el otro me aclaró: «No. ¿Quién es su padre?». Así lo hice, y el niño precipitóse hacia mí, golpeándome con los puños con tal fuerza, que, de haber sido un poco mayor, me hubiera derribado. Entonces hizo unas preguntas, y ellos me lo explicaron todo se detuvo, quizá falto de respiración, pero no con esa suavidad propia de una embarcación vacía, sino de repente, como un juguete infantil que deja de funcionar al terminársele la cuerda. Tras su escritorio, aún echado hacia atrás y con las manos crispadas sobre el sillón, el editor le miraba con sorpresa.
(...)
Luego sentóse en una silla, mientras el editor proseguía increpándole. Al hacerlo, dejóse caer con ruido seco, como el que hubiese producido un espantapájaros al desplomarse sobre el suelo, o como si su esqueleto hubiese entrado en contacto directo con la madera del mueble, e inclinóse hacia adelante, sobre el escritorio, con expresión anhelante, no solo como si estuviera al borde de la tumba, sino como si ya contemplara las orillas de la Laguna Estigia y los inmensos espacios en los que nunca ha sonado el timbre de una caja registradora ni el ruido de dinero
, en aquel lugar resplandeciente lleno de aromas de incienso y ámbar, situado en el seno profundo del más completo placer celestial.
Pylon - William Faulkner
miércoles, 20 de febrero de 2019
miércoles, 6 de febrero de 2019
Porque no, porque lo que está allá en el cementerio de la Iglesia de Caledonia fue Crawford Gowrie solo un segundo o dos el sábado pasado y Lucas Beauchamp arrastrará su pigmento a diez mil situaciones que un hombre más prudente evitaría y uno más ágil eludiría diez mil veces después de que lo que fue Lucas Beauchamp durante un segundo o así el sábado pasado esté en el cementerio de su iglesia de Caledonia también porque este condado de Yoknapatawpha que os habría detenido a ti y a Aleck Sander y a la señorita Habersham la noche del domingo pasado tiene razón en realidad, la vida de Lucas el que respire y coma y duerma no tienen importancia lo mismo que no la tienen la tuya y la mía lo importante es su indiscutible derecho a vivirla tranquilo, en paz y seguro y de hecho esta tierra sería mucho más cómoda con muchísimos menos Beauchamp y Steven y Mallison de todos los colores en ella si hubiese algún medio indoloro de eliminar no los torpes cadáveres devoraespacio cosa que puede hacerse sino el recuerdo cosa que es imposible: ese recuerdo inalienable inmortal la conciencia de haber estado vivo una vez que existe siempre aún diez mil años después en diez mil recuerdos de injusticia y sufrimiento, somos demasiados no por el espacio que ocupamos sino porque estamos deseando vender libertad casi a cualquier precio siempre que sea ostentoso en pro de lo que llamamos nuestro que es una licencia constitucional estatutaria para perseguir cada uno su postulado personal de felicidad y satisfacción independientemente de la aflicción y el coste llegando incluso hasta la crucifixión de alguien cuya nariz o pigmento nos desagrade y hasta esto puede resolverse siempre que haya algunos más que crean que una vida humana es valiosa solo porque tiene derecho a seguir respirando sin importar el pigmento que distiendan sus pulmones o la nariz que inhale el aire y estén dispuestos a defender ese derecho a cualquier precio, no hacen falta muchos, bastaron tres el domingo por la noche, e incluso puede bastar uno y con suficientes dispuestos a más que a sentirse agraviados y avergonzados Lucas ya no correrá el riesgo de necesitar sin previo aviso que le salven
(...)
¿Era eso lo que tú querías? dijo su tío. ¿El tabaco? ¿Habría bastado eso? Claro que no. Lo que es un motivo para que Lucas reciba al final su tabaco; insistirán en ello, habrán de hacerlo. Recibirá pagos parciales a cuenta el resto de su vida en este país los quiera o no los quiera y no ya Lucas sino Lucas: Sambo puesto que lo que hace que un hombre se agite insomne de noche en la cama no es tanto haber ofendido a sus semejantes como haber cometido un error; la simple ofensa (si no puede justificarla con lo que llama lógica) puede borrarla destruyendo a la víctima y a los testigos pero el error es suyo y es uno de sus gatos y él siempre prefiere matarlo dulcemente. Así que Lucas tendrá su tabaco. No lo querrá, claro, e intentará rechazarlo. Pero lo tendrá y veremos así invertida aquí precisamente en el condado de Yoknapatawpha la antigua relación oriental entre el salvador y la vida que salvó: Lucas Beauchamp que fue antes esclavo de cualquier blanco a cuyo alcance pudiera estar tiraniza ahora la conciencia blanca de todo el condado. Y ellos (Beat One y Two y Three y Five) también se dieron cuenta de esto así que ¿por qué perder ya el tiempo en mandarle la lata de tabaco de diez centavos si no tendrán más remedio que pasarse haciéndolo el resto de su vida? Así que lo desecharon de momento. No escapaban de él, escapaban de Crawford Gowrie; solo repudiaban no ya por horror sino por unanimidad absoluta un no harás y un no debieras que sin aviso previo alguno se convirtió en no debes. No matarás comprendes nada acusatorio, frío: un precepto moral simple; lo hemos aceptado en el anonimato distante de los antepasados, lo hemos conservado todo este tiempo, acariciado, alimentado, mantenido vivo su sonido y las mismas palabras inalteradas tan usado ya que tiene gastadas todas las esquinas; ya no nos quita el sueño; hemos destilado incluso antídotos propios contra él lo mismo que el ama de casa previsora tiene siempre a mano una solución de mostaza o claras de huevo en la misma estantería que el matarratas
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Imbéciles, ¿es que no veis que llegáis ya demasiado tarde, que tendréis que empezar otra vez por el principio para encontrar un nuevo motivo? Luego volviéndose en el asiento y mirando hacia atrás por la ventanilla trasera un segundo o quizá dos lo vio realmente: no rostros sino un rostro, no una masa ni siquiera un mosaico de ellos sino un Rostro: ni siquiera voraz ni insaciable sino solo en marcha, insensato, vacío de pensamiento e incluso de pasión
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Calma dijo su tío. Han pasado todos. Todos están en el pueblo y aún mirando al viejo que se agachó y limpió torpemente con su mano única la arena coagulada de los ojos y la nariz y la boca y la mano parecía extraña y torpe haciendo aquello, una mano tan conformada tan proclive y presta a la violencia; a los botones de la camisa y la culata y el percutor de la pistola: luego retro cedió la mano y empezó a hurgar en el bolsillo de la cadera pero ya su tío había sacado un pañuelo y lo había extendido aunque ya demasiado tarde pues el viejo se arrodilló y se sacó el faldón de la camisa e inclinándose para acercarlo más limpió con él el rostro muerto luego inclinándose más intentó apartar soplando la arena mojada como si hubiera olvidado que aún lo estaba. Luego se incorporó de nuevo y dijo con aquella voz lisa chillona y penetrante en la que aún no había la menor modulación auténtica:
¿Bien, sheriff?
