A través de la ventanita de mi calabozo vi cómo nacía un nuevo día, con un cielo ya sin nubes. Pensé que muchos hombres y mujeres comenzarían a despertarse y luego tomarían el desayuno y leerían el diario e irían a la oficina, o darían de comer a los chicos o al gato, o comentarían el film de la noche anterior.
Sentí que una caverna negra se iba agrandando dentro de mi cuerpo.
(...)
No, ni siquiera ese muro era siempre así: a veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad.
(...)
FUE UNA ESPERA interminable. No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados. Y era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos, sin saber que íbamos el uno al lado del otro, como almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mí, como clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían por fin unido y que la hora del encuentro había llegado.
(...)
En cuanto salí al camino a Mar del Plata, lancé el auto a ciento treinta kilómetros y empecé a sentir una rara voluptuosidad, que ahora atribuyo a la certeza de que realizaría por fin algo concreto con ella. Con ella, que había sido como alguien detrás de un impenetrable muro de vidrio, a quien yo podía ver, pero no oír ni tocar; y así, separados por el muro de vidrio, habíamos vivido ansiosamente, melancólicamente.
...
¡Qué desprecio sentía entonces por ella! Busqué el doloroso placer de imaginar esta última decisión suya en la forma más repelente: por un lado estaba yo, estaba el compromiso de verme esa tarde; ¿para qué?, para hablar de cosas oscuras y ásperas, para ponernos una vez más frente a frente a través del muro de vidrio, para mirar nuestras miradas ansiosas y desesperanzadas, para tratar de entender nuestros signos, para vanamente querer tocarnos, palparnos, acariciarnos a través del muro de vidrio, para soñar una vez más ese sueño imposible.
(...)
Iba a salir, corriendo, cuando tuve una idea. Fui a la cocina, agarré un cuchillo grande y volví al taller. ¡Qué poco quedaba de la vieja pintura de Juan Pablo Castel! ¡Ya tendrían motivos para admirarse esos imbéciles que me habían comparado a un arquitecto! ¡Como si un hombre pudiera cambiar de verdad! ¿Cuántos de esos imbéciles habían adivinado que debajo de mis arquitecturas y de «la cosa intelectual» había un volcán pronto a estallar? Ninguno. ¡Ya tendrían tiempo de sobra para ver estas columnas en pedazos, estas estatuas mutiladas, estas ruinas humeantes, estas escaleras infernales! Ahí estaban, como un museo de pesadillas petrificadas, como un Museo de la Desesperanza y de la Vergüenza. Pero había algo que quería destruir sin dejar siquiera rastros. Lo miré por última vez, sentí que la garganta se me contraía dolorosamente, pero no vacilé: a través de mis lágrimas vi confusamente cómo caía en pedazos aquella playa, aquella remota mujer ansiosa, aquella espera. Pisoteé los jirones de tela y los refregué hasta convertirlos en guiñapos sucios. ¡Ya nunca más recibiría respuesta aquella espera insensata! ¡Ahora sabía más que nunca que esa espera era completamente inútil!
(...)
Lartigue. Era amigo de Hunter, amigo íntimo. Es cierto que era otro individuo despreciable: había escrito un libro de poemas acerca de la vanidad de todas las cosas humanas, pero se quejaba de que no le hubieran dado el premio nacional. No iba a detenerme en escrúpulos. Con viva repugnancia, pero con decisión, lo llamé por teléfono, le dije que tenía que verlo urgentemente, lo fui a ver a su casa, le elogié el libro de versos y (con gran disgusto suyo, que quería que siguiésemos hablando de él), le hice a boca de jarro una pregunta ya preparada:
¿Cuánto hace que María Iribarne es amante de Hunter?
(...)
Pasó un largo tiempo, quizá media hora.
Después sentí que acariciaba mi cara, como lo había hecho en otros momentos parecidos. Yo no podía hablar. Como con mi madre cuando chico, puse la cabeza sobre su regazo y así quedamos un tiempo quieto, sin transcurso, hecho de infancia y de muerte:
¡Qué lástima que debajo hubiera hechos inexplicables y sospechosos! ¡Cómo deseaba equivocarme, cómo ansiaba que María no fuera más que ese momento! Pero era imposible: mientras oía los latidos de su corazón junto a mis oídos y mientras su mano acariciaba mis cabellos, sombríos pensamientos se movían en la oscuridad de mi cabeza, como en un sótano pantanoso; esperaban el momento de salir, chapoteando, gruñendo sordamente en el barro.
(...)
A veces me parece como si esta escena la hubiéramos vivido siempre juntos. Cuando vi aquella mujer solitaria de tu ventana, sentí que eras como yo y que también buscabas ciegamente a alguien, una especie de interlocutor mudo. Desde aquel día pensé constantemente en vos, te soñé muchas veces acá, en este mismo lugar donde he pasado tantas horas de mi vida. Un día hasta pensé en buscarte y confesártelo. Pero tuve miedo de equivocarme, como me había equivocado una vez, y esperé que de algún modo fueras vos el que buscara. Pero yo te ayudaba intensamente, te llamaba cada noche, y llegué a estar tan segura de encontrarte que cuando sucedió, al pie de aquel absurdo ascensor, quedé paralizada de miedo y no pude decir nada más que una torpeza. Y cuando huiste, dolorido por lo que creías una equivocación, yo corrí detrás como una loca. Después vinieron aquellos instantes de la plaza San Martín, en que creías necesario explicarme cosas, mientras yo trataba de desorientarte, vacilando entre la ansiedad de perderte para siempre y el temor de hacerte mal. Trataba de desanimarte, sin embargo, de hacerte pensar que no entendía tus medias palabras, tu mensaje cifrado.
(...)
Cada vez que María se aproximaba a mí en medio de otras personas, yo pensaba: «Entre este ser maravilloso y yo hay un vínculo secreto» y luego, cuando analizaba mis sentimientos, advertía que ella había empezado a serme indispensable (como alguien que uno encuentra en una isla desierta) para convertirse más tarde, una vez que el temor de la soledad absoluta ha pasado, en una especie de lujo que me enorgullecía, y era en esta segunda fase de mi amor en que habían empezado a surgir mil dificultades; del mismo modo que cuando alguien se está muriendo de hambre acepta cualquier cosa, incondicionalmente, para luego, una vez que lo más urgente ha sido satisfecho, empezar a quejarse crecientemente de sus defectos e inconvenientes.
(...)
Entonces observé dos hechos asombrosos: la frase que quería pronunciar salió convertida en un áspero chillido de pájaro, un chillido desesperado y extraño, quizá por lo que encerraba de humano; y, lo que era infinitamente peor, mis amigos no oyeron ese chillido, como no habían visto mi cuerpo de gran pájaro; por el contrario, parecían oír mi voz habitual diciendo cosas habituales, porque en ningún momento mostraron el menor asombro. Me callé, espantado. El dueño de casa me miró entonces con un sarcástico brillo en sus ojos, casi imperceptible y en todo caso sólo advertido por mí. Entonces comprendí que nadie, nunca, sabría que yo había sido transformado en pájaro. Estaba perdido para siempre y el secreto iría conmigo a la tumba.
(...)
La vida aparece a la luz de este razonamiento como una larga pesadilla, de la que sin embargo uno puede liberarse con la muerte, que sería, así, una especie de despertar. ¿Pero despertar a qué? Esa irresolución de arrojarse a la nada absoluta y eterna me ha detenido en todos los proyectos de suicidio. A pesar de todo, el hombre tiene tanto apego a lo que existe, que prefiere finalmente soportar su imperfección y el dolor que causa su fealdad, antes que aniquilar la fantasmagoría con un acto de propia voluntad. Y suele resultar, también, que cuando hemos llegado hasta ese borde de la desesperación que precede al suicidio, por haber agotado el inventario de todo lo que es malo y haber llegado al punto en que el mal es insuperable, cualquier elemento bueno, por pequeño que sea, adquiere un desproporcionado valor, termina por hacerse decisivo y nos aferramos a él como nos agarraríamos desesperadamente de cualquier hierba ante el peligro de rodar en un abismo.
(...)
Volví a casa con la sensación de una absoluta soledad.
Generalmente, esa sensación de estar solo en el mundo aparece mezclada a un orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a los hombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi olímpica.
Pero en aquel momento, como en otros semejantes, me encontraba solo como consecuencia de mis peores atributos, de mis bajas acciones. En esos casos siento que el mundo es despreciable, pero comprendo que yo también formo parte de él; en esos instantes me invade una furia de aniquilación, me dejo acariciar por la tentación del suicidio, me emborracho, busco a las prostitutas. Y siento cierta satisfacción en probar mi propia bajeza y en verificar que no soy mejor que los sucios monstruos que me rodean.
(...)
Ya antes de decir esta frase estaba un poco arrepentido: debajo del que quería decirla y experimentar una perversa satisfacción, un ser más puro y más tierno se disponía a tomar la iniciativa en cuanto la crueldad de la frase hiciese su efecto y, en cierto modo, ya silenciosamente, había tomado el partido de María antes de pronunciar esas palabras estúpidas e inútiles (¿qué podía lograr, en efecto, con ellas?). De manera que, apenas comenzaron a salir de mis labios, ya ese ser de abajo las oía con estupor, como si a pesar de todo no hubiera creído seriamente en la posibilidad de que el otro las pronunciase. Mientras una parte me lleva a tomar una hermosa actitud, la otra denuncia el fraude, la hipocresía y la falsa generosidad; mientras una me lleva a insultar a un ser humano, la otra se conduele de él y me acusa a mí mismo de lo que denuncio en los otros; mientras una me hace ver la belleza del mundo, la otra me señala su fealdad y la ridiculez de todo sentimiento de felicidad.
(...)
Pero nada de todo esto es exactamente lo que quiero decir. Debo confesar que yo mismo no sé lo que quiero decir con eso del «amor verdadero», y lo curioso es que, aunque empleé muchas veces esa expresión en los interrogatorios, nunca hasta hoy me puse a analizar a fondo su sentido. ¿Qué quería decir? ¿Un amor que incluyera la pasión física? Quizá la buscaba en mi desesperación de comunicarme más firmemente con María. Yo tenía la certeza de que, en ciertas ocasiones, lográbamos comunicarnos, pero en forma tan sutil, tan pasajera, tan tenue, que luego quedaba más desesperadamente solo que antes, con esa imprecisa insatisfacción que experimentamos al querer reconstruir ciertos amores de un sueño. Sé que, de pronto, lográbamos algunos momentos de comunión. Y el estar juntos atenuaba la melancolía que siempre acompaña a esas sensaciones, seguramente causada por la esencial incomunicabilidad de esas fugaces bellezas. Bastaba que nos miráramos para saber que estábamos pensando o, mejor dicho, sintiendo lo mismo.
Claro que pagábamos cruelmente esos instantes, porque todo lo que sucedía después parecía grosero o torpe. Cualquier cosa que hiciéramos (hablar, tomar café) era doloroso, pues señalaba hasta qué punto eran fugaces esos instantes de comunidad.
(...)
Tuve una rara intuición: encendí rápidamente otro fósforo. Tal como lo había intuido, el rostro de María sonreía. Es decir, ya no sonreía, pero había estado sonriendo un décimo de segundo antes. Me ha sucedido a veces darme vuelta de pronto con la sensación de que me espiaban, no encontrar a nadie y sin embargo sentir que la soledad que me rodeaba era reciente y que algo fugaz había desaparecido, como si un leve temblor quedara vibrando en el ambiente. Era algo así.
(...)
¡Cómo esperé aquel momento, cómo caminé sin rumbo por las calles para que el tiempo pasara más rápido! ¡Qué ternura sentía en mi alma, qué hermosos me parecían el mundo, la tarde de verano, los chicos que jugaban en la vereda! Pienso ahora hasta qué punto el amor enceguece y qué mágico poder de transformación tiene. ¡La hermosura del mundo! ¡Si es para morirse de risa!
(...)
Si cuando ella se detuvo frente a mi cuadro y miró aquella pequeña escena sin oír ni ver la multitud que nos rodeaba, ya era como si nos hubiésemos tuteado y en seguida supe cómo era y quién era, cómo yo la necesitaba y cómo, también, yo le era necesario.
¡Ah, y sin embargo te maté! ¡Y he sido yo quien te ha matado, yo, que veía como a través de un muro de vidrio, sin poder tocarlo, tu rostro mudo y ansioso! ¡Yo, tan estúpido, tan ciego, tan egoísta, tan cruel!
(...)
EN LOS DÍAS que precedieron a la llegada de su carta, mi pensamiento era como un explorador perdido en un paisaje neblinoso: acá y allá, con gran esfuerzo, lograba vislumbrar vagas siluetas de hombres y cosas, indecisos perfiles de peligros y abismos. La llegada de la carta fue como la salida del sol.
Pero este sol era un sol negro, un sol nocturno. No sé si se puede decir esto, pero aunque no soy escritor y aunque no estoy seguro de mi precisión, no retiraría la palabra nocturno; esta palabra era, quizá, la más apropiada para María, entre todas las que forman nuestro imperfecto lenguaje.
(...)
Olvidé mis áridos razonamientos, mis deducciones feroces. Me dediqué a imaginar su rostro, su mirada esa mirada que me recordaba algo que no podía precisar, su forma profunda y melancólica de razonar. Sentí que el amor anónimo que yo había alimentado durante años de soledad se había concentrado en María. ¿Cómo podía pensar cosas tan absurdas?
Traté de olvidar, pues, todas mis estúpidas deducciones acerca del teléfono, la carta, la estancia, Hunter.
Pero no pude.
(...)
En la época en que yo tenía amigos, muchas veces se han reído de mi manía de elegir siempre los caminos más enrevesados: Yo me pregunto por qué la realidad ha de ser simple. Mi experiencia me ha enseñado que, por el contrario, casi nunca lo es y que cuando hay algo que parece extraordinariamente claro, una acción que al parecer obedece a una causa sencilla, casi siempre hay debajo móviles más complejos. Un ejemplo de todos los días: la gente que da limosnas; en general, se considera que es más generosa y mejor que la gente que no las da. Me permitiré tratar con el mayor desdén esta teoría simplista. Cualquiera sabe que no se resuelve el problema de un mendigo (de un mendigo auténtico) con un peso o un pedazo de pan: solamente se resuelve el problema psicológico del señor que compra así, por casi nada, su tranquilidad espiritual y su título de generoso. Júzguese hasta qué punto esa gente es mezquina cuando no se decide a gastar más de un peso por día para asegurar su tranquilidad espiritual y la idea reconfortante y vanidosa de su bondad.
(...)
Yo estaba como una estatua.
María me ha hablado mucho de su pintura. Como quedé ciego hace pocos años, todavía puedo imaginar bastante bien las cosas.
Parecía como si quisiera disculparse de su ceguera. Yo no sabía qué decir. ¡Cómo ansiaba estar solo, en la calle, para pensar en todo!
Sacó una carta de un bolsillo y me la alcanzó.
Acá está la carta dijo con sencillez, como si no tuviera nada de extraordinario.
Tomé la carta e iba a guardarla cuando el ciego agregó, como si hubiera visto mi actitud:
Léala, no más. Aunque siendo de María no debe de ser nada urgente.
Yo temblaba. Abrí el sobre, mientras él encendía un cigarrillo, después de haberme ofrecido uno. Saqué la carta; decía una sola frase:
Yo también pienso en usted.
MARÍA
Cuando el ciego oyó doblar el papel, preguntó:
Nada urgente, supongo.
Hice un gran esfuerzo y respondí:
No, nada urgente.
Me sentí una especie de monstruo, viendo sonreír al ciego, que me miraba con los ojos bien abiertos.
Así es María dijo, como pensando para sí. Muchos confunden sus impulsos con urgencias. María hace, efectivamente, con rapidez, cosas que no cambian la situación. ¿Cómo le explicaré?
(...)
Esa noche, pues, mi desprecio por la humanidad parecía abolido o, por lo menos, transitoriamente ausente. Entré en el café Marzotto. Supongo que ustedes saben que la gente va allí a oír tangos, pero a oírlos como un creyente en Dios oye La pasión según San Mateo.
(...)
Salí a caminar y de pronto me encontré en la calle Corrientes. Me pasaba algo muy extraño: miraba con simpatía a todo el mundo. Creo haber dicho que me he propuesto hacer este relato en forma totalmente imparcial y ahora daré la primera prueba, confesando uno de mis peores defectos: siempre he mirado con antipatía y hasta con asco a la gente, sobre todo a la gente amontonada; nunca he soportado las playas en verano. Algunos hombres, algunas mujeres aisladas me fueron muy queridos, por otros sentí admiración (no soy envidioso), por otros tuve verdadera simpatía; por los chicos siempre tuve ternura y compasión (sobre todo cuando, mediante un esfuerzo mental, trataba de olvidar que al fin serían hombres como los demás); pero, en general, la humanidad me pareció siempre detestable. No tengo inconvenientes en manifestar que a veces me impedía comer en todo el día o me impedía pintar durante una semana el haber observado un rasgo; es increíble hasta qué punto la codicia, la envidia, la petulancia, la grosería, la avidez y, en general, todo ese conjunto de atributos que forman la condición humana pueden verse en una cara, en una manera de caminar, en una mirada. Me parece natural que después de un encuentro así uno no tenga ganas de comer, de pintar, ni aun de vivir. Sin embargo, quiero hacer constar que no me enorgullezco de esta característica: sé que es una muestra de soberbia y sé, también, que mi alma ha albergado muchas veces la codicia, la petulancia, la avidez y la grosería. Pero he dicho que me propongo narrar esta historia con entera imparcialidad, y así lo haré
(...)
No sé, todo esto tiene algo que ver con la humanidad en general, ¿comprende? Recuerdo que días antes de pintarla había leído que en un campo de concentración alguien pidió de comer y lo obligaron a comerse una rata viva. A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil.
¿Sería eso, verdaderamente? Me quedé reflexionando en esa idea de la falta de sentido. ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?
(...)
Cuando habíamos caminado unas dos cuadras, me preguntó:
¿A dónde me lleva?
A la plaza San Martín. Tengo mucho que hablar con usted le respondí, mientras seguía caminando con decisión, siempre arrastrándola del brazo.
Murmuró algo referente a las oficinas de T., pero yo seguí arrastrándola y no oí nada de lo que me decía.
Agregué:
Tengo muchas cosas que hablar con usted.
No ofrecía resistencia: yo me sentía como un río crecido que arrastra una rama.
(...)
Pero ahora no tenía tiempo de entregarme a ese sentimiento: ya me torturaría más tarde, con tranquilidad.
(...)
Usted se sonroja porque me ha reconocido. Y usted cree que esto es una casualidad, pero no es una casualidad, nunca hay casualidades. He pensado en usted varios meses. Hoy la encontré por la calle y la seguí. Tengo algo importante que preguntarle, algo referente a la ventanita, ¿comprende?
Ella estaba asustada:
¿La ventanita? balbuceó. ¿Qué ventanita?
Sentí que se me aflojaban las piernas. ¿Era posible que no la recordara? Entonces no le había dado la menor importancia, la había mirado por simple curiosidad. Me sentí grotesco y pensé vertiginosamente que todo lo que había pensado y hecho durante esos meses (incluyendo esta escena) era el colmo de la desproporción y del ridículo, una de esas típicas construcciones imaginarias mías, tan presuntuosas como esas reconstrucciones de un dinosaurio realizadas a partir de una vértebra rota.
(...)
No quedaba sino esperar una feliz circunstancia, de esas que suelen presentarse cada millón de veces; que ella hablara primero. De modo que mi felicidad estaba librada a una remotísima lotería, en la que había que ganar una vez para tener derecho a jugar nuevamente y sólo recibir el premio en el caso de ganar en esta segunda jornada. Efectivamente, tenía que darse la posibilidad de encontrarme con ella y luego la posibilidad, todavía más improbable, de que ella me dirigiera la palabra. Sentí un especie de vértigo, de tristeza y desesperanza. Pero, no obstante, seguí preparando mi posición.
