Finalmente, el pobre Akaki Akákievich exhaló su último suspiro. No pusieron sellos en su habitación ni en sus pertenencias, en primer lugar porque no tenía herederos, y en segundo, porque no dejaba más que un pequeño paquete con plumas de ganso, una resma de papel timbrado, tres pares de calcetines, dos o tres botones desprendidos de un pantalón y el viejo capote que ya conoce el lector. ¿Quién se quedaría con todas esas cosas? Confieso que esa cuestión no interesó ni siquiera al autor de este relato. Se llevaron el cadáver y le dieron sepultura. Y San Petersburgo se quedó sin Akaki Akákievich, como si nunca hubiera existido. Desapareció para siempre ese ser a quien nadie defendió, por quien nadie profesó afecto ni mostró el menor interés; ni siquiera despertó la curiosidad de los naturalistas, siempre dispuestos a clavar un alfiler a una simple mosca para observarla al microscopio. Un ser que había sobrellevado con resignación las burlas de sus compañeros de oficina y que había bajado a la tumba sin haber protagonizado ningún acto digno de mención; no obstante, gracias a ese capote, su desdichada vida se llenó de luz y de sentido por un instante, si bien es verdad que ya en sus postrimerías; luego la desgracia, que no respeta siquiera a los reyes y poderosos de la tierra, se cebó con él
Unos días después de su muerte un ujier del departamento se presentó en su casa para ordenarle que se reincorporara inmediatamente a su puesto de trabajo, pues así lo exigía el jefe. Pero no pudo cumplir su misión y a la vuelta declaró que Akaki Akákievich no aparecería más por allí. «¿Por qué?», le preguntaron. «Porque ha muerto respondió. Hace cuatro días que lo enterraron». Así se enteraron en el departamento del fallecimiento de Akaki Akákievich
(...)
Le contó que tenía un capote completamente nuevo y que se lo habían robado de la manera más inhumana, y a continuación suplicó a su excelencia que intercediera como mejor le pareciera, dirigiendo un escrito a quien juzgara más oportuno, al comisario de policía o a algún otro personaje, para que iniciara las pesquisas. Al general, vaya usted a saber por qué, se le antojó que esa petición era demasiado familiar.
Pero ¿es posible, caballero replicó, tajante, que no conozca usted el reglamento? ¿Dónde se cree que está? ¿Acaso no sabe cómo debe procederse en tales asuntos? Primero tiene usted que presentar una instancia en la cancillería; de allí pasaría al jefe de sección, que a su vez la haría llegar al responsable del departamento, que se la trasladaría al secretario, quien a su vez me la presentaría a mí.
Pero, excelencia dijo Akaki Akákievich, empapado en sudor, tratando de hacer acopio del poco ánimo que le quedaba, si me he permitido molestar a su excelencia es porque los secretarios
no son de fiar
¿Qué, qué, qué? dijo el personaje importante. ¿Cómo se atreve a decir algo así? ¿De dónde ha sacado esas ideas? ¡Qué falta de respeto muestran los jóvenes de hoy por sus superiores y las autoridades!
Por lo visto, el personaje importante no había reparado en que Akaki Akákievich pasaba ya de los cincuenta. En definitiva, solo se le podía aplicar el calificativo de joven de manera relativa, es decir, si se le comparaba con los ancianos de setenta años.
¿Sabe usted con quién está hablando? ¿Se da usted cuenta de quién está delante de usted? ¿Se da usted cuenta? ¡A usted se lo pregunto!
Al llegar a ese punto, el personaje importante dio una patada en el suelo y levantó tanto la voz que hasta un individuo menos apocado que nuestro héroe se habría asustado. Akaki Akákievich, muerto de miedo, se tambaleó, tembló de pies a cabeza y estuvo a punto de desplomarse: de no haber sido por los ujieres que acudieron a sostenerlo, habría dado con sus huesos en el suelo. Lo sacaron casi sin conocimiento. El personaje importante, satisfecho de que el efecto de su discurso hubiera superado todas sus expectativas, y entusiasmado de que una palabra suya pudiera hacer que un hombre se desvaneciera, miró de soslayo a su amigo para comprobar la impresión que le había causado la escena y descubrió, no sin satisfacción, que este se sentía bastante perplejo e incluso algo atemorizado.