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»Y en cuanto a Lucas Beauchamp, Sambo, también él es un hombre homogéneo, salvo esa parte suya que está intentando escapar no ya hacia lo mejor de la raza blanca sino hacia lo de segunda fila la música barata vulgar y deshonesta, el mísero dinero rufián sin base hipervalorado, el edificio resplandeciente de la propaganda fundada en la nada castillo de naipes sobre un abismo y toda la algarabía estridente de la actividad política que antes era nuestra industria nacional secundaria y es ahora nuestro pasatiempo nacional más querido todo el espúreo estruendo que producen hombres que fomentan deliberadamente nuestra pasión nacional por lo mediocre y se enriquecen luego con ello; que aceptarán incluso lo mejor siempre que esté envilecido y mancillado antes de que se nos dé a nosotros: que son las únicas gentes de este mundo que se ufanan públicamente de ser de segunda fila, es decir vulgares e ignorantes. No me refiero con eso a Sambo. Me refiero al otro aspecto de él que tiene una homogeneidad mejor que la nuestra y que lo demostró hallando raíces propias en la tierra donde había de desplazar realmente a los blancos para humillarlos: porque él tuvo paciencia aunque no tuviese ya esperanza, capacidad para ver lejos aunque no se viese nada al fondo, no ya la voluntad sino el deseo de resistir porque amaba las pocas cosas viejas y sencillas que no quería quitarle nadie: no un automóvil ni ropas vistosas ni su foto en el periódico sino un poco de música (la suya), un hogar, no su hijo sino cualquier niño, un Dios un cielo del que un hombre puede permitirse un poco a cualquier hora sin tener que esperar a morir, un poco de tierra para que su sudor caiga entre sus propios brotes y plantas verdes. Nosotros (él y nosotros) deberíamos confederamos: intercambiar con él el resto de los privilegios económicos y políticos y culturales a que tiene derecho a cambio de su capacidad para esperar y aguantar y sobrevivir. Luego prevaleceríamos; juntos dominaríamos los Estados Unidos; ofreceríamos un frente no solo impenetrable sino para el que ni siquiera sería una amenaza una masa de gentes que ya no tienen nada en común salvo la frenética codicia de dinero y un miedo básico a un desastre de alcance nacional y que se esconden unos de otros detrás de una palabrería sonora en torno a una bandera»
(...)
No debería haberlo sido nunca. Sin embargo sí lo fue el sábado y probablemente vuelva a serlo, puede que una vez más, puede que dos. Pero luego ya no, se habrá acabado; la vergüenza seguirá presente por supuesto, pero en fin toda la crónica de la inmortalidad del hombre está en el sufrimiento que ha soportado, su lucha hacia las estrellas en los escalones de sus expiaciones. Algún día Lucas Beauchamp podrá pegarle un tiro por la espalda a un blanco con la misma impunidad respecto a la soga del linchamiento o a la gasolina que un blanco; con el tiempo, él votará cuándo y dónde pueda un blanco y enviará a sus hijos a la misma escuela a la que vayan los niños del blanco y viajará en donde viaja el blanco lo mismo que el blanco. Pero no será el martes que viene. Y la gente del Norte cree que puede lograrse no ya el martes que viene sino el lunes por la simple ratificación mediante los votos de un párrafo impreso: ha olvidado que aunque hace ya un cuarto largo de siglo que la libertad de Lucas Beauchamp se convirtió en un artículo de nuestra Constitución y no solo se puso de rodillas al amo de Lucas Beauchamp sino que se le pateó la cara diez años en el polvo para que lo mordiera, solo tres breves generaciones después ellos se enfrentan una vez más con la necesidad de dictar leyes para liberar a Lucas Beauchamp.
(...)
