miércoles, 2 de agosto de 2017

De pronto le quedó claro que aquello que le atormentaba y de lo que no conseguía desembarazarse salía de una vez por todas, y lo hacía por dos lados, por diez lados, por todos los lados. Le daba pena de ellos, tenía que intentar que no sufrieran. Liberarlos y liberarse a sí mismo de esos sufrimientos. «Qué bien y qué sencillo —pensó—. ¿Y el dolor? —se preguntó—. ¿Adónde se ha ido? Eh, dolor, ¿dónde estás?».
Se quedó a la escucha.
«Sí, allí está. Bueno, que venga.»
«¿Y la muerte? ¿Dónde está?».
Buscó ese temor a la muerte que le había acompañado a lo largo de toda su vida y no lo encontró. ¿Dónde estaba? ¿Qué muerte era esa? Ya no albergaba ningún temor porque la muerte no existía.
En su lugar había surgido una luz.
—¡Entonces es así! —exclamó de pronto en voz alta—. ¡Qué alegría!
Todo sucedió en un instante, pero el significado de ese instante ya no cambió más. No obstante, para los presentes su agonía se prolongó aún dos horas. Su pecho emitía una especie de gorgoteo; su cuerpo demacrado se estremecía. Después los gorgoteos y los estertores se fueron espaciando.
—¡Ha terminado! —dijo alguien a su lado.
Él oyó esas palabras y las repitió en su alma. «La muerte ha terminado —se dijo—. Ya no existe.»
Tomó una bocanada de aire, se detuvo en mitad de la aspiración, extendió los miembros y se murió.

(...)

Se le ocurrió pensar que lo que hasta entonces había considerado una completa imposibilidad, es decir, que no había vivido como debería haberlo hecho, podía ser verdad. Y se dijo que esos leves intentos de lucha contra todo lo que la gente encumbrada consideraba bueno, que esos leves intentos de los que se había desentendido a las primeras de cambio, podían también ser verdaderos, y que todas las demás cosas podían no ser como deberían haber sido. Su trabajo, su modo de vida, su familia, los intereses mundanos y profesionales: todo eso podía no ser como debería haber sido. Trató de defender ante sí mismo cada una de esas cosas. Y de repente reparó en la fragilidad de lo que estaba defendiendo. No había nada que defender.
«Y si eso es así —se dijo— y voy a abandonar la vida con la conciencia de haber destruido todo lo que me ha sido dado, sin haber sido capaz de poner remedio a nada, ¿qué será de mí?». Se echó de espaldas y se puso a repasar toda su vida de modo completamente distinto. Esa mañana, cuando vio al criado, y después a su mujer y a su hija, y más tarde al médico, cada uno de los gestos y palabras de esas personas le habían confirmado la terrible verdad que se le había revelado en el transcurso de la noche. En ellos se veía a sí mismo, veía todo aquello por lo que había vivido, y se daba perfecta cuenta de que nada había sido como habría debido ser, de que todo había sido un engaño gigantesco y espantoso que le había ocultado tanto la vida como la muerte. Esa conciencia aumentaba, decuplicaba sus sufrimientos físicos. Gemía, se debatía, se arrancaba la ropa. Tenía la impresión de que algo le sofocaba y le oprimía. Y también por eso los odiaba a todos.

(...)

El matrimonio… tan imprevisto y tan decepcionante, y el mal aliento de su mujer, y la sensualidad y la hipocresía. Y esa labor estéril, y las preocupaciones por el dinero, y así un año, dos, diez, veinte: siempre lo mismo. Y cuanto más se acercaba al presente, más muerto le parecía todo. Como si hubiese estado bajando todo el tiempo por una montaña figurándose que estaba subiendo. Así había sido. Según la opinión ajena había estado subiendo, pero en realidad la vida se le había escapado un día y otro bajo los pies… Y ya estaba todo hecho. ¡Solo le quedaba morir!
Pero ¿qué había pasado? ¿Por qué? No podía ser. No podía ser que la vida fuera tan absurda y repugnante. Y si en verdad era tan absurda y repugnante, ¿por qué morir, y además sufriendo? Había algo que no cuadraba.
«¿Cabe la posibilidad de que no haya vivido como debería haberlo hecho? —Se le pasó de pronto por la cabeza—. Pero ¿cómo es posible? Si he hecho siempre lo que correspondía en cada momento», se dijo, rechazando sin más la única solución al enigma de la vida y de la muerte, como si fuera algo completamente imposible.

(...)

