Esch o la anarquía - Hermann Broch
Crestomatía
martes, 6 de septiembre de 2022
Una vez solo, el músico Alfons apoyó los puños en las sienes y se quedó con la mirada fija en el vacío. Esch le parecía un hombre malo, como todos los hombres que corren detrás de mujeres para poseerlas. Su experiencia le decía que todos esos hombres traían desgracia. Le parecían locos corredores, atacados de amor, que vuelan por el mundo, y ante cuya cercanía, lo único que uno puede hacer es ocultarse. Él despreciaba a esos hombres, que llegaban veloces y excitados, ávidos no de la vida, que evidentemente ni siquiera veían, sino de alguna otra cosa que estaba más allá de la vida y por cuya causa, en nombre de una especie de amor, destruían la vida. El músico Alfons estaba demasiado triste para poder pensar todo esto con claridad, pero sabía que esos hombres, aunque hablaban del amor con gran pasión, sólo pensaban en la posesión, o como se llamara lo que la gente entendía por eso. Lo que él dijera o hiciera carecía totalmente de importancia ya que, en el mejor de los casos, era un hombre sin ideas, un músico de orquesta venido a menos, pero sabía que no se puede alcanzar el absoluto en cuanto se opta por una mujer. Y disculpaba la furia perversa de los hombres, pues sabía también que ésta se debe al miedo y a la decepción; sabía que aquellos hombres perversos y apasionados corren tras un fragmento de la eternidad, que les proteja del miedo que se yergue sobre sus espaldas anunciándoles la muerte. Él era un simple violinista, tonto y sin ideas, pero era capaz de tocar sonatas de memoria y, puesto que sabía muchas cosas, podía sonreír pese a su tristeza, al pensar en la gente que, en su angustiosa búsqueda de lo absoluto, pretendía amarse eternamente, imaginando que así su vida no tendría fin y sería eterna. Aunque le despreciaran a él porque a veces se veía obligado a tocar también popurrís y polcas rápidas, había llegado, no obstante, a la conclusión de que esas personas acorraladas, que buscan lo imperecedero y lo absoluto en lo terrenal, encuentran siempre únicamente símbolos o sustitutivos de lo que buscan, sin que les sea posible darles nombre: ven la muerte de otro sin pena ni tristeza, al vivir poseídos por su locura; corren locamente tras la posesión, para ser poseídos por ella, y esperan hallar en dicha posesión lo seguro e inmutable que debe protegerlos y poseerlos, y odian a la mujer por quien se han decidido en su ceguera, la odian porque ella es un mero símbolo que ellos aniquilan llenos de furia cuando se encuentran de nuevo a merced del miedo y de la muerte. Alfons el músico sentía compasión por las mujeres; pues, aunque ellas tampoco son mejores, no han sucumbido a esta estúpida y destructora pasión de poseer, y están menos acosadas por el miedo, se sienten más arrobadas cuando se les brinda música, y están en una relación más íntima y familiar con la muerte: en esto las mujeres se parecen a los músicos, y aunque uno sea solamente un obeso músico homosexual que toca en una orquesta, es posible sentirse emparentado con ellas, puede concederles un fragmento del presentimiento de que la muerte es algo triste y hermoso, sabiendo que ellas no lloran porque se les haya quitado una posesión, sino algo que era bueno y grato utilizar y contemplar. ¡Oh, qué loca confusión es la vida, incomprendida por los hombres ávidos de posesión, comprendida apenas por los demás, y presentida, en cambio, por la música, símbolo sonoro de todo lo pensado que suprime el tiempo para recogerlo en cada compás, que suprime la muerte para hacerla resucitar de nuevo en el sonido! Aquel que, como las mujeres y los músicos, ha intuido esto, puede aceptar ser tonto y carecer de ideas, y el músico Alfons sentía las redondeces de grasa de su cuerpo como si fueran una buena y suave manta, a través de la cual se pudiera palpar algo valioso y merecedor de amor: no importaba que la gente le despreciara e insultara tratándole de afeminado, sí, él era tan sólo un pobre perro, pero estaba no obstante entregado a la multiplicidad de la eternidad con más dicha y cansancio y ternura que aquellos que le insultaban, y que únicamente construían un pequeño fragmento terrenal como símbolo y meta de su triste afán. Era él quien podía despreciar a los otros. También Esch le daba pena, y no pudo alejar de su pensamiento las marchas heroicas que acompañan a los luchadores cuando entran en la arena, con objeto de infundirles ánimos y hacerles olvidar la muerte que se yergue a sus espaldas. Se planteó la cuestión de si debía o no ir a velar el cadáver de Harry, pero le aterrorizó aquella faz de cera y prefirió emborracharse y observar a los camareros y demás clientes, que se movían de un lado a otro, y llevaban, sin embargo, el sello de la muerte en sus semblantes.
