domingo, 26 de junio de 2022

Lo que primero captó nuestra atención fueron los movimientos de su vientre que, durante los primeros segundos, velaron por completo su voz, la melodía y todo lo demás. ¡Qué pasmoso vientre! De hecho, flaco como estaba, no tenía vientre en absoluto, pero su piel arrugada formaba innumerables pliegues minúsculos sobre su abdomen. Cuando cantaba, esos pliegues despertaban, se convertían en pequeñas olitas fluyendo y refluyendo por su vientre desnudo, iluminado, bronceado. El cordel de paja que le servía de cinturón comenzó a ondular locamente. A veces era devorado por el oleaje de su piel arrugada, y no se veía ya; pero cuando se lo creía definitivamente perdido en los movimientos de la marea, emergía de nuevo, digno e implacable. Un cordel mágico.
Muy pronto, la voz del viejo molinero, ronca y profunda a la vez, resonó con mucha fuerza en la estancia. Cantaba, y sus ojos navegaban sin cesar entre el rostro de Luo y el mío, unas veces con amistosa complicidad, otras con una fijeza algo huraña.
He aquí lo que cantó:
Dime:
¿De qué tiene miedo
un viejo piojo?
Tiene miedo del agua que hierve,
del agua que hierve.
Y la joven monja, dime,
¿de qué tiene miedo?
Tiene miedo del viejo monje,
sólo, sólo
del viejo monje.
Soltamos una gran carcajada, Luo primero y luego yo. Intentamos contenernos, claro, pero la carcajada subía, subía y terminó estallando. El viejo molinero siguió cantando, con una sonrisa más bien orgullosa y oleadas de piel plisada en el vientre. Retorciéndonos de risa, Luo y yo caímos al suelo, sin poder detenernos.
Con lágrimas en los ojos, Luo se levantó para coger una calabaza y llenar nuestros tres cubiletes, mientras el viejo cantor acababa su primer estribillo sincero, auténtico y dotado de romanticismo montañés.
—Brindemos primero por su maldito vientre —propuso Luo.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 