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En general, puede decirse que toda la jornada constituyó para Akaki Akákievich una fiesta solemne y apoteósica. Volvió a su casa radiante de felicidad, se quitó el capote, lo colgó con cuidado en la pared y volvió a admirar su paño y su forro; luego, sacó adrede su viejo capote, todo deshilachado, y se puso a compararlo con el otro. Lo miró y hasta se echó a reír, ¡tan grande era la diferencia! Más tarde, durante la comida, no pudo evitar esbozar una sonrisa cada vez que recordaba el estado en que había encontrado su vieja «bata». Después de tan alegre comida, en lugar de ponerse a copiar algún documento, se tumbó en la cama como un sibarita y no se levantó hasta la caída de la tarde. Entonces, sin más demora, se vistió, se echó el capote sobre los hombros y salió a la calle.
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Cada vez que gastaba un rublo, Akaki Akákievich tenía la costumbre de guardar medio kopek en un cofrecillo cerrado con llave, en cuya tapa había practicado una ranura para introducir las monedas. Cada seis meses procedía al recuento de las piezas de cobre acumuladas y las reemplazaba por otras de plata. Después de haber puesto en práctica ese sistema a lo largo de muchos años, había logrado reunir algo más de cuarenta rublos. Así pues, estaba en posesión de la mitad de la suma. Pero ¿cómo procurarse la otra mitad? Después de darle muchas vueltas, Akaki Akákievich llegó a la conclusión de que debía reducir los gastos ordinarios, al menos durante un año, es decir, renunciar al té de la tarde, no encender velas por la noche, y, en caso de que tuviera que ocuparse de algún trabajo, pasar a la habitación de la patrona; también sería preciso caminar por adoquines y baldosas con el mayor cuidado y precaución, casi de puntillas, para no desgastar las suelas antes de tiempo, así como recurrir lo menos posible a los servicios de la lavandera y, para evitar que se le ensuciara la ropa, quitársela nada más llegar a casa, poniéndose en su lugar una bata de fustán tan vieja que hasta el tiempo se había compadecido de ella. A decir verdad, al principio le resultó difícil habituarse a esas privaciones, pero, con el paso del tiempo, acabó resignándose y sobrellevando su suerte con dignidad; hasta se habituó a pasarse sin cenar, aunque es verdad que no carecía de alimento espiritual, pues el pensamiento de su futuro capote no le abandonaba ni de día ni de noche. A partir de entonces su existencia pareció volverse más plena, como si se hubiera casado o gozara de la cercanía de otra persona; como si no estuviera solo, sino arropado por una compañera amable que hubiera decidido recorrer a su lado el camino de la vida.
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El domingo siguiente, cuando vio de lejos que la mujer de Petróvich salía de casa, se fue derecho a la habitación del sastre. Como era de esperar, después de la noche del sábado, lo encontró muerto de sueño, con la cabeza caída sobre el pecho y el ojo más torcido de lo normal. Pero en cuanto se enteró de lo que se trataba, fue como si el demonio se le metiera en el cuerpo. «Imposible dijo. Tiene que encargarse uno nuevo». Akaki Akákievich le entregó entonces los diez kopeks. «Muchas gracias, señor, me tomaré una copita a su salud dijo Petróvich. En cuanto al capote, no le dé más vueltas: no sirve para nada. Le voy a hacer uno nuevo que le va a quedar como un guante. Le doy mi palabra».
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Akaki Akákievich quiso referirse de nuevo al arreglo, pero Petróvich, sin escucharle, prosiguió: «Le haré uno nuevo sin falta, cuente con ello. Será un trabajo de primera. Y, si quiere ir a la moda, le pondré en el cuello unas hebillas de plata».
En ese momento se convenció Akaki Akákievich de que no podía pasarse sin un capote nuevo, y todas las fuerzas le abandonaron. En cualquier caso, ¿de dónde iba a sacar el dinero necesario? Desde luego, podía contar con el aguinaldo que le darían las próximas fiestas, pero esa suma la tenía ya asignada y destinada a otros fines. Debía comprarse unos pantalones nuevos, pagar al zapatero unas punteras que le había puesto hacía tiempo a unas botas viejas; además, era preciso encargarle a la costurera tres camisas y dos de esas prendas cuyo nombre sería indecoroso imprimir en letras de molde; en definitiva, había dispuesto ya de todo ese dinero.
