martes, 17 de abril de 2018

(Entra rápido.) Ahora entraba un grupo de hombres en casa del Alcalde. Voy a ver lo que dicen. (Sale corriendo.)
ZAPATERA:
(Valiente.) Pues aquí estoy, si se atreven a venir. Y con serenidad de familia de caballistas, que he cruzado muchas veces la sierra, sin hamugas, a pelo sobre los caballos.
ZAPATERO:
¿Y no flaqueará algún día su fortaleza?
ZAPATERA:
Nunca se rinde la que, como yo, está sostenida por el amor y la honradez. Soy capaz de seguir así hasta que se me vuelva cana toda mi mata de pelo.
ZAPATERO:
(Conmovido y avanzando hacia ella.) Ay…

(...)

ALCALDE:
(Tenoriesco.) Que la casa tiene una cama con coronación de pájaros y azucenas de cobre, un jardín con seis palmeras y una fuente saltadora, pero aguarda, para estar alegre, que una persona que sé yo se quiera aposentar en sus salas donde estaría… (Dirigiéndose a la Zapatera.) Mira, ¡estarías como una reina!
ZAPATERA:
(Guasona.) Yo no estoy acostumbrada a esos lujos. Siéntese usted en el estrado, métase usted en la cama, mírese usted en los espejos y póngase con la boca abierta debajo de las palmeras esperando que le caigan los dátiles, que yo de zapatera no me muevo.
ALCALDE:
Ni yo de alcalde. Pero que te vayas enterando que no por mucho despreciar amanece más temprano. (Con retintín.)
ZAPATERA:
Y que no me gusta usted ni me gusta nadie del pueblo. ¡Que está usted muy viejo!
ALCALDE:
(Indignado.) Acabaré metiéndote en la cárcel.
ZAPATERA:
¡Atrévase usted!

(...)

¿Dónde vas? (Asustado.)
ZAPATERA:
¡Van a dar lugar a que compre un revólver! (El canto se aleja. La Zapatera corre a la puerta. Pero tropieza con el Alcalde que viene majestuoso, dando golpes con la vara en el suelo.)
ALCALDE:
¿Quién despacha?
ZAPATERA:
¡El demonio!
ALCALDE:
Pero, ¿qué ocurre?
ZAPATERA:
Lo que usted debía saber hace muchos días, lo que usted como alcalde no debía permitir. La gente me canta coplas, los vecinos se ríen en sus puertas y como no tengo marido que vele por mí, salgo yo a defenderme, ya que en este pueblo las autoridades son calabacines, ceros a la izquierda, estafermos.
NIÑO:
Muy bien dicho.

(...)

ZAPATERA:
Pase usted.
MOZO DE LA FAJA:
Si usted lo quiere…
ZAPATERA:
(Asombrada.) ¿Yo? Me trae absolutamente sin cuidado, pero como te veo en la puerta…
MOZO DE LA FAJA:
Lo que usted quiera. (Se apoya en el mostrador.) (Entre dientes.) Éste es otro al que voy a tener que…
ZAPATERA:
¿Qué va a tomar?
MOZO DE LA FAJA:
Seguiré sus indicaciones.
ZAPATERA:
Pues la puerta.
MOZO DE LA FAJA:
¡Ay, Dios mío, cómo cambian los tiempos!
ZAPATERA:
No crea que me voy a echar a llorar. Vamos. Va usted a tomar copa, café, refresco, ¿diga?
MOZO DE LA FAJA:
Refresco.
ZAPATERA:
No me mire tanto que se me va a derramar el jarabe.
MOZO DE LA FAJA:
Es que yo me estoy muriendo. ¡Ay! (Por la ventana pasan dos Majas con inmensos abanicos. Miran, se santiguan escandalizadas, se tapan los ojos con los pericones y a pasos menuditos cruzan.)
ZAPATERA:
El refresco.
MOZO DE LA FAJA:
(Mirándola.) ¡Ay!
MOZO DEL SOMBRERO:
(Mirando al suelo.) ¡Ay!
MIRLO:
(Mirando al techo.) ¡Ay! (La Zapatera dirige la cabeza hacia los tres ayes.)
ZAPATERA:
¡Requeteay! Pero esto ¿es una taberna o un hospital? ¡Abusivos! Si no fuera porque tengo que ganarme la vida con estos vinillos y este trapicheo, porque estoy sola desde que se fue por culpa de todos vosotros mi pobrecito marido de mi alma, ¿cómo es posible que yo aguantara esto? ¿Qué me dicen ustedes? Los voy a tener que plantar en lo ancho de la calle.