domingo, 4 de septiembre de 2022
El insomne ignora que su cama se encuentra en un lugar determinado, dentro de una casa real de una calle concreta, y rechaza todo cuanto pueda hacérselo recordar. Es sabido que los insomnes se encolerizan con facilidad por cualquier cosa; el ruido de las ruedas de un tranvía solitario por la calle basta para ponerles furiosos. ¡Cuánto más violento será por consiguiente su enfado ante una contradicción, si ésta es tan grande y terrible que apenas puede compararse a un error de contabilidad! El insomne acosa con febril celeridad sus propios pensamientos, para encontrar un sentido al interrogante que se cierne sobre él procedente de alguna parte, de muy lejos, de América tal vez. Siente que en su cabeza existe una región que es América, una región que es simplemente el sitio del futuro en su cerebro y que, no obstante, no puede existir, mientras el pasado continúe precipitándose desenfrenadamente en el futuro, el mundo de la nada en el mundo nuevo. Él mismo es arrastrado por este cataclismo de destrucción, pero no en solitario, sino que cuantos le rodean son barridos juntamente con él por el glacial huracán, y todos siguen a aquel que se ha arrojado el primero a esta tempestad, aniquilados a fin de que el tiempo vuelva a ser tiempo. En este momento no existía el tiempo, sólo un espacio extraordinariamente grande: el insomne, el expectante, oye todas las agonías, y aunque mantiene fuertemente cerrados los párpados para no ver, sabe que la muerte es siempre un asesinato.
Esch o la anarquía - Hermann Broch
«Si yo fuera tú, Ilona, apartaría la mano de Balthasar mientras estuviéramos comiendo». Sus palabras cayeron en el vacío, pues Ilona, evidentemente, aún no comprendía bien el alemán y, además, desconocía los sacrificios que por ella se habían hecho. Desposeída de todo idioma, apenas si podía llamársela comensal en la mesa de los atados a la carne, antes bien una visitante en la cárcel de lo terrenal o una prisionera voluntaria. Y Erna, que hoy parecía saber muchas cosas, no siguió mencionando asuntos terrenales, y fue como un testimonio de una comprensión remota el que tomara el ramo de flores de la mesa y lo sostuviera bajo la nariz de Ilona: «Huele, Ilona», le dijo, e Ilona dijo: «Sí, gracias», y las palabras sonaron como procedentes de una lejanía a la que aquel Korn mastiqueante nunca podría llegar, como si vinieran de un estrato superior al que ella podría acceder si uno se mantenía en el sacrificio. Esch se animaba con facilidad. Cada cual debe realizar sus sueños, los perversos y los santos por igual: entonces participará de la libertad. Y por más que fuera una lástima el que aquel dechado de virtudes se llevase a Erna y el que Ilona jamás pudiera presentir que se iba a echar la última raya de una cuenta, fue, no obstante, una conclusión y un cambio, una prueba testimonial y un nuevo conocimiento, que Esch se levantara y bebiera a la salud del grupo y dijera unas breves palabras de felicitación para los novios; todos se sorprendieron, excepto Ilona, a quien, en realidad, iba dirigido. Pero como, de suyo, respondía al deseo de todos, se sintieron agradecidos, y Lohberg le estrechó varias veces las manos con los ojos húmedos. Después, obedeciendo una orden suya, los novios se dieron el beso de prometidos.
Pese a todo, a Esch no le pareció definitivo cuanto acababa de suceder y, cuando todo terminó y Korn se había retirado ya en compañía de Ilona, y la señorita Erna se disponía a ponerse las agujas del sombrero para ir con Esch a acompañar hasta su casa a su prometido, Esch se opuso: no, no le parecía correcto que él, un hombre soltero, pasara la noche en casa de la novia de Lohberg; él estaría dispuesto a hospedarse hoy en casa del señor Lohberg o a cambiar con él de habitación, posibilidad esta última que debían tener en cuenta ya que, como recién prometidos, tendrían muchas cosas que decirse. Y con estas palabras los empujó a los dos dentro de la habitación de Erna, y él se fue a la suya.
De este modo terminó el día de su primera liberación y empezó la primera noche de su extraordinaria y desagradable renuncia.
