jueves, 31 de diciembre de 2015

Le parece que siempre ha visto eso: que lo que destruye a la Iglesia no es el esfuerzo de los que tratan a tientas de entrar en ella o de salir de ella, sino los profesionales que la controlan y que han quitado las campanas de los campanarios. Le parece ver los campanarios, innumerables, desordenados, vacíos, simbólicos, helados, apuntando hacia el cielo, no en señal de éxtasis ni de pasión, sino de abjuración, de amenaza, de maldición. Le parece ver todas las iglesias del mundo como una muralla, como una de esas barricadas de la Edad Media, erizadas de estacas, muertas y puntiagudas; como una muralla alzada contra la verdad y contra esa paz, tan abierta al pecado como al perdón, que es la vida del hombre.

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Pero no lo comprendía exactamente, aunque creyese que se había equivocado y que era ella quien tenía razón. Por eso cuando, al año siguiente, ella le habló repentinamente de matrimonio, de evasión, empleando esas mismas palabras, Hightower ni se sorprendió ni se sintió herido. Se conformó con pensar, tranquilamente: «Entonces, el amor es eso. Ya entiendo. Otro punto en el que me equivocaba», pensando, como ya había pensado, como pensaría después, como todos los hombres han pensado: qué falso puede ser el más profundo de todos los libros cuando se pretende aplicarlo a la vida.

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Cuando estuvo persuadido de que tenía verdadera vocación, le pareció que ya podía ver su futura existencia, su vida intacta, completa e inviolable en todos sus lados, como un jarrón clásico y sereno donde el espíritu podría renacer al abrigo de las espantosas tormentas de la vida, renacer en la paz, oyendo el lejano rumor del viento, y morir así, no dejando más que un puñado de ceniza podrida de la que los hombres podrían disponer.

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El hijo ya era antiesclavista antes de la época en que esta opinión viniese del norte en forma de palabra. Sin embargo, cuando supo que los republicanos tenían una palabra para designar ese sentimiento, cambió el nombre de su convicción sin renunciar a ninguno de sus principios ni cambiar un ápice de su conducta. Por aquella época (aún no había cumplido los treinta años), era un hombre de una sobriedad espartana que no correspondía a su edad, como les suele suceder a los hijos de los que han usado con desenvoltura de la suerte y de la botella. A eso se debió, quizás, que no tuviera un hijo hasta que concluyó la guerra, de la que volvió muy transformado, «desinfectado» en cierto modo de su santidad, como habría dicho su difunto padre.

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Y la carga que asumía y que habría de llevar era tan brillante, tan liviana y tan marcial como el cobre de sus insignias. Una fe sublime e implícita en el valor físico y en la obediencia ciega, en la convicción de que la raza blanca es superior a todas las demás razas, y de que la raza americana es superior a todas las demás razas blancas, y de que el uniforme americano es superior a todos los hombres, y de que lo único que se le exigiría en pago de su creencia, de ese privilegio, sería su propia vida. En cada fiesta nacional que tuviera algún aspecto bélico, se ponía su uniforme de capitán y bajaba al centro de la ciudad. Y los que le veían recordaban aún aquel día de la pelea con el veterano, mientras él, resplandeciente, con la insignia de tirador (era buen tirador) y sus galones, grave, erguido, se paseaba entre los civiles con el aire entre belicoso y embarazado de un muchacho orgulloso.

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Una semana antes no habría estado allí, donde todo el mundo podía verlo, reconocerlo acaso: Byron Bunch, el que ha binado la cosecha de otro sin compartirla a medias. El individuo que ha cuidado de la puta de otro mientras ese otro se dedicaba a ganar mil dólares. Y todo ello para nada. Byron Bunch, que ha velado por la reputación de la mujer, cuando la mujer que tenía esa reputación y el hombre a quien se la confió apenas se habían preocupado por ella. Byron Bunch, que ha procurado que el bastardo de ese tipo nazca en paz y tranquilamente y a su costa, y que, por todo pago, ha oído al niño gritar una sola vez. Byron Bunch, que, a cambio, ha sido admitido para conducir hasta la mujer al otro individuo tan pronto como éste haya cobrado los mil dólares y Byron Bunch ya no sea necesario, Byron Bunch «Y ahora, ya puedo irme», pensó. Y comenzó a respirar profundamente, y se sintió a sí mismo respirando profundamente como si, cada vez que respiraba, tuviera miedo de que sus pulmones no pudieran aspirar bastante aire en la próxima inspiración, como si temiese que iba a suceder algo terrible, como si pudiese mirarse siempre a sí mismo, mirar su pecho sin ver en él ningún movimiento. Así, como cuando la dinamita se prepara para el ahora, Ahora, AHORA, sin que cambie la forma exterior del cartucho. Y la gente que pasaba no podía advertir ningún cambio. Seguía siendo el hombre humilde a quien nadie miraría nunca dos veces, de quien nadie sospecharía nunca que había hecho lo que hizo, que había sentido lo que sintió, el hombre humilde que había creído que allí, solo en el aserradero, un sábado por la tarde, no corría ningún peligro de hacer daño.