No todos los blancos pueden soportar la esclavitud y al parecer ningún hombre puede soportar la libertad (Lo cual, dicho sea de pasada, esa premisa de que el hombre quiere realmente paz y libertad, es en este momento el problema de nuestras relaciones con Europa, cuyo pueblo no solo no sabe lo que es la paz sino que, salvo los anglosajones, teme activamente la libertad personal y desconfía de ella; estamos esperando sin ninguna esperanza en realidad que nuestra bomba atómica baste para defender una idea tan anticuada como el arca de Noé); con un acuerdo mutuo instantáneo pone su libertad en manos del primer demagogo que aparece: y si no aparece ninguno él mismo la destruye y la aniquila y la hace desaparecer de su vista y su alcance y hasta su recuerdo con la unanimidad frenética de un vecindario que apaga a pisotones la yerba que se incendia.
(...)
las casonas viejas de madera ya casi en ruinas de la lejana fundación de Jefferson se alzaban como la de la señorita Habersham al fondo de jardines y bosquecillos escabrosos y descuidados llenos de árboles viejos y enraizados arbustos aromáticos y floridos cuyos nombres la mayoría de las personas de menos de cincuenta no conocían ya y que aunque viviesen niños en ellas parecían pese a todo hechizadas por los fantasmas de mujeres, viejas aún y solteras y viudas esperando aún setenta y cinco años después a que el lento telégrafo les trajese noticias de batallas en Tennessee y Virginia y Pennsylvania, que no daban ya siquiera de frente a la calle sino que la atisbaban por encima de los modernísimos hombros de las casitas pulcras y nuevecitas de una sola planta proyectadas en Florida y California provistas de sus garajes correspondientes con sus limpias parcelas de yerba recortada y sus monótonos setos de flores, tres y cuatro había ahora, una subdivisión ya de lo que cinco años antes se había considerado algo pequeño para un jardincillo delantero aceptable, donde vivían las prósperas parejas de matrimonios jóvenes dos hijos cada una y (en cuanto podían permitírselo) un automóvil y el carné del club de campo/de los clubs de bridge y de los jóvenes rotarios y de la cámara de comercio y los artilugios eléctricos patentados para cocinar y congelar y limpiar y las sirvientas de color pulcras e inmaculadas con tocas de volantes para manejarlos y hablar por teléfono entre ellas de una casa a otra mientras las señoras, sandalias y pantalones y uñas de los pies pintadas fumaban cigarrillos manchados de carmín con sus bolsas de compra en los supermercados y en las tiendas.
(...)
Así que he de estar allí al pie de aquella escalera sentada con las faldas estiradas o quizá mejor con la espalda apoyada en la balaustrada y un pie en la pared de la cocina de la señora Tubbs mientras ustedes los hombres que no tenían ni un minuto libre ayer para hacerle a ese viejo negro unas cuantas preguntas por lo que tuvo que recurrir en última instancia a un muchacho a un niño
(...)
Señor Hampton dijo la señorita Habersham. Entonces el sheriff la miró. Hasta la oyó esta vez.
¿Aún no ha acabado usted de cortar la carne?
Traiga acá ese cuchillo. Y la cogió del brazo, obligándola a volver a la mesa. ¿Es que no ha trajinado usted bastante esta noche? Dentro de quince minutos habrá amanecido y la gente no empieza un linchamiento en pleno día. Podrían terminarlo de día en caso de poca resistencia o de mala suerte o de retraso. Pero no lo empiezan nunca de día porque entonces tendrían que verse las caras entre ellos. ¿Cuántos pueden comer más de dos huevos?
(...)
a cinco millas del pueblo cruzaría (la señorita Habersham y Aleck Sander ya lo habrían hecho probablemente en la camioneta) la línea topográfica invisible que era la frontera de Beat Four: el mal afamado, el casi fabuloso y desde luego menos de lo que cualquiera de ellos osase pensar ya, pensando que nunca le era difícil a un forastero hacer al mismo tiempo dos cosas que no le gustasen a Beat Four pues a Beat Four no le gustaban ya por adelantado la mayoría de las cosas que hacía la gente del pueblo (y la mayor parte del resto del condado en realidad): pero a su criterio quedaba, al de ellos, un blanco de dieciséis años y un negro de la misma edad y una vieja blanca solterona de setenta, el elegir y hacer al mismo tiempo las dos cosas de toda la inmensa reserva de invención y capacidad del hombre que con mayor violencia repudiaría y vengaría Beat Four: violar la tumba de uno de su progenie para salvar de su venganza a un asesino negro.
(...)
Su tío miró fijamente a Lucas un largo instante. Pero habló ya con voz tranquila y serena.
Lucas dijo ¿ha pensado alguna vez que si hubiese tratado con respeto a los blancos y lo hubiera hecho además sinceramente, quizá no estuviera sentado aquí ahora?
Voy a empezar a hacerlo ahora, sí dijo Lucas. Trataré con mucho respeto a esa gente que va a venir a sacarme a rastras de aquí y a quemarme.
(...)
Era de ladrillo, cuadrada, bien proporcionada, cuatro columnas de ladrillo en vez de bajorrelieve en la fachada y hasta una cornisa de ladrillo bajo los aleros porque era vieja, de una época en que la gente se tomaba su tiempo para construir hasta las cárceles con gracia y con esmero y recordó que su tío le había dicho una vez que no eran los juzgados ni incluso las iglesias sino las cárceles los verdaderos anales de la historia de un condado, de una comunidad, puesto que no ya las iniciales olvidadas y crípticas y las palabras e incluso frases gritos de desafío y acusación garrapateados en las paredes sino que los mismos ladrillos y piedras conservan en sí, no en solución sino en suspensión, intactos sugerentes poderosos e indestructibles, los calvarios vergüenzas y aflicciones con que corazones hace mucho ya polvo ni recordado ni marcado se habían debatido y quizá reventado.