(...)
Todo era tan elegante que sentí vergüenza por mi traje viejo y mis rodilleras. Y sin embargo, la sensación de grotesco que experimentaba no era exactamente por eso sino por algo que no terminaba de definir. Culminó cuando una chica muy fina, mientras me ofrecía unos sandwiches, comentaba con un señor no sé qué problema de masoquismo anal. Es probable, pues, que aquella sensación resultase de la diferencia de potencial entre los muebles modernos, limpísimos, funcionales, y damas y caballeros tan aseados emitiendo palabras génito-urinarias.
(...)
Realmente, en este caso hay más de una razón. Diré antes que nada, que detesto los grupos, las sectas, las cofradías, los gremios y en general esos conjuntos de bichos que se reúnen por razones de profesión, de gusto o de manía semejante. Esos conglomerados tienen una cantidad de atributos grotescos, la repetición del tipo, la jerga, la vanidad de creerse superiores al resto.
(...)
Después de examinar en detalle esta posibilidad, la abandoné. Yo nunca iba a salones de pintura. Puede parecer muy extraña esta actitud en un pintor, pero en realidad tiene explicación y tengo la certeza de que si me decidiese a darla todo el mundo me daría la razón. Bueno, quizá exagero al decir «todo el mundo». No, seguramente exagero. La experiencia me ha demostrado que lo que a mí me parece claro y evidente casi nunca lo es para el resto de mis semejantes. Estoy tan quemado que ahora vacilo mil veces antes de ponerme a justificar o a explicar una actitud mía y, casi siempre, termino por encerrarme en mí mismo y no abrir la boca.
(...)
La observé todo el tiempo con ansiedad. Después desapareció en la multitud, mientras yo vacilaba entre un miedo invencible y un angustioso deseo de llamarla. ¿Miedo de qué? Quizá, algo así como miedo de jugar todo el dinero de que se dispone en la vida a un solo número. Sin embargo, cuando desapareció, me sentí irritado, infeliz, pensando que podría no verla más, perdida entre los millones de habitantes anónimos de Buenos Aires.
(...)
«¿Por qué se podrá preguntar alguien apenas una débil esperanza si el manuscrito ha de ser leído por tantas personas?» Éste es el género de preguntas que considero inútiles, y no obstante hay que preverlas, porque la gente hace constantemente preguntas inútiles, preguntas que el análisis más superficial revela innecesarias. Puedo hablar hasta el cansancio y a gritos delante de una asamblea de cien mil rusos, nadie me entendería. ¿Se dan cuenta de lo que quiero decir?
Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté.
(...)
COMO DECÍA, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán preguntarse qué me mueve a escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar mi crimen) y, sobre todo, a buscar un editor. Conozco bastante bien el alma humana para prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me importa un bledo; hace rato que me importan un bledo la opinión y la justicia de los hombres. Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano
(...)
Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista se quejó de hambre y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero viva.
No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata.
(...)
Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase «todo tiempo pasado fue mejor» no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que felizmente la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que «todo tiempo pasado fue peor», si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. ¡Cuántas veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer una noticia en la sección policial!
El túnel - Ernesto Sabato
lunes, 31 de julio de 2017
domingo, 23 de julio de 2017
Finalmente, el pobre Akaki Akákievich exhaló su último suspiro. No pusieron sellos en su habitación ni en sus pertenencias, en primer lugar porque no tenía herederos, y en segundo, porque no dejaba más que un pequeño paquete con plumas de ganso, una resma de papel timbrado, tres pares de calcetines, dos o tres botones desprendidos de un pantalón y el viejo capote que ya conoce el lector. ¿Quién se quedaría con todas esas cosas? Confieso que esa cuestión no interesó ni siquiera al autor de este relato. Se llevaron el cadáver y le dieron sepultura. Y San Petersburgo se quedó sin Akaki Akákievich, como si nunca hubiera existido. Desapareció para siempre ese ser a quien nadie defendió, por quien nadie profesó afecto ni mostró el menor interés; ni siquiera despertó la curiosidad de los naturalistas, siempre dispuestos a clavar un alfiler a una simple mosca para observarla al microscopio. Un ser que había sobrellevado con resignación las burlas de sus compañeros de oficina y que había bajado a la tumba sin haber protagonizado ningún acto digno de mención; no obstante, gracias a ese capote, su desdichada vida se llenó de luz y de sentido por un instante, si bien es verdad que ya en sus postrimerías; luego la desgracia, que no respeta siquiera a los reyes y poderosos de la tierra, se cebó con él
Unos días después de su muerte un ujier del departamento se presentó en su casa para ordenarle que se reincorporara inmediatamente a su puesto de trabajo, pues así lo exigía el jefe. Pero no pudo cumplir su misión y a la vuelta declaró que Akaki Akákievich no aparecería más por allí. «¿Por qué?», le preguntaron. «Porque ha muerto respondió. Hace cuatro días que lo enterraron». Así se enteraron en el departamento del fallecimiento de Akaki Akákievich
(...)
Le contó que tenía un capote completamente nuevo y que se lo habían robado de la manera más inhumana, y a continuación suplicó a su excelencia que intercediera como mejor le pareciera, dirigiendo un escrito a quien juzgara más oportuno, al comisario de policía o a algún otro personaje, para que iniciara las pesquisas. Al general, vaya usted a saber por qué, se le antojó que esa petición era demasiado familiar.
Pero ¿es posible, caballero replicó, tajante, que no conozca usted el reglamento? ¿Dónde se cree que está? ¿Acaso no sabe cómo debe procederse en tales asuntos? Primero tiene usted que presentar una instancia en la cancillería; de allí pasaría al jefe de sección, que a su vez la haría llegar al responsable del departamento, que se la trasladaría al secretario, quien a su vez me la presentaría a mí.
Pero, excelencia dijo Akaki Akákievich, empapado en sudor, tratando de hacer acopio del poco ánimo que le quedaba, si me he permitido molestar a su excelencia es porque los secretarios no son de fiar
¿Qué, qué, qué? dijo el personaje importante. ¿Cómo se atreve a decir algo así? ¿De dónde ha sacado esas ideas? ¡Qué falta de respeto muestran los jóvenes de hoy por sus superiores y las autoridades!
Por lo visto, el personaje importante no había reparado en que Akaki Akákievich pasaba ya de los cincuenta. En definitiva, solo se le podía aplicar el calificativo de joven de manera relativa, es decir, si se le comparaba con los ancianos de setenta años.
¿Sabe usted con quién está hablando? ¿Se da usted cuenta de quién está delante de usted? ¿Se da usted cuenta? ¡A usted se lo pregunto!
Al llegar a ese punto, el personaje importante dio una patada en el suelo y levantó tanto la voz que hasta un individuo menos apocado que nuestro héroe se habría asustado. Akaki Akákievich, muerto de miedo, se tambaleó, tembló de pies a cabeza y estuvo a punto de desplomarse: de no haber sido por los ujieres que acudieron a sostenerlo, habría dado con sus huesos en el suelo. Lo sacaron casi sin conocimiento. El personaje importante, satisfecho de que el efecto de su discurso hubiera superado todas sus expectativas, y entusiasmado de que una palabra suya pudiera hacer que un hombre se desvaneciera, miró de soslayo a su amigo para comprobar la impresión que le había causado la escena y descubrió, no sin satisfacción, que este se sentía bastante perplejo e incluso algo atemorizado.
(...)
En general, puede decirse que toda la jornada constituyó para Akaki Akákievich una fiesta solemne y apoteósica. Volvió a su casa radiante de felicidad, se quitó el capote, lo colgó con cuidado en la pared y volvió a admirar su paño y su forro; luego, sacó adrede su viejo capote, todo deshilachado, y se puso a compararlo con el otro. Lo miró y hasta se echó a reír, ¡tan grande era la diferencia! Más tarde, durante la comida, no pudo evitar esbozar una sonrisa cada vez que recordaba el estado en que había encontrado su vieja «bata». Después de tan alegre comida, en lugar de ponerse a copiar algún documento, se tumbó en la cama como un sibarita y no se levantó hasta la caída de la tarde. Entonces, sin más demora, se vistió, se echó el capote sobre los hombros y salió a la calle.
(...)
Cada vez que gastaba un rublo, Akaki Akákievich tenía la costumbre de guardar medio kopek en un cofrecillo cerrado con llave, en cuya tapa había practicado una ranura para introducir las monedas. Cada seis meses procedía al recuento de las piezas de cobre acumuladas y las reemplazaba por otras de plata. Después de haber puesto en práctica ese sistema a lo largo de muchos años, había logrado reunir algo más de cuarenta rublos. Así pues, estaba en posesión de la mitad de la suma. Pero ¿cómo procurarse la otra mitad? Después de darle muchas vueltas, Akaki Akákievich llegó a la conclusión de que debía reducir los gastos ordinarios, al menos durante un año, es decir, renunciar al té de la tarde, no encender velas por la noche, y, en caso de que tuviera que ocuparse de algún trabajo, pasar a la habitación de la patrona; también sería preciso caminar por adoquines y baldosas con el mayor cuidado y precaución, casi de puntillas, para no desgastar las suelas antes de tiempo, así como recurrir lo menos posible a los servicios de la lavandera y, para evitar que se le ensuciara la ropa, quitársela nada más llegar a casa, poniéndose en su lugar una bata de fustán tan vieja que hasta el tiempo se había compadecido de ella. A decir verdad, al principio le resultó difícil habituarse a esas privaciones, pero, con el paso del tiempo, acabó resignándose y sobrellevando su suerte con dignidad; hasta se habituó a pasarse sin cenar, aunque es verdad que no carecía de alimento espiritual, pues el pensamiento de su futuro capote no le abandonaba ni de día ni de noche. A partir de entonces su existencia pareció volverse más plena, como si se hubiera casado o gozara de la cercanía de otra persona; como si no estuviera solo, sino arropado por una compañera amable que hubiera decidido recorrer a su lado el camino de la vida.
(...)
El domingo siguiente, cuando vio de lejos que la mujer de Petróvich salía de casa, se fue derecho a la habitación del sastre. Como era de esperar, después de la noche del sábado, lo encontró muerto de sueño, con la cabeza caída sobre el pecho y el ojo más torcido de lo normal. Pero en cuanto se enteró de lo que se trataba, fue como si el demonio se le metiera en el cuerpo. «Imposible dijo. Tiene que encargarse uno nuevo». Akaki Akákievich le entregó entonces los diez kopeks. «Muchas gracias, señor, me tomaré una copita a su salud dijo Petróvich. En cuanto al capote, no le dé más vueltas: no sirve para nada. Le voy a hacer uno nuevo que le va a quedar como un guante. Le doy mi palabra».
?
Akaki Akákievich quiso referirse de nuevo al arreglo, pero Petróvich, sin escucharle, prosiguió: «Le haré uno nuevo sin falta, cuente con ello. Será un trabajo de primera. Y, si quiere ir a la moda, le pondré en el cuello unas hebillas de plata».
En ese momento se convenció Akaki Akákievich de que no podía pasarse sin un capote nuevo, y todas las fuerzas le abandonaron. En cualquier caso, ¿de dónde iba a sacar el dinero necesario? Desde luego, podía contar con el aguinaldo que le darían las próximas fiestas, pero esa suma la tenía ya asignada y destinada a otros fines. Debía comprarse unos pantalones nuevos, pagar al zapatero unas punteras que le había puesto hacía tiempo a unas botas viejas; además, era preciso encargarle a la costurera tres camisas y dos de esas prendas cuyo nombre sería indecoroso imprimir en letras de molde; en definitiva, había dispuesto ya de todo ese dinero.
(...)
Al oír la palabra «nuevo» a Akaki Akákievich se le nubló la vista, y todos los objetos que había en la habitación parecieron cubrirse de una suerte de bruma. Solo distinguía con claridad al general de la tabaquera de Petróvich, con el pedazo de papel tapándole la cara.
¿Nuevo dices? exclamó como en sueños. ¿Y de dónde voy a sacar el dinero?
Sí, nuevo repitió Petróvich con despiadada serenidad.
Y, en caso de que me hiciera uno nuevo, cuánto
¿Te refieres a cuánto costaría?
Sí.
Ciento cincuenta rublos como mínimo aclaró Petróvich, apretando con fuerza los labios. Era muy aficionado a los golpes de efecto y le encantaba dejar desconcertada a la gente para luego mirar de soslayo la cara de susto que ponía al escuchar sus palabras.
¡Ciento cincuenta rublos por un capote! gritó el desdichado Akaki Akákievich. Probablemente era la primera vez en su vida que gritaba, pues nunca le había levantado la voz a nadie.
Sí dijo Petróvich, y eso dependiendo del capote. Si lo quieres con cuello de marta y capuchón con forro de seda, subiría a doscientos.
Por el amor de Dios, Petróvich suplicó Akaki Akákievich, tratando de no prestar atención a las palabras y golpes de efecto de Petróvich. Arréglalo como sea para que pueda usarlo un poco más.
No, no merece la pena. Sería trabajar en balde y tirar el dinero dijo Petróvich.
Al escuchar esas palabras, Akaki Akákievich se quedó completamente anonadado.
Una vez solo, Petróvich pasó un buen rato de pie, los labios apretados con fuerza, sin retomar su labor, muy satisfecho de haber salvaguardado su honor y haber defendido el buen nombre de su oficio.
(...)
En verdad, no habría mucho que decir de ese sastre, pero como se ha convertido ya en costumbre no dejar sin delinear el carácter de cualquier personaje de ficción, no queda otro remedio que ponernos manos a la obra con el Petróvich de marras. Al principio, cuando era siervo de cierto señor, se llamaba Grigori a secas. No se convirtió en Petróvich hasta que obtuvo la libertad y empezó a emborracharse, primero con ocasión de fiestas señaladas, después en todas las que estaban marcadas con una cruz en el calendario. En ese particular, seguía fiel a las costumbres de sus abuelos.
(...)
Al llegar a casa, lo examinó con mayor detenimiento y descubrió que en dos o tres lugares, precisamente en la espalda y en los hombros, el paño se había vuelto no menos ligero que una gasa; tan gastado estaba que se veía al trasluz; en cuanto al forro, apenas quedaban trazas. Conviene saber que el capote de Akaki Akákievich también era objeto de las burlas de sus compañeros; hasta le habían privado del noble nombre de capote y lo denominaban bata. En realidad, tenía un aspecto bastante extraño: el cuello menguaba de año en año, pues le servía para remendar otras partes. Esos remiendos, que no hacían honor a la habilidad del sastre, daban a la prenda un aire tosco y desmañado. Haciéndose cargo de la situación, Akaki Akákievich decidió llevar el capote a casa del sastre Petróvich, que vivía en un cuarto piso interior.
(...)
Cuando el cielo gris de San Petersburgo se oscurece por completo y toda la ralea oficinesca se ha llenado el estómago, cada cual según sus medios y gustos particulares; cuando todos descansan ya del trajín de los despachos, con su crujir de plumas, idas y venidas, acuciantes ocupaciones propias y ajenas y cuantas obligaciones se impone a veces un trabajador infatigable, en ocasiones sin necesidad; cuando consagran al placer el resto del día unos, los más emprendedores, asistiendo al teatro; otros, saliendo a la calle para contemplar ciertos sombreritos; otros, acudiendo a una velada para prodigar cumplidos a una bonita muchacha, estrella de un pequeño círculo de empleados; otros, y estos son los más numerosos, encaminándose a casa de un compañero, que vive en un tercero o un cuarto piso, en dos pequeñas habitaciones con vestíbulo o cocina, en las que destaca una lámpara o algún otro objeto que denota cierto prurito de modernidad, comprado a costa de grandes sacrificios y renuncias a cenas y excursiones. En definitiva, incluso en esas horas en que todos los funcionarios se dispersan por los minúsculos alojamientos de sus amigos para echar una ruidosa partida de whist y tomar unos cuantos vasos de té acompañados de galletas de a kopek, al tiempo que dan chupadas a sus largas pipas y cuentan, mientras reparten, algún chisme relativo a la alta sociedad, actividad a la que ningún ruso, sea cual sea su condición, puede renunciar, o, a falta de otro tema mejor, repiten la consabida anécdota del comandante a quien vinieron a decirle que alguien había cortado la cola al caballo de la estatua de Pedro el Grande, obra de Falconet; en resumidas cuentas, incluso en esas horas en que todo el mundo procura divertirse, Akaki Akákievich no se permitía la menor distracción. Nadie podía afirmar que lo había visto nunca en una velada. Una vez aplacado su deseo de escribir, se iba a la cama con una sonrisa en los labios, paladeando por anticipado las alegrías del día siguiente: ¿Qué documentos le confiaría Dios para que copiara? Así transcurría la pacífica existencia de un individuo que, con un sueldo de cuatrocientos rublos al año, se sentía satisfecho de su destino; y es probable que hubiera alcanzado una edad provecta de no estar sembrado de toda suerte de calamidades el camino no solo de los consejeros titulares, sino incluso de los consejeros secretos, efectivos, áulicos y de todo tipo, incluso de aquellos que no dan ni solicitan consejo de nadie.
(...)
No se preocupaba lo más mínimo de su indumentaria. Su uniforme ya no era verde, sino de una tonalidad entre rojiza y harinosa. Gastaba un cuello estrecho y bajo, de tal manera que el pescuezo, a pesar de que era corto, sobresalía y parecía inusitadamente largo, como el de esos gatos de escayola y cabeza flexible que portan por docenas esos pretendidos buhoneros extranjeros. Y siempre llevaba algo pegado a la levita, una brizna de heno o una hilacha; además, tenía una habilidad especial para pasar por debajo de una ventana en el preciso instante en que arrojaban cualquier inmundicia; en suma, siempre lucía en el sombrero una cáscara de melón o de sandía o alguna otra porquería por el estilo. Ni una sola vez en su vida prestó atención al ajetreo diario de las calles, espectáculo que tanto atraía a sus jóvenes colegas, capaces de reparar, con su mirada penetrante y atrevida, en un transeúnte con la trabilla descosida, aunque fuera por la acera de enfrente, novedad que siempre acogían con una sonrisa maliciosa en los labios.
(...)
Solo cuando las bromas iban demasiado lejos, cuando le daban un golpe en el codo y le impedían proseguir con su labor, exclamaba: «¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?». Y había algo extraño en sus palabras y en el tono de voz con que las pronunciaba, algo que inducía a la compasión, de suerte que un joven que acababa de ingresar en el servicio y que, siguiendo el ejemplo de sus compañeros, se había permitido gastarle una broma, se detuvo de pronto, como petrificado. Desde entonces todo pareció mudar y cambiar de aspecto a su alrededor. Una fuerza sobrenatural le apartó de sus compañeros, a quienes había considerado personas educadas y respetables. Y durante mucho tiempo, en los momentos de mayor alegría, se le aparecía la imagen de ese pequeño funcionario, con entradas en la frente, y oía sus penetrantes palabras: «¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?», en las que resonaban estas otras: «¡Soy tu hermano!». Entonces, el desdichado joven se tapaba la cara con la mano. Y más de una vez, a lo largo de su vida, se estremeció al comprobar cuánta inhumanidad hay en el hombre, cuánta grosera ferocidad se oculta en los modales más refinados e irreprochables, incluso, ¡Dios mío!, en personas con fama de honradas y nobles
(...)
No hay gente más susceptible que los funcionarios, oficiales, oficinistas y, en general, todos los servidores públicos. En los tiempos que corren, cada particular considera que si se toca a su persona se ofende al conjunto de la sociedad. Corre el rumor de que hace poco un capitán de policía de no sé qué ciudad presentó un informe en el que exponía sin ambages que se estaba perdiendo el respeto a las leyes y que hasta su venerable título se pronunciaba sin ninguna consideración. Y como prueba adjuntaba una voluminosísima obra de corte novelesco en la que, cada diez páginas, aparecía un capitán de policía, a veces en un estado de completa embriaguez.
El capote - Nikolái Gógol
(...)