sábado, 25 de junio de 2022

Cómo lamentábamos haberle devuelto el libro. «Hubiéramos debido guardarlo —solía repetir Luo—. Se lo habría leído, página a página, a la Sastrecilla. Eso la hubiera hecho más refinada, más culta, estoy convencido de ello».
Según decía, la idea se la había dado la lectura del extracto copiado en la piel de mi chaqueta. Un día de descanso, Luo, con el que nos intercambiábamos frecuentemente la ropa, cogió mi chaqueta de piel para ir al encuentro de la Sastrecilla en el lugar de sus citas, el ginkgo del valle del amor. «Después de haberle leído el texto de Balzac, palabra por palabra —me contó—, cogió la chaqueta y volvió a leerlo sola, en silencio. Sólo se oían las hojas que se estremecían sobre nuestras cabezas, y un torrente lejano que corría en alguna parte. Hacía buen día, el cielo era azul, de un azul paradisíaco. Al finalizar su lectura, quedó boquiabierta, inmóvil, con tu chaqueta en las manos, al modo de esos creyentes que llevan un objeto sagrado en sus palmas».
«Ese viejo Balzac —prosiguió— es un verdadero brujo que ha posado una mano invisible en la cabeza de la muchacha; se había metamorfoseado, parecía soñadora. Permaneció unos instantes sin volver en sí, sin poner los pies en la tierra. Y terminó por ponerse tu jodida chaqueta, que por otro lado no le sentaba mal, y me dijo que el contacto de las palabras de Balzac sobre su piel le proporcionaría felicidad e inteligencia…».
La reacción de la Sastrecilla nos fascinó tanto que lamentamos aún más haber devuelto el libro. Pero tuvimos que esperar el comienzo del estío para que se presentase otra ocasión.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 
Hacía frío, temblé bajo mi corta chaqueta de piel de cordero. Los aldeanos comían, dormían o llevaban a cabo secretas actividades en la oscuridad. Pero allí, ante mi puerta, no se oía nada. Yo solía aprovechar aquella calma que reinaba en la montaña para hacer ejercicios de violín, pero ahora me parecía deprimente. Regresé a la habitación. Intenté tocar el violín, pero éste soltó un sonido agudo, desagradable, como si alguien hubiera tocado precipitadamente las escalas. Supe de pronto lo que quería hacer.
Decidí copiar, textualmente, mis pasajes preferidos de Úrsula Mirouët. Era la primera vez en mi vida que deseaba copiar un libro. Busqué papel por todos los rincones de la habitación, pero sólo pude encontrar unas hojas de papel de carta, destinadas a escribir a nuestros padres. Opté entonces por copiar el texto directamente en la piel de oveja de mi chaqueta. Ésta, que los aldeanos me habían regalado cuando llegué, estaba hecha por fuera de una maraña de lana de cordero, unas veces larga, otras corta, y tenía la piel desnuda en su interior. Pasé largo rato eligiendo el texto, dada la limitada superficie de mi chaqueta, cuya piel, en algunos lugares, estaba estropeada, agrietada. Copié el capítulo donde Úrsula viaja sonámbula. Hubiera querido ser como ella: poder ver, dormido en mi cama, lo que hacía mi madre en su apartamento, a quinientos kilómetros de distancia; presenciar la cena de mis padres, observar sus actitudes, los detalles de su comida, el color de sus platos, sentir el olor de los manjares, oírles conversar… Más aún, como Úrsula, habría visto, en sueños, lugares donde nunca había puesto los pies…
Escribir con bolígrafo sobre la piel de un viejo cordero de las montañas no era cosa fácil: era áspera, rugosa y, para copiar la mayor cantidad de texto posible en ella, había que adoptar una escritura minimalista, lo que exigía una concentración que superaba las normas. Cuando acabé de garabatear el texto en toda la superficie de la piel, hasta en las mangas, me dolían tanto los dedos que se diría que los tenía rotos. Finalmente, me dormí.
El ruido de los pasos de Luo me despertó; eran las tres de la madrugada. Me pareció no haber dormido mucho tiempo, porque la lámpara de petróleo seguía ardiendo. Lo vi vagamente entrar en la habitación.
—¿Duermes?
—En realidad, no.
—Levántate, voy a enseñarte algo.
Añadió aceite al depósito y, cuando la mecha estuvo en plena combustión, tomó la lámpara en su mano izquierda, se acercó a mi cama y se sentó en el borde, con la mirada ardiendo, el pelo erizado en todas direcciones. Del bolsillo de su chaqueta sacó un cuadrado de tejido blanco, muy bien doblado.
—Ya veo. La Sastrecilla te ha regalado un pañuelo.
No respondió. Pero a medida que iba desplegando lentamente el tejido, reconocí el faldón de una camisa rota, que sin duda había pertenecido a la Sastrecilla, y en la que se había cosido a mano una pieza.
Varias hojas de árbol resecas estaban envueltas en ella. Todas tenían la misma forma hermosa, como alas de mariposa, en tonos que iban del naranja liso al pardo con mezcla de amarillo dorado, pero todas estaban maculadas de oscuras manchas de sangre.
—Son hojas de ginkgo —me dijo Luo con voz enfebrecida—. Un árbol magnífico, plantado al fondo de un valle secreto, al este de la aldea de la Sastrecilla. Hemos hecho el amor de pie, contra el tronco. Era virgen y su sangre ha caído al suelo, sobre las hojas.
Permanecí sin voz durante un buen rato. Cuando logré reconstruir en mi cabeza la imagen del árbol, la nobleza de su tronco, la magnitud de sus ramas y su estera de hojas, le pregunté:
—¿De pie?
—Sí, como los caballos. Tal vez por ello se ha reído luego, con una carcajada tan fuerte, tan salvaje, que ha resonado tan lejos en el valle, que incluso los pájaros han emprendido el vuelo, asustados.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 

viernes, 24 de junio de 2022

Me quedé en la cama hasta que cayó la noche, sin comer, sin hacer otra cosa que permanecer sumido en aquella historia francesa de amor y milagros.
Imaginen a un joven virgen de diecinueve años, que dormitaba aún en los limbos de la adolescencia y sólo había conocido la cháchara revolucionaria sobre el patriotismo, el comunismo, la ideología y la propaganda. De pronto, como un intruso, aquel librito me hablaba del despertar del deseo, de los impulsos, de las pulsiones, del amor, de todas esas cosas sobre las que el mundo, para mí, había permanecido hasta entonces mudo.
Pese a mi total ignorancia de aquel país llamado Francia (algunas veces había oído el nombre de Napoleón en boca de mi padre, y eso era todo), la historia de Úrsula me pareció tan cierta como las de mis vecinos. Sin duda, el sucio asunto de herencia y dinero que caía sobre la cabeza de aquella muchacha contribuía a reforzar su autenticidad, a aumentar el poder de las palabras. Al cabo de una jornada, me sentía en Nemours como en mi casa, en mi hogar, junto a la humeante chimenea, en compañía de aquellos doctores, aquellos curas… Incluso la parte sobre el magnetismo y el sonambulismo me parecía creíble y deliciosa.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 