(...)
«¿Ves? dijo su tío. Él no tiene nada contra lo que llama los negros. Si se lo preguntas, probablemente te dirá que le gustan más incluso que algunos blancos que conoce y te lo dirá convencido. Puede que anden siempre robándole unos centavos de aquí y de allá en la tienda y hasta que se lleven quizá cosas (paquetes de chicle o azulete o un plátano o una lata de sardinas o unos cordones para los zapatos o una botella de desrizador) escondidas debajo de la chaqueta y del delantal y él lo sabe; puede incluso que él les dé algunas cosas gratis: huesos y carne que se le estropeen en la caja de hielo y caramelos que estén muy pasados y la grasa de cerdo que se le ponga rancia. Él lo único que quiere es que se porten como negros. Que es exactamente lo que está haciendo Lucas: perdió los estribos y asesinó a un blanco (es probable que el señor Lilley esté convencido de que eso es lo que quieren hacer todos los negros) y ahora los blancos lo agarrarán y lo quemarán, todo normal y en orden y ellos mismos obrando exactamente como él cree que querría Lucas que obrasen: como blancos; ambos observando implícitamente las reglas: el negro actuando como un negro y las gentes blancas actuando como gentes blancas y sin rencores en el fondo por ninguna de las partes (puesto que el señor Lilley no es un Gowrie) cuando la cólera se aplaque; de hecho el señor Lilley puede que fuese uno de los primeros que aportase dinero en metálico para el funeral de Lucas y para el sustento de su viuda y sus hijos si los tuviera. Lo que demuestra una vez más que el hombre que puede causar más aflicción es aquel que se aferra ciegamente a los vicios de sus ancestros».
(...)
podía imaginárselos viéndose de viejos, muy viejos, en un punto de aquel calvario de terminaciones nerviosas inermes inanestesiables que a falta de término mejor llaman los hombres estar vivo en el cual no solo los años transcurridos sino el medio siglo de diferencia entre ellos sería tan indefinible e incalculable como otros tantos granos de arena en una pila de carbón y él diciéndole a Lucas: Yo soy aquel chico que cuando me dio usted la mitad de su comida intentó pagarle con algo que la gente de entonces llamaba setenta centavos de valor monetario y todo lo que se me ocurrió para salvar la cara fue tirarlos al suelo ¿no se acuerda? Y Lucas: ¿Hice eso yo? o viceversa, al revés y Lucas diciéndole: Yo soy aquel hombre que cuando usted tiró las monedas al suelo y no las quiso recoger mandé a dos negros recogerlas y devolvérselas ¿no se acuerda? y él esta vez: ¿Hice eso yo? Porque ya todo había acabado. Había ofrecido la otra mejilla y había sido aceptada. Era ya libre.
(...)
o quizá no hiciese falta nada, el blanco allí súbitamente diciéndole cosas a Lucas, diciéndole: «¿Por qué andas tú tan tieso Edmonds de mierda hijo de puta?» y Lucas masticó la galleta y la tragó y con la caja ya inclinada de nuevo hacia la otra mano volvió muy despacio la cabeza miró un momento al blanco y luego dijo:
No soy Edmonds. Esos son gente nueva. Yo soy de los antiguos. Soy un McCaslin.
Tú sigue por ahí poniéndole esa cara a la gente y acabarás sirviendo de carnada a los cuervos dijo el blanco. Y durante otro instante o por lo menos medio Lucas miró al blanco con un distanciamiento contemplativo y sereno; la caja que sostenía en una mano fue inclinándose despacio hasta que cayó otra galleta en la otra, alzando luego la comisura de los labios chupóse uno de los dientes de arriba muy sonoramente en el silencio brusco mas sin que implicase esto en modo alguno burla o impugnación ni aun desacuerdo, sin que implicase nada en absoluto más bien como abstraído, como podría chuparse un diente (si lo hacía) un hombre que comiera una galleta de jengibre en la más absoluta soledad, y dijo:
Sí, eso ya me lo han dicho. Y veo que los que lo dicen no son siquiera Edmonds tras lo cual el blanco se incorporó de un salto y estirando la mano hacia atrás hacia el mostrador donde había una media docena de balancines de arado agarró uno y lo esgrimió y cuando iba ya a utilizarlo intervino el hijo del dueño de la tienda, un joven animoso que rodeando el mostrador o saltándolo fue y lo sujetó de modo que el balancín se estrelló inofensivo contra la estufa fría. Luego ya lo sujetó también otro hombre.
¡Fuera de aquí, Lucas! dijo el hijo del propietario por encima del hombro. Pero Lucas seguía inmutable, tranquilo del todo, ni burlón siquiera, ni siquiera despectivo, ni siquiera muy alerta, la caja de chillones colores aún en la mano izquierda y la galletita en la derecha, mirando solo cómo el hijo del propietario y el otro sujetaban al blanco que soltaba tacos y espumarajos. «¡Largo de aquí imbécil, majadero!» gritó el hijo del propietario; y solo entonces se puso Lucas en marcha, sin prisa, dando vuelta despacio y yendo hacia la puerta y llevándose la mano derecha a la boca, para que cuando saliera por la puerta pudieran ver la firme presión de su masticación.
(...)
Usted es del pueblo. Mi tío le conoce El abogado Gavin Stevens.
Yo recuerdo también a su mamá dijo ella. La señorita Maggie Dandridge.