(...)

La Zapatera friega con gran ardor vasos y copas que va colocando en el mostrador. Aparece en la puerta el Mozo de la Faja y el Sombrero plano del primer acto. Está triste. Lleva los brazos caídos y mira de manera tierna a la Zapatera. Al actor que exagere lo más mínimo en este tipo, debe el Director de escena darle un bastonazo en la cabeza. Nadie debe exagerar. La farsa exige siempre naturalidad.

(...)

¿Cómo quiere que se lo exprese…? Yo la quiero, te quiero como…
ZAPATERA:
Verdaderamente eso de «la quiero», «te quiero», suena de un modo que parece que me están haciendo cosquillas con una pluma detrás de las orejas. Te quiero, la quiero…
MOZO:
¿Cuántas semillas tiene el girasol?
ZAPATERA:
¡Yo qué sé!
MOZO:
Tantos suspiros doy cada minuto por usted; por ti…
(Muy cerca.)
ZAPATERA:
(Brusca.) Estáte quieto. Yo puedo oírte hablar porque me gusta y es bonito, pero nada más, ¿lo oyes? ¡Estaría bueno!
MOZO:
Pero eso no puede ser. ¿Es que tienes otro compromiso?
ZAPATERA:
Mira, vete.
MOZO:
No me muevo de este sitio sin el sí. ¡Ay, mi zapaterita, dame tu palabra! (Va a abrazarla.)
ZAPATERA:
(Cerrando violentamente la ventana.) ¡Pero qué impertinente, qué loco!… ¡Si te he hecho daño te aguantas!… Como si yo no estuviera aquí más que paraaa, paraaaa… ¿Es que en este pueblo no puede una hablar con nadie? Por lo que veo, en este pueblo no hay más que dos extremos: o monja o trapo de fregar… ¡Era lo que me quedaba que ver!

(...)

Ya ves… y de camino llévate tus zapatos que están arreglados. (Por la puerta de la izquierda asoma la Zapatera, que detrás de la cortina espía la escena sin ser vista.)
VECINA ROJA:
(Mimosa.) ¿Cuánto me vas a llevar por ellos?… Los tiempos van cada vez peor.
ZAPATERO:
Lo que tú quieras… Ni que tire por allí ni que tire por aquí…
VECINA ROJA:
(Dando en el codo a sus Hijas.) ¿Están bien en dos pesetas?
ZAPATERO:
¡Tú dirás!
VECINA ROJA:
Vaya… te daré una…
ZAPATERA:
(Saliendo furiosa.) ¡Ladrona! (Las Mujeres chillan y se asustan.) ¿Tienes valor de robar a este hombre de esa manera? (A su Marido.) Y tú, ¿dejarte robar? Vengan los zapatos. Mientras no des por ellos diez pesetas, aquí se quedan.
VECINA ROJA:
¡Lagarta, lagarta!
ZAPATERA:
¡Mucho cuidado con lo que estás diciendo!
NIÑAS:
¡Ay, vámonos, vámonos, por Dios!
VECINA ROJA:
Bien despachado vas de mujer, ¡que te aproveche!

(...)

Adiós, hijito. Si hubiera reventado antes de nacer, no estaría pasando estos trabajos y estas tribulaciones. ¡Ay dinero, dinero!, sin manos y sin ojos debería haberse quedado el que te inventó.