lunes, 20 de junio de 2022

Comencé entonces la sesión más extraña de mi vida. Ante la cama donde mi amigo había caído en una especie de sopor, conté la película norcoreana para una hermosa muchacha y cuatro viejas brujas iluminadas por una lámpara de petróleo que vacilaba, en una aldea encajonada entre altas montañas.
Me las arreglé como pude. En pocos minutos, la historia de la pobre «chica de las flores» captó la atención de mis oyentes. Hicieron incluso algunas preguntas; cuanto más avanzaba el relato, menos parpadeaban.
Sin embargo, la magia no fue la misma que con Luo. Yo no era un narrador nato. Yo no era él. Al cabo de media hora, «la chica de las flores», que se había deslomado para conseguir algo de dinero, llegaba corriendo al hospital, pero su madre había muerto ya, tras haber gritado desesperadamente el nombre de su hija. Una verdadera película de propaganda. Normalmente era el primer punto culminante del relato. Ya fuera en la proyección del film, ya en nuestra aldea, cuando la habíamos contado, la gente lloraba siempre en ese instante preciso. Tal vez las brujas estuvieran hechas de otra pasta. Me escuchaban atentamente, con cierta emoción, advertí incluso que un pequeño estremecimiento les recorría el espinazo, pero las lágrimas no acudieron a la cita.
Decepcionado por mi falta de éxito, añadí el detalle de la mano de la muchacha temblando, los billetes resbalando de sus dedos… Pero mi auditorio resistía.
De pronto, del interior de la mosquitera blanca brotó una voz que parecía salida del fondo de un pozo.
—El proverbio dice que un corazón sincero puede hacer que florezca una piedra —vibró la garganta de Luo—. Pero decidme, ¿acaso el corazón de la «chica de las flores» no era lo bastante sincero?
Me impresionó más el hecho de que Luo hubiese pronunciado demasiado pronto la frase final de la película que su brutal despertar. Pero qué sorpresa cuando miré a mi alrededor: ¡las cuatro brujas lloraban! Sus lágrimas brotaban, majestuosamente, derribando las presas, transformándose en torrente sobre sus rostros gastados, agrietados.
¡Qué talento de narrador el de Luo! Podía manipular al público sencillamente cambiando de lugar una voz en off, incluso cuando estaba abrumado por un violento acceso de paludismo.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie
Luo, contador de películas:
No te burles de mi caligrafía. Nunca estudié en un colegio, como tú. Bien sabes que la única escuela cerca de nuestra montaña es la de la ciudad de Yong Jing, y son necesarios dos días para llegar. Mi padre me enseñó a leer y a escribir. Puedes colocarme en la categoría de «terminados los estudios primarios».
Hace poco he oído decir que contabas maravillosamente las películas, con tu compañero. He ido a hablar con el jefe de mi pueblo y está de acuerdo en enviar dos campesinos a la pequeña mina, para sustituiros durante dos días. Y vosotros vendréis a nuestra aldea para contarnos una película.
Quería subir a la mina para anunciaros la noticia, pero me han dicho que allí los hombres van desnudos y que es un lugar prohibido para las muchachas.
Cuando pienso en la mina, admiro vuestro valor. Sólo espero que la galería no vaya a derrumbarse. Os he conseguido dos días de descanso, es decir, dos días menos de riesgo.
Hasta pronto. Saluda a tu amigo el violinista.
La Sastrecilla
8-07-1972
He terminado ya mi nota, pero pienso en algo divertido que debo contarte: desde vuestra visita, he visto a varias personas que tienen también el segundo dedo del pie más largo que el pulgar, como nosotros. Me decepciona, pero así es la vida.