—¿Qué es lo que quieres? —Fue la primera noción clara, capaz de expresarse en palabras, que oyó—. ¿Qué es lo que necesitas? ¿Qué es lo que necesitas? —se repitió—. ¿Qué? No sufrir. Vivir —respondió.
Y de nuevo se sumió en tal estado de concentración que ni siquiera el dolor consiguió distraerle.
—¿Vivir? Pero ¿cómo? —preguntó la voz de su alma.
—Sí, vivir como he vivido antes: de un modo agradable y placentero.
—¿Y es que antes vivías de un modo agradable y placentero? —preguntó la voz.
E Iván Ilich se puso a repasar con la imaginación los mejores momentos de su placentera vida. Pero, por extraño que pueda parecer, tales momentos se le antojaban ahora completamente distintos de lo que había juzgado hasta entonces. Todos, salvo los primeros recuerdos de infancia. En esa época sí que había habido algo realmente agradable, algo con lo que habría sido posible vivir si hubiera regresado a ella. Pero el hombre que había vivido esos momentos agradables ya no existía: era como el recuerdo de otra persona.
Desde que se inició ese proceso que había acabado convirtiéndole en la persona que era ahora, todas las cosas que antaño se le habían antojado alegres se fundieron bajo su mirada y se transformaron en algo insignificante y a menudo repugnante.

(...)

Bajó las piernas, se echó de costado, sobre el brazo, y sintió pena de sí mismo. Esperó solo a que Guerásim pasara a la habitación contigua e, incapaz de contenerse más, se echó a llorar como un niño. Lloraba por su impotencia, por su espantosa soledad, por la crueldad de los hombres, por la crueldad de Dios, por la ausencia de Dios.
«¿Por qué has hecho todo esto? ¿Por qué me has llevado a esta situación? ¿Por qué me has enviado unos tormentos tan horribles? ¿Por qué…?».
No esperaba ninguna respuesta, y lloraba precisamente porque no podía haberla. Volvieron a recrudecerse los dolores, pero no se movió, no llamó a nadie. Solo se decía: «¡Venga, más, sigue golpeando! Pero ¿por qué? ¿Qué te he hecho yo? ¿Por qué?».

(...)

En mitad de un comentario Fiódor Petróvich se volvió hacia Iván Ilich y se quedó callado. Los otros se volvieron también e hicieron lo mismo. Iván Ilich miraba al frente con ojos brillantes, rebosante de indignación. Había que poner remedio a esa situación, pero no había manera de hacerlo. Había que romper ese silencio de algún modo. Pero nadie tomaba la iniciativa. A todos les daba miedo que esa mentira impuesta por las conveniencias se quebrara de pronto y saliera a la luz la verdadera situación. Liza fue la primera que se decidió a emitir un comentario. Quería ocultar lo que todos sentían, pero sus palabras la traicionaron.
—Bueno, si tenemos que ir, hay que hacerlo ahora —dijo, después de consultar su reloj, un regalo de su padre, y con una sonrisa apenas perceptible dirigida a su joven prometido, cuyo significado solo ellos dos comprendieron, se puso en pie, acompañada del frufrú de su vestido de seda.
Los demás hicieron lo mismo, se despidieron y salieron de la habitación.
Una vez solo, Iván Ilich tuvo la impresión de sentirse mejor: la mentira había desaparecido, se había marchado con ellos, pero el dolor se había quedado. Ese dolor ineludible y ese miedo continuo hacían que no sintiera ningún agravamiento ni mejora en su estado. Pero la situación era cada vez peor.
Volvieron a arrastrarse los minutos, y luego las horas, siempre idénticas, siempre sin fin, y el desenlace inevitable se hacía cada vez más terrible.

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Además de esa mentira —o acaso como consecuencia de ella—, lo más penoso para Iván Ilich era que nadie lo compadeciera como a él le habría gustado: en determinados momentos, después de prolongados sufrimientos, habría deseado por encima de todo, por más que le diera vergüenza reconocerlo, que alguien se compadeciese de él como si fuese un niño enfermo. Le habría gustado que le acariciaran, que lo besaran y que llorasen por él, como se mima y se consuela a los niños. Sabía que era un importante magistrado de barba cana y que, por tanto, su pretensión era imposible; pero eso no hacía que lo deseara menos. Si la relación con Guerásim le confortaba era precisamente porque intuía un componente de ese tipo. Iván Ilich quería llorar, quería que lo acariciaran y lloraran por él, y hete aquí que viene a verle un colega, el juez Shébek, y, en lugar de llorar y dejarse acariciar, Iván Ilich adopta una expresión seria, severa, concentrada y, por mera costumbre, da su opinión sobre el significado de una sentencia de casación y la defiende con uñas y dientes. Esa mentira que no solo le rodeaba, sino que estaba dentro de él fue lo que más envenenó los últimos días de su vida.

