La montaña mágica - Thomas Mann
jueves, 14 de noviembre de 2019
A las siete murió. Alfreda Schildknecht se encontraba en el comedor, y únicamente estaban con él su madre y su primo. Joachim se había hundido en la cama y ordenó escuetamente que le alzasen. Mientras la señora Ziemssen cumplía dicha orden pasando el brazo por la espalda de su hijo, éste dijo atropelladamente que tenía que redactar y enviar de inmediato una solicitud de prolongación de su permiso, y al tiempo que lo decía se produjo el «fugaz tránsito», observado por Hans Castorp con recogimiento, a la luz de la lamparilla de la cabecera, velada con un paño rojo. Sus ojos se quedaron en blanco, la inconsciente tensión de sus facciones desapareció, la penosa hinchazón de los labios remitió al instante, y el mudo rostro de nuestro Joachim recobró la belleza de su viril juventud. Y así terminó todo.
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