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—Aléjelo, hija mía. Probablemente no tiene usted ni la mitad de los años que él, pero ha vivido dos veces más que él. Y no la alcanzará nunca, porque ha perdido demasiado tiempo. Y también eso, su nada, es tan irremediable como el todo de usted. Él no puede volver atrás y hacer, como tampoco usted puede volver atrás y deshacer. Usted ha tenido un hijo que no es de él, que es de un hombre que no es él. Introducirá usted, por fuerza, en su vida a dos hombres y solamente el tercio de una mujer. Y él merece, por lo menos, que la nada en que vive desde hace treinta y cinco años sea violada (si tiene que ser violada) sin la presencia de los testigos. Aléjelo.
—No soy yo la que tiene que hacerlo. Él es libre. Dígaselo. Yo nunca he hecho nada para retenerlo.

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No podía hallar la palabra «partera» que sabía que Hightower habría empleado. «Me parece que ya no necesito saberlo», pensó; «un hombre que corre hacia un fusil o que se aleja de él no tiene tiempo de preguntarse si la palabra que sirve para designar lo que hace es valor o cobardía».

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Después, cuando llegó el momento, Milly me despertó una noche y me dijo que ya había empezado. Y yo me vestí y le dije a Eupheus que fuera en busca de un médico y Eupheus se vistió y salió. Yo lo tenía todo preparado, y esperamos. Y pasó la hora en que el médico y Eupheus deberían haber llegado y ni siquiera había llegado Eupheus. Pero seguí esperando, creyendo que el doctor no podía tardar y salí a la puerta del porche para mirar, y vi a Eupheus allí sentado, en el último escalón, con la escopeta cruzada en las rodillas y me dijo: “Vuélvete a casa, madre de puta”. Yo le dije “¡Eupheus!”. Y Eupheus levantó la escopeta y dijo: “Vuélvete a casa. Que el diablo recoja su propia cosecha; fue él quien la sembró”. Yo intenté salir por la puerta trasera, pero Eupheus me oyó, dio la vuelta a la casa con su escopeta y me golpeó con el cañón, y yo volví al lado de Milly. Eupheus se quedó en la puerta del corredor, mirando a Milly hasta que Milly murió.

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Y cuando se calla Byron, la mujer rompe instantáneamente a hablar, como si hubiera estado esperando, con tensa impaciencia, a que Byron se callara. Habla en el mismo tono muerto y monótono. Las dos voces son como estrofas y antiestrofas, dos voces sin cuerpo que relatan, como en sueños, algo realizado en un país sin dimensiones por seres inmateriales.

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Y sin embargo, incluso entonces, la música, como toda música protestante, sigue teniendo algo de severa, de implacable, de terminante. Las ondas sonoras, con más de inmolación que de pasión, solicitan, imploran la negación del amor, la negación de la vida, prohíben el amor, y la vida a los demás, reclaman la muerte, como si la muerte fuese el mayor de los bienes. Es como si, tras haber sido formados por aquello mismo que la música alaba y simboliza, los que lo aceptan y entonan sus alabanzas se sirviesen de estas mismas alabanzas para vengarse de lo que les ha hecho lo que son. Al escuchar esa música, a Hightower le parece percibir la apoteosis de su propia historia, de su propio país, de su propia sangre, de aquellas gentes de las que él ha salido y entre las cuales vive y que nunca pueden gozar de un placer o sufrir por una catástrofe, ni evitarlos tampoco, sin comenzar a discutir sobre ellos. Placer, éxtasis: esas gentes parecen incapaces de soportarlos. Y para evadirse de ellos sólo conocen la violencia, la embriaguez, las batallas, la oración. Y para las catástrofes lo mismo: una violencia idéntica y, al parecer, inevitable Y en esas condiciones, ¿por qué no les empujará la religión a crucificarse a sí mismos, a crucificarse mutuamente? piensa. Hightower cree oír en la música la declaración, la dedicatoria de ese acto que ellos saben que mañana tendrán que realizar.

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No sabían lo que el viejo tenía, ni por qué se había puesto de aquel modo después que atraparon al negro, y, bueno, que estaban seguros de que se repondría enseguida. Pero resulta que, media hora después, estaba otra vez en la ciudad. Ahora sí que parecía un loco de atar. Se plantó en una esquina de la plaza, insultando a todos los que pasaban, llamándoles cobardes porque no querían sacar al negro de la cárcel para colgarle; así, sin más, ni Jefferson ni nada. Tenía una cara de loco, como alguien que se ha escapado de un manicomio y que sabe que le queda muy poco tiempo antes de que le vuelvan a encerrar. Algunos decían que, en otros tiempos, fue predicador.

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Va y viene por entre la gente, y la gente se cruza con él una docena de veces sin reconocerle hasta el momento en que Halliday le ve, corre tras él y le sujeta diciéndole: “¿No se llama usted Christmas?”. Y el negro dice que sí. No trata de negarlo. No trata de hacer nada… No se comportó nunca como un blanco, ni como un negro. Así fue, ya ven. Y eso fue lo que puso tan furiosa a la gente. Imagínense: un asesino que se pasea por la ciudad, bien trajeado, como desafiando a todo el mundo, cuando tendría que haber estado huyendo, vagando por los bosques, intentando esconderse, sucio y lleno de lodo. Parecía como si ni siquiera él supiese que era un asesino, y menos aún un negro.

