—¿Por qué no terminas la frase? ¿Quieres que te diga la idea que te acomete en este momento? Es la siguiente: «¿Cómo tú, entonces, te casas con ella? ¿Cómo consientes en ese matrimonio?». Eso es lo que piensas.
—No he venido aquí para hablar de tal cosa, Parfen Semenovich, te lo repito. No es eso lo que yo encerraba en el cerebro.
—Puede que no vinieras para eso ni lo tuvieses en el cerebro; pero ahora es, con toda seguridad, en lo único en que piensas. Vamos, ¿por qué te trastornas de ese modo? ¿Acaso lo que te he dicho ha sido una revelación nueva para ti? ¡Me dejas asombrado!
—Estás celoso, Parfen Semenovich. Lo exageras todo desmesuradamente; es una cosa morbosa —balbució el príncipe, presa de extraordinaria agitación—. ¿Qué te pasa?
—¡Deja eso! —dijo Rogochin.
Y arrancando vivamente de manos de Michkin un cuchillo que el joven había tomado de sobre la mesa, lo puso junto al libro, en el mismo lugar donde había estado antes.
—Yo dudaba si visitarte o no cuando llegué a San Petersburgo. Tenía, por decirlo así, el presentimiento… —empezó el príncipe—. No, no quería venir aquí; quería olvidar todo eso y arrancarlo de mi corazón. En fin, adiós… Pero ¿qué tienes?
Michkin, mientras hablaba, había vuelto a coger el cuchillo con un movimiento maquinal y de nuevo Rogochin se había apresurado a arrebatárselo de las manos y ponerlo en la mesa. Aquel cuchillo no ofrecía nada de extraordinario. Tenía un mango de cuerno y su longitud alcanzaba poco más de dieciséis centímetros, con una anchura en proporción.
Viendo que la persistencia en quitar el arma de las manos de su amigo había atraído la atención de Michkin, Rogochin, excitado y nervioso, guardó el cuchillo entre dos de las páginas del libro y puso éste en otra mesa.
—Lo empleas para cortar las páginas, ¿verdad? —preguntó Michkin, que no lograba sacudirse el peso de una preocupación obsesionante.
—Sí; para cortar las páginas…
El idiota - Fiodor Dostoyevski
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