Donde la arena se oscurecía bajo el agua poco profunda del arroyo y luego se aclaraba para volver a alzarse, las innumerables huellas superpuestas de ruedas y herraduras eran como gritos en una iglesia desierta. Luego empezaban a verse las carretas, alineadas a un costado del camino, los niños más pequeños en cuclillas, las mujeres todavía sentadas en las sillas de mimbre dentro de las carretas, con sus bebés en brazos, dándoles de mamar cuando llegaba el momento; los hombres y los chicos de más edad de pie en silencio a lo largo de la cerca de hierro medio derruida y asfixiada por la madreselva, contemplando a Armstid mientras sacaba sin descanso tierra a paletadas en la pendiente del viejo jardín. Llevaban dos semanas contemplándole. Después del primer día, después de que le vieran los primeros y volvieran a sus casas con la noticia, habían empezado a acudir en carretas y a lomos de caballos y mulas desde distancias hasta de quince y veinte kilómetros, hombres, mujeres y niños, octogenarios y lactantes, cuatro generaciones, dentro de una carreta baqueteada y desvencijada, todavía con restos de estiércol o heno y ahechaduras, que se sentaban en los vehículos o se colocaban a lo largo de la cerca con la compostura con que asistirían a una recepción oficial, con el absorto interés de una multitud que presencia el trabajo de un mago en una feria. El primer día, cuando el primer espectador se apeó y se aproximó a la cerca, Armstid salió de su hoyo y corrió hacia él, arrastrando la pierna rígida, alzada la pala, maldiciendo con un susurro áspero, jadeante, y obligó al intruso a marcharse. Pero renunció muy pronto a seguir haciéndolo; parecía no advertir siquiera la presencia de los espectadores a lo largo de la cerca, contemplándole mientras azadoneaba sin descanso de aquí para allá por la ladera con su exhausta e incansable furia. Pero ninguno trató ya de entrar en el jardín, y ahora sólo algunos chiquillos se empeñaban en molestarle.
(...)
¡No me digas que me calle! No tienes inconveniente en permitir que Eck o Flem Snopes o la tribu entera de los Varner te saquen arrastrando de tu carreta y te golpeen contra un puente de madera hasta dejarte medio muerto. Pero cuando se trata de demandarlos para defender tus derechos y para que se les castigue, entonces no. Porque eso no sería portarse como un buen vecino. ¿Qué tiene que ver la buena vecindad con estar tumbado boca arriba durante la época de la siembra mientras nosotros te quitamos astillas de la cara?
Para entonces el alguacil estaba ya gritando.
¡Orden! ¡Orden! ¡Estamos en un tribunal de justicia!
(...)
De manera que ni el birlocho de Varner ni la calesa de Ratliff se mezclaron con las carretas, los coches ligeros y los caballos y mulas ensillados que salieron de la aldea aquel sábado por la mañana para reunirse en el almacén de Whiteleaf, a doce kilómetros de distancia, procedentes no sólo de Frenchmans Bend, sino también de otros parajes, puesto que para entonces habían aparecido casos de lo que Ratliff llamaba «esa enfermedad de Texas», la variopinta epidemia de caballos enloquecidos e inalcanzables, a treinta e incluso a cuarenta y cinco kilómetros de distancia. Así que cuando las gentes de Frenchmans Bend empezaron a llegar, había ya dos docenas de carretas, con las parejas vueltas, libres de arreos y atadas a las ruedas traseras para pasar así el día, y el doble de caballerías ensilladas, distribuidas ya por el bosquecillo de acacias junto al almacén; para entonces el emplazamiento de la audiencia se había cambiado del almacén a un cobertizo adyacente, donde se almacenaba el algodón en otoño. Pero a las nueve quedó claro que ni siquiera el cobertizo serviría para acomodarlos a todos, de manera que fue necesario cambiar de nuevo el emplazamiento del tribunal, esta vez del cobertizo al mismo bosquecillo de acacias. Se retiró de allí a los caballos, a las mulas y a las carretas; desde el cobertizo se llevó el único sillón, la gastada mesa, una gruesa biblia, que tenía el aspecto de una vieja máquina perfectamente conservada y empleada con constancia y con afecto, un almanaque y un ejemplar de la jurisprudencia de Mississippi con fecha de 1881 que presentaba, en el lado por donde se abría, una sola y estrechísima línea de suciedad, como si durante todo el período en que el ejemplar había sido suyo, el propietario (o usuario) sólo lo hubiese abierto por una página aunque, eso sí, con mucha frecuencia; tambien se despachó a una carreta y cuatro hombres que regresaron en seguida de una iglesia a kilómetro y medio con cuatro bancos de madera para los litigantes y sus familiares y testigos; detrás de éstos se colocaron los espectadores: hombres, mujeres y niños, serios, atentos y pulcros; no, por supuesto, con la ropa de los domingos, pero sí con la ropa de trabajo limpia, recién puesta aquella misma mañana para las distracciones del sábado, es decir, para matar el tiempo junto a los almacenes del condado o hacer un viaje a la cabeza de partido, ropa con la que volverían a trabajar en el campo el lunes por la mañana y que usarían durante toda la semana hasta que llegara de nuevo la noche del viernes
(...)
¿Qué ha sucedido? preguntó Varner.
Se ha roto el cuello dijo Eck.
Eso lo sé dijo Varner. Pero ¿cómo? Eck no se movió. Los otros, que le observaban, casi le veían reunir y ordenar las palabras, las frases. Varner, mirándole desde arriba, se echó a reír con una risa áspera y sostenida, sorbiendo aire entre los dientes.
Os voy a contar yo lo que ha sucedido. Eck y su chico lo acorralaron por fin en el callejón sin salida de la casa de Freeman, después de perseguirlo unas veinticuatro horas. Calcularon que no podría trepar las cercas de más de dos metros de la casa de Freeman y el chico atravesó la cuerda a la salida del callejón, a un metro del suelo más o menos. Y, como era de esperar, tan pronto como el caballo vio el establo de Freeman al final del callejón dio la vuelta como Eck suponía que iba a hacer, y salió tan de prisa como un halcón asustado. Lo más probable es que no llegara siquiera a ver la cuerda. La señora Freeman había salido corriendo al porche y vio desde allí lo que sucedía. Dijo que cuando el caballo chocó con la cuerda, fue como cuando se queman esas grandes ruedas de fuegos artificiales en navidad. Pero el que compraste se esfumó, ¿no es cierto?
Sí dijo Eck. No me dio tiempo a ver qué dirección tomaba.
Regálamelo, papá dijo el niño.
Espera a que lo cacemos dijo Eck. Ya lo decidiremos entonces.
