jueves, 21 de noviembre de 2019

¡Adiós, Hans Castorp, ingenuo niño mimado por la vida! Tu historia ha terminado. Hemos terminado de contarla. No ha sido breve ni larga; ha sido una historia hermética. La hemos narrado por ella misma, porque era digna de ser contada, no por ti, que eras un muchacho sencillo. Aunque, después de todo, es tu historia, tu peripecia; y si te ocurrió será porque algo había en ti, y no negamos la simpatía pedagógica que te hemos tomado mientras la contábamos… la misma que ahora nos mueve a secarnos muy suavemente el lagrimal con la puntita del dedo al pensar que nunca volveremos a verte ni a saber de ti en el futuro.
¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivirás o te quedarás en el camino! Tienes pocas perspectivas; esa danza terrible a la que te has visto arrastrado durará todavía unos cuantos años, y no queremos apostar muy alto por que logres escapar. Francamente, no nos importa demasiado dejar abierta esta pregunta. Las aventuras del cuerpo y del espíritu que te elevaron por encima de tu naturaleza simple permitieron que tu espíritu sobreviviese lo que no habrá de sobrevivir tu cuerpo. Hubo momentos en que la muerte y el desenfreno del cuerpo, entre presentimientos y reflexiones, hicieron brotar en ti un sueño de amor. ¿Será posible que de esta bacanal de la muerte, que también de esta abominable fiebre sin medida que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, surja alguna vez el amor?

La montaña mágica - Thomas Mann

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