—Joven, he escuchado sus palabras y ahora estoy al corriente de todo. Permítame que le ofrezca yo ahora mis leales explicaciones. Si mis cabellos no fuesen blancos y no me hallase presa de una fiebre maligna, estaría dispuesto a batirme en duelo con usted, de hombre a hombre, arma en mano, para resarcirle del daño que le he causado sin saberlo y al mismo tiempo por el que le ha causado mi compañera de viaje, del cual también me hago cargo. Perfecto, caballero. Usted me vería dispuesto a ello. Ahora bien, dada la situación, permítame que le haga otra proposición. Es la siguiente: recuerdo que, en un momento de exaltación, al comienzo de nuestras relaciones…, y lo recuerdo a pesar de que entonces había hecho buen honor a la botella…, en un instante en que quedé agradablemente impresionado por su carácter, estuve a punto de proponerle que nos tuteásemos fraternalmente, pero comprendí de inmediato que era un tanto prematuro. Pues bien, hoy me remito a aquel momento y declaro que el plazo que habíamos calculado se ha cumplido. Joven, somos hermanos. Usted ha hablado de un tuteo «en todo su sentido». El nuestro también ha de tener todo el sentido, el sentido de una fraternidad en los sentimientos. Le ofrezco la satisfacción que la enfermedad y la edad me impiden darle con las armas bajo otra forma, se la ofrezco bajo la forma de un pacto fraternal, de una alianza, como se hace a veces contra alguien, contra el mundo o contra una tercera persona, pero que nosotros cerraremos en aras de un sentimiento común hacia alguien. Tome su copa, joven, yo me serviré de mi vaso de agua, que al fin y al cabo tampoco hace de menos a este vinillo…
Con su mano de capitán, ligeramente temblorosa, llenó el vaso y la copa, ayudado por un Hans Castorp tan respetuoso como conmovido.
—Tenga. Cruce el brazo conmigo y bebamos así —propuso Peeperkorn—. Apura esa copa. Perfecto, joven. ¡Punto redondo! Aquí tienes mi mano. ¿Estás contento?
—Naturalmente, esa palabra es poco para expresar cómo me siento, Mynheer Peeperkorn —dijo Hans Castorp, a quien le había costado apurar la copa de un solo trago, mientras se limpiaba las rodillas con el pañuelo, pues había derramado un poco de vino—. Me siento infinitamente feliz y no comprendo cómo he podido ser honrado con tal favor. Francamente, es como un sueño. Es un inmenso honor para mí, no sé cómo puedo haberlo merecido…, a lo sumo, de una manera pasiva…, si yo no he hecho nada… No ha de extrañarle que, al principio, me parezca un poco osado servirme de esa nueva fórmula; me resultará violento, sobre todo en presencia de Clavdia, que, como mujer, quizá no esté de acuerdo con estas resoluciones nuestras.
—Déjalo en mis manos —contestó Peeperkorn—. ¡No es más que cuestión de práctica y costumbre. Y ahora, joven, vete! ¡Márchate, hijo mío! Ya es de noche, nuestra amiga puede regresar de un momento a otro y tal vez vale más que no nos vea juntos ahora.
—Te saludo, Mynheer Peeperkorn —dijo Hans Castorp, y se puso de pie—. Ve usted que venzo mi justificado reparo y ya empiezo a practicar con tan osada forma de tratamiento. Es cierto, se ha hecho de noche. Imagino que, si Settembrini entrase en este momento, encendería la luz para que la razón y los sanos valores de la sociedad entrasen con él; es su punto débil. Hasta mañana. Me voy de aquí feliz y orgulloso como nunca hubiera imaginado. Ahora pasarás al menos tres días sin fiebre, durante los cuales podrá usted estar a la altura de cualquier circunstancia. Me alegro como si fuese tú. ¡Buenas noches!
La montaña mágica - Thomas Mann
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