Esa era mi abuela dijo él. Mi madre también se apellidaba Stevens y alargó las monedas: y en el mismo instante en que supo que ella las habría cogido supo que solo por ese preciso instante irrevocable llegaría ya siempre demasiado tarde, eternamente más allá del recuerdo, allí con la sangre cálida lenta tan lenta como los minutos mismos hacia el cuello y el rostro, eternamente con la abierta mano tonta y en ella los cuatro vergonzosos fragmentos de acuñada y troquelada escoria, hasta que al fin el hombre hizo algo que cumplió al menos la función de la piedad.
¿Para qué es eso? dijo, sin moverse siquiera, sin inclinar siquiera la cabeza para ver lo que tenía en la palma; por otra eternidad y solo la sangre inmóvil muerta cálida hasta que al fin corrió violenta de modo que al menos pudiera soportar la vergüenza: y vio que la palma giraba no arrojando las monedas sino dejándolas caer desdeñosa y tintinearon en el suelo desnudo, saltando y una de las de cinco centavos rodó incluso lejos en un gran círculo barredor con un sonido seco diminuto como un ratoncito que se escurre; y luego su voz:
¡Recogedlo!
Y nada más, el hombre no se movía, manos cogidas a la espalda, sin mirar nada; solo el aflujo de la sangre densa muerta ardiente desde la cual habló la voz sin dirigirse a nadie: «Recoged su dinero»; y oyó y vio a Aleck Sander y al chico de Edmonds llegar y hurgar entre las sombras junto al suelo. «Dádselo», dijo la voz; y vio al chico de Edmonds depositar sus dos monedas en la palma de Aleck Sander y sintió la mano de Aleck Sander acercar las cuatro a la suya inerte y meterlas en ella.
Ahora pueden irse a cazar ese conejo dijo la voz. Y no se acerquen al arroyo.
Intruso en el polvo - William Faulkner
(...)
¿Era eso lo que tú querías? dijo su tío. ¿El tabaco? ¿Habría bastado eso? Claro que no. Lo que es un motivo para que Lucas reciba al final su tabaco; insistirán en ello, habrán de hacerlo. Recibirá pagos parciales a cuenta el resto de su vida en este país los quiera o no los quiera y no ya Lucas sino Lucas: Sambo puesto que lo que hace que un hombre se agite insomne de noche en la cama no es tanto haber ofendido a sus semejantes como haber cometido un error; la simple ofensa (si no puede justificarla con lo que llama lógica) puede borrarla destruyendo a la víctima y a los testigos pero el error es suyo y es uno de sus gatos y él siempre prefiere matarlo dulcemente. Así que Lucas tendrá su tabaco. No lo querrá, claro, e intentará rechazarlo. Pero lo tendrá y veremos así invertida aquí precisamente en el condado de Yoknapatawpha la antigua relación oriental entre el salvador y la vida que salvó: Lucas Beauchamp que fue antes esclavo de cualquier blanco a cuyo alcance pudiera estar tiraniza ahora la conciencia blanca de todo el condado. Y ellos (Beat One y Two y Three y Five) también se dieron cuenta de esto así que ¿por qué perder ya el tiempo en mandarle la lata de tabaco de diez centavos si no tendrán más remedio que pasarse haciéndolo el resto de su vida? Así que lo desecharon de momento. No escapaban de él, escapaban de Crawford Gowrie; solo repudiaban no ya por horror sino por unanimidad absoluta un no harás y un no debieras que sin aviso previo alguno se convirtió en no debes. No matarás comprendes nada acusatorio, frío: un precepto moral simple; lo hemos aceptado en el anonimato distante de los antepasados, lo hemos conservado todo este tiempo, acariciado, alimentado, mantenido vivo su sonido y las mismas palabras inalteradas tan usado ya que tiene gastadas todas las esquinas; ya no nos quita el sueño; hemos destilado incluso antídotos propios contra él lo mismo que el ama de casa previsora tiene siempre a mano una solución de mostaza o claras de huevo en la misma estantería que el matarratas
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Imbéciles, ¿es que no veis que llegáis ya demasiado tarde, que tendréis que empezar otra vez por el principio para encontrar un nuevo motivo? Luego volviéndose en el asiento y mirando hacia atrás por la ventanilla trasera un segundo o quizá dos lo vio realmente: no rostros sino un rostro, no una masa ni siquiera un mosaico de ellos sino un Rostro: ni siquiera voraz ni insaciable sino solo en marcha, insensato, vacío de pensamiento e incluso de pasión
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Calma dijo su tío. Han pasado todos. Todos están en el pueblo y aún mirando al viejo que se agachó y limpió torpemente con su mano única la arena coagulada de los ojos y la nariz y la boca y la mano parecía extraña y torpe haciendo aquello, una mano tan conformada tan proclive y presta a la violencia; a los botones de la camisa y la culata y el percutor de la pistola: luego retro cedió la mano y empezó a hurgar en el bolsillo de la cadera pero ya su tío había sacado un pañuelo y lo había extendido aunque ya demasiado tarde pues el viejo se arrodilló y se sacó el faldón de la camisa e inclinándose para acercarlo más limpió con él el rostro muerto luego inclinándose más intentó apartar soplando la arena mojada como si hubiera olvidado que aún lo estaba. Luego se incorporó de nuevo y dijo con aquella voz lisa chillona y penetrante en la que aún no había la menor modulación auténtica:
¿Bien, sheriff?