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Asimismo, algo más tarde, cuando la ciudad supo que Hines recorría a pie el condado para organizar mítines en las iglesias negras, cuando la ciudad advirtió que, de vez en cuando, unas negras, que llevaban lo que no podía ser otra cosa que vituallas, entraban por detrás de la casa en que la pareja vivía y salían luego con las manos vacías, también se asombró durante algún tiempo y dejó luego de pensar en ello. Como Hines era viejo e inofensivo, la ciudad acabó por olvidar, por disculpar lo que habría censurado si se tratase de un hombre joven. Se limitaba a decir: «Están locos, cuando se trata de negros se vuelven locos. Quizás son yanquis». Y no se habló más de ellos. Por lo demás, lo que la ciudad perdonaba no era, tal vez, la consagración de Hines a la salvación de los negros, sino la ignorancia pública del hecho de que el hombre recibiera la caridad de los negros, pues una de las más felices facultades de la mente humana es la de poder ignorar lo que la conciencia se niega a asimilar.

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Es la aurora, la luz del amanecer, ese instante gris y solitario lleno de suave despertar de los pájaros. El aire que respira es como el agua de un manantial. Christmas respira lenta y profundamente, y siente que, con cada aspiración, se disuelve en la grisalla neutra, se funde con esta soledad y con esta quietud que nunca han conocido la rabia y la desesperación. «Eso es lo que quería —piensa, con un asombro tranquilo y sosegado—. Eso es lo que he querido durante treinta años. No me parece mucho pedir, en treinta años».

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—Entonces, ¿qué cree usted que debemos… que debo hacer? ¿Qué me aconseja usted?
—Que se vaya, que deje Jefferson.
Se miran.
—No —dice Hightower—, usted no necesita que yo le ayude. Le está ayudando alguien mucho más fuerte que yo.
Byron se queda callado un momento. Se miran fijamente.
—¿Quién me está ayudando?
—El diablo —dice Hightower.

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Pero allí no había nadie. La mujer había llevado una vida tan tranquila, tan ocupada en sus propios asuntos, que legaba a la ciudad en la que había nacido, en la que había vivido y en la que había muerto como una extranjera, una especie de herencia de asombro y de ultraje que no le perdonarían nunca y por culpa de la cual nunca la dejarían gozar en paz de la muerte, aunque les hubiese ofrecido, para terminar, una gran fiesta emocional, casi una orgía romana. Eso sí que no. La paz no se obtiene así como así. Y por esa razón se reunían, se empujaban, creyendo en que las llamas, la sangre, el cuerpo que había muerto tres años antes y que empezaba a vivir de nuevo, clamaban venganza. Ignoraban que la furia de las llamas y la inmovilidad del cadáver no eran más que las afirmaciones de un límite alcanzado, más allá del cual los hombres no pueden infligir ni heridas ni dolor.

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Christmas sabía que aquel hombre era un imbécil, pero al principio pensó: «En fin, tendrá que pensar por su cuenta». Fue más tarde cuando se dijo: «Ahora sé que lo que convierte en imbécil a un hombre es su incapacidad para seguir los buenos consejos que se da a sí mismo». Se asoció con Brown porque Brown no era del país, porque era activo, alegre y sin escrúpulos, porque era probable que no pecase por exceso de valor. Pues Christmas sabía que, en manos de un hombre razonable, hasta un cobarde puede, dentro de los límites de sus facultades, prestar a veces unos servicios apreciables para todo el mundo, excepto para él mismo.

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Pero en aquella época no se veía obligado a pensar en ella durante el día y apenas lo hacía. Ahora, en cambio, no podía evitarlo. La tenía en la memoria tan constantemente que le parecía verla, esperando allá, en la casa, paciente, inevitable y loca. En el transcurso del primer período, Christmas era como un hombre que, a la intemperie en una tierra cubierta de nieve, se esforzara en entrar en una casa; en el segundo período estaba en el fondo de un abismo, en unas tinieblas ardientes y salvajes; ahora se encontraba en medio de una llanura en la que no había casas, ni siquiera nieve, ni siquiera viento.
Empezaba a tener miedo; él, cuyos sentimientos hasta entonces sólo habían sido asombro, presentimiento acaso y fatalidad.

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Con el tiempo, cuando la novedad de aquel segundo período estuvo saciada hasta llegar a convertirse en una costumbre, Christmas se solía quedar en la puerta de la cocina, con la mirada perdida más allá del crepúsculo, y veía, quizá como un presagio, como un presentimiento, la calle salvaje y solitaria que él había elegido voluntariamente y que le aguardaba, pensando Mi vida no es esto. Yo no pertenezco a este mundo.