Le contó que tenía un capote completamente nuevo y que se lo habían robado de la manera más inhumana, y a continuación suplicó a su excelencia que intercediera como mejor le pareciera, dirigiendo un escrito a quien juzgara más oportuno, al comisario de policía o a algún otro personaje, para que iniciara las pesquisas. Al general, vaya usted a saber por qué, se le antojó que esa petición era demasiado familiar.
Pero ¿es posible, caballero replicó, tajante, que no conozca usted el reglamento? ¿Dónde se cree que está? ¿Acaso no sabe cómo debe procederse en tales asuntos? Primero tiene usted que presentar una instancia en la cancillería; de allí pasaría al jefe de sección, que a su vez la haría llegar al responsable del departamento, que se la trasladaría al secretario, quien a su vez me la presentaría a mí.
Pero, excelencia dijo Akaki Akákievich, empapado en sudor, tratando de hacer acopio del poco ánimo que le quedaba, si me he permitido molestar a su excelencia es porque los secretarios no son de fiar
¿Qué, qué, qué? dijo el personaje importante. ¿Cómo se atreve a decir algo así? ¿De dónde ha sacado esas ideas? ¡Qué falta de respeto muestran los jóvenes de hoy por sus superiores y las autoridades!
Por lo visto, el personaje importante no había reparado en que Akaki Akákievich pasaba ya de los cincuenta. En definitiva, solo se le podía aplicar el calificativo de joven de manera relativa, es decir, si se le comparaba con los ancianos de setenta años.
¿Sabe usted con quién está hablando? ¿Se da usted cuenta de quién está delante de usted? ¿Se da usted cuenta? ¡A usted se lo pregunto!
Al llegar a ese punto, el personaje importante dio una patada en el suelo y levantó tanto la voz que hasta un individuo menos apocado que nuestro héroe se habría asustado. Akaki Akákievich, muerto de miedo, se tambaleó, tembló de pies a cabeza y estuvo a punto de desplomarse: de no haber sido por los ujieres que acudieron a sostenerlo, habría dado con sus huesos en el suelo. Lo sacaron casi sin conocimiento. El personaje importante, satisfecho de que el efecto de su discurso hubiera superado todas sus expectativas, y entusiasmado de que una palabra suya pudiera hacer que un hombre se desvaneciera, miró de soslayo a su amigo para comprobar la impresión que le había causado la escena y descubrió, no sin satisfacción, que este se sentía bastante perplejo e incluso algo atemorizado.
(...)
En general, puede decirse que toda la jornada constituyó para Akaki Akákievich una fiesta solemne y apoteósica. Volvió a su casa radiante de felicidad, se quitó el capote, lo colgó con cuidado en la pared y volvió a admirar su paño y su forro; luego, sacó adrede su viejo capote, todo deshilachado, y se puso a compararlo con el otro. Lo miró y hasta se echó a reír, ¡tan grande era la diferencia! Más tarde, durante la comida, no pudo evitar esbozar una sonrisa cada vez que recordaba el estado en que había encontrado su vieja «bata». Después de tan alegre comida, en lugar de ponerse a copiar algún documento, se tumbó en la cama como un sibarita y no se levantó hasta la caída de la tarde. Entonces, sin más demora, se vistió, se echó el capote sobre los hombros y salió a la calle.
(...)
Cada vez que gastaba un rublo, Akaki Akákievich tenía la costumbre de guardar medio kopek en un cofrecillo cerrado con llave, en cuya tapa había practicado una ranura para introducir las monedas. Cada seis meses procedía al recuento de las piezas de cobre acumuladas y las reemplazaba por otras de plata. Después de haber puesto en práctica ese sistema a lo largo de muchos años, había logrado reunir algo más de cuarenta rublos. Así pues, estaba en posesión de la mitad de la suma. Pero ¿cómo procurarse la otra mitad? Después de darle muchas vueltas, Akaki Akákievich llegó a la conclusión de que debía reducir los gastos ordinarios, al menos durante un año, es decir, renunciar al té de la tarde, no encender velas por la noche, y, en caso de que tuviera que ocuparse de algún trabajo, pasar a la habitación de la patrona; también sería preciso caminar por adoquines y baldosas con el mayor cuidado y precaución, casi de puntillas, para no desgastar las suelas antes de tiempo, así como recurrir lo menos posible a los servicios de la lavandera y, para evitar que se le ensuciara la ropa, quitársela nada más llegar a casa, poniéndose en su lugar una bata de fustán tan vieja que hasta el tiempo se había compadecido de ella. A decir verdad, al principio le resultó difícil habituarse a esas privaciones, pero, con el paso del tiempo, acabó resignándose y sobrellevando su suerte con dignidad; hasta se habituó a pasarse sin cenar, aunque es verdad que no carecía de alimento espiritual, pues el pensamiento de su futuro capote no le abandonaba ni de día ni de noche. A partir de entonces su existencia pareció volverse más plena, como si se hubiera casado o gozara de la cercanía de otra persona; como si no estuviera solo, sino arropado por una compañera amable que hubiera decidido recorrer a su lado el camino de la vida.
(...)
El domingo siguiente, cuando vio de lejos que la mujer de Petróvich salía de casa, se fue derecho a la habitación del sastre. Como era de esperar, después de la noche del sábado, lo encontró muerto de sueño, con la cabeza caída sobre el pecho y el ojo más torcido de lo normal. Pero en cuanto se enteró de lo que se trataba, fue como si el demonio se le metiera en el cuerpo. «Imposible dijo. Tiene que encargarse uno nuevo». Akaki Akákievich le entregó entonces los diez kopeks. «Muchas gracias, señor, me tomaré una copita a su salud dijo Petróvich. En cuanto al capote, no le dé más vueltas: no sirve para nada. Le voy a hacer uno nuevo que le va a quedar como un guante. Le doy mi palabra».
?
Akaki Akákievich quiso referirse de nuevo al arreglo, pero Petróvich, sin escucharle, prosiguió: «Le haré uno nuevo sin falta, cuente con ello. Será un trabajo de primera. Y, si quiere ir a la moda, le pondré en el cuello unas hebillas de plata».
En ese momento se convenció Akaki Akákievich de que no podía pasarse sin un capote nuevo, y todas las fuerzas le abandonaron. En cualquier caso, ¿de dónde iba a sacar el dinero necesario? Desde luego, podía contar con el aguinaldo que le darían las próximas fiestas, pero esa suma la tenía ya asignada y destinada a otros fines. Debía comprarse unos pantalones nuevos, pagar al zapatero unas punteras que le había puesto hacía tiempo a unas botas viejas; además, era preciso encargarle a la costurera tres camisas y dos de esas prendas cuyo nombre sería indecoroso imprimir en letras de molde; en definitiva, había dispuesto ya de todo ese dinero.
(...)
Al oír la palabra «nuevo» a Akaki Akákievich se le nubló la vista, y todos los objetos que había en la habitación parecieron cubrirse de una suerte de bruma. Solo distinguía con claridad al general de la tabaquera de Petróvich, con el pedazo de papel tapándole la cara.
¿Nuevo dices? exclamó como en sueños. ¿Y de dónde voy a sacar el dinero?
Sí, nuevo repitió Petróvich con despiadada serenidad.
Y, en caso de que me hiciera uno nuevo, cuánto
¿Te refieres a cuánto costaría?
Sí.
Ciento cincuenta rublos como mínimo aclaró Petróvich, apretando con fuerza los labios. Era muy aficionado a los golpes de efecto y le encantaba dejar desconcertada a la gente para luego mirar de soslayo la cara de susto que ponía al escuchar sus palabras.
¡Ciento cincuenta rublos por un capote! gritó el desdichado Akaki Akákievich. Probablemente era la primera vez en su vida que gritaba, pues nunca le había levantado la voz a nadie.
Sí dijo Petróvich, y eso dependiendo del capote. Si lo quieres con cuello de marta y capuchón con forro de seda, subiría a doscientos.
Por el amor de Dios, Petróvich suplicó Akaki Akákievich, tratando de no prestar atención a las palabras y golpes de efecto de Petróvich. Arréglalo como sea para que pueda usarlo un poco más.
No, no merece la pena. Sería trabajar en balde y tirar el dinero dijo Petróvich.
Al escuchar esas palabras, Akaki Akákievich se quedó completamente anonadado.
Una vez solo, Petróvich pasó un buen rato de pie, los labios apretados con fuerza, sin retomar su labor, muy satisfecho de haber salvaguardado su honor y haber defendido el buen nombre de su oficio.
(...)
En verdad, no habría mucho que decir de ese sastre, pero como se ha convertido ya en costumbre no dejar sin delinear el carácter de cualquier personaje de ficción, no queda otro remedio que ponernos manos a la obra con el Petróvich de marras. Al principio, cuando era siervo de cierto señor, se llamaba Grigori a secas. No se convirtió en Petróvich hasta que obtuvo la libertad y empezó a emborracharse, primero con ocasión de fiestas señaladas, después en todas las que estaban marcadas con una cruz en el calendario. En ese particular, seguía fiel a las costumbres de sus abuelos.
(...)
Al llegar a casa, lo examinó con mayor detenimiento y descubrió que en dos o tres lugares, precisamente en la espalda y en los hombros, el paño se había vuelto no menos ligero que una gasa; tan gastado estaba que se veía al trasluz; en cuanto al forro, apenas quedaban trazas. Conviene saber que el capote de Akaki Akákievich también era objeto de las burlas de sus compañeros; hasta le habían privado del noble nombre de capote y lo denominaban bata. En realidad, tenía un aspecto bastante extraño: el cuello menguaba de año en año, pues le servía para remendar otras partes. Esos remiendos, que no hacían honor a la habilidad del sastre, daban a la prenda un aire tosco y desmañado. Haciéndose cargo de la situación, Akaki Akákievich decidió llevar el capote a casa del sastre Petróvich, que vivía en un cuarto piso interior.
(...)
Cuando el cielo gris de San Petersburgo se oscurece por completo y toda la ralea oficinesca se ha llenado el estómago, cada cual según sus medios y gustos particulares; cuando todos descansan ya del trajín de los despachos, con su crujir de plumas, idas y venidas, acuciantes ocupaciones propias y ajenas y cuantas obligaciones se impone a veces un trabajador infatigable, en ocasiones sin necesidad; cuando consagran al placer el resto del día unos, los más emprendedores, asistiendo al teatro; otros, saliendo a la calle para contemplar ciertos sombreritos; otros, acudiendo a una velada para prodigar cumplidos a una bonita muchacha, estrella de un pequeño círculo de empleados; otros, y estos son los más numerosos, encaminándose a casa de un compañero, que vive en un tercero o un cuarto piso, en dos pequeñas habitaciones con vestíbulo o cocina, en las que destaca una lámpara o algún otro objeto que denota cierto prurito de modernidad, comprado a costa de grandes sacrificios y renuncias a cenas y excursiones. En definitiva, incluso en esas horas en que todos los funcionarios se dispersan por los minúsculos alojamientos de sus amigos para echar una ruidosa partida de whist y tomar unos cuantos vasos de té acompañados de galletas de a kopek, al tiempo que dan chupadas a sus largas pipas y cuentan, mientras reparten, algún chisme relativo a la alta sociedad, actividad a la que ningún ruso, sea cual sea su condición, puede renunciar, o, a falta de otro tema mejor, repiten la consabida anécdota del comandante a quien vinieron a decirle que alguien había cortado la cola al caballo de la estatua de Pedro el Grande, obra de Falconet; en resumidas cuentas, incluso en esas horas en que todo el mundo procura divertirse, Akaki Akákievich no se permitía la menor distracción. Nadie podía afirmar que lo había visto nunca en una velada. Una vez aplacado su deseo de escribir, se iba a la cama con una sonrisa en los labios, paladeando por anticipado las alegrías del día siguiente: ¿Qué documentos le confiaría Dios para que copiara? Así transcurría la pacífica existencia de un individuo que, con un sueldo de cuatrocientos rublos al año, se sentía satisfecho de su destino; y es probable que hubiera alcanzado una edad provecta de no estar sembrado de toda suerte de calamidades el camino no solo de los consejeros titulares, sino incluso de los consejeros secretos, efectivos, áulicos y de todo tipo, incluso de aquellos que no dan ni solicitan consejo de nadie.
(...)
No se preocupaba lo más mínimo de su indumentaria. Su uniforme ya no era verde, sino de una tonalidad entre rojiza y harinosa. Gastaba un cuello estrecho y bajo, de tal manera que el pescuezo, a pesar de que era corto, sobresalía y parecía inusitadamente largo, como el de esos gatos de escayola y cabeza flexible que portan por docenas esos pretendidos buhoneros extranjeros. Y siempre llevaba algo pegado a la levita, una brizna de heno o una hilacha; además, tenía una habilidad especial para pasar por debajo de una ventana en el preciso instante en que arrojaban cualquier inmundicia; en suma, siempre lucía en el sombrero una cáscara de melón o de sandía o alguna otra porquería por el estilo. Ni una sola vez en su vida prestó atención al ajetreo diario de las calles, espectáculo que tanto atraía a sus jóvenes colegas, capaces de reparar, con su mirada penetrante y atrevida, en un transeúnte con la trabilla descosida, aunque fuera por la acera de enfrente, novedad que siempre acogían con una sonrisa maliciosa en los labios.
(...)
Solo cuando las bromas iban demasiado lejos, cuando le daban un golpe en el codo y le impedían proseguir con su labor, exclamaba: «¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?». Y había algo extraño en sus palabras y en el tono de voz con que las pronunciaba, algo que inducía a la compasión, de suerte que un joven que acababa de ingresar en el servicio y que, siguiendo el ejemplo de sus compañeros, se había permitido gastarle una broma, se detuvo de pronto, como petrificado. Desde entonces todo pareció mudar y cambiar de aspecto a su alrededor. Una fuerza sobrenatural le apartó de sus compañeros, a quienes había considerado personas educadas y respetables. Y durante mucho tiempo, en los momentos de mayor alegría, se le aparecía la imagen de ese pequeño funcionario, con entradas en la frente, y oía sus penetrantes palabras: «¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?», en las que resonaban estas otras: «¡Soy tu hermano!». Entonces, el desdichado joven se tapaba la cara con la mano. Y más de una vez, a lo largo de su vida, se estremeció al comprobar cuánta inhumanidad hay en el hombre, cuánta grosera ferocidad se oculta en los modales más refinados e irreprochables, incluso, ¡Dios mío!, en personas con fama de honradas y nobles
(...)
No hay gente más susceptible que los funcionarios, oficiales, oficinistas y, en general, todos los servidores públicos. En los tiempos que corren, cada particular considera que si se toca a su persona se ofende al conjunto de la sociedad. Corre el rumor de que hace poco un capitán de policía de no sé qué ciudad presentó un informe en el que exponía sin ambages que se estaba perdiendo el respeto a las leyes y que hasta su venerable título se pronunciaba sin ninguna consideración. Y como prueba adjuntaba una voluminosísima obra de corte novelesco en la que, cada diez páginas, aparecía un capitán de policía, a veces en un estado de completa embriaguez.
El capote - Nikolái Gógol
miércoles, 19 de julio de 2017
No obstante, llega un momento en que mis frases comienzan a parecerme sospechosas; contrastan demasiado con el estilo empleado en las primeras escenas, y además, no había nada de Edad Media en las palabras del monje. Parto el lápiz con los dientes, me levanto de un salto, rompo el manuscrito en pedazos, hago trocitos cada hoja, tiro mi sombrero al suelo y lo pisoteo. ¡Estoy perdido!, murmuro. ¡Damas y caballeros, estoy perdido! Es lo único que digo mientras sigo pisoteando mi sombrero.
A unos pasos de mí hay un policía mirándome; está en medio de la calle y sólo me presta atención a mí. Cuando levanto la cabeza, nuestras miradas se encuentran; puede que llevara mucho tiempo observándome. Recojo el sombrero, me lo pongo y me acerco a él.
¿Sabe usted qué hora es?, pregunto.
El policía espera un instante antes de sacar su reloj de bolsillo, y no me quita ojo mientras lo hace.
Algo más de las cuatro, contesta.
¡Exactamente!, digo; algo más de las cuatro. ¡Correcto! Veo que usted sabe lo que tiene que saber. Lo tendré en cuenta.
Y me marché. Se quedó muy extrañado y permaneció un buen rato mirándome boquiabierto con el reloj todavía en la mano. Al llegar al Royal me volví hacia atrás; él seguía allí, en la misma postura, vigilándome con la mirada.
¡Je, je, je, así había que tratar a los animales! ¡Con la más exquisita insolencia! Eso los impresionaba, los asustaba Me sentí enormemente satisfecho conmigo mismo y de nuevo me puse a cantar. Tenía los nervios tensos por la excitación pero no sentía ningún dolor, ninguna molestia, y ligero como una pluma me paseé por toda la plaza, me alejé en dirección al mercado y me senté en un banco junto a la iglesia de Nuestro Salvador
(...)
Cuando llegué al cruce de Tomtegaten con Jernbanegaten, la calle comenzó de repente a darme vueltas, la cabeza me zumbaba como si estuviera hueca y me caí contra la pared de una casa. Era incapaz de seguir andando, ni siquiera logré enderezarme; me quedé de pie en la misma postura encorvada en la que me había caído contra la pared, y sentí que empezaba a perder el conocimiento. Ese ataque de agotamiento no hizo sino aumentar mi frenética ira y levanté el pie para patalear la acera. Hice, además, otros movimientos para recuperar las fuerzas: apreté los dientes, fruncí la frente, giré desesperadamente los ojos, y poco a poco iba surtiendo efecto. Mi mente se despejó, comprendí que estaba a punto de morir. Levanté las manos hacia el frente y me di un empujón para separarme de la pared; la calle seguía bailando ante mi vista. Empecé a sollozar de ira y luché con toda mi alma contra mi miseria, me defendía denodadamente para no derrumbarme; no tenía intención de desplomarme, quería morir de pie. Un carro pasó muy despacio y veo que contiene patatas, pero llevado por la rabia se me ocurre decir tercamente que no eran patatas, que eran coles, y me pongo a jurar con gran vehemencia que eran coles. Oía muy bien lo que estaba diciendo y juré una y otra vez esa mentira sólo para sentir la divertida satisfacción de cometer un grave perjurio. Me embriagué de ese inigualable pecado, levanté mis dedos en el aire y juré con voz temblorosa en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo que eran coles.
(...)
¡Mire!, dijo riéndose en voz baja y con gran excitación. ¡Mire por el agujero! ¡Ji, ji! Están en la cama. ¡Mire al viejo! ¿Ve al viejo?
En la cama, justo debajo de la litografía del Cristo, y enfrente de mí, se veía a dos personas, la patrona y el forastero; las piernas blancas de ella destacaban sobre el oscuro edredón. Y en la cama que había en la pared opuesta estaba sentado el padre de ella, el viejo paralítico, observando, encorvado sobre sus propias manos, encogido, como de costumbre, sin poder moverse
Me volví hacia el patrón. Le costaba mucho esfuerzo no reírse sonoramente. Se tapó la nariz.
¿Ha visto al viejo?, susurró. ¡Dios mío! ¿Ha visto al viejo? ¡Está sentado en la cama mirando! Y volvió a acercarse al ojo de la cerradura.
Me fui hasta la ventana y me senté. Ese espectáculo había desordenado cruelmente todos mis pensamientos y tergiversado mi espléndido estado de ánimo. Bueno, ¿y a mí qué me importaba todo aquello? Si el propio marido lo aceptaba, e incluso le resultaba divertido, no había motivo alguno para que yo me preocupara.
Y en cuanto al viejo, se trataba sólo de un viejo. Puede que ni siquiera lo estuviera viendo; quizá estaba dormido sentado; ¡Dios sabe, tal vez estaba incluso muerto! ¡No me extrañaría que estuviera muerto! Y no iba yo a permitir que eso pesara sobre mi conciencia.
(...)