La zapatera prodigiosa - Federico García Lorca

jueves, 12 de abril de 2018

Ningún otro camino ya más que el camino del cementerio; con un libro en las manos o sin él... Pienso: la profunda significación de los cementerios y del mundo exterior a los cementerios, el sinnúmero de hombres muertos... las muchas enfermedades de niñas amortajadas... muchachos muertos, hombres víctimas de la leucemia... en el contacto de los labios negros del muchacho azul en la alcoba de nuestro jardinero... la expectación que ha causado el cadáver del enterrador muerto que se ha caído del coche fúnebre encristalado... el repentino rezumar y secarse de las expresiones superficiales... el cementerio, también la estancia preferida de Walter en su infancia... el zumbido de las abejas en el cementerio, entrechocar de las moscas en el aire de la sala de exposición de cadáveres... la fuente que fluye siempre, y las coronas que siempre se marchitan...

(...)

El arroyo está helado, la primavera está helada, el verano está helado, el invierno está helado, hombres, animales, sensaciones, todo... la palabra hablada, que excluye sencillamente al mundo.
Abres una puerta, otra, una tercera, cuarta, quinta, las cierras otra vez detrás de ti y sigues avanzando (ideas de Walter que siempre se repetían)... cada vez abres más puertas, y en definitiva se cierran a tus espaldas y te aplastan cada vez...

(...)

En el camino de vuelta a la casa del guardabosque se me ocurre qué suerte es no tener absolutamente ningún derecho ya... y así, durante bastante tiempo, doy vueltas a ese pensamiento.
Todos me miran como al cazador furtivo de la semana pasada; de niños, lo más siniestro para nosotros era, sin duda alguna, cualquier persona de la que se dijera que era un cazador furtivo, un furtivo.
Por fin, piensas, por fin... e inmediatamente después (después de dos horas de soledad total): no debes hablar a una persona arrodillada... y sigues tu camino...

(...)

La conciencia de que no eres más que fragmentos, de que las épocas cortas y bastante largas y larguísimas no son más que fragmentos... de que las duraciones de ciudades y países no son más que fragmentos... y la Tierra fragmento... de que toda la evolución es fragmento... la perfección no es nada... de que los fragmentos han surgido y surgen... no hay camino, sólo llegadas... de que el final es inconsciente... de que entonces no habrá nada sin ti y de que, por consiguiente, no habrá nada...

(...)

Querido tío: después de haberme traído tú a Aldrans y haber desaparecido otra vez tan deprisa, he necesitado cuatro días para acostumbrarme a mí, a mí el que soy, a mí que estoy ahora sin Walter, que he estado siempre sin Walter; sólo he creído siempre estar solo, pero nunca he estado solo... sólo ahora estoy realmente solo...
La casa, extrañamente, porque al fin y al cabo sólo tiene unos meses, se puede calentar bien de arriba abajo; me lo hago todo yo mismo; por medio del trabajo manual vuelvo sencillamente a mí, de repente mis pensamientos me comprenden... Mi comida, mi ropa, todo es cosa mía... Tus gentes son confiadas, pero sin embargo se apartan de mi camino, para ellos hay algo en mí ahora de lo que tienen miedo. Quizá me hacen reproches...

(...)