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—Por aquí nos odiaban. Éramos extranjeros, éramos yanquis. Peores que extranjeros, unos enemigos, gentes del Norte. Y la Guerra Civil era todavía tan reciente que los que fueron vencidos no habían recobrado aún su sentido común. Consideraban que veníamos a incitar a los negros al asesinato y a la violación, y que éramos un peligro para la supremacía de los blancos. Así que yo supongo que el coronel Sartoris fue considerado como un héroe municipal porque había matado de dos tiros a un viejo manco y a un muchacho que aún no tenía la edad de votar. Quizás tenían razón. No lo sé.
—¡Oh! —dijo Christmas—. ¿Habrían sido capaces de hacer eso? ¿Desenterrarlos después de haberlos matado, cuando ya estaban muertos? Entonces, ¿cuándo dejarán de odiarse los hombres de razas diferentes?

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¡Ya te enseñaré yo a escaparte de casa!». La correa se abatió por dos veces sobre los hombros de Nathaniel. Cayó dos veces antes de que los dos hombres se abrazaran.
En cierto sentido, era como un juego; una especie de juego mortal, mitad en serio, mitad en broma, el juego entre dos leones, que lo mismo habría podido dejar marcas que no dejarlas. Estaban allí, de pie, cara contra cara, pecho contra pecho: el viejo entrecano, con su rostro demacrado y sus ojos claros de Nueva Inglaterra, diferente en todos los aspectos del muchacho de nariz aguileña y de dientes blancos que su sonrisa descubría.

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Burden comenzó a leer al niño, en español, páginas del libro que había traído consigo de California. Y durante el curso de misticismo, interpolaba en las bellas sonoridades extrañas unas austeras disertaciones improvisadas, compuestas en parte con la lógica terrible y helada que le había enseñado su padre en el transcurso de los interminables domingos de Nueva Inglaterra, y en parte con las llamas infernales inmediatas y con tangibles lluvias de azufre que causarían envidia a cualquier pastor metodista que fuese predicando a través de los campos.

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Y cuando entraba en la casa por la noche, lo hacía del mismo modo que cuando entró la primera noche. Hasta cuando subía a la alcoba en la que ella le esperaba, tenía la sensación de ser un ladrón, un ratero. Incluso después de un año, parecía entrar siempre por sorpresa para quitarle su virginidad. Era como si, en cada retorno a las tinieblas, se viese ante la necesidad de quitar lo que ya había quitado… o lo que nunca había quitado ni quitaría nunca.

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Por fin logró abrir la puerta, y salió, y cerró la puerta tras él, discutiendo aún con su cuerpo, que se resistía al esfuerzo de cerrar la puerta y al que tuvo que forzar para que la cerrase sobre la casa vacía donde las dos luces brillaban, muertas y fijas, sin saber, sin inquietarse porque la casa estuviese vacía, tan indiferentes al silencio y a la desolación como lo estaban antes a las noches sórdidas y brutales, a las viejas copas siempre en movimiento, a las viejas camas siempre ocupadas. Su cuerpo obedecía mejor, se iba haciendo más dócil. Joe abandonó el porche sombrío, entró en el claro de luna y, con la cabeza sangrante y el estómago vacío, ardiente, salvaje y valiente por el efecto del whisky, se adentró en aquella calle que no iba a volver a ver hasta quince años después.

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El viejo y vigoroso caballo, criado en la granja, regresó a casa con un trote lento y regular. Sobre su lomo, el muchacho se sostenía casi sin peso, ligeramente balanceado, inclinado hacia delante, quizás exultante en aquel momento, como Fausto, ante la idea de haber dejado tras él, de una vez y para siempre, el No Harás Eso, ante la idea de sentirse al fin libre del hombre y de la ley. Con el movimiento se desprendía el olor del sudor del caballo, un olor dulzón, agrio, sulfúrico. El invisible viento pasaba. Joe gritó:
—¡Ya está! ¡Ya lo hice! ¡Les había dicho que lo haría!

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Estaba en la cama junto a la señora McEachern, a la que creía dormida, y pensaba rápidamente, intensamente. «El traje ha sido usado. Pero ¿cuándo? Durante el día no ha podido ser, porque nunca le pierdo de vista, salvo el sábado por la tarde. Pero cualquier sábado por la tarde ha podido ir al establo, quitarse la ropa que yo le hago llevar, esconderla y endosarse el traje que no necesitaría ponerse si no tratase de añadir algo a sus pecados.» Era como si ya lo supiese, como si se lo hubiesen dicho. Todo parecía indicar que aquella ropa era usada en secreto y, muy probablemente, por la noche. Y, en ese caso, se negaba a admitir que el muchacho pudiese tener otro propósito que el de la lujuria. McEachern no había caído nunca en la lujuria, y siempre se negó a escuchar a los que hablaban de ella.

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—Te estoy observando desde hace tiempo. Y ahora, o debo dudar de mis propios ojos o creer que por fin comienzas a aceptar lo que el Señor ha tenido a bien concederte. Pero no quiero que mis felicitaciones te produzcan ideas de orgullo. Todavía tendrás tiempo y ocasión (e inclinación también, sin ninguna duda) de hacer que me arrepienta de haber hablado así. De volver a caer en la holgazanería y en la ociosidad. Sin embargo, la recompensa ha sido creada para el hombre, lo mismo que el castigo. ¿Ves aquella becerra? Desde hoy, es tuya. Procura que no tenga que lamentar el habértela dado.