No sabía a nada, pero desprendía un olor tan nauseabundo a sangre vieja que me hizo vomitar en seguida. Volví a intentarlo; si pudiera llegar a digerirlo surtiría efecto; lo importante era conseguir que se quedara en el estómago. Pero volví a vomitar. Me enfurecí, di furiosos mordiscos a la carne, arranqué un trozo pequeño y me lo tragué a la fuerza. Tampoco sirvió de nada; en cuanto los pedazos de carne se calentaban en mi estómago ascendían de nuevo. Apreté los puños, eché a llorar de desesperación y roía como enloquecido; lloré tanto que el hueso se mojó con mis lágrimas; vomitaba, blasfemaba y volvía a roer, lloraba como si mi corazón estuviera a punto de estallar y vomitaba de nuevo. Y en voz alta maldecía a todos los poderes del mundo y los condenaba a los tormentos eternos.
Silencio. Ni una persona en las cercanías, ni una luz, ni un ruido. Me encuentro en un excitadísimo estado emocional, suspiro pesada y ruidosamente y lloro hasta desgañitarme cada vez que tengo que vomitar esas migajas de carne que tal vez hubieran podido saciar parte de mi hambre. Al darme cuenta de que a pesar de todos mis esfuerzos no sirve para nada, lanzo el hueso contra la verja. Lleno de impotente odio, fuera de mí de ira, grito y dirijo amenazas contra el cielo, afónico y entre dientes pronuncio el nombre de Dios, doblando mis dedos como si fueran garras Te lo digo a Ti, sagrado Baal del cielo, no existes, pero si existieras te maldeciría de tal manera que tu cielo temblaría con el fuego del infierno. Te he ofrecido mis servicios y Tú los has rechazado, me has repudiado y te doy la espalda para siempre porque no supiste aprovechar el momento. Sé que voy a morir y sin embargo te insulto, a Ti, Apis celestial, con la muerte en los dientes. Has empleado la fuerza contra mí, ¿acaso no sabes que nunca me doblego ante la adversidad?, ¿no deberías saber eso? ¿Estabas dormido cuando creaste mi corazón? Mi vida entera y cada gota de mi sangre se alegran de insultarte y de escupir sobre tu gracia. A partir de este momento renunciaré a todo lo que has hecho y a todo lo que eres, maldeciré a mi pensamiento si vuelve a pensar en Ti, y me arrancaré los labios si vuelven a mencionar tu nombre. Si existes te digo la última palabra en la vida y en la muerte: adiós. Y luego me callo, te doy la espalda y me marcho
(...)
El hambre me atormentaba terriblemente y no sabía qué hacer con mi voraz apetito. Me retorcía en el banco y apoyé el pecho en las rodillas. Cuando oscureció me puse a andar lentamente hacia el Ayuntamiento. Sólo Dios sabe cómo logré llegar hasta allí. Me senté en el borde de la balaustrada, me arranqué uno de los bolsillos de la chaqueta y comencé a masticarlo, por cierto, sin propósito alguno, con aire sombrío, con los ojos clavados en el infinito sin ver nada. Oía a algunos niños jugar a mi alrededor y mi intuición me decía cuándo pasaba delante de mí alguna persona; aparte de eso no observé nada.
(...)
Me acosté con la ropa mojada; tenía la vaga idea de que probablemente moriría esa noche, y empleé mis últimas fuerzas en ordenar un poco mi cama para que mi entorno presentara un aspecto decoroso a la mañana siguiente. Entrelacé las manos y elegí una postura.
Y de repente me acuerdo de Ylayali. ¡Cómo podía haberme olvidado de ella durante toda la noche! Y una débil luz vuelve a penetrar en mi espíritu, un pequeño rayo de sol que me proporciona un bendito calor. Y luego hay más sol, una suave y fina luz de seda que me roza, maravillosa y melancólica. Y el sol calienta cada vez más, me abrasa las sienes, hierve, pesado y candente, en mi enflaquecido cerebro. Y al final veo arder ante mis ojos una enloquecida hoguera de rayos, un cielo y una tierra encendidos, gentes y animales de fuego, montañas de fuego, diablos de fuego, un abismo, un desierto, un universo en llamas, un humeante juicio final.
Y no vi ni oí nada más
(...)
¿Qué hizo con el dinero entonces?
Se lo di a una pobre anciana, hasta el último øre. Yo no era de esa clase de personas que se olvidan de los pobres
Se queda un instante pensando en lo que acabo de decir, preguntándose, obviamente, si es verdad que soy una persona honrada. Por fin dice:
¿No habría sido más justo que hubiera devuelto el dinero?
Escuche, contesto con descaro, no quise ponerlo en un aprieto, quería protegerlo. Pero ya veo cómo le agradecen a uno su generosidad. Aquí estoy, explicándoselo todo, y usted no se avergüenza como un perro, no; no se dispone a hacer absolutamente nada para liquidar este asunto, razón por la cual me lavo las manos. ¡Váyase al diablo! ¡Adiós!
Y me marché dando un portazo.
Pero al llegar al triste agujero de mi habitación, empapado por los blandos copos de nieve, con las rodillas temblorosas después de tan larga caminata, me desinflé inmediatamente y me derrumbé de nuevo. Me arrepentí de mi ataque al pobre tendero; lloré, agarrándome del cuello para castigarme por mi infame comportamiento, y me armé un gran escándalo. Al hombre le debió de entrar tanto miedo a perder su empleo que no se atrevió a decir nada sobre las cinco coronas que la tienda había perdido. Y yo me había aprovechado de su miedo, lo había atormentado con mis palabras y mis gritos, lo había lacerado con cada palabra que le había escupido. Y tal vez su jefe estaba sentado en la habitación de al lado, a punto de salir a ver lo que estaba pasando en la tienda. ¡Mi capacidad para cometer infamias no tenía límites!
(...)
¡Qué sensación tan maravillosa la de volver a sentirme un hombre honrado! Mis bolsillos vacíos ya no me pesaban, me resultó delicioso estar sin blanca otra vez. Pensándolo bien, ese dinero me había costado mucho sufrimiento en secreto, me había estremecido cada vez que había pensado en él; no era un desalmado, mi honrada naturaleza se había rebelado contra aquel vil acto, sí, sí. Había limpiado mi conciencia, gracias a Dios.
¡Hagan como yo!, dije mirando a la multitud de la plaza, ¡imítenme! Había dado una inmensa alegría a una vieja y pobre vendedora de pastas, que ni siquiera supo cómo reaccionar. Esa noche sus hijos no se acostarían con hambre Me iba animando con esos pensamientos, y decidí que me había comportado extraordinariamente bien. Gracias a Dios, el dinero ya estaba fuera de mis manos.
(...)
Por desgracia, la cerveza se me subió inmediatamente a la cabeza y me acaloré. El recuerdo de la aventura de la noche anterior me sobrecogió, casi me volvió loco. ¿Y si ella no aparecía el martes? ¿Y si empezaba a pensar y a sospechar? ¿Sospechar qué? De repente, mi pensamiento recobró su lucidez y comenzó a girar alrededor del dinero. Me asusté, estaba completamente horrorizado de mí mismo. El robo se me vino encima con todos sus pormenores; vi la pequeña tienda, el mostrador, mi escuálida mano cogiendo el dinero, y me imaginé, con todo lujo de detalles, el modo de proceder de la policía cuando viniera a detenerme. Cadenas en manos y pies, no; sólo en las manos, tal vez sólo en una mano; la ventanilla, el Libro de Registro del guardia de servicio, el sonido de su pluma raspando el papel, su mirada, su peligrosa mirada: ¿Bueno, señor Tangen? La celda, la eterna oscuridad
(...)
Para mí lo verdaderamente interesante del animal era su terrible y singular salvajismo: los pasos silenciosos y furtivos en la oscuridad de la noche y el terrible murmullo del bosque, los gritos de un pájaro que pasa volando, el viento, el olor a sangre, los truenos en el espacio; en una palabra, el espíritu de la fiera en el reino de las fieras
Pero tuve miedo de aburrirla, y sentí de nuevo el peso de mi inmensa pobreza, bajo el que me encogí. ¡Si al menos hubiera ido decentemente vestido, podría haberle hecho pasar un buen rato llevándola a la feria! Era incapaz de entender que esa mujer pudiera encontrar algún placer en que un pordiosero medio desnudo la acompañara por Karl Johan. ¿En qué estaba pensando, Dios mío? Y yo, ¿por qué iba haciendo el tonto y sonriendo como un idiota por nada? ¿Tenía algún motivo razonable para dejarme torturar por ese delicado pájaro de seda y dar ese largo paseo? ¿Acaso no me estaba costando grandes esfuerzos? ¿Acaso no sentía el hielo de la muerte rozarme el corazón al más ligero soplo de viento que nos venía de frente? ¿Y no estaba ya la locura acechando en mi cerebro por falta de comida durante varios meses seguidos?
(...)
El dependiente, que me conoce y sabe lo que suelo comprar, deja a la mujer, envuelve un pan en un periódico sin decir nada y me lo da.
No, en realidad he venido a por una vela, digo. Hablo muy bajo y en tono de humildad, para no irritarlo y desperdiciar así la posibilidad de conseguir una vela.
Mi respuesta lo cogió de sorpresa; era la primera vez que le pedía algo que no fuera un pan.
Bueno, entonces tendrá que esperar un poco, dice, y vuelve con la mujer.
Ésta acaba sus compras, paga, entrega una moneda de cinco coronas, coge el cambio y se marcha.
El dependiente y yo nos quedamos solos.
Dice:
Una vela, ¿verdad?
Abre un paquete grande y saca una.
Él me mira y yo lo miro; soy incapaz de pronunciar mi ruego.
Ah sí, es verdad, ya me ha pagado, dice de repente. Dice sin más que he pagado; oigo cada palabra que pronuncia. Empieza a contar las monedas de plata que saca del cajón, corona tras corona, monedas brillantes, abultadas: me está dando la vuelta de cinco coronas, las cinco coronas de la mujer.
¡Tenga!, dice.
Me quedo mirando el dinero por un instante, me doy cuenta de que algo está mal, pero no medito, no pienso en nada; simplemente me quedo perplejo a la vista de esa riqueza que resplandece ante mis ojos. Recojo mecánicamente el dinero.
...
Metí la mano con el dinero en el bolsillo, abrí la puerta y me marché; me oí dar las buenas noches y al dependiente responderme.
Me había alejado sólo unos pasos de la escalera cuando la puerta de la tienda se abrió violentamente y el dependiente me gritó algo. Me volví sin asombrarme, sin atisbo de miedo; me limité a coger el dinero, dispuesto a devolverlo.
Tenga, se ha dejado su vela, dice el dependiente.
Ah, gracias, contesto tranquilamente. ¡Muchas gracias!
Y vuelvo a bajar la calle con la vela en la mano.
(...)
Paseaba sin descanso por el cuarto de un lado a otro, arañaba las paredes, apoyaba suavemente la frente en la puerta, golpeaba el suelo con el dedo índice y escuchaba con gran atención, todo sin ningún propósito, pero en silencio y meditabundo, como si de un asunto de gran importancia se tratara. Y mientras tanto me decía una y otra vez, en una voz tan alta que podía oírme a mí mismo: ¡Dios mío, esto es una locura! Pero seguí haciendo lo mismo. Después de mucho tiempo, tal vez unas cuantas horas, me mordí el labio y me esforcé todo lo que pude. ¡Había que poner fin a todo aquello! Me busqué una astilla para mascar y me senté de nuevo, dispuesto a escribir.
Con gran esfuerzo conseguí escribir algunas frases cortas, una veintena de pobres palabras que me arranqué a la fuerza para avanzar algo. Luego me detuve, mi cabeza estaba vacía, no podía más. Y como era incapaz de seguir, me puse a contemplar con los ojos desmesuradamente abiertos esas últimas palabras, esa hoja incompleta. Miraba aquellas letras extrañas y temblorosas que se elevaban del papel como figuritas despeinadas, y al final no entendía nada de nada, no pensaba en nada.
(...)
¡Ojalá tuviera una vela para poder terminar mi artículo! Andaba agitando en el aire la nueva llave de mi portal, canturreando, silbando, especulando sobre la posibilidad de conseguir una vela. No habría más remedio que coger mis utensilios de escribir y bajarlos a la calle, a la luz de la farola. Abrí el portal y subí a buscar mis papeles.
Al bajar cerré la puerta desde fuera y me coloqué bajo la luz. Reinaba un gran silencio, sólo oía los pesados y tintineantes pasos de un policía en una bocacalle, y a lo lejos, en dirección a St. Hanshaugen los ladridos de un perro. Nadie me molestaba, me subí el cuello de la chaqueta hasta las orejas y me puse a pensar con todas mis fuerzas. Me sería de gran ayuda si tuviera la suerte de lograr dar fin a ese pequeño tratado. Justamente me encontraba en un punto algo difícil, debería pasar casi imperceptiblemente a algo nuevo, y luego a un final atenuado y suave, un largo gruñido que acabaría en un punto culminante tan brusco, tan escandaloso como el disparo de un arma o el ruido de una montaña que estalla. Punto.
(...)
Salí arrastrándome, enfermo de hambre y ruborizado de vergüenza. ¡Esto tendría que acabar! Las cosas habían ido demasiado lejos. Me había mantenido a flote durante muchos años, había conservado mi entereza en momentos difíciles, y ahora me había rebajado hasta el punto de pedir limosna. Mis pensamientos se habían embrutecido y mi mente se había manchado de vergüenza. Había caído tan bajo que había intentado conmover con llantos y lamentaciones a los más vulgares mercaderes. ¿Y de qué me había servido? ¿Acaso no seguía sin un pedazo de pan que llevarme a la boca? Había conseguido sentir náuseas de mí mismo. Esto tendría que llegar a su fin. En seguida cerrarían la puerta de mi casa y debería darme prisa si no quería pasar otra noche en el Ayuntamiento
Este pensamiento me dio fuerza; no quería dormir en el Ayuntamiento. Con el cuerpo encorvado y la mano apretada contra las costillas del lado izquierdo para calmar los pinchazos, caminaba, con los ojos clavados en la acera para no tener que saludar a ningún conocido, y me apresuré hasta el retén de bomberos. Gracias a Dios, no eran más que las siete en Nuestro Salvador, aún me quedaban tres horas hasta que cerraran el portal. ¡Qué miedo había pasado!
(...)
Después de todo, ¿por qué había perdido tanto tiempo, corriendo el día entero detrás de una corona que pudiera mantenerme con vida unas cuantas horas más? ¿No daba igual que lo inevitable ocurriera un día antes o un día después? Si me hubiera comportado como una persona decente, me habría ido a casa y me habría tumbado; haría ya mucho tiempo que me habría rendido. En ese momento tenía la mente completamente despejada. Iba a morir, era otoño y todo estaba a punto de comenzar la hibernación. Lo he intentado por todos los medios, he recurrido a todas las fuentes de ayuda que conocía. Acariciaba cariñosamente esa idea y cada vez que renacía en mí la esperanza de una posible salvación susurraba con hostilidad: ¡Pero idiota, si ya has empezado a morir! Debería escribir un par de cartas, poner todo a punto, prepararme. Me lavaría cuidadosamente y me esmeraría en hacer mi cama; pondría la cabeza sobre algunas hojas blancas, era lo único que me quedaba, y con la manta verde podía
(...)
Horario de oficina de 12 a 4; había llegado una hora tarde; ¡el momento de la gracia divina había acabado!
(...)
Entré en la librería de Pascha, encontré las señas del pastor Levion en el Libro de Direcciones, y me puse en camino. ¡Ahora todo depende de ti, no hagas tonterías! ¿Tu conciencia, dices? Sandeces, eres demasiado pobre para preocuparte por tu conciencia. Tienes hambre, eso es, vienes por un asunto importante, lo más importante. Pero debes inclinar la cabeza hacia un lado y poner música a tus palabras. ¿No quieres? Entonces no daré ni un paso más a tu lado, te lo digo de verdad. Ahora estás sumido en un penoso estado de ánimo; por las noches luchas contra las fuerzas de la oscuridad y contra grandes y silenciosos monstruos, tienes hambre y sed de leche y vino, y no los consigues. Hasta aquí has llegado. No tienes ya ni saliva para la lámpara. ¡Pero tienes fe en la gracia divina; a Dios gracias, aún no has perdido la fe! Al decir esto, tienes que juntar las manos y dar la impresión de creer firmemente en la gracia divina. En lo que se refiere a los bienes terrenales, los odias en todas sus manifestaciones. Otra cosa sería un libro de salmos, un recuerdo de un par de coronas.
(...)
Me levanté. ¡Hum! Pero recordé que la última vez que lo visité se había quejado de falta de dinero, incluso había mandado al cobrador a recaudar algo de dinero para entregármelo. Puede que ahora tuviera que hacer lo mismo. Pues no, no sería el caso. ¿No veía que estaba trabajando?
¿Algo más?, preguntó.
¡No!, dije, con voz firme. ¿Cuándo puedo volver?
Cualquier día que pase por aquí.
Me resultó imposible formular la petición. La amabilidad de ese hombre me parecía no tener límites, y yo sabría apreciarla. Mejor morir de hambre. Y me marché.
Ni siquiera una vez fuera, cuando empecé a sentir de nuevo los embates del hambre, me arrepentí de haber abandonado el despacho sin pedir esa corona. Saqué la otra viruta del bolsillo y me la metí en la boca. De nuevo me alivió. ¿Por qué no se me había ocurrido antes? ¡Deberías avergonzarte!, me dije en voz alta; ¿de verdad pretendías pedirle a ese hombre una corona y ponerle de nuevo en un apuro? Y me reñí severamente por esa insolencia que se me había ocurrido. ¡Dios es mi testigo de que esto es lo más vil que he oído en mi vida!, dije. ¡Asaltar a un hombre y casi sacarle los ojos sólo porque necesitas una corona! ¡Miserable canalla! ¡Venga! ¡En marcha! ¡Más deprisa, estúpido! ¡Ya te enseñaré yo!
(...)
Al encontrarme de nuevo en la calle, me paré y dije en voz alta apretando los puños: Voy a decirte una cosa, mi querido Dios: ¡Eres un sinvergüenza! Y furioso, levanto la mirada hacia las nubes apretando los dientes: ¡Vete al diablo, eres un grandísimo sinvergüenza!
Di unos pasos más y volví a detenerme. De repente, cambio de actitud, junto las manos, inclino la cabeza hacia un lado, y pregunto con una voz dulce y piadosa: ¿Acaso te has dirigido a él, hijo mío?
No sonó bien.
¡Con E mayúscula, digo, con una E tan grande como una catedral! Y de nuevo: ¿Acaso te has dirigido a Él, hijo mío? Bajo la cabeza, e infundiendo un tono triste a mi voz contesto: no.
Tampoco esta vez sonó muy bien.
¡Pero si ni siquiera sabes fingir, estúpido! ¡Debes decir que sí! ¡Sí, he invocado a mi Dios y Señor! Y tienes que acompañar tus palabras de la más afligida melodía que jamás hayas oído. Venga, levántate de nuevo. Así, eso está mejor. Pero tienes que suspirar, suspirar como un caballo enfermo. ¡Así!
Me lo voy mostrando a mí mismo mientras ando, y pisoteo impacientemente la calle cuando no me sale bien, y me regaño y me llamo bruto. Los transeúntes se vuelven asombrados hacia mí.
(...)
llevarle unas cartas que han llegado para él?
Vuelvo al centro por el mismo camino por el que he venido, paso otra vez por delante de los carpinteros, que estaban sentados con sus fiambreras entre las rodillas comiendo un sabroso y caliente almuerzo procedente de la Cocina de Vapor. Vuelvo a pasar por la panadería donde el pan aún sigue en su sitio y llego por fin a Bernt Ankers gate, medio muerto de cansancio. La puerta está abierta y me dispongo a subir los numerosos y agotadores escalones que llevan hasta la buhardilla. Saco las cartas del bolsillo para que Hans Pauli se ponga de buen humor en cuanto entre. Seguro que no me negaría el favor cuando le explicara las circunstancias, Hans Pauli tenía un gran corazón, siempre lo dije
En la puerta encontré su tarjeta: «H. P. Pettersen, estudiante de Teología. Se ha marchado a su casa».