Un actor aparece en una obra de cuento de hadas, en la que interpreta el papel del mago malo... le ponen una piel de oveja y unos zapatos demasiado pequeños que le aprietan los pies... eso no lo ve nadie... le gusta tanto actuar para los niños, porque son el piíbüco más agradecido... Los niños, trescientos, se asustan naturalmente de su entrada en escena, porque los ha conquistado totalmente la joven pareja a la que el mago ha transformado, hechizado, convirtiéndola en dos animales (mamíferos reptantes)... Lo que más les gustaría sería ver sólo a la joven pareja y nada más, pero entonces la comedia no sería una buena comedia, y se trata de una buena comedia, de una buena comedia de cuento de hadas... en una comedia de cuento de hadas (comedia) realmente buena debe haber un personaje malo (malvado) y poco claro, que tiene que (intenta) destruir o por lo menos ridiculizar lo bueno y transparente. Cuando el telón se levanta por segunda vez (y la comedia toma impulso), no se puede contener ya a los niños, se precipitan desde sus butacas al escenario, y es como si no fueran sólo trescientos, sino tres mil, un millón... y aunque el actor que interpreta el papel de mago llora y les suplica bajo su máscara de mago, para que cesen en sus golpes y patadas, no se dejan impresionar y lo golpean (con objetos duros y puntiagudos, tijeras y cuchillos) hasta que lo pisotean hasta que no se mueve más, hasta que está muerto... cuando los otros actores, que estaban detrás del escenario aguardando su entrada en escena, sin haberse dado cuenta de nada de la tragedia de esa comedia de cuento de hadas, acuden de pronto corriendo y comprueban que su compañero, su querido amigo, el mago, el actor que interpreta el papel de mago, está muerto, los niños que lo han matado sueltan una carcajada monstruosa, que es tan grande que todos pierden la razón con ella

(...)

Director
El instante dice que ese hombre es un hombre artístico. Cada latigazo del Director a la fiera (el leopardo) rebaja la idea de dos mitades intelectuales. El vencedor -porque la Naturaleza es una ley- se niega a someterse a la verdad. Adoptamos ese punto de vista, el punto de vista del leopardo.

(...)

la sala de espera, superpoblada a todas las horas del día, lo hacía todo más enigmático aún... de las cuatro paredes colgaban (cuelgan), en parejas de dos, uno sobre otro, los que llamábamos «cuadros de epilépticos», que representaban hombres, mujeres, niños, zorros, gatos y perros durante horribles ataques epilépticos... todas las formas imaginables de la epilepsia... toda una serie de la famosa y mal afamada «epilepsia animal e infantil del valle del Inn», pintada por Schlorhaufer... Lo importante es, me decía yo, y eso me lo decía siempre, que el internista es un buen internista...

(...)

Entre Walter y yo reinaba ya sólo un estado crepuscular, y en ese estado crepuscular existíamos el uno junto al otro como en medio de la maltratada sensatez de nuestros acuerdos y como contra ella: ya sólo obedecíamos aún... Nuestra relación no estaba exenta de animosidad... en efecto, nuestro mutuo desafecto innato, natural en nosotros, era en realidad la fuente de nuestro afecto, de nuestras obligaciones fraternas, de nuestra petrificación... Vivíamos con el más alto grado de dificultad con que dos personas, que viven juntas dolorosamente, pueden soportar el existir... los dos, muchos días, calmábamos nuestro dolor tanto como era posible... eso nos debilitó con el tiempo... el elevado arte de acudir en nuestra ayuda lo habíamos dominado ya pronto como nadie y, después de la catástrofe, pudimos desarrollarlo más aún...

(...)

piense sólo en el arado y rastrillado durante semanas de gigantescos libros y obras escritos por nuestros propios profesores, con cuyo hedor se nos iban la vista y el oído... esa época universitaria se compuso para mí de los subrayados que se nos imponían de toda la maquinaria transformadora-filosófica de frases destructoras... sin embargo, los dos estábamos siempre aferrados a los soportes de puente científicos que nosotros mismos habíamos inventado...

(...)

La epilepsia de Walter nos dominaba... Ni un paso sin Walter... ni un pensamiento ya sin Walter... fui su hermano, lo fui de forma muy consecuente, si alguien sabe lo que eso quiere decir, hasta en los más oscuros recovecos de aquella cabeza que lo mataba...

(...)

la carne ahumada que colgaba del techo de la Cocina Negra era para nosotros, que vivíamos siempre en aquellos momentos en un miedo mortal, y tendíamos por naturaleza a una contemplación compulsiva de lo fantástico, de lo fantástico-horrible, para nuestras dos cabezas, cerebros, encerrados en la torre, para nosotros, que durante toda la vida, con las fiebres de la alta montaña, habíamos tenido que sentir destructivamente y pensar destructivamente todo sin excepción, una imagen fantástica de lo militar muerto, de los culos y talones y cabezas y brazos y piernas muertos colgados de la oscuridad del techo de la cocina... una ficción, provocada por nuestra predisposición a reforzar lo horrible, de cadáveres, de cadáveres humanos que se producían siempre rítmicamente...

