El idiota - Fiodor Dostoyevski
jueves, 28 de noviembre de 2019
«Pues mira, voy a enseñarte una cosa. Habiéndose enojado justamente un Papa contra un emperador, éste, antes de obtener su perdón, hubo de pasar tres días sin comer ni beber, arrodillado y con los pies desnudos ante el palacio del Papa. Durante los tres días que aquel emperador pasó de rodillas, ¿cuáles crees que fueron sus pensamientos? ¿Qué juramentos formuló en el fondo de su alma? Pero espera —agregó Nastasia Filipovna—; voy a leértelo yo misma». Y corrió a buscar un libro. «Es poesía», me dijo. Y comenzó a leerme un monólogo en verso en el que aquel emperador, colmado de humillaciones, juraba vengarse del Papa. «¿Es posible que esto no te agrade, Parfen Semenovich?». «Lo que acabas de leer es muy justo», respondí. «¡Ah! ¿Te parece muy justo?» Entonces es natural que ahora pienses: «Cuando ésa sea mi mujer le haré pagar esto caro». «No sé —dije—; puede que tal sea mi idea, en efecto». «¿No lo sabes?». «No, porque ahora no pienso en eso». «¿Y en qué piensas entonces?». «Pues mira: si te levantas de tu asiento y pasas a mi lado, te contemplo y te sigo con la vista; si oigo el rumor de tu vestido, siento desfallecer mi corazón; si sales del cuarto, recuerdo todas tus palabras y la entonación de cada una de ellas; y durante toda esta noche no he pensado en nada y no he dejado de escuchar el ruido de tu respiración. Hasta te he sentido dar vueltas dos veces en el lecho». Ella se rio. «Y los golpes que me has asestado, ¿los olvidas? ¿No piensas en ellos?». «No sé: bien puede ser que no piense en ellos». «¿Y si no te perdono y me niego a casarme?». «Ya te he dicho que me tiraré al río». «O acaso me asesines antes», repuso ella, pensativa. Luego se enojó y se fue. Una hora más tarde la vi reaparecer, muy sombría. «Parfen Semenovich —me dijo—, voy a casarme contigo, no porque te tenga miedo, sino porque no me importa arruinar mi vida. Además, tanto vale eso como cualquier otra cosa. Siéntate; te van a traer la comida. Y quiero que sepas que cuando nos casemos te seré fiel. Estate, pues, tranquilo». Calló un instante y luego continuó: «Al fin y al cabo, no eres un lacayo como yo lo había creído hasta ahora». Entonces señaló ella misma el día de nuestra boda. Y a la semana siguiente huyó y se fue a pedir refugio a Lebediev. Cuando volví a encontrarla en San Petersburgo, me dijo: «No renuncio en absoluto a casarme contigo, pero quiero esperar cuanto se me antoje, porque yo sigo siendo dueña de mí misma. Puedes hacer lo mismo, si te parece». Tales son ahora nuestras relaciones… ¿Qué opinas de todo eso, León Nicolaievich?
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