EL INSOMNE
Aquel que sin poder conciliar el sueño apaga con las blandas y húmedas yemas de los dedos la vela que tiene junto a su cama y espera en su cuarto, en el que se está fresco ahora, el sueño reparador, vive hacia la muerte a cada latido de su corazón, pues cuanto más insólitamente se ha expandido el frescor por la habitación en torno a él tanto más ardiente y premioso es el tiempo en el interior de su cerebro, tan premioso que principio y final, origen y muerte, ayer y mañana se derrumban y funden en un solitario y único ahora y lo llenan hasta el borde y casi lo hacen estallar.
Esch o la anarquía - Hermann Broch
domingo, 28 de agosto de 2022
Es un país casi despoblado y los escasos colonos que lo habitan son extranjeros. No mantienen ningún tipo de relación entre sí, cada uno vive solitario en su castillo. Se ocupan de sus negocios, cultivan los campos, siembran y escardan. El brazo de la justicia no puede alcanzarles, porque no necesitan ni derecho ni leyes. Viajan en sus automóviles por las estepas y por zonas vírgenes que aún no han sido jamás cruzadas por carreteras, y su única guía es su irrealizable añoranza. Incluso cuando los colonos se han establecido, se sienten extranjeros; su añoranza es un dolor de lejanía, de una lejanía cuya luminosidad va aumentando sin llegar a ser jamás alcanzable. Y lo más sorprendente es que son hombres occidentales, es decir, unos hombres cuya mirada está vuelta hacia el ocaso, como si allá no se irguiera la noche sino la puerta de la luz. No se sabe si buscan esa luminosidad con tanto afán porque piensan con agudeza y realismo o porque temen la oscuridad. Sólo se sabe que se instalan en los lugares donde hay poco bosque o que lo talan para convertirlo en un parque rebosante de luz; pues, aunque les gusta el frescor de la fronda, dicen que deben preservar a sus hijos de su terrible oscuridad. Sea esto cierto o no, indica al menos que los colonos no poseen aquel temperamento arisco con que uno se imagina a los colonos y pioneros, sino que se parecen a las mujeres, y su nostalgia corresponde a la nostalgia que experimentan las mujeres, nostalgia que aparentemente se refiere al hombre amado, pero que en realidad afecta a la tierra prometida adonde él debe conducirlas sacándolas de las tinieblas. Pero uno ha de ser precavido con tales manifestaciones, porque los colonos se ofenden con facilidad y entonces se encierran aún más en su soledad. En cambio en las estepas, en los campos cubiertos de hierba, coronados por infinitas colinas y regados por frescos ríos, zonas que ellos prefieren, están alegres, si bien son demasiado tímidos como para ponerse a cantar. Así es la vida de los colonos, vuelta de espaldas al dolor, vida que buscan al otro lado del océano. Mueren fácilmente, juvenilmente, aunque sus cabellos ya sean grises, pues su nostalgia es una constante despedida. Son orgullosos como lo era Moisés a la vista de la tierra prometida, él sólo dentro de la añoranza de Dios, él sólo excluido. Y con frecuencia se observa en sus manos el mismo gesto de desesperanza, teñido de cierto desprecio, que hiciera Moisés en la montaña. Pues la patria del pueblo se extiende irrecuperable detrás de ellos, frente a ellos la lejanía inalcanzable, y el hombre, cuya nostalgia ha cambiado sin que él mismo lo sepa, se siente a veces como quien ha aturdido sus males, pero sin poder nunca olvidarlos del todo. Esperanza inútil. Pues ¿quién podría diferenciar el extravío del huérfano del avance hacia delante por los campos dichosos? Aunque disminuya el dolor por lo irreparable, al introducirse más y más en la tierra prometida, aunque muchas cosas se disuelvan y se pierdan en la luminosidad creciente, y el dolor esté cada vez más desligado de todo, sea más luminoso, incluso tal vez invisible, a pesar de ello no desaparece por completo, como no desaparece la nostalgia del hombre, en cuyo sonambulismo expira el mundo, desmoronándose en el recuerdo de la noche de su mujer, nostálgica y maternal, para ser al fin sólo un aliento doloroso del pasado. Vana esperanza, altanería que con frecuencia carece de fundamento. Por eso muchos colonos, aunque parezcan alegres y serenos, tienen remordimientos y están más dispuestos a la expiación que muchos otros hombres más pecadores que ellos. Ciertamente no resulta increíble que incluso haya algunos que no puedan seguir soportando la claridad y la armonía a las que se han entregado y, aun pudiendo uno creer que su incoercible dolor de lejanía ha aumentado tanto que necesariamente tendrá que volver al polo opuesto o quizá al origen, por eso precisamente no es menos increíble que uno pueda ver colonos que sollozan tapándose la cara con las manos, como si sufrieran añoranza de la patria.