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»Y en cuanto a Lucas Beauchamp, Sambo, también él es un hombre homogéneo, salvo esa parte suya que está intentando escapar no ya hacia lo mejor de la raza blanca sino hacia lo de segunda fila la música barata vulgar y deshonesta, el mísero dinero rufián sin base hipervalorado, el edificio resplandeciente de la propaganda fundada en la nada castillo de naipes sobre un abismo y toda la algarabía estridente de la actividad política que antes era nuestra industria nacional secundaria y es ahora nuestro pasatiempo nacional más querido todo el espúreo estruendo que producen hombres que fomentan deliberadamente nuestra pasión nacional por lo mediocre y se enriquecen luego con ello; que aceptarán incluso lo mejor siempre que esté envilecido y mancillado antes de que se nos dé a nosotros: que son las únicas gentes de este mundo que se ufanan públicamente de ser de segunda fila, es decir vulgares e ignorantes. No me refiero con eso a Sambo. Me refiero al otro aspecto de él que tiene una homogeneidad mejor que la nuestra y que lo demostró hallando raíces propias en la tierra donde había de desplazar realmente a los blancos para humillarlos: porque él tuvo paciencia aunque no tuviese ya esperanza, capacidad para ver lejos aunque no se viese nada al fondo, no ya la voluntad sino el deseo de resistir porque amaba las pocas cosas viejas y sencillas que no quería quitarle nadie: no un automóvil ni ropas vistosas ni su foto en el periódico sino un poco de música (la suya), un hogar, no su hijo sino cualquier niño, un Dios un cielo del que un hombre puede permitirse un poco a cualquier hora sin tener que esperar a morir, un poco de tierra para que su sudor caiga entre sus propios brotes y plantas verdes. Nosotros (él y nosotros) deberíamos confederamos: intercambiar con él el resto de los privilegios económicos y políticos y culturales a que tiene derecho a cambio de su capacidad para esperar y aguantar y sobrevivir. Luego prevaleceríamos; juntos dominaríamos los Estados Unidos; ofreceríamos un frente no solo impenetrable sino para el que ni siquiera sería una amenaza una masa de gentes que ya no tienen nada en común salvo la frenética codicia de dinero y un miedo básico a un desastre de alcance nacional y que se esconden unos de otros detrás de una palabrería sonora en torno a una bandera»
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No debería haberlo sido nunca. Sin embargo sí lo fue el sábado y probablemente vuelva a serlo, puede que una vez más, puede que dos. Pero luego ya no, se habrá acabado; la vergüenza seguirá presente por supuesto, pero en fin toda la crónica de la inmortalidad del hombre está en el sufrimiento que ha soportado, su lucha hacia las estrellas en los escalones de sus expiaciones. Algún día Lucas Beauchamp podrá pegarle un tiro por la espalda a un blanco con la misma impunidad respecto a la soga del linchamiento o a la gasolina que un blanco; con el tiempo, él votará cuándo y dónde pueda un blanco y enviará a sus hijos a la misma escuela a la que vayan los niños del blanco y viajará en donde viaja el blanco lo mismo que el blanco. Pero no será el martes que viene. Y la gente del Norte cree que puede lograrse no ya el martes que viene sino el lunes por la simple ratificación mediante los votos de un párrafo impreso: ha olvidado que aunque hace ya un cuarto largo de siglo que la libertad de Lucas Beauchamp se convirtió en un artículo de nuestra Constitución y no solo se puso de rodillas al amo de Lucas Beauchamp sino que se le pateó la cara diez años en el polvo para que lo mordiera, solo tres breves generaciones después ellos se enfrentan una vez más con la necesidad de dictar leyes para liberar a Lucas Beauchamp.
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No todos los blancos pueden soportar la esclavitud y al parecer ningún hombre puede soportar la libertad (Lo cual, dicho sea de pasada, esa premisa de que el hombre quiere realmente paz y libertad, es en este momento el problema de nuestras relaciones con Europa, cuyo pueblo no solo no sabe lo que es la paz sino que, salvo los anglosajones, teme activamente la libertad personal y desconfía de ella; estamos esperando sin ninguna esperanza en realidad que nuestra bomba atómica baste para defender una idea tan anticuada como el arca de Noé); con un acuerdo mutuo instantáneo pone su libertad en manos del primer demagogo que aparece: y si no aparece ninguno él mismo la destruye y la aniquila y la hace desaparecer de su vista y su alcance y hasta su recuerdo con la unanimidad frenética de un vecindario que apaga a pisotones la yerba que se incendia.
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las casonas viejas de madera ya casi en ruinas de la lejana fundación de Jefferson se alzaban como la de la señorita Habersham al fondo de jardines y bosquecillos escabrosos y descuidados llenos de árboles viejos y enraizados arbustos aromáticos y floridos cuyos nombres la mayoría de las personas de menos de cincuenta no conocían ya y que aunque viviesen niños en ellas parecían pese a todo hechizadas por los fantasmas de mujeres, viejas aún y solteras y viudas esperando aún setenta y cinco años después a que el lento telégrafo les trajese noticias de batallas en Tennessee y Virginia y Pennsylvania, que no daban ya siquiera de frente a la calle sino que la atisbaban por encima de los modernísimos hombros de las casitas pulcras y nuevecitas de una sola planta proyectadas en Florida y California provistas de sus garajes correspondientes con sus limpias parcelas de yerba recortada y sus monótonos setos de flores, tres y cuatro había ahora, una subdivisión ya de lo que cinco años antes se había considerado algo pequeño para un jardincillo delantero aceptable, donde vivían las prósperas parejas de matrimonios jóvenes dos hijos cada una y (en cuanto podían permitírselo) un automóvil y el carné del club de campo/de los clubs de bridge y de los jóvenes rotarios y de la cámara de comercio y los artilugios eléctricos patentados para cocinar y congelar y limpiar y las sirvientas de color pulcras e inmaculadas con tocas de volantes para manejarlos y hablar por teléfono entre ellas de una casa a otra mientras las señoras, sandalias y pantalones y uñas de los pies pintadas fumaban cigarrillos manchados de carmín con sus bolsas de compra en los supermercados y en las tiendas.