(...)

cada uno era de por sí el centro destructor de toda destrucción...

(...)

nos escondíamos a menudo, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, en el rincón más apartado de la Cocina Negra que sólo distaba unos pasos de nuestros jergones... de vez en cuando en el crepúsculo, cuando la noche profunda se había convertido en otra aún más profunda que, según creíamos, nos calumniaba, cuando las sienes de las montañas, las paredes que cortaban las aguas del Sill, cuando los barrancos sin ecos a causa del rugiente Sill oscurecían imperdonablemente hasta la desfiguración nuestro mundo circundante y, con ello, también nuestro mundo interior, lo oscurecían y mutilaban, nos atrevíamos a salir... Entonces, como si nos burláramos de nosotros mismos, de los paisajes, de las ciencias, de las oscuridades y artes humanas, con gritos extravagantes y confusos, y fragmentos de frases, hasta medianoche y, más tarde, guiados sólo por la calidez y los celos animales de nuestros cuerpos, que echaban raíces en ella, desplazábamos una y otra vez las mesas y sillas y bancos y armarios de la torre...

(...)

con cada libro que abría, abría un ataúd

(...)

éramos comparables sólo a un grupo de viajeros que esperase en silencio la hora de salida de un tren al que hubieran subido hacía tiempo... Nuestra madre, por primera vez desde hacía semanas, había vuelto a dejar el lecho y se había sentado al aire libre... yo la veía como un monumento silencioso al cansancio tirolés de la vida... Con su vestido de chiffon hacía tiempo pasado de moda, que, como todos sus vestidos, a causa de sus delgados brazos, tenía mangas que le llegaban hasta el dorso de la mano, era para mí la expresión de la melancolía de una estirpe antigua, espantada por la enfermedad, la callada ocultación de un infierno... Nos habíamos ofrecido mutuamente los mejores asientos

(...)

tres, cuatro, cinco libros había tenido mi hermano abiertos delante sobre la mesa... Stifter, Jean Paul, Lermon-tov... las cortinas descorridas por mí una vez súbitamente habían hecho que mi Walter, sentado junto a la ventana y ocupado con sus libros, como si estudiara, levantase la vista asustado para mirarme, mientras yo observaba, en la calle, ya casi totalmente oscurecida por las montañas, a algunas personas que iban al teatro... Observé a dos muchachas hermanas, una pareja de hermanos, dos profesores de abrigos negros, acostumbrados a sus bastones, con grises sombreros de banda negra; a una distancia de tres o cuatro metros, las mujeres de los profesores, vestidas también de negro... esas personas, lo mismo que otras su abono de miércoles o sábados, tienen su abono de comedias o tragedias, su abono de los martes... Observé al hombre de los periódicos, vecino nuestro, con su vieja esdavina que conservaba su corte militar, a una muchacha de un carnicero con un cesto de salchichas y a un desconocido... Era triste lo que veía, era triste lo que pensaba, tristemente corrí la cortina, con la tristeza que gobierna la razón...

(...)

Hojeando los libros y escritos que nos pertenecían a los dos, elegidos con gran cuidado por nuestro tío y llevados a Amras desde la Herrengasse mientras estábamos aún desmayados, probablemente por completo ausentes y sin sentido... como muertos habíamos estado, los míos, incomprensibles para Walter, de ciencias naturales, y los de Walter, incomprensibles para mí, musicales, meditando en la historia propia y en la ajena, en la gran historia general, que nos volvía locos, cada vez más profundamente retraídos en nuestras alborotadas cabezas ante los millones de tormentas de nieve de acontecimientos -siempre habíamos amado lo que nos resultaba difícil, aborrecido lo fácil-, y rellenábamos de tristeza nuestra torre.