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Cuando el caballo llegó a él estaba ocupado por una carreta que venía en dirección contraria, tirada por dos mulas dormidas ya en sus arreos por el efecto soporífico de la marcha. En el asiento delantero iban Tull y su mujer y en sillas de tijera, en el interior, sus cuatro hijas; regresaban, más tarde de lo normal, de una visita de todo el día a alguno de los parientes de la señora Tull. El caballo ni redujo su velocidad ni cambió de dirección. Cayó con estrépito sobre el puente de madera y siguió corriendo entre las dos mulas, que se despertaron tirando en direcciones opuestas de sus arreos; luego intentó trepar por la misma lanza de la carreta como una ardilla loca y arañó la parte delantera de la carreta con las patas, como si pretendiera meterse dentro, mientras Tull le gritaba y le golpeaba en el hocico con el látigo. Las mulas trataban ahora de dar la vuelta a la carreta en medio del puente, por lo que empezó a bambolearse e inclinarse, al mismo tiempo que la barandilla del puente crujía con ruidos como de pistoletazos que ahogaron los chillidos de las mujeres; el caballo logró subirse al lomo de una mula y Tull, de pie en la carreta, le pegó una patada en el hocico. Entonces la parte delantera de la carreta se levantó, lanzando a Tull, con varias vueltas de las riendas en torno a una de sus muñecas, hacia el interior de la carreta, entre las sillas derribadas y las medias y la ropa interior al descubierto de las mujeres. El jaco logró zafarse, saltó de nuevo la tablazón del puente y siguió galopando. La carreta se tambaleó de nuevo; las mulas habían logrado por fin hacerla girar, aunque no hubiera sitio para ello, y estaban ahora dando coces para soltarse de los arreos. Cuando lo consiguieron, sacaron también a Tull de la carreta. Cayó de cara sobre el puente y lo arrastraron un par de metros antes de que se rompieran las riendas. Muy lejos carretera adelante, distanciándose cada vez más de las frenéticas mulas, el jaco se perdió de vista. Mientras las cinco mujeres seguían chillando junto al cuerpo inconsciente de Tull, aparecieron Eck y el chiquillo, trotando, el herrero todavía con la cuerda. Estaba jadeando.
¿En qué dirección ha ido? preguntó.
(...)
Esperen dijo el recién llegado. Usted, el que está subido en el poste el tejano le miró. Cuando los otros se volvieron notaron que también la mujer se había apeado, aunque no sabían que estaba allí, porque no habían visto llegar la carreta. Pasó entre ellos detrás del hombre, con su vestido gris sin forma, su papalina descolorida y las manchadas zapatillas de tenis que le daban un aire de completa desolación. Alcanzó al hombre pero no le tocó, quedándose inmediatamente detrás de él, las manos metidas en el vestido gris.
(...)
Una tabla estalló con la violencia de un pistoletazo; ante los ojos de los espectadores las profundidades del corredor central se disolvieron con furia ensordecedora y, mientras seguían mirando por encima de las medias puertas, incapaces todavía de moverse, todo el interior del establo se disolvió en un enloquecido revoltijo de formas semejante a un incendio atizado por el huracán.
Demonios coronados dijo uno de ellos. ¡Saltad! gritó. Los tres giraron en redondo y corrieron frenéticamente hacia la carreta, Eck el último. Varias voces gritaron algo desde la cerca, pero Eck no las oyó hasta que, en el instante de trepar al vehículo, miró hacia atrás y vio al niño, todavía inclinado ante una puerta que un momento después se transformó en astillas, el nudo mismo de la madera explotando delante de su ojo y dejándole inmóvil con su mono diminuto y todavía un poco inclinado hacia adelante, hasta que desapareció por completo debajo de la enorme ola multicolor llena de cascos y ojos relampagueantes y dientes feroces que, pasándole por encima, se dividió en olas más pequeñas, revelando por fin el orificio boqueante y el niño todavía de pie, ileso, con el ojo a la altura del desaparecido agujero.
¡Wall! rugió Eck. El niño se volvió y corrió hacia la carreta. Los jacos galopaban por el corral como si en el interior del establo su número se hubiera doblado una vez más; dos de ellos que cambiaban constantemente de dirección saltaron varias veces por encima del niño sin tocarle, mientras corría, diminuto y decidido y aparentemente sin avanzar, hasta que alcanzó la carreta por fin, desde la que Eck, su piel tostada por el sol ahora enfermizamente blanca, se agachó y metió al niño en la carreta agarrándolo por los tirantes del mono; luego se lo colocó violentamente sobre las rodillas cabeza abajo y cogió una cuerda enrollada del suelo de la carreta.
¿No te dije que salieras de ahí? preguntó con voz temblorosa. ¿Es que no te lo dije?
Si vas a darle una zurra, será mejor que nos zurres primero a los demás y luego uno de nosotros se encargará de molerte a palos dijo uno de los hombres.
(...)
Está bien, muchachos. Podéis compraros esos animalitos si os apetece. Pero por lo que a mí se refiere antes me compraría un tigre o una serpiente de cascabel. Y si Flem Snopes me ofreciera uno, me daría miedo tocarlo, por si acaso resultaba ser un perro pintado o un trozo de manguera. Os deseo muy buenas noches a todos y a cada uno.
(...)
Ah dijo Eck. No, señor. No se lo hemos cambiado. Nunca tuvo un nombre, por así decirlo, hasta el año pasado. Lo dejé con su abuela después de la muerte de mi primera esposa, mientras buscaba dónde instalarme. Yo no tenía entonces más que dieciséis años. La abuela le llamaba como a su marido, pero el niño nunca tuvo un nombre de verdad. Pero el año pasado, cuando me instalé y mandé a buscarlo, se me ocurrió que sería mejor que tuviera un nombre. I. O. se enteró de ése en el periódico. Su idea era que si le llamábamos Wallstreet Panic quizá llegara a hacerse rico como la gente que organizó el pánico en la Bolsa.
Ah dijo Ratliff. Dieciséis. Y un chaval no fue suficiente para que te instalaras. ¿Cuántos han hecho falta?
Tengo tres.
Dos además de Wallstreet. ¿Qué
?
Tres además de Wall respondió el otro.
Ah dijo Ratliff. El otro esperó un momento. Luego alzó de nuevo el martillo. Pero se detuvo y contempló el hierro frío sobre el yunque, dejó el martillo y volvió junto a la fragua. De manera que tuviste que pagar los veinte dólares dijo Ratliff. El otro se le quedó mirando. Por la vaca, el verano último.
Sí. Y veinticinco centavos más por la de juguete.
¿También se la compraste tú?
Sí. Me dio pena. Se me ocurrió que si alguna vez se ponía a pensar, el juguete le serviría para pensar en algo.
(...)
En casa, sentado ante su propio fuego las tardes de los domingos, Ratliff oía a la mujer que llegaba después de la comida en busca de los niños y les ponía los abrigos nuevos sobre la ropa ya demasiado pequeña con la que, sin tener en cuenta la temperatura, habían ido a la escuela dominical (su hermana se encargaba de ello) con el sobrino y las sobrinas que la habían desechado; y pensaba en los cuatro sentados, apelotonados e inmóviles con los abrigos puestos en torno a la pequeña e ineficaz estufa de chapa de hierro que no templaba la celda, sino que se limitaba a extraer de las paredes, como si fueran lágrimas, el viejo sudor y los viejos sufrimientos y desesperanzas que se habían refugiado en ella.