Me senté allí mismo, en el suelo, completamente agotado y abatido. Repito un par de veces mecánicamente: ¡Se ha marchado a su casa! ¡Se ha marchado a su casa! Y luego enmudezco por completo. No había rastro de lágrimas en mis ojos, no pensaba en nada, no sentía nada. Miraba fijamente las cartas, con los ojos muy abiertos, sin hacer nada. Así pasaron diez minutos, tal vez veinte o más, y yo seguía sentado en el mismo sitio sin mover un dedo. Esa modorra sorda era casi como echarse un sueñecito. Luego oigo a alguien subir por la escalera, me levanto y digo:
Busco al estudiante Pettersen, tengo dos cartas para él.
(...)
Los rayos de sol entraban por mi ventana, abajo oía a los caballos masticar la avena. Yo masticaba mi astilla de madera, excitado, alegre como un niño. Me palpaba constantemente el bolsillo para sentir el manuscrito; ni siquiera estaba en mi pensamiento, pero el instinto me decía que existía, mi sangre me lo recordaba. Y lo saqué.
(...)
Abrí los ojos. ¿Cómo iba a mantenerlos cerrados si no lograba dormirme? Me rodeaba la misma oscuridad, la misma eternidad inescrutable y negra contra la que mi pensamiento se revolvía, incapaz de comprenderla. ¿Con qué podría compararla? Hice desesperados esfuerzos para encontrar una palabra lo bastante grande como para caracterizar esa oscuridad, una palabra tan terriblemente negra que mi boca se ennegreciera al pronunciarla. ¡Dios mío, qué oscuro estaba todo! Y pienso de nuevo en el puerto, en los barcos, en esos monstruos negros que me estaban esperando. Me aspirarían y no me soltarían, y navegarían conmigo por tierra y por mar, a través de reinos oscuros que jamás han sido vistos por un ser humano. Siento que estoy a bordo, que soy llevado hasta el agua, que vuelo por las nubes, cayendo, cayendo Doy un grito ronco y angustiado y me aferro a la cama; había hecho un viaje muy peligroso, había volado por los aires como un fardo. ¡Qué alivio sentí cuando me golpeé la mano contra el duro camastro! Así es morir, me dije, ¡ahora vas a morir! Y por un momento estuve pensando que iba a morir. Entonces me incorporo en la cama y me pregunto severamente: ¿Quién ha dicho que voy a morir? Si yo he inventado la palabra estoy en mi derecho de decidir lo que va a significar. Yo mismo oí que estaba delirando, lo oía incluso mientras hablaba. Mi locura era un delirio provocado por la debilidad y el agotamiento, pero no había perdido la conciencia. Y de repente se me antojó que me había vuelto loco. Aterrorizado, salgo de la cama de un salto. Voy tambaleándome hasta la puerta e intento abrirla, me lanzo unas cuantas veces contra ella para echarla abajo, me golpeo la cabeza contra la pared, gimo ruidosamente, me muerdo los dedos, lloro y blasfemo
Todo estaba silencioso; sólo mi propia voz me era devuelta por las paredes. Me había desplomado en el suelo, incapaz ya de seguir dando tumbos por la celda. Entonces vislumbré en lo más alto de la pared un cuadrado grisáceo, un color blanco, una pizca de era la luz del día. ¡Ay, con qué alivio respiré! Me tumbé en el suelo y lloré de alegría por ese bendito atisbo de luz, sollocé de agradecimiento, envié besos a la ventana, comportándome como un enajenado.
(...)
Me detuve ante una droguería y miré el escaparate; intenté leer las etiquetas de un par de latas de conservas, pero estaba demasiado oscuro. Irritado conmigo mismo por esta nueva ocurrencia, y colérico y rabioso por no poder averiguar el contenido de esas latas, di un golpe en el cristal y proseguí mi camino. En lo alto de la calle divisé a un policía, apresuré el paso, me acerqué a él y dije sin motivo alguno:
Son las diez.
No, son las dos, contestó extrañado.
No, son las diez, dije, son las diez horas.
Furioso, di un par de pasos más, cerré el puño y dije:
Oiga usted, son las diez.
Meditó un instante, me escrutó de arriba abajo y se me quedó mirando estupefacto. Finalmente dijo con dulzura:
De todos modos, es hora de que se vaya a su casa. ¿Quiere que lo acompañe?
Esa amabilidad me desarmó; sentí que las lágrimas me arrasaban los ojos y me apresuré a responder:
¡Gracias! No hace falta. Se me ha hecho muy tarde, he estado en un café. Se lo agradezco mucho.
Se llevó la mano al casco cuando me marché. Su amabilidad me había abrumado y lloré por no tener cinco coronas para darle. Me detuve a mirar cómo desaparecía lentamente, me golpeé la frente y lloré cada vez más fuerte conforme se alejaba. Me insulté por mi pobreza, me puse unos cuantos apodos, inventé nombres ofensivos, ingeniosos hallazgos de groseros insultos que lancé contra mí mismo. Así continué hasta mi casa. Al llegar a la puerta de la calle descubrí que había perdido las llaves.
(...)
el pequeño malestar que sentía en el pecho casi siempre podía calmarlo tosiendo fuerte o caminando muy encorvado; pero para la espalda y los hombros no había ningún remedio. ¿Por qué no mejoraba mi situación? ¿No tenía yo el mismo derecho a vivir que cualquier otro, como el anticuario Pascha o el consignatario de buques Hennechen? ¿Acaso no tenía yo los hombros de un gigante y dos fuertes brazos para trabajar? ¿Y no había solicitado incluso un puesto de leñador en Møllergaten, con el fin de ganarme el pan de cada día? ¿Era un vago? ¿Acaso no había solicitado empleos, escuchado conferencias, escrito artículos para los periódicos, y leído y trabajado día y noche como un loco? ¿Y acaso no había vivido como un miserable, comido pan y bebido leche cuando tenía mucho dinero, nada más que pan cuando tenía poco y pasado hambre cuando no tenía nada? ¿Acaso vivía en hoteles, en una suite de la planta principal? No, vivía en un edificio ruinoso, en una hojalatería de la que Dios y los hombres habían huido a toda prisa el último invierno porque entraba la nieve. De modo que no entendía absolutamente nada.
(...)
Seguía sin molestarme ruido alguno: la clemente oscuridad había ocultado todo a mis ojos, enterrándome en una calma total. Sólo el oscuro y apagado sonido del silencio enmudece monótonamente en mis oídos. Y los sombríos monstruos del mar me cogerían al llegar la noche y me llevarían por mares lejanos y tierras desconocidas hasta donde no habita el ser humano. Y me conducirían al palacio de la princesa Ylayali, donde me esperaría un insospechado esplendor, mayor que el de ningún ser humano. Y ella misma estaría sentada en una espléndida sala en la que todo sería de amatista, sobre un trono de rosas amarillas; me tendería la mano al entrar, y me daría la bienvenida al acercarme y arrodillarme: ¡Bienvenido, caballero, a mi casa y a mi tierra! Te espero desde hace veinte veranos y te he llamado en todas las noches claras; cuando tenías pena yo he llorado aquí, y cuando dormías he soplado maravillosos sueños dentro de ti Y la bella me coge de la mano y me conduce por largos pasajes donde me aclama una gran multitud de seres humanos, a través de claros jardines en los que juegan trescientas muchachas risueñas, hasta otra sala en la que todo es de brillantes esmeraldas en las que se refleja el sol. En galerías y pasillos suena la música y vienen a mi encuentro ráfagas de aromas. Llevo su mano en la mía y noto correr en mi sangre la desenfrenada delicia del embrujo; la rodeo con mi brazo y me susurra: ¡Aquí no, ven más adentro! Y entramos en una sala roja donde todo es de rubíes, un espumoso esplendor en el que me sumerjo. Siento sus brazos alrededor de mi cuerpo y su aliento en mi rostro mientras susurra: ¡Bienvenido, amado mío! ¡Bésame! Más más
Desde el banco veo ante mis ojos las estrellas y mi pensamiento se precipita hacia un huracán de luz
Me había quedado dormido y me despertó el policía. Allí estaba yo, devuelto despiadadamente a la vida y a la miseria. Mi primer sentimiento fue un estúpido asombro de encontrarme al aire libre, pero ese asombro fue pronto sustituido por un amargo desánimo. Estaba a punto de llorar de dolor por seguir vivo. Había llovido mientras dormía, tenía la ropa empapada y notaba un frío húmedo en los huesos. La oscuridad se había hecho aún más densa, y apenas podía distinguir las facciones del policía que tenía ante mí.
(...)
Cuento otra vez mi fortuna: la mitad de un cortaplumas y un manojo de llaves, pero ni un øre. De repente me meto la mano en el bolsillo y vuelvo a sacar las hojas. Fue un acto mecánico, un reflejo inconsciente. Cojo una hoja en blanco y Dios sabe de dónde me vino la idea hice con ella un cucurucho, lo cerré cuidadosamente para que pareciera que estaba lleno y lo lancé lejos sobre el pavimento. El viento lo llevó aún un poco más lejos, y luego se quedó quieto.
El hambre había comenzado a atacarme. No dejaba de mirar ese cucurucho blanco que parecía estar repleto de brillantes monedas de plata, y me imaginé que de verdad contenía algo. En una voz bastante alta hasta me invité a adivinar la suma. ¡Si acertaba, el dinero sería mío! Me imaginaba las preciosas moneditas de diez øre en el fondo, y las abultadas coronas estriadas encima, ¡Un cucurucho lleno de dinero! Lo miraba con los ojos muy abiertos y me animaba a mí mismo a ir a robarlo.
Entonces oigo toser al policía. ¿Y cómo se me ocurrió a mí hacer exactamente lo mismo? Me levanto del banco y toso tres veces seguidas para que lo oiga. ¡Cómo se tiraría encima del cucurucho cuando estuviera cerca! Me regocijaba con la jugarreta, me frotaba las manos jurando y blasfemando sin ton ni son. ¡Qué chasco se llevaría ese canalla! ¡Se hundiría en lo más hondo y ardiente del infierno! El hambre me hacía delirar; estaba ebrio de hambre. Unos minutos más tarde llegó el policía, haciendo sonar sus tacones de hierro sobre el pavimento, y escudriñando por todas partes. Se toma mucho tiempo, tiene toda la noche por delante, no descubre el cucurucho hasta estar muy cerca de él. Entonces se detiene y lo mira. ¡Tiene un aspecto tan blanco ! Parece valioso, tal vez una pequeña cantidad, ¿eh?, ¡una pequeña cantidad de monedas de plata! Y lo recoge. ¡Vaya! Pesa poco, muy poco. Tal vez una preciosa pluma, un adorno de sombrero Lo abre cuidadosamente con sus grandes manos y mira en su interior. Yo me reía, me reía y me golpeaba la rodilla como si me hubiera vuelto loco. Y de mi garganta no salía ni un sonido, mi risa era silenciosa y febril, intensa como un sollozo
(...)
¡No tengo!, dijo. ¡Dios sabe que no tengo! Y puso boca abajo su monedero ante mis ojos. Anoche salí, y me quedé sin blanca. Créame, no tengo nada.
¡Está bien, está bien!, contesté, y lo creí. ¿Por qué iba a mentirme por tan poca cosa? Me pareció que sus ojos azules se humedecían cuando al hurgar en sus bolsillos no encontraba nada. Retrocedí.
¡Perdóneme, pues!, dije, es que estoy en un pequeño apuro.
Ya había bajado un trecho de la calle cuando me llamó mostrándome el paquete.
¡Quédeselo, quédeselo!, respondí, ¡bien se lo ha merecido! No es gran cosa, apenas nada, más o menos todo lo que poseo en esta tierra. Mis propias palabras me conmovieron, sonaban tan desesperadas a la luz crepuscular que me eché a llorar.
El viento refrescó, las nubes se movían furiosamente por el cielo y conforme caía la noche el frío iba en aumento. Bajé toda la calle llorando, y cada vez sentía más compasión de mí mismo. Iba repitiendo una y otra vez las mismas palabras, una exclamación que volvía a provocar mis lágrimas cuando estaban a punto de secarse.
(...)
Permanecí sentado durante mucho tiempo, ilusionado con esa idea. Pasaron las horas, el viento soplaba con fuerza en los castaños que había a mi alrededor y el día estaba llegando a su fin. ¿No resultaría un poco mezquino ir a ofrecer seis bonos de afeitado a un joven que trabajaba en un banco? Puede que tuviera en su bolsillo dos cuadernillos completos, con unos bonos más limpios y más bonitos que los míos, eso nadie podía saberlo. Me palpé en todos los bolsillos buscando otras cosas de las que también pudiera desprenderme, pero no encontré nada. ¿Y si le ofreciera mi corbata? Podría pasarme muy bien sin ella si me abrochaba hasta arriba la chaqueta, lo que tendría que hacer de todos modos, ya que me había quedado sin chaleco. Me aflojé la corbata, un gran lazo que me cubría medio pecho, la cepillé cuidadosamente y la envolví en una hoja de papel blanco de escribir, junto con el cuadernillo de bonos del barbero. Abandoné el cementerio y bajé hasta el café Oplandske.
(...)
La oscuridad me encubría; todo estaba silencioso, todo. Pero arriba en las colinas soplaba la eterna canción, el tiempo, ese distante zumbido sin tono que nunca se calla. Escuché durante tanto tiempo ese interminable y enfermizo zumbido que empecé a sentirme aturdido; eran las sinfonías de los mundos girando por encima de mí, las estrellas entonando una canción
¡Qué demonios!, me dije, riéndome en voz alta para darme ánimos; ¡son las lechuzas que ululan en Canan!
Y me levanté y me volví a tumbar, me calcé, di vueltas en la oscuridad y me acosté de nuevo, luchando contra la ira y el miedo hasta el amanecer, en que finalmente logré conciliar el sueño.
Era completamente de día cuando abrí los ojos, y tuve la sensación de que sería cerca del mediodía. Me puse los zapatos, volví a envolver la manta y me encaminé a la ciudad. Tampoco ese día se veía el sol y hacía un frío de perros; mis piernas estaban muertas y me salía agua por las orejas, como si no toleraran la luz del día.
(...)
¡Más de las cuatro! ¡Ya eran más de las cuatro! Me apresuré hacia el centro en dirección al periódico. ¡Quizá el director había ido hacía tiempo a la oficina y ya se había marchado! Unas veces andaba, otras corría, tropezándome con carros, adelantando a los paseantes, luchando con los caballos, afanándome como un loco para llegar a tiempo. Me lancé al interior del portal, subí los escalones de cuatro en cuatro y llamé a la puerta.
Nadie contestaba.
¡Se ha ido, se ha ido!, pensé. Empujo la puerta, está abierta, vuelvo a llamar una vez más y entro.
El director está sentado a su mesa, con la cara vuelta hacia la ventana y la pluma en la mano, listo para escribir. Al oír mi saludo sin aliento se vuelve a medias, me mira, sacude la cabeza y dice:
Aún no he tenido tiempo de leer su esbozo.
Me pongo tan contento al oír que por lo menos no lo ha rechazado que digo:
Claro, lo comprendo. Tampoco es tan urgente. Dentro de unos días tal vez, o
Sí, veré lo que puedo hacer. De todos modos tengo su dirección.
Me olvidé de decirle que ya no tenía ninguna dirección.
La audiencia ha terminado, retrocedo haciendo reverencias y me marcho. La esperanza arde de nuevo en mi interior, aún no estaba todo perdido, al contrario, aún podía ganar. Y mi imaginación comenzó a desatarse sobre un gran consejo que estaba teniendo lugar en el cielo y en el cual se acababa de decidir que yo ganaría, ganaría, así de claro, diez coronas por un folletín
¡Ojalá tuviera un lugar donde pasar la noche! Pienso en dónde podría cobijarme, y la cuestión me absorbe de tal manera que me quedo inmóvil en medio de la calle. Me olvido de dónde estoy, parezco una escoba solitaria en medio del mar con el agua bramando y alborotando alrededor de ella.
(...)
Me puse a caminar entre la gente por la plaza del mercado, manteniéndome cerca de las mujeres que vendían tiestos. Las grandes rosas rojas que ardían en la mañana húmeda, sangrientas y frías, despertaron mi avidez, me sentí tentado a robar una, pregunté su precio, sólo por tener un motivo para estar lo más cerca posible de ella. Si después me sobraba dinero iría a comprarla, pasara lo que pasara; tendría que ahorrar un poco, reducir mis gastos con el fin de recuperar de nuevo el equilibrio.
(...)
Henchido de esperanza y satisfacción, y todavía absorto en mi singular esbozo, que sacaba del bolsillo a cada instante para leerlo, quise poner en marcha la mudanza inmediatamente. Saqué mi hatillo, un pañuelo rojo que contenía un par de cuellos limpios y un papel de periódico arrugado en el que había traído envuelto un pan; enrollé la manta y cogí mis existencias de papel blanco.
Luego miré en todos los rincones para asegurarme de que no olvidaba ninguna de mis pertenencias, y al no encontrar nada me asomé a la ventana. Era una mañana oscura y húmeda; ya no había nadie en la forja incendiada, y abajo, en el patio, la cuerda se extendía muy tensa de pared a pared, contraída por la humedad. Todo me resultaba familiar. Me volví hacia dentro, me puse la manta bajo el brazo, hice una reverencia ante los edictos del Director General de Faros, y otra ante las mortajas de la señorita Andersen, y abrí la puerta.
(...)
De repente se me ocurren un par de buenas frases para un esbozo, un folletín, hermosos golpes de suerte lingüísticos que jamás se me habían ocurrido antes. Permanezco tumbado repitiendo esas palabras para mis adentros y las encuentro excelentes. Al cabo de un rato llegan otras; de repente estoy despejadísimo y me levanto a coger papel y lápiz de la mesa situada detrás de mi cama. Era como si una vena hubiera estallado dentro de mí, una palabra sigue a otra, ordenándose dentro de un contexto, creando situaciones; una escena sigue a otra, las acciones y los diálogos brotan en mi cerebro y me siento invadido por una maravillosa sensación de bienestar. Estoy escribiendo como poseso, llenando página tras página sin un momento de descanso. Las ideas me llegan tan repentinamente y siguen afluyendo en tal abundancia que pierdo infinidad de cosas secundarias porque no me da tiempo a anotarlas, aunque pongo todo mi empeño. Continúan desbordándome, estoy rebosante de materia y cada palabra que escribo se me pone en la boca.
¡Dura, bendito sea! ¡Lo que dura este maravilloso momento! Tengo sobre mis rodillas quince o veinte hojas escritas cuando por fin me detengo y dejo el lápiz. ¡Si esas hojas tenían algún valor, ya estaba a salvo! Me levanto de la cama de un salto y me visto. Cada vez hay más claridad, ya casi puedo distinguir el edicto del Director General de Faros junto a la puerta, y cerca de la ventana hay ya tanta luz que podría escribir con cierto esfuerzo. En seguida me pongo a pasar a limpio mis notas.
De esas fantasías brota un denso vapor de luz y color; me quedo atónito ante tantas cosas buenas, unas detrás de otras, y me digo a mí mismo que es lo mejor que he leído jamás. Me vuelvo loco de satisfacción, la alegría me anima y me siento magníficamente repuesto de mis penas; sopeso en las manos mi escrito y sobre la marcha lo taso en unas cinco coronas. Nadie regatearía cinco coronas, todo lo contrario, se podría considerar una ganga conseguirlo por diez coronas, teniendo en cuenta la calidad de su contenido. No tenía la intención de regalar un trabajo tan singular; que yo supiera, esa clase de novelas no se encontraba en cualquier sitio. Y me decidí por diez coronas.
(...)