Esch o la anarquía - Hermann Broch
viernes, 26 de agosto de 2022
Unas ruedas de acero le separan de la espléndida tierra firme, y el viajero, de pie en el pasillo, piensa en barcos con largos corredores donde se alinean camarote tras camarote, flotando sobre una montaña de agua, muy por encima del fondo del mar, que es la tierra. ¡Dulce esperanza nunca cumplida! De qué sirve arrastrarse dentro de la panza de un barco, si únicamente puede proporcionar libertad el homicidio… Ah, el barco nunca arribará al castillo donde vive la amada. El viajero deja de caminar por el pasillo y, mientras finge contemplar el paisaje y los lejanos villorrios, aplasta la nariz contra el cristal de la ventanilla como lo hacía de niño. ¡Libertad y homicidio, tan estrechamente emparentados como procreación y muerte! Y aquel que es arrojado al seno de la libertad está tan huérfano como el asesino que, camino del patíbulo, llama a su madre a gritos. En el tren que se precipita rugiendo hacia la lejanía todo es futuro, porque a cada segundo corresponde ya otro lugar, y las gentes de los vagones están contentas, como si supieran que escaparán a la expiación. Aquellos que se han quedado en el andén hicieron un último intento, gritando y agitando pañuelos, para conmover las conciencias de los que huyen y hacerlos regresar a sus obligaciones, pero los viajeros ya no renuncian a la responsabilidad, cierran la ventanilla alegando que temen coger tortícolis por la corriente de aire, y sacan las provisiones que ya no necesitan compartir con nadie.
Esch o la anarquía - Hermann Broch
lunes, 22 de agosto de 2022
El viajero adivina, oscuramente, que estas reflexiones lo elevan por encima de lo cotidiano y le gustaría grabárselas en la mente para toda su vida. Porque, si tales consideraciones merecen ser calificadas de humanas en términos generales, los viajeros están más predispuestos a ellas (especialmente aquellos de temperamento violento) que los hombres sedentarios, que nunca piensan nada, por más que suban y bajen varias veces al día las escaleras de su casa. El hombre sedentario no se da cuenta de que se halla rodeado de obras humanas, ni tampoco de que sus pensamientos son también únicamente meras obras humanas. El hombre sedentario lanza sus pensamientos al mundo como si fueran viajantes seguros y hábiles en los negocios, y cree poder constreñir de esta manera el mundo a las dimensiones de su propia habitación y de su propio negocio.
Pero el hombre que en vez de enviar de viaje sus pensamientos se envía a sí mismo, ha perdido esta precipitada seguridad; su ira se ensaña contra cuanto sea obra humana, contra los ingenieros que construyen los peldaños así y no de otro modo, contra los demagogos que despotrican sobre justicia, orden y libertad como si pudieran edificar un mundo acorde con sus propias ideas; contra aquellos que todo lo saben se dirige también la ira de este hombre en quien alborea el saber de la ignorancia.
Una dolorosa libertad se anuncia proclamando que todo podría ser distinto. Las palabras con que se revisten las cosas pasan inadvertidas y se deslizan en la incertidumbre; se diría que las palabras son huérfanas. El viajero avanza inseguro por el largo corredor del vagón, un tanto extrañado de que haya ventanillas con cristales como en las casas, y pasa la mano por su fría superficie. Y de este modo el hombre que va de viaje cae fácilmente en un estado de falta de responsabilidad sin compromisos. Y cuando el tren, ya en plena marcha, parece perseguir implacable su objetivo, parece tender hacia la irresponsabilidad, y su marcha desenfrenada sólo podría ser detenida a lo sumo mediante el freno de emergencia, cuando el viajero es arrastrado velozmente por debajo de sus pies, él, que no ha perdido su conciencia bajo la dolorosa libertad de la luz del día, intenta caminar en dirección contraria. Pero no puede llegar a ninguna parte, pues aquí todo es futuro.
Esch o la anarquía - Hermann Broch
domingo, 21 de agosto de 2022
Consideró que pasar esta segunda noche de nuevo con Erna era una formalidad a la que un hombre libre tenía perfecto derecho. Habían hablado amistosamente de la boda con Lohberg e hicieron el amor casi con ternura y melancolía, como si nunca se hubieran peleado. Y tras esta larga noche en vela, Esch se levantó de la cama con la agradable sensación de haber contribuido a la felicidad de Erna y de Lohberg. El ser humano lleva en sí infinitas posibilidades y, según sea la cadena lógica con que enlace las cosas, puede probarse a sí mismo que son buenas o malas.
Esch o la anarquía - Hermann Broch
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