La montaña mágica - Thomas Mann
miércoles, 13 de noviembre de 2019
Por las tardes, de dos a cuatro, Hans Castorp se tumbaba en su terraza, muy bien empaquetado en las mantas, la nuca apoyada contra el respaldo de su excelente tumbona, ni demasiado alta ni demasiado baja, y contemplaba el bosque y la montaña por encima de la almohadillada de nieve de la balaustrada. El bosque de abetos, de un verde casi negro, ahora cubierto de nieve, ocultaba las laderas; entre los árboles, el suelo era una gruesa alfombra de nieve. Por encima se elevaba la cresta rocosa, de un gris blancuzco, con imponentes bloques de nieve sembrados aquí y allá en los que asomaban algunos picachos más oscuros, y, más lejos todavía muy difuminado, el perfil dentado de la cordillera. Nevaba en silencio. Todo se iba borrando. La mirada, perdida en aquella nada de algodón, se tornaba somnolienta. Un suave escalofrío acompañaba al instante de quedarse dormido, pero luego no había sueño más puro que aquel sueño helado, sueño sin sueños, libre de cualquier reminiscencia del peso de la vida, ya que respirar el aire enrarecido, inconsistente y sin olor de allá arriba resultaba tan fácil al organismo como la ausencia de respiración de los muertos. Cuando se despertaba, la montaña había desaparecido por completo en la bruma de nieve, y sólo algunos fragmentos —una cima, una arista rocosa— reaparecían alternadamente durante unos minutos para luego ocultarse de nuevo. Aquel silencioso juego de fantasmas resultaba muy divertido. Había que estar muy atento para seguir el rastro de tan secreto baile de fantasmas enmascarados. Salvaje y grandioso, como si naciera de la bruma, emergía un muro rocoso del que, sin embargo, no se veían ni la cumbre ni la base. Y, en cuanto se le perdía de vista un minuto, se había esfumado.
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