Estoy sentado en el banco escribiendo una veintena de veces 1848; escribo esta cifra al derecho y al revés y de todas las maneras posibles, esperando que me venga una idea aceptable. Una nube de vagos pensamientos revolotea en mi cabeza, y la atmósfera crepuscular me hace sentirme abatido y sentimental. Ha llegado el otoño y todo está a punto de entrar en estado de hibernación; las moscas y otros animalitos han recibido ya el primer aviso, arriba en los árboles y abajo en la tierra se percibe el sonido de la vida en lucha, vibrante, palpitante e intranquila, obstinada con el fin de no perecer. Todos los seres del mundo reptil se mueven una vez más, asoman sus cabezas amarillas por el musgo, levantan las patas, exploran el camino con sus largas antenas y se desploman de repente, se dan la vuelta y se quedan con la panza hacia arriba. Cada planta ha adquirido un aspecto distinto con el leve soplo agonizante de la primera helada; las briznas de paja se levantan pálidas hacia el sol y las hojas caídas silban por la tierra con un sonido que recuerda a gusanos de seda en movimiento. Es tiempo de otoño, plenitud del carnaval de lo perecedero; las rosas tienen infectado su rubor, un maravilloso y febril resplandor recubre su color rojo sangre.
También yo me siento como un animal agonizante, sobrecogido por la destrucción en medio de ese universo preparado para la hibernación. Me levanté, presa de extraños miedos, y di algunos pasos rápidos por el sendero. ¡No!, grité, apretando los puños, ¡esto tiene que acabar! Y me volví a sentar, cogí de nuevo el lápiz firmemente decidido a escribir el artículo. De nada servía claudicar cuando uno se enfrentaba a un alquiler sin pagar.
(...)
Sentado en el banco, sumido en estas meditaciones, iba sintiendo una creciente amargura contra Dios por sus continuas molestias. Si pensaba que atormentándome y poniendo obstáculo tras obstáculo en mi camino conseguiría que me acercara más a Él y me volviera mejor persona, se equivocaba ligeramente, podía asegurárselo. Y miré al cielo casi llorando de obstinación y se lo dije en mi interior de una vez por todas.
Me vinieron a la memoria fragmentos de las enseñanzas religiosas de mi infancia, el tono de la Biblia resonaba en mis oídos y yo hablaba conmigo mismo en voz baja, moviendo irónicamente la cabeza. ¿Por qué me preocupaba qué iba a comer, qué iba a beber y con qué iba a vestir ese miserable saco de gusanos que era mi cuerpo terrenal? ¿No se preocupaba por mí mi padre celestial, al igual que lo hacía por los gorriones, mostrándome su misericordia al señalar a su pobre siervo? Dios había metido su dedo en la red de mis nervios produciendo un ligero desorden entre los hilos. Y luego lo había retirado, y al parecer, en el dedo le habían quedado finos hilillos de la madeja de mis nervios.
(...)
No me costó ningún esfuerzo conseguir que me lo devolvieran. El hombre me llevó el chaleco y me invitó a examinar todos los bolsillos, encontré también unos recibos de otra casa de empeños, los cogí y le di las gracias por su amabilidad. Me sentí conmovido por el trato del hombre y de repente me vi obligado a causarle una buena impresión. Me fui hacia la puerta y volví al mostrador como si hubiera olvidado algo; tenía la sensación de que le debía una explicación, una aclaración, y me puse a canturrear para llamar su atención. Cogí el lápiz y lo levanté en el aire.
Nunca se me hubiera ocurrido dar un paseo tan largo por un lápiz cualquiera, pero éste era algo diferente. A pesar de su aspecto insignificante, ese trozo de lápiz me había convertido en lo que yo era en ese momento, me había colocado en mi lugar en este mundo, por así decirlo
No dije nada más. El hombre se acercó al mostrador.
¿Ah, sí?, dijo, y me miró con curiosidad.
Con este lápiz, proseguí con sangre fría, había yo escrito mi tratado sobre el conocimiento filosófico en tres volúmenes. ¿No había oído hablar de él?
Al hombre le sonaba el nombre, el título.
Pues si, dije, yo lo escribí. De modo que no debería resultarle extraño que quisiera guardar ese trozo de lápiz; tenía demasiado valor para mí, era casi como un pequeño ser humano, Por cierto, le estaba sinceramente agradecido por su buena voluntad y lo recordaría siempre Sí, sí, por supuesto que lo recordaría; una promesa era una promesa, yo era así y él se lo merecía. Adiós.
(...)
Al llegar a lo alto de la cuesta, ya no pude tolerarlo por más tiempo, me volví hacia un escaparate y me detuve con el fin de darle la oportunidad de desaparecer. Cuando, al cabo de unos minutos, reanudé el paso, el hombre estaba de nuevo ante mis ojos; también él se había detenido. Sin pensarlo, di tres o cuatro furiosos pasos hacia delante, lo alcancé y lo golpeé en el hombro.
Se detuvo de repente y nos miramos fijamente.
¡Una monedita para leche!, dijo por fin, ladeando la cabeza.
¡Vaya una situación! Me hurgué en los bolsillos y dije:
Para leche, sí. Hum. Escasea el dinero en estos tiempos, y no sé hasta qué punto tiene usted verdadera necesidad.
No he comido desde ayer en Drammen, dijo el hombre; no tengo un céntimo y aún no he encontrado trabajo.
¿Es usted artesano?
Sí, soy guarnecedor de calzado.
¿Cómo?
Guarnecedor de calzado. Pero también sé hacer zapatos.
Eso lo cambia todo, dije. Espere aquí unos minutos, voy a buscarle algo de dinero, algunos øre.
Bajé apresuradamente hasta Pilestrædet, donde había una casa de empeños en una primera planta; por cierto, nunca había estado allí. Al entrar en el portal me quité rápidamente el chaleco, lo enrollé y me lo puse bajo el brazo; luego subí la escalera y llamé a la puerta del prestamista. Incliné respetuosamente la cabeza y puse el chaleco sobre el mostrador.
Corona y media, dijo el hombre.
De acuerdo, gracias, contesté. Si no fuera porque empieza a quedarme estrecho, no me desharía de él.
Cogí las monedas y el recibo, y volví sobre mis pasos. En realidad, lo del chaleco había sido una idea excelente; incluso me sobraría dinero para un abundante desayuno y antes de caer la noche estaría listo mi tratado sobre los crímenes del futuro. En ese mismo instante empecé a considerar la existencia con mayor benevolencia y me apresuré a volver a donde había dejado al hombre, para librarme por fin de él.
¡Tenga!, le dije. Ha sido una suerte que se haya dirigido a mí en primer lugar.
El hombre cogió el dinero y comenzó a examinarme de arriba abajo. ¿Qué estaba mirando? Tuve la impresión de que se fijaba sobre todo en las rodilleras de mis pantalones, y tanta desfachatez acabó con mi paciencia. ¿Pensaría ese tunante que era tan pobre como parecía? ¿Acaso no estaba a punto de empezar a escribir un artículo que me proporcionaría diez coronas? Tenía tantos asuntos entre manos que el futuro no me preocupaba en absoluto
(...)
¡Las cosas me habían ido constantemente cuesta abajo en los últimos tiempos! Sin saber cómo, me hallaba despojado de todo, no me quedaba ni siquiera un peine o un libro que leer cuando todo se volvía demasiado triste. Durante todo el verano había estado frecuentando el cementerio o el parque del Palacio, donde escribía artículos para los periódicos, columna tras columna, sobre los asuntos más diversos, extraños inventos, caprichos, ideas concebidas por mi agitado cerebro; de pura desesperación elegía los temas más lejanos, que me exigían largas horas de esfuerzo, y nunca eran aceptados. Al acabar un artículo empezaba otro, y rara vez me dejaba afligir por el rechazo de los directores de los periódicos; me repetía constantemente que algún día lo conseguiría. Y en efecto, a veces, cuando tenía suerte y lograba hacer algo bueno, podía llegar a cobrar cinco coronas por el trabajo de una tarde.
Hambre - Knut Hamsun
A unos pasos de mí hay un policía mirándome; está en medio de la calle y sólo me presta atención a mí. Cuando levanto la cabeza, nuestras miradas se encuentran; puede que llevara mucho tiempo observándome. Recojo el sombrero, me lo pongo y me acerco a él.
¿Sabe usted qué hora es?, pregunto.
El policía espera un instante antes de sacar su reloj de bolsillo, y no me quita ojo mientras lo hace.
Algo más de las cuatro, contesta.
¡Exactamente!, digo; algo más de las cuatro. ¡Correcto! Veo que usted sabe lo que tiene que saber. Lo tendré en cuenta.
Y me marché. Se quedó muy extrañado y permaneció un buen rato mirándome boquiabierto con el reloj todavía en la mano. Al llegar al Royal me volví hacia atrás; él seguía allí, en la misma postura, vigilándome con la mirada.
¡Je, je, je, así había que tratar a los animales! ¡Con la más exquisita insolencia! Eso los impresionaba, los asustaba Me sentí enormemente satisfecho conmigo mismo y de nuevo me puse a cantar. Tenía los nervios tensos por la excitación pero no sentía ningún dolor, ninguna molestia, y ligero como una pluma me paseé por toda la plaza, me alejé en dirección al mercado y me senté en un banco junto a la iglesia de Nuestro Salvador
(...)
Cuando llegué al cruce de Tomtegaten con Jernbanegaten, la calle comenzó de repente a darme vueltas, la cabeza me zumbaba como si estuviera hueca y me caí contra la pared de una casa. Era incapaz de seguir andando, ni siquiera logré enderezarme; me quedé de pie en la misma postura encorvada en la que me había caído contra la pared, y sentí que empezaba a perder el conocimiento. Ese ataque de agotamiento no hizo sino aumentar mi frenética ira y levanté el pie para patalear la acera. Hice, además, otros movimientos para recuperar las fuerzas: apreté los dientes, fruncí la frente, giré desesperadamente los ojos, y poco a poco iba surtiendo efecto. Mi mente se despejó, comprendí que estaba a punto de morir. Levanté las manos hacia el frente y me di un empujón para separarme de la pared; la calle seguía bailando ante mi vista. Empecé a sollozar de ira y luché con toda mi alma contra mi miseria, me defendía denodadamente para no derrumbarme; no tenía intención de desplomarme, quería morir de pie. Un carro pasó muy despacio y veo que contiene patatas, pero llevado por la rabia se me ocurre decir tercamente que no eran patatas, que eran coles, y me pongo a jurar con gran vehemencia que eran coles. Oía muy bien lo que estaba diciendo y juré una y otra vez esa mentira sólo para sentir la divertida satisfacción de cometer un grave perjurio. Me embriagué de ese inigualable pecado, levanté mis dedos en el aire y juré con voz temblorosa en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo que eran coles.
(...)
¡Mire!, dijo riéndose en voz baja y con gran excitación. ¡Mire por el agujero! ¡Ji, ji! Están en la cama. ¡Mire al viejo! ¿Ve al viejo?
En la cama, justo debajo de la litografía del Cristo, y enfrente de mí, se veía a dos personas, la patrona y el forastero; las piernas blancas de ella destacaban sobre el oscuro edredón. Y en la cama que había en la pared opuesta estaba sentado el padre de ella, el viejo paralítico, observando, encorvado sobre sus propias manos, encogido, como de costumbre, sin poder moverse
Me volví hacia el patrón. Le costaba mucho esfuerzo no reírse sonoramente. Se tapó la nariz.
¿Ha visto al viejo?, susurró. ¡Dios mío! ¿Ha visto al viejo? ¡Está sentado en la cama mirando! Y volvió a acercarse al ojo de la cerradura.
Me fui hasta la ventana y me senté. Ese espectáculo había desordenado cruelmente todos mis pensamientos y tergiversado mi espléndido estado de ánimo. Bueno, ¿y a mí qué me importaba todo aquello? Si el propio marido lo aceptaba, e incluso le resultaba divertido, no había motivo alguno para que yo me preocupara.
Y en cuanto al viejo, se trataba sólo de un viejo. Puede que ni siquiera lo estuviera viendo; quizá estaba dormido sentado; ¡Dios sabe, tal vez estaba incluso muerto! ¡No me extrañaría que estuviera muerto! Y no iba yo a permitir que eso pesara sobre mi conciencia.
(...)
No sabía a nada, pero desprendía un olor tan nauseabundo a sangre vieja que me hizo vomitar en seguida. Volví a intentarlo; si pudiera llegar a digerirlo surtiría efecto; lo importante era conseguir que se quedara en el estómago. Pero volví a vomitar. Me enfurecí, di furiosos mordiscos a la carne, arranqué un trozo pequeño y me lo tragué a la fuerza. Tampoco sirvió de nada; en cuanto los pedazos de carne se calentaban en mi estómago ascendían de nuevo. Apreté los puños, eché a llorar de desesperación y roía como enloquecido; lloré tanto que el hueso se mojó con mis lágrimas; vomitaba, blasfemaba y volvía a roer, lloraba como si mi corazón estuviera a punto de estallar y vomitaba de nuevo. Y en voz alta maldecía a todos los poderes del mundo y los condenaba a los tormentos eternos.
Silencio. Ni una persona en las cercanías, ni una luz, ni un ruido. Me encuentro en un excitadísimo estado emocional, suspiro pesada y ruidosamente y lloro hasta desgañitarme cada vez que tengo que vomitar esas migajas de carne que tal vez hubieran podido saciar parte de mi hambre. Al darme cuenta de que a pesar de todos mis esfuerzos no sirve para nada, lanzo el hueso contra la verja. Lleno de impotente odio, fuera de mí de ira, grito y dirijo amenazas contra el cielo, afónico y entre dientes pronuncio el nombre de Dios, doblando mis dedos como si fueran garras Te lo digo a Ti, sagrado Baal del cielo, no existes, pero si existieras te maldeciría de tal manera que tu cielo temblaría con el fuego del infierno. Te he ofrecido mis servicios y Tú los has rechazado, me has repudiado y te doy la espalda para siempre porque no supiste aprovechar el momento. Sé que voy a morir y sin embargo te insulto, a Ti, Apis celestial, con la muerte en los dientes. Has empleado la fuerza contra mí, ¿acaso no sabes que nunca me doblego ante la adversidad?, ¿no deberías saber eso? ¿Estabas dormido cuando creaste mi corazón? Mi vida entera y cada gota de mi sangre se alegran de insultarte y de escupir sobre tu gracia. A partir de este momento renunciaré a todo lo que has hecho y a todo lo que eres, maldeciré a mi pensamiento si vuelve a pensar en Ti, y me arrancaré los labios si vuelven a mencionar tu nombre. Si existes te digo la última palabra en la vida y en la muerte: adiós. Y luego me callo, te doy la espalda y me marcho
(...)
El hambre me atormentaba terriblemente y no sabía qué hacer con mi voraz apetito. Me retorcía en el banco y apoyé el pecho en las rodillas. Cuando oscureció me puse a andar lentamente hacia el Ayuntamiento. Sólo Dios sabe cómo logré llegar hasta allí. Me senté en el borde de la balaustrada, me arranqué uno de los bolsillos de la chaqueta y comencé a masticarlo, por cierto, sin propósito alguno, con aire sombrío, con los ojos clavados en el infinito sin ver nada. Oía a algunos niños jugar a mi alrededor y mi intuición me decía cuándo pasaba delante de mí alguna persona; aparte de eso no observé nada.
(...)
Me acosté con la ropa mojada; tenía la vaga idea de que probablemente moriría esa noche, y empleé mis últimas fuerzas en ordenar un poco mi cama para que mi entorno presentara un aspecto decoroso a la mañana siguiente. Entrelacé las manos y elegí una postura.
Y de repente me acuerdo de Ylayali. ¡Cómo podía haberme olvidado de ella durante toda la noche! Y una débil luz vuelve a penetrar en mi espíritu, un pequeño rayo de sol que me proporciona un bendito calor. Y luego hay más sol, una suave y fina luz de seda que me roza, maravillosa y melancólica. Y el sol calienta cada vez más, me abrasa las sienes, hierve, pesado y candente, en mi enflaquecido cerebro. Y al final veo arder ante mis ojos una enloquecida hoguera de rayos, un cielo y una tierra encendidos, gentes y animales de fuego, montañas de fuego, diablos de fuego, un abismo, un desierto, un universo en llamas, un humeante juicio final.
Y no vi ni oí nada más
(...)
¿Qué hizo con el dinero entonces?
Se lo di a una pobre anciana, hasta el último øre. Yo no era de esa clase de personas que se olvidan de los pobres
Se queda un instante pensando en lo que acabo de decir, preguntándose, obviamente, si es verdad que soy una persona honrada. Por fin dice:
¿No habría sido más justo que hubiera devuelto el dinero?
Escuche, contesto con descaro, no quise ponerlo en un aprieto, quería protegerlo. Pero ya veo cómo le agradecen a uno su generosidad. Aquí estoy, explicándoselo todo, y usted no se avergüenza como un perro, no; no se dispone a hacer absolutamente nada para liquidar este asunto, razón por la cual me lavo las manos. ¡Váyase al diablo! ¡Adiós!
Y me marché dando un portazo.
Pero al llegar al triste agujero de mi habitación, empapado por los blandos copos de nieve, con las rodillas temblorosas después de tan larga caminata, me desinflé inmediatamente y me derrumbé de nuevo. Me arrepentí de mi ataque al pobre tendero; lloré, agarrándome del cuello para castigarme por mi infame comportamiento, y me armé un gran escándalo. Al hombre le debió de entrar tanto miedo a perder su empleo que no se atrevió a decir nada sobre las cinco coronas que la tienda había perdido. Y yo me había aprovechado de su miedo, lo había atormentado con mis palabras y mis gritos, lo había lacerado con cada palabra que le había escupido. Y tal vez su jefe estaba sentado en la habitación de al lado, a punto de salir a ver lo que estaba pasando en la tienda. ¡Mi capacidad para cometer infamias no tenía límites!
(...)
¡Qué sensación tan maravillosa la de volver a sentirme un hombre honrado! Mis bolsillos vacíos ya no me pesaban, me resultó delicioso estar sin blanca otra vez. Pensándolo bien, ese dinero me había costado mucho sufrimiento en secreto, me había estremecido cada vez que había pensado en él; no era un desalmado, mi honrada naturaleza se había rebelado contra aquel vil acto, sí, sí. Había limpiado mi conciencia, gracias a Dios.
¡Hagan como yo!, dije mirando a la multitud de la plaza, ¡imítenme! Había dado una inmensa alegría a una vieja y pobre vendedora de pastas, que ni siquiera supo cómo reaccionar. Esa noche sus hijos no se acostarían con hambre Me iba animando con esos pensamientos, y decidí que me había comportado extraordinariamente bien. Gracias a Dios, el dinero ya estaba fuera de mis manos.
(...)
Por desgracia, la cerveza se me subió inmediatamente a la cabeza y me acaloré. El recuerdo de la aventura de la noche anterior me sobrecogió, casi me volvió loco. ¿Y si ella no aparecía el martes? ¿Y si empezaba a pensar y a sospechar? ¿Sospechar qué? De repente, mi pensamiento recobró su lucidez y comenzó a girar alrededor del dinero. Me asusté, estaba completamente horrorizado de mí mismo. El robo se me vino encima con todos sus pormenores; vi la pequeña tienda, el mostrador, mi escuálida mano cogiendo el dinero, y me imaginé, con todo lujo de detalles, el modo de proceder de la policía cuando viniera a detenerme. Cadenas en manos y pies, no; sólo en las manos, tal vez sólo en una mano; la ventanilla, el Libro de Registro del guardia de servicio, el sonido de su pluma raspando el papel, su mirada, su peligrosa mirada: ¿Bueno, señor Tangen? La celda, la eterna oscuridad
(...)