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Y le martirizaba esa mentira, le martirizaba que no quisieran reconocer lo que todos, incluido él mismo, sabían; que pretendieran mentirle sobre su horrible situación y le obligaran a tomar parte en esa mentira. Esa mentira urdida en vísperas de su muerte, esa mentira que rebajaba el acto terrible y solemne de su muerte al nivel de cualquier visita, de sus historias de cortinas, de esas cenas en las que servían esturión… esa mentira constituía un espantoso tormento para Iván Ilich. Y, cosa extraña, en más de una ocasión, cuando tales personas le venían con sus bromitas, había estado a punto de gritarles: «Dejad de mentir, sabéis tan bien como yo que me estoy muriendo, así que al menos dejad de mentir». Pero nunca tuvo el valor de hacerlo. Se daba cuenta de que cuantos le rodeaban rebajaban el acto terrible y espantoso de su muerte al nivel de una contrariedad pasajera y un tanto inadecuada

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Nadie habría podido decirle cómo había ocurrido, pues se trató de un suceso paulatino e imperceptible, pero el caso es que al tercer mes de enfermedad, tanto la mujer como los hijos, la servidumbre, los conocidos, los médicos y, sobre todo, él mismo, llegaron a la conclusión de que el único interés que presentaba su situación para los demás se reducía a lo siguiente: ¿tardaría todavía mucho en dejar vacante su plaza, en liberar a los vivos de la molestia que causaba su presencia, en desembarazarse él mismo de sus sufrimientos?
Cada vez dormía menos. Le administraban opio y habían empezado a ponerle inyecciones de morfina. Pero ninguna de esas sustancias le confortaba. La embotada angustia que experimentaba en su duermevela le procuró cierto alivio al principio, en cuanto que era una sensación nueva, pero pronto se volvió tan lacerante, o incluso aún más, que el dolor manifiesto.

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El ejemplo del silogismo que había aprendido en la lógica de Kiezewetter: «Cayo es un hombre. Todos los hombres son mortales. Luego Cayo es mortal» le había parecido siempre correcto, pero solo con relación a Cayo, en ningún caso aplicado a sí mismo. Para el hombre Cayo, para el hombre en general, era algo totalmente correcto; pero él no era Cayo ni un hombre en general, él siempre había sido un ser especial, completamente distinto de los demás: era Vania con su mamá y su papá, con Mitia y con Volodia, con los juguetes, con el cochero, con la niñera, y después con Kátenka, con todas las alegrías, penas y entusiasmos de la infancia, de la adolescencia, de la juventud. ¿Acaso había conocido Cayo aquel olor a cuero de la pelota a rayas que tanto le gustaba a Vania? ¿Acaso había besado Cayo como él la mano de su madre y había oído cómo crujían los pliegues de su vestido de seda? ¿Acaso había protestado por las empanadillas en la Escuela de Jurisprudencia? ¿Había estado Cayo tan enamorado? ¿Reunía las condiciones necesarias para presidir una sesión de la Audiencia?

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Lo mismo da —se decía, escrutando la tiniebla con los ojos abiertos—. Es la muerte. Sí, la muerte. Y ninguno de ellos lo sabe, ni quiere saberlo ni muestra compasión. Están allí tocando música. (Oía en la distancia, al otro lado de la puerta, fragmentos de voces y algún ritornelo). Les da lo mismo, pero también ellos se morirán. Idiotas. Yo primero y ellos después. También les tocará a ellos. Y, sin embargo, allí están tan contentos. ¡Animales!». Se ahogaba de ira. Y la angustia que le atormentaba se volvía insoportable por momentos. No era posible que todo el mundo, siempre, estuviera condenado a ese miedo atroz.

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Sumido en tales consideraciones, lastrado por el dolor físico y aguijoneado además por el miedo, se va a la cama, pero las molestias le impiden conciliar el sueño y se pasa la mayor parte de la noche despierto. A la mañana siguiente tiene que levantarse de nuevo, vestirse, irse al tribunal, hablar, escribir, o, si no acude a su trabajo, quedarse en casa veinticuatro horas seguidas, cada una de las cuales es un tormento. Y debe vivir así, al borde del precipicio, completamente solo, sin una sola persona que le comprenda y se compadezca de él.