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Ninguno de aquellos hombres iba vestido con mono de campesino, y todos llevaban sombrero, y sus caras eran muy parecidas: ni jóvenes ni viejos, ni campesinos ni gente de ciudad. Tenían el aire de las personas que acababan de descender del tren y que mañana ya se habían ido, de las personas que no tienen dirección.

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Cuando el muchacho se metió en la cama aquella noche, estaba decidido a huir. Se sentía como un águila, duro, suficiente, poderoso, sin remordimientos y lleno de vigor. Pero aquello no duró mucho tiempo, aunque ignoraba entonces que, para él como para el águila, su propia carne y el espacio entero nunca serían más que una jaula.

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—Nuestra casa —dijo.
El niño no dijo nada. El hombre bajó los ojos hacia él. También se había arropado contra el frío y se alzaba, fornido, macizo, informe, con algo de roca, indomable, más insensible que severo.
—Digo que ya estamos en casa.
El niño no respondió. Como nunca había tenido casa, no podía hablar de ello. Y era todavía demasiado joven para saber hablar sin decir nada.
—Aquí encontrarás la comida, el techo y los cuidados de dos buenos cristianos —dijo el hombre—. Y el trabajo, dentro del límite de tus fuerzas, impedirá que te comportes mal. Porque he de enseñarte enseguida que hay dos abominaciones: la pereza y el vagabundeo. Y dos virtudes: el trabajo y el temor de Dios.

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Sin embargo, podía sentir cómo le miraba el hombre a él, con una fijeza fría e intensa, aunque sin dureza intencionada. Era la misma mirada con la que habría podido examinar un caballo o un arado de ocasión, convencido de antemano de que cerraría el trato. Su forma de hablar era decidida, extraña, reflexiva: la forma de hablar de un hombre que pide ser escuchado con más silencio que atención.
—¿Y tampoco puede usted, o no quiere usted, darme alguna información sobre su familia?
La directora no le miraba. Detrás de las gafas, sus ojos parecían coagulados, al menos por algún tiempo. Se apresuró a responder, tal vez se apresuró demasiado:
—Nosotros no nos esforzamos en descubrir a las familias. Como ya le he dicho, el niño fue encontrado en los escalones, delante de la puerta, la víspera de Navidad. Hará cinco años dentro de quince días. Si usted concede tanta importancia a la cuestión de familia sería mejor que no adoptase a nadie.

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La memoria cree antes de que el conocimiento recuerde. Cree mucho más tiempo que recuerda, mucho más tiempo del que tarda el conocimiento en preguntarse. Conoce, recuerda, cree un pasillo en un largo edificio frío, arruinado, lleno de ecos, un largo edificio de ladrillos de un rojo sombrío manchados por la lluvia de más chimeneas que las suyas, construido sobre una especie de aglomerado de carbonillas sin una brizna de hierba, rodeado de fábricas humeantes y ceñido por una cerca de alambre de tres metros de altura, como una penitenciaría o un jardín zoológico. Y, allí dentro, con un piar infantil de gorriones, unos huérfanos uniformemente vestidos con tela azul surgen en visiones locas y furtivas, desaparecen, después, de la memoria, pero quedan constantemente en el conocimiento, tan constantemente como las paredes frías, las ventanas frías donde la lluvia de carbón de las chimeneas vecinas corre en regueros de lágrimas negras.

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En las tinieblas apenas empalidecidas, parecía observar su propio cuerpo. Parecía contemplar cómo se volvía lascivo, lentamente, entre aquel susurro de inmundicias del arroyo, como un cadáver ahogado en el espeso encenagamiento negro de algo que era más que agua. Con la palma de sus duras manos, se tocó, ascendió a lo largo de su vientre y de su pecho, bajo su ropa interior que sólo se mantenía en su sitio con el botón de arriba. Hubo un tiempo en que su ropa interior tenía todos los botones intactos. Una mujer se los cosía. Pero ese tiempo acabó. Luego, llegó a sustraer su ropa de la colada familiar para que aquella mujer no pudiese apoderarse de ella y reemplazar los botones que faltaban. Cuando ella se le adelantaba, se esforzaba en recordar los botones que faltaban y que habían sido reemplazados. Y, de un golpe de cortaplumas, con la decisión cruel y fría de un cirujano, separaba entonces los botones que ella acababa de coserle.

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Nada impedía que se llamase Brown. Pero, al mirarle, se comprendía que, en un momento de su vida, su propia estupidez había debido llegar al máximo, y que entonces había cambiado de nombre y elegido el de Brown con una especie de exaltación radiante, como si fuera un nombre que nadie había tenido todavía. Nadie se inquietaba por ello, y Byron creía también que nadie (por lo menos nadie que usase calzones) se preocupaba por saber de dónde venía, o adónde iba, o cuánto tiempo se quedaría allí. Porque poco importaban el sitio de donde venía, los lugares en los que había vivido; se sabía que vivía por el país exactamente igual que un saltamontes. Se tenía la impresión de que hacía esto desde hacía tanto tiempo que su cuerpo se había dispersado, desparramado, y que, ahora, sólo quedaba de él una concha transparente e ingrávida que el primer viento que llegase enviaría a mariposear sin objeto en el olvido.