Para mí lo verdaderamente interesante del animal era su terrible y singular salvajismo: los pasos silenciosos y furtivos en la oscuridad de la noche y el terrible murmullo del bosque, los gritos de un pájaro que pasa volando, el viento, el olor a sangre, los truenos en el espacio; en una palabra, el espíritu de la fiera en el reino de las fieras
Pero tuve miedo de aburrirla, y sentí de nuevo el peso de mi inmensa pobreza, bajo el que me encogí. ¡Si al menos hubiera ido decentemente vestido, podría haberle hecho pasar un buen rato llevándola a la feria! Era incapaz de entender que esa mujer pudiera encontrar algún placer en que un pordiosero medio desnudo la acompañara por Karl Johan. ¿En qué estaba pensando, Dios mío? Y yo, ¿por qué iba haciendo el tonto y sonriendo como un idiota por nada? ¿Tenía algún motivo razonable para dejarme torturar por ese delicado pájaro de seda y dar ese largo paseo? ¿Acaso no me estaba costando grandes esfuerzos? ¿Acaso no sentía el hielo de la muerte rozarme el corazón al más ligero soplo de viento que nos venía de frente? ¿Y no estaba ya la locura acechando en mi cerebro por falta de comida durante varios meses seguidos?
(...)
El dependiente, que me conoce y sabe lo que suelo comprar, deja a la mujer, envuelve un pan en un periódico sin decir nada y me lo da.
No, en realidad he venido a por una vela, digo. Hablo muy bajo y en tono de humildad, para no irritarlo y desperdiciar así la posibilidad de conseguir una vela.
Mi respuesta lo cogió de sorpresa; era la primera vez que le pedía algo que no fuera un pan.
Bueno, entonces tendrá que esperar un poco, dice, y vuelve con la mujer.
Ésta acaba sus compras, paga, entrega una moneda de cinco coronas, coge el cambio y se marcha.
El dependiente y yo nos quedamos solos.
Dice:
Una vela, ¿verdad?
Abre un paquete grande y saca una.
Él me mira y yo lo miro; soy incapaz de pronunciar mi ruego.
Ah sí, es verdad, ya me ha pagado, dice de repente. Dice sin más que he pagado; oigo cada palabra que pronuncia. Empieza a contar las monedas de plata que saca del cajón, corona tras corona, monedas brillantes, abultadas: me está dando la vuelta de cinco coronas, las cinco coronas de la mujer.
¡Tenga!, dice.
Me quedo mirando el dinero por un instante, me doy cuenta de que algo está mal, pero no medito, no pienso en nada; simplemente me quedo perplejo a la vista de esa riqueza que resplandece ante mis ojos. Recojo mecánicamente el dinero.
...
Metí la mano con el dinero en el bolsillo, abrí la puerta y me marché; me oí dar las buenas noches y al dependiente responderme.
Me había alejado sólo unos pasos de la escalera cuando la puerta de la tienda se abrió violentamente y el dependiente me gritó algo. Me volví sin asombrarme, sin atisbo de miedo; me limité a coger el dinero, dispuesto a devolverlo.
Tenga, se ha dejado su vela, dice el dependiente.
Ah, gracias, contesto tranquilamente. ¡Muchas gracias!
Y vuelvo a bajar la calle con la vela en la mano.
(...)
Paseaba sin descanso por el cuarto de un lado a otro, arañaba las paredes, apoyaba suavemente la frente en la puerta, golpeaba el suelo con el dedo índice y escuchaba con gran atención, todo sin ningún propósito, pero en silencio y meditabundo, como si de un asunto de gran importancia se tratara. Y mientras tanto me decía una y otra vez, en una voz tan alta que podía oírme a mí mismo: ¡Dios mío, esto es una locura! Pero seguí haciendo lo mismo. Después de mucho tiempo, tal vez unas cuantas horas, me mordí el labio y me esforcé todo lo que pude. ¡Había que poner fin a todo aquello! Me busqué una astilla para mascar y me senté de nuevo, dispuesto a escribir.
Con gran esfuerzo conseguí escribir algunas frases cortas, una veintena de pobres palabras que me arranqué a la fuerza para avanzar algo. Luego me detuve, mi cabeza estaba vacía, no podía más. Y como era incapaz de seguir, me puse a contemplar con los ojos desmesuradamente abiertos esas últimas palabras, esa hoja incompleta. Miraba aquellas letras extrañas y temblorosas que se elevaban del papel como figuritas despeinadas, y al final no entendía nada de nada, no pensaba en nada.
(...)
¡Ojalá tuviera una vela para poder terminar mi artículo! Andaba agitando en el aire la nueva llave de mi portal, canturreando, silbando, especulando sobre la posibilidad de conseguir una vela. No habría más remedio que coger mis utensilios de escribir y bajarlos a la calle, a la luz de la farola. Abrí el portal y subí a buscar mis papeles.
Al bajar cerré la puerta desde fuera y me coloqué bajo la luz. Reinaba un gran silencio, sólo oía los pesados y tintineantes pasos de un policía en una bocacalle, y a lo lejos, en dirección a St. Hanshaugen los ladridos de un perro. Nadie me molestaba, me subí el cuello de la chaqueta hasta las orejas y me puse a pensar con todas mis fuerzas. Me sería de gran ayuda si tuviera la suerte de lograr dar fin a ese pequeño tratado. Justamente me encontraba en un punto algo difícil, debería pasar casi imperceptiblemente a algo nuevo, y luego a un final atenuado y suave, un largo gruñido que acabaría en un punto culminante tan brusco, tan escandaloso como el disparo de un arma o el ruido de una montaña que estalla. Punto.
(...)
Salí arrastrándome, enfermo de hambre y ruborizado de vergüenza. ¡Esto tendría que acabar! Las cosas habían ido demasiado lejos. Me había mantenido a flote durante muchos años, había conservado mi entereza en momentos difíciles, y ahora me había rebajado hasta el punto de pedir limosna. Mis pensamientos se habían embrutecido y mi mente se había manchado de vergüenza. Había caído tan bajo que había intentado conmover con llantos y lamentaciones a los más vulgares mercaderes. ¿Y de qué me había servido? ¿Acaso no seguía sin un pedazo de pan que llevarme a la boca? Había conseguido sentir náuseas de mí mismo. Esto tendría que llegar a su fin. En seguida cerrarían la puerta de mi casa y debería darme prisa si no quería pasar otra noche en el Ayuntamiento
Este pensamiento me dio fuerza; no quería dormir en el Ayuntamiento. Con el cuerpo encorvado y la mano apretada contra las costillas del lado izquierdo para calmar los pinchazos, caminaba, con los ojos clavados en la acera para no tener que saludar a ningún conocido, y me apresuré hasta el retén de bomberos. Gracias a Dios, no eran más que las siete en Nuestro Salvador, aún me quedaban tres horas hasta que cerraran el portal. ¡Qué miedo había pasado!
(...)
Después de todo, ¿por qué había perdido tanto tiempo, corriendo el día entero detrás de una corona que pudiera mantenerme con vida unas cuantas horas más? ¿No daba igual que lo inevitable ocurriera un día antes o un día después? Si me hubiera comportado como una persona decente, me habría ido a casa y me habría tumbado; haría ya mucho tiempo que me habría rendido. En ese momento tenía la mente completamente despejada. Iba a morir, era otoño y todo estaba a punto de comenzar la hibernación. Lo he intentado por todos los medios, he recurrido a todas las fuentes de ayuda que conocía. Acariciaba cariñosamente esa idea y cada vez que renacía en mí la esperanza de una posible salvación susurraba con hostilidad: ¡Pero idiota, si ya has empezado a morir! Debería escribir un par de cartas, poner todo a punto, prepararme. Me lavaría cuidadosamente y me esmeraría en hacer mi cama; pondría la cabeza sobre algunas hojas blancas, era lo único que me quedaba, y con la manta verde podía
(...)
Horario de oficina de 12 a 4; había llegado una hora tarde; ¡el momento de la gracia divina había acabado!
(...)
Entré en la librería de Pascha, encontré las señas del pastor Levion en el Libro de Direcciones, y me puse en camino. ¡Ahora todo depende de ti, no hagas tonterías! ¿Tu conciencia, dices? Sandeces, eres demasiado pobre para preocuparte por tu conciencia. Tienes hambre, eso es, vienes por un asunto importante, lo más importante. Pero debes inclinar la cabeza hacia un lado y poner música a tus palabras. ¿No quieres? Entonces no daré ni un paso más a tu lado, te lo digo de verdad. Ahora estás sumido en un penoso estado de ánimo; por las noches luchas contra las fuerzas de la oscuridad y contra grandes y silenciosos monstruos, tienes hambre y sed de leche y vino, y no los consigues. Hasta aquí has llegado. No tienes ya ni saliva para la lámpara. ¡Pero tienes fe en la gracia divina; a Dios gracias, aún no has perdido la fe! Al decir esto, tienes que juntar las manos y dar la impresión de creer firmemente en la gracia divina. En lo que se refiere a los bienes terrenales, los odias en todas sus manifestaciones. Otra cosa sería un libro de salmos, un recuerdo de un par de coronas.
(...)
Me levanté. ¡Hum! Pero recordé que la última vez que lo visité se había quejado de falta de dinero, incluso había mandado al cobrador a recaudar algo de dinero para entregármelo. Puede que ahora tuviera que hacer lo mismo. Pues no, no sería el caso. ¿No veía que estaba trabajando?
¿Algo más?, preguntó.
¡No!, dije, con voz firme. ¿Cuándo puedo volver?
Cualquier día que pase por aquí.
Me resultó imposible formular la petición. La amabilidad de ese hombre me parecía no tener límites, y yo sabría apreciarla. Mejor morir de hambre. Y me marché.
Ni siquiera una vez fuera, cuando empecé a sentir de nuevo los embates del hambre, me arrepentí de haber abandonado el despacho sin pedir esa corona. Saqué la otra viruta del bolsillo y me la metí en la boca. De nuevo me alivió. ¿Por qué no se me había ocurrido antes? ¡Deberías avergonzarte!, me dije en voz alta; ¿de verdad pretendías pedirle a ese hombre una corona y ponerle de nuevo en un apuro? Y me reñí severamente por esa insolencia que se me había ocurrido. ¡Dios es mi testigo de que esto es lo más vil que he oído en mi vida!, dije. ¡Asaltar a un hombre y casi sacarle los ojos sólo porque necesitas una corona! ¡Miserable canalla! ¡Venga! ¡En marcha! ¡Más deprisa, estúpido! ¡Ya te enseñaré yo!
(...)
Al encontrarme de nuevo en la calle, me paré y dije en voz alta apretando los puños: Voy a decirte una cosa, mi querido Dios: ¡Eres un sinvergüenza! Y furioso, levanto la mirada hacia las nubes apretando los dientes: ¡Vete al diablo, eres un grandísimo sinvergüenza!
Di unos pasos más y volví a detenerme. De repente, cambio de actitud, junto las manos, inclino la cabeza hacia un lado, y pregunto con una voz dulce y piadosa: ¿Acaso te has dirigido a él, hijo mío?
No sonó bien.
¡Con E mayúscula, digo, con una E tan grande como una catedral! Y de nuevo: ¿Acaso te has dirigido a Él, hijo mío? Bajo la cabeza, e infundiendo un tono triste a mi voz contesto: no.
Tampoco esta vez sonó muy bien.
¡Pero si ni siquiera sabes fingir, estúpido! ¡Debes decir que sí! ¡Sí, he invocado a mi Dios y Señor! Y tienes que acompañar tus palabras de la más afligida melodía que jamás hayas oído. Venga, levántate de nuevo. Así, eso está mejor. Pero tienes que suspirar, suspirar como un caballo enfermo. ¡Así!
Me lo voy mostrando a mí mismo mientras ando, y pisoteo impacientemente la calle cuando no me sale bien, y me regaño y me llamo bruto. Los transeúntes se vuelven asombrados hacia mí.
(...)
llevarle unas cartas que han llegado para él?
Vuelvo al centro por el mismo camino por el que he venido, paso otra vez por delante de los carpinteros, que estaban sentados con sus fiambreras entre las rodillas comiendo un sabroso y caliente almuerzo procedente de la Cocina de Vapor. Vuelvo a pasar por la panadería donde el pan aún sigue en su sitio y llego por fin a Bernt Ankers gate, medio muerto de cansancio. La puerta está abierta y me dispongo a subir los numerosos y agotadores escalones que llevan hasta la buhardilla. Saco las cartas del bolsillo para que Hans Pauli se ponga de buen humor en cuanto entre. Seguro que no me negaría el favor cuando le explicara las circunstancias, Hans Pauli tenía un gran corazón, siempre lo dije
En la puerta encontré su tarjeta: «H. P. Pettersen, estudiante de Teología. Se ha marchado a su casa».
Me senté allí mismo, en el suelo, completamente agotado y abatido. Repito un par de veces mecánicamente: ¡Se ha marchado a su casa! ¡Se ha marchado a su casa! Y luego enmudezco por completo. No había rastro de lágrimas en mis ojos, no pensaba en nada, no sentía nada. Miraba fijamente las cartas, con los ojos muy abiertos, sin hacer nada. Así pasaron diez minutos, tal vez veinte o más, y yo seguía sentado en el mismo sitio sin mover un dedo. Esa modorra sorda era casi como echarse un sueñecito. Luego oigo a alguien subir por la escalera, me levanto y digo:
Busco al estudiante Pettersen, tengo dos cartas para él.
(...)
Los rayos de sol entraban por mi ventana, abajo oía a los caballos masticar la avena. Yo masticaba mi astilla de madera, excitado, alegre como un niño. Me palpaba constantemente el bolsillo para sentir el manuscrito; ni siquiera estaba en mi pensamiento, pero el instinto me decía que existía, mi sangre me lo recordaba. Y lo saqué.
(...)
Abrí los ojos. ¿Cómo iba a mantenerlos cerrados si no lograba dormirme? Me rodeaba la misma oscuridad, la misma eternidad inescrutable y negra contra la que mi pensamiento se revolvía, incapaz de comprenderla. ¿Con qué podría compararla? Hice desesperados esfuerzos para encontrar una palabra lo bastante grande como para caracterizar esa oscuridad, una palabra tan terriblemente negra que mi boca se ennegreciera al pronunciarla. ¡Dios mío, qué oscuro estaba todo! Y pienso de nuevo en el puerto, en los barcos, en esos monstruos negros que me estaban esperando. Me aspirarían y no me soltarían, y navegarían conmigo por tierra y por mar, a través de reinos oscuros que jamás han sido vistos por un ser humano. Siento que estoy a bordo, que soy llevado hasta el agua, que vuelo por las nubes, cayendo, cayendo Doy un grito ronco y angustiado y me aferro a la cama; había hecho un viaje muy peligroso, había volado por los aires como un fardo. ¡Qué alivio sentí cuando me golpeé la mano contra el duro camastro! Así es morir, me dije, ¡ahora vas a morir! Y por un momento estuve pensando que iba a morir. Entonces me incorporo en la cama y me pregunto severamente: ¿Quién ha dicho que voy a morir? Si yo he inventado la palabra estoy en mi derecho de decidir lo que va a significar. Yo mismo oí que estaba delirando, lo oía incluso mientras hablaba. Mi locura era un delirio provocado por la debilidad y el agotamiento, pero no había perdido la conciencia. Y de repente se me antojó que me había vuelto loco. Aterrorizado, salgo de la cama de un salto. Voy tambaleándome hasta la puerta e intento abrirla, me lanzo unas cuantas veces contra ella para echarla abajo, me golpeo la cabeza contra la pared, gimo ruidosamente, me muerdo los dedos, lloro y blasfemo
Todo estaba silencioso; sólo mi propia voz me era devuelta por las paredes. Me había desplomado en el suelo, incapaz ya de seguir dando tumbos por la celda. Entonces vislumbré en lo más alto de la pared un cuadrado grisáceo, un color blanco, una pizca de era la luz del día. ¡Ay, con qué alivio respiré! Me tumbé en el suelo y lloré de alegría por ese bendito atisbo de luz, sollocé de agradecimiento, envié besos a la ventana, comportándome como un enajenado.
(...)
Me detuve ante una droguería y miré el escaparate; intenté leer las etiquetas de un par de latas de conservas, pero estaba demasiado oscuro. Irritado conmigo mismo por esta nueva ocurrencia, y colérico y rabioso por no poder averiguar el contenido de esas latas, di un golpe en el cristal y proseguí mi camino. En lo alto de la calle divisé a un policía, apresuré el paso, me acerqué a él y dije sin motivo alguno:
Son las diez.
No, son las dos, contestó extrañado.
No, son las diez, dije, son las diez horas.
Furioso, di un par de pasos más, cerré el puño y dije:
Oiga usted, son las diez.
Meditó un instante, me escrutó de arriba abajo y se me quedó mirando estupefacto. Finalmente dijo con dulzura:
De todos modos, es hora de que se vaya a su casa. ¿Quiere que lo acompañe?
Esa amabilidad me desarmó; sentí que las lágrimas me arrasaban los ojos y me apresuré a responder:
¡Gracias! No hace falta. Se me ha hecho muy tarde, he estado en un café. Se lo agradezco mucho.
Se llevó la mano al casco cuando me marché. Su amabilidad me había abrumado y lloré por no tener cinco coronas para darle. Me detuve a mirar cómo desaparecía lentamente, me golpeé la frente y lloré cada vez más fuerte conforme se alejaba. Me insulté por mi pobreza, me puse unos cuantos apodos, inventé nombres ofensivos, ingeniosos hallazgos de groseros insultos que lancé contra mí mismo. Así continué hasta mi casa. Al llegar a la puerta de la calle descubrí que había perdido las llaves.
(...)
el pequeño malestar que sentía en el pecho casi siempre podía calmarlo tosiendo fuerte o caminando muy encorvado; pero para la espalda y los hombros no había ningún remedio. ¿Por qué no mejoraba mi situación? ¿No tenía yo el mismo derecho a vivir que cualquier otro, como el anticuario Pascha o el consignatario de buques Hennechen? ¿Acaso no tenía yo los hombros de un gigante y dos fuertes brazos para trabajar? ¿Y no había solicitado incluso un puesto de leñador en Møllergaten, con el fin de ganarme el pan de cada día? ¿Era un vago? ¿Acaso no había solicitado empleos, escuchado conferencias, escrito artículos para los periódicos, y leído y trabajado día y noche como un loco? ¿Y acaso no había vivido como un miserable, comido pan y bebido leche cuando tenía mucho dinero, nada más que pan cuando tenía poco y pasado hambre cuando no tenía nada? ¿Acaso vivía en hoteles, en una suite de la planta principal? No, vivía en un edificio ruinoso, en una hojalatería de la que Dios y los hombres habían huido a toda prisa el último invierno porque entraba la nieve. De modo que no entendía absolutamente nada.
(...)
Seguía sin molestarme ruido alguno: la clemente oscuridad había ocultado todo a mis ojos, enterrándome en una calma total. Sólo el oscuro y apagado sonido del silencio enmudece monótonamente en mis oídos. Y los sombríos monstruos del mar me cogerían al llegar la noche y me llevarían por mares lejanos y tierras desconocidas hasta donde no habita el ser humano. Y me conducirían al palacio de la princesa Ylayali, donde me esperaría un insospechado esplendor, mayor que el de ningún ser humano. Y ella misma estaría sentada en una espléndida sala en la que todo sería de amatista, sobre un trono de rosas amarillas; me tendería la mano al entrar, y me daría la bienvenida al acercarme y arrodillarme: ¡Bienvenido, caballero, a mi casa y a mi tierra! Te espero desde hace veinte veranos y te he llamado en todas las noches claras; cuando tenías pena yo he llorado aquí, y cuando dormías he soplado maravillosos sueños dentro de ti Y la bella me coge de la mano y me conduce por largos pasajes donde me aclama una gran multitud de seres humanos, a través de claros jardines en los que juegan trescientas muchachas risueñas, hasta otra sala en la que todo es de brillantes esmeraldas en las que se refleja el sol. En galerías y pasillos suena la música y vienen a mi encuentro ráfagas de aromas. Llevo su mano en la mía y noto correr en mi sangre la desenfrenada delicia del embrujo; la rodeo con mi brazo y me susurra: ¡Aquí no, ven más adentro! Y entramos en una sala roja donde todo es de rubíes, un espumoso esplendor en el que me sumerjo. Siento sus brazos alrededor de mi cuerpo y su aliento en mi rostro mientras susurra: ¡Bienvenido, amado mío! ¡Bésame! Más más
Desde el banco veo ante mis ojos las estrellas y mi pensamiento se precipita hacia un huracán de luz
Me había quedado dormido y me despertó el policía. Allí estaba yo, devuelto despiadadamente a la vida y a la miseria. Mi primer sentimiento fue un estúpido asombro de encontrarme al aire libre, pero ese asombro fue pronto sustituido por un amargo desánimo. Estaba a punto de llorar de dolor por seguir vivo. Había llovido mientras dormía, tenía la ropa empapada y notaba un frío húmedo en los huesos. La oscuridad se había hecho aún más densa, y apenas podía distinguir las facciones del policía que tenía ante mí.
