—No le comprendo, Atanasio Ivanovich. Realmente no sabe usted lo que se dice. En primer lugar, ¿qué significan las palabras «ante todos»? ¿Acaso no estamos en una reunión selecta e íntima? Además, ¿qué es eso de petit-jeu? Yo quería hacerles conocer un episodio de mi vida y ya lo conocen. ¿No lo encuentra agradable? Y ¿a qué viene el decir que esto no es serio? ¿Por qué no lo es? Usted me ha oído decir bien claramente al príncipe: «Haré lo que usted me aconseje». De haber dicho «sí», me habría casado; ha dicho «no» y no me casaré. ¿No es serio esto? Toda mi vida pendía de un cabello. ¡Dígame si puede existir mayor seriedad!
—Pero ¿a qué hacer intervenir al príncipe? ¿Quién es el príncipe al fin y al cabo? —dijo el general, reprimiendo a duras penas la indignación que le producía el ver atribuir tanto valor a la opinión de Michkin.
—Yo le diré lo que es el príncipe para mí: el primer hombre cuya sincera adhesión me ha inspirado confianza. He creído en él desde el primer instante y sigo creyendo.
Gania, pálido y con los labios crispados, tomó la palabra.
—Sólo me queda agradecer a Nastasia Filipovna la extrema delicadeza de que ha dado pruebas respecto a mí. Sin duda lo que ha resuelto es lo más conveniente… —Y añadió, con voz temblorosa—: Pero el príncipe… su intervención en este asunto…
—Echa a rodar un negocio de setenta y cinco mil rublos, ¿no? —interrumpió bruscamente Nastasia Filipovna—. ¡Eso es lo que quiere usted decir! No lo niegue: sus palabras no significan otra cosa. Atanasio Ivanovich: tengo algo más que agregar. Y es que se guarde sus setenta y cinco mil rublos. Sepa que le devuelvo su libertad gratuitamente. ¡Ya era hora! ¡También tiene usted derecho a respirar al fin! ¡Nueve años y tres meses! Mañana iniciaré una vida nueva. Pero hoy es el día de mi cumpleaños y esta es la primera vez que soy dueña de mí misma desde que existo. General: tome sus perlas y déselas a su esposa. Se han acabado estas veladas, señores. Desde mañana dejo este piso.
Y después de hablar así se levantó, como para marcharse.
—¡Nastasia Filipovna, Nastasia Filipovna! —se oyó exclamar por doquier.
Reinaba una agitación febril general. Todos los visitantes, abandonando sus asientos, rodeaban a la joven escuchando con inquietud sus palabras impetuosas, febriles, delirantes. Ninguno comprendía nada de lo que ocurría y el desconcierto era absoluto. En medio de la confusión resonó, un campanillazo tan violento como el que horas antes había sembrado la extrañeza en casa de Gania.
—¡A… já! ¡El desenlace! ¡Por fin! —dijo Nastasia Filipovna—. Son las once y media. Siéntense, señores. ¡El desenlace!
Y, mientras hablaba, se sentó a su vez. Una extraña sonrisa tembló en sus labios. Miraba hacia la puerta con silenciosa ansiedad.
—Rogochin y sus cien mil rublos —murmuró Ptitzin para
El idiota - Fiodor Dostoyevski
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