Amras - Thomas Bernhard

martes, 3 de abril de 2018

Cuando Nené quedó a solas con su esposo, aliviada por la morfina pero algo aletargada, le explicó con dificultad que en ocasión de comprar el departamento de propiedad horizontal que ocupaban desde hacía doce años, al entrevistarse con el escribano para la firma de ciertos papeles ella le había confiado secretamente un sobre. Éste contenía indicaciones acerca de su última voluntad y algunas cartas de treinta años atrás. El documento establecía en primer término que se negaba a ser cremada y después exigía que en el ataúd, entre la mortaja y su pecho, se colocara el fajo de cartas ya nombrado.
Pero dicho pedido debía ser cambiado, en lo que atañía a las cartas. Ahora su deseo era que en el ataúd le colocaran, dentro de un puño, otros objetos: un mechón de pelo de su única nieta, el pequeño reloj pulsera infantil que su segundo hijo había recibido como regalo de ella al tomar la primera comunión, y el anillo de compromiso de su esposo. Éste le preguntó por qué le quitaba el anillo, ya que sería lo único que le quedaría de ella. Nené respondió que deseaba llevarse algo de él, y no sabía por qué le pedía el anillo en particular, pero se lo pedía, por favor. Además quería que las cartas guardadas por el escribano fueran destruidas y su esposo mismo debía hacerlo, pues ella temía que alguien joven e insolente un día las leyera y se burlase. Su marido prometió satisfacer todos los pedidos.

(...)

El cajón que contenía los restos de Juan Carlos Jacinto Eusebio Etchepare fue colocado en uno de los nichos del paredón blanco levantado para ese uso, meses antes, en el cementerio de Coronel Vallejos, a pocos pasos de la entrada principal. El paredón contaba con cuatro hileras horizontales de nichos y el cajón fue colocado en la tercera hilera, cotizada como la de más precio por estar las inscripciones a la altura de la vista de quien visitara el lugar. Pocos nichos estaban ocupados.
La lápida de mármol blanco contaba con el adorno de dos floreros de vidrio sostenidos por sendos brazos de bronce atornillados al mármol. En bajorrelieve estaba grabada la inscripción correspondiente al nombre y a las fechas de nacimiento y muerte del difunto y lucían algo apretadas, debido al poco espacio disponible, cuatro placas recordatorias en bronce de diferente diseño.
La placa colocada en el ángulo superior izquierdo tenía forma de libro abierto colocado sobre ramas de muérdago y de las páginas surgían en altorrelieve las letras onduladas: «¡JUAN CARLOS! AMISTAD fue el lema de tu vida. A tu última morada vaya este homenaje de acendrado cariño. Por tu gran camaradería no te borrarás nunca de la memoria de tus compañeros del Colegio N.° 1 y esperamos que la inmensa desdicha de haberte perdido no nos haga olvidar la dicha de haberte conocido… Tu recuerdo es un rosario cuyas cuentas comienzan y terminan en el infinito».
La placa colocada en el ángulo superior derecho tenía forma rectangular. Junto a una antorcha en relieve aparecía la inscripción dispuesta en líneas rectas paralelas: «JUAN CARLOS J. E. ETCHEPARE Q. E. P. D. Falleció el 18-4-1947. Esta vida es un sueño, el verdadero despertar es la muerte que a todos iguala. Sus superiores, camaradas y amigos de la Intendencia Municipal, a su memoria».
La placa colocada en el ángulo inferior izquierdo era cuadrada y tenía como único adorno una cruz: «¡JUANCA! con tu partida no sólo he perdido a mi hermano querido, sino a mi mejor amigo de ésta, desde ahora, mi pobre existencia. Tu recuerdo inolvidable tiene en mi corazón un templo que recibirá perennemente el incienso de mis lágrimas… Eternamente tu alma buena sea desde el más allá la guía de tu hermanita DIOS LO QUISO CELINA».
La placa restante, colocada en el ángulo inferior derecho, consistía en una figura de ángel con los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho, suspendido en una nube a la que llegaban rayos desde lo alto. La inscripción decía: «¡Silencio! mi hijito duerme Mamá».