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Así que he de estar allí al pie de aquella escalera sentada con las faldas estiradas o quizá mejor con la espalda apoyada en la balaustrada y un pie en la pared de la cocina de la señora Tubbs mientras ustedes los hombres que no tenían ni un minuto libre ayer para hacerle a ese viejo negro unas cuantas preguntas por lo que tuvo que recurrir en última instancia a un muchacho a un niño
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Señor Hampton dijo la señorita Habersham. Entonces el sheriff la miró. Hasta la oyó esta vez.
¿Aún no ha acabado usted de cortar la carne?
Traiga acá ese cuchillo. Y la cogió del brazo, obligándola a volver a la mesa. ¿Es que no ha trajinado usted bastante esta noche? Dentro de quince minutos habrá amanecido y la gente no empieza un linchamiento en pleno día. Podrían terminarlo de día en caso de poca resistencia o de mala suerte o de retraso. Pero no lo empiezan nunca de día porque entonces tendrían que verse las caras entre ellos. ¿Cuántos pueden comer más de dos huevos?
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a cinco millas del pueblo cruzaría (la señorita Habersham y Aleck Sander ya lo habrían hecho probablemente en la camioneta) la línea topográfica invisible que era la frontera de Beat Four: el mal afamado, el casi fabuloso y desde luego menos de lo que cualquiera de ellos osase pensar ya, pensando que nunca le era difícil a un forastero hacer al mismo tiempo dos cosas que no le gustasen a Beat Four pues a Beat Four no le gustaban ya por adelantado la mayoría de las cosas que hacía la gente del pueblo (y la mayor parte del resto del condado en realidad): pero a su criterio quedaba, al de ellos, un blanco de dieciséis años y un negro de la misma edad y una vieja blanca solterona de setenta, el elegir y hacer al mismo tiempo las dos cosas de toda la inmensa reserva de invención y capacidad del hombre que con mayor violencia repudiaría y vengaría Beat Four: violar la tumba de uno de su progenie para salvar de su venganza a un asesino negro.
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Su tío miró fijamente a Lucas un largo instante. Pero habló ya con voz tranquila y serena.
Lucas dijo ¿ha pensado alguna vez que si hubiese tratado con respeto a los blancos y lo hubiera hecho además sinceramente, quizá no estuviera sentado aquí ahora?
Voy a empezar a hacerlo ahora, sí dijo Lucas. Trataré con mucho respeto a esa gente que va a venir a sacarme a rastras de aquí y a quemarme.
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Era de ladrillo, cuadrada, bien proporcionada, cuatro columnas de ladrillo en vez de bajorrelieve en la fachada y hasta una cornisa de ladrillo bajo los aleros porque era vieja, de una época en que la gente se tomaba su tiempo para construir hasta las cárceles con gracia y con esmero y recordó que su tío le había dicho una vez que no eran los juzgados ni incluso las iglesias sino las cárceles los verdaderos anales de la historia de un condado, de una comunidad, puesto que no ya las iniciales olvidadas y crípticas y las palabras e incluso frases gritos de desafío y acusación garrapateados en las paredes sino que los mismos ladrillos y piedras conservan en sí, no en solución sino en suspensión, intactos sugerentes poderosos e indestructibles, los calvarios vergüenzas y aflicciones con que corazones hace mucho ya polvo ni recordado ni marcado se habían debatido y quizá reventado.
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«¿Ves? dijo su tío. Él no tiene nada contra lo que llama los negros. Si se lo preguntas, probablemente te dirá que le gustan más incluso que algunos blancos que conoce y te lo dirá convencido. Puede que anden siempre robándole unos centavos de aquí y de allá en la tienda y hasta que se lleven quizá cosas (paquetes de chicle o azulete o un plátano o una lata de sardinas o unos cordones para los zapatos o una botella de desrizador) escondidas debajo de la chaqueta y del delantal y él lo sabe; puede incluso que él les dé algunas cosas gratis: huesos y carne que se le estropeen en la caja de hielo y caramelos que estén muy pasados y la grasa de cerdo que se le ponga rancia. Él lo único que quiere es que se porten como negros. Que es exactamente lo que está haciendo Lucas: perdió los estribos y asesinó a un blanco (es probable que el señor Lilley esté convencido de que eso es lo que quieren hacer todos los negros) y ahora los blancos lo agarrarán y lo quemarán, todo normal y en orden y ellos mismos obrando exactamente como él cree que querría Lucas que obrasen: como blancos; ambos observando implícitamente las reglas: el negro actuando como un negro y las gentes blancas actuando como gentes blancas y sin rencores en el fondo por ninguna de las partes (puesto que el señor Lilley no es un Gowrie) cuando la cólera se aplaque; de hecho el señor Lilley puede que fuese uno de los primeros que aportase dinero en metálico para el funeral de Lucas y para el sustento de su viuda y sus hijos si los tuviera. Lo que demuestra una vez más que el hombre que puede causar más aflicción es aquel que se aferra ciegamente a los vicios de sus ancestros».