Balzac y la joven costurera - Dai Sijie

domingo, 19 de junio de 2022

Antaño, la montaña del Fénix del Cielo, como ya he dicho, era famosa por sus minas de cobre. (Tuvieron incluso el honor de entrar en la historia de China como generoso regalo del primer homosexual chino oficial, un emperador). Pero aquellas minas abandonadas desde hacía tiempo estaban en ruinas. Las de carbón, pequeñas y artesanales, seguían siendo patrimonio común de todos los aldeanos, y eran explotadas aún, proporcionando combustible a los montañeses. Como los demás jóvenes de la ciudad, Luo y yo no pudimos escapar a esta lección de reeducación que iba a durar dos meses. Ni siquiera nuestro éxito en materia de «cine oral» nos sirvió para retrasar el plazo.
A decir verdad, aceptamos participar en aquella prueba infernal por deseo de «mantenernos en carrera», aunque nuestras posibilidades de regresar a la ciudad fuesen irrisorias y representasen sólo una probabilidad de «tres sobre mil». No imaginábamos que aquella mina iba a dejar en nosotros una huella tan oscura e indeleble, física y, sobre todo, moralmente. Hoy todavía, esas terribles palabras, «la pequeña mina de carbón», me hacen temblar de miedo.
A excepción de la entrada, donde había un tramo de unos veinte metros cuyo techo bajo era aguantado por vigas y pilares hechos con groseros troncos de árbol, sumariamente escuadrados y rudimentariamente dispuestos, el resto de la galería, es decir, más de setecientos metros de corredor, no disponía de protección alguna. Las piedras podían, a cada instante, caer sobre nuestras cabezas, y los tres viejos campesinos mineros, que se encargaban de excavar las paredes del yacimiento, nos contaban sin cesar accidentes mortales que se habían producido en el pasado. Cada cesto que sacábamos del fondo de la galería se convertía, para nosotros, en una especie de ruleta rusa.

Balzac y la joven costurera - Dai Sijie

miércoles, 8 de junio de 2022

Su único talento consistía en contar historias, un talento agradable, es cierto, aunque marginal, ¡ay!, y sin mucho porvenir. No estábamos ya en la época de las Mil y Una Noches. En nuestras sociedades contemporáneas, sean socialistas o capitalistas, ser narrador ya no es, por desgracia, un oficio. El único hombre del mundo que apreció realmente su talento, hasta remunerarlo con generosidad, fue el jefe de nuestra aldea, el último de los aficionados a las hermosas historias orales.
La montaña del Fénix del Cielo estaba tan alejada de la civilización que la mayoría de la gente no había tenido la posibilidad de ver una película en toda su vida, y ni siquiera sabía qué era el cine. De vez en cuando, Luo y yo contábamos algunas películas al jefe, que babeaba por oír más. Cierto día, se informó de la fecha de proyección mensual en la ciudad de Yong Jing, y decidió enviarnos, a Luo y a mí. Dos días para ir, dos para volver. Teníamos que ver la película la misma noche de nuestra llegada a la ciudad. Una vez de regreso a la aldea, teníamos que contar al jefe y a todos los aldeanos la película entera, de la A a la Z, de acuerdo con la exacta duración de la sesión.
Aceptamos el desafío pero, por prudencia, asistimos a dos proyecciones consecutivas en el campo de deportes del instituto de la ciudad, provisionalmente transformado en cine al aire libre. Las muchachas de la población eran encantadoras, pero permanecimos esencialmente concentrados en la pantalla, atentos a cada diálogo, a los trajes de los actores, a sus menores gestos, a los decorados de cada escena e, incluso, a la música.
Al regresar a la aldea, tuvo lugar ante nuestra casa sobre pilotes una sesión de cine oral sin precedentes. Naturalmente, asistieron todos los aldeanos. El jefe estaba sentado en primera fila, en el centro, con la larga pipa de bambú en una mano y nuestro despertador del «fénix terrenal» en la otra, para comprobar la duración del relato. La emoción del estreno se apoderó de mí, me vi reducido a exponer mecánicamente el decorado de cada escena. Pero Luo demostró ser un narrador genial: contaba poco, pero representaba sucesivamente cada personaje, cambiando de voz y de gestos. Dirigía el relato, cuidaba el suspense, planteaba preguntas, hacía reaccionar al público y corregía las respuestas. Lo hizo todo. Cuando hubimos o, mejor dicho, cuando hubo terminado la sesión, justo en el tiempo estipulado, nuestro público, feliz, excitado, no se lo creía.
—El mes que viene —declaró el jefe con una sonrisa autoritaria— os mandaré a otra proyección. Seréis pagados como si trabajarais en los campos.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie

lunes, 6 de junio de 2022

Antes de nuestra llegada, en la aldea nunca había habido un despertador, ni un reloj de pulsera, ni de pared. La gente había vivido siempre según la salida y la puesta del sol.
Nos sorprendió comprobar el poder, casi sagrado, que el despertador ejercía sobre los campesinos. Todo el mundo venía a consultarlo, como si nuestra casa sobre pilotes fuera un templo. Cada mañana el mismo ritual: el jefe iba de un lado a otro, a nuestro alrededor, fumando su pipa de bambú, larga como un viejo fusil. No apartaba los ojos de nuestro despertador. Y a las nueve en punto, daba un largo y ensordecedor silbido, para que todos los aldeanos fueran a los campos.
—¡Ya es hora! ¿Me oís? —gritaba ritualmente hacia las casas que se levantaban por todas partes—. Es la hora de ir al tajo, ¡pandilla de holgazanes! Pero ¿a qué estáis esperando?, ¡retoños de los cojones de un buey!…
Ni a Luo ni a mí nos gustaba demasiado ir a trabajar en aquella montaña de senderos abruptos y estrechos que subían y subían hasta desaparecer en las nubes, senderos por los que era imposible empujar un carrito y donde el cuerpo humano representaba el único medio de transporte.
Lo que más nos horrorizaba era llevar la mierda a la espalda, en cubos de madera semicilíndricos especialmente concebidos y fabricados para transportar toda clase de abono, humano o animal. Cada día debíamos llenar de excrementos mezclados con agua aquella especie de mochilas, cargarlas a nuestros lomos y trepar hasta campos situados, a menudo, a una altura vertiginosa. A cada paso oías cómo la mierda líquida chapoteaba en el cubo, justo junto a tus orejas; y el hediondo contenido escapaba poco a poco de la tapa y se vertía, chorreando a lo largo de tu torso. Queridos lectores, les ahorraré las escenas de caída pues, como pueden imaginar, cada paso en falso podía resultar fatal.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie

sábado, 4 de junio de 2022

—¡Hay que quemarlo!
La orden provocó de inmediato una viva reacción en la muchedumbre. Todo el mundo hablaba, gritaba, se empujaba: cada cual intentaba apoderarse del «juguete», para tener el placer de arrojarlo al fuego con sus propias manos.
—Jefe, es un instrumento de música —explicó Luo con aire desenvuelto—. Mi amigo es un buen músico, no bromeo.
El jefe cogió el violín y lo inspeccionó de nuevo.
Luego me lo tendió:
—Lo siento, jefe —dije molesto—, no toco muy bien.
De pronto, vi a Luo guiñándome un ojo. Extrañado, tomé el violín y comencé a afinarlo.
—Escuchará usted una sonata de Mozart, jefe —anunció Luo, tan tranquilo como antes.
Pasmado, creí que se había vuelto loco: desde hacía unos años, todas las obras de Mozart o de cualquier otro músico occidental estaban prohibidas en nuestro país. En los zapatos empapados, mis pies mojados estaban helados. Temblaba del frío que me invadía de nuevo.
—¿Qué es una sonata? —preguntó el jefe, desconfiado.
—No sé —comencé a farfullar—. Es algo occidental.
—¿Una canción?
—Más o menos —respondí, evasivo. Inmediatamente, una alarmada expresión de buen comunista reapareció en la mirada del jefe, y su voz se volvió hostil:
—¿Cómo se llama tu canción?
—Parece una canción, pero es una sonata.
—¡Te pregunto su nombre! —gritó, mirándome directamente a los ojos.
Las tres gotas de sangre de su ojo izquierdo me dieron miedo.
—Mozart… —vacilé.
—¿Mozart qué?
—Mozart piensa en el presidente Mao —prosiguió Luo en mi lugar.
¡Qué audacia! Pero fue eficaz: como si hubiera oído algo milagroso, el rostro amenazador del jefe se suavizó. Sus ojos se fruncieron con una amplia sonrisa de beatitud.
—Mozart siempre piensa en Mao —dijo.
—Sí, siempre —confirmó Luo.
Cuando tensé las crines de mi arco, unos cálidos aplausos resonaron de pronto a mi alrededor, y casi me intimidaron. Mis dedos entumecidos comenzaron a recorrer las cuerdas, y las notas de Mozart volvieron a mi memoria, como amigas fieles. Los rostros de los campesinos, tan duros hacía un momento, se ablandaron minuto a minuto ante el límpido gozo de Mozart, como el suelo seco bajo la lluvia; luego, a la luz danzarina de la lámpara de petróleo, fueron borrándose poco a poco sus contornos.
Toqué un buen rato mientras Luo encendía un cigarrillo y fumaba tranquilamente, como un hombre.
Fue nuestra primera jornada de reeducación. Luo tenía dieciocho años y yo, diecisiete.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie

viernes, 3 de junio de 2022

—Entonces tendré que ir. Pues sí, iré, díselo a tu padre. El caso es que tengo tantos asuntos… Acabo de presentarme aquí y le he dicho al ingeniero: «Salude a los señores de Suecia de mi parte y dígales que quiero comprar». Luego ya veremos. A mí me da igual, no tengo prisa. Deberías haber visto a ese ingeniero, cómo ha trabajado con hombres, caballos, dinero, máquinas y locuras, creyendo que estaba haciendo lo correcto. Cuanta más piedra pueda convertir en dinero, mejor; opina que hace algo encomiable con ello, pues consigue dinero para el pueblo, para el país; con él todo se acerca cada vez más a la perdición, pero él no lo ve así, lo que necesita el país no es dinero, el país tiene dinero de sobra; lo que no sobra son hombres como tu padre. ¡Imagínate, convertir el medio en fin y enorgullecerse de ello! Están enfermos y locos, no conocen el arado. Solo conocen los dados. ¿No son encomiables? ¿No se destruyen con su locura? ¡Míralos, apuestan todo! Lo que ocurre es que el juego no es arrogancia, ni siquiera coraje, es miedo. ¿Sabes lo que es el juego? Es el miedo con la frente sudorosa, eso es lo que es. El error que cometen es no querer andar al ritmo de la vida, sino más deprisa, apresurarse, introducirse en la vida como una cuña. Pero luego se les encorva la espalda: ¡deténganse, algo cruje, busquen un remedio, eviten que se les encorve la espalda! Y luego la vida los aplasta con cortesía, pero con determinación. Y empiezan las acusaciones contra la vida, la furia contra la vida. Hay gustos para todo. Algunos tendrán motivos para quejarse, otros no, pero nadie debería rabiar contra la vida. Nadie debería ser severo ni justiciero con ella, todos deberíamos ser misericordiosos y defenderla. ¡No olvides qué clase de jugadores ha de soportar la vida!

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
Se sientan y charlan. Geissler está inspirado, y solo calla cuando Sivert pronuncia sus breves respuestas. Enseguida vuelve a la carga: —¡Qué afortunada casualidad! ¡Es increíble! El viaje me ha ido muy bien, y ahora me encuentro aquí contigo y me ahorro pasar por Sellanrå. ¿Va todo bien en tu casa? —Sí, gracias. —¿Habéis levantado ya el granero sobre el establo de piedra? —Sí. —Bueno, bueno, estoy tan ocupado que no sé cómo voy a poder con todo. ¿Ves, por ejemplo, dónde estamos sentados, pequeño Sivert? Sobre las ruinas de una ciudad. Esto es algo que los seres humanos han levantado en contra de ellos mismos. En el fondo, yo soy el culpable de todo; o mejor dicho, soy uno de los intermediarios en esta pequeña comedia del destino. Todo empezó cuando tu padre encontró unas piedrecitas en el monte que te dio para que jugaras. Así empezó. Yo sabía muy bien que el precio de esas piedras era el que los seres humanos estuvieran dispuestos a pagar. Bien, yo les puse un precio y las compré. Esas piedras fueron luego pasando de mano en mano provocando grandes conflictos de intereses. Transcurrió el tiempo y me presenté aquí hace unos días, y ¿sabes a qué vine? ¡Vine a comprar las piedras que antes había vendido!
Tal vez la respuesta no interese a Geissler, o tal vez no la haya oído, pues prosigue: —De modo que he venido a comprar las piedras que vendí. La última vez dejé la venta en manos de mi hijo, es un joven de tu edad y, por lo demás, nada. Él es el rayo de la familia, yo soy la niebla. Soy de esos que saben qué es lo correcto, pero que hacen justo lo contrario. Pero él es el rayo, por el momento presta sus servicios a la industria. Fue él quien vendió por mí la última vez. Yo soy algo y él no, solo es el rayo, el hombre veloz de nuestro tiempo. Pero el rayo como tal es algo estéril. Pensemos en vosotros, la gente de Sellanrå, vosotros contempláis todos los días las mismas montañas azules, no son inventos, sino viejas montañas profundamente arraigadas en el pasado, y son vuestras amigas. El cielo y la tierra os acompañan en vuestros quehaceres y os fundís con ellos, os fundís con todo esto tan extenso y tan enraizado. No necesitáis empuñar una espada, pasáis por la vida sin cubriros la cabeza ni las manos, en medio de una gran bondad. ¡Mira, allí está la naturaleza, os pertenece a ti y a los tuyos! El hombre y la naturaleza no se bombardean el uno al otro, sino que se dan la razón, no compiten, no persiguen nada, se acompañan. En medio de todo eso, vivís la gente de Sellanrå. Las montañas, el bosque, las ciénagas, los prados, el cielo y las estrellas no son pobres y comedidos, sino inmensos y sin fin. Escúchame, Sivert: ¡Puedes estar satisfecho! Tenéis todo lo que necesitáis para vivir, tenéis todo por lo que vivir, todo en lo que creer, nacéis y engendráis, sois los imprescindibles de la Tierra. No todo el mundo lo es, pero vosotros sí: los imprescindibles de la Tierra. Sois los que mantenéis la vida. Existís de generación en generación, producís y, cuando morís, os sucede una nueva. Eso es lo que quiere decir vida eterna. ¿Y qué recibís a cambio? Una vida recta, una vida poderosa, una vida marcada por una actitud ingenua y correcta. ¿Y qué recibís a cambio? A la gente de Sellanrå nada ni nadie os subyuga ni os gobierna, tenéis serenidad y autoridad, vivís rodeados de una gran bondad. Eso es lo que tenéis a cambio. Reposáis mamando de un pecho, jugueteando con una cálida mano de madre. Pienso en tu padre, él es uno de los treinta y dos mil. Y tantos otros, ¿qué somos? Yo soy algo, soy la niebla, me muevo de acá para allá nadando, a veces soy la lluvia en un lugar árido. ¿Y los demás? Mi hijo es el rayo, que no es nada, es el resplandor estéril, aunque sabe actuar. Mi hijo es el hombre representativo de nuestra época, cree a pies juntillas en lo que su tiempo le ha enseñado, en lo que el judío y el yanqui le han enseñado; yo sacudo la cabeza, pero no soy nada misterioso, solo en mi familia soy la niebla. De nuevo sacudo la cabeza. Lo que pasa es que carezco de la capacidad de comportarme sin remordimientos. Si hubiera tenido esa capacidad, yo también podría ser el rayo. Ahora soy la niebla.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