(...)

—Pero de verdad puede querer a una sola.
Mabel prefirió no responder. Nené encendió la radio, Mabel la observó y ya no a través del velo de su sombrero sino a través del velo de las apariencias logró ver el corazón de Nené. No cabía duda: si ésta creía imposible amar a más de un hombre era porque al marido no había logrado amarlo, pues a Juan Carlos sí lo había amado.

(...)

¡Panchito, cuántas cuadras me faltan todavía para poder darte un beso! ¿sos guachito mi piojo? yo te prometo que cuando cobre te compro los zapatitos, y si nos ve tu papá, que si por ahí pasa y delante de la gente te hace un desprecio… ¿tendría miedo que le dé un cuchillazo que se cruzó a la confitería?… con la cuchilla grande corté el ala a un pollo pelado, el cogote, las patas, le saqué el hígado y el corazón, para hacerlo saltado a la cacerola, todas las presas hay que echarlas a la cacerola ya cortadas, el pollo asado no, lo corro por el gallinero, lo agarro, le estiro el cogote y de un cuchillazo le corto la cabeza, aletea todavía un rato después de cortarle la cabeza, y el ojo le pestañea, le arranco todas las plumas y con toda la fuerza le doy otro cuchillazo para abrirle la pechuga, le arranco las porquerías de adentro que se tiran y lo lavo debajo de la canilla con el chorro de agua fría…

(...)

Mañana Massa quiere ver a Camila Quiroga en Con las alas rotas, a él le gustan mucho los dramas fuertes. A mí no tanto, para eso basta con la vida ¿verdad?

(...)

La respiración era pesada, el aire le empujaba el diafragma con lentitud y fuerza hacia abajo. La garganta tensa registraba ráfagas nerviosas y dejaba pasar la saliva con dificultad. La opresión del cráneo en las sienes se acentuaba, posiblemente a causa de los dos vasos de vino con limón y hielo que había tomado durante el almuerzo. Alrededor de los ojos una vibración interna le inflamaba los párpados, pensó que toda una carga de lágrimas estaba lista para volcársele por la cara. Algo le pesaba cada vez más, a modo de una piedra, en el centro del pecho.
¿Cuál era en ese momento su mayor deseo?

(...)

Ahora sí te va a salir la línea de la vida, me tenés que elegir trece de estas barajas desparramadas, pero no las des vuelta que los muertos no te van a querer, había una gitana que daba vuelta las cartas y los muertos le pusieron veneno en la comida, porque cuando un vivo da vuelta antes de tiempo una baraja… se puede caer un muerto del cielo Sí, se cae al infierno, porque si das vuelta la baraja antes de tiempo un muerto se tienta y mira desde el cielo y ve en la tierra el cuerpo desnudo de alguien que se está bañando y le vuelven malos pensamientos de pecado y los santos lo mandan al infierno, y se quema ahí por culpa tuya Ahora sí empezá a darlas vuelta, y armá una fila

(...)

Si la viera sin ojos te iba a decir que es la Desgracia, que te corre detrás y te alcanza, a ella no le importa que sean viejos, o jóvenes, o criaturitas, lindos o feos, la Desgracia es ciega, pero pelada es raro que salga la Sota de Copas. Dejame barajar y no vayas a mirar los naipes mientras los mezclo que hacés llorar a los muertos.

(...)

Pensó en los consejos de la patrona. Según ésta las sirvientas no debían dejarse acompañar por la calle ni bailar más de una pieza en las romerías populares con muchachos de otra clase social. Debían descartar ante todo a los estudiantes, a los empleados de banco, a los viajantes, a los propietarios de comercio y a los empleados de tienda. Se sabía que la costumbre de ellos era noviar con chicas de familia —«haciéndose los santitos, Raba»—, para después en la oscuridad tratar de seducir a las sirvientas, las más vulnerables a causa de su ignorancia. La señora Aschero olvidó incluir en la lista a los hombres casados.

(...)

