Se alegraba enormemente por aquella adquisición que le había permitido el acceso a tantos lugares antes inaccesibles y con lo cual vencía casi todos los obstáculos. Ahora podía sumirse en la soledad que tanto había deseado, la soledad más profunda que nadie pudiera imaginar, una soledad que hacía nacer en su corazón unos sentimientos totalmente desconocidos y nuevos para el hombre. Por ejemplo, a un lado, tras una hilera de abetos, se abría un precipicio de neblina y vapor de nieve; al otro, se alzaba una pared de roca, toda cubierta por formidables masas de nieve —ciclópeas, curvas y gibosas— que formaban múltiples cavernas y saledizos. Cuando se detenía para no oírse a sí mismo, el silencio era absoluto y perfecto: una ausencia total de sonidos como jamás había existido y jamás podría existir en ningún otro sitio. Ni un solo soplo de aire rozaba los árboles, ni siquiera el más sutil del mundo; no había ni un solo murmullo, ni un solo canto de pájaro. Era el silencio puro, el silencio eterno lo que escuchaba Hans Castorp cuando permanecía de pie muy quieto, apoyado en su bastón, con la boca abierta y la cabeza ladeada sobre el hombro; y, dulcemente, la nieve seguía cayendo y cayendo, sin el menor ruido.
No, aquel mundo, en su silencio insondable no tenía nada de hospitalario; acogía al visitante a su propia cuenta y riesgo; en realidad no le acogía, sencillamente toleraba su intromisión, su presencia, de una manera un tanto inquietante, como si no respondiera de nada; y lo que de él se desprendía era una atmósfera de amenaza ante lo absoluto, ante lo más elemental, ante algo que no llegaba a ser hostil sino que era la pura imagen de la indiferencia, de una indiferencia mortal.
La montaña mágica - Thomas Mann
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