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No tenía el aspecto de un vagabundo profesional con ropa profesional, pero había en él algo de desarraigado, como si no perteneciera a ninguna ciudad, como si no tuviese una calle, una pared, una pulgada de terreno de los que se pudiese decir que eran su casa. Y era como si llevase constantemente consigo todo lo que sabía, del mismo modo que se lleva una bandera; con algo de cruel, de solitario, de altanero. «Como si atravesase una racha de mala suerte que esperaba que se acabase pronto, sin importarle un ápice la manera de salir de ella», dijeron los hombres después.

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En la época en que llegó Lena, no vivían allí más de cinco familias. Había una vía férrea y una estación por la que, una vez al día, pasaba un rugiente tren mixto. Se le podía detener con una bandera roja, pero casi siempre salía de las taladas colinas súbitamente, como una aparición, y, gimiendo igual que un alma en pena, cruzaba aquel modesto embrión de aldea, la perla olvidada de un collar roto

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El hermano trabajaba en el aserradero. Todos los hombres del pueblo trabajaban en el aserradero o para él. Serraban abetos. Hacía siete años que el aserradero estaba allí y, dentro de otros siete, toda la región se encontraría talada. Entonces, una parte de la maquinaria y la mayoría de los hombres que la hacían funcionar, y que sólo existían para ella o a causa de ella, serían cargados en vagones de mercancías y transportados a otro lugar. Pero, como podían comprarse a plazos las piezas de recambio, una parte del material se quedaría allí: grandes ruedas inmóviles, descarnadas, mirando al cielo con un aire de profundo asombro, entre pedazos de ladrillo y zarzas enmarañadas; calderas calcinadas, alzando con gesto testarudo, sorprendido y cansado unos tubos que ya no humeaban y que se enmohecían en medio de un paisaje erizado de tocones de árboles, un paisaje de desolación, tranquilo, apacible, inculto, tierra convertida en erial donde, lentamente, unos arroyos estancados y rojizos se iban ahondando con las largas lluvias tranquilas del otoño y con el furor galopante de los equinoccios de primavera. Y llegaría el día en el cual la aldea, que ni siquiera en los tiempos de su prosperidad figuraba en los anuarios de Correos y Telégrafos, acabaría por ser olvidada hasta por los miserables saqueadores de ocasión que derribarían los cobertizos para quemarlos a trozos en sus cocinas y, durante el invierno, en sus estufas.

Luz de agosto - William Faulkner

jueves, 24 de diciembre de 2015

—He tratado de comprender ciertas observaciones que me hizo Elijah: que la destrucción de lo que ustedes llaman el mal resulta menos justa y deseable que la conversión de este mal en lo que designan con el nombre de bien.
Hizo una pequeña pausa, como titubeando, y luego, casi sorprendido de sus propias palabras, aconsejó bíblicamente.
—Vete y no peques más.
Baley, sonriendo de repente, tomó a R. Daneel del brazo, y salieron por la puerta apoyados uno en el otro.

(...)

Baley contempló el semblante cincelado de R. Daneel con una fulgurante y repentina esperanza. Fuera lo que fuese esta criatura, por lo menos era fuerte y fiel, impulsada por un instinto que nada tenía de egoísta. ¿Qué más podía pedírsele a un amigo? Baley necesitaba un amigo, y no estaba para ponerse a cavilar sobre el hecho de que una palanca reemplazara a un vaso sanguíneo en éste que se le ofrecía.

(...)

Muchos de estos medievalistas no se acomodan. Recuerdo que una vez me indicaste, Lije, que las gentes a menudo confunden sus propias incapacidades con las de la sociedad, y buscan remedios para mejorar las ciudades porque no saben cómo beneficiarse ellas mismas.
Baley recordó, y ahora sus palabras le sonaban huecas y superficiales al oído.

(...)

Pero Jessie no parecía preocuparse por su rostro serio.
—No importa que te me presentes con aspecto de limón agrio —le confiaba—. En realidad sé que no eres así, y me imagino que si estuvieras sonriendo siempre, como yo lo hago, haríamos explosión al juntarnos. Tú sigue así, Lije, e impídeme que me vaya volando.
Y fue ella quien impidió que Lije Baley se hundiera.

(...)

Tomó su copa de ponche y le sonrió mecánicamente. Le produjo la impresión de ser una persona alegre y amigable, por lo que se quedó junto a ella. Era nuevo allí, y se sentía solitario al estar en una fiesta donde lo único que haría era observar a los grupos sin formar parte de ellos. Más tarde, cuando hubiesen ingurgitado suficiente alcohol, quizá todo iría mejor.
Mientras tanto permaneció junto a la ponchera, bebiendo a pequeños sorbos y contemplando el ir y venir de la gente.

(...)