jueves, 2 de junio de 2022

Llueve, la tierra está embarrada, mas Barbro sigue andando. Es ya muy tarde, pero aún no ha llegado el día de San Olav y no oscurece. La pobre Barbro no escatima fuerzas, sino que camina hacia su objetivo, se dirige a un lugar a iniciar una nueva lucha. En realidad, nunca ha escatimado fuerzas, nunca ha sido perezosa, y por eso es una criatura tan bonita y fina. Barbro tiene facilidad para aprender, y con frecuencia usa esa habilidad para su propia destrucción. ¿Qué otra cosa podría esperarse? Se ha curtido de desgracia en desgracia, pero también ha salvado algunas buenas cualidades, no concede importancia a la muerte de un niño y, sin embargo, es fácil que se le ocurra ofrecer golosinas a cualquier chiquillo. Posee además un excelente oído para la música, sabe tocar hermosos acordes en la guitarra y canta con voz ronca. Resulta agradable y un poco triste escucharla. ¿Escatimado fuerzas? Tan pocas ha escatimado que se ha echado a perder sin darse cuenta. A veces, llora tanto que se le quiebra el corazón por alguna que otra cosa ocurrida en su vida, forma parte de ella, y se debe a esas canciones que entona. Con la poesía y las historias de amor que lleva dentro se ha engañado a sí misma y a muchos otros. Si hubiera podido traerse la guitarra, habría tocado un poco para Aksel esa noche.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