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Las navidades transcurrieron bajo el mismo cielo color de sal, sin un reblandecimiento siquiera superficial de aquel suelo de acero, pero en enero se levantó un viento del noroeste que se llevó la neblina, dejando el cielo limpio. El sol trazó sombras sobre el suelo helado y durante tres días algunos trozos se deshelaron un poco al mediodía, hasta unos dos centímetros de profundidad, como una mancha de mantequilla o de grasa lubricante; y hacia el mediodía la gente aparecía, como ratas o cucarachas, se decía Ratliff, sorprendidos e inseguros ante el sol o ante fragmentos reblandecidos de la tierra que parecían regresar de un tiempo antiguo, casi olvidado, y ser otra vez capaces de conservar la huella de un pie.
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De manera que el caso se retrasó, por simple ausencia de materia para un sacrificio en toda regla como una obra teatral en la que faltan actores para cubrir todos los personajes del reparto, de la sesión de octubre a la de primavera, en mayo del año siguiente; y aproximadamente tres tardes por semana Ratliff contemplaba a sus huéspedes cuando, los niños vestidos con la ropa desechada de sus sobrinos, penetraban los tres en la cárcel, imaginándose a los cuatro sentados en la minúscula celda con un intenso olor a creosota y a antiguos residuos de secreciones humanas: sudor, orines, los vómitos producidos por todas las eternas miserias, por el terror, la impotencia, la esperanza. Aguardando a Flem Snopes, pensó Ratliff. A Flem Snopes.
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No entró en el ardiente e insaciable lecho de una mujer estéril y lasciva, sino en la feroz y sencilla cueva de una leona: una turgencia que no se rendía ni pedía cuartel y que le hizo monógamo para siempre, como hacen el opio y el homicidio a quienes se entregan una vez a ellos.
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Había vivido en una docena de cabañas alquiladas, melancólicas y mal construidas, a medida que su padre se trasladaba de granja en granja, sin que él mismo se hubiera alejado nunca más de treinta o cuarenta kilómetros de cualquiera de ellas. Luego había tenido que abandonar, de noche y de repente, el techo al que llamaba hogar y la única tierra y gentes y costumbres que conocía, sin tiempo siquiera para recoger nada, si es que tenía algo que llevarse, ni para decir adiós a nadie, si es que había alguien a quien decir adiós, de manera que, semanas después y todavía a pie, se encontraba a más de trescientos kilómetros de distancia. Buscaba el mar; tenía entonces veintitrés años, así de joven era. Nunca lo había visto; no sabía exactamente dónde estaba, tan sólo que caía hacia el sur.
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Había vivido en una docena de cabañas alquiladas, melancólicas y mal construidas, a medida que su padre se trasladaba de granja en granja, sin que él mismo se hubiera alejado nunca más de treinta o cuarenta kilómetros de cualquiera de ellas. Luego había tenido que abandonar, de noche y de repente, el techo al que llamaba hogar y la única tierra y gentes y costumbres que conocía, sin tiempo siquiera para recoger nada, si es que tenía algo que llevarse, ni para decir adiós a nadie, si es que había alguien a quien decir adiós, de manera que, semanas después y todavía a pie, se encontraba a más de trescientos kilómetros de distancia. Buscaba el mar; tenía entonces veintitrés años, así de joven
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Allí estaban las huellas. Reconoció las del sheriff las huellas pesadas, incluso perfectamente marcadas sobre la tierra reseca de un verano sin lluvia, de los cien kilos de carne que lucían una placa de metal más pequeña que la carta de baraja a la que se había jugado no sólo la pérdida de la libertad, sino quizá incluso la aniquilación seguidas por las de sus ayudantes.
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Quedaba todavía en su rostro la señal de las grandes distancias y de la soledad, pero diluyéndose un poco, racionalizada e incluso convertida en algo conscientemente vigilante, aunque sin llegar del todo a ser temor; el animal salvaje, solitario y autosuficiente que sale de las tierras vírgenes atraído por la trampa y sabiendo que se trata de una trampa, sin entender por qué está condenado, pero sabiendo que lo está, sin sentir ya miedo y sin ser completamente salvaje.
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«Quizá ella no fuera gran cosa en otro tiempo, pero tampoco lo era yo. Y desde hace una buena temporada ha sido mejor de lo que yo recuerdo haber sido nunca». Quizá tuvieran un hijo al cabo de algún tiempo. Pensó en esperar a que sucediera, para interpretarlo como señal. Al principio esa posibilidad nunca se le había pasado por la cabeza, pero allí estaba otra vez la vieja mística protestante; la mano de Dios sobre el pecador incluso después de la regeneración: la prohibición para siempre de engendrar lanzada por la divinidad contra Babilonia. Houston no sabía con exactitud cuánto tiempo, qué período de castidad sería necesario para purgar la culpa y ser absuelto, pero podía imaginarlo: llegaría el momento, místico también, en que las manchas dejadas por todos aquellos hombres sin nombre y sin rostro, las abrasadas cicatrices de la lujuria mercantilizada, se curarían y quedarían borradas de los órganos que ella había prostituido.
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Huía no para escapar a su pasado, sino a su futuro. Tardó doce años en aprender que no se puede escapar ni al uno ni al otro. Por entonces estaba en El Paso, uno de los extremos de la línea en la que aún trabajaba como fogonero, pero muy cerca ya de pasar a maquinista. Vivía en una casita limpia y muy de ciudad que alquilaba desde hacía cuatro años, con una mujer que los vecinos, tenderos y otras personas parecidas consideraban su esposa y que Houston había sacado siete años antes de un lupanar de Galveston. Desde que se marchara de su casa había sido jornalero en Kansas para cultivar el trigo, pastor de ovejas en Nuevo México, más tarde obrero de la construcción en Arizona y el oeste de Texas y después estibador en los muelles de Galveston; si aún seguía huyendo, lo ignoraba, porque hacía años que ya no se acordaba de que había olvidado aquella cara. Y cuando comprobó que no se puede escapar ni al pasado ni al futuro si no se dispone de algo mejor que la geografía, tampoco lo supo.
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Houston tenía catorce años cuando se incorporó a la escuela. No es que fuese cerril, pero estaba todavía sin domar; más que el exceso de energías, le dominaba una violenta pasión, pero no por la vida, ni siquiera por el movimiento, sino por esa inmovilidad sin cadenas llamada libertad. No tenía nada en contra del saber; tan sólo contra estar encerrado, contra la reglamentación que la escuela llevaba consigo.
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Desgraciadamente yo soy soltero dijo I. O.. Pero tú tienes tres hijos
Cuatro dijo Eck. Uno en camino.
Cuatro. En ese caso supongo que la única manera de calcularlo es dividir la cantidad de acuerdo con quién se beneficiará más de la curación de Ike. Tú tienes que contarte a ti y a tus cuatro hijos. Eso hace cinco a uno. Lo que significa que yo pago un dólar ochenta y Eck los otros quince, porque cinco entra tres veces en quince y tres veces cinco hacen quince dólares. Y Eck se puede quedar con el cuero y el resto de la vaca.
Pero la carne y el cuero de una vaca no valen quince dólares dijo Eck. Y aunque los valieran, no la quiero. No me hacen falta quince dólares de carne de vaca.
No se trata de la carne y el cuero. Eso es accesorio. Se trata del valor moral.
¿Y por qué necesito yo quince dólares de valor moral cuando todo lo que tú necesitas es un dólar ochenta?
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No había desayunado aún y en la casa le esperaba el trabajo, la constante y continua ronda de tareas repetidas, capaces de desgastar alma y cuerpo, y arma única con que aquel trozo de tierra que era su mortal enemigo podía luchar contra él; tareas que había realizado ayer y tenía que repetir hoy y mañana y pasado mañana, solo y sin ayuda, o, de lo contrario, dejarse sepultar por la misma derrota en que se había convertido la estéril victoria sobre sus hijos; así hasta el día en que (también lo sabía perfectamente) tropezara y cayese sobre un surco, los ojos aún abiertos y las manos vacías y rígidas, pero sin perder la posición que adoptaban para sujetar el arado, o se derrumbara en el fondo de una zanja cubierta de malas hierbas, todavía empuñando la guadaña o el hacha, realzada esta victoria final por un cenotafio de buitres describiendo espirales en el cielo hasta que algún desconocido movido por la curiosidad apareciese por allí, lo encontrara y enterrase lo que quedara de él
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de manera que cuando entró la segunda mañana en el cuarto donde guardaba el grano y vio el mudo rastro de pienso derramado que terminaba en la vacía media luna a modo de abrazo, sintió una tremenda perplejidad seguida de una rabia furiosa y cegadora, como la de un hombre que al saltar para ponerse a salvo de un caballo desbocado pisa una cáscara de plátano. Durante ese momento se sintió dispuesto al homicidio. Vio en este segundo flagrante quebrantamiento del antiguo mandato bíblico (sobre el que él había fundado existencia, integridad, todo) de que el hombre ha de sudar o no tener, el mismo controvertido principio moral que había defendido contra sus cinco hijos, por separado o colectivamente, durante más de veinte años, batalla que, por salir victorioso, había perdido.
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El aire que agitaba los pinos cesó y luego volvió a cobrar fuerza; en un anticlímax de total vacío, la hirsuta piel de la tierra se hinchó como la de una yegua en celo para el imperioso choque, para la furiosa y breve fecundación que, todavía desenfrenada, se sembraba a sí misma en resplandor y fulgor de ruido y furia y acto seguido no existía ya, desvanecida
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Van en su persecución igual que lo hace el sol y dentro del ámbito de un único e inmutable horizonte. Caminan con el sol abrasador e indiferente, indiferentes y sin ardor ellos mismos entre las sombras de los altos troncos que son los radios del poderoso engranaje movido por el sol que hace girar sin prisas a la tierra sobre su eje, sacándola de las cavernas de la oscuridad, a través del alba y de la mañana, y empujándola hasta llevarla por fin a la marea muerta del mediodía, donde la ola de luz, deteniéndose casi en lo más alto de su carrera, corona con una única guirnalda a todos los serafines pecadores y no arrepentidos.El sol es una columna amarilla, perpendicular. Él la siente sobre la espalda mientras, agachándose con su característica falta de coordinación entre muslo y rodilla, recoge primero la brazada de hierba lujuriante y después las flores. Son las brillantes y chillonas margaritas silvestres del pródigo comienzo del ostentoso verano. A veces, su torpe y desobediente mano, en lugar de quebrar el tallo, simplemente se cierra en torno de la vertical que se le escapa, por lo que deshoja la cabezuela, provocando una lluvia de pétalos violados.
(...)
Más tarde retira la cesta, que no está vacía. Contiene aún, casi con exactitud de báscula, la mitad de lo que trajo del establo, pero se lo retira, lo saca de debajo del hocico bamboleante que sigue masticando del centro de la sorpresa, y lo cuelga sobre una rama; porque ahora aprende de prisa, ha aprendido ya a tener éxito y a tomar precauciones y a guardar secretos y a robar e incluso a ser previsor; y no le queda por aprender más que la lujuria y la avaricia y la sed de sangre y una conciencia mortal que le mantenga despierto por la noche.
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Y observa la repetición de algo que descubrió por vez primera tres días antes: la aurora, la luz, no se vierte sobre la tierra desde el cielo, es la tierra misma quien la exhala. Cubierta por el entretejido dosel de las ciegas y endurecidas raíces de las hierbas y las raíces de los árboles, oscura en la ciega oscuridad del légamo del tiempo y de los fértiles desechos, la constante y anónima y nunca saciada glotonería gusanil y los inextricables huesos conocidos Helena de Troya y las ninfas y los obispos mitrados que roncan, los salvadores, las víctimas y los reyes, se despierta, rezuma y se extiende por incontables canales que trepan: primero, raíz; luego, hoja por hoja, desde cuyas puntas, como gas que se escapa, se alza y disemina y mancha la tierra, profundamente dormida con soñoliento murmullo de insectos; luego, todavía en trayectoria ascendente, trepa por la intrincada corteza de tronco y rama donde, repentinamente más fuerte, hoja a hoja, y dispersándose con súbita rapidez de difusión, melodiosa con las gargantes aladas y enjoyadas, irrumpe hacia lo alto y llena la global negación de la noche con el estrépito de los junquillos.
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Kilómetro y medio atrás había dejado la zona de fértiles tierras bajas a la orilla del río para adentrarse en las colinas: una región que era topográficamente el eco final, azul y moribundo, de los montes Apalaches. Había sido el país de los indios Chickasaw, pero después de los indios se desbrozó donde fue posible para cultivarlo, y acabada la guerra civil fue olvidado por todos con la excepción de algunas pequeñas serrerías móviles que también ahora habían desaparecido, y cuyo emplazamiento delataban tan sólo los montones de serrín en putrefacción, que además de ser sus lápidas funerarias, eran también un monumento a la insensata avaricia de un pueblo
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Ratliff pudo verlo, descubrirlo algunos meses más tarde, vacío y con las varas apuntaladas en el cobertizo de un establo a pocos kilómetros de la aldea, almacenando polvo; las aves del corral lo utilizaban para dormir, ensuciando y estropeando sistemáticamente el barniz en otro tiempo reluciente con excrementos calizos; y allí siguió hasta la recolección siguiente, la época del dinero, cuando el padre de su último conductor lo vendió a un jornalero negro, después de lo cual se le veía cruzar la aldea varias veces al año, tal vez reconocido, tal vez no, mientras su nuevo propietario se casaba y empezaba a tener una familia, el coche cada vez más gris, derramando niños, perdido el brillo, las ruedas enderezadas mediante duelas de barril cruzadas y sujetas con alambre, hasta que tanto las delicadas ruedas como las duelas desaparecieron, transformadas, al parecer sin dejar de moverse, en ruedas de carreta un poco más pequeñas, recias, ya usadas, que le hacían escorarse, con una inclinación también variable, que se trasladaba de un costado a otro entre dos de sus fugaces apariciones detrás de una sucesión de caballos y mulas, lisiados y huesudos, de arreos remendados con alambre y cuerda, como si su dueño lo hubiera sacado diez minutos antes de un cementerio secreto para esta particular apoteosis final de canto de cisne que, lamentablemente malinformada sobre sus propias capacidades, nunca resultaba ser la última.