El semblante alargado de Baley estaba encendido de rabia.
—Si te hubiesen reconocido como a un robot…
—Yo tenía la seguridad de que no.
—En todo caso, recuerda que sólo eres un simple robot, como esos dependientes en la zapatería.
—Eso es obvio.
—Y no eres un ser humano.
Baley se sentía impelido hasta la crueldad, muy en contra de su voluntad.
Al parecer, R. Daneel reflexionaba en esas palabras.
—Quizá la división entre los seres humanos y los robots —explicó— no sea tan significativa como la que existe entre la inteligencia y la no inteligencia.

(...)

A Baley le entró un escalofrío. La ciudad era la máxima perfección; pero exigía demasiado de sus habitantes. Los obligaba a vivir dentro de una rutina estricta, y ordenaba sus existencias de acuerdo con un método científico y restringido. En ciertas ocasiones, en determinadas circunstancias, estallaban las inhibiciones constreñidas.

Bóvedas de acero - Isaac Asimov

jueves, 17 de diciembre de 2015

—Perdóneme, no sé si he entendido bien su nombre… ¿Es Susan Calvin, verdad?
—Sí, señor Byerley.
—Es usted la psicóloga de la U. S. Robots, ¿verdad?
—Robopsicóloga, por favor.
—¡Ah! ¿Tan diferentes son mentalmente los robots del hombre?
—Son mundos diferentes. Los robots son esencialmente honrados —dijo con una sonrisa helada.

Yo, robot. La prueba - Isaac Asimov

El mensaje se repetía, mecánicamente, roto a intervalos regulares.
—¿De dónde viene eso? —preguntó Donovan.
—No lo sé —dijo Powell, con un susurro, impresionado—. ¿De dónde viene la luz? ¿De dónde viene todo?

Yo, robot. ¡La fuga! - Isaac Asimov

Herbie estaba acorralado contra la pared y cayó de rodillas.
—¡Basta! —gritó—. ¡Cierra tu pensamiento! ¡Está lleno de engaño, dolor y odio! ¡No quise hacerlo, te digo! ¡He tratado de ayudarte! ¡Te he dicho lo que deseabas oír! ¡Tenía que hacerlo!
La doctora no le prestaba atención.
—Debes decírselo, pero si se lo dices los hieres, de manera que no debes; pero si no lo dices los hieres también, de manera que…
Y Herbie lanzó un grito estridente…
Fue como una flauta aumentada hasta el infinito, un silbido desgarrador y penetrante que resonó en todos los ámbitos de la habitación. Y cuando se desvaneció en la nada, Herbie se había desplomado, reducido a un montón informe de inerte metal.

Yo, robot. ¡Embustero! - Isaac Asimov

—He pasado estos dos últimos días en concentrada introspección —dijo Cutie—, y los resultados han sido de lo más interesante. Empecé por un seguro aserto que consideré podía permitirme hacer. Yo, por mi parte, existo, porque pienso…
—¡Ah, por Júpiter…, un robot Descartes! —gruñó Powell.
—¿Quién es Descartes? —preguntó Donovan—. Oye, ¿es que tenemos que estar aquí sentados escuchando a este loco metálico…?
—¡Cállate, Mike!
—Y la cuestión que inmediatamente se presenta —continuó Cutie imperturbable—, es: ¿cuál es exactamente la causa de mi existencia?
Powell se quedó con la boca abierta.
—Estás diciendo tonterías. Ya te he dicho que te hicimos nosotros.
—Y si no nos crees, con gusto volveremos a hacerte pedazos —añadió Donovan.
El robot tendió sus fuertes manos con un gesto de imploración.
—No acepto nada por autoridad. Una hipótesis debe ser corroborada por la razón, de lo contrario, carece de valor; y es contrario a todos los dictados de la lógica suponer que ustedes me han hecho.

Yo, robot. Razón - Isaac Asimov

Un imponente acantilado de negra roca basáltica ocultaba la luz del sol y la profunda noche oscura de un mundo sin aire los envolvía. Delante de ellos, la sombra se extendía y terminaba como en un filo de navaja de un insoportable resplandor de luz blanca que relucía con millares de cristales sobre el suelo de roca.

Yo, robot. Sentido giratorio - Isaac Asimov

viernes, 11 de diciembre de 2015

—¡Al Señor no le interesa ni lo uno ni lo otro, hombre! ¿Cómo le iban a interesar, eh, si resulta que ya es dueño de las dos cosas? ¿Y por qué tendrá que andar de acá para allá tras las almas de los pobres hombres, de los miserables, de los que ni siquiera saben pedir a tiempo una herramienta para cambiar las tejas de Su iglesia? Eso a mí no me lo preguntes. A lo mejor es porque Él los ha creado. A lo mejor se dijo: «Yo los he creado, y no sé por qué. Pero como Yo los he creado, ¡por Dios bendito que me voy a remangar con tal de llevarlos a la gloria eterna, tanto si quieren como si no!».
Pero esto no vino al caso en ese momento, y a mí me parece que él se dio cuenta, tal como se daba cuenta de que no pasaría nada en absoluto mientras siguiera allí plantado. Así que se guardó el reloj en el chaleco e indicó a Solon y a Homer que se acercasen, y todos nos quitamos el sombrero, menos él, allí plantado de cara al sol, con los ojos cerrados, y las cejas como si fuesen una enorme oruga gris al borde de un precipicio.