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Al oír la palabra «nuevo» a Akaki Akákievich se le nubló la vista, y todos los objetos que había en la habitación parecieron cubrirse de una suerte de bruma. Solo distinguía con claridad al general de la tabaquera de Petróvich, con el pedazo de papel tapándole la cara.
¿Nuevo dices? exclamó como en sueños. ¿Y de dónde voy a sacar el dinero?
Sí, nuevo repitió Petróvich con despiadada serenidad.
Y, en caso de que me hiciera uno nuevo, cuánto
¿Te refieres a cuánto costaría?
Sí.
Ciento cincuenta rublos como mínimo aclaró Petróvich, apretando con fuerza los labios. Era muy aficionado a los golpes de efecto y le encantaba dejar desconcertada a la gente para luego mirar de soslayo la cara de susto que ponía al escuchar sus palabras.
¡Ciento cincuenta rublos por un capote! gritó el desdichado Akaki Akákievich. Probablemente era la primera vez en su vida que gritaba, pues nunca le había levantado la voz a nadie.
Sí dijo Petróvich, y eso dependiendo del capote. Si lo quieres con cuello de marta y capuchón con forro de seda, subiría a doscientos.
Por el amor de Dios, Petróvich suplicó Akaki Akákievich, tratando de no prestar atención a las palabras y golpes de efecto de Petróvich. Arréglalo como sea para que pueda usarlo un poco más.
No, no merece la pena. Sería trabajar en balde y tirar el dinero dijo Petróvich.
Al escuchar esas palabras, Akaki Akákievich se quedó completamente anonadado.
Una vez solo, Petróvich pasó un buen rato de pie, los labios apretados con fuerza, sin retomar su labor, muy satisfecho de haber salvaguardado su honor y haber defendido el buen nombre de su oficio.
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En verdad, no habría mucho que decir de ese sastre, pero como se ha convertido ya en costumbre no dejar sin delinear el carácter de cualquier personaje de ficción, no queda otro remedio que ponernos manos a la obra con el Petróvich de marras. Al principio, cuando era siervo de cierto señor, se llamaba Grigori a secas. No se convirtió en Petróvich hasta que obtuvo la libertad y empezó a emborracharse, primero con ocasión de fiestas señaladas, después en todas las que estaban marcadas con una cruz en el calendario. En ese particular, seguía fiel a las costumbres de sus abuelos.
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Al llegar a casa, lo examinó con mayor detenimiento y descubrió que en dos o tres lugares, precisamente en la espalda y en los hombros, el paño se había vuelto no menos ligero que una gasa; tan gastado estaba que se veía al trasluz; en cuanto al forro, apenas quedaban trazas. Conviene saber que el capote de Akaki Akákievich también era objeto de las burlas de sus compañeros; hasta le habían privado del noble nombre de capote y lo denominaban bata. En realidad, tenía un aspecto bastante extraño: el cuello menguaba de año en año, pues le servía para remendar otras partes. Esos remiendos, que no hacían honor a la habilidad del sastre, daban a la prenda un aire tosco y desmañado. Haciéndose cargo de la situación, Akaki Akákievich decidió llevar el capote a casa del sastre Petróvich, que vivía en un cuarto piso interior.