El ya mencionado día jueves 23 de abril de 1937, Francisco Catalino Páez, conocido también como Pancho, se despertó a las 5:30 de la mañana como era su costumbre, aunque todavía no hubiese aclarado el día. No poseía reloj despertador. Había luna nueva y el cielo estaba negro, al fondo del terreno en que se levantaba el rancho estaba la bomba hidráulica. Se mojó la cara y el pelo, se enjuagó la boca. Dormía sin camiseta porque le molestaba, el aire afuera estaba frío y entró al cuarto a ponerse el mameluco. En una cama grande dormían sus dos hermanas, arrinconado en el catre de lona dormía su hermano. La cama de Pancho tenía un elástico a resorte y colchón de estopa. El piso era de tierra, las paredes de adobe, el techo de chapas. En el otro cuarto que completaba la casa dormían sus padres con el hijo menor, de siete años. Pancho era el mayor de los varones. La cocina estaba en construcción. Pancho la había empezado con materiales para edificación moderna, de segunda mano. Encendió el carbón del brasero y preparó mate cocido con leche. Buscó pan, no lo encontró. Despertó a la madre; al fondo de una bolsa cargada de zapallos había dos galletas escondidas para Pancho. Las galletas eran blancas, de harina y grasa, los dientes de Pancho eran cuadrados y grandes, pero manchados, oscurecidos por el agua salada de la bomba. Pensó que Juan Carlos estaría recién en el primer sueño y podría seguir durmiendo hasta mediodía, pero no estaba sano y él sí. Pensó en la maestra que debía levantarse a las 7:00 sin haber dormido, Juan Carlos decía que era la más linda del pueblo, sobre todo en malla. Pero era morocha. La otra, sin embargo, era rubia, y blanca. La madre le preguntó si las galletas no habían tomado olor a humedad. Pancho dijo que no y le miró la piel oscura de india, el pelo color tierra, lacio, rebelde, veteado de canas.

(...)

Mabel pensó en la intimidad de la rica exdactilógrafa con el chófer, en la posibilidad de que el chófer estuviera muy resfriado y decidieran amarse con pasión pero sin besos; el esfuerzo sobrehumano de no besarse, pueden acariciarse pero no besarse, abrazados toda la noche sin poder quitarse la idea de la cabeza, las ganas de besarse, la promesa de no besarse para impedir el contagio, noche a noche el mismo tormento y noche a noche cuando la pasión los arrebata sus figuras en la oscuridad resplandecen cromadas, el corazón cromado se agrieta y brota la sangre roja, se desborda y tiñe el raso blanco, el satén blanco, las plumas blancas: es cuando el metal cromado no contiene más la sangre impetuosa que las bocas se acercan y todas las noches se regalan el beso prohibido.

(...)

A las 7:15 la cocinera golpeó a su puerta y le dijo que el desayuno estaba servido. Mabel sentía todos los nervios de su cuerpo adormecidos, entibiados, protegidos por vainas de miel o jalea, los roces y los sonidos le llegaban amortiguados, el cráneo agradablemente hueco, lleno sólo de aire tibio.

(...)

Pensó en la posibilidad de aguantar sofocado días y semanas en cama, hasta que el calor seco terminase con la humedad de sus pulmones: la humedad y el frío hacían brotar musgo de sus pulmones.

(...)

Pero a mí fue uno solo, y porque yo era chica, en cambio a ella le ensuciaron el nombre hasta que se cansaron. Y se quedó soltera, ésa es la rabia que tiene ¡se quedó soltera! La idiota no sabe que estar casada es lo peor, con un tipo que una no se lo saca más de encima hasta que se muere. Ya quisiera estar soltera yo, no sabe que la que ganó al final fue ella, que es dueña de ir adonde quiere ¡mientras yo estoy condenada a cadena perpetua!
Arroja la lapicera con fuerza contra la pileta de lavar, toma las hojas escritas y las rompe en pedazos. Un niño recoge del suelo la lapicera, la examina y le comunica a su madre que está rota.

Boquitas pintadas - Manuel Puig