martes, 21 de julio de 2020

Llegó Fouqué. Aquel hombre sencillo y bueno estaba loco de dolor. Su única idea, si es que tenía alguna, era vender todo cuanto tenía para sobornar al carcelero y salvar a Julien. Le estuvo hablando mucho rato de la evasión del señor de Lavalette[79].
—Me das pena —le dijo Julien—; el señor de Lavalette era inocente y yo soy culpable. Me recuerdas, sin querer, esa diferencia…
»Pero ¿lo dices de verdad? ¡Cómo! ¿Venderías toda tu hacienda? —añadió Julien, volviendo a ser de nuevo observador y desconfiado.
Fouqué, encantado de ver que por fin su amigo respondía a la idea que lo obsesionaba a él, le explicó detalladamente, cien francos arriba o abajo, cuánto le darían por cada una de sus propiedades.
«¡Qué esfuerzo sublime en un propietario rústico! —pensó Julien—. ¡Cuántos ahorros, cuantas roñoserías a medias, de las que tanto me avergonzaba yo cuando lo veía incurrir en ellas, sacrifica por mí! Cualquiera de esos jóvenes con tanto donaire a quienes vi en el palacete de La Mole y que leen René no caerían en ninguna de estas ridiculeces; pero, si exceptuamos a los que sean muy jóvenes y ricos por su casa y nada sepan del valor del dinero, ¿cuál de esos donairosos parisinos sería capaz de un sacrificio así?»

Rojo y negro - Stendhal

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