(...)
Cuento otra vez mi fortuna: la mitad de un cortaplumas y un manojo de llaves, pero ni un øre. De repente me meto la mano en el bolsillo y vuelvo a sacar las hojas. Fue un acto mecánico, un reflejo inconsciente. Cojo una hoja en blanco y Dios sabe de dónde me vino la idea hice con ella un cucurucho, lo cerré cuidadosamente para que pareciera que estaba lleno y lo lancé lejos sobre el pavimento. El viento lo llevó aún un poco más lejos, y luego se quedó quieto.
El hambre había comenzado a atacarme. No dejaba de mirar ese cucurucho blanco que parecía estar repleto de brillantes monedas de plata, y me imaginé que de verdad contenía algo. En una voz bastante alta hasta me invité a adivinar la suma. ¡Si acertaba, el dinero sería mío! Me imaginaba las preciosas moneditas de diez øre en el fondo, y las abultadas coronas estriadas encima, ¡Un cucurucho lleno de dinero! Lo miraba con los ojos muy abiertos y me animaba a mí mismo a ir a robarlo.
Entonces oigo toser al policía. ¿Y cómo se me ocurrió a mí hacer exactamente lo mismo? Me levanto del banco y toso tres veces seguidas para que lo oiga. ¡Cómo se tiraría encima del cucurucho cuando estuviera cerca! Me regocijaba con la jugarreta, me frotaba las manos jurando y blasfemando sin ton ni son. ¡Qué chasco se llevaría ese canalla! ¡Se hundiría en lo más hondo y ardiente del infierno! El hambre me hacía delirar; estaba ebrio de hambre. Unos minutos más tarde llegó el policía, haciendo sonar sus tacones de hierro sobre el pavimento, y escudriñando por todas partes. Se toma mucho tiempo, tiene toda la noche por delante, no descubre el cucurucho hasta estar muy cerca de él. Entonces se detiene y lo mira. ¡Tiene un aspecto tan blanco ! Parece valioso, tal vez una pequeña cantidad, ¿eh?, ¡una pequeña cantidad de monedas de plata! Y lo recoge. ¡Vaya! Pesa poco, muy poco. Tal vez una preciosa pluma, un adorno de sombrero Lo abre cuidadosamente con sus grandes manos y mira en su interior. Yo me reía, me reía y me golpeaba la rodilla como si me hubiera vuelto loco. Y de mi garganta no salía ni un sonido, mi risa era silenciosa y febril, intensa como un sollozo
(...)
¡No tengo!, dijo. ¡Dios sabe que no tengo! Y puso boca abajo su monedero ante mis ojos. Anoche salí, y me quedé sin blanca. Créame, no tengo nada.
¡Está bien, está bien!, contesté, y lo creí. ¿Por qué iba a mentirme por tan poca cosa? Me pareció que sus ojos azules se humedecían cuando al hurgar en sus bolsillos no encontraba nada. Retrocedí.
¡Perdóneme, pues!, dije, es que estoy en un pequeño apuro.
Ya había bajado un trecho de la calle cuando me llamó mostrándome el paquete.
¡Quédeselo, quédeselo!, respondí, ¡bien se lo ha merecido! No es gran cosa, apenas nada, más o menos todo lo que poseo en esta tierra. Mis propias palabras me conmovieron, sonaban tan desesperadas a la luz crepuscular que me eché a llorar.
El viento refrescó, las nubes se movían furiosamente por el cielo y conforme caía la noche el frío iba en aumento. Bajé toda la calle llorando, y cada vez sentía más compasión de mí mismo. Iba repitiendo una y otra vez las mismas palabras, una exclamación que volvía a provocar mis lágrimas cuando estaban a punto de secarse.
(...)
Permanecí sentado durante mucho tiempo, ilusionado con esa idea. Pasaron las horas, el viento soplaba con fuerza en los castaños que había a mi alrededor y el día estaba llegando a su fin. ¿No resultaría un poco mezquino ir a ofrecer seis bonos de afeitado a un joven que trabajaba en un banco? Puede que tuviera en su bolsillo dos cuadernillos completos, con unos bonos más limpios y más bonitos que los míos, eso nadie podía saberlo. Me palpé en todos los bolsillos buscando otras cosas de las que también pudiera desprenderme, pero no encontré nada. ¿Y si le ofreciera mi corbata? Podría pasarme muy bien sin ella si me abrochaba hasta arriba la chaqueta, lo que tendría que hacer de todos modos, ya que me había quedado sin chaleco. Me aflojé la corbata, un gran lazo que me cubría medio pecho, la cepillé cuidadosamente y la envolví en una hoja de papel blanco de escribir, junto con el cuadernillo de bonos del barbero. Abandoné el cementerio y bajé hasta el café Oplandske.
(...)
La oscuridad me encubría; todo estaba silencioso, todo. Pero arriba en las colinas soplaba la eterna canción, el tiempo, ese distante zumbido sin tono que nunca se calla. Escuché durante tanto tiempo ese interminable y enfermizo zumbido que empecé a sentirme aturdido; eran las sinfonías de los mundos girando por encima de mí, las estrellas entonando una canción
¡Qué demonios!, me dije, riéndome en voz alta para darme ánimos; ¡son las lechuzas que ululan en Canan!
Y me levanté y me volví a tumbar, me calcé, di vueltas en la oscuridad y me acosté de nuevo, luchando contra la ira y el miedo hasta el amanecer, en que finalmente logré conciliar el sueño.
Era completamente de día cuando abrí los ojos, y tuve la sensación de que sería cerca del mediodía. Me puse los zapatos, volví a envolver la manta y me encaminé a la ciudad. Tampoco ese día se veía el sol y hacía un frío de perros; mis piernas estaban muertas y me salía agua por las orejas, como si no toleraran la luz del día.
(...)
¡Más de las cuatro! ¡Ya eran más de las cuatro! Me apresuré hacia el centro en dirección al periódico. ¡Quizá el director había ido hacía tiempo a la oficina y ya se había marchado! Unas veces andaba, otras corría, tropezándome con carros, adelantando a los paseantes, luchando con los caballos, afanándome como un loco para llegar a tiempo. Me lancé al interior del portal, subí los escalones de cuatro en cuatro y llamé a la puerta.
Nadie contestaba.
¡Se ha ido, se ha ido!, pensé. Empujo la puerta, está abierta, vuelvo a llamar una vez más y entro.
El director está sentado a su mesa, con la cara vuelta hacia la ventana y la pluma en la mano, listo para escribir. Al oír mi saludo sin aliento se vuelve a medias, me mira, sacude la cabeza y dice:
Aún no he tenido tiempo de leer su esbozo.
Me pongo tan contento al oír que por lo menos no lo ha rechazado que digo:
Claro, lo comprendo. Tampoco es tan urgente. Dentro de unos días tal vez, o
Sí, veré lo que puedo hacer. De todos modos tengo su dirección.
Me olvidé de decirle que ya no tenía ninguna dirección.
La audiencia ha terminado, retrocedo haciendo reverencias y me marcho. La esperanza arde de nuevo en mi interior, aún no estaba todo perdido, al contrario, aún podía ganar. Y mi imaginación comenzó a desatarse sobre un gran consejo que estaba teniendo lugar en el cielo y en el cual se acababa de decidir que yo ganaría, ganaría, así de claro, diez coronas por un folletín
¡Ojalá tuviera un lugar donde pasar la noche! Pienso en dónde podría cobijarme, y la cuestión me absorbe de tal manera que me quedo inmóvil en medio de la calle. Me olvido de dónde estoy, parezco una escoba solitaria en medio del mar con el agua bramando y alborotando alrededor de ella.
(...)
Me puse a caminar entre la gente por la plaza del mercado, manteniéndome cerca de las mujeres que vendían tiestos. Las grandes rosas rojas que ardían en la mañana húmeda, sangrientas y frías, despertaron mi avidez, me sentí tentado a robar una, pregunté su precio, sólo por tener un motivo para estar lo más cerca posible de ella. Si después me sobraba dinero iría a comprarla, pasara lo que pasara; tendría que ahorrar un poco, reducir mis gastos con el fin de recuperar de nuevo el equilibrio.
(...)
Henchido de esperanza y satisfacción, y todavía absorto en mi singular esbozo, que sacaba del bolsillo a cada instante para leerlo, quise poner en marcha la mudanza inmediatamente. Saqué mi hatillo, un pañuelo rojo que contenía un par de cuellos limpios y un papel de periódico arrugado en el que había traído envuelto un pan; enrollé la manta y cogí mis existencias de papel blanco.
Luego miré en todos los rincones para asegurarme de que no olvidaba ninguna de mis pertenencias, y al no encontrar nada me asomé a la ventana. Era una mañana oscura y húmeda; ya no había nadie en la forja incendiada, y abajo, en el patio, la cuerda se extendía muy tensa de pared a pared, contraída por la humedad. Todo me resultaba familiar. Me volví hacia dentro, me puse la manta bajo el brazo, hice una reverencia ante los edictos del Director General de Faros, y otra ante las mortajas de la señorita Andersen, y abrí la puerta.
(...)
De repente se me ocurren un par de buenas frases para un esbozo, un folletín, hermosos golpes de suerte lingüísticos que jamás se me habían ocurrido antes. Permanezco tumbado repitiendo esas palabras para mis adentros y las encuentro excelentes. Al cabo de un rato llegan otras; de repente estoy despejadísimo y me levanto a coger papel y lápiz de la mesa situada detrás de mi cama. Era como si una vena hubiera estallado dentro de mí, una palabra sigue a otra, ordenándose dentro de un contexto, creando situaciones; una escena sigue a otra, las acciones y los diálogos brotan en mi cerebro y me siento invadido por una maravillosa sensación de bienestar. Estoy escribiendo como poseso, llenando página tras página sin un momento de descanso. Las ideas me llegan tan repentinamente y siguen afluyendo en tal abundancia que pierdo infinidad de cosas secundarias porque no me da tiempo a anotarlas, aunque pongo todo mi empeño. Continúan desbordándome, estoy rebosante de materia y cada palabra que escribo se me pone en la boca.
¡Dura, bendito sea! ¡Lo que dura este maravilloso momento! Tengo sobre mis rodillas quince o veinte hojas escritas cuando por fin me detengo y dejo el lápiz. ¡Si esas hojas tenían algún valor, ya estaba a salvo! Me levanto de la cama de un salto y me visto. Cada vez hay más claridad, ya casi puedo distinguir el edicto del Director General de Faros junto a la puerta, y cerca de la ventana hay ya tanta luz que podría escribir con cierto esfuerzo. En seguida me pongo a pasar a limpio mis notas.
De esas fantasías brota un denso vapor de luz y color; me quedo atónito ante tantas cosas buenas, unas detrás de otras, y me digo a mí mismo que es lo mejor que he leído jamás. Me vuelvo loco de satisfacción, la alegría me anima y me siento magníficamente repuesto de mis penas; sopeso en las manos mi escrito y sobre la marcha lo taso en unas cinco coronas. Nadie regatearía cinco coronas, todo lo contrario, se podría considerar una ganga conseguirlo por diez coronas, teniendo en cuenta la calidad de su contenido. No tenía la intención de regalar un trabajo tan singular; que yo supiera, esa clase de novelas no se encontraba en cualquier sitio. Y me decidí por diez coronas.
(...)
Estoy sentado en el banco escribiendo una veintena de veces 1848; escribo esta cifra al derecho y al revés y de todas las maneras posibles, esperando que me venga una idea aceptable. Una nube de vagos pensamientos revolotea en mi cabeza, y la atmósfera crepuscular me hace sentirme abatido y sentimental. Ha llegado el otoño y todo está a punto de entrar en estado de hibernación; las moscas y otros animalitos han recibido ya el primer aviso, arriba en los árboles y abajo en la tierra se percibe el sonido de la vida en lucha, vibrante, palpitante e intranquila, obstinada con el fin de no perecer. Todos los seres del mundo reptil se mueven una vez más, asoman sus cabezas amarillas por el musgo, levantan las patas, exploran el camino con sus largas antenas y se desploman de repente, se dan la vuelta y se quedan con la panza hacia arriba. Cada planta ha adquirido un aspecto distinto con el leve soplo agonizante de la primera helada; las briznas de paja se levantan pálidas hacia el sol y las hojas caídas silban por la tierra con un sonido que recuerda a gusanos de seda en movimiento. Es tiempo de otoño, plenitud del carnaval de lo perecedero; las rosas tienen infectado su rubor, un maravilloso y febril resplandor recubre su color rojo sangre.
También yo me siento como un animal agonizante, sobrecogido por la destrucción en medio de ese universo preparado para la hibernación. Me levanté, presa de extraños miedos, y di algunos pasos rápidos por el sendero. ¡No!, grité, apretando los puños, ¡esto tiene que acabar! Y me volví a sentar, cogí de nuevo el lápiz firmemente decidido a escribir el artículo. De nada servía claudicar cuando uno se enfrentaba a un alquiler sin pagar.
(...)
Sentado en el banco, sumido en estas meditaciones, iba sintiendo una creciente amargura contra Dios por sus continuas molestias. Si pensaba que atormentándome y poniendo obstáculo tras obstáculo en mi camino conseguiría que me acercara más a Él y me volviera mejor persona, se equivocaba ligeramente, podía asegurárselo. Y miré al cielo casi llorando de obstinación y se lo dije en mi interior de una vez por todas.
Me vinieron a la memoria fragmentos de las enseñanzas religiosas de mi infancia, el tono de la Biblia resonaba en mis oídos y yo hablaba conmigo mismo en voz baja, moviendo irónicamente la cabeza. ¿Por qué me preocupaba qué iba a comer, qué iba a beber y con qué iba a vestir ese miserable saco de gusanos que era mi cuerpo terrenal? ¿No se preocupaba por mí mi padre celestial, al igual que lo hacía por los gorriones, mostrándome su misericordia al señalar a su pobre siervo? Dios había metido su dedo en la red de mis nervios produciendo un ligero desorden entre los hilos. Y luego lo había retirado, y al parecer, en el dedo le habían quedado finos hilillos de la madeja de mis nervios.
(...)
No me costó ningún esfuerzo conseguir que me lo devolvieran. El hombre me llevó el chaleco y me invitó a examinar todos los bolsillos, encontré también unos recibos de otra casa de empeños, los cogí y le di las gracias por su amabilidad. Me sentí conmovido por el trato del hombre y de repente me vi obligado a causarle una buena impresión. Me fui hacia la puerta y volví al mostrador como si hubiera olvidado algo; tenía la sensación de que le debía una explicación, una aclaración, y me puse a canturrear para llamar su atención. Cogí el lápiz y lo levanté en el aire.
Nunca se me hubiera ocurrido dar un paseo tan largo por un lápiz cualquiera, pero éste era algo diferente. A pesar de su aspecto insignificante, ese trozo de lápiz me había convertido en lo que yo era en ese momento, me había colocado en mi lugar en este mundo, por así decirlo
No dije nada más. El hombre se acercó al mostrador.
¿Ah, sí?, dijo, y me miró con curiosidad.
Con este lápiz, proseguí con sangre fría, había yo escrito mi tratado sobre el conocimiento filosófico en tres volúmenes. ¿No había oído hablar de él?
Al hombre le sonaba el nombre, el título.
Pues si, dije, yo lo escribí. De modo que no debería resultarle extraño que quisiera guardar ese trozo de lápiz; tenía demasiado valor para mí, era casi como un pequeño ser humano, Por cierto, le estaba sinceramente agradecido por su buena voluntad y lo recordaría siempre Sí, sí, por supuesto que lo recordaría; una promesa era una promesa, yo era así y él se lo merecía. Adiós.
(...)
Al llegar a lo alto de la cuesta, ya no pude tolerarlo por más tiempo, me volví hacia un escaparate y me detuve con el fin de darle la oportunidad de desaparecer. Cuando, al cabo de unos minutos, reanudé el paso, el hombre estaba de nuevo ante mis ojos; también él se había detenido. Sin pensarlo, di tres o cuatro furiosos pasos hacia delante, lo alcancé y lo golpeé en el hombro.
Se detuvo de repente y nos miramos fijamente.
¡Una monedita para leche!, dijo por fin, ladeando la cabeza.
¡Vaya una situación! Me hurgué en los bolsillos y dije:
Para leche, sí. Hum. Escasea el dinero en estos tiempos, y no sé hasta qué punto tiene usted verdadera necesidad.
No he comido desde ayer en Drammen, dijo el hombre; no tengo un céntimo y aún no he encontrado trabajo.
¿Es usted artesano?
Sí, soy guarnecedor de calzado.
¿Cómo?
Guarnecedor de calzado. Pero también sé hacer zapatos.
Eso lo cambia todo, dije. Espere aquí unos minutos, voy a buscarle algo de dinero, algunos øre.
Bajé apresuradamente hasta Pilestrædet, donde había una casa de empeños en una primera planta; por cierto, nunca había estado allí. Al entrar en el portal me quité rápidamente el chaleco, lo enrollé y me lo puse bajo el brazo; luego subí la escalera y llamé a la puerta del prestamista. Incliné respetuosamente la cabeza y puse el chaleco sobre el mostrador.
Corona y media, dijo el hombre.
De acuerdo, gracias, contesté. Si no fuera porque empieza a quedarme estrecho, no me desharía de él.
Cogí las monedas y el recibo, y volví sobre mis pasos. En realidad, lo del chaleco había sido una idea excelente; incluso me sobraría dinero para un abundante desayuno y antes de caer la noche estaría listo mi tratado sobre los crímenes del futuro. En ese mismo instante empecé a considerar la existencia con mayor benevolencia y me apresuré a volver a donde había dejado al hombre, para librarme por fin de él.
¡Tenga!, le dije. Ha sido una suerte que se haya dirigido a mí en primer lugar.
El hombre cogió el dinero y comenzó a examinarme de arriba abajo. ¿Qué estaba mirando? Tuve la impresión de que se fijaba sobre todo en las rodilleras de mis pantalones, y tanta desfachatez acabó con mi paciencia. ¿Pensaría ese tunante que era tan pobre como parecía? ¿Acaso no estaba a punto de empezar a escribir un artículo que me proporcionaría diez coronas? Tenía tantos asuntos entre manos que el futuro no me preocupaba en absoluto
(...)
¡Las cosas me habían ido constantemente cuesta abajo en los últimos tiempos! Sin saber cómo, me hallaba despojado de todo, no me quedaba ni siquiera un peine o un libro que leer cuando todo se volvía demasiado triste. Durante todo el verano había estado frecuentando el cementerio o el parque del Palacio, donde escribía artículos para los periódicos, columna tras columna, sobre los asuntos más diversos, extraños inventos, caprichos, ideas concebidas por mi agitado cerebro; de pura desesperación elegía los temas más lejanos, que me exigían largas horas de esfuerzo, y nunca eran aceptados. Al acabar un artículo empezaba otro, y rara vez me dejaba afligir por el rechazo de los directores de los periódicos; me repetía constantemente que algún día lo conseguiría. Y en efecto, a veces, cuando tenía suerte y lograba hacer algo bueno, podía llegar a cobrar cinco coronas por el trabajo de una tarde.
Hambre - Knut Hamsun
Suscribirse a:
Entradas (Atom)