lunes, 29 de junio de 2015

Pero tampoco acabo de ver claro el que nadie se arrogue el derecho a determinar quién está y quién deja de estar loco. Viene a ser como si en cada hombre hubiera una personalidad más allá de la razón y de la locura, una personalidad que contemplase sus acciones sensatas y las insensatas con el mismo horror y la misma sorpresa

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La vida fue creada en los valles. Se alzó en un estallido violento a las alturas, impelida por los viejos terrores, los viejos apetitos, las viejas desesperanzas. Tal es la razón de que para bajar las cuestas en el carro haya primero que subirlas a pie.

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¡Hay que ver cómo se desflecan nuestras vidas en la quietud, en el silencio; cómo se deshilachan esos gestos de hastío que, una y otra vez, vuelven a nosotros, con su tedio de siempre! Ecos de viejos acordes, que se dijera arrancados por unos brazos sin manos a unos instrumentos sin cuerdas. Al ponerse el sol adoptamos aptitudes furiosas, gestos muertos de marionetas

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Y después murió. No sabía que estaba muerto. Yo me acostaba a su lado en medio de la oscuridad, oyendo a la tierra oscura que ensalzaba el amor de Dios y su belleza y su pecado; oyendo la oscura mudez en que las palabras son los hechos, y oyendo también esas otras palabras que no son hechos, que son sólo los huecos de lo que le falta a la gente, y que nos caen desde lo alto como los graznidos de los patos, como esos gritos que descendían desde la salvaje oscuridad en las noches terribles de antaño, balbuciendo torpemente en busca de los hechos, como huérfanos a los que se les indicasen dos rostros en medio de una multitud y se les dijera: «Aquel es tu padre; aquella, tu madre».

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Así que cuando Cora Tull vino a decirme que yo no era una madre como es debido, pensé que las palabras ascienden derechas como una tenue línea, ligera e inofensiva, mientras que los hechos se arrastran horriblemente pegados al suelo, de forma y manera que, al poco rato, no hay modo de pisar a un tiempo esas dos líneas, por mucho que uno se espatarre. Y también que pecado, amor y miedo no son sino palabras que quienes ni pecaron, ni amaron, ni temieron jamás utilizan para eso que no tienen ni tendrán, hasta que se olviden de las dichosas palabras. Como Cora, que ni freír un huevo sabía.

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El empapado vestido de Dewey Dell, que sigue en cuclillas, modela a los ojos turbios de tres hombres cegados esas grotescas redondeces mamarias que constituyen los horizontes y los valles de esta tierra

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Ahora le toca a Whitfield. Su voz es más grande que él. Como si no fuera suya. Como si él y su voz fueran cosas diferentes que vadearan juntas el río, montadas en caballos también diferentes, y que hubieran entrado en la casa: la una, salpicada de barro; la otra, ni tan siquiera mojada, triunfante, aunque triste. Dentro de la casa, alguien, una mujer, comienza a sollozar. Llora como si sus ojos y su voz se le hubieran metido dentro del cuerpo, a escuchar.

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Hasta me acuerdo de cómo, cuando yo era joven, creía que la muerte era un fenómeno del cuerpo; sin embargo, ahora sé que no es más que una función de la mente: una función de las mentes de quienes sufren la pérdida. Los nihilistas dicen que la muerte es el final; los funcionalistas, que el comienzo; pero en realidad no es más que un simple inquilino o familia que deja su habitación o su ciudad.

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Y ahora las voy a pagar todas juntas; yo, que no tengo ni un diente en la boca, y precisamente cuando esperaba levantar cabeza y arreglarme la boca para poder comer como Dios manda; y eso que hasta el día de hoy ella fue la mujer más sana y fuerte de estas tierras. Las voy a pagar todas juntas por necesitar esos tres dólares. Las tengo que pagar todas juntas por haber dejado que los chicos se lo vayan a ganar por ahí fuera. Y ahora, mismamente como si lo adivinara, veo que la lluvia va a caer entre nosotros, que se va a asomar al camino como un hombre endemoniado, como si no hubiera en todas estas dichosas tierras otra casa más que la nuestra sobre la que llover.

Mientras agonizo - William Faulkner

viernes, 12 de junio de 2015

Algunos le miraban al pasar, al hombre tranquilamente sentado al volante de un pequeño automóvil, rodeado de los jirones de su vida invisible como un viejo calcetín

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Es curioso que te pase lo que te pase, siempre viene alguien a decirte que te vean los dientes o que te cases. Siempre es alguien que no sirve para nada quien te tiene que decir cómo llevar tus asuntos. Como esos profesores de universidad que no tienen donde caerse muertos y te dicen cómo puedes ganar un millón en diez años y esas mujeres que no consiguen pescar marido siempre diciéndote cómo cuidar de tu familia.

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Pero no es eso. No es el no tenerlos. Es no haberlos tenido nunca yo podría decir Ah Eso Eso Es Chino Yo No Sé Chino. Y mi Padre dijo es porque eres virgen: ¿es que no te das cuenta? Las mujeres nunca son vírgenes. La pureza es un estado negativo y por tanto contrario a la naturaleza. Es la naturaleza quien te hace daño no Caddy y yo dije Sólo son palabras y él dijo Como la virginidad y yo dije no se sabe. No puede saberse y él dijo Sí. Desde el instante en que advertimos que la tragedia es de segunda mano.

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No es cuando adviertes que nada sirve de ayuda— religión, orgullo, nada— es cuando adviertes que no necesitas ayuda. Dalton Ames. Dalton Ames. Dalton Ames. Si yo hubiera podido ser su madre yaciendo con el cuerpo abierto exaltada riendo, sujetando a su padre con mi mano, conteniendo, viendo, observándole morir antes de haber vivido.

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Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles.

El ruido y la furia - William Faulkner