(...)
Los jóvenes seguían sentados, atraillados e indómitos y vociferantes y cerriles ante los inútiles segundos apresurados mientras se alargaban las sombras y empezaban a cantar las ranas y los chotacabras y el aire llevaba de aquí para allá a las luciérnagas por encima del riachuelo. Luego aparecía la señora Varner tan presurosa como siempre, hablando, y sin dejar de hablar hacía que entraran todos para comer las sobras frías de la copiosa comida, bajo la lámpara a cuyo alrededor zumbaban los insectos, y después los muchachos se daban por vencidos. Se marchaban como un solo hombre, hirviendo de indignación y muy correctos, para montar sobre los pacientes caballos y mulas y cabalgar en furiosa unanimidad sin palabras hasta el vado del río a algo menos de un kilómetro, desmontar, atar los caballos y las mulas y pelear salvaje y silenciosamente a puñetazo limpio, lavarse la sangre en el agua y montar de nuevo para irse cada uno por su camino, con los nudillos despellejados y los ojos morados, liberados por el momento hasta de la rabia, la frustración y el deseo, bajo el frío resplandor de la luna, atravesando los campos sembrados.
(...)
Después de la cena iban a ir a Memphis, para continuar las celebraciones de manera informal. Labove sabía lo que eso quería decir: consumir bebidas alcohólicas en la habitación de un hotel y luego, para algunos de ellos al menos, ir a un burdel. Rehusó, no porque fuese virgen ni porque no tuviese dinero para gastarlo de esa manera, sino porque hasta el último momento aún creía, aún conservaba su fe de montañés en la educación, una fe puramente emocional y sin fundamento, fe en la magia blanca de los títulos en palabras latinas, que era la contrapartida de la antigua fe del monje en su cruz de madera.
(...)
Se marchó durante una semana con motivo de los exámenes de mitad de trimestre. Al regresar persiguió a Varner para que se hiciera el desbroce de un campo de baloncesto. Él mismo realizó personalmente buena parte del trabajo, junto con los chicos de más edad, a los que enseñó a jugar. Al terminar el año siguiente el equipo había ganado a todos los oponentes que pudieron encontrar, y al tercer año, siendo él mismo uno de los jugadores, llevó al equipo a Saint Louis, donde, en mono y descalzos, ganaron un torneo del Valle del Mississippi contra todos los que se presentaron.
Cuando volvió con ellos a la aldea había terminado. Le bastaron tres años para licenciarse: bachiller en leyes y maestro en humanidades. Ahora abandonaría la aldea por última vez los libros, la excelente lámpara, la navaja de afeitar, la reproducción barata de un cuadro del pintor inglés Alma Tadema que el profesor de lenguas clásicas le había regalado las segundas navidades para volver a la universidad a sus clases alternativas de derecho y humanidades, una detrás de otra desde la hora del desayuno hasta las cuatro o las cinco de la tarde. Ahora necesitaba gafas para leer, y al salir de una clase para ir a la siguiente parpadeaba penosamente para evitar la luz, vestido con el único traje desparejado que poseía, entre una multitud de risueños jóvenes y muchachas con ropa de una calidad como no había visto nunca antes de llegar a la universidad, chicos y chicas que más que ignorarle no le veían en absoluto, igual que tampoco veían los postes que sostenían las luces eléctricas que él tampoco había visto nunca hasta dos años antes. Labove se movía entre ellos y miraba, con la misma expresión que aparecía en su rostro cuando volaba sobre las veloces líneas, pisoteadas por los tacos, en el campo de fútbol, a las chicas que, al parecer, iban allí a encontrar maridos, y a los jóvenes que acudían a la universidad por razones que le eran desconocidas.
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El viernes por la noche recorrió con el caballo que Varner le había prometido los ochenta y pico kilómetros hasta Oxford, asistió a las clases de la mañana, jugó un partido de fútbol por la tarde, durmió hasta el mediodía del domingo y estaba de nuevo en su camastro del cuarto adosado y sin chimenea de Frenchmans Bend para la medianoche. Era la casa de una viuda que vivía cerca de la escuela. Las posesiones de Labove eran una navaja de afeitar, la chaqueta y los pantalones desparejados que llevaba puestos, dos camisas, el abrigo del entrenador, un Coke, un Blackstone, un volumen de recopilación de sentencias de Mississippi, un Horacio en latín, un Tucídides que el profesor de lenguas clásicas, en cuya casa había encendido el fuego por las mañanas, le había regalado por navidad y la lámpara más luminosa que se había visto nunca en la aldea. Era niquelada, con válvulas y pistones e indicadores; colocada sobre su mesa hecha con una tabla era evidente que costaba más que el resto de sus posesiones, y la gente venía desde lejos por la noche para ver el furioso resplandor inmóvil que producía.
Para cuando terminó aquella primera semana todos le conocían: la boca hambrienta, los ojos intolerantes sin sentido del humor, el rostro feo lleno de intensidad, con la sombra azul del afeitado, algo así como la composición fotográfica de Voltaire con un pirata isabelino. También le llamaban profesor, aunque no representaba más años de los que tenía veintiuno y a pesar de que la escuela no era más que una habitación en la que estaban revueltos desde alumnos con seis años hasta hombres de diecinueve a los que tuvo que enfrentarse con los puños para establecer su autoridad y en la que tenía que enseñar desde el simple abecedario hasta los rudimentos de las fracciones ordinarias. Labove enseñó a todos y les enseñó todas las cosas. Llevaba la llave del edificio en el bolsillo como un comerciante lleva la llave de su establecimiento. Abría la escuela todas las mañanas y la barría, dividía a los chicos por edad y tamaño en destacamentos para acarrear agua y cortar leña; y mediante reglas, amenazas, temor al ridículo y fuerza bruta logró que hicieran el trabajo que les correspondía, ayudándoles en ocasiones, no para darles ejemplo, sino con una especie de despreciativo e indiferente placer físico que le proporcionaba quemar sus energías sobrantes. Retenía implacablemente a los chicos de más edad después de las clases, colocándose delante de la puerta e impidiéndoles el paso, y llegando antes que ellos a las ventanas abiertas si intentaban escaparse. Les obligaba a subir con él al tejado y reemplazar tejas y realizar otras tareas de las que anteriormente Varner, como fideicomisario, sólo se había ocupado cuando el maestro le importunaba y se quejaba con insistencia. Por la noche los que pasaban por allí veían el furioso resplandor inmóvil de la lámpara patentada al otro lado de la ventana, donde él se sentaba ante los libros, objeto más que de su amor de su fe en que debía leerlos, abarcarlos y absorberlos hasta dejarlos secos, con algo de la misma despreciativa intensidad con que cortaba leña, midiendo las páginas superadas frente a los veloces segundos de tiempo irrevocable como un gusano de seda en su implacable devorar.
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Pero exactamente antes de que terminara el curso encontró un empleo. Puede decirse que se le vino a las manos. Pasarían aún dos o tres semanas antes de que el algodón estuviera listo para recogerlo y desmotarlo, y en el sitio donde estaba instalado podría seguir hasta mediados de septiembre con muy pocos gastos adicionales. De manera que casi todo lo que ganara con el empleo serían beneficios netos. Aceptó el trabajo. Se trataba de nivelar y construir un campo de fútbol. Por entonces no sabía lo que era un campo de fútbol ni le importaba. Para él era simplemente una oportunidad de ganar una determinada cantidad de dinero cada día y ni siquiera dejaba de manejar la pala mientras de vez en cuando reflexionaba con irónica frialdad sobre el tipo de deporte cuyo campo exigía bastantes más cuidados y gastos que la preparación de esa misma tierra para producir una cosecha rentable; de hecho, para dedicar tanto tiempo y dinero a una cosecha un agricultor habría tenido que cultivar oro por lo menos. Así que su actitud seguía siendo irónica y no de curiosidad cuando en septiembre, y antes de que estuviera terminado, el campo empezó a utilizarse y Labove descubrió que los jóvenes que lo usaban ni siquiera jugaban: tan sólo se entrenaban.
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Aparte de sus obligaciones como fideicomisario, tendría una hija dispuesta a empezar la escuela al cabo de un año o dos. Una tarde, a comienzos de septiembre, Will, en calcetines, estaba tumbado en la hamaca colgada en el patio entre dos árboles cuando vio acercarse a pie a un hombre que no había visto nunca, pero que reconoció al instante: un hombre verdaderamente enjuto más que delgado, de cabello negro liso y tan áspero como la cola de un caballo, prominentes pómulos indios, ojos claros, tranquilos y obstinados, la larga nariz de las ideas con las ventanas ligeramente curvas del orgullo y los labios finos de la secreta y despiadada ambición. Se trataba del rostro de un hombre de leyes, el rostro de la invencible seguridad en el poder de las palabras como principio digno de morir por él si fuese necesario. Mil años antes aquella cara hubiese sido la de un monje, la de un fanático militante que habría vuelto al mundo su intransigente espalda con verdadera alegría para pasar el resto de sus días y de sus noches, sereno y sin un momento de vacilación, luchando, no por salvar a una humanidad que nada le hubiera importado, por cuyos sufrimientos no habría sentido más que desprecio, sino contra sus furiosos y jamás dominados apetitos carnales.
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De manera que todo el mundo, incluido el mismo maestro, sabía que no estaría allí al comenzar el siguiente período académico. Pero a nadie le importaba especialmente que la escuela funcionase o no al otro año. Los habitantes eran sus propietarios. Ellos habían construido la escuela, pagaban al maestro y mandaban a sus hijos cuando no tenían trabajo para ellos en casa, de manera que únicamente se daban clases entre la época de la cosecha y la de la siembra: desde mediados de octubre hasta marzo.
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De manera que Eula no volvió a empezar en el almacén el trayecto de vuelta a la casa. Su hermano iba a esperarla a la escuela. Hacía ya casi cinco años que este espectáculo formaba parte integral de la vida de la aldea cuatro veces al día y cinco días por semana; el caballo roano que transportaba al hombre furioso y presa de agitación y a la muchachita en la que, incluso a los nueve, a los diez y a los once años, había demasiado de todo: demasiada pierna, demasiado pecho, demasiada nalga; demasiada carne femenina y mamal que, unida a la bolsa de hule de mal gusto que era evidentemente un receptáculo para libros de texto de primera enseñanza, constituía una burla de la idea misma de la educación y una paradoja viviente. Incluso mientras iba sentada detrás de su hermano en el caballo, la criatura que habitaba aquella carne parecía llevar dos vidas separadas y distintas, como sucede con los niños de pecho en el momento de mamar. Había una Eula Varner que proporcionaba sangre y alimento a las nalgas y a las piernas y a los pechos; y había otra Eula Varner que simplemente habitaba aquellas partes de su cuerpo y que iba donde iban ellas porque era menos trabajoso hacerlo así, que se sentía cómoda en ellas, pero que no tenía la más mínima intención de tomar parte en sus acciones, como nos sucede cuando estamos en una casa que no hemos planeado, pero donde los muebles ya están instalados y se ha pagado el alquiler.
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Creció desde la primera niñez hasta la edad de ocho años en sillas, trasladándose de una a otra por la casa a medida que las exigencias del barrido y limpieza domésticos y de la ingestión de las comidas la forzaban a levantar el campo. Ante la insistencia de su mujer, Varner siguió haciendo que el herrero fabricase utensilios domésticos en miniatura pequeñas escobas y bayetas, una cocinita de verdad, con la esperanza de convertir en deporte, en juego útil, todo aquello que por separado o en conjunto no tenía al parecer para Eula más valor que la taza de té frío para el viejo borracho. No tuvo compañeras de juego ni amiga inseparable. No las quería. Nunca estableció una de esas violentas intimidades, a veces de vida muy corta, en la que dos niñas crean un secreto reducto fortificado contra sus coetáneos varones y también contra el mundo de los adultos. Eula no hacía nada. Podría perfectamente seguir en estado fetal. Era como si sólo hubiera nacido la mitad de ella, como si mente y cuerpo se hubieran separado completamente o se hubieran confundido de forma irremediable; como si sólo una de las dos cosas hubiese salido a la luz o no lo hubiera hecho acompañada de la otra, sino más bien embarazada de ella.
Quizá se esté preparando para llegar a marimacho dijo su padre.
¿Cuándo? respondió Jody: un chispazo, un resplandor, aunque nacido de la cólera más exacerbada. Al paso que va no habrá ni una sola bellota de las que caigan al suelo en los próximos cincuenta años que no tenga tiempo de hacerse árbol y pudrirse y de que la quemen como leña, antes de que a mi hermana se le ocurra trepar por sus ramas.
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Llegaron hasta el escritorio donde estaba Ratliff: la cabeza que gesticulaba y se balanceaba, los ojos que una vez durante un instante, durante un segundo, se habían abierto para ver, se les había concedido vislumbrar el rostro de Gorgona de la injusticia primigenia que el hombre no estaba destinado a contemplar cara a cara y habían quedado para siempre vacíos y limpios de todo pensamiento, la boca babeante en la neblina de suave pelusa dorada.
Di cómo te llamas le pidió Snopes.
La criatura miró a Ratliff, agitando la cabeza sin descanso, babeando.
Dilo repitió Snopes, con gran paciencia. Di tu nombre.
Ike H-mope dijo el idiota roncamente.
Dilo otra vez.
Ike H-mope luego empezó a reírse, aunque casi inmediatamente dejó de ser risa y Ratliff se dio cuenta de que nunca lo había sido, tan sólo un ruido desenfrenado, sollozante, que la criatura no estaba ya capacitada para detener, que galopaba a toda velocidad, arrastrando la respiración tras de sí, como algo todavía vivo tras los cascos galopantes de una fiesta cosaca, los ojos inmóviles y sin visión sobre la boca redonda.
Calla dijo Snopes. Calla.
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Si alguien de aquí fuese a montar un rancho de cabras, lo haría pura y simplemente porque ya tendría demasiadas cabras. Se limitaría a declarar que el tejado o el porche delantero o el salón o cualquier otro sitio de donde no pudiera echarlas era un rancho de cabras y se conformaría con eso. Pero un tipo del norte hace las cosas de otro modo. Cuando hace algo, necesita un sindicato bien organizado, unos estatutos impresos y un diploma con orla dorada de la Secretaría de Estado en Jackson diciendo para general información por la presente, se hace saber que las veinte mil cabras, o las que sean, son cabras. Tampoco empieza con cabras o con un trozo de tierra. Empieza con un trozo de papel y un lápiz, y lo calcula todo sentado en la biblioteca: tantas cabras para tantas hectáreas y tantos metros de cerca para encerrarlas. Luego escribe a Jackson y recibe el diploma por esa cantidad de tierra y de cerca y de cabras, y primero compra la tierra para tener un sitio donde construir la cerca, luego construye la cerca alrededor para que no se le pueda salir nada, y finalmente sale a comprar las cosas que no tienen que salirse de la cerca. Así que al principio todo marchaba estupendamente. Encontró una tierra en la que ni siquiera al Señor se le hubiera ocurrido empezar un rancho de cabras y la compró apenas sin dificultad alguna, excepto la de encontrar a los dueños y hacerles comprender que era dinero de verdad lo que estaba tratando de darles, y la cerca prácticamente se hizo sola, porque podía sentarse en un sitio en el medio y pagar para que se la hicieran. Pero después descubrió que se había quedado sin cabras. Registró toda esta zona arriba y abajo y del derecho y del revés para encontrar el número exacto de cabras que le hacían falta para que el diploma con orla dorada no le dijera en sus propias narices que estaba mintiendo. Pero no fue capaz. A pesar de todos sus esfuerzos, aún le faltan cincuenta cabras para rellenar lo que le sobra de cerca. De manera que ahora, en lugar de tener un rancho de cabras, tiene una insolvencia. Una de dos: o devuelve el diploma o encuentra esas cincuenta cabras en algún otro sitio. Así que ésa es la situación; después de hacer todo el camino desde Boston, Maine, y de comprar mil hectáreas y de hacer construir quince mil metros de cerca alrededor, ahora resulta que todo el maldito proyecto depende del rebaño del tío Ben Quick porque, al parecer, no hay más cabras que las suyas entre Jackson y la frontera con Tennessee.
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Un hombre se presentó con una carreta que tenía rota una barra lateral de refuerzo. El nuevo herrero logró incluso repararla, aunque le llevó la mayor parte de la mañana; trabajó sin interrupción, pero en un estado de sonambulismo gracias al cual lo que en realidad vivía dentro de él funcionaba al parecer en algún otro lugar, sin ocuparse ni manifestar interés alguno por lo que sus manos hacían, ni tampoco por el dinero que pudiera ganar; laborioso, de movimientos lentos, dando la impresión de no llegar a ninguna parte aunque al final la reparación quedase terminada. Por la tarde apareció Trumbull, el antiguo herrero. Pero si los espectadores habían esperado junto al almacén para ver lo que sucedía cuando llegase quien por lo menos hasta la noche anterior debía de creerse aún el legítimo ocupante del establecimiento, quedaron chasqueados. Atravesó la aldea con su mujer en una carreta cargada con artículos de uso doméstico. Si llegó a mirar en dirección a su antigua herrería nadie le vio hacerlo: un hombre de edad avanzada pero todavía saludable, adusto y eficiente, que nunca había estimulado la curiosidad de sus vecinos hasta ese día. Nunca más volvieron a verle.
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La herrería y el almacén estaban enfrente una de otro, separados únicamente por la carretera. Había ya varios desocupados en el porche, que vieron cómo Houston, seguido del majestuoso y tranquilo perro, se alejaba con el caballo. Ni siquiera les hizo falta cruzar la carretera para ver a uno de los desconocidos, porque instantes después el de menor tamaño y mayor edad se dirigió hacia el almacén, con la ropa que aún seguiría dando la impresión de no pertenecerle el día en que se le cayera a pedazos del cuerpo, su rostro contraído de persona habladora y sus relucientes ojos inquietos. Subió los escalones saludándoles ya. Todavía sin dejar de hablar entró en el almacén, su voz incansable y rápida y sin sentido, como algo que hablara consigo mismo acerca de nada en una cueva vacía.
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antes de que Ratliff llegara al portón y se detuviera, por el sonido monótono de dos voces femeninas que hablaban muy alto. Eran voces jóvenes que, sin hablar a gritos ni chillar, mantenían una reposada intensidad de volumen y en las que la manifiesta ausencia de todo discernible idioma o lenguaje humano parecía algo perfectamente natural, como si aquellos sonidos los emitieran dos enormes pájaros; como si la horrorizada y asombrada soledad de algún inaccesible y vacío marjal o desierto se viera invadida y sistemáticamente violada por los constantes altercados de los dos últimos supervivientes de una especie extinguida que hubieran establecido su residencia allí; un sonido que se interrumpió bruscamente al gritar Ratliff.
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«Así que encendí el fogón. A Ab no se le daba muy bien eso de cocinar, de manera que para cuando empezó a prepararse el desayuno era ya tan tarde que decidimos ponernos con el almuerzo; después de comer yo lavé los platos y volvimos al corral. El arado de doble vertedera seguía allá a lo lejos, en el campo más apartado, pero no había nada con que tirar de él, a no ser que Ab fuera a casa del viejo Anse y le pidiera prestado un par de mulas, que es algo así como ir a pedirle prestado un cascabel a una serpiente de cascabel: y supongo que Ab pensó que ya no le quedaban fuerzas para soportar más emociones en el resto del día por lo menos.
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Porque llegamos a casa bastante después de que saliera el sol a la mañana siguiente, y mi padre estaba esperando en casa de Ab, francamente molesto. Así que no me quedé mucho rato; sólo tuve tiempo de ver a la señora Snopes en la puerta, donde imagino que se había pasado también toda la noche, diciendo: ¿Dónde está mi centrifugadora?. Y Ab respondiendo que siempre le habían enloquecido los caballos y que no podía evitarlo, y entonces la señora Snopes se echó a llorar. Ya hacía tiempo que yo iba con mucha frecuencia a su casa, pero no la había visto nunca llorar. Parecía el tipo de persona que no tiene mucha práctica en esas cuestiones, porque lloraba con dificultad, como si no supiera cómo hacerlo, e incluso las lágrimas parecían no saber exactamente qué era lo que se esperaba que hicieran, mientras la señora Snopes allí de pie con una bata vieja, sin esconder siquiera la cara, decía:
Que le vuelvan loco los caballos, ¡pase! Pero ¿ése?, ¿ése?
«Así que mi padre y yo nos fuimos. Mi padre me había retorcido un brazo a conciencia, pero cuando empecé a contarle lo que había pasado el día antes cambió de idea sobre darme una zurra.