miércoles, 1 de junio de 2022

Por otra parte, tampoco había antes una granja llamada Sellanrå, sino solo una choza de turba. Y ¿qué había ahora? Tampoco había antes un Marqués del Páramo.
Pero ¿en qué se había convertido ahora el Marqués del Páramo? En nada más que un ser humano, en un hombre triste y marchito. ¿De qué servía comer bien y tener buenos intestinos si eso no se transformaba en fuerza? Ahora era Sivert el que tenía la fuerza, y gracias a Dios que la tenía. Pero, y ¿si también Isak la hubiera tenido? ¿De qué serviría que sus ruedas empezaran a aflojar la marcha? Había trabajado como un hombre, sus espaldas habían soportado el peso de una bestia de carga; a partir de ahora tendría que soportar la paciencia necesaria para dejarlas reposar en un banco.
Isak está descontento, Isak está triste.
Encuentra un viejo gorro de hule para la lluvia pudriéndose en el suelo. El viento lo había arrastrado hasta allí, hasta la orilla del bosque, o tal vez lo llevaran los chicos cuando eran pequeños. Allí sigue pudriéndose año tras año, pero una vez fue un gorro nuevo, encerado y amarillo. Isak recuerda el día en que lo llevó a casa después de haberlo comprado en la tienda del pueblo, e Inger dijo que era un gorro muy bonito. Un par de años más tarde bajó al pueblo y pidió al pintor que lo dejara negro y reluciente, y la visera pintada de verde. Al volver a casa esta vez, Inger opinó que era aún más bonito que antes. Inger opinaba siempre que todo estaba bien, ay, qué buenos tiempos aquellos, él cortaba leña e Inger miraba, fue su mejor época. Y al llegar los meses de marzo y abril, Inger y él se deseaban con ardor, como los pájaros y los animales del bosque, y al llegar el mes de mayo, él sembraba el grano y plantaba la patata, feliz día y noche. Se trabajaba y se dormía, se amaba y se soñaba, él era como su primer toro, que llegó grande y reluciente, como un rey. Pero los meses de mayo ya no son como aquellos. Ya no.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
De repente comprende que no es solo cuestión del peso de su cuerpo, sino que ya no tiene las fuerzas de antaño, eso es lo que ocurre, ha perdido la capacidad de arquear la espalda. ¿Peso corporal? No le costaría nada tumbarse y romper la gran barra. Pero, al parecer, estaba flojeando. Ese descubrimiento llena de amargura a ese hombre paciente; ¡si al menos Inger no hubiera estado allí observándolo…!
De repente renuncia a la barra del carruaje y coge la maza. Es como si la cólera se hubiera apoderado de él, está dispuesto a usar la violencia. Sigue con la gorra ladeada sobre la oreja y pinta de bandido, da unas vueltas amenazadoras alrededor de la piedra como para hacerse respetar, como si esta vez fuera en serio, dispuesto a dejar la piedra hecha añicos. ¿Por qué no iba a hacerlo? No es más que una formalidad destrozar una piedra a la que odias a muerte. ¡Ya vería ella quién de los dos sobreviviría!
Pero entonces Inger vuelve a decir algo, un poco asustada, seguramente consciente de lo que se está fraguando dentro de su marido: —Y si nos tumbáramos los dos sobre el tronco… —se refería a la barra. —¡No! —grita Isak encolerizado. Pero al cabo de una breve reflexión dice: —Bueno, ya que sigues aquí… Pero no entiendo por qué no te vas a casa. ¡Intentémoslo!
Y logran poner la piedra de canto. Lo consiguen. —¡Puf! —dice Isak.
¡En ese momento aparece ante sus ojos algo inesperado! La parte inferior de la piedra es una superficie plana, inmensamente ancha, de un corte precioso, lisa como un pavimento. Esa piedra solo es la mitad de una piedra, la otra mitad estará muy cerca. Isak sabía muy bien que dos mitades de la misma piedra podrían ocupar dos lechos distintos, ya que las heladas podían haberlas desplazado y por ello separado durante años, pero este hallazgo le asombra y le alegra, es una losa de la mejor clase, una piedra para el umbral. Una gran suma de dinero no habría llenado de tanta satisfacción el corazón de este hombre de la tierra. —¡Una piedra magnífica para el umbral! —dice con orgullo. Inger exclama de buena fe: —¡No entiendo cómo podías saberlo! —¡Hum! —dice Isak—. ¿Creías acaso que estaba cavando al tuntún?
Vuelven juntos a casa, Isak disfruta de una admiración no merecida, pero no le sabe muy diferente de las merecidas.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun
El colono no perdía la cabeza. El aire que respiraba no era insalubre, tenía público suficiente para lucir su nueva ropa, no echaba de menos los diamantes, y solo conocía el vino por las bodas de Canaán. El colono no sufría por las maravillas que no podía tener: el arte, los periódicos, los lujos, la política, valían exactamente lo que la gente estaba dispuesta a pagar por ellos, nada más, pero las cosechas de la tierra, en cambio, había que lograrlas a cualquier precio, pues eran el origen de todas las cosas, la única fuente. ¿Quién decía que la vida del colono era vacía y triste? ¡Nada más lejos de la verdad! ¡Tenía sus fuerzas superiores en las que refugiarse, sus sueños, sus enamoramientos, su rica superstición! Un día, al anochecer, Sivert pasea por la orilla del río, de repente se detiene, en el agua hay dos patos silvestres, macho y hembra. Lo han descubierto, se han percatado de la presencia del hombre y se inquietan; uno de ellos emite un sonido, es un sonido breve, una melodía en tres tonos, el otro contesta del mismo modo. En ese instante levantan las alas, rodando como pequeñas ruedas dos pasos más arriba en el río, donde se detienen de nuevo. Entonces uno de ellos vuelve a emitir un sonido, y el otro contesta, es igual que la primera vez, pero tan celestial que parece venir de otra parte, lo que emiten lo emiten en dos octavas más alto. Sivert se queda mirando las aves, mira mucho más allá de ellas, y dentro del sueño. Un sonido había navegado por su interior, un goce, y él se quedó con un recuerdo frágil de algo salvaje y delicioso, algo ya vivido, pero borrado. Vuelve a casa en silencio, no habla de ello, no se lo cuenta a nadie, no se puede explicar con palabras de este mundo. Eso le ocurrió a Sivert de Sellanrå, un joven normal y corriente, cuando salió un atardecer.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun