lunes, 27 de julio de 2020

En primer lugar, he de reconocer sinceramente que, no sé si sería por la depresión nerviosa, por las impresiones del nuevo piso o por mi reciente melancolía, pero el caso es que, de forma gradual y paulatina, con la llegada del crepúsculo fui cayendo en un estado de ánimo que ahora, durante mi enfermedad, me invade con frecuencia por las noches, y que yo denomino terror místico. Es un miedo atroz y angustioso a algo que yo mismo no puedo definir, a algo inconcebible, que está fuera del orden natural de las cosas, pero que indefectiblemente, en el momento menos pensado, puede materializarse y, como burlándose de todos los argumentos de la razón, presentarse ante mí e imponerse como un hecho irrefutable, horrendo, monstruoso e inexorable. Generalmente, ese temor va en continuo aumento, a despecho de todas las evidencias racionales, de modo que al final la razón —a pesar de que en esos momentos puede alcanzar incluso una mayor lucidez— pierde toda capacidad de resistirse a tales sensaciones. No la escuchamos, y se vuelve inútil; este desdoblamiento intensifica más aún la temerosa angustia de la espera. Recuerda, en cierto modo, al temor que cierta gente tiene a los muertos. Pero en mi angustia la indeterminación del peligro agrava el tormento.

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

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