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En el tribunal Iván Ilich notaba o creía notar la misma actitud extraña con respecto a él: tan pronto se figuraba que lo miraban como si estuviera a punto de dejar vacante su plaza como tenía la impresión de que sus amigos empezaban a gastarle alguna broma inocente sobre su hipocondría, como si esa cosa terrible, espantosa e inaudita que se había manifestado en él y que le roía sin descanso, arrastrándolo irremisiblemente hacia lo desconocido, fuera un asunto apropiado para bromear. En ese sentido, el que más le irritaba era Schwartz, con esa jovialidad, esa vitalidad y ese aire comme il faut que tanto le recordaba cómo era él diez años antes.

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E Iván Ilich fue interesándose más y más por las enfermedades y la salud de los seres humanos. Cuando se hablaba en su presencia de enfermos, de muertos, de pacientes restablecidos y, sobre todo, de enfermedades que se parecieran a la suya, aguzaba el oído, aunque procuraba ocultar su emoción, hacía preguntas y establecía comparaciones con su propio mal.
El dolor no disminuía. Pero Iván Ilich se esforzaba en convencerse de que se sentía mejor. Y conseguía engañarse, hasta el punto de que nada le preocupaba. Pero en cuanto se producía alguna desavenencia con su mujer, le sucedía un contratiempo en el trabajo o perdía a las cartas, notaba enseguida toda la fuerza de su enfermedad. Antes soportaba esos contratiempos diciéndose: «Arreglaré esto en un santiamén, lucharé, alcanzaré el éxito, ganaré la partida». Ahora cualquier desgracia lo desarmaba y lo sumía en la desesperación. Y se decía a sí mismo: «Justo ahora que me sentía un poco mejor y los medicamentos empezaban a hacerme efecto, me sobreviene esta maldita desgracia, esta desdicha…». Y se enfurecía contra esa desgracia o con las personas responsables de su desdicha, esas mismas que lo martirizaban, y se daba cuenta de que su ira lo estaba matando, pero no era capaz de contenerla. Debería haber entendido que tal irritación contra las circunstancias y las personas reforzaba su enfermedad y que, por tanto, habría sido mejor no prestar atención a los incidentes desagradables, pero él hacía el razonamiento contrario: decía que necesitaba tranquilidad, analizaba todo lo que pudiera destruirla y, en cuanto advertía un suceso capaz de resquebrajarla, se salía de sus casillas.

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La misma actuación, punto por punto, que Iván Ilich había escenificado miles de veces delante de los acusados con no menos maestría. Idéntico magisterio desplegó a la hora de trazar el resumen y, con expresión triunfante, incluso alegre, echó un vistazo por encima de las gafas a su paciente. A partir de ese resumen Iván Ilich sacó la conclusión de que la cosa era grave y de que esa circunstancia le traía sin cuidado al médico, y probablemente al resto del mundo. Pero para él se trataba de algo serio. Esa constatación fue un duro golpe para Iván Ilich y despertó en él una gran piedad por sí mismo y un odio feroz por ese médico indiferente a una cuestión de tanta importancia.
Pero no hizo ningún comentario. Se levantó, depositó el dinero sobre la mesa y, después de emitir un suspiro, exclamó:
—Supongo que nosotros, los enfermos, solemos hacer preguntas inconvenientes. Pero me gustaría saber si mi caso reviste gravedad.
El médico le lanzó una mirada severa, con un solo ojo, a través de los lentes, como diciendo: «Si el imputado no se limita a responder a las preguntas que se le formulan, me veré obligado a ordenar su expulsión de la sala».
—Ya le he dicho lo que considero necesario y oportuno —respondió el médico—. Habrá que esperar a ver qué dicen los análisis.
Y el médico se inclinó.

(...)

Praskovia Fiódorovna le dijo que si estaba enfermo debía ponerse en tratamiento y le pidió que consultara a un renombrado médico.
Así lo hizo Iván Ilich. Y todo resultó como había esperado; todo se resolvió como se resuelven siempre tales asuntos: la espera, esa prepotencia afectada y doctoral que Iván Ilich conocía tan bien, pues era la misma que él exhibía en el tribunal; la auscultación, la percusión, las preguntas que exigían respuestas determinadas de antemano y meridianamente inútiles, y ese aire de importancia que parecía insinuar: «Bueno, no tiene usted más que someterse a nuestra voluntad y nosotros nos ocuparemos de todo; sabemos con certeza cómo se arreglan estas cosas, siempre de la misma manera, se trate de quien se trate». Todo era exactamente igual que en el tribunal. Los mismos aires que se daba él con los acusados, se los daba ahora el renombrado facultativo en su presencia.
El médico le dijo: «Esto y lo otro indican que en el interior de su organismo pasa esto y lo otro; en cualquier caso, si el examen de esto y lo otro no lo confirma, habrá que suponer que tiene usted esto y lo otro. Y si suponemos esto y lo otro, entonces…». Y así sucesivamente. A Iván Ilich solo le importaba una cuestión: ¿revestía gravedad su caso o no? Pero el médico se desentendía de esa pregunta tan fuera de lugar. Desde su punto de vista, era algo tan irrelevante que ni siquiera merecía la pena tenerlo en cuenta. Lo único que importaba era la consideración de las probabilidades: un riñón flotante, un catarro intestinal de carácter crónico o una afección del intestino ciego. La vida de Iván Ilich no entraba aquí en consideración, solo se trataba de decantarse por el riñón flotante o por el intestino ciego.