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Cuando el cielo gris de San Petersburgo se oscurece por completo y toda la ralea oficinesca se ha llenado el estómago, cada cual según sus medios y gustos particulares; cuando todos descansan ya del trajín de los despachos, con su crujir de plumas, idas y venidas, acuciantes ocupaciones propias y ajenas y cuantas obligaciones se impone a veces un trabajador infatigable, en ocasiones sin necesidad; cuando consagran al placer el resto del día unos, los más emprendedores, asistiendo al teatro; otros, saliendo a la calle para contemplar ciertos sombreritos; otros, acudiendo a una velada para prodigar cumplidos a una bonita muchacha, estrella de un pequeño círculo de empleados; otros, y estos son los más numerosos, encaminándose a casa de un compañero, que vive en un tercero o un cuarto piso, en dos pequeñas habitaciones con vestíbulo o cocina, en las que destaca una lámpara o algún otro objeto que denota cierto prurito de modernidad, comprado a costa de grandes sacrificios y renuncias a cenas y excursiones. En definitiva, incluso en esas horas en que todos los funcionarios se dispersan por los minúsculos alojamientos de sus amigos para echar una ruidosa partida de whist y tomar unos cuantos vasos de té acompañados de galletas de a kopek, al tiempo que dan chupadas a sus largas pipas y cuentan, mientras reparten, algún chisme relativo a la alta sociedad, actividad a la que ningún ruso, sea cual sea su condición, puede renunciar, o, a falta de otro tema mejor, repiten la consabida anécdota del comandante a quien vinieron a decirle que alguien había cortado la cola al caballo de la estatua de Pedro el Grande, obra de Falconet; en resumidas cuentas, incluso en esas horas en que todo el mundo procura divertirse, Akaki Akákievich no se permitía la menor distracción. Nadie podía afirmar que lo había visto nunca en una velada. Una vez aplacado su deseo de escribir, se iba a la cama con una sonrisa en los labios, paladeando por anticipado las alegrías del día siguiente: ¿Qué documentos le confiaría Dios para que copiara? Así transcurría la pacífica existencia de un individuo que, con un sueldo de cuatrocientos rublos al año, se sentía satisfecho de su destino; y es probable que hubiera alcanzado una edad provecta de no estar sembrado de toda suerte de calamidades el camino no solo de los consejeros titulares, sino incluso de los consejeros secretos, efectivos, áulicos y de todo tipo, incluso de aquellos que no dan ni solicitan consejo de nadie.
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No se preocupaba lo más mínimo de su indumentaria. Su uniforme ya no era verde, sino de una tonalidad entre rojiza y harinosa. Gastaba un cuello estrecho y bajo, de tal manera que el pescuezo, a pesar de que era corto, sobresalía y parecía inusitadamente largo, como el de esos gatos de escayola y cabeza flexible que portan por docenas esos pretendidos buhoneros extranjeros. Y siempre llevaba algo pegado a la levita, una brizna de heno o una hilacha; además, tenía una habilidad especial para pasar por debajo de una ventana en el preciso instante en que arrojaban cualquier inmundicia; en suma, siempre lucía en el sombrero una cáscara de melón o de sandía o alguna otra porquería por el estilo. Ni una sola vez en su vida prestó atención al ajetreo diario de las calles, espectáculo que tanto atraía a sus jóvenes colegas, capaces de reparar, con su mirada penetrante y atrevida, en un transeúnte con la trabilla descosida, aunque fuera por la acera de enfrente, novedad que siempre acogían con una sonrisa maliciosa en los labios.
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Solo cuando las bromas iban demasiado lejos, cuando le daban un golpe en el codo y le impedían proseguir con su labor, exclamaba: «¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?». Y había algo extraño en sus palabras y en el tono de voz con que las pronunciaba, algo que inducía a la compasión, de suerte que un joven que acababa de ingresar en el servicio y que, siguiendo el ejemplo de sus compañeros, se había permitido gastarle una broma, se detuvo de pronto, como petrificado. Desde entonces todo pareció mudar y cambiar de aspecto a su alrededor. Una fuerza sobrenatural le apartó de sus compañeros, a quienes había considerado personas educadas y respetables. Y durante mucho tiempo, en los momentos de mayor alegría, se le aparecía la imagen de ese pequeño funcionario, con entradas en la frente, y oía sus penetrantes palabras: «¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?», en las que resonaban estas otras: «¡Soy tu hermano!». Entonces, el desdichado joven se tapaba la cara con la mano. Y más de una vez, a lo largo de su vida, se estremeció al comprobar cuánta inhumanidad hay en el hombre, cuánta grosera ferocidad se oculta en los modales más refinados e irreprochables, incluso, ¡Dios mío!, en personas con fama de honradas y nobles
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No hay gente más susceptible que los funcionarios, oficiales, oficinistas y, en general, todos los servidores públicos. En los tiempos que corren, cada particular considera que si se toca a su persona se ofende al conjunto de la sociedad. Corre el rumor de que hace poco un capitán de policía de no sé qué ciudad presentó un informe en el que exponía sin ambages que se estaba perdiendo el respeto a las leyes y que hasta su venerable título se pronunciaba sin ninguna consideración. Y como prueba adjuntaba una voluminosísima obra de corte novelesco en la que, cada diez páginas, aparecía un capitán de policía, a veces en un estado de completa embriaguez.
El capote - Nikolái Gógol
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