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podía imaginárselos viéndose de viejos, muy viejos, en un punto de aquel calvario de terminaciones nerviosas inermes inanestesiables que a falta de término mejor llaman los hombres estar vivo en el cual no solo los años transcurridos sino el medio siglo de diferencia entre ellos sería tan indefinible e incalculable como otros tantos granos de arena en una pila de carbón y él diciéndole a Lucas: Yo soy aquel chico que cuando me dio usted la mitad de su comida intentó pagarle con algo que la gente de entonces llamaba setenta centavos de valor monetario y todo lo que se me ocurrió para salvar la cara fue tirarlos al suelo ¿no se acuerda? Y Lucas: ¿Hice eso yo? o viceversa, al revés y Lucas diciéndole: Yo soy aquel hombre que cuando usted tiró las monedas al suelo y no las quiso recoger mandé a dos negros recogerlas y devolvérselas ¿no se acuerda? y él esta vez: ¿Hice eso yo? Porque ya todo había acabado. Había ofrecido la otra mejilla y había sido aceptada. Era ya libre.
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o quizá no hiciese falta nada, el blanco allí súbitamente diciéndole cosas a Lucas, diciéndole: «¿Por qué andas tú tan tieso Edmonds de mierda hijo de puta?» y Lucas masticó la galleta y la tragó y con la caja ya inclinada de nuevo hacia la otra mano volvió muy despacio la cabeza miró un momento al blanco y luego dijo:
No soy Edmonds. Esos son gente nueva. Yo soy de los antiguos. Soy un McCaslin.
Tú sigue por ahí poniéndole esa cara a la gente y acabarás sirviendo de carnada a los cuervos dijo el blanco. Y durante otro instante o por lo menos medio Lucas miró al blanco con un distanciamiento contemplativo y sereno; la caja que sostenía en una mano fue inclinándose despacio hasta que cayó otra galleta en la otra, alzando luego la comisura de los labios chupóse uno de los dientes de arriba muy sonoramente en el silencio brusco mas sin que implicase esto en modo alguno burla o impugnación ni aun desacuerdo, sin que implicase nada en absoluto más bien como abstraído, como podría chuparse un diente (si lo hacía) un hombre que comiera una galleta de jengibre en la más absoluta soledad, y dijo:
Sí, eso ya me lo han dicho. Y veo que los que lo dicen no son siquiera Edmonds tras lo cual el blanco se incorporó de un salto y estirando la mano hacia atrás hacia el mostrador donde había una media docena de balancines de arado agarró uno y lo esgrimió y cuando iba ya a utilizarlo intervino el hijo del dueño de la tienda, un joven animoso que rodeando el mostrador o saltándolo fue y lo sujetó de modo que el balancín se estrelló inofensivo contra la estufa fría. Luego ya lo sujetó también otro hombre.
¡Fuera de aquí, Lucas! dijo el hijo del propietario por encima del hombro. Pero Lucas seguía inmutable, tranquilo del todo, ni burlón siquiera, ni siquiera despectivo, ni siquiera muy alerta, la caja de chillones colores aún en la mano izquierda y la galletita en la derecha, mirando solo cómo el hijo del propietario y el otro sujetaban al blanco que soltaba tacos y espumarajos. «¡Largo de aquí imbécil, majadero!» gritó el hijo del propietario; y solo entonces se puso Lucas en marcha, sin prisa, dando vuelta despacio y yendo hacia la puerta y llevándose la mano derecha a la boca, para que cuando saliera por la puerta pudieran ver la firme presión de su masticación.
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Usted es del pueblo. Mi tío le conoce El abogado Gavin Stevens.
Yo recuerdo también a su mamá dijo ella. La señorita Maggie Dandridge.
Esa era mi abuela dijo él. Mi madre también se apellidaba Stevens y alargó las monedas: y en el mismo instante en que supo que ella las habría cogido supo que solo por ese preciso instante irrevocable llegaría ya siempre demasiado tarde, eternamente más allá del recuerdo, allí con la sangre cálida lenta tan lenta como los minutos mismos hacia el cuello y el rostro, eternamente con la abierta mano tonta y en ella los cuatro vergonzosos fragmentos de acuñada y troquelada escoria, hasta que al fin el hombre hizo algo que cumplió al menos la función de la piedad.
¿Para qué es eso? dijo, sin moverse siquiera, sin inclinar siquiera la cabeza para ver lo que tenía en la palma; por otra eternidad y solo la sangre inmóvil muerta cálida hasta que al fin corrió violenta de modo que al menos pudiera soportar la vergüenza: y vio que la palma giraba no arrojando las monedas sino dejándolas caer desdeñosa y tintinearon en el suelo desnudo, saltando y una de las de cinco centavos rodó incluso lejos en un gran círculo barredor con un sonido seco diminuto como un ratoncito que se escurre; y luego su voz:
¡Recogedlo!
Y nada más, el hombre no se movía, manos cogidas a la espalda, sin mirar nada; solo el aflujo de la sangre densa muerta ardiente desde la cual habló la voz sin dirigirse a nadie: «Recoged su dinero»; y oyó y vio a Aleck Sander y al chico de Edmonds llegar y hurgar entre las sombras junto al suelo. «Dádselo», dijo la voz; y vio al chico de Edmonds depositar sus dos monedas en la palma de Aleck Sander y sintió la mano de Aleck Sander acercar las cuatro a la suya inerte y meterlas en ella.
Ahora pueden irse a cazar ese conejo dijo la voz. Y no se acerquen al arroyo.
Intruso en el polvo - William Faulkner
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