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Praskovia Fiódorovna le culpaba de todas las desgracias que les habían acaecido en su nuevo lugar de residencia. La mayoría de los temas de conversación entre marido y mujer, sobre todo los relativos a la educación de los hijos, los remitía a cuestiones que les recordaban peleas anteriores, y a cada instante podían estallar nuevas disputas. Lo único que les quedaba eran breves arrebatos amorosos, que enseguida se desvanecían. Eran como islotes a los que se agarraban de vez en cuando, antes de lanzarse de nuevo al mar de la hostilidad disimulada, que se manifestaba en un alejamiento mutuo. Ese alejamiento habría podido entristecer a Iván Ilich si hubiera considerado que las cosas habrían podido ser de otra manera, pero ahora estimaba que esa situación no solo era normal, sino que el fin de su vida familiar no podía ser otro. Ese fin consistía en liberarse cada vez más de tales escenas desagradables y en convertirlas en algo inocuo y decoroso. Para lograr ese objetivo, procuraba pasar cada vez menos tiempo con su familia, y cuando se veía en la obligación de estar con ellos, se esforzaba por asegurar su posición mediante la presencia de personas extrañas.

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En esa época de su vida tuvo una relación con una señora que se había encaprichado del atildado jurista; hubo también una modista, así como francachelas con los ayudantes de campo que estaban de paso en la ciudad y visitas a cierta calle apartada después de la cena; también prodigó adulaciones a su jefe y a su esposa, pero todos sus actos llevaban impreso un tono de tan elevada probidad que no era posible referirse a ellos con palabras malsonantes. Un comportamiento, en fin, que se correspondía de lleno con el espíritu de la máxima francesa: Il faut que jeunesse se passe. Todo se hacía con las manos limpias, con camisas impecables, hablando en francés y, sobre todo, en la más alta sociedad y, por tanto, con la aprobación de las personas más encumbradas.

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La vida de Iván Ilich no podía haber sido más sencilla, más corriente ni más terrible.
Iván Ilich murió a la edad de cuarenta y cinco años, siendo miembro del Tribunal de Apelación. Era hijo de un funcionario de San Petersburgo que había ido saltando de un ministerio y de un departamento a otro, la típica trayectoria de algunas personas de cierta condición, manifiestamente incapaces de desempeñar ninguna función importante, pero a quienes, en virtud de sus largos años de servicio y del grado que han alcanzado en el escalafón, no se les puede expulsar, y por tanto reciben cargos ficticios e inventados, aunque los rublos con los que se les remunera, de seis a diez mil, son bien reales y les permiten llegar a una edad provecta.
A ese género de funcionarios pertenecía el consejero privado Iliá Yefímovich Golovín, inútil engranaje de diversas instituciones inútiles.

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Al pensar en los sufrimientos de un hombre al que había conocido tan de cerca, primero como muchacho alegre, en la escuela, luego ya de adulto, como compañero, Piotr Ivánovich se horrorizó, olvidado por un momento de la penosa impresión que le causaba su propia hipocresía y la de la mujer que le acompañaba. Volvió a ver la frente del difunto, la nariz asaltando el labio superior, y sintió miedo por sí mismo.
«Tres días y tres noches de terribles sufrimientos y después la muerte. Lo mismo puede sucederme a mí en cualquier momento, en este mismo instante», pensó, lleno de espanto. Pero inmediatamente, sin saber él mismo cómo, vino en su ayuda la socorrida idea de que era a Iván Ilich a quien le había pasado todo eso, no a él.

(...)

Había cambiado mucho, estaba aún más delgado que la última vez que Piotr Ivánovich lo había visto, aunque, como pasa con todos los muertos, el rostro era más hermoso y, sobre todo, más expresivo que de vivo. Era como si dijera que había hecho lo que tenía que hacer, y además de una manera correcta. También podía leerse un reproche o una advertencia a los vivos. Esta última le pareció a Piotr Ivánovich fuera de lugar, al menos él no se sintió aludido.

La muerte de Iván Ilich - Lev Nikoláievich Tolstói