Un tejado para la casa del Señor - William Faulkner

«A lo mejor ni siquiera recoge esas veinte fanegas. A lo mejor todo se suma y todo cuadra y termina por no contar: el maíz, la alfombra, el fuego; el terror y el pesar, el andar desgarrado por un lado y por otro, como si tirasen por su cuenta dos yuntas… a lo mejor desaparece todo y todo acaba de una vez por todas».

(...)

En cambio, sí acertó a oír, y oyó, durante los largos segundos que siguieron, mientras no se oyó absolutamente nada más en el reducido espacio del almacén, atestado como estaba de gente, el sonido de un respirar reposado y atento, tan quedo que fue como si se hubiera columpiado al extremo de la cuerda, en lo más alto de un barranco, sujeto a los zarcillos de una parra, y como si en el punto más elevado del arco que trazaba el columpio quedase atrapado en un detenido instante de hipnótica gravitación, ingrávido en el tiempo.

Incendiar establos - William Faulkner

jueves, 10 de diciembre de 2015

VOCES
(¡Al salir de tu casa
para la iglesia,
acuérdate que sales
como una estrella!)
MUJER (Llorando).
¡Acuérdate que sales
como una estrella!
Así salí yo de mi casa también. Que me cabía todo el campo en la boca.

(...)

MADRE
¿Sí? ¡Qué hermoso mirar! ¿Tú sabes lo que es casarse, criatura?
NOVIA (Seria).
Lo sé.
MADRE
Un hombre, unos hijos y una pared de dos varas de ancha para todo lo demás.

(...)

VECINA
Mujer, ¿qué culpa tiene Leonardo de nada? Él tenía ocho años cuando las cuestiones.
MADRE
Es verdad… Pero oigo eso de Félix y es lo mismo (Entre dientes). Félix que llenárseme de cieno la boca (Escupe). Y tengo que escupir, tengo que escupir por no matar.

(...)

VECINA
Las cosas pasan. Hace dos días trajeron al hijo de mi vecina con los brazos cortados por la máquina. (Se sienta).
MADRE
¿A Rafael?
VECINA
Sí. Y allí lo tienes. Muchas veces pienso que tu hijo y el mío están mejor donde están, dormidos, descansando, que no expuestos a quedarse inútiles.
MADRE
Calla. Todo eso son invenciones, pero no consuelos.
VECINA
¡Ay!
MADRE
¡Ay! (Pausa).

(...)

MADRE
Cien años que yo viviera, no hablaría de otra cosa. Primero tu padre, que me olía a clavel y lo disfruté tres años escasos. Luego tu hermano. ¿Y es justo y puede ser que una cosa pequeña como una pistola o una navaja pueda acabar con un hombre, que es un toro? No callaría nunca. Pasan los meses y la desesperación me pica en los ojos y hasta en las puntas del pelo.

Bodas de sangre - Federico García Lorca

viernes, 4 de diciembre de 2015

Se levantó de un salto y se puso a caminar arriba y abajo por el salón de fumadores, primero despacio, y luego cada vez más deprisa. Todos lo miramos con cierta extrañeza, pero yo advertí alarmado que sus pasos, a pesar de la vehemencia con que se movía, medían siempre el mismo espacio sobre el suelo; era como si tropezara cada vez con una barrera invisible en medio del salón vacío que le obligase a girar en redondo. Reconocí estremecido en aquel ir y venir los límites de su celda de antaño: sí, era exactamente así como durante los meses de su cautiverio debía de haberla recorrido, de acá para allá como una fiera enjaulada ante los barrotes, con las manos igualmente crispadas y los hombros encogidos;así y no de otro modo debía de haber ido y venido mil veces, con la mirada fija y febril, encendida por el relampagueo purpúreo de la locura.

(...)

Vivía como un buzo bajo la campana de cristal en el negro océano de aquel silencio; un buzo que presiente que se ha roto ya la cuerda que le unía al mundo exterior y que nunca más será rescatado de aquellas calladas profundidades. Nada que hacer, nada que oír, nada que observar; el entorno de la nada, el vacío total, sin espacio y sin tiempo. Me paseaba arriba y abajo y conmigo iban los pensamientos, arriba y abajo. Una y otra vez, arriba y abajo

(...)

No nos hacían nada, se limitaban a situarnos en el vacío más absoluto, y es bien sabido que nada en el mundo puede oprimir tanto el corazón del hombre como la nada. Recluyéndonos a cada uno de nosotros en una vacuidad total, en una habitación herméticamente aislada del mundo exterior, sustituían la presión externa de las palizas y del frío por una presión interior que finalmente habría de conseguir que despegáramos nuestros labios.

(...)

Toda mi vida me han intrigado los monomaniacos, las personas obsesionadas por una sola idea, pues cuanto más se limita uno, más se acerca por otro lado al infinito; son precisamente estos seres en apariencia fuera del mundo los que, como termitas, saben construir en su ámbito una imagen reducida del mundo, única y extravagante. No disimulé, por tanto, mi intención de examinar con lupa aquel singular espécimen de monocordia intelectual durante los doce días del viaje a Río.

Novela de ajedrez - Stefan Zweig