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De acuerdo, Jim le dijo al negro. Ayúdale a montar así que el negro ayudó a Ab, pero no tuvo tiempo de saltar hacia atrás, como Stamper, porque el caballo se revolvió como si Ab tuviera los pantalones cargados de electricidad y dio la impresión de ser completamente redondo, sin más pies ni cabeza que una patata. Ab se dio un buen batacazo, pero se levantó, volvió junto al caballo y Stamper dijo «Ayúdale, Jim», y el negro le ayudó de nuevo y el caballo volvió a tirarlo y Ab se levantó con la misma expresión en la cara y se acercó otra vez al caballo, y ya había cogido la cuerda cuando Stamper le paró. Era exactamente como si Ab quisiera que aquel caballo le tirase contra el suelo con toda la fuerza que tenía, como si la capacidad de sus huesos para resistir aquel suelo tan duro fuese todo lo que le quedaba para pagar por algo lo bastante vivo como para llevarnos hasta casa.
¿Es que quiere usted matarse? dijo Stamper.
De acuerdo dijo Ab. ¿Cuánto?
Entre conmigo en la tienda dijo Stamper.
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«Eso fue lo que tuvo la culpa. No lo que a Ab le había costado el caballo, porque se puede decir que no fue más que el bastidor del arado, ya que en primer lugar el molino de sorgo estaba hecho una ruina, y en segundo lugar ni siquiera era de Ab. Y tampoco fue la mula y el carricoche de Hermann. Fueron los ocho dólares en metálico de Beasley, y no es que Ab le echara en cara a Hermann los ocho dólares, porque Hermann ya había invertido una mula y un carricoche en el asunto. Y, además, los ocho dólares seguían en el condado y, por tanto, daba lo mismo que los tuviera Hermann o Beasley. Lo indignante era que Pat Stamper, un forastero, hubiera aparecido y hecho que se pusieran en movimiento verdaderos dólares en efectivo del condado de Yoknapatawpha. El que un individuo trueque caballo por caballo es una cosa, y que el diablo le ayude, si es que puede. Pero que dinero en metálico empiece a cambiar de mano ya es otra. Y que sea un forastero quien haga que el dinero en metálico empiece a cambiar y a saltar de un individuo a otro, es como cuando un ladrón entra en tu casa y lo pone todo patas arriba, incluso aunque no se lleve nada. Hace que te enfades el doble. De manera que no se trataba sólo de devolver a Pat Stamper el caballo de Beasley Kemp. Se trataba de sacarle a Pat de alguna manera los ocho dólares de Beasley.
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¿Cómo te enteraste de todo eso? Supongo que también tú estabas allí.
Así es dijo Ratliff. Aquel día fui con Ab a por la centrifugadora. Mi familia vivía a kilómetro y medio de ellos. Mi padre y Ab eran arrendatarios del viejo Anse Holland, y yo pasaba el rato en el establo de Ab. Porque también me volvían loco los caballos, igual que a él. Todavía no se le había agriado el carácter. Estaba casado con su primera mujer, la que trajo de Jefferson, y un día vino el padre en una carreta, cargó a su hija y los muebles, y le dijo a Ab que si volvía a cruzar el puente Whiteleaf le pegaría un tiro. Nunca tuvieron hijos, y yo andaba por los ocho años, me iba prácticamente todas las mañanas a su casa y me pasaba el día con él, sentado en la cerca del corral, mientras los vecinos venían y miraban a través de la valla a lo que hubiera conseguido esa vez a cambio de un poco más de alambre de púas del viejo Anse o alguna herramienta estropeada, y Ab sabía mentir exactamente lo justo acerca de lo viejo que era el animal y cuánto había dado por él. Le volvían loco los caballos; él lo reconocía, pero no con la locura de que la señora Snopes le acusó el día que trajimos a casa el caballo de Beasley Kemp, lo soltamos en el corral y subimos hasta la casa, y Ab se quitó los zapatos en el porche para refrescarse los pies antes de cenar, y la señora Snopes estaba en la puerta amenazándole con la sartén, y Ab le dijo: «Vamos, Vynie, vamos. Siempre me ha vuelto loco un buen caballo y tú lo sabes, y no sirve de nada que me des la lata con eso. Más vale que le des gracias a Dios porque cuando me dio ojos para los caballos también me dio un poco de sentido común y de picardía para acompañarlos».
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También habrían estado allí cualquier otra noche, pero en esta ocasión se habían reunido antes de que el sol desapareciera por completo, mirando de cuando en cuando hacia la oscura fachada del almacén de Varner como la gente se reúne para mirar en silencio las frías cenizas de un linchamiento o la escalera de mano y la ventana abierta de una fuga de amantes, puesto que la presencia de un dependiente de raza blanca a sueldo en el almacén de un hombre todavía capaz de andar y aún con la cabeza lo bastante clara para, por lo menos, equivocarse en las cuentas a su favor, era algo tan inconcebible como la presencia de una mujer blanca a sueldo en una de sus cocinas.
Bueno dijo uno, yo no sé nada del que Varner ha contratado. Pero la sangre es más espesa que el agua. Y un individuo que tiene familiares a los que les dura lo bastante el enfado como para prender fuego a un establo
Vamos a ver dijo Ratliff. El viejo Ab no es malo por naturaleza. Simplemente se le agrió el carácter.
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Ratliff vendía quizá tres máquinas de coser al año, y el resto del tiempo se dedicaba a comerciar con tierras, ganado, aperos de labranza de segunda mano, instrumentos musicales o cualquier otra cosa que su dueño no tuviera especial interés en conservar, e iba contando de casa en casa las noticias de sus cuatro condados con la ubicuidad de un periódico, al mismo tiempo que transmitía mensajes de persona a persona sobre bodas, funerales y conservas de hortalizas y fruta con la seriedad de un servicio de correos. Nunca olvidaba un nombre y conocía a todo el mundo, personas, mulas y perros, en ochenta kilómetros a la redonda
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Will Varner, el actual dueño de la casa del Viejo Francés, era el hombre más importante de la región. Además del primer terrateniente y supervisor de distrito en un condado, era juez de paz en el otro y comisario electoral en ambos y, en consecuencia, la fuente primera si no de la ley sí al menos de consejos y sugerencias a una población que habría repudiado el término cuerpo electoral si lo hubiera oído alguna vez, y que acudía a él no con la actitud de qué es lo que tengo que hacer, sino de qué cree usted que le gustaría que yo hiciera si pudiera usted obligarme a hacerlo. Will Varner era granjero, usurero y veterinario; el juez Benbow de Jefferson dijo de él en una ocasión que nunca un hombre con mejores modales sangró mulas o dio pucherazos.
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También su apellido se había olvidado, y su orgullo no era más que una leyenda acerca de la tierra que arrebató a la jungla y que domesticó hasta convertirla en monumento a un nombre que quienes llegaron tras él, en destartaladas carretas y a lomos de mula o incluso a pie, con fusiles de chispa y perros y niños y alambiques para hacer whisky casero y salterios protestantes, no eran siquiera capaces de leer y mucho menos de pronunciar, y que ahora no tenía ya nada que ver con un determinado ser humano, vivo en otro tiempo, porque su sueño y su orgullo no eran más que polvo junto al olvidado polvo de sus anónimos huesos, y su leyenda no otra cosa que la pertinaz historia del dinero que enterró en algún lugar de la finca cuando Grant arrasó la región, camino de Vicksburg.